Epitafios sonoros …

JotDown(J.C.León) — Un epitafio, por definición, no es más que un texto que honra al difunto, normalmente inscrito en una lápida o placa sobre su tumba.
Etimológicamente, está compuesto por la voz griega epi, sobre, y taphos, tumba.
Por citar unos cuantos: «Mejor un fracaso espectacular que un éxito benigno», en la tumba de Malcom McLaren, «Hacia la inmortalidad y la eterna juventud», en la maravillosa tumba de Julio Verne o «La vida es un estado mental», en la de Peter Sellers.
Pero lo que viene ahora es una relación de epitafios extraídos de títulos o letras de canciones, honrando a sus creadores eternamente.
En el neoyorkino cementerio judío Beth Davis descansan figuras célebres como Sidney Lumet, Martin Landau, Andy Kaufman o, quien nos trae el caso, Jerome Solon Felder, más conocido como Doc Pomus. Pomus falleció en el NYU Medical Center de Manhattan a causa de un cáncer de pulmón el 14 de marzo de 1991.
En su lápida gris, que sobresale del verde del césped donde descansa, hay dos alusiones a canciones del genial compositor. Una es impepinable y parece que se compuso para rezar en algún epitafio, y cuál mejor que el del propio autor. No es otra que el título de una de sus canciones más célebres, «Save The Last Dance For Me», cuya letra escribió mientras veía, desde su silla de ruedas, a su mujer bailar con otro hombre.
Al número uno de los Drifters, acompaña en la lápida una cita extraída de otra de sus canciones, no tan conocidas. «One More Time» fue escrita por Doc Pomus y Ken Hirsch y grabada en 1985 por Joe Cocker. En 1991, poco después de la muerte de Pomus, B. B. King le dedicó su álbum There Is Always One More Time, donde la versionó, lógicamente.
La cita extraída de la letra y grabada en su lápida es la siguiente: «Turning corners is only a state of mind / Keepin’ your eyes closed is worse than being blind /there is always one more time» [«Que las cosas empiecen a mejorar es solo un estado de ánimo / Mantener los ojos cerrados es peor que estar ciego / Siempre hay una vez más»].
Los últimos días de Nick Drake transcurrieron en casa de sus padres, haciéndose cada vez más hermético, sometido por la depresión, hasta que el 25 de noviembre de 1974 apareció muerto en su habitación por una sobredosis (accidental o no) de amitriptilina, medicamento contra la depresión.
El cuerpo de Drake, quien no pudo llegar por un año al club de los 27, fue incinerado y sus cenizas depositadas bajo un roble en la Iglesia de Santa María Magdalena de Tanworth-in-Arden, al sur de Birmingham, adonde había llegado desde su Rangún natal con solo dos añitos.
La cara B de la sobria lápida vertical que marca el lugar donde descansan sus cenizas y los restos de sus padres, Rodney y Molly, aparece grabada con una frase extraída de «From The Morning», el último corte de su último álbum, Pink Moon (Island Records, 1972). La canción, una de las favoritas de su madre, es un testimonio sonoro del momento anímico del autor en sus últimos años:
«No puedo pensar en palabras. No siento emoción por nada. No quiero reír o llorar. Estoy entumecido por dentro». Pero la frase que adorna su lápida es un poco más motivadora: «Now we rise. And we are everywhere» [«Ahora nos levantamos. Y estamos en todas partes»].

Dos meses antes del fallecimiento de Nick Drake, veía la luz en la compañía de David Geffen, Asylum Records, la obra magna (y fallida comercialmente) de Gene Clark, No Other. El ex-Byrds falleció el 24 de mayo de 1991 —ese día, en España, el Dioni ocupaba portadas alegando que se le habían perdido 140 millones de pesetas— de un ataque al corazón provocado por una úlcera sobrevenida después de años caminando en el filo.
Sus restos fueron llevados al St. Andrews Cemetery de su ciudad natal, Tipton, en el estado de Missouri. Cuarenta y seis años después de haber venido al mundo, Harold Eugene Clark, el chico de la pandereta, fue sepultado y una lápida gris se erige desde entonces sobre el césped del camposanto marcando el sitio de su eterno descanso con una inscripción que reza: «No Other».
Valerie June Carter comenzó a tocar con la banda familiar, la Carter Family, a los diez añitos. En febrero de 1968, con treinta y nueve años, Johnny Cash, a quien había conocido doce años antes en el Grand Ole Opry, le pidió matrimonio delante de siete mil personas durante un concierto en Ontario.
Ella aceptó y el 1 de marzo de ese año se celebró un matrimonio —el tercero en la cuenta de June, el segundo para Johnny— que primero separó, y al poco volvió a unir, la muerte. Como debe ser. En mayo de 2003, la vida de June Carter se apagó tras una operación a corazón abierto.
Junto a su lecho de muerte estuvo Johnny Cash, quien siguió su camino cuatro meses más tarde, debido a complicaciones relacionadas con la diabetes que padecía. El matrimonio fue enterrado el uno junto al otro en el cementerio de Hendersonville, en Tennessee. En sus lápidas, negras, brillantes, idénticas, no hay referencia musical alguna, y sí pasajes de la Biblia.
Pero en el monolito negro con forma de banco que preside el nicho familiar, bajo el epígrafe «Cash-Carter», sí encontramos lo que estamos buscando: en la parte superior, una de las canciones franquicia de Cash, «I Walk The Line», y debajo, un clásico del folk norteamericano que popularizó la Carter Family, «Wildwood Flower».

No nos vamos de ese cementerio. Es más, no nos vamos casi ni de la tumba de los Cash-Carter, ya que su vecino, puerta con puerta, es otro personaje conocido, amigo de la familia y coautor de otra de las canciones franquicia del hombre de negro: «Ring Of Fire». Merle Kilgore descansa en la parcela contigua desde que falleciese el 6 de febrero de 2005 en un hospital mexicano batallando contra el cáncer de pulmón.
En su lápida, aparte de ser ensalzado como el mejor cantante, compositor, entertainer y padre por sus familiares, aparece una frase y una imagen que hizo famosa a lo largo de su carrera. Al parecer, cuando le preguntaban (ya fuera un camarero, una azafata de vuelo, un compañero de profesión…) «¿Cómo estás?», él enseñaba sus manos, repletas de llamativos anillos dorados, y contestaba sonriendo, «¿Estás bromeando?».
Era su manera de decir «estoy de puta madre». Pues bien, de su lápida sobresalen dos grandes manos, bajo las cuales reza la frase: «Are you kidding me… I’ve made the biggest deal of all». [«Estás de coña… He pegado el mayor pelotazo de todos»].

Una de las tumbas más originales y/o llamativas que veréis en este artículo es la de Leon Russell, ubicada en el Memorial Park Cemetery de Tulsa, en Oklahoma, lugar de descanso de otra figura como Bob Wills. Una enorme lápida negra vertical con forma de piano de cola se erige sobre el verde del césped. Al lado, una reproducción de un sombrero de copa negro, como el que solía lucir el pianista, descansa sobre el suelo, rematando el conjunto.
En julio de 2006, un infarto se llevó por delante a Claude Russell, a los setenta y cuatro años. Treinta y seis años antes, el pianista de la barba blanca había grabado su primer disco en solitario en su propio sello, Shelter Records, donde figurarían dos de las canciones que le harían inmortal: «Delta Lady» y «A Song for You» [«Una canción para ti»]. De la letra de esta última, versionada por infinidad de intérpretes, se extrae la cita grabada en la tapa del piano de mármol que indica su lugar de descanso:
And when my life is over
Remember when we were together
We were alone
And I was singing this song to you
Y cuando mi vida se acabe
[Recuerda cuando estábamos juntos
Estábamos solos
Y yo cantaba esta canción para ti]
Al igual que Hank Williams, John Townes Van Zandt murió el primer día del año, en este caso del año 1997, a causa de una arritmia cardiaca. Ambas muertes fueron inducidas por años de consumo de alcohol y otras hierbas. Van Zandt tenía solamente cincuenta y dos años y había dejado atrás un maravilloso legado de canciones, no valoradas lo suficiente por el gran público.
Una de ellas, incluida en su quinto álbum, High, Low and In Between (Poppy, 1971) es la que reza en su lápida del cementerio de la aldea fantasma de Dido (nombrada así por la reina de Cartago), a poca distancia de la ciudad natal del cantante, Fort Worth, en Texas (no en vano, las tierras para el asentamiento del camposanto fueron donadas en su día por su bisabuelo Isaac L. Van Zandt).
Quizá el apego que el compositor le tenía a «To Live Is To Fly» fue la razón para que este título le acompañase por toda la eternidad. En el libro del mismo título, To Live’s To Fly: The Ballad of the Late, Great Townes Van Zandt (Da Capo, 2007), el biógrafo John Kruth cita una confesión del cantante al respecto: «Es imposible tener una canción favorita, pero si me obligaran a punta de navaja a elegir una, sería ‘To Live Is To Fly’».
No vamos a contar aquí toda la historia del robo y chapucera incineración del cadáver de Gram Parsons, porque, aparte de que es un lugar más que común en el rock and roll, no es el objeto de este artículo.
Lo que nos interesa saber es que, una vez recuperados su restos, parcialmente quemados, del desierto de Joshua Tree, la familia los trasladó a Nueva Orleans, donde se celebró una pequeña ceremonia solo para familiares, y fue enterrado en el Garden of Memories, cementerio de Metairie, el mayor suburbio de la ciudad del jazz, donde también descansa Louis Prima. Sobre la piedra de mármol jaspeado que cubre su tumba hay dos grabados.
En el superior aparece el cantante con su mejor chaqueta (licencia del autor), luciendo pañuelo al cuello y tocando su guitarra, y en la parte inferior se puede leer el epitafio. «In my hour of darkness» [«En mi momento de oscuridad»] es la última canción de su disco póstumo, el maravilloso Grievous Angel (Reprise, 1974) y una de las últimas que compuso, en plenas sesiones de grabación, justo antes de su fallecimiento por sobredosis el 19 de septiembre de 1973. De ella se extrajo un pasaje muy acertado para su epitafio:
Another young man safely strummed
His silver string guitar
And he played to people everywhere
Some say he was a star
But he was just a country boy
His simple songs confess
And the music he had in him
So very few possess
[Otro joven rasgueaba cuidadosamente su guitarra de cuerdas plateadas
y tocaba para gentes de todas partes.
Algunos decían que era una estrella
pero solo era un chico de campo.
Sus sencillas canciones lo atestiguan.
Muy pocos tenían la música que él llevaba dentro]
El 2 de junio de 2008, rodeado por todos sus seres queridos, fallecía a los setenta y nueve años Bo Diddley en Archer, Florida. Sus últimas palabras irían directamente a su lápida en el cementerio de Rosemary Hill, a diez millas de Archer. En el gris monolito vertical que marca el lugar de reposo de Ellas McDaniel, destaca el rojo intenso de la reproducción de su famosa Gretsch G6138 rectangular con el golpeador blanco, atravesándolo diagonalmente.
En la parte derecha figuran sus últimas palabras: «Wow, I’m Going To Heaven» [«Wow, me voy al cielo»], así como un elogio a su figura: «Un hombre que tuvo una vida plena y dejó un legado fructífero». De la vida plena no opinamos, pero lo del legado fructífero se lo compramos todos. Y, en la parte izquierda del monolito, presentan al poderoso Bo Diddley («The Mighty Bo Diddley») encima de uno de sus grandes hits, la cara B de su primer single homónimo —publicado en el sello Checker en 1955—, «I’m A Man» [«Soy un hombre»], una de las mejores quinientas canciones de la historia para la revista Rolling Stone.
El gran entertainer. No puede ser otro que el malogrado Jackie Wilson, uno de nuestros muertos sobre el escenario favoritos. El 29 de septiembre de 1975 murió para la música, al desplomarse sobre las tablas del Latin Casino, en Nueva Jersey, mientras cantaba «Lonely Teardrops».
Wilson quedó en coma y, posteriormente, en estado vegetativo. Nueve años después, el 21 de enero de 1984, se certificó su muerte a causa de una neumonía. De no ser por el disc jockey Jack ‘The Rapper’ Gibson —uno de los primeros locutores negros—, quién sabe si Mr. Excitement no hubiera aparecido nunca en este artículo.
Dada la precaria situación económica del cantante en el momento de su muerte, Jack Leroy Wilson Jr. fue enterrado en una tumba sin marcar junto a su madre Eliza en el cementerio de Westlawn, cerca de su Detroit natal, hasta que los restos de ambos fueron trasladados a un mausoleo, gracias a una campaña promovida por Gibson.
El mausoleo se inauguró el 9 de enero de 1987, el día en que Wilson hubiese cumplido cincuenta y tres años. La leyenda del soul podría descansar con dignidad desde ese momento, bajo un epitafio que hace referencia una de sus canciones más conocidas, la última que interpretó en vida: «No More Lonely Teardrops» [«No más lágrimas solitarias»].
En un banco de piedra situado frente a la lápida, puede leerse: «Jackie. The Complete Entertainer» [«Jackie. El Intérprete Total»].

Deborah Woodruff, Debbie Curtis el 18 de mayo de 1980, entró en su cocina esa mañana tras volver a casa en el número 77 de Barton Street, en su ciudad, Macclesfield, y vio a Ian Curtis, su marido en vías de divorcio, colgado con las cuerdas de tender la ropa.
Joy Division, que iba a comenzar su primera gira americana al día siguiente, murió con Ian Kevin Curtis.
Su cuerpo fue incinerado el 23 de mayo y sus cenizas enterradas en el cementerio de Macclesfield bajo una lápida marcada con su nombre, la fecha de su fallecimiento y el título de la canción con la que pasó a la historia, «Love Will Tear Us Apart» [«El amor nos hará pedazos»].
El himno, cuya letra se basó en su experiencia matrimonial fallida con Debbie, fue grabado apenas dos meses antes para el sello Factory y publicado en single después de la muerte de Curtis. El carisma del desdichado cantante sigue vigente, ya que su tumba, generalmente tributada con flores, velas y obsequios de los fans, ha sido vandalizada en varias ocasiones, la última en 2019.
Que el ritmo no pare. Y no hablamos de Patricia Manterola, sino de Sonny Bono, que falleció cuatro años antes de que la mexicana copara las emisoras del país. El 5 de enero de 1998, Salvatore Phillip Bono falleció al instante al estamparse contra un árbol mientras esquiaba en South Lake Tahoe, California.
El artista moría trágicamente, pero el show debía continuar, el ritmo tenía que seguir. Y para recordarnos esto, él compuso «The Beat Goes On» [«El ritmo continúa»] en 1966. La cantó junto a Cher y estuvo respaldado nada menos que por los Wrecking Crew para dar forma a uno de sus mayores éxitos. Algo sobrevalorada la canción, vale.
Sus restos fueron llevados el 10 de junio de 1998, tras el funeral, al Desert Memorial en Palm Spring (lugar de reposo de gente como Frederich Loewe, Betty Hutton o Frank Sinatra) donde fue enterrado después de que un pelotón de soldados lo saludaran al estilo militar y su familia soltase palomas blancas.
En su lápida, sobria y encajada sobre el césped, se puede leer la frase que ya estaréis imaginando: «And The Beat Goes On» [«Y el ritmo continúa»].

En la lápida de Concha Reyes figura la última canción que publicó su hijo —que fue, a la vez, su gran hit—. En la lápida de su hijo figura la primera canción que grabó. Tampoco es tan sorprendente si pensamos que Ritchie Valens solo pudo publicar dos singles en vida.
Después de arrojar la fatal moneda al aire con Tommy Allsup y subirse al Beechcraft Bonanza la madrugada del 3 de febrero de 1959, se acabó su carrera, así como la de Buddy Holly y The Big Bopper.
El sábado 7 de febrero de ese año, los chicos de The Silhouettes, la banda angelina donde comenzó Ritchie a tocar la guitarra, portaron su ataúd en el funeral, antes de que el cantante fuese enterrado en el San Fernando Mission Cemetery, poblado de actores y actrices.
En 1987, cuando su madre, Concepción Reyes, falleció —poco después del estreno de la película La Bamba—, fue enterrada junto a su hijo. Como decíamos al principio, cada uno tiene un pentagrama y una canción grabada en la lápida. «Come On Let’s Go» [«Venga, vámonos»] para Ritchie Valens y «La Bamba» para su madre.
Hay canciones que no están para su intérprete original (os dejo dos ejemplos, «Ring Of Fire» y «At Last»), ya que va a venir alguien que la hará suya para siempre.
Otra de ellas es «Drift Away», escrita por Mentor Williams, que fue grabada con muy buena voluntad por John Henry Kurtz (que no tiene ni entrada en la Wikipedia) en 1972, pero fue subida al olimpo del soul un año después gracias a la voz de Lawrence Darrow Brown, más conocido como Dobie Gray, y al suave mecido de la guitarra de Reggie Young, todo sea dicho.
Antes de eso, el tejano ya había alcanzado el éxito gracias a «The In’ Crowd», otro clásico inmortal del que se benefició también Ramsey Lewis. En 2011 falleció Dobie Gray a los setenta y un años a causa de complicaciones derivadas de un cáncer que padecía.
Pues bien, en su elegante lápida negra, dispuesta sobre la hierba del cementerio de Woodlawn, en Nashville, se puede leer, en letras doradas, la frase del estribillo de su canción más significativa y, además, muy bien traída: «Wanna get lost in your rock ‘n’ roll and DRIFT AWAY» [«Quiero perderme en tu rock and roll y alejarme a la deriva»]. Te queremos, Dobie.
El cementerio más conocido de Los Ángeles, el Pierce Brothers Westwood Village Memorial Park se inauguró en 1904 y es el lugar de enterramiento de luminarias como Natalie Wood, Truman Capote y Marylin Monroe.
Precisamente a unos cincuenta metros de la tumba de Monroe, en un pequeño nicho llamado el Santuario de la Paz, una piedra de mármol blanco sin pulir marca las criptas de Guy y Angela Crocetti, los padres de Dean Martin. La cripta de su hijo, que falleció el día de Navidad de 1995, se encuentra cerca.
Que conste que Dean Martin no debería aparecer aquí porque detestaba el rock and roll, pero en el fondo el tipo cae bien. Su gran victoria sobre el rock, y más concretamente sobre los Beatles, tuvo lugar el 15 de agosto de 1964, cuando su canción insignia, «Everybody Loves Somebody Sometime», desbancó a «A Hard Day’s Night» del número 1 de las listas estadounidenses, tal y como había prometido a su hijo, Dean Paul Martin, seguidor de los de Liverpool.
Pues ya está todo dicho: la sobria placa colocada sobre el nicho vertical que contiene los restos del cantante contiene su nombre (el artístico, no el real Dino Paul Crocetti), su fecha de nacimiento y de fallecimiento, y, abajo del todo, «Everybody Loves Somebody Sometime» [«Todo el mundo ama a alguien alguna vez»].
Sus principales compañeros de Rat Pack también tienen epitafios significativos. Sinatra está enterrado bajo una de sus canciones más señeras y la última que cantó en público, «The Best is Yet to Come» [«Lo mejor está por llegar»], y Sammy Davis luce algo más comercial, como si aún estuviera promocionándose: «The Entertainer. He Did It All» [«El intérprete. Lo hizo todo»], ambos en distintos cementerios de California.
George Jones, el hombre que recorrió diez millas subido en una máquina cortacésped para buscar alcohol (del que se ingiere, claro), renegó de la canción en cuanto se la propusieron: era demasiado larga, y su letra era triste y deprimente —la verdad es que la letra es devastadora, «él solo dejó de amarla el día en que murió»—; nadie querría cantarla, alegó.
Al final, Jones pasó por el aro y grabó, en 1979, el que sería uno de sus mayores hits —que llegó a tiempo para sacarle de una espiral nada halagüeña, con la herida aún abierta por su divorcio de Tammy Wynette—, y una de las mejores canciones country de todos los tiempos.
Cuando George Glenn Jones falleció el 26 de abril de 2013, a los ochenta y un años, ya se sabía que «He Stopped Loving Her Today» [«Dejó de amarla hoy»] iba a tener protagonismo en su despedida. Por un lado, fue una de las canciones que sonaron en su funeral, a cargo de su gran amigo y deudor Alan Jackson.
Y, para acompañar al cantante durante su eterno reposo en el Woodlawn Memorial Park and Mausoleum de Nashville (que ya va en cabeza en este artículo), el título de la canción escrita por Bobby Braddock y Curly Putman preside desde entonces el monumento erigido en la parcela de la familia Jones, justo detrás de su lápida y debajo del arco rotulado con el apellido del cantante.
Tanto en su lápida como en el monumento que la preside, también aparece una guitarra grabado el nick con el que se le conoció, «The Possum» [«La Zarigüeya». Igualadlo].

El siguiente caso guarda muchas similitudes con el de George Jones: una canción franquicia, un auténtico clásico del soul, cantada en el funeral de la finada, y grabada en su lápida. El cementerio de Inglewood Park, en el sur de California, adonde nos dirigimos, es el camposanto más chic de este artículo, con permiso del Forest Lawn de Los Ángeles.
Allí reposan los restos de Jamesetta Hawkins, más conocida como Etta James, la mar de bien rodeada de monstruos como Ray Charles, Billy Preston, T-Bone Walker o Ella Fitzgerald.
Cuando la cantante falleció a los setenta y tres años, de leucemia, el 20 de enero de 2012, Christina Aguilera seguro que cogió número para cantar «At Last» [«Por fin»] en su funeral. La rubia neoyorquina se llevó el gato al agua y convirtió desde entonces el clásico escrito por Mack Gordon y Harry Warren en un fijo de su repertorio.
La canción, que también dio título al disco de debut de Etta —«At last!» (Argo, 1960)—, sería grabada en la placa que adorna su nicho en el mausoleo llamado «Garden of chimes» («Jardín de campanas») del Inglewood Park Cemetery, en el condado de Los Ángeles. El que escribe hubiera preferido sin duda «I’d Rather Go Blind» [«Preferiría quedarme ciega»], pero nadie me había dado vela en ese entierro.

Así de primeras, uno podría imaginarse en la tumba de B. B. King alguna canción emblemática como «The Thrill Is Gone», «Sweet Little Angel», «Everyday I Have The Blues», o alguna referencia a su inseparable guitarra Lucille. Pero no es así. El rey del blues fue enterrado en Indianola, la ciudad algodonera del delta del Mississippi donde creció y donde comenzó a cantar y tocar la guitarra.
Es el único de los artistas de este artículo que no está enterrado en un cementerio. Sus restos descansan en el B. B. King Museum and Delta Interpretive Center, que abrió sus puertas en septiembre de 2008 para dar a conocer su legado, así como preservar la herencia cultural y social del blues del delta del Mississippi.
Cuando el 14 de mayo de 2015, Riley B. King sucumbió a complicaciones derivadas de la diabetes que arrastraba, la calle Beale de Memphis se engalanó para su último trayecto. De allí, el cuerpo del guitarrista fue llevado al museo que lleva su nombre, donde fue enterrado en un recinto vallado y marcado con una corona de flores.
No fue hasta diciembre de ese año cuando se colocó una piedra de mármol negra en su tumba, en la que rezaba, en letras doradas, su nombre real, el año de su nacimiento y el de fallecimiento, su firma, y la última estrofa de «Take It Home», canción que cerraba el disco del mismo título, publicado en el sello MCA en 1979.
Habiendo sitio de sobra, por qué desperdiciar lápida grabando solo el título de la canción: «Don’t know why I was made to wander / I’ve seen the light, Lord I’ve felt the thunder / Someday I’ll go home again / And I know they’ll take me in / And take it home» [«No sé por qué me hicieron vagar / He visto la luz, Señor, he sentido el trueno / Algún día volveré a casa / Y sé que me aceptarán / Y lo tomarán en serio»].

Al igual que a Etta James, la leucemia también se llevó por delante, a una edad más temprana, a Arthur Lee, cantante y guitarrista de la banda californiana Love. Tener en tu haber uno de los mejores discos de la historia de la música pop te garantiza un epitafio notable, mires por donde mires, en el que caso de que te vayan los epitafios, claro. Y en el caso de Lee, esto se cumplió.
A los sesenta y un años, el 3 de agosto de 2006, Arthur Taylor Porter murió en una habitación del Methodist University Hospital de Memphis, su ciudad natal. La rotunda y épica canción que cerraba Forever Changes (Elektra, 1967), «You Set The Scene» fue la que aportó el texto para el epitafio grabado en la lápida de Arthur Lee en el Forest Lawn Memorial Park de Los Ángeles, en las colinas de Hollywood.
Seguramente el cementerio con más celebrities por metro cuadrado. Pergeñada en el verano del amor, la canción habla de aprovechar el momento en que se vive, no tanto entonar un carpe diem sino más bien declarar gratitud por poder disfrutar la vida. En el verano de 1967 qué van a decir…
Pues bien, la frase de «You Set The Scene» [«Tú preparas la escena»] que figura en la lápida —presidida por el logo de la banda Love que diseñara el creativo de Elektra Bill Harvey— reza así: «This is the Time and Life that I am Living & I’ll Face Each Day with a Smile» [«Este es el tiempo y la vida que estoy viviendo y afrontaré cada día con una sonrisa»].
Justo debajo de esa frase, de renovado optimismo de cara a un descanso eterno, y por si quedara alguna duda de la procedencia de la misma, aparece grabado entre comillas, inmortal, «Forever Changes».
El cielo se detuvo el 6 de agosto de 2009 para dar cabida a William Paul Borsey Jr., más conocido como Willy DeVille. Suponiendo que fuera al cielo, que no está muy clara la cosa… Ese día, en pleno verano neoyorquino, DeVille sucumbía a una enfermedad que pocos pueden combatir, salvo que te llames Wilko Johnson.
Un cáncer de páncreas se llevaba al músico de raíces indígenas y españolas tres semanas antes de su cincuenta y nueve cumpleaños. Sus restos fueron trasladados a su Stamford natal, en Connecticut, convirtiendo en proféticas sus palabras en Dirty Linen Magazine en 2006: «La gente de Stamford no llega demasiado lejos.
Ese es un lugar para morir». Willy DeVille fue enterrado en el Fairfield Memorial Park —mismo lugar de reposo que Benny Goodman— bajo una lápida negra presidida por dos rosas doradas. Bajo las fechas de nacimiento y muerte, se grabó el nombre de una de sus mejores canciones de uno de sus mejores discos.
Le Chat Blue (Capitol, 1980), de marcada inspiración francesa, fue el tercer disco de DeVille, siendo considerado el quinto mejor álbum del año para la revista Rolling Stone. La última canción del mismo, «Heaven Stood Still» [«El Cielo se detuvo»], desprendiendo una desgarradora melancolía Coeniana, fue la elegida para acompañar al cantante por toda la eternidad.
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