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¿Qué es ficción? (¿Y tú me lo preguntas…?) …


Tenemos un problema. Un problema de los grandes. De los que nos deberían dejar sin sueño a la hora de la siesta. De los que no se le pueden endilgar ni a Siri, ni a Alexa, ni a Cortana, ni siquiera a un coach. Un problema de verdad. O, mejor dicho, de realidad. 

El problema es justamente ese: la realidad. Porque no sabemos definir su contraria: la ficción. Y sí, ya sabemos que no es del todo correcto intentar definir las cosas por sus contrarios, pero ayuda, sobre todo en este caso concreto, donde parece irrevocable la complementariedad cada vez que nos referimos a la una o a la otra.

¿Cuántas veces no han escuchado, o incluso utilizado, la expresión «la realidad siempre supera a la ficción»? Y se dice esto como si se estuviera revelando algún secreto, algo no obvio antes de recalcar la dicotomía jerárquica, lo que es una muestra clara de lo necesario que sigue siendo repensar ambos conceptos. 

Lo primero que habría que preguntarse es qué va implícito en la frase recién referida. Es decir, ¿en qué supera la realidad a la ficción? Según el contexto en el que se suele proferir, deducimos que la supera en el grado de inverosimilitud de lo acontecido, en la capacidad para sorprender a los espectadores del mundo; a veces, en el inesperado salto de transgresión de los límites imaginables del bien y del mal, y otras para enfatizar la belleza de lo natural frente a las recreaciones virtuales.

En cualquiera de estos casos hay varios errores de fondo que apuntan directamente a la no comprensión de lo que es ficción ni tampoco lo que es realidad, y tendemos a mezclar los atributos que le corresponderían a la primera con los de la segunda, y viceversa.

No se alarmen ni se sientan atacados: que esto suceda es normal. Porque nuestra idea construida popularmente de ficción es indesligable de los paradigmas de imitación (mimesis) y espejo (speculum) que han condicionado la representación de la ficción desde la literatura.

Es más: nuestra idea actual de ficción bebe directamente de ese paso de la mimesis al speculum dentro de la literatura, pero de ello trataremos en la segunda parte. A lo que íbamos: decir que la realidad supera a la ficción es igual a no decir nada.

Claro que la forma en la que se manifiesta la realidad es imprevisible, sorprendente, en ocasiones con apariencia azarosa (y quizá más que en apariencia), enrevesada, inexplicable, ya sea por lo que el compañero Álvaro González comentaba en uno de sus tweets recientes, que la realidad no necesita ser justificada; ya sea porque no tenemos a quien pedirle que rinda cuentas en términos últimos y absolutos, independientemente de que uno sea ateo o creyente, que Dios no está para estas cosas mundanas.

La realidad es lo que nos pasa y nos sobrepasa, mientras que la ficción es el instrumento con el que intentamos sobreponernos a la limitación mostrada desde la realidad de nuestras capacidades racionales, o como planteara Tom Clancy: «La diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción debe tener sentido».

Y, por tanto, la realidad no.

La realidad es inapresable, siempre se nos escapa en el momento en el que intentamos abalanzarnos sobre ella para definirla.

¿Qué por qué? Porque la única herramienta con la que contamos, el lenguaje —y en este caso nos da igual que sea cotidiano o traducción de proposiciones a la lógica formal—, es, como ya pueden prever, ficción.

No nos referimos, por supuesto, a la capacidad humana para articular un discurso y una conciencia temporal lineal a través del relato, sino al contenido representado por los grupos simbólicos a los que llamamos letras que dan como resultado las palabras, siendo ellas las responsables del modo en que nos representamos el mundo. 

Intenten pensar sin palabras, en formas puras, en imágenes sin nombre, en el vacío, en lo infinito. Inténtenlo ahora, si es que no llegamos tarde y usted ya había sido consciente del ruido que constantemente emite su mente en forma de palabras saltarinas al intentar meditar y poner la mente en blanco. Si lo consiguieron, nuestros respetos. Si son de los que lo han intentado sin éxito, respire tranquilo, no vamos a juzgarle, principalmente porque la que aquí firma tampoco lo ha conseguido, e incluso le parecería lícita la pregunta acerca de la utilidad de dejarse sugestionar hasta el punto de estar en el mundo como si estuviéramos muertos. 

El problema no está en el lenguaje y en su innegable utilidad para el desarrollo de la vida particular y de la cultura, sino en la confusión que establecen esas representaciones con lo representado; en querer darle realidad de suyo a lo nombrado, otra vez, como si fueran las cosas mismas (y ese como si es la expresión radical del juego y de la imaginación). Si cogen su ejemplar de Niebla de Miguel de Unamuno y lo abren por el apartado «Oración fúnebre a modo de epílogo» entenderán mejor a qué nos referimos.

Dice el perro Orfeo reflexionando sobre su compañero muerto lo siguiente: habla [el hombre], y eso le ha servido para inventar lo que no hay y no fijarse en lo que hay. En cuanto le ha puesto un nombre a algo, ya no ve este algo, no hace sino oír el nombre que le puso, o verle escrito. La lengua le sirve para mentir, para inventar lo que no hay y confundirse. Y todo es en él pretextos para hablar con los demás o consigo mismo. (…) El lenguaje le ha hecho hipócrita.

[Spoiler: hay que entender que el perro está de bajón porque se le ha muerto su amigo humano y él presiente, certeramente, que está a puntito de morir también, así que inferimos que hay un poco de rabia en su predicado y que la generalización proviene de esa ira ante la imagen de la muerte. Tampoco es cuestión de darle credibilidad a pies juntillas todo lo que se dice en esos momentos tan delicados, ni juzgar a todos los perros como unos malajes por lo que diga este perro de ficción. Fin del spoiler].

Hablando fingimos poseer dentro de la palabra la realidad en sí y adquirimos la ilusión de poder modificarla o modelarla al antojo de nuestros deseos, de nuestra imaginación, y como respuesta a nuestros miedos, como analizase Giambattista Vico en su Ciencia Nueva. Como es un fingimiento que hacemos de manera automática, termina por parecernos que es la realidad misma y, (no tan) obviamente, no lo es, por más que intentemos sobrepasar los límites de lo inapresable ayudados por la tecnología o por los juegos de palabras que crean la ilusión de estar más allá de donde podemos llegar. 

Un buen ejemplo de ello podemos encontrarlo en ese oxímoron llamado «realidad virtual». Párense a pensarlo detenidamente por un momento: realidad, lo que es, podríamos decir para resumir lo expuesto; virtual, según la primera acepción del DRAE, «que tiene virtud para producir un efecto, aunque no lo produce de presente, frecuentemente en oposición a efectivo real», según la tercera, referente a la física, «que tiene existencia aparente y no real».

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de realidad virtual? Claramente, otra vez, de una ficción, entendida como fingimiento de la realidad a través de los escenarios que nos presenta lo virtual. Un recurso literario, en el fondo, para hacer más atrayente lo no efectivo, para simular que no se trata de un mero juego de ilusiones preconfiguradas, que enuncia a la realidad como partícula primera para sugestionar a nuestros sentidos a dar validez absoluta a lo allí percibido.

Pero no nos lo llegamos a creer del todo, quizás por la necesidad de tener un objeto que intermedie entre nuestra vista y las apariciones presentadas, sean unas gafas opacas del tamaño y el peso de un zapato, un guante similar a la mano de RoboCop, o un teléfono móvil con buena conexión a internet. Y por eso hay una carrera comercial encarnizada entre los grandes de la tecnología —y algún que otro intruso ricachón— por ver quién consigue primero hacer desaparecer tal obstáculo.

Habrán oído ustedes el revuelo que tiene montado Mark Zuckerberg con su nuevo proyecto Meta, que parecía estar guardado en un cajón esperando el momento perfecto para tapar el último escándalo de Facebook. Si fuésemos conspiranoicos pensaríamos que empezó a gestarse a raíz de otro escándalo, el de las elecciones de Estados Unidos de 2016 y el posterior documental de Netflix La red social.

Pero si fuésemos o estuviésemos conspiranoicos también tendríamos que creer que Zuckerberg es un reptiliano o un robot, y el artículo tendría que tirar por otros derroteros que no son los que anunciábamos al comienzo, y eso sería clickbait y no es propio de un medio serio como en el que nos encontramos. Mantenemos que estamos aquí para intentar dilucidar qué es la ficción, aunque el camino para llegar a alguna conclusión sea largo y sinuoso. Así que, por ahora, y hasta que se demuestre lo contrario, vamos a quedarnos con los hechos. 

Meta es un intento por materializar en la realidad el contenido de no pocos argumentos presentes en la ciencia ficción: crear una existencia paralela en un universo virtual que, por supuesto, está enfocado al consumo (y de ahí al argumento de la serie Upload hay solo un paso). La estrategia de marketing es impecable, porque la experiencia de compra se esconde bajo el velo de lo que más se desea a nivel personal: la felicidad, la libertad y la riqueza en términos de relaciones sociales ilimitadas.

Respecto a lo último, no vamos a negar que es tentadora la idea de poder sortear la barrera espacial que nos impide tocar a nuestros seres queridos, que después de una pandemia y varios confinamientos todos nos hemos dado cuenta de la importancia que tenía el sentido del tacto para nuestro bienestar emocional.

Pero mucho tiene que mejorar la tecnología para que tal contacto en la red se infiltre en nuestras terminaciones nerviosas hasta el punto de producir el mismo gustito que da abrazar. Para muestra de intento fallido, el artefacto para el móvil lanzado a finales de 2016 llamado Kissenger (ojo, no confundir con Kissinger, aunque el gadget funcione a las mil maravillas como método de control de la natalidad).

Sobre la libertad, podemos decir que pareciera que el dueño y señor del caralibro se ha estudiado el Consuelo de la filosofía de Boecio para luego darle la vuelta como a un calcetín: que la libertad, y la consecuente felicidad que esta promete, dependen exclusivamente de las condiciones materiales, del control de los juicios ajenos y de la de la posibilidad de expandir por un universo (que no el universo) el nombre con el que queremos ser nombrados.

Claro que, siendo una vida de ficción, es decir, fingida, falsa (fictum), no está del todo asegurado que la libertad promulgada pueda ser real.

Por un lado, porque la aparentemente libre autodeterminación se verá determinada por algoritmos fijados y por los recursos monetarios de los que uno goce en la vida fáctica, impidiendo de esa forma una emancipación para elegir los medios para alcanzar sus fines particulares, si es que queda espacio para ellos en un universo prediseñado para satisfacer ciertos fines comunes de acumulación y para promover el enriquecimiento de los que hacen funcionar la máquina; por otro, por lo que recientemente apuntaba la filósofa Ana Carrasco Conde en una entrevista con motivo de su nuevo libro Decir el mal: porque es una ficción individualizante, que busca atomizar al sujeto y arrancarlo de su cotidianeidad social

Ese universo indeterminado como un universo sería, finalmente, una superposición de universos particulares, donde podríamos eludir los problemas de tener que guardarles respeto a los intereses de los otros y el de la convivencia dentro de un mismo espacio, a sabiendas, además, de que sería como los principios para Groucho Marx: si no le gusta en lo que se ha convertido su universo, pueden cambiarlo por otro. Eso sí, pagando.

Algo así como el plan de colonización de Marte planteado por Elon Musk, pero a nivel popular. Será la alternativa a nuestro alcance más instantánea en lo que concierne a entrar y salir del mundo ficticio —porque ni siquiera debería llamarse entrada y salida, sino conexión-desconexión—, pero también menos permanente, porque para vivir (¿vivir?) en Meta habrá que partirse el lomo en el más acá. ¿No les suena esto a la realización virtual del antiguo cielo cristiano?

Ganarse el pan con el sudor de la frente, unirse a un grupo de gente que crea en las mismas cosas que usted, y luego recibir como recompensa un espacio infinito de esparcimiento, llevándose su cuerpo (porque recordemos que fue la tradición cristiana la que introdujo la idea de la resurrección del cuerpo y no solo del alma con el modelo de Jesucristo) pero sin los males connaturales a este, esto es, con su cuerpo ideal o idealizado.

En este sentido, Meta propone dos mejoras considerables: la primera, y la más importante, es que no hace falta morirse para llegar a ese sitio, cosa que se agradece. Solo hay que hacerse el muerto en la vida fáctica, pero ya hemos dicho que es reversible así que lo damos por bueno; la segunda, es que ahora usted tendrá el control sobre cómo será visto su cuerpo en el más allá sin necesidad de pasar por el quirófano plástico. Posiblemente le cueste el mismo dinero pero se ahorra el sufrimiento físico y el período de convalecencia.

Existe una tercera diferencia, que hemos decidido mencionar aparte porque todavía no está claro si sus efectos pasarán a considerarse como mejoras o inconvenientes. Nos referimos al hecho de que se espera que esa realidad virtual forme parte de la realidad real por medio de la realidad aumentada.

Parece un trabalenguas, lo sabemos, pero no hemos sido nosotros los que les hemos dado los nombres. Son los creadores de estos universos paralelos los que están obsesionados con la palabra «realidad», y sabrán ustedes que cuando una cosa se repite muchas veces termina por parecernos que no significa nada. Y todo por evitar decir que son ficción. ¿Saben lo más gracioso de esto? Que al no darle su nombre real, negándole su carácter ficticio, dificultan, justamente, la metaficción.

Don Quijote, por Gustave Doré.

La ficción, aunque cada vez parezca más complicada de definir y de distinguirla de su complementaria, la realidad; aunque no quiera ser nombrada por aquellos que la practican, como si fuera en detrimento del interés que pudiera suscitar por restarle verosimilitud al objeto al que apunta, la ficción, decíamos, no tiene nada de malo.

Aún más, la capacidad humana para crear ficciones ha sido el motor de nuestras sociedades, el germen de las religiones y de la cultura entendida como lo hacía Nietzsche: como el momento en el que lo humano se separa de la naturaleza, definitiva y definitoriamente.

Y hay aquí dos movimientos enfrentados en la actualidad que desembocan en lo mismo: por una parte, el deseo por volver a la raíz natural por medio de una mirada microscópica de los efectos que deja nuestra estancia en el mundo; por otra, el anhelo de salir por completo de la naturaleza, no ya ayudados por la tecnología sino siendo nosotros mismos tecnología.

¿El resultado? Un ansia desbocada por olvidar la historia, por desaparecer del lugar que ocupamos para ubicarnos en otro que alivie nuestra insoportable levedad de(l) ser.

A propósito de la historia, y retomando a Miguel de Unamuno, decía este que la historia, la que consideramos como historia irrevisable por estar apoyada en documentos y archivos, la historia canónica, es ficción. Y que, por el contrario, son las ficciones literarias y las transmitidas por la tradición oral las que componen la auténtica historia.

Tiene mucho de verdad y mucho de razón, ya que, como también se encarga de señalar él mismo, los referentes generales (o generacionales, si se quiere) no son producto de un genio que crea desde su individualidad. Al contrario, lo hace al haber mirado atentamente a su alrededor y haber podido captar la esencia colectiva dentro de una representación, en la que pueda verse reflejada la tradición y los valores propios de la mayoría.

Es lo que sucedió en su momento con El Quijote, y lo que sigue aconteciendo cada vez que se quiere ofrecer una nueva lectura del libro para hacerlo encajar en el molde de una época que no es la suya propia. De facto, don Quijote podría servirnos a las mil maravillas como ejemplo de lo que, desde una visión pesimista, podría ser nuestro futuro.

Pero antes, y aunque sabemos que algún lector será partidario de este deseo por enterrar el pasado a tres metros bajo tierra, permítannos una breve mirada retrospectiva, al tiempo en que Cervantes cambia para siempre el contenido y la intención de la ficción.

Lo que hoy conocemos como ficción literaria no ha existido siempre. De hecho, aunque anacrónicamente llamemos novela a todo relato narrativo conservado, la novela tampoco ha estado siempre ahí. La novela es tal a condición del nacimiento de dicha ficción, puesto que, de un modo singular, la ficción literaria tal y como la hemos entendido en estos últimos siglos surge a rebufo de la imprenta, de la popularización de la lectura y, con ella, del paso a la lectura íntima, silenciosa y no vociferada.

Y vamos a concederle a Cervantes el puesto del primer ficcionador y el primer novelista en lengua española por respetar su autoproclamación en el prólogo de las Novelas ejemplares. Dice Cervantes en su excurso novedoso: A esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más, que me doy a entender, y es así, que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas: mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa.

Antes de él, más valía la pluma que el ingenio, porque por muy ficticias que hoy nos puedan parecer las obras de caballería, las pastoriles o las picarescas, para los lectores de aquel tiempo estaba claro que eran reproducción mimética embellecida.

No siempre de lo que había en la realidad (aunque había caballeros y pastores y pícaros) sino de lo que podía llegar a parecer deseable para el público tan selecto que tenía acceso a las letras: una imitación de la naturaleza en forma de paraíso perdido, encontrado en la imaginación; lugar recreado para la burguesía que les permitía el lujo de huir de sus quehaceres de burgueses, soñando que abandonaban las frías paredes de piedra que les servían de frontera con el mundo jerárquicamente inferior para ser lanzados directamente a la vida bucólica, heroica o aventurera que se desarrollaba en la naturaleza ideal.

Y ahora imaginamos que se estarán preguntando en qué se diferencia lo anterior con lo siguiente, esto es, con la ficción literaria y la novela, de las que hemos puesto a la cabeza a Cervantes por tener un punto de referencia sobre el que pivotar. La respuesta es simple: en que no había espacio para la crítica en la recreación, solamente para el goce y el disfrute, en cierto sentido anonadante.

El cambio de paradigma que se materializa (como mínimo) a partir de Cervantes radica justamente en la crítica intrínseca al paisaje des/dibujado desde sus ficciones que, como él advertía, no deviene de la imitación, ni tampoco de la idealización, sino de una mirada a la realidad tal cual es —y no como debería ser o como se querría que fuese—, para posteriormente poner enfrente un espejo deformado.

El reflejo es lo que llamaríamos, propiamente, ficción literaria, que lleva de suyo un cariz político y un ejercicio ejemplar de ironía para sortear las limitaciones de la censura. Y en ese reflejo, además de las situaciones concretas, entran también los sujetos, de ficción o de realidad.

El acceso popular a la alfabetización y, por ende, a la lectura, permitió el intercambio entre el conocimiento que los personajes divulgaban desde el otro lado del espejo, con el pago efectuado por los lectores mediante un pase de acceso directo a la realidad, si no en cuerpo (como en los casos del propio Quijote, o de Hamlet o de Ignatius J. Reilly, a quienes nos los representamos con una apariencia sólida, para todos la misma), sí, al menos, en un segmento modificado de nosotros mismos.

Por supuesto, para que ello se produzca, el reflejo ha de estar en contacto directo con el objeto a reflectar (la realidad), puesto que de lo contrario lo que tendríamos sería un vacío, una nada, y ya sabemos de sobra que «de la nada nada sale».

Como bien indica Bénédicte Vauthiermuchos críticos han subrayado que en la obra de Cervantes la inclusión de elementos inverosímiles corre pareja a la de los datos históricos. Está claro, esa insólita mezcla es mucho menos inocente de lo que resulta a primera vista. La alianza tiene a menudo la ventaja de hacer más verosímil lo uno, más ficticio lo otro.

El recurso de la metaficción es el responsable de establecer, de forma inequívoca, puentes entre los distintos niveles del contenido real y ficcional dentro de la propia obra de ficción. El caso más citado, por ser también el ejemplo más evidente y conocido, lo encontramos otra vez en El Quijote, cuando Alonso Quijano lee, dentro de la acción narrativa, sus libros de caballería, que son los mismos que cualquier persona real podría leer. De esta forma, el personaje ficticio comparte espacio con sus lectores fuera del horizonte paisajístico pero dentro del marco cultural.

Resumiendo —por no jugar con la paciencia de los lectores que se hayan visto forzados a mirar a la historia de la ficción—, para que haya un sentido crítico en el reflejo tiene que estar clara cuál es la partícula de realidad que se quiere criticar. Pero ¿qué pasaría si se confundieran todos los niveles? Preguntadle a D. Quijote. O a Sancho. O a cualquiera que nazca después de que Meta se haya materializado y sea considerado nativo de los metaversos.

Si les parece demasiado lejano, pueden probar a preguntarles a los nativos digitales, que igualmente tienen algunas lagunas a la hora de realizar esta distinción. Por favor, no les increpen, no es su culpa. Es que son nativos, a la par, del auge de una mentalidad que parece novedosísima, pero que es más antigua que los balcones de palo: la esperanza en que van a poder ser testigos del mejor de los mundos posibles. 

A diferencia de la motivación que llevó a Leibniz a predicar tan optimista concepción de nuestra esfera terráquea como justificación del mal y exculpación de Dios, hoy se vende esta idea como un pack de experiencias más.

Como si al entrar en la realidad virtual se le diera a uno el certificado de sumo arquitecto, prometiéndole que mientras más inmerso esté en ella, mayor será la perfectibilidad a la que podrá aspirar su mundo, y hasta él mismo. Isabel F. Peñuelas lo explica así en su artículo «¿Qué diría Platón del Metaverso?»: «Hoy la capacidad prospectiva, que rara vez predice lo que predice, sobre todo cuando enfrenta la complejidad, se sustituye por análisis de escenarios alternativos de lo que puede suceder para, a partir de ahí, elegir el mejor de ellos y trazar un camino que nos lleve». 

Quizá en la realidad no pueda desembolsar lo que cuesta una camiseta de una firma de lujo con su sueldo precario pero tranquilo/a, terminará por darle igual que sus condiciones laborales rocen la explotación porque su avatar sí podrá vestir dicha camiseta (como sucede ya, por cierto, en Animal Crossing o en Fortnite). La meta es la adquisición y la acumulación de bienes que parecen brindar la libertad y la felicidad. El camino más corto, la realidad no real.

La secuela, un aburrimiento mortal por no haber escuchado a Aristóteles cuando hablaba de la virtud como término medio. Ni a Andrea Köhler, que desde su obra El tiempo regalado pone de manifiesto las bondades y las maldades (ambas necesarias) del tiempo de la espera, y en la que avisó de que «podría decirse que la sociedad del entretenimiento es una forma tardía de los cuentos de Las mil y una noches […] pero si la televisión fuese en efecto nuestra Sherezade, no habría manera de librarse de los mil peligros de muerte que nos acechan».

Pero, ay, amigos, es que la televisión, como los cuentos, como los videojuegos al uso, están dispuestos para que tengan un principio y un final, y en ese final podemos pararnos a recomponernos y pasar a otra tarea. Sin embargo, en las nuevas propuestas de entretenimiento no. Hay un principio que se quiere alargado hasta el infinito siguiendo la mecánica del mercado, y el tiempo de espera es tiempo (de objetos) perdido(s), y el entretenimiento se vuelve trabajo.

Desde esta perspectiva se resuelve como lógico que las grandes compañías que invierten en la realidad virtual o aumentada para proponerla como el futuro que ya está aquí no usen la palabra ficción. Todavía más, casi que podríamos agradecérselo por no añadir otro grado de confusión a lo que ya acumula.

Pero no se dejen engañar: sigue siendo ficción, solo que se ha olvidado a golpe de bitcoin, de NFT, de recompensas de juego y de satisfacción-retribución inmediata, que tenía un espacio en el que previamente había de reflejarse; que tenía una crítica de fondo que le daba significado a lo reflejado; que era un recurso para sobreponerse a lo que nos pasa y no lo que nos pasa en sí.

Es ficción despojada del rastro cultural ganado en la literatura escrita para ser leída íntimamente, reflejo del ser humano desgajado no ya entre ficción y realidad, sino entre la ficción del medio, la ficción de sí mismo y la ficción de los otros, todos ellos tan encerrados en sus abismos llenos de significados virtuales que se vuelven incomunicables entre sí.

Otro ejemplo de lo que hemos olvidado: lo que Vargas Llosa advertía en su discurso al recibir el Nobel de literatura en 2010, sobre lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real.

Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor. 

Respóndanse ustedes mismos a la pregunta de qué parte es la que no se ha cumplido del párrafo citado, y quiénes son en la actualidad los fabuladores. Nosotros nos encargaremos de intentar dar réplica a la siguiente cuestión que este panorama nos deja: ¿se puede ser en la ficción radical?

En principio, no.

Porque lo que vuelve tan suculenta a la propuesta de los metaversos es, precisamente, la posibilidad de poder ser otro distinto al que se es, poder romper con la línea continua de nuestra vida escapándonos de ella y de quienes nos rodean, de nosotros mismos, de nuestras circunstancias en la realidad, que ya no serán más circunstancias ineludibles sino sorteables.

Algo similar a lo que era la lectura como distracción, pero con menor esfuerzo requerido para abstraerse y también con menor adquisición de conciencia del mundo real una vez se ha salido del tiempo de la distracción porque, recuerden, en la ficción absoluta de la realidad virtual y la realidad aumentada no hay nada a este lado del espejo, únicamente el espejismo que se cuela por los poros de lo imprevisible para hacerlo controlable a nuestros designios.

Y de nuevo el aburrimiento supino llamando a nuestra puerta, con un maletín lleno de tedio y de anonadamiento al mejor precio, casi como nuevo.

Si realmente los metaversos llegasen a propagarse de la manera en la que han sido presentados, si nos dejamos llevar por las dádivas de la supuesta autodeterminación individualista, mercantilizada y cosificante; si llegásemos a poner todo lo que queremos llegar a ser al servicio de los servidores, también nosotros seríamos ficción y, como prevenían las películas clásicas, «cualquier parecido con la realidad es [será] pura coincidencia». 

Quizá hayan podido darse cuenta de que la noticia de Meta ha coincidido con la alarma social que nos bombardea desde los medios —como si fuera una previsión de futuro y no una mera profecía al estilo de los versos de Nostradamus— del apagón mundial.

Y habrán podido observar cómo se presenta este apagón como el apocalipsis sin tener que nombrar tan siquiera la palabra: basta con remitir a unos cuantos lugares comunes para que todos nos situemos allí, rodeados de fuego y caos con kits de supervivencia, teniendo que saludar a nuestros vecinos al bajar por la escalera, obligados a sobrevivir sin Netflix. Lo que les decíamos: el apocalipsis seguido del purgatorio-infierno que todos merecemos.

¿Lo más horrible del apagón? Que parece que con él nos perderíamos a nosotros mismos, que nos habíamos entregado por completo a la virtualidad; que se nos escape entre los dedos la promesa abrahámica de la tierra prometida, del futuro en nuestras manos.

Porque, al contrario del paradigma nostálgico de los que nacimos antes de que internet estuviera instalado en todas las casas y existiera el Wi-Fi, de los que crecimos con la idea de que cualquier tiempo pasado parece mejor, ahora se resucita constantemente a Sinatra para que nos cante al oído que «the best is yet to come», aunque la mayoría de los que comulgan con este cambio de paradigma no sepan tan siquiera quién fue Sinatra.

Pero no corran, no huyan, no se turben, no se espanten. No hay motivos para temer al apocalipsis ni para dejarnos llevar por la histeria colectiva. La realidad, como la filosofía, como la literatura, siempre encuentra la forma de crecerse ante la adversidad, de salvarse y de salvarnos cada vez que se ha dictado su sentencia de muerte.

nuestras charlas nocturnas.

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