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Antonino Giammona: el sanguinario niño de suburbio que fundó la Cosa Nostra en 1860 …


Vendedores de limones en Palermo, en el primer tercio del siglo XX

– Los limones

abc(I.Viana)/Rebelión(D.R.Marull)/Jot Down(E.J.Rodríguez) — Para desentrañar esta historia hay que remontarse en el tiempo. Concretamente hasta 1753, año en el que el médico escocés James Lind publicó su Tratado sobre la naturaleza, las causas y la curación del escorbuto. Este exmiembro de la Royal Navy descubrió, durante sus viajes a bordo del Salisbury, como los limones y las naranjas eran el mejor remedio para esta enfermedad producida por la deficiencia de Vitamina C y que afectaba especialmente a aquellos marineros cuya dieta era escasa en frutas y verduras.

Esta historia comienza en 1753, el año en que James Lind publicó la cura del escorbuto.

El impacto de este hallazgo entre la población fue tremendo. Y los mercados no daban abasto para cubrir la creciente demanda de cítricos. Cien años después del descubrimiento de Lind, Italia se había convertido en uno de los principales productores de Europa, pero los agricultores estaban desorganizados y no podían cumplir con los pedidos que les llegaban desde otros países.

Necesitaban urgentemente a alguien que redefiniera el negocio, un actor capaz de proteger la producción de cítricos del acoso de los delincuentes, un intermediario entre productores y exportadores. «Podemos afirmar que la mafia apareció en aquellos lugares donde los agricultores obtuvieron grandes ganancias operando dentro de un estado de derecho débil», afirma el estudio publicado en el Journal of Economic History .

La historia criminal de Giammona, de quien no se tiene imágenes, comenzó a raíz de un conflicto rural que se desató en las tierras agrícolas que rodeaban Palermo entre 1860 y 1870. A comienzos del siglo XVIII, en la ciudad siciliana los limones ya se habían convertido en un cultivo de exportación.

El negocio se expandió gracias a dos acontecimientos: en 1795, la Royal Navy obligó a sus tripulaciones a tomar limón como remedio para el escorbuto y, en 1840, cuando nuestro protagonista tenía ya 20 años, se inició la producción comercial de otro cítrico, el aceite de bergamota, que utilizaba para aromatizar el té de la variedad Earl Grey.

Como consecuencia de ello, las naranjas y los limones sicilianos comenzaron a enviarse a Nueva York y a Londres, mientras en las montañas del interior de Sicilia resultaban prácticamente desconocidos.

Según contaba John Dickie en ‘Cosa Nostra: historia de la mafia siciliana’ (Debate, 2004): «En 1834 se exportaron más de 400.000 cajas de limones; en 1850 la cifra aumentó a 750.000. A mediados de la década de 1880, llegaba a Nueva York la asombrosa cantidad de 2.500.000 cajas de cítricos italianos anuales, la mayoría de ellas procedentes de Palermo.

En 1860, el año de la expedición de Garibaldi, se calculaba que los limonares de Sicilia eran los campos de cultivo más rentables de toda Europa».

Los limones eran oro, pero también muy vulnerables. En primer lugar, porque los efectos sobre la plantación eran devastadores si se interrumpía el regadío aunque fuera brevemente. En segundo, por los actos vandálicos contra los árboles y sus frutos, que eran constantes.

Fue entonces cuando surgió el negocio de la protección de las tierras por parte de los primeros mafiosos en los alrededores de Palermo, una ciudad que en 1861 contaba con doscientos mil habitantes y era el centro político, legislativo y bancario de Sicilia occidental.

Después de su primera aparición en la década de 1870, la Cosa Nostra (que es como se conoce a esta organización en EE.UU.) pronto se infiltró en las esferas económica y política tanto de Italia como de Estados Unidos.

Durante años los académicos vincularon la aparición esta organización criminal con la debilidad de las instituciones, la aplicación deficiente de los derechos de propiedad e incluso se planteó que surgió como legado del feudalismo junto con el desarrollo de los latifundios. «Estas teorías no explican, sin embargo, la considerable variación en el crecimiento del hampa en diferentes áres sicilianas», afirman los investigadores.

La Cosa Nostra pronto se infiltró en las esferas económica y política tanto de Italia como de EE.UU.

«Los factores económicos o relacionados con el mercado tuvieron más impacto que el sistema político bajo el opresivo dominio de los borbones en Sicilia (1816-1860). El crecimiento y la consolidación de la mafia siciliana están fuertemente asociados con un aumento externo en la demanda de limones desde el año», aseguran.

Sicilia disfrutaba de una posición dominante en el mercado internacional de cítricos. El aumento de la demanda tras el hallazgo de James Lind provocó un extraordinario aumento de los beneficios, sobretodo en aquellas zonas con mucha agua y temperaturas suaves y constantes, ideales para la producción de estas frutas.

Se mezclaron las altas ganancias con un estado débil, un bajo nivel de confianza interpersonal y la pobreza generalizada para convertir a los productores de limones en el blanco predilecto de los delincuentes. «Ni los Borbones ni el gobierno formado tras la independencia de Italia (1861), tenían la fuerza o los medios para hacer cumplir los derechos de propiedad privada. Por eso, los agricultores buscaron alguien que les protegiera y organizara los contactos en los puertos entre los minoristas y los exportadores», explican.

«Miramos el archivo Damiani y encontramos que la presencia de la mafia en la década de 1880 estaba fuertemente asociada con el cultivo de cítricos. Ninguna otra industria parecía tener el mismo impacto en la actividad de la esta organización», añaden. La opción más segura para aquellas personas bajo el punto de mira de la mafia era establecer una relación con sus líderes y aprovechar al máximo estas conexiones.

La investigación Damiani, realizada entre 1881 y 1886, es la base de este estudio

Los investigadores se basan en los textos publicados por Niccolò Turrisi Colonna, un terrateniente y político que estaría vinculado a Antonino Giammona, el jefe mafioso de Uditore. Turrisi, en su estudio Seguridad Pública en Sicilia, publicado en 1864, advirtió que los brutales intentos del gobierno italiano de aplastar al hampa solo empeoraría las cosas «alienando a la población».

«Otro prominente siciliano, el príncipe Pietro Mirto Seggio, contrató como principal guardiá de su granja a un hombre llamado Giuseppe Fontana, el principal sospechoso de la muerte de Emanuele Notarbartolo, un aristócrata, banquero y exalcalde de Palermo. Se cree que el asesinato de Notarbartolo en 1893 fue el primer gran asesinato de la mafia en Sicilia de una persona no afiliada a una banda criminal», recuerdan los expertos.

La mejor opción para las personas bajo el punto de mira de la mafia era establecer una relación con sus líderes

La familia Greco, que se convirtió en una de las organizaciones criminales más grandes de Italia y de Estados Unidos empezó su negocio gracias a la renta de una explotación limonera situada en la finca de los Tagliavia, una antigua familia siciliana que ostentaba el título de señores de Castelvetrano.

«Al igual que muchos otros negocios, legítimos o no, la mafia siciliana tuvo un comienzo humilde, con raíces en la tierra. El auge de los cítricos llegó en el momento adecuado para que algunos de los individuos con menos escrúpulos de la Sicilia rural aprovechasen esos tiempos sin ley y se establecieran como el verdadero poder», concluyen.

El auge de los cítricos hizo que los individuos con menos escrúpulos de Sicilia aprovechasen esos tiempos sin ley.

– Nacido en un suburbio

En ‘Historia de la mafia: desde sus orígenes hasta nuestros días’ (Fondo de Cultura Económica, 2009), Salvatore Lupe relata que Giammona nació en el suburbio de Passo di Rigano alrededor de 1819 y se forma en el ambiente revolucionario de la época.

Fue «pobrísimo» hasta 1848 pero, «haciendo el bandido bajo la bandera de la revolución», llegó a ser arrendatario de jardines y propietario de terrenos e inmuebles adquiridos en las ventas de bienes de dominio público, así como titular de una finca ganadera. En 1875 tenía ya un patrimonio estimado en unas 150.000 liras, toda una fortuna para la época.

Su carrera había dado un viraje decisivo entre 1860 y 1866, cuando destacó entre los protagonistas del «regreso al orden» en el interior de Sicilia como capitán de la guardia nacional. A partir de ese momento, según afirmó su abogado, Francesco Gestivo, «en la ausencia absoluta de seguridad pública oficial», Giammona utilizó su «autoridad moral» para colocarse al frente de «una liga de los que tienen contra los que no tienen».

En los alrededores de Palermo se formó una especie de guardia nacional y, al igual que el resto de familias pudientes, Giammona se asoció, logrando que estas se unieran en busca de una seguridad común.

Con su unión y Giammona a la cabeza, no hubo más delitos, ni crímenes ni estafas. ¿Qué sucedió entonces? Pues que se ganaron el odio de algunos rivales que había intentado hacerse con esa misma posición de poder, digamos, extraoficial. No tardaron en llegar las primeras denuncias, que presentaban a nuestra protagonista y los suyos como mafiosos y sospechosos de numerosos delitos.

En ese momento, los tentáculos de Giammona ya se habían extendido en dos direcciones: hacia abajo, hacia los criminales más abyectos, y hacia arriba, a las autoridades políticas y policiales que lo protegen y a los que él protege.

– Masacres

«Él puede dar refugio y protección a diversos prófugos de la ley, pero frente a una tentativa de extorsión de éstos contra Francesco Paolo Morana, hermano de un diputado, y el barón Dionisio Maggio, ambos aliados, no vacila en perpetrar una verdadera masacre entre sus indisciplinados huéspedes», asegura Lupe.

Por lo tanto, era prácticamente imposible enfrentarse a él, pues se había hecho ya, prácticamente, con toda la exportación de limones de la ciudad a Europa y América, lo que le proveía de unos beneficios millonarios. Algunos, sin embargo, se atrevieron a intentarlo.

Es el caso de Gaspare Galati, el primer Elliot Ness de la historia. En 1872, este respetado y valiente cirujano local pasó a hacerse cargo de una herencia en nombre de sus hijas y de la tía materna de estas.

La parte principal era el Fondo Riella, una granja frutícola de limoneros y mandarinos que tenía cuatro hectáreas de extensión, situada en Malaspina, a solo quince minutos a pie de los límites de Palermo. El anterior propietario era su cuñado, muerto de un ataque al corazón después de recibir numerosas cartas amenazadoras del vigilante de la finca, Benedetto Carollo, bajo las órdenes de Giammona.

Según el testimonio de Galati, Carollo era muy arrogante y se comportaba como si fuera el dueño de la granja, hasta el punto de que se quedaba a escondidas con el 25% del dinero recaudado de la venta de los productos, así que lo despidió. El vigilante comenzó entonces a desplegar sus malas artes y cada vez que los posibles inquilinos iban a visitar la granja, les dejaba claras sus intenciones: «¡Por la sangre de judas que este jardín jamás será arrendado ni vendido!».

Así que, cuando el médico contrató a un sustituto, en julio de 1874, el nuevo empleado recibió varios disparos en la espalda cuando circulaba por uno de los largos caminos que discurrían entre los limoneros.

– Denuncias

Sus atacantes construyeron un bancal de piedra en una arboleda vecina para ejecutarlo fuera del muro de protección, en un método que sería muy utilizado en muchos de los primeros golpes de la mafia.

El hijo de Galati acudió rápidamente a la comisaría para informar de que, con toda probabilidad, Carollo estaba detrás del asesinato, pero el inspector no hizo nada.

La familia contrató a otro vigilante y recibió las primeras cartas de amenaza por despedir a un «hombre de honor» y fichar a un «abyecto espía», al cual le esperaba el mismo final que a su antecesor, pero «de una manera más bárbara».

«En el lenguaje de la mafia, un ladrón y un asesino es un ‘hombre de honor’, y una víctima es un ‘abyecto espía’», explicaría más tarde Galati, que acudió de nuevo a la Policía con siete nuevas misivas. El resultado fue el mismo.

El inspector tardó tres semanas en detener a Carollo y su clan, pero los liberó dos horas después.

El médico comenzaba a hacerse una idea de hasta donde llegaban los cómplices del primer padrino, cuya primera sede se encontraba en la vecina aldea de Uditore y actuaba tras la fachada de una organización religiosa, los Terciarios de San Francisco de Asís, aparentemente dedicada a la caridad.

Antonino Giammona había sido espía de la Policía bajo el antiguo régimen borbónico y, más tarde, capellán de prisiones, un cargo que aprovechaba para llevar y traer mensajes a los reclusos antes de erigir su imperio del mal.

En 1875, cuando tenía 55 años y su fortuna se valoraba en las 150.000 liras mencionadas, ya era también sospechoso de haber ejecutado a varios fugitivos de la justicia a los que las autoridades querían hacer desaparecer, para que dejaran de robar a importantes propietarios locales.

Además, se sabía que había recibido una suma de dinero junto con instrucciones de realizar misteriosos negocios de parte de un criminal de los alrededores de Corleone que había huido a Estados Unidos, en una sospechosa coincidencia con el personaje que Francis Ford Coppola retrato en su trilogía de ‘El padrino’.

– La huida

Así se terminaba haciendo con el control de fincas como el Fondo Riella, a las que robaba tanto como quería. Giammona acosaba a Galati y a todos los propietarios de Palermo para hacerse con el dominio de toda la industria de los cítricos de la zona. Nadie hacía nada por evitarlo, solo aquel humilde cirujano, que siguió recibiendo cartas de amenaza para que restituyera a Carollo.

Al ignorar el ultimátum, su nuevo vigilante recibió tres disparos a plena luz del día que le dejaron en estado muy grave, pero no lo suficientes como para reconocer a los autores del ataque.

A Galati no le quedó más salida que coger a su familia y huir a Nápoles rápidamente, abandonando su propiedad. Tan solo se permitió enviarle una carta al ministro del Interior en Roma, en la que le explicaba que Uditore era una aldea de solo 800 vecinos, pero que solo en 1874 habían muerto asesinados 23, entre ellos, dos mujeres y dos niños.

Millones y más millones de limones sicilianos llegaban a la Bahía de Nueva York anualmente en el siglo XIX.

Esos crímenes jamás se investigaron, en medio de la guerra que se estaba librando por controlar la industria de cítricos. La única respuesta que las autoridades pudieron lograr, por los influyentes contactos de Giammona, fue una amonestación policial y una intensificación de la vigilancia.

Los problemas de este doctor y de las demás víctimas del primer padrino no procedían, precisamente, de una mera pandilla de criminales, sino de la sospechosa labor de la Policía, la Justicia y los políticos locales, absolutamente dominados por Giammona.

Eso ponía de manifiesto que los orígenes de la Cosa Nostra estuvieron estrechamente relacionados con los de un Estado muy poco fiable: el Estado italiano. La extorsión, el asesinato, el dominio territorial y la protección de los poderes políticos, además, de un código de «honor», fueron los primeros antecedentes de lo que ocurriría durante el siguiente siglo y medio y hasta hoy…

– La metamorfosis de la mafia en Norteamérica

Si comparásemos a la mafia siciliana con un virus, podríamos decir que el virus original terminó fracasando cuando se inoculó en América en su forma original. La mentalidad italiana y las costumbres criminales de Sicilia resultaban demasiado conflictivas y ruidosas en un país, Estados Unidos, donde todo puede amplificarse hasta lo imaginable y donde resulta mucho más difícil mantener la ley del silencio.

Si la mafia estadounidense sobrevivió fue solamente porque el virus original mutó en un organismo más complejo, más adaptado al nuevo entorno.

Requeriría todo un libro explicar esta evolución, pero aquí seremos más breves y nos bastaremos con algunos episodios clave que nos muestran por qué los mafiosos italianos descubrieron que no podían seguir comportándose igual al otro lado del Atlántico.

Mulberry Street, Little Italy, New York, ca. 1900.

– Acto I: En América la gente habla

12 de abril de 1909. Antigua catedral de St. Patrick de Manhattan. Doscientas mil personas se congregan para despedir a Giuseppe Petrosino, el gran héroe de los inmigrantes italianos de Nueva York, que acaba de morir. Petrosino no es un actor, ni un jugador de béisbol, ni siquiera un boxeador famoso.

Es un teniente de policía que ha intentado liberar a miles de trabajadores y pequeños comerciantes del yugo de la Mano Negra, una extorsión importada de Sicilia y ejercida por grupos de criminales en todos los barrios italianos de las principales ciudades estadounidenses.

Pocos se libraban de la Mano Negra. En cuanto un inmigrante italiano lograba salir adelante y ganar algo de dinero, recibía una carta amenazante reclamando una parte, firmada con el dibujo de una calavera, un cuchillo, un revólver humeante o la impresión de una mano embadurnada de tinta negra. Los principales objetivos del chantaje eran los negocios, las tiendas y las pequeñas empresas, pero también muchos obreros y asalariados.

De hecho se estima que alrededor de un 90 % de los inmigrantes llegaron a ser extorsionados. Si no accedían a pagar, las consecuencias podían ser terribles: una paliza y unos cuantos huesos rotos, el incendio de su negocio o su hogar, incluso el secuestro y asesinato de ellos o de alguno de sus familiares.

Las historias que se contaban en la calle y que ocasionalmente saltaban a la prensa eran escalofriantes: ciudadanos que aparecían asesinados dentro de un barril, o peor aún, tétricos ejemplos de crueldad como el secuestro del hijo pequeño de un comerciante que sería devuelto a su familia dentro de una cesta… descuartizado.

Historias que nos dicen cuál era el estado de pánico en el que vivía la mayor parte de inmigrantes italianos a principios del siglo XX. Incluso el famoso tenor italiano Enrico Caruso fue víctima de la Mano Negra: cuando se disponía a actuar en Nueva York, una banda local decidió que el cantante tenía que aportar su cuota como todo el mundo. Caruso recibió la correspondiente carta amenazante y, asustado, accedió a pagar.

¡Un tremendo error! Solamente consiguió que empezasen a llegar más cartas pidiendo cantidades todavía mayores de dinero. Finalmente se decidió a acudir a la policía, pero tuvo que llevar escolta a raíz de aquello hasta prácticamente el fin de sus días.

El teniente Joe Petrosino, nuestro hombre, había visto cómo la Mano Negra reinaba en las calles mientras la policía apenas se inmiscuía, y consideraba aquel chantaje un «asunto de inmigrantes». Los italianos de Nueva York se sentían indefensos ante los criminales, entre ellos un buen número de mafiosos que pretendían hacer de Manhattan una nueva Sicilia y que tenían barrios enteros bajo su férreo control.

Los agentes de la policía neoyorquina —en su mayor parte de origen irlandés— rara vez hablaban italiano y se limitaban a patrullar para evitar los brotes más visibles de violencia, pero sin investigar a fondo la extorsión endémica o aquellos crímenes sangrientos que no llamasen la atención de la prensa.

Joe Petrosino

En aquellos barrios, ante la pasividad policial, imperaba la ley del silencio y nadie se atrevía a denunciar a nadie.

Pero Joe Petrosino estaba decidido a cambiar el estado de las cosas.

Y lo hizo, en solamente unos meses.

Cuando hubo conseguido hacerse un nombre en su profesión, labrándose el respeto de sus superiores (incluyendo a Theodore Roosevelt, por entonces comisario de la policía) solicitó crear un cuerpo especial formado por agentes italoamericanos, cuyo objetivo sería el de acabar con la Mano Negra.

Inmediatamente se convirtió en el terror de los chantajistas.

Gracias a Petrosino y su nuevo escuadrón, los mafiosos implicados en los asuntos de extorsión aprendieron rápidamente que Nueva York no era Sicilia.

Sí, en su isla de origen la omertà funcionaba siempre, incluso entre la gente ajena a la mafia.

Pero en América funcionaba solamente cuando la policía se desentendía, y si los ciudadanos no hablaban era porque no se sentían respaldados, no porque no quisieran denunciar una situación de la que muchos, especialmente los sicilianos, habían querido huir al cruzar el Atlántico.

Cuando en 1908 el teniente Petrosino se puso manos a la obra, los inmigrantes comenzaron a responder positivamente a sus peticiones de colaboración. El heroico teniente no reparó en esfuerzos. No se quedó detrás de la mesa de un despacho: él mismo recorría los barrios a pie, hablando con comerciantes y vecinos, prometiendo a quien le diese información que no lo abandonaría a su suerte.

Así se ganó la confianza de mucha gente que quizá en Sicilia no hubiese abierto la boca, pero que en Nueva York estaba muy dispuesta a hablar. Aquellas investigaciones pronto dieron fruto y Petrosino empezó a llevar a los tribunales casos bien construidos, con testigos creíbles. Casos que en un alto porcentaje terminaban con los malhechores en la cárcel o en un barco de vuelta a Italia.

Entre sus mayores logros, por ejemplo, estuvo la inmediata deportación a Sicilia del importante jefe mafioso Vito Cascioferro, quien ya había echado raíces en Nueva York.

Naturalmente, los criminales italianos y muy particularmente los mafiosos sicilianos de Manhattan declararon a Joe Petrosino su enemigo número uno. Lo consideraban especialmente peligroso porque era honrado y porque no podían comprarlo ni chantajearlo. Soñaban con enviarlo a la tumba.

Sin embargo, sabían que asesinar a un policía en suelo americano podía traerles muchos problemas, porque las autoridades estadounidenses —al contrario que las sicilianas— no estaban dispuestas a hacer la vista gorda ante algo así. Asesinar a un policía en Nueva York era, pues, tabú.

En consecuencia, los mafiosos neoyorquinos estaban entre la espada y la pared; no podían matar a Petrosino, no podían amenazarle, no podían comprarle… era una guerra que tenían perdida. El esforzado teniente, sin embargo, les puso la ocasión en bandeja: pensando que la policía neoyorquina necesitaba coordinarse con la siciliana para controlar el problema mafioso desde su mismo origen, planeó un viaje secreto a la isla mediterránea.

No fue una buena idea. El viaje se filtró misteriosamente a la prensa el mismo día de su salida y al poco de llegar a Sicilia murió tiroteado en una plaza de Palermo, donde los mafiosos sabían que las autoridades no iban a perseguir el crimen. Así, a balazo limpio, se apagaba la gran esperanza de los inmigrantes italianos de Manhattan. Petrosino regresó a su ciudad metido en una caja y el funeral que recibió, como decíamos, fue multitudinario.

Sus esfuerzos fueron tan heroicos como breves, sí, pero no fútiles. La mafia le ganó la última batalla en vida, pero Petrosino continuó ganando batallas después de muerto, como el Cid. Puso de manifiesto que a la mafia no le interesaba comportarse en Estados Unidos como lo hacía en Sicilia, ejerciendo un tipo de extorsión rural que solo iba a causarles problemas.

Vito Cascioferro

En Estados Unidos la ley podía funcionar y por tanto, podía haber ciudadanos que confiasen en la ley y estuviesen dispuestos a delatar a los extorsionadores.

Ni el más temido de los mafiosos estaba en condiciones de impedir que en un barrio donde se apretujaban miles y miles de italianos alguno de ellos fuese a hablar con la policía.

El asesinato de Petrosino fue una victoria pírrica para la Mano Negra y la extorsión directa sobre los ciudadanos de a pie estaba condenada a desaparecer.

Los jefes mafiosos tenían otros negocios a los que dedicarse y no querían tener encima a un nuevo Petrosino entorpeciendo sus actividades.

Los propios jefes mafiosos empezaron a limpiarlas calles de chantajes innecesarios, cambiando la extorsión directa a los ciudadanos por una actitud de falso paternalismo (en la película El Padrino II podemos ver escenificado este cambio con la sucesión de poder entre Don Fanucci, ejecutor de la Mano Negra, y Vito Corleone).

Ahora se trataba de intentar ganarse a la gente de los barrios haciéndoles favores, evitando además el asesinato de inocentes y otras barbaridades que pudiesen llamar la atención de la prensa y las autoridades.

Las bandas que se empeñaban en seguir ejerciendo la Mano Negra, que las hubo, empezaron a cambiar o empezaron a desaparecer.

Terminaron siendo absorbidas por lo que ya era el germen de la Cosa Nostra estadounidense, que en lugares como Manhattan iba creciendo en tamaño y poder, cada vez más centrada en fuentes de dinero alejadas del chantaje ciudadano.

Los líderes de las antiguas bandas podían elegir entre renunciar a las prácticas de la Mano Negra y ponerse al servicio de la nueva mafia neoyorquina, o bien podían morir. La decisión era bien fácil. Como consecuencia, empezaron a surgir jefes mafiosos decididos a unificar el crimen italiano en cada ciudad, y particularmente en el epicentro de la mafia estadounidense, Nueva York.

Las bandas sicilianas empezaron a transformarse en organizaciones, cada vez más ramificadas, donde empezaba a penalizarse el ataque injustificado a ciudadanos inocentes.

Acto II: En la guerra todos pierden 

Giuseppe Morello nació en el hoy legendario pueblo de Corleone, donde se inició en la mafia, pero tuvo que emigrar a los Estados Unidos para escapar de una condena carcelaria.

Tras unos difíciles comienzos en América ejerciendo diversos trabajos de mala muerte (incluyendo la recolección de algodón) abrió un local nocturno en Nueva York y desde allí empezó a dirigir una organización criminal con la que empezó a imponerse a las bandas más dispersas de la ciudad, como las dedicadas a la Mano Negra. El objetivo de Morello era reinar en los bajos fondos de Manhattan y lo consiguió.

Obviamente no era el único mafioso que lo intentaba. El principal escollo era otro temible mafioso llamado Ignazio Lupo, pero ambos entendieron que tenían mucho que ganar si llegaban a un acuerdo y solucionaron el futuro por la vía dinástica: Lupo se casó con la hermana de Morello, y ¡asunto arreglado!

Mulberry Street, Little Italy, New York, ca. 1900.

Evidentemente Morello no tenía tantas hermanas como para asimilar a todos los aspirantes a reinar en Manhattan, así que tampoco dudaba en actuar a la siciliana, borrando del mapa a todo el que no quisiera ingresar como subordinado en su nueva alianza. Su método favorito era el de meter los cadáveres de los jefes rivales en un barril que después abandonaba en algún callejón o enviaba por correo fuera de la ciudad, una costumbre que los mafiosos italianos copiaron de los gánsteres irlandeses.

El ascenso de Morello, por cierto, coincidió en el tiempo con el efecto demoledor de las investigaciones de Joe Petrosino, así que lo tuvo bastante fácil para imponer una nueva mentalidad.

La organización por él fundada fue la primera verdaderamente importante de la mafia neoyorquina: hoy conocemos aquella banda como «familia Genovese», la más antigua de las grandes Cinco Familias de Nueva York, las mismas que han inspirado tramas de ficción como El Padrino o Los Soprano.

En 1909, sin embargo, el reinado de Morello quedó truncado por una condena carcelaria. Encerrado, no pudo evitar que otros se apoderasen de sus negocios y cuando salió en libertad once años después muchas cosas habían cambiado.

Su antigua organización estaba ahora en manos de un ambicioso compatriota llamado Giuseppe Masseria, al que todos conocían como «Joe el Jefe» y que era básicamente el nuevo rey de Manhattan. Nadie en las calles dudaba del liderazgo de Masseria. En cambio, pocos se acordaban ya de Morello, a quien después de una década languideciendo en una celda no le quedaba nada excepto la lealtad de algunos viejos compinches como Umberto Valenti, su antigua mano derecha.

Con todo, los años de cárcel no habían ablandado a Morello y estaba muy dispuesto a recuperar lo que todavía consideraba suyo. Máxime cuando la ley seca estaba convirtiendo el tráfico de alcohol en un negocio increíblemente lucrativo, monopolizado por la mafia en muchos barrios de Nueva York, y del que Giuseppe Morello quería su parte.

Giuseppe Morello

Quería volver a ser el jefe. Pese a estar en franca inferioridad y contando poco más que con la ayuda de su fiel Valenti, se lanzó a una campaña para eliminar a Joe Masseria, como si estuviese en las calles de Sicilia. En los años veinte, de hecho, las guerras abiertas entre bandas mafiosas eran muy habituales en América, como lo eran en Sicilia. Sin embargo, como en tantos otros aspectos, los mafiosos tendrían que aprender nuevas formas de hacer las cosas.

Morello fracasó en el primer intento de asesinar a Masseria (quien, claro, se puso inmediatamente en alerta) y ante la oportunidad perdida se apresuró a enviar un mensaje de paz, solicitando una reunión para que ambos se estrechasen la mano amistosamente y firmasen la paz. Masseria aceptó asistir a la reunión. La cita quedó programada. Ninguno de los dos, claro, hizo acto de presencia.

En su lugar, Morello envió a Umberto Valenti para que asesinase a Masseria en cuanto este apareciese, y por su parte Masseria envió a varios sicarios para que matasen a Morello. ¿El resultado? Los sicarios de Masseria se encontraron con Valenti, lo acorralaron en una esquina y uno de ellos —Charlie Luciano, más adelante conocido como «Lucky» Luciano, que estaba tomando buena nota de cómo funcionaban las guerras por el poder— se encargó de eliminar a Valenti a tiros.

Sin su aliado Valenti y recién salido de la cárcel, Morello se había quedado solo. Sobre el papel era hombre muerto. En Sicilia, no cabe duda, hubiera sido el objeto de una inmediata vendetta.

Pero en Sicilia la mafia no tenía rivales, mientras que en América había mucha competición: gánsteres irlandeses, judíos, holandeses, polacos, rusos, jamaicanos, afroamericanos… una guerra interna podía debilitar a la mafia frente a todos ellos. Masseria entendió que no valía la pena enturbiar las calles por un solo hombre y además apreciaba el talento de Morello, así que no solamente le perdonó la vida prescindiendo de toda vendetta sino que le ofreció el puesto de consigliere en su organización.

Giuseppe Masseria

Morello aceptó, sabiendo que sacaría más provecho a los negocios como número dos vivo que morir como aspirante a ser el número uno. Así, los dos enemigos encarnizados se convirtieron en estrechos colaboradores. La continua pelea por el liderazgo y la vendetta eran malas para los negocios; hacían perder tiempo, dinero y valiosos soldados. La violencia, además, atraía la atención policial. No, no podían hacerse las cosas como en Sicilia.

Pero un siciliano de la vieja escuela —un «Moustache Pete», como se los llamaba por la extendida costumbre de llevar bigote— difícilmente podía librarse de todos los hábitos propios de la Sicilia rural.

Vito Cascioferro, el mismo al que Joe Petrosino había deportado casi dos décadas atrás, no había olvidado las enormes posibilidades de lucro que había en América y desde la misma Sicilia, pese a su avanzada edad, continuaba empeñado en hacerse con las riendas. Envió a un contingente de mafiosos con orden expresa de hacerle la guerra a Joe Masseria para apoderarse de Manhattan.

Estos mafiosos, muchos de ellos procedentes de la ciudad de Castellammare del Golfo y liderados por Salvatore Maranzano, iban a hacer estallar una nueva guerra que iba a costar sangre, sudor, lágrimas y sobre todo mucho, mucho dinero.

Durante esta nueva lucha por el poder murió asesinado Giuseppe Morello. También Charlie Luciano estuvo a punto de morir (el que sobreviviera a un brutal ataque le valió el apodo de «Lucky», afortunado). Pero Joe Masseria no parecía particularmente afectado por los ataques a sus máximos hombres de confianza.

La guerra, a fin de cuentas, era algo natural en la mafia. Ante la pasividad de su jefe, Luciano decidió tomar la iniciativa: pensaba que Maranzano estaba ganando la guerra, así que firmó un acuerdo traicionando a Masseria, a quien hizo asesinar en un restaurante. De este modo, Maranzano ganaba y se convertía en el nuevo rey de la mafia neoyorquina, a la que dividió en cinco grandes «familias».

Luciano, como premio por haberle vendido a Masseria, recibió el liderazgo de una de ellas.

Lucky Luciano

Pero el acuerdo entre un mafioso de la vieja escuela como Maranzano y otro crecido en Nueva York como Luciano no podía perdurar.

Tenían mentalidades demasiado diferentes, y esto era un problema que se producía entre generaciones enteras de mafiosos.

Maranzano veía la mafia como una secta gobernada por una lealtad tradicional no muy distinta de como era gobernada en Sicilia.

Luciano, en cambio, la veía como una gran empresa.

La desconfianza mutua prolongó la guerra.

Luciano y Maranzano se citaron para una reunión con el objetivo de asesinarse mutuamente.

Luciano se adelantó y varios de sus compinches mataron a Maranzano con una buena dosis de cuchilladas y disparos.

Ahora que Luciano era el jefe absoluto de la mafia neoyorquina, sintió que no bastaba con haber alcanzado el poder, sino que había que garantizar que las costosas guerras no siguieran produciéndose y para ello tenía que desterrar la vieja mentalidad siciliana de la mafia estadounidense.

Él ya había vivido dos guerras internas y sabía que eran lo último que la mafia necesitaba para que sus negocios prosperasen.

Todavía quedaban muchos mafiosos de la vieja escuela a quienes Luciano consideraba atrasados, fanáticos, incultos y poco aptos para los negocios en Estados Unidos. También sabía que, de acuerdo a los viejos códigos, no pocos de ellos intentarían vengar a Masseria o Maranzano, según el bando al que hubiesen apoyado… y Luciano, claro, se los había cargado a ambos.

Así que, decidido a renovar por completo la mafia, Lucky Luciano envió a sus sicarios para asesinar a un número indeterminado de veteranos, borrando de un plumazo la influencia directa de la mafia siciliana sobre la estadounidense, convertida ahora en un ente autónomo y diferenciado.

Después repartió el poder entre aquellos que veían los negocios de la misma manera que él y fundó un consejo directivo —la «Comisión»— encargado de procurar que los conflictos entre familias mafiosas se resolviesen mediante acuerdos y consensos, no a tiros. La purga de mafiosos de la vieja escuela no acabó definitivamente con las guerras internas en la Cosa Nostra, desde luego, pero sí redujo su frecuencia e intensidad.

La mafia estaba para ganar dinero, pensaba Luciano, y los constantes intentos de desbancar a los jefes perjudicaban al negocio. Las vendettas al estilo siciliano eran indeseables y debían ser solamente un recurso de última necesidad en casos que no se pudiesen resolver de otra manera. Como efecto de la revolución de Luciano, la Cosa Nostra vivió un periodo de estabilidad y solidez hasta entonces desconocido.

Acto III: una mafia que ya no es como la mafia

En 1963, los estadounidenses pudieron contemplar atónitos la retransmisión de un comité senatorial que investigaba al crimen organizado. Por primera vez en su historia, un miembro de poca importancia de la Cosa Nostra, Joe Valachi, hablaba públicamente sobre la estructura interna de la mafia.

El público había asociado siempre al crimen organizado con la grandilocuencia casi hollywoodiense del famoso Al Capone, pero ahora descubrían un submundo repleto de secretismo, ceremonias de iniciación y juramentos vivamente descritos por Valachi para asombro de toda la nación. Los estadounidenses de los sesenta sintieron que en su país se les había inoculado una extraña organización cuasi medieval procedente de una lejana y exótica isla mediterránea. Algo que no se parecía en nada a la organización de Capone.

En realidad, el oscurantismo descrito por Valachi y que tanto impresionó a la opinión pública, ocultaba que la mafia había cambiado mucho desde su llegada a las costas americanas. No solamente por la eliminación de la extorsión más básica o por la purga llevada a cabo por Lucky Luciano, sino por la influencia de bandas criminales.

Paradójicamente, la mayor influencia venía de la del propio Al Capone. El famoso «Scarface» había nacido en Brooklyn y nunca perteneció a la mafia, aunque creció junto a algunos futuros miembros, colaboró estrechamente con jefes mafiosos y conocía bien su entramado. Pues bien, su forma de hacer las cosas fue tan exitosa en muchos aspectos que los nuevos jefes mafiosos como Luciano pensaron que imitarle no era una mala idea.

El sicario Tommaso The Ox Petto escoltado por la policÌa en 1903.

Uno de los motivos por los que al FBI le costó tanto encarcelar a Capone era la imposibilidad de relacionarlo con cualquiera de los crímenes que su organización cometía constantemente.

Cada persona medianamente informada en los Estados Unidos (¡y en todo el planeta!) sabía perfectamente que Capone era el responsable de esos crímenes, pero no había manera de probarlo ante un tribunal.

No solamente por el silencio de sus colaboradores inmediatos, sino porque su organización tenía una estructura piramidal donde las órdenes seguían una cadena verbal descendente imposible de rastrear después hacia arriba, y menos sin unos testigos clave que difícilmente iban a aparecer.

Esto contrastaba con la costumbre de la mafia siciliana, donde los subordinados debían presentarse y rendir cuentas directamente ante el máximo jefe como señal de respeto. Capone hacía exactamente todo lo contrario: apenas tenía contacto con sus subordinados. Cuanta más distancia hubiese entre sus negocios criminales y él, mejor.

De hecho, Capone fue condenado por un asunto de impuestos, pero ninguno de sus otros actos delictivos quedó probado ante un juez. Legalmente hablando, y como él se encargaba bien de recordar, ¡Al Capone era inocente de prácticamente todo lo demás!

Lucky Luciano y otros mafiosos de su generación tomaron buena nota. De hecho, Luciano estaba tan decidido a romper con la tradición mafiosa que pensó en abolir las famosas ceremonias de iniciación e incluso la necesidad de que los miembros de la mafia fuesen necesariamente de origen italiano, aunque sus subordinados le hicieron cambiar de idea, insistiendo en que el sentimiento de cerrada pertenencia ayudaba a estrechar los vínculos de lealtad.

Esto era cierto, pero a la larga, como Luciano probablemente temía, la exclusividad de los clubes mafiosos contribuyó a su declive a partir de los años setenta. Pero la organización de Capone (y del ejército del Imperio romano, una aportación sui generis de Salvatore Maranzano) sirvió como modelo para una nueva mafia piramidal, en la que los jefes más exitosos fueron aquellos que menos contacto tuvieron con los subordinados.

 Quienes no guardaron esta precaución terminarían cayendo tarde o temprano, como le sucedió a John Gotti, encarcelado por cometer el error de hablar directamente con sus hombres después de que se lo hubiese conocido como «el Don de Teflón» por su habilidad para esquivar a la justicia.

Con el tiempo, incluso la mafia de la propia Sicilia terminaría imitando usos y costumbres de la estadounidense, más adaptada a tiempos modernos y entornos más estructurados legal y políticamente, pero siempre ha habido diferencias muy profundas entre ambas.

En realidad, poco queda en la Cosa Nostra estadounidense de aquella mafia original que intentó transplantarse a sí misma allende el océano hace más de un siglo, y que en realidad terminó mutando hasta convertirse en un árbol distinto, que como todo árbol, cuanto más crece más alejada tiene la vanguardia de sus raíces.

nuestras charlas nocturnas.

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