Luchar o huir no son las únicas respuestas ante una violación …

The New York Times(J.Percy) — “Me quedé paralizada”, dijo la mujer, al recordar el día en que fue violada durante un ejercicio militar hace algunos veranos.
Había sido un largo y caluroso día de entrenamiento: marchar por las colinas, cargar mochilas pesadas, alimentarse de comida preparada. Su grupo había estado perfeccionando sus habilidades de navegación, averiguando cómo llegar de un lugar a otro lo más rápido posible con solo una brújula y puntos de referencia mientras evitaban emboscadas y serpientes.
Aquella noche se quedó dormida y despertó al sentir que junto a ella se había acostado un hombre, quien primero la penetró con el dedo y luego la violó. “Sentí que quería gritar o empujarlo”, me dijo. “Y ni siquiera sé por qué, pero mi cuerpo no reaccionó”.
En algún momento, después de que él terminó, ella pudo volver a moverse (la mujer pidió permanecer en el anonimato por temor a las represalias). El hombre se fue y ella volvió a dormirse, aunque no recuerda en qué momento. A la mañana siguiente, vomitó el desayuno tras comerlo.
No podía entender por qué no fue capaz de responder a la agresión. Sentía que todo su entrenamiento había sido inútil; todas esas horas aprendiendo cómo sobrevivir y luchar contra todo tipo de amenazas. Cuando era niña, su madre le decía: eres niña y eres pequeña, así que eres una blanco fácil. Ella escuchaba la advertencia de su madre y se enorgullecía de ser competitiva y atlética.
Jugaba baloncesto, béisbol, fútbol americano y balompié y corría a campo traviesa. A veces participaba en equipos masculinos. “Nadie espera encontrarse en una situación así. Pero todo el mundo imagina cómo reaccionaría y yo siempre había imaginado que lucharía y escaparía”, afirmó.
Se avergonzaba de sí misma por no haber hecho nada. “Porque yo no soy así”, aseveró. “Ni siquiera sé por qué, pero mi cuerpo no reaccionó”, recordó.
Las semanas que siguieron a la violación fueron agotadoras: a las exigencias del entrenamiento se sumó el estrés de la agresión. Entró en una espiral de depresión y bajó 9 kilos. Sus amigos tenían que darle pedazos de pan para asegurarse de que consumiera suficientes calorías. Le aterraba dormir. “Sentía que no podía confiar en mi propio cuerpo”, relató.
La mayoría de las noches sollozaba en posición fetal. Solía dormir siempre de lado, pero ya no se sentía segura en esa posición. Si se quedaba dormida, apenas conseguía hacerlo durante una o dos horas antes de volver a despertarse llorando. El corazón se le aceleraba y las sábanas quedaban empapadas de sudor.
Cuando sus amigos y mentores se enteraron de cómo había reaccionado durante la violación, se quedaron horrorizados y confundidos. ¿No hiciste nada? ¿No dijiste nada? ¿Te quedaste paralizada? “Ni siquiera sentí que pudiera hacer algo”, recordó. “Intenté gritar”, dijo. “Quería gritar. Trataba de gritar, pero sentía que no podía”.
Afirmó que era difícil de explicar. Esta experiencia la hizo cuestionarse si tenía la capacidad para ser líder. ¿Y si volvía a quedarse paralizada?
Sabía que necesitaba ayuda, pero tenía miedo de hablar con un psicólogo por el estigma que eso suponía en su programa dentro de la Marina. Así que por la noche, cuando no podía dormir, se iba al pasillo a leer artículos y libros sobre agresiones sexuales para tratar de entender su situación.
Se dio cuenta de que necesitaba algo más que libros y, meses después de la agresión, por fin habló con un terapeuta, que le explicó que “quedarse paralizada” podía ser una respuesta normal a la agresión. Pensó en un venado asustado ante las luces de un auto. Con el tiempo, sus amigos y mentores que mostraron escepticismo también lo entendieron y se disculparon.
En su programa de entrenamiento se hablaba mucho sobre la reacción de lucha o huida, pero ella no recordaba que se mencionara algo sobre paralizarse. Había oído hablar de soldados y líderes que se congelan en combate y sabía la vergüenza que aquello implicaba. “Tal vez es por eso que no suele hablarse ni mencionarse”, concluyó.
En una ocasión, tuvo una pesadilla. “Despertaba en el momento en que la agresión estaba ocurriendo, tal como sucedió, y tenía los labios pegados, cosidos”. Al principio, el sueño era extraño y confuso, pero luego se dio cuenta de que reflejaba exactamente cómo se sentía: “De verdad quería moverme. En mi cabeza, gritaba. Pero mi cuerpo no se movía”.
Existe un lenguaje común que las mujeres utilizan, palabras que se repiten para describir lo que experimentan y piensan durante una agresión sexual. Las variantes de “parálisis” suelen formar parte de ese vocabulario. Pero la palabra tiene tantos referentes en su uso coloquial que es difícil saber con precisión qué significa para cada persona que la pronuncia.
“Me quedé totalmente congelada”, dijo Brooke Shields en el documental Pretty Baby, al describir cómo se sintió cuando la violaron. “Y sólo pensé: mantente viva y sal de ahí”.
Cuando habló de su violación, la actriz y modelo noruega Natassia Malthe les dijo a los periodistas que “estaba como muerta”. En un artículo para Vice, la escritora Jackie Hong escribió sobre su violación: “Cuando empezó a bajarme los pantalones y la ropa interior, mi cuerpo pareció congelarse”.
En un episodio de la serie documental Lo que no ves de mí, Lady Gaga describe cómo fue violada a los 19 años: “Me quedé inmóvil”. Relató que, años después, su cuerpo aún recordaba la sensación y experimentó un “absoluto brote psicótico”.
“No suelo gritar”, dijo E. Jean Carroll en su testimonio ante el Tribunal de Distrito de Estados Unidos en Manhattan sobre cómo Donald Trump abusó sexualmente de ella en un probador de la tienda departamental Bergdorf Goodman. Declaró ante el tribunal que estaba “demasiado aterrada para gritar”.
Miriam Haley, una ex asistente de producción, testificó que cuando Harvey Weinstein la sujetó y la violó, “estaba tan conmocionada en ese momento que me desconecté de mi cuerpo”.
En 2019, una mujer de 48 años testificó ante un tribunal canadiense que se quedó “congelada” cuando un hombre la violó en la parte trasera de su auto después de su primera cita. La defensa cuestionó por qué no se resistió. “Me sentí muy asustada”, narró. “No estoy en buena forma física. No creía que pudiera huir”.
Este año, un masajista de Australia se declaró culpable en un caso de agresión sexual interpuesto por varias mujeres. En el estrado, una de las víctimas dijo que nunca olvidaría estar “casi desnuda y paralizada sobre una mesa de masaje”.
Cuando me puse en contacto con decenas de mujeres para preguntarles por su reacción ante una agresión sexual, también hablaron de su experiencia en términos de parálisis.
Andrea Royer me contó que, al principio, luchó y gritó para disuadir a su violador en Spearfish, Dakota del Sur, en septiembre de 2012, pero luego se “congeló” porque decidió que “congelarse” era la única manera de mantenerse con vida. Jenna Sorensen relató que cuando fue violada, dijo que no, pero luego se “congeló” para que todo terminara.
“Supongo que dejé que sucediera”, expresó. Joyce Short me contó que, en la universidad, se quedó “paralizada” cuando un hombre empezó a estrangularla antes de agredirla sexualmente. Dijo que se “paralizó” porque cuanto más forcejeaba ella, él le apretaba más el cuello.
Todas estas respuestas, que suelen hacer sentir avergonzadas o anormales a las mujeres que dicen experimentarlas, son comunes pero malinterpretadas. Cuando un tribunal estaba preparando la sentencia de Harvey Weinstein por delitos sexuales, una de sus víctimas, Jessica Mann, se esforzó por aclarar su propio relato de parálisis, porque, dijo: “Tantas mujeres, incluida yo, solo hemos podido encontrar palabras como ‘me di por vencida’ o ‘perdí el control’ y, en mi caso, ‘me congelé’”.
Mann citó un artículo de 2015 en la revista especializada The Harvard Review of Psychiatry sobre los comportamientos automáticos de defensa en humanos y animales. “La mayoría de la gente”, mencionó, “no ha entendido que estas respuestas no son algo que elegimos conscientemente al sentirnos coaccionados”.
Mann explicó que cuando Weinstein la violó, ella experimentó síntomas que corresponden a un fenómeno conocido como inmovilidad tónica. “Les pido que consideren los horrores de quedar inmovilizada por mi propia respuesta biológica”, declaró ante el tribunal.
¿Qué es la inmovilidad tónica? Es una respuesta extrema a una amenaza que deja a las víctimas literalmente paralizadas. No pueden moverse ni hablar. Durante más de un siglo, los científicos han estudiado fenómenos similares en animales y a lo largo de los años se les han dado nombres distintos: hipnosis animal, fingimiento de muerte, hacerse el muerto, muerte aparente y tanatosis, una antigua palabra griega que significa “dar muerte”.
La inmovilidad tónica es una estrategia de supervivencia que se ha identificado en muchas clases de animales (insectos, peces, reptiles, aves, mamíferos) y su fuerza evolutiva se debe a que muchos depredadores parecen estar predispuestos a perder interés en las presas muertas. Suele detonarse por la percepción de que es imposible escapar o de perder el control, como al estar en las fauces de un depredador.
Se ha demostrado que los seres humanos experimentan inmovilidad tónica en el contexto de la guerra y la tortura, las catástrofes naturales y los accidentes que ponen en peligro la vida, y hay estudios que sugieren que es frecuente en los abusos sexuales.
A principios de la década de 1970, las investigadoras estadounidenses Ann Burgess y Lynda Lyttle Holmstrom observaron este comportamiento, que pronto se denominó “parálisis inducida por violación”, en personas del Boston City Hospital.
A lo largo de un año, documentaron que 34 de los 92 pacientes diagnosticados con “trauma por violación” experimentaron inmovilidad, física o psicológica, durante el abuso y que algunos describían lo que ahora podría considerarse inmovilidad tónica.
“Me sentí débil, temblorosa y fría”, relató una mujer. “Me quedé sin fuerzas”. Otra dijo: “Cuando me di cuenta de lo que él iba a hacer, me quedé en blanco… intenté no ser consciente de lo que estaba pasando”.
Pocos años después, los psicólogos Susan Suarez y Gordon Gallup argumentaron en un artículo de 1979 en The Psychological Record que la inmovilidad tónica evolucionó en los humanos, al igual que en otros animales, como mecanismo de defensa contra los depredadores.
Entonces se dieron cuenta de la frecuencia con la cual las condenas de violación se venían abajo porque las víctimas no oponían resistencia. “Parece irónico”, escribieron, “que las víctimas deban ser castigadas por la justicia por mostrar una reacción que tiene tal valor adaptativo y puede estar firmemente arraigada en la biología de nuestra especie”.
Cuando a la gente se le pregunta cómo responden los humanos o los animales al peligro, la mayoría piensa que “luchan o huyen”, pero la popularidad de esa frase ha creado una falsa imagen del comportamiento de la víctima. En términos estadísticos, es poco frecuente que alguien se defienda físicamente durante una agresión sexual.
La resistencia verbal es más común, pero incluso esa respuesta a menudo es más pasiva de lo que la gente espera.
Jim Hopper, psicólogo clínico y profesor adjunto de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, ha estudiado el trauma y las agresiones sexuales, incluidos los aspectos neurobiológicos, durante más de 30 años.
“Los sobrevivientes deberían poder utilizar el lenguaje que quieran”, afirma Hopper, quien capacita con regularidad a terapeutas, investigadores policiales y universitarios, fiscales, defensores de víctimas y personal de enfermería que recaban las pruebas para el “kit de violación”.
“Pero si vamos a ser profesionales, necesitamos tener un lenguaje más preciso que se base en lo que realmente ocurre en el cerebro y cómo pueden desarrollarse estas cosas”.
Hopper enseña que la frase de “lucha o huida” es perjudicial, porque “puede hacer pensar a las víctimas que hay algo malo en ellas”. Ha dado lugar a suposiciones arraigadas sobre lo que la sociedad espera de las víctimas y lo que ellas esperan de sí mismas.
Explicó que las víctimas “sienten vergüenza; se reprenden a sí mismas por no luchar o huir”. Por eso ha dedicado la última década a desarrollar un mejor vocabulario para describir el comportamiento de las víctimas, basado en la neurociencia y la evolución.
“Si podemos entender cómo responde nuestro cerebro a la amenaza o al ataque”, dijo, “podemos ayudar a validar las respuestas de las víctimas a las agresiones sexuales y sus recuerdos con la credibilidad de la ciencia” (las organizaciones de defensa reconocen cada vez más estas reacciones, por lo que han ampliado la expresión “lucha o huida” para incluir otras palabras como “parálisis” y “adormecimiento”).
Casi siempre, la primera respuesta del cerebro humano ante el peligro es detenerse por completo para evaluar mejor la amenaza. En una fracción de segundo, se producen otros cambios fisiológicos que preparan al cuerpo para adoptar comportamientos que puedan salvar su vida.
A veces esto conduce a la lucha o a la huida, pero mucho más comúnmente en las víctimas de agresión sexual, esa parálisis continúa y en esos momentos, el cerebro evalúa la agresión mientras genera posibles opciones de respuesta. Las víctimas permanecen inmóviles, con un ritmo cardíaco lento y atentas a la amenaza.
En el habla cotidiana, el congelamiento suele confundirse con la inmovilidad tónica, pero no son lo mismo: la inmovilidad tónica es más extrema. La inmovilidad colapsada, otra respuesta extrema, implica una disminución precipitada de la frecuencia cardiaca y la presión sanguínea, lo que provoca flacidez muscular, a diferencia de los músculos rígidos de la inmovilidad tónica.

Las víctimas suelen desmayarse o desplomarse y tardan en recuperarse porque su cerebro no ha recibido suficiente oxígeno. Hopper trabajó una vez en un caso en el que un hombre intentó obligar a una víctima a practicar sexo oral, pero ella no podía mantener la cabeza erguida. “Decía que tenía los músculos del cuello totalmente flácidos y que literalmente se le caía la cabeza”, explicó.
Las víctimas pueden describir la experiencia con frases como “me sentí mareada”, “me sentí débil” o “me sentí adormecida”. Algunas víctimas lo describen como una “laguna mental”, lo que puede llevar a los investigadores con poca formación a pensar que la víctima bebió demasiado alcohol.
Por lo general, la parálisis aparece al comienzo del ataque y las respuestas extremas tienden a venir después, pero pueden ocurrir en cualquier orden. Los cambios de un comportamiento a otro suceden en milisegundos. Y algunas personas amenazadas de violación logran tomar decisiones, como consentir, porque creen que eso les ayudará a evitar la muerte o lesiones físicas graves.
Algunas luchan o huyen, y otras no experimentan ninguna respuesta traumática. Pero todas estas reacciones pueden tener efectos profundamente diferentes en la conciencia y la memoria de las personas.
Los neurocientíficos suelen hablar del cerebro en términos de circuitos, conjuntos de áreas conectadas responsables de ciertas funciones. El circuito de defensa es uno de los mejor estudiados y básicamente funciona de la misma manera en todos los mamíferos: al detectar una amenaza, el circuito de defensa puede dominar de inmediato el funcionamiento del cerebro, con consecuencias importantes para el pensamiento, el comportamiento y la memoria.
El circuito de defensa tarda hasta tres segundos en golpear el córtex prefrontal con niveles suficientemente elevados de las sustancias químicas producidas por el estrés como para causar un daño grave, y una vez que el córtex prefrontal se calma, también lo hace nuestra capacidad de razonar. Nuestros centros del lenguaje se ven afectados. Nuestra atención cambia, al igual que la forma en que codificamos los recuerdos.
Amy Arnsten, neurocientífica de la Universidad de Yale, es una de las principales investigadoras sobre el modo en que el estrés afecta al córtex prefrontal. En un estudio del año pasado, su equipo descubrió que la exposición al estrés, aunque fuera leve pero incontrolable, deterioraba rápidamente el córtex prefrontal en humanos y animales.
“En situaciones de estrés, el cerebro se desconecta de sus circuitos de evolución más reciente y refuerza muchos de los circuitos primitivos, con lo que aparecen reflejos inconscientes muy antiguos”, me explicó por teléfono.
Arnsten describió que caminaba por un bosque de Vermont hace unos años cuando un oso cayó de un árbol. Sin pensarlo, se paralizó. El oso miró hacia donde ella se encontraba, pero no la vio. “Es solo un reflejo”, dijo.
“La mayoría de los animales ven movimiento y no el detalle, así que congelarse —en especial si estás en una situación en la que no puedes escapar— ha tenido un valor de supervivencia a lo largo de muchísimos años”.
Sin embargo, la parálisis y la inmovilidad tónica evolucionaron para mantenernos a salvo de los depredadores animales, no de los humanos. Los depredadores humanos no siempre pierden interés si su presa humana parece estar muerta.
Tras leer testimonios de víctimas de violación a lo largo de una década, Hopper observó que en ocasiones las víctimas experimentan lo que él denomina “congelamiento por conmoción”, cuando la mente de una persona se queda en blanco durante varios segundos; las víctimas pueden describirlo con frases como “no podía ni pensar” o “no tenía ni idea de qué hacer”.
Esa fase puede continuar y pasar a un estado de deliberación obstaculizada que él denomina “congelamiento sin buenas opciones”, cuando las víctimas ven que su capacidad para pensar con claridad está seriamente mermada. Quizá les cueste recordar información práctica, como el hecho de que hay gente cerca que podría escucharlas gritar.
Hopper también añadió un matiz crucial: en algún momento de la violación, la mayoría de las víctimas recurren a hábitos, que suelen ser pasivos o sumisos, condicionados por la cultura o los abusos. Por ejemplo, a muchas mujeres se les ha educado para ser amables con los hombres, para no ofender su ego y evitar represalias.
“Y estas son, en realidad, algunas de las respuestas cerebrales más comunes que tienen las personas cuando sufren una agresión sexual”, afirmó. “Por lo general, no pensamos en estos hábitos como involuntarios, pero, sin duda, lo son”.
En una ocasión, Hopper testificó en un juicio sobre la violación de una joven infante de Marina a manos de un oficial superior. La mujer dijo que su superior la atacó un sábado por la noche después de una fiesta, sujetándola y obligándola a quitarse la ropa. La defensa argumentó que el entrenamiento militar de la Marina haría imposible que ella fuera violada.
Hopper testificó que incluso los hábitos bien condicionados no necesariamente se trasladan de un contexto a otro. Por eso el Ejército gasta tanto dinero para entrenar a los soldados en entornos realistas. Hopper explicó que la víctima no estaba luchando contra un enemigo en un campo de batalla, por lo que su entrenamiento militar no surtió efecto.
En lugar de eso, respondió como siempre hacía cuando quería poner fin a las insinuaciones no deseadas de los hombres: le pidió que parara de manera educada.
Según Sunda TeBockhorst, una psicóloga que da consulta en Colorado y comenzó a investigar la inmovilidad tónica en el contexto de las agresiones sexuales hace más de 20 años, las víctimas que carecen de un lenguaje o marco para entender su inmovilidad tónica muchas veces tratan de entenderlo a través de narrativas de culpa.
La terapeuta suele ver las ramificaciones en su consulta clínica. Observó que algunas personas, en cuanto comenzaba la agresión, recordaban haberse preguntado qué dirían y pensarían los demás de ellas. La agresión sexual, me explicó, es el único tipo de incidente en el que ha visto a una víctima ser culpada por ser cómplice de ser aterrorizada.
Cuando Mariana Bockarova, quien imparte clases de Psicología en la Universidad de Toronto, no pudo moverse ni gritar durante un traumático abuso sexual, se culpó. Pero tuvo suerte, me contó, pues a diferencia de muchas mujeres, ella tenía una formación en investigación a la que podía recurrir para averiguar qué le había pasado.
“Te das cuenta de lo equivocada que está la población en general. Y de lo mucho que se culpa a la víctima debido a una narrativa dominante que no creo que se aplique a la gran mayoría de estos desafortunados casos”, señaló.
La primera vez que TeBockhorst supo de un caso de inmovilidad tónica fue alrededor del año 2000, cuando conoció a un hombre víctima de la violencia con armas de fuego mientras trabajaba como defensora profesional de víctimas. El padre soltero dijo que se despertó al oír disparos y pensó que alguien se había metido a la casa para matar a sus hijos.
Le contó que quería ayudar a sus hijos pero que no podía moverse ni gritar. Dijo que estaba paralizado. Tenía los ojos fijos en los números rojos de su despertador digital. Cuando por fin pudo volver a moverse, encontró a sus hijos, que estaban asustados pero vivos. El hombre comentó que nadie había entrado a la casa; habían disparado contra su vivienda pero él y su familia salieron ilesos.
La reacción del hombre le recordó relatos que había escuchado cuando, mientras aún era estudiante, trabajó como voluntaria en un centro de atención de casos de violación en Carolina del Norte. Muchas víctimas describían que no habían sido capaces de moverse o gritar, aun cuando lo habían intentado. Si tantas de ellas experimentaban parálisis involuntaria, ¿por qué nadie hablaba de ello?

Sobre el padre cuya salud mental se fue deteriorando tras experimentar la inmovilidad tónica, TeBockhorst dijo: “El significado que adquirió para él en las secuelas fue más sustancial que el trauma real de los disparos”. Nadie hablaba de la inmovilidad tónica y él se torturaba pensando que les había fallado a sus hijos.
En 2012, Rebecca Campbell, psicóloga de la Universidad Estatal de Míchigan, presentó un análisis de más de 12 años de datos sobre casos de agresión sexual que habían quedado fuera del sistema de justicia penal. Descubrió que el problema empezaba desde la policía: en seis jurisdicciones, un promedio del 86 por ciento de los casos denunciados no pasaban de la policía. Según Campbell, la respuesta de la policía en casi el 70 por ciento de esos casos fue que no se presentaran cargos.
Cuando Campbell entrevistó a la policía al respecto, se dio cuenta de que no eran malintencionados, sino que no entendían bien el comportamiento de las víctimas. A menudo desestimaban las denuncias de violación porque no comprendían las respuestas fisiológicas habituales al trauma y daban por sentado que las víctimas mentían. Los casos se cerraban antes de ser investigados a fondo.
Cuando Campbell le preguntó a un detective que había trabajado durante 15 años en una unidad de delitos sexuales qué ocurría cuando las víctimas denunciaban una agresión, él respondió: “Lo que dicen no tiene sentido”. Le dijo a Campbell que no siempre les creía a las víctimas y que se los hacía saber. Campbell consideró que las respuestas del detective eran comunes.
Sugirió que si los investigadores de verdad querían ayudar a las víctimas, debían comprender la ciencia cerebral que hay detrás de sus respuestas frecuentes.
Hopper es parte de un grupo cada vez mayor de profesores que ahora imparten ese tipo de capacitación. Se dio cuenta de que muchos profesionales querían adoptar esta formación, pero tenían dificultades para comprender la ciencia.
Ha diseñado y dirigido cursos y capacitaciones para policías y fiscales, investigadores y administradores de campus e importantes organizaciones como el ejército estadounidense, End Violence Against Women International (EVAWI, por su sigla en inglés) y la red Rape, Abuse & Incest National Network.
No se trata de enseñarles a diagnosticar, sino de ayudar a las personas que interactúan con víctimas de violación a comprender sus prejuicios. Como deja claro EVAWI en una de sus sesiones de capacitación: “Las respuestas y los recuerdos en sí no demuestran si se cometió o no la agresión”.
En 2019, Nancy Oglesby, fiscala de carrera, y Mike Milnor, ex agente de policía, buscaron la experiencia de Hopper para profundizar en la base científica de la capacitación que ofrecían a la policía y a los fiscales.
Oglesby y Milnor llevaban muchos años ocupándose de casos de agresión sexual y conocían las pautas de comportamiento de las víctimas, incluidos los comportamientos en apariencia contradictorios, como el congelamiento, la parálisis, la pasividad extrema y la cortesía. Pero al principio carecían de los conocimientos científicos para explicarlos.
Con frecuencia, la policía aplicaba una técnica de interrogatorio que les enseña a dar por hecho que cuando una declaración no es detallada, o si hay huecos o inconsistencias en el relato, la persona miente. Y los fiscales preferían evitar ir a juicio si sentían que no tenían argumentos sólidos. “Cuando había muchos ‘no sé’ o ‘no recuerdo’ en las declaraciones de abuso sexual, eso suponía que habría problemas de evidencia”, me contó Oglesby.
En su capacitación, Oglesby describe un caso que rechazó porque no entendía el relato. Una joven fue violada, durante una hora, en una habitación compartida. La víctima dijo que durante el tiempo que duró el acto, nadie tocó a la puerta. Cuando el detective habló con la compañera de cuarto, ella afirmó que había tocado y gritado.
El presunto culpable recordaba eso y describió los golpes en la puerta y los gritos exactamente como ocurrieron.
“¿Por qué la víctima no recordaría lo mismo?”, se preguntó Oglesby.
Con más conocimiento de cómo funciona el cerebro, lo pudo entender mejor.
Aprendió que algunas respuestas al trauma pueden cambiar aquello a lo que las personas prestan atención y, por tanto, el tipo de recuerdos que tienen de una experiencia.
Una víctima puede centrarse en detalles que los investigadores podrían considerar irrelevantes, pero que su cerebro procesa como importantes para la supervivencia, ya sea el color de una pared o una canción que suena en el pasillo o los patrones de las venas de una hoja en una planta a unos metros de distancia.
Sin embargo, puede suceder que la víctima no sea capaz de nombrar el color de la camisa que llevaba su agresor o incluso si usó un preservativo.
Oglesby comentó que ahora se sabe que la capacidad de las víctimas para explicar el suceso también va a estar más ligada a las percepciones sensoriales de las que fueron conscientes mientras se desarrollaba la agresión.
Las percepciones sensoriales serán diferentes en función de las respuestas al trauma: una víctima que entra en un estado de inmovilidad tónica, por ejemplo, puede tener los músculos rígidos o las extremidades temblorosas o puede sentir mucho frío.
Pero si, al mismo tiempo, se disoció, no recordará esos detalles porque no habrá tenido conciencia de lo que ocurría en su cuerpo en ese momento.
Milnor recuerda que, al principio de su carrera, los comportamientos como la parálisis y la inmovilidad tónica eran los más difíciles de entender. Recuerda a una mujer que dijo que no podía mover las piernas. Recordó a otra que decía que había tratado de gritar, pero no logró emitir sonido alguno. ¿Por qué no gritaban, sobre todo si había gente cerca? Se sintió culpable por pensar que las declaraciones de algunas mujeres eran demasiado disparatadas para ser verdad.
Milnor empezó a comprender la naturaleza de la inmovilidad cuando estuvo a cargo de informar a las personas sobre la muerte de un ser querido. Recordó la primera vez que llamó a una puerta para informar a una familia de que su hijo acababa de morir en un accidente automovilístico: “La mujer se quedó completamente inmóvil. Se quedó catatónica. Su marido y yo la pusimos sobre el sofá como a un robot. Era como si se hubiera ido, pero tenía los ojos abiertos”.
Ahora Milnor sabe que cuando una mujer dice que se quedó paralizada, puede significar muchas cosas. “‘Bueno, ¿me podría contar más sobre eso?’”, preguntaba. “‘¿Podría decirme qué sensaciones recuerda haber sentido? ¿Recuerda cómo sonaban las cosas? ¿Recuerda algún olor?’. Hacía un repaso por los cinco sentidos”, me explicó. Son estos detalles fisiológicos, sentimientos y sensaciones los que Milnor anima a buscar en las investigaciones.
Cuando los fiscales obtienen estos detalles del interrogatorio policial, pueden traer a un experto para que testifique sobre las respuestas fisiológicas al trauma psicológico. “Entonces tenemos algo que se puede argumentar ante el jurado”, me dijo Oglesby. “La defensa va a intentar argumentar que todos estos comportamientos significan que la persona está mintiendo”.
Lo mismo ocurre con los recuerdos. “Intentamos darle la vuelta al suceso”, puntualizó Oglesby. “Si están experimentando una de estas respuestas neurobiológicas, no van a ser capaces de contar paso por paso lo que sucedió durante la agresión, que tradicionalmente es cómo detectamos la credibilidad de la declaración de una víctima”.
En un estudio británico de 2009 a jurados simulados, Louise Ellison y Vanessa E. Munro observaron qué mitos sobre la violación pueden erradicarse mediante el testimonio de expertos sobre el comportamiento de la víctima.
Los miembros del jurado que escucharon explicaciones sobre ciertos comportamientos (que al relatar la agresión en el juicio la víctima no se mostrara angustiada, por ejemplo, o que tardara en denunciar el ataque) eran más proclives a preguntarse por qué esas reacciones eran relevantes para un caso. Pero el mito que parecía más arraigado era que las mujeres intentarían resistirse físicamente a la violación.
Ellison y Munro señalaron que, cuando este mito se arraigaba, los jurados se mostraban “poco receptivos” a las opiniones de los expertos.
En muchos estados, los fiscales todavía tienen que demostrar que el contacto sexual fue forzado o que hubo resistencia verbal o física de por medio para comprobar que la víctima no otorgó su consentimiento. Moriah Schiewe, abogada litigante en Oregón, comenta que la inmovilidad tónica sigue siendo “una laguna en el sistema judicial”.
“Si pensamos en oponerse como decir ‘no’ o resistirse”, me dijo Erin Murphy, catedrática de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York, “la inmovilidad tónica no va a funcionar para describir un encuentro no consensuado, porque en esas circunstancias la ley no suele interpretar la parálisis física como un ‘no’”.
Murphy cree que todavía hay jurados que creen que las mujeres son responsables de la inmovilidad y que no pueden reconocer una violación a menos que haya habido resistencia física.
Catrina Weigel, asistente del fiscal de distrito en el condado de Boulder, Colorado, comentó que, cuando los abogados defensores carean a las víctimas, a menudo señalan que “no se defendieron de la persona: cómo no patearon, no mordieron, no gritaron”. Ella debe recurrir a expertos para que le ayuden a explicar la reacción de la víctima.
Veronique Valliere es una de ellas. Es psicóloga forense y a menudo la llaman para que ayude a explicar a jueces y jurados por qué las víctimas no se resisten o intentan escapar, incluso en casos de gran repercusión mediática como el juicio por violación contra Bill Cosby. “Tenemos que entender que la parálisis es involuntaria, desde una perspectiva médica y científica, para cambiar la percepción de que es un fallo de la voluntad”, me dijo.
“En términos de volición, la inmovilidad tónica no es diferente de tener cercenada la médula espinal, y eso ayudará a quitar el estigma, social y jurídicamente”.
Anne Munch fue abogada durante 30 años en Colorado antes de dedicarse a capacitar a policías y fiscales sobre la neurobiología del trauma. “Tenemos tantos prejuicios en torno al comportamiento de las víctimas”, indicó. “Tenemos tantas excusas en torno al comportamiento de los agresores”.
Subrayó que los fiscales tienen que entender las reacciones habituales de las víctimas para poder identificarlas en un lenguaje no especializado si llegan a aparecer en un informe policial. “Se necesita la colaboración de todos los organismos de justicia penal”, afirmó. Pero hay que empezar por la policía. “Yo le digo a la policía: ‘Tu respuesta a las víctimas hará o destruirá el caso y tú podrías ayudar o destruir a la persona’”.
Munch me habló de un informe policial que recibió al principio de su carrera. Una mujer de unos 20 años había quedado de verse con unos amigos en un bar y había bebido demasiado. Pidió un taxi para regresar a casa y el conductor la llevó a un lugar apartado, estacionó el auto, se pasó al asiento trasero y la violó. Cuando terminó, volvió al asiento del conductor y la llevó a casa. Ella pagó y él se fue.
Munch pensó que tenía que haber algo más, así que se reunió con la víctima para entrevistarla de nuevo. Hizo preguntas abiertas que le dieran a la mujer una sensación de control y se esforzó por desenterrar los recuerdos mediante preguntas relacionadas con los sentidos.
La mujer le contó que cuando el conductor subió a la parte trasera del taxi, ella supo que iba a violarla, así que giró la cabeza y se quedó mirando la puerta del taxi hasta que todo terminó. La víctima describió el material de la puerta con sorprendente lujo de detalle: vinil gris con un patrón de punzadas que formaban una especie de puntos suspensivos, una manija cromada con exactamente ocho pequeñas hendiduras de abajo hacia arriba.
Munch acababa de salir de la unidad de abusos sexuales a menores y sabía mucho sobre los niños y la disociación. Lo reconoció en cuanto lo oyó. “La mujer describía una respuesta disociativa típica”, comentó Munch. “Sus recursos normales para el trauma están desbordados. Sus estrategias normales de afrontamiento están saturadas.
Lo que está pasando es demasiado grande, demasiado feo, demasiado”. Envió a su investigador a la empresa de taxis con una orden de registro, y todo era exactamente como lo había descrito la víctima. Munch informó a la defensa que iba a recomendar a un experto en trauma para que hablara en el juicio. “Si este sexo es tan maravilloso y consensuado, entonces ¿por qué ella gira la cabeza y memoriza el interior del taxi?”, recordó haber dicho. El conductor se declaró culpable, lo que salvó a la mujer de ir a juicio.
“Fue entonces cuando realmente empecé a fijarme en aquello a lo que ponen atención los sobrevivientes y a preguntar siempre por los sentidos”.
Un día de primavera de este año, Oglesby y Milnor impartieron un curso sobre las investigaciones de agresiones sexuales basadas en el trauma a un grupo de unas 30 personas en la Academia de Formación de Justicia Penal de Shenandoah Central, en Weyers Cave, Virginia.
En la sala había policías adjuntos, agentes de policía universitaria, miembros de unidades de víctimas especiales, detectives, defensores de víctimas, trabajadores sociales, trabajadores de líneas de asistencia telefónica en caso de agresiones sexuales y agentes de la CIA.
Parte del curso se dedicó a enseñarle al grupo cómo crear la mejor atmósfera para interactuar con las víctimas, de modo que pudieran confiar en el entrevistador y sentirse lo suficientemente cómodas como para describir lo que les había ocurrido. La empatía era fundamental para obtener la declaración más precisa sobre sus experiencias. Milnor y Oglesby aconsejaron hacer preguntas abiertas.

No interrumpir. No esperar que el recuerdo sea lineal. Aceptar el silencio. Prestar atención a los detalles fisiológicos y a las sensaciones.
Le recordaron al grupo que la policía no necesita imponer ningún lenguaje clínico a las víctimas ni diagnosticarlas. Solo tienen que recopilar información (escuchar y documentar las respuestas cerebrales al trauma) y entregársela al fiscal. El fiscal puede entonces traer a un experto al tribunal, cuando proceda, para que ofrezca una explicación científica.
Cuando el grupo empezó a practicar las entrevistas, con actores de teatro que interpretaban a víctimas basadas en casos reales de violación, algunos policías intentaron adaptarse a esta nueva modalidad. Una policía estatal admitió que llevaba mucho tiempo intentando utilizar esta forma de interrogatorio, pero se sorprendió de lo difícil que era desaprender los malos hábitos. Lo único que conocía era el interrogatorio. “He estado revictimizando a mujeres”, reconoció, “y quiero mejorar”.
Los asistentes se conmovieron a menudo al pensar en los casos bajo esta nueva luz. Milnor dijo: “No creerás cuántas veces se me han acercado policías duros, experimentados y fornidos con lágrimas en los ojos para decirme que piensan en las víctimas a las que trataron mal, no por maldad, sino por ignorancia”.
Cuando todo el grupo volvió a reunirse, Milnor atenuó las luces y encendió un proyector. En una pantalla aparecían páginas del cuaderno de un investigador: la víctima habló durante cinco horas, dijo, y el detective lo anotó todo sin interrupción. Las notas parecían un mapa con archipiélagos de palabras y océanos de espacio vacío entre ellas, y docenas de flechas que conectaban las islas para formar un único relato. “Así es como quedará”, señaló. Todo esto se registró después de que el detective hizo una sola pregunta: ¿Qué puede contarme de su experiencia?.
En una ocasión, Milnor logró una condena en un caso en el que la víctima acudió a él 30 años después de haber sido agredida sexualmente por un familiar. La primera vez que habló con él, se desmoronó cuando empezó relatar a detalle lo sucedido, como si estuviera reviviendo la agresión. Pero cada vez que hablaban, él recogía más y más detalles, hasta que escuchó su relato completo.
Milnor hizo hincapié en que las preguntas de seguimiento podían ayudar a desentrañar las experiencias que se escondían tras las frases de “me quedé helada” o “no podía gritar” o “no sé por qué, pero no hice nada”. Esta estrategia les daba a las víctimas la oportunidad de describir sus agresiones sexuales de maneras que siempre les habían dicho que no eran importantes. Sin esto, las víctimas podrían sufrir un tipo de parálisis más prolongada e incluso más generalizada. “Creo que durante mucho tiempo, no quisimos aceptar que ésta era la forma en que contaban sus historias”, dijo Milnor.
La finalidad de la sesión era enseñar a la gente a desaprender sus malos hábitos sobre cómo piensan en las violaciones y sus efectos. “¿Cuántos de ustedes recuerdan que una víctima haya hecho algo que los haya hecho mover la cabeza y pensar: ‘Un momento, eso no tiene sentido’?”, preguntó Milnor en un momento dado.
Muchos asintieron y se removieron en sus asientos.
“¿Recuerdan cuántas veces juzgaron a una víctima porque no entendían su comportamiento? Tal vez le enviaron mensajes de texto a su agresor el día después de la agresión que decían: ‘Hola, ¿lo pasaste bien ayer?’”.
Más asentimientos.
Milnor aseguró al grupo que él también había hecho todo eso. Dijo que la forma en que alguna vez respondió a las víctimas le sigue quitando el sueño. “He revictimizado a mujeres y hombres por ignorancia y falta de formación”.
Sacudió la cabeza y cerró los ojos. “Ahora”, concluyó, “enseño a partir de mis errores”.






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