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Orígenes del catarismo: ¿revolución o herejía? …


Cruz Cátara

Muy Interesante(J.L.H.Garvi/F.Navarro)National Geographic(P.Jiménez) — Los cátaros son uno de los fenómenos más intrigantes y misteriosos de la historia del cristianismo.

Su origen, su doctrina, su destino y su legado han sido objeto de numerosos estudios y debates, pero también de muchas leyendas y mitos.

¿Quiénes eran realmente los cátaros? ¿Qué creían y cómo vivían? ¿Por qué fueron perseguidos y exterminados por la Iglesia católica? ¿Qué queda de su memoria y su cultura?

Estas son algunas de las preguntas que se abordan en el libro ‘Cátaros’, coordinado por Manuel P. Villatoro y publicado por Pinolia, una obra que reúne a varios expertos en el tema para ofrecer una visión completa y rigurosa de esta fascinante corriente religiosa que floreció en el sur de Francia entre los siglos XII y XIV.

Si quieres saber más sobre los cátaros, no te pierdas el primer capítulo del libro, que presentamos a continuación.

– Orígenes del catarismo: ¿revolución o herejía?

El drama y misterio que rodean la herejía cátara se sitúa en un momento crítico en el seno de la Iglesia católica, que no supo adaptarse al clima de crisis social que provocó su aparición.

La reacción de la jerarquía eclesiástica ante el desafío a su autoridad fue sofocar con dureza un movimiento popular que resquebrajó los pilares de la fe.

– Crisis moral y social

El 2 de octubre de 1187, Saladino recuperó la ciudad de Jerusalén para el islam. La derrota de los cruzados en la ciudad santa hizo que muchos considerasen que los pecados de los católicos habían impedido conservarla para la cristiandad. En la misma línea, se extendió el convencimiento de que la vida disipada de la que disfrutaban reyes y príncipes de la Iglesia había hecho que Dios abandonase a los cruzados en ese trance.

Las noticias que llegaban desde España tampoco eran optimistas. El empuje de la Reconquista se había detenido en Alarcos, donde castellanos y aragoneses habían sufrido una aplastante derrota. La llegada de los almohades a la península había reforzado la presencia musulmana, al mismo tiempo que se extendía el desánimo entre las huestes cristianas. 

A finales del siglo XII, se sucedieron varios años de inundaciones que asolaron los campos de cultivo de toda Europa.

Las bajas temperaturas arruinaron las cosechas y el hambre se extendió por todo el continente. Los poderosos, a los que no faltaba de nada, acapararon los alimentos, mientras el precio del trigo no dejaba de subir. Al hambre le siguieron las epidemias y aunque desde algunos estamentos se tomaron tibias medidas para paliar el sufrimiento, la situación empeoró.

Los caminos se llenaron de multitudes errantes y hambrientas en busca de comida; los bandidos hicieron peligrosos los viajes y la gente moría de inanición ante las puertas cerradas de los palacios y monasterios. 

Este caldo de cultivo, donde se coció la miseria y los abusos de los poderosos, alimentó la ira de los campesinos famélicos que veían morir a sus hijos. Y es en este punto, cuando el pecado parece triunfar sobre la virtud, decidido a acabar con la paciencia de la bondad divina, donde la revuelta social se inflama con la chispa de la esperanza religiosa en un cambio profundo.

En algunas de las ciudades castigadas por la crisis social es donde surgen los primeros movimientos a los que la Iglesia no dudará en calificar de herejes. Será también aquí donde los cátaros, herederos de esa tradición contestataria, se convertirán en una secta arraigada. 

Por tanto, se puede afirmar que los cátaros, junto con los representantes de otros movimientos heréticos contemporáneos de su tiempo, son la respuesta de sectores populares y de gremios vinculados al desarrollo urbano y comercial de las ciudades frente al dominio intransigente y absoluto de la Iglesia y los grandes señores, un llamamiento para retomar los principios de un cristianismo primitivo que les permitiera recobrar su libertad en el que convergen diferentes intereses religiosos y sociales. Los «puros» 

Al margen de que la aparición de los movimientos heréticos fuera un fenómeno que estuviera latente o que rebrotase con inusitada fuerza, lo cierto es que a mediados del siglo XII surgen noticias que hablan de grupos o sectas minoritarios que defienden el origen ancestral y remoto de una Iglesia que ha permanecido en secreto «desde el tiempo de los apóstoles».

Las crónicas de la época se hicieron eco de su aparición en ciudades como Colonia y Lieja, mientras las autoridades eclesiásticas, alertadas por su inusitada propagación, reaccionaron con el empleo a discreción de las hogueras para quemar herejes. 

Todas estas congregaciones tenían elementos comunes: al llamamiento de predicadores errantes que abogaban por cambios en la Iglesia fieles a las consignas contenidas en el Evangelio acudieron cada vez más seguidores que se aglutinaron en torno a una jerarquía herética primitiva.

Entre estas herejías, una de las más destacadas fueron los cátaros.

 Sus primeras manifestaciones pueden datarse hacia el año 1160, pero su presencia se hizo evidente y se fue asentando a finales del siglo.

Los primeros textos que tratan el tema se refieren a ellos como los «arios», nombre por el que eran entonces conocidos. Bernard Raymond, obispo hereje de Tolosa (la actual Toulouse)que finalmente volvió al redil católico, era conocido como «el ario».

Originarios sobre todo de la ciudad de Reims, muchos trabajaban como tejedores, profesión en la que algunos historiadores han querido ver un deseo de emular el trabajo manual de san Pablo. Una explicación más sencilla haría referencia directa a estos gremios, con gran implantación en las ciudades que vieron nacer la herejía.

El desempeño de esta profesión, que les obligaba a viajar para vender sus productos, ayudó a la propagación del mensaje. Se necesitaron pocos años para que estos «tejedores», nombre por el que también fueron conocidos, afianzasen su presencia.

Es en 1163 cuando Eckbert de Schönau, monje benedictino originario de Renania que había interrogado a los líderes de la secta en Colonia antes de que fueran quemados en la hoguera, se refirió a ellos en los siguientes términos, «… vuestros primeros maestros lo adoptaron de suerte que se llamaban cátaros, es decir puros», como recogió en su obra Trece sermones contra los cátaros

El origen etimológico del término estaría en la palabra griega katharós, que se traduce por «puro». Este nombre hace suponer la existencia de una filiación oriental en su doctrina. En este sentido, las diferentes fuentes contemporáneas no aclaran demasiado sobre el foco primitivo de la herejía desde el que se irradió por Europa.

Algunos de sus primeros representantes afirmaron que el lugar desde el que «se extendió a todos los países» fue el monte Aimé, en la Champaña, elevación emblemática en muchos sentidos. Los predicadores detenidos en Colonia en 1163 llegaron desde Flandes, mientras una treintena de misioneros heréticos de lengua alemana desembarcaron en las costas inglesas, donde su mensaje no encontró aceptación. 

Los cátaros también fueron llamados «albigenses». Este nombre fue usado por primera vez por el erudito benedictino Geoffroy du Breuil, que en su famosa Crónica, obra datada en 1181, se refiere a los herejes usando ese término. Un sector de los estudiosos señala que la palabra derivaría de la ciudad de Albi, en la región de Occitania, donde arraigaron gracias a la protección que encontraron en esta localidad meridional francesa.

Sin embargo, otros han establecido en Tolosa y las comarcas vecinas el foco de la herejía.

Una minoría de especialistas considera que los cátaros, al considerarse puros, se llamaban «albinos» entre sí.

La raíz semántica «alb», que significa blanco, habría sido entonces el origen del nombre.

Minoritariamente también fueron conocidos como «poblicantes», degeneración fonética de los llamados «paulicianos », oscura secta cristiana procedente de Armenia que a partir del siglo VII se extendió por Europa desde los Balcanes y con la que los cátaros a veces fueron confundidos.

El paulismo realizaba una interpretación literal y llevada al extremo de las enseñanzas del apóstol san Pablo, que incidía en aspectos como el celibato y la castidad como vías para alcanzar la santidad. 

La teoría más bizarra sobre el origen de la palabra es la que identifica cátaro con el término latino cattus, que significa «gato», animal tradicionalmente relacionado con brujas y cultos en los que el demonio anda de por medio. Lo más probable es que esta última teoría esté relacionada con la tendenciosa campaña propagandística desplegada por la Iglesia católica en un intento por desacreditar a estos herejes insinuando tratos con el Maligno.

– Una nueva doctrina

Desde el punto de vista doctrinal, el catarismo es el resultado de una simbiosis de corrientes religiosas y de pensamiento que convergen en la Europa de las décadas finales del siglo XII.

Entre las diferentes influencias cabe destacar la del maniqueísmo y dualismo de procedencia oriental, que contemplaban la lucha permanente entre dos grandes principios existenciales: el Bien y el Mal. El primero se identificaría con la espiritualidad emanada de Dios, creador de las almas y el cielo, mientras el Mal, representado por la figura de Satán, sería el encargado de forjar el mundo material, dominado por los vicios y las bajas pasiones. 

Dentro del catarismo no se puede negar la influencia del neoplatonismo de la escuela del filósofo Juan Escoto Erígena (siglo IX), corriente de pensamiento que defendía la existencia de un orden racional del mundo regido por un conocimiento universal del que surge la realidad. Este concepto superior estaría representado por la existencia de un Uno, divinidad primordial de la que emanaría el mundo físico y todas las almas humanas. 

Con todos estos elementos los cátaros dan forma a un cuerpo dogmático en el que el Reino de Dios no es de este mundo y crea el cielo y las almas. El Diablo moldea la realidad terrenal a su imagen y semejanza, provocando guerras, pestes y desgracias. La Iglesia católica es buen ejemplo de su actividad diabólica, al considerar que es una herramienta de corrupción.

En esa corriente de pensamiento, los hombres están atrapados en cuerpos dominados por el pecado. Si para los católicos la fe en Dios redime de las culpas, los cátaros exigían un conocimiento profundo del estado anterior del espíritu que permitiera purificarlo del contacto mundano y alcanzar así la salvación del alma. 

Los cátaros también creían en la reencarnación a lo largo de un extenso proceso de superación que serviría para alcanzar un grado de conocimiento y espiritualidad que les permitiera elevarse hasta contemplar la visión de la divinidad en todo su esplendor y escapar así, definitivamente y para toda la eternidad, del mundo terrenal.

La forma más rápida para llegar al paraíso era llevar una vida ascética que pudiera servir para renunciar definitivamente a las tentaciones de un mundo corrupto.

En lo que se refiere a la administración de sacramentos, los cátaros negaban la validez del bautismo por la imposición del agua, elemento que perdía su carácter purificador al prevalecer su naturaleza material, y por tanto, maléfica. Además, al ser un sacramento instituido por Juan el Bautista y no por Jesucristo perdía todo su significado.

También se oponían abiertamente a la sacralización del matrimonio con fines de procreación, al entender que podía ser una aberración traer al mundo material dominado por el pecado un alma pura para atraparla en un cuerpo sometido a los deseos de la carne. 

Sin apartarnos del ascetismo más riguroso pero en un plano que podríamos considerar más anecdótico, los cátaros podían ser considerados los primeros activistas vegetarianos. Por su radicalismo en esta materia, algunos autores se han atrevido a usar el término «veganos» para calificarlos en referencia al estricto régimen alimenticio que seguían como precepto de su iglesia.

Fieles a su frugalidad militante, rechazaban comer alimentos procedentes de animales, como podían ser huevos, leche, y por supuesto, la carne, al considerar que venían de la procreación animal. Sí podían tomar pescado, ya que se consideraba que era fruto del mar y los ríos.

– Cátaros: realidad y misterio de una secta cristiana

Como comentamos precedentemente a mediados del siglo XII surgió un movimiento religioso crítico con la Iglesia católica, a la que achacaba vicios y una desvirtuación de lo que significaba ser cristiano. Desde el Vaticano fueron tachados como herejes, pero el movimiento no dejó de ganar adeptos en las décadas posteriores hasta convertirse en un grave problema para el orden establecido por la Iglesia en la Europa medieval.

La respuesta fue contundente: se organizó una cruzada contra estos herejes hasta acabar con todos ellos. A partir de entonces, la realidad dejó paso a los mitos que rodean a los cátaros. ¿Cómo surgió este movimiento? ¿Qué significa su nombre? ¿Cuáles eran sus creencias? ¿Cómo terminó el catarismo?

Santo Domingo y los albigenses arrojando libros a la hoguera. Pedro Berruguete (1491-1499). 

– Cristianos ‘puros’

Parece ser que el origen del término “cátaro” viene de la palabra griega katharós, que significa “puros”. El movimiento se hizo fuerte en varias regiones del sur de Francia como “respuesta de sectores populares y de gremios vinculados al desarrollo urbano y comercial de las ciudades frente al dominio intransigente y absoluto de la Iglesia y los grandes señores, un llamamiento para retomar los principios de un cristianismo primitivo que les permitiera recobrar su libertad en el que convergen diferentes intereses religiosos y sociales”.

También fueron llamados albigenses, asociados en origen con la ciudad de Albi. No tardaron en organizar una estructura articulada en obispados desde la que se cuidaron los principios básicos del catarismo: pobreza, oración y celibato.

En cada región en la que se desarrollaron recibieron denominaciones diferentes: tejedores, pifles, bugres, patarinos, arrianos, albigenses, maniqueos… Ellos mismos se llamaban simplemente «buenos hombres» o «buenas mujeres», «cristianos» o «cristianas». Actualmente se los conoce como cátaros.

Para entender por qué sugieron en ese momento preciso de la historia hay que retroceder unas décadas en el tiempo, a finales del siglo XI, a la auténtica revolución que el papa Gregorio VII llevó a cabo entonces en la Iglesia católica.

La llamada «reforma gregoriana» se propuso erradicar las malas costumbres del clero, en particular dos de ellas: la simonía, esto es, el acceso a los cargos eclesiásticos a cambio de dinero, y el nicolaísmo, como se conocía la práctica del amancebamiento de los clérigos. 

Para impedir la ingerencia del poder político en los asuntos eclesiásticos, entre 1074 y 1124 el papado se embarcó en una larga pugna con los emperadores, la llamada Querella de las Investiduras. El resultado fue la creación de un nuevo modelo de Iglesia en el que los papas reforzaron inmensamente su poder, hasta el punto de que algunos autores han hablado de una teocracia pontificia.

Esta evolución suscitó el descontento de una parte del clero católico, que seguía defendiendo la práctica de la pureza y del modelo de vida evangélico como única vía de perfección. Las críticas contra la jerarquía de Roma, acusada de traicionar la tradición de la Iglesia de los tiempos apostólicos, surgieron por parte de ciertos miembros del clero, que a su vez se vieron acusados de herejía por las autoridades eclesiásticas. Los cátaros procedían de estos sectores descontentos de la Iglesia.

Se caracterizaron por su crítica radical contra el papado y la jerarquía romana y por pretender ser los únicos herederos de los apóstoles, conservando el poder espiritual de salvar a los hombres que Jesús les había confiado al volver en Pentecostés. Aunque se conocen focos cátaros en lugares como el obispado de Colonia, fue en las regiones meridionales de la cristiandad, principalmente en el sur de Fran cia, en los condados catalanes de los Pirineos y en Italia, donde al final arraigaron.

Allí, una serie de príncipes y señores feudales –los condes de Toulouse y de Foix, los vizcondes de Trencavel (señores de Albi, Carcasona, Beziers, Limoux y Agde)– favorecieron la acogida e implantación de la herejía. En general, los cátaros se instalaron en los llamados castros o burgos castrales, pequeños pueblos fortificados que surgieron desde el año Mil al abrigo de los castillos feudales.

– El «país cátaro»

En 1165, en el castro de Lombers, en la región de Albi, tuvo lugar el primer proceso por herejía contra los adeptos de una secta dirigida por un tal Oliver y que se llamaban a sí mismos «buenos hombres». Tras el interrogatorio, se los juzgó como herejes y el obispo católico de Albi, impulsor del proceso, recordó a la nobleza local del castro, que había acogido a la secta, que estaba prohibido proteger a los herejes.

Dos años después, en 1167, en el castro de San Félix de Caraman, al sur de Toulouse, se reunieron representantes de las comunidades de «buenos hombres» y «buenas mujeres» de la región de Albi, Toulouse, Carcasona y el Valle de Arán, así como del norte de Francia y de Italia.

La asamblea fue presidida por Niquinta, probablemente un prelado oriental, y a ella asistió Sicard Cellerier, el obispo cátaro de Albi, el único que hasta entonces había en la región y al que algunos historiadores identifican con Oliver, el jefe de la secta condenada en Lombers. Niquinta ordenó tres nuevos obispos cátaros –el de Toulouse, el de Carcasona y el del Valle de Arán– y revalidó el ordenamiento de Sicard.

El juicio de Lombers y la asamblea de San Félix demuestran que para esas fechas la Iglesia disidente cátara estaba ya organizada en el sur de Francia. Desde finales de la década de 1160, las iglesias cátaras occitanas de Albi, Toulouse, Carcasona y Valle de Arán disponían –como las iglesias católicas– de sus respectivas jurisdicciones territoriales o diócesis. 

A principios del siglo XIII se crearon dos obispados cátaros más, y en 1226 y 1229 se crearon los de Razés y de Agen. A diferencia de la Iglesia católica, los obispos cátaros eran autónomos e independientes y no reconocían ninguna autoridad superior (un primado o papa). Cada obispo, aconsejado por sus asesores (llamados «hijo mayor» e «hijo menor»), se encargaba de la gestión de su diócesis.

– Vida en comunidad

Fue sobre todo en las zonas rurales donde la Iglesia cátara se extendió y vivió libremente desde finales del siglo XII, como confirman los archivos de la Inquisición, la principal fuente de información sobre los cátaros antes de la Cruzada contra los albigenses (1209 – 1229).

Interrogados a partir de 1240 por la Inquisición, los habitantes más ancianos de estos castros se remontaban a los tiempos de su juventud: «Hace cuarenta años o más», «en aquel tiempo –antes de la Cruzada de 1209–, los herejes vivían públicamente en sus casas de los burgos».

Cuentan cómo, desde antes de 1200, las comunidades de «buenos hombres» y «buenas mujeres», el clero regular comparable a los monjes y monjas católicos, vivían en sus «casas» en el interior de los burgos castrales. 

Aquí llevaban una vida «consagrada a Dios y al Evangelio», respetando y observando los preceptos evangélicos, votos de pobreza, prohibición de mentir, castidad y abstinencia, y trabajando para vivir. Estas «casas religiosas» estaban abiertas públicamente en las calles de los burgos y sus miembros recibían la visita de sus familiares.

El clero secular (la jerarquía cátara), compuesto por obispos, hijos mayores y menores, diáconos… también vivía en comunidad religiosa y preferentemente en los castros, en zonas rurales, al contrario que la jerarquía católica, implantada en las zonas urbanas.

En los castros, los cátaros eran acogidos y protegidos por la nobleza local: los señores y sus damas asistían a sus ceremonias, escuchaban su predicación e incluso decidían entrar en religión para asegurar su salvación. Un ejemplo de este retiro religioso en los tiempos de libertad de la disidencia cátara fue la ceremonia de Fanjeaux en 1204. 

Esclarmonda y Felipa de Foix, respectivamente hermana y esposa del conde Raimon Roger de Foix, recibieron públicamente el sacramento de ordenación –consolamentum– de manos del prelado de Toulouse, Guilhabert de Castres. Como «buenas mujeres», Esclarmonda se retiró a una «casa» religiosa que ella misma había abierto en Fanjeaux y su cuñada Felipa se instaló en otra en Dun, al sur de Toulouse.

Expulsión cátara de Carcasona. Ilustración de hacia 1415 del libro manuscrito Grandes crónicas de Francia.

– Debates y cruzadas

Existe otro testimonio de gran valor sobre la vida de los cátaros en este período. Entre 1206 y 1207, un grupo de monjes cistercienses fueron enviados al sur de Francia por Inocencio III para predicar en aquella tierra de herejes.

A lo largo de su itinerario, los miembros de la legación católica –en la que iban dos castellanos, el obispo Diego de Osma y su canónigo Domingo de Guzmán, futuro santo Domigo– fueron acogidos por la nobleza y celebraron varios debates públicos con los cátaros.

Diego de Osma discutió en Servian con Teodorico, un antiguo canónigo de la catedral de Nevers que había sido acogido y protegido por Esteban, el señor del lugar. Allí había abierto su propia escuela de enseñanza cátara.

En 1207, se celebró en Montréal un debate que duró quince días y que marcaría la memoria de sus habitantes.

En él se enfrentaron Diego de Osma y Domingo de Guzmán a Arnaldo Oth, Guilhabert de Castres y Benito de Termes, prelados de la jerarquía cátara de Carcasona y de Toulouse.

El cronista tolosano Guillermo de Puylaurens, que relató este encuentro varias décadas más tarde, nos cuenta que la disputa empezó porque Arnaldo Oth, seguramente obispo de la iglesia cátara de Carcasona, denunció la legitimidad de la Iglesia católica y de sus prelados, así como la validez de las ordenaciones y de los sacramentos que éstos conferían:

«Arnaldo Oth niega que la Iglesia romana fuera la santa Iglesia y la Esposa de Cristo sino más bien la Iglesia del diablo y la doctrina de los demonios, afirmando que ésta era la Babilonia que Juan en el Apocalipsis acusaba de ser la madre de las fornicaciones y de las abominaciones, ebria de sangre de los santos y de los mártires de Jesucristo, y que su ordenación no era ni santa ni buena y que no había sido establecida por Cristo y que jamás ni Cristo ni los apóstoles habrían ordenado y decidido la misa tal como era hoy».

En marzo de 1208, el asesinato de Pedro de Castelnau, un miembro de la legación cisterciense que había debatido con los cátaros, provocó el llamamiento del papa Inocencio III a combatir la herejía del Languedoc en nombre de la cruz.

En la primavera de 1209, un impresionante ejército de cruzados procedentes de todas las regiones de la Cristiandad latina se dirigió hacia los territorios del conde de Toulouse y de los vizcondes de Carcasona con el fin de erradicar la herejía y obtener el perdón y la salvación de los que la combatían.

La cruzada, con su cortejo de asedios y hogueras, puso fin a los tiempos en que los cátaros occitanos habían gozado de libertad y dio inicio a más de un siglo de represión, dirigida desde 1231 por la Inquisición.

Estela situada en el Camp dels Cremats (‘Campo de los Quemados’), recordando la pira en la que ardieron 200 cátaros defensores de Montsegur.

– Últimos tiempos del catarismo

El papa Inocencio IV, mediante la bula Ad extirpanda en 1252, autorizó la tortura en los procesos contra los herejes siempre que no pusiera en peligro la vida de la persona y que sus miembros no sufrieran heridas de gravedad.​

La persecución católica contra los cátaros, considerada como el origen de la Inquisición, tuvo mucho éxito en acabar con la herejía en el sur de Francia desde mediados del siglo XIII.

Hacia 1260 el dominico Rainiero Sacconi indicó que solo quedaban unos doscientos perfectos si se juntaban todos los de las iglesias de Toulouse, Albi, Carcasona y Argen.​

El último perfecto condenado a muerte fue Guillaume Bélibaste. Predicaba en Montaillou y murió en la hoguera en 1321.

En 1329 se quemó a un grupo de cátaros en Carcasona que, tras convertirse al catolicismo, habían vuelto a caer en la herejía.

De este modo, a mediados del siglo XIV el catarismo había desaparecido de Occitania.

– Los cátaros y la búsqueda del santo grial

Cuenta la leyenda que en el año 1321, el último cátaro de Occidente, Guilhem Belibasta, pronunció la siguiente profecía antes de morir en la hoguera: «Después de seiscientos años, el olivo volverá a reverdecer sobre las cenizas de los mártires», vaticinio que ha inspirado durante muchos años una visión romántica del catarismo.

Sin embargo, estas palabras no se encuentran en los documentos de la época; en realidad, el texto pertenece a un poema occitano de August Teulié titulado Mountsegur y publicado en 1905. Este es uno de los muchos mitos del catarismo, la mayoría de los cuales nació durante el siglo XIX. Aparecieron en una época marcada por la interpretación esotérica de la historia de los cátaros que se realizó en el marco del movimiento felibre. 

Lo formaron escritores provenzales para proteger y cultivar la lengua occitana, que se hablaba en la Francia meridional, la antigua Occitania (y de la que el provenzal era una variante). Los felibres veían en el catarismo un símbolo de la identidad de esta región, cuya cultura e historia se proponían recuperar. Y es que fue allí, en el sur de Francia, donde en el siglo XII arraigó aquel movimiento herético.

Para los cátaros no había un solo dios, sino que existían dos realidades opuestas: el bien y el mal, y dos divinidades irreconciliables, Dios y Satán. El primero era el creador del mundo espiritual y el segundo había creado todo lo material: el mundo y sus criaturas. El espíritu vivía prisionero en los cuerpos de los hombres, atado por los deseos y las pasiones.

 Jesucristo, hijo de Dios, era un ser puramente espiritual que vino a la Tierra para proporcionar un bautismo que garantizaba la salvación: el consolamentum, que se había ido transmitiendo desde entonces mediante la imposición de manos. Era el único sacramento que admitían los cátaros y lo administraban los miembros más puros de la comunidad, los bons homes, a quienes la Iglesia católica llamó «perfectos» en son de burla.

Parsifal y el Santo Grial. Óleo por Seymour Millais Stone (1877-1957).

– El tesoro de los cátaros

Protegido por la nobleza occitana el catarismo fue destruido por una cruzada que empezó en 1209, y tuvo su hito más significativo en la toma del castillo de Montsegur en 1244 y la quema de los cátaros allí refugiados. 

Éste fue el origen de una de las leyendas más famosas: la del «tesoro de los cátaros», surgida de las declaraciones inquisitoriales realizadas tras la caída del castillo.

En una de ellas, el hereje Arnaut Rotger de Mirepoix afirmaba que «cuando los perfectos salían del castillo de Montsegur para ser entregados a la Iglesia y al rey, Pèire Rotger de Mirepoix retuvo en el castillo a Amiel Aicart y su compañero Hug, y de noche, después de que el resto de perfectos hubieran sido quemados en masa, Pèire Rotger los escondió y se evadieron; y esto se hizo para que la Iglesia de los herejes no perdiera su tesoro que había sido escondido en los bosques».

Otra declaración, de Imbert de Salles, afirmaba que «sacaron el oro y la plata e infinidad de monedas».

Estas palabras ponen de relieve que existía un tesoro cátaro y que fue evacuado del castillo antes de la conquista cruzada.

Posiblemente debió de estar formado por el dinero con el que se sufragaban los gastos del castillo y los objetos de valor que conservaban los asediados.

Por otras declaraciones sabemos que los perfectos lo pusieron a salvo dos veces: la primera, durante la Navidad de 1243, en pleno asedio y para esconderlo en los alrededores; la segunda, durante la noche anterior a la rendición, para llevarlo a otro escondite.

Como los relatos no ofrecen más información, se han planteado muchas hipótesis sobre este nuevo emplazamiento.

 Lo más plausible es que fuera ocultado en alguna de las cuevas o grutas de las montañas del Sabarthez, donde se solían esconder los fugitivos de la justicia.

– En busca del Grial

La naturaleza del tesoro también sería objeto de numerosas especulaciones. En el siglo XIX, el escritor Joséphin Péladan fue el primero que impulsó el vínculo entre el Grial y los cátaros, al relacionar Montsegur con Montsalvat, la montaña mágica que albergaba el Grial en una ópera de WagnerParsifal.

Ésta, a su vez, se basaba en el Parzival de Wolfram von Eschenbach, una novela alemana sobre el Grial compuesta hacia 1240. A partir de esta teoría, varios autores desarrollaron la idea de que el tesoro de los cátaros era el famoso Grial de las novelas de caballería.

La leyenda que unía el Grial y los cátaros culminó después de la Primera Guerra Mundial con la aportación de algunos intelectuales del nazismo. Su principal artífice fueOtto Rahn, autor de una teoría sobre el Grial que motivó la visita de Heinrich Himmler al monasterio de la montaña de Montserrat el 23 de octubre de 1940, en busca de su posible emplazamiento.

Otto Rahn había cursado filología y se convirtió en un estudioso de las leyendas literarias de la Edad Media, entre ellas, la del Grial.

También visitó y estudió el castillo de Montsegur. En 1933 escribió La cruzada contra el Grial, un libro fundamentado en la novela de Von EschenbachRahn buscó el trasfondo histórico de la leyenda de Parzival y llegó a la conclusión de que los cátaros fueron los últimos protectores del Grial, que custodiaban en Montsegur.

 Con el nazismo en el poder, Rahn fue reclutado por Himmler como oficial de las SS y trabajó para la inteligencia alemana en el sur de Francia.

A raíz de sus nuevas investigaciones, Rahn publicó en 1937 su segunda obra, La corte de Lucifer, esta vez de espíritu nacionalsocialista y con connotaciones antisemitas, que tuvo una gran repercusión y contribuyó a situar el Grial en la montaña de Montserrat.

¿Escondieron los cátaros el Grial? En realidad, el Grial es un producto literario de las novelas de caballería, un símbolo de perfección espiritual cristiana. Y no hay que olvidar que el motivo central del Grial es el oficio religioso, la misa, que los cátaros repudiaban: sólo aceptaban el ritual del consolament.

Un templo solar

Después de la Segunda Guerra Mundial aparecieron nuevas leyendas sobre Montsegur. Una de las más importantes fue la idea de que el castillo era un templo cátaro.

 Fernand Niel, ingeniero e historiador de Béziers, fue uno de los impulsores de esta hipótesis durante la década de 1950, cuando presentó una serie de trabajos con detalladas mediciones y cálculos para concluir que Montsegur era en realidad un templo solar y zodiacal meticulosamente preparado durante el período de los cátaros, capaz de detectar los solsticios y los equinoccios con la alineación de los muros.

Sin embargo, los trabajos arqueológicos posteriores demostraron que la fortaleza fue derruida tras la conquista cruzada y que no se conservan trazas del recinto que en su día albergó a los cátaros. La estructura que aún hoy sigue en pie fue obra de los nuevos señores católicos, que remodelaron la fortaleza anterior.

Durante la década de 1960, la televisión contribuyó a la difusión de mitos cátaros y a consolidar los lugares de culto de su memoria. En tal sentido cabe recordar un documental emitido en marzo de 1966 por la televisión francesa que dio a conocer al gran público la tragedia de los cátaros de Montsegur, convirtiéndolo en el lugar más importante de la historia de los cátaros.

Desde entonces se ha desarrollado una imagen de los cátaros que poco tiene que ver con su historia.

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