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Historias de Mujeres …


Martha Ellis Gellhorn, la única mujer que desembarcó en Normandía el Día D

L.B.V.(J.Álvarez)/BBC(E.Miras) — Probablemente muchos lectores sabrán quién fue Martha Ellis Gellhorn pero, para quienes no, decirles que no se trata de uno de esos personajes que a veces se meten con calzador en las películas bélicas.

Fue la única mujer, que se sepa, que desembarcó en Normandía el Día D cubriendo como reportera la Segunda Guerra Mundial, al igual que antes había hecho con la Guerra Civil española y después haría con otras.

Sin embargo, los méritos de esa azarosa vida aventurera suelen quedar relegados a un segundo plano cuando se la presenta simplemente como la esposa de Ernest Hemingway.

Para ser exactos, fue la tercera del famoso escritor, a quien conoció en las navidades de 1936 en Cayo Hueso. Hemingway pasaba allí los inviernos desde 1928, cuando buscaba un sitio donde recuperarse de un accidente doméstico sufrido en París y otro ilustre literato, John Dos Passos, se lo recomendó.

Para entonces ya era un autor de éxito, con obras como En nuestro tiempoFiestaAdiós a las armas o Las nieves del Kilimanjaro, por ejemplo, y estaba trabajando en Tener y no tener.

También por entonces estaba casado con una periodista de Vogue llamada Pauline Pfeiffer, por la que en 1927 se había divorciado de su primera mujer, Hadley Richardson.

Y apareció Martha, que le deslumbró con su desparpajo e independencia seguramente también por ser la primera que era más joven que él. Nacida en San Luis en 1908, su padre era un ginecólogo de origen alemán que junto a la madre, Edna, le dio dos hermanos, Walter y Alfred, ambos prestigiosos profesores universitarios aunque en disciplinas distintas (Derecho y Medicina respectivamente)

Hemingway (izq) durante el viaje a España que hizo en 1925, inspirador de Fiesta

Y esa Edna era nada menos que, Edna Fischel Gellhorn, una famosa sufragista que participó en la fundación de la National League of Women Voters y defendió a capa y espada el reconocimiento del voto femenino. Fue la que marcó el carácter a su hija porque ya la involucró desde pequeña en la lucha por los derechos de la mujer.

Así, en las fotografías de The Golden Lane, una convención demócrata celebrada en la ciudad en 1916 en la que unas mujeres comparecían adornadas con sombrillas doradas para simbolizar los estados donde podían votar y otras lo hacían con complementos negros por los que no, se ve a dos niñas que representaban a las votantes del futuro; una de ellas era Martha.

En 1927 empezó a trabajar como periodista en The New Republic, pese a no tener la correspondiente carrera universitaria. Sin embargo, sus artículos debieron gustar lo suficiente como para seguir durante tres años, hasta que decidió marchar a Europa para ser corresponsal.

Se estableció en París hasta 1932 al servicio de la agencia United Press y de Vogue (como Pauline Pfeiffer), alternando esa ocupación con la participación en el movimiento pacifista, que plasmaría dos años más tarde en su primer libro, What mad pursuit.

Edna Fischel Gellhorn

Dando por concluida esa etapa en el viejo continente, regresó a EEUU con una oferta de Harry Hopkins, asesor de Roosevelt -ambos eran amigos de Eleanor- que en ese momento estaba inmerso en la aplicación del New Deal, la política intervencionista del gobierno federal para afrontar los terribles efectos ocasionados por la Gran Depresión que siguió a la Crisis del 29. Una de las entidades encargada de poner en marcha los diferentes programas era la FERA (Federal Emergency Relief Administration), que se centraba en la creación de empleo no cualificado como alternativa a los subsidios.

Martha ejerció de inspector para la FERA, recabando datos sobre la situación de la gente necesitada de Carolina del Norte. Después amplió su campo de investigación en colaboración con la fotógrafa Dorothea Lange.

El resultado de aquella cooperación mutua fue una serie de informes escritos y gráficos (se hizo especialmente icónica la foto Migrant mother) que hoy resultan muy útiles para estudiar el período pero, en el caso de la primera, además le sirvió de base para documentar un nuevo libro, The trouble I’seen, publicado en 1936.

Ése fue el año en que coincidió con Hemingway en Florida. Entablaron amistad y el escritor se separó de Pauline para establecerse con Martha en Finca Vigía, una hacienda de 61.000 metros cuadrados situada a una veintena de kilómetros de La Habana.

Pero se pusieron de acuerdo para ir a España, donde un golpe de estado de los militares derivó en una guerra civil. Él viajó como corresponsal de la NANA (North American Newspaper Alliance) y le acompañaba el cineasta holandés Joris Ivens, que estaba filmando la película Tierra de España y quería la ayuda del célebre escritor en el guión.

Martha lo hizo contratada por la revista Collier’s Weekly, pionera en periodismo de investigación y con una línea editorial defensora de reformas sociales.

Dorothea Lange y Migrant mother, su foto más emblemática

En España consolidaron su relación viviendo a caballo entre Madrid y Barcelona. Tras festejar juntos la Navidad de 1937, Hemingway escribió La quinta columna (su única obra de teatro) y ella se fue a Checoslovaquia para seguir la actualidad del pujante régimen nazi alemán.

Como testimonio de esa etapa publicaría en 1940 su primera novela, A stricken field, ya terminada la guerra española y desatada la mundial. Por supuesto, Martha no regresó a su país sino que se movió por los lugares donde la contienda estaba más candente, desde Finlandia hasta Singapur, pasando por Hong Kong, Birmania y Gran Bretaña.

El 20 de noviembre de 1940, ella y Hemingway dieron el paso definitivo casándose (el divorcio de Pauline se formalizó el año anterior). Lo hicieron en Cheyenne, Wyoming, estableciendo su domicilio en Sun Valley, Idaho, aunque en invierno se escapaban a su casa de Cuba, que compartían con decenas de gatos.

Ese otoño Hemingway publicó Por quién doblan las campanas, novela ambientada en la guerra española que escribió a instancias de Martha y con la que ganó el Premio Pulitzer, encumbrándose en el mundo literario.

Ese triunfo profesional no tuvo reflejo en el personal. El matrimonio fue un fracaso casi desde el principio porque el escritor no llevaba nada bien las ausencias de su esposa. En enero de 1941 Collier’s Weekly la envió a China y él la acompañó pero estuvo todo el tiempo enfurruñado, ya que no le gustó el país.

La inminente entrada de EEUU en la guerra mundial les hizo retornar pero posteriormente, cuando Martha se desplazó a Italia en 1943 para cubrir el avance aliado, él le reprochó esa nueva marcha preguntándole por carta si era corresponsal de guerra o su esposa.

Martha Gellhorn y Ernest Hemingway en China

No obstante, lo peor estaba por llegar. Al saberse que los Aliados preparaban la Operación Overlord, un gran desembarco en la costa francesa que abriría un nuevo frente, ella decidió ir a Inglaterra con la idea de informar desde primera línea, encontrándose con que su marido, que ya estaba en Londres, no sólo no la ayudaba sino que hacía cuanto podía por impedírselo, negándose a gestionarle una acreditación de prensa y el correspondiente billete para cruzar el Atlántico en avión.

Cabe decir que en la capital británica él había conocido a otra periodista, Mary Welsh, de la revista Time, con la que mantenía un romance. En ese sentido la traición fue recíproca, pues Martha también tuvo una relación amorosa con un militar, James M. Gavin, comandante general de la 82ª División Aerotransportada.

De hecho, la periodista también había mantenido escarceos en su juventud, cuando estaba en París, con el economista francés Bertrand de Jouvenel, que estuvo a punto de dejar a su esposa por ella.

Martha no se echó atrás; estaba decidida a ir allá donde estuviera la guerra, como dijo con sus propias palabras, y realizó la travesía en un carguero que transportaba explosivos. Al desembarcar en Londres acudió a ver a Hemingway al hospital, donde había sido ingresado por un accidente automovilístico, cantándole las cuarenta.

Se fueron cada uno por su lado y no volvieron a verse hasta los momentos finales de la guerra; seis meses después de firmarse la paz, el escritor se casó con Mary.

Mary Welsh y Ernest Hemingway, ya casados, en Kenia (1953-54)

Pero antes tuvo lugar el curioso episodio del Día D. Martha, tan intrépida como tenaz, tuvo que tirar de imaginación y osadía al carecer de carnet de prensa. Lo que hizo fue esconderse en los servicios de un barco-hospital y, cuando las primeras oleadas aseguraron las playas de Normandía, bajó a tierra con los equipos sanitarios disfrazada con un uniforme de camillero.

Fue la única mujer entre los cientos de miles de hombres que pisaron suelo francés aquel 6 de junio de 1944. Su todavía marido también estuvo allí pero no le dejaron salir de la lancha de desembarco por miedo a que le pasara algo a una gloria literaria de EEUU.

La audacia de Martha en el Dia D no fue un episodio aislado. Siguió a las tropas en su avance por Europa y fue de las primeras en informar al mundo del horror del campo de concentración de Dachau, que conoció in situ.

Después volvió a Londres para divorciarse; había durado cuatro años junto a Hemingway y le relevaría con una larga lista de nombres: el empresario Laurence Rockefeller, el periodista William Walton, el médico David Gurewitsch y el editor de Time T. S. Matthews (con quien se casaría en 1954… para divorciarse en 1963).

Ahora bien, si algo le trajeron aquellos divorcios fue libertad plena para continuar ejerciendo su profesión. Estuvo en la guerra del Vietnam y en los sucesivos conflictos árabe-israelíes, por citar sólo dos de los muchos que hubo a lo largo de tantas décadas. Misiones que la separaron de Sandy, el huérfano italiano que había adoptado en 1949, pero que no le impidieron seguir publicando, tanto ensayo como ficción.

Siendo septuagenaria todavía se desplazó a Centroamérica para informar de las guerras civiles que azotaron la región en 1979 (Guatemala, El Salvador, Nicaragua…). En 1989 hizo otro tanto con la invasión estadounidense de Panamá.

El US Postal Service dedicó una tirada de sellos a Martha Gellhorn

Claro que los años no pasaban en balde y empezaron a pasarle factura inmisericordemente; unas cataratas mal operadas la dejaron medio ciega y prácticamente imposibilitada para trabajar.

Llegó el momento de la retirada definitiva, que no supo sobrellevar y en 1998, enferma de cáncer, puso fin a su vida ingiriendo una cápsula de cianuro.

Era el fin de la trepidante vida de una mujer empeñada en ser conocida por sí misma, exigiendo que no se mencionara a Hemingway cuando la entrevistaban porque se negaba a «ser una nota a pie de página en su vida».

La historia de Dorothy Lawrence, la periodista inglesa que se vistió de soldado en la Primera Guerra Mundial

Soldados del Regimiento de Leicestershire en 1915

Muchos lectores sabrán quién fue Catalina de Erauso, la Monja Alférez, una española del siglo XVII que se hizo pasar por hombre para enrolarse en el ejército y que combatió en la Guerra del Arauco. Pues bien, Inglaterra también tuvo una mujer que, simulando ser un varón y disfrazada de soldado, logró participar en la precampaña del Somme durante la Primera Guerra Mundial.

Era periodista y su aventura merecía un final mejor que el que tuvo. Se llamaba Dorothy Lawrence.

El New Southgate Cementery es un camposanto situado en Brunswick Park, en el distrito londinense de Barnet (al norte de la ciudad). Creado en 1850 para compensar el cierre de los cementerios urbanos de Londres, originalmente estaba destinado, sobre todo a acoger entierros humildes y por eso apenas hay tumbas de personajes famosos, como sí tienen los de Highgate y Kensal Green.

De hecho, probablemente sean los restos mortales de Dorothy los más populares y, sin embargo, no se pueden visitar en sentido estricto porque no se sabe en qué parcela fue enterrada; sólo que ocupa una fosa común.

Fue el epílogo de una historia que, como decíamos antes, no tuvo un final feliz, en cierta forma acorde a su comienzo. Y es que Dorothy era hija ilegítima y no conoció a sus padres, por lo que la adoptó un clérigo de la Iglesia Anglicana. Habría nacido en 1896 en la localidad de Hendon, que es un municipio del mismo distrito de Barnet en el que descansa en paz, por lo que parecía predestinada.

Al menos eso dice una versión, la tradicional, pues otra más reciente no cambia la fecha de su llegada a este mundo pero sí el lugar, Warwickshire (un condado de West Midlands), y hasta aporta los nombres de sus progenitores: Thomas Hartshorn Lawrence y Mary Jane Beddall.

En realidad, su parentesco no tiene relevancia para esta historia. Lo importante es que desde joven tuvo vocación por el periodismo y, si bien no pudo estudiar en la universidad, sí le las arregló para que el mismísimo The Times publicase algunos artículos suyos, lo que demuestra que no le faltaba valía.

Es más, consiguió alcanzar cierto aprecio por su calidad, algo que la llenó de esperanza cuando estalló la Primera Guerra Mundial y quiso ser corresponsal de guerra, enviando esa propuesta a varios periódicos de Fleet Street (la calle de Londres donde tuvo su sede la mayor parte de la prensa británica hasta finales del siglo XX).

Pero una cosa era publicar los escritos más o menos brillantes de una señorita inglesa y otra arriesgarse a mandarla a informar de una guerra in situ, sin saber si sería capaz de aguantar aquellas condiciones y con el riesgo de que su trabajo resultara defectuoso y la información suministrada no estuviera a la altura de lo que esperaban los lectores.

Por tanto, al no recibir respuesta, Dorothy tomó una segunda iniciativa más atrevida y se fue a Francia en 1915 para colaborar en el VAD (The Voluntary AID Detachment).

El VAD era una unidad civil de voluntarios que trabajaban como enfermeros y sanitarios para el ejército. Fundado en 1909 con la colaboración de la Cruz Roja y la Orden de San Juan, al empezar la contienda contaba con más de setenta y cuatro mil miembros encuadrados en dos millares y medio de destacamentos.

La mayoría de sus integrantes eran mujeres de clase media y alta, poco acostumbradas a la dureza de las condiciones bélicas, razón por la cual las autoridades no las querían en el frente y les daban destinos en retaguardia.

Consecuentemente, Dorothy tampoco podía acudir a primera línea y optó por hacerlo por su cuenta, como corresponsal freelance. Tampoco ese intento le salió bien; la policía francesa la interceptó cuando ya estaba en Senlis, apenas a tres kilómetros de las trincheras, y le ordenó regresar a París.

Fue entonces cuando tomó la gran decisión de su vida para demostrar, en sus propias palabras, «lo que una chica inglesa común, sin credenciales o dinero puede lograr»: cambiar su identidad, disfrazarse de tommy (apodo del soldado británico de ese conflicto) e infiltrarse en la BEF (British Expeditionary Force) para compartir la misma experiencia que las tropas.

Un café parisino le sirvió para ganarse la confianza de dos soldados británicos y, junto con otros ocho que también se animaron a colaborar, convertirlos en sus «cómplices caquis», como los denominaría luego en un libro: cada uno le proporcionó una pieza del uniforme, evitando levantar sospechas.

Ella, por su parte, llevó a cabo la labor de ocultar su aspecto femenino por otro masculino: se cortó el pelo -que hasta entonces le llegaba por la cintura-, aplicó crema de zapatos y un desinfectante (permanganato de potasio) a su cutis para oscurecerlo y hasta se raspó la piel para simular los daños del afeitado.

Cartel de reclutamiento del VAD durante la Primera Guerra Mundial

El cuerpo también necesitó de retoques, con un corsé casero a base de vendajes («como una momia», en sus propias palabras) que aplanaba su pecho y unas hombreras de arpillera que le daban un aspecto más robusto.

Sólo faltaba aprender a moverse de forma más varonil y en eso volvieron a ser útiles los cómplices caquis, que la enseñaron a marchar al estilo militar.

El último detalle de la impostura era conseguir una identidad legal, falsificando los papeles; y, así, Dorothy Lawrence pasó a ser el soldado Denis Smith, del Primer Batallón del Regimiento de Leicestershire.

Esa unidad tenía tres siglos de solera, pues se fundó en 1688, por lo que su historial de intervenciones bélicas resultaba copioso habiendo participado, entre otras, en la Guerra de Sucesión Española, y la Guerra de Independencia de EEUU.

Ahora tocaba una contienda de escala mundial.

Los diversos batallones del regimiento fueron repartidos por cuatro destinos: Francia, Flandes, Mesopotamia y Palestina.

El Primero, en el que quedaría encuadrado el falso soldado Smith, había desembarcado en septiembre de 1914 en Saint-Nazaire, como parte de la 16ª Brigada de Infantería de la VI División, para servir en el Frente Occidental, y avanzó hacia territorio flamenco. Entró en acción en el verano de 1915, en la batalla de Hooge, en el sector más oriental del famoso Saliente de Ypres.

Dorothy se dirigió en bicicleta hacia Albert, en el Somme, junto a Tom Dunn, un zapador al que conoció por el camino. Este improvisado compañero, minero de Lancashire, le facilitó una cabaña abandonada que había en el bosque de Chantilly, cerca de Senlis (en la región de Picardía, para que pudiera pernoctar en lugar de hacerlo en los alojamientos de la tropa, donde podía ser descubierta con facilidad.

Así, la intrépida periodista dejaba cada noche las trincheras para dormir en el suelo de aquella precaria casa («mi cuartel privado», la definió), aprovechando esas horas de soledad para desprenderse de su disfraz. Los cómplices caquis se encargaban de reunir algo de comida para ella.

También fue Dunn el que consiguió acercarla al frente, al darle un puesto como zapadora en la 179 Royal Engineers Tunneling Company, una compañía perteneciente a la 51ª División, dedicada a excavar túneles en tierra de nadie lo más cerca posible de líneas enemigas y obstaculizar así sus posibles cargas.

Las condiciones eran durísimas, con los operarios trabajando bajo tierra en angostas galerías semiinundadas e iluminadas sólo con velas, en turnos rotativos de seis a doce horas. En suma, no era algo que pudiera hacer cualquiera y por eso el cuerpo tendió a alistar soldados que en su vida civil tenían el oficio de mineros.

Dorothy no lo era, de ahí que, aunque formase parte de la compañía, ejerciera otro tipo de labores menos exigentes, como se demostró documentalmente más tarde. Tenía la ventaja de que los tuneladores gozaban de más libertad de movimientos que el resto de los soldados, lo que le facilitaba ir de un sitio a otro sin levantar sospechas.

Aún así, estaba dentro de las trincheras, lo que también implicaba un contexto penoso y extenuante que le pasó factura a su salud.

Zapadores a la entrada de un túnel en el Somme

Apenas habían pasado diez días desde su incorporación a la 179ª, lo que da una idea de lo que supondría el Somme exactamente un año más tarde. El caso es que se hacía inevitable que, tarde o temprano, Dorothy tuviera que recibir tratamiento médico, lo que implicaría el ser descubierta y dejar a sus amigos en una incómoda posición.

Consciente de ello, decidió desvelar la verdad voluntariamente. Como es lógico, la sospecha inmediata fue que era una espía, así que la arrestaron y trasladaron a Calais, donde tenía su sede el Tercer Ejército.

Allí la interrogaron una veintena de oficiales y hasta seis generales sin que nadie fuera capaz de entender qué hacía allí; no era espionaje, acordaron, pero entonces ¿qué? Sólo al final pareció imponerse la verdad y resultó casi tan inconveniente como si en realidad hubiera sido una agente.

Y es que no hablaba nada bien del mundo castrense que una mujer se hubiera infiltrado en sus filas, algo que, se temía, podría incentivar a otras a hacer lo mismo. Por otra parte, lo que más precocupación generaba a los mandos era darle una estancia adecuada a una dama.

Por esa razón, un juez militar mandó retener a Dorothy en Francia, en el Convento de Bon Pasteur, asegurándose así de que si había obtenido información confidencial no podría revelarla, medida reforzada con la exigencia jurada de no poder contar su experiencia.

Así permanecieron las cosas hasta septiembre de 1915, tras la batalla de Loos, en que fue repatriada a Inglaterra.

La Oficina de Guerra invocó la Defence of the Realm Act (Ley de Defensa del Reino) promulgada en 1914 y que daba amplios poderes al gobierno para censurar cualquier información que «pudiera causar descontento o alarma entre las fuerzas de Su Majestad o entre la población civil», de manera que la periodista tuvo que aplazar su libro hasta 1919, una vez terminada la Primera Guerra Mundial.

Lo tituló Sapper Dorothy Lawrence. The only English woman soldier («Zapadora Dorothy Lawrence. La única mujer soldado inglesa») y obtuvo buenas críticas, no sólo en Inglaterra sino también en Australia y América.

Lamentablemente, a la Defence of the Realm Act la sucedió en 1920 la Emergency Powers Act (Lay de Poderes de Emergencia), que constituía una nueva herramienta para que la Oficina de Guerra pudiera continuar censurando: fruto de ello, la obra de Dorothy quedó recortada en buena parte y terminó siendo un fracaso comercial.

Eso significó perder definitivamente su esperanza de ganarse la vida como escritora, pero también como periodista. Requirió atención psicológica y fue internada en varios centros, hasta el punto de que su nombre se usaba como sinónimo de cualquier institución mental.

Falleció el 4 de octubre de 1964, a a la edad de sesenta y ocho años. Como decíamos al comienzo, fue enterrada en una tumba sin nombre, sin dejar familia ni apenas fotos.

Pero quizá la habrían consolado dos cosas: saber que también allí fueron inhumados numerosos excombatientes de las dos guerras mundiales y que el Imperial War Museum reivindicó su nombre en la exposición que organizó por el centenario de la Primera.

Góspel para tiempos violentos, Mahalia Jackson la voz que luchó por los derechos civiles

Mahalia Jackson, Berlín 1967

Durante la Marcha de Washington de 1963 Mahalia Jackson -la «Reina del Góspel» , -como también era conocida- acompañaba a Martin Luther King en la lucha por los derechos civiles. Ese día la contralto pasaría a la Historia por entonar una canción previa al discurso de King: «I have a dream» («Yo tengo un sueño»). Todos los que militaban por la igualdad se convertirían en un solo corazón latiendo bajo la canción « I´ve been `Buked and I Been Scorned» («He sido humillado y despreciado»).

Este momento es relatado por Tim Harford en su libro «El poder del desorden» : «La expectación crecía entre la muchedumbre. Los tres canales de televisión empezaron a retransmitir en vivo el acontecimiento».

La capital de Estados Unidos acogería a miles de personas -tanto blancos como negros- los cuales se manifestarían pacíficamente contra la discriminación, que azotaba a la comunidad afroamericana. Los presentes exigían a la administración de Kennedy la aprobación de la ley sobre los derechos civiles.

«Un día en las colinas rojizas de Georgia, los hijos de antiguos esclavos y los hijos de antiguos dueños podrán sentarse juntos en la mesa de la fraternidad (…), y mis cuatro hijos podrán un día vivir en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel», expresó Martin Luther King -quien llevaba varios meses hablando de ese sueño en las diferentes congregaciones que visitaba- delante del monumento de Abraham Lincoln , aprovechando para homenajear el centenario de la abolición de la esclavitud.

Mahalia Jackson en el Carnegie Hall

Sin embargo, ese acontecimiento no hubiera tenido el mismo impacto sin la introducción musical de Mahalia Jackson.

La fuerza y la emoción contenida en la voz de la contralto le abriría el camino al famoso discurso de King.

Este orador recitaría la más grande letanía de esperanza del movimiento; la cual venía gestándose desde la matriz cultural afroamericana: La música religiosa que alumbraría al góspel.

«¡Habláles de tu sueño, Martin!», exclamó Jackson a su amigo para que enfrentara al racismo a través de su oratoria.

Gracias a la aportación artística de Mahalia Jackson esta lucha reuniría todavía más fuerza. Este género musical , cuyas emociones contenidas en los evangelios cantados, permitió su universalización; convirtiéndolo en el gran emblema contra la segregación racial en Estados Unidos.

De esta manera, por otra vez más en la Historia, el arte lograría la liberación individual y colectiva; en donde la música fue erosionando poco a poco las cadenas del odio.

El góspel, la resistencia del alma

La pasión de la música afroamericana comenzaba a gestarse desde la llegada de los primeros esclavos en las tierras del Oeste . Los siervos iban entonando sus voces a lo largo de las jornadas y a través de las plantaciones.

Los esclavos estaban sometidos a condiciones de vida infrahumanas y al duro trabajo en los campos; se les había privado de cualquier dignidad humana . Sin embargo, en aquel infierno sólo había dos cosas que los blancos no pudieron arrebatarles: La esperanza y por supuesto, las voces; que testigos de la injusticia darían lugar a su fuerte carácter musical. Desde los tiempos de la forzosa cristianización , la gente de color comenzó a cantar pasajes bíblicos ; que servirían de anestesia y posteriormente los libertaría frente a la ley.

«La población negra de las colonias inglesas encontró formas de mantener algunas de sus prácticas tradicionales africanas a pesar del vínculo de la esclavitud. De éstas, la más espectacular tal vez se llevaba a cabo en las reuniones de esclavos y en las fiestas celebradas a lo largo del período colonial en las ciudades del Norte con suficiente concentración de población negra», explicó Eileen Southern , autora de «Historia de la música negra norteamericana».

La música negra, un estado de fe

«Walk, believer, walk. Oh Daniel!» («Camina, guerrero, camina. ¡Oh Daniel!).

El cántico negroamericano de alabanza a Daniel es una de las primeras expresiones que aún se conservan de esta música en continua evolución.

La expresividad de este híbrido permitió reconciliar el ritmo innato , -muy característico de este colectivo- con la herencia obligada del protestantismo europeo durante las colonización.

«La identificación del esclavo negro del Sur con el Daniel aprisionado en la guarida del león es un ejemplo más del repertorio de canciones afroamericanas en la que los negros se sienten identificados con los hijos de Israel el pueblo elegido pero sometido a una persistente época de aflicción.

Al igual que la fe salvó a Daniel de ser despedazado por las bestias, la fe estaría destinada a proteger a los afroamericanos durante el período de sufrimiento y privación que les aguardaba», escribió Frank Tirro en su obra «Historia del jazz clásico».

Durante la Revolución americana (1765-1775) -la cual derivaría en la emancipación de las Trece Colonias de la Corona británica- la población negra suponía el 20 por 100 de la población; y que sostenía toda la esclava producción en las plantaciones.

Por esta razón, se les permitía participar en ciertas actividades musicales, casi siempre en las iglesias; entonando salmos junto con los blancos.

Sin embargo, Eileen sostuvo en su libro que desde 1693, los esclavos ya habían comenzado a crear sus propias congregaciones baptistas.

– Mahalia Jackson

Mahalia Jackson era originaria de Nueva Orleans, al sur de Estados Unidos; en donde existía uno de los índices de discriminación más feroces. Sin embargo de manera paralela al racismo, se daba un fenómenos positivo: El góspel.

«La poderosa voz de contralto de Mahalia Jackson puso la banda sonora a la lucha de los afroamericanos por la igualdad. Pese a negarse a cantar música profana, llegó a ser una estrella internacional, y supo utilizar su fama y su gran presencia para causar un poderoso impacto en las marchas por los derechos civiles», escribió Kate Hodges en su obra « Vidas extraordinarias» (Editorial Lunwerg, 2018).

Mahalia Jackson enseñando a cantar a un niño

El góspel fecundó la esperanza en los hombres de color y permitió que aquellos que se hacían llamar blancos, empatizasen con sus cicatrices; sintiendo cada uno de los siglos de injusticia a los que habían sido sometidos.

Ralph Ellison escribió en su libro «Shadow and act» que la contralto fue una «maestra del arte del canto»; sin embargo, su música permanece más profunda en términos antropológicos que artísticos: «Es un arte que adquirió durante esos años cuando cantaba en la oscuridad de la comunidad negra».

El papel de Jackson como artista ha trascendido en un plano político, junto a la figura de Martin Luther King.

La contralto no destacó únicamente por ese don, pues sus apariciones iban más allá del terreno musical. Gracias a su voz, la «Reina del Góspel» legaría los cánticos de los esclavos a toda la humanidad; una herencia melódica llena de esperanza que fortalecería al movimiento de igualdad.

La música ha acompañado a lo largo de la historia movimientos y generaciones de cambios. Y durante el siglo XX este arte se ha desempeñado como un estandarte revolucionario en la política social.

«La poderosa voz de contralto de Mahalia Jackson puso la banda sonora a la lucha de los afroamericanos por la igualdad. Pese a negarse a cantar música profana, llegó a ser una estrella internacional, y supo utilizar su fama y su gran presencia para causar un poderoso impacto en las marchas por los derechos civiles», escribió Kate Hodges.

– La edad de oro del Góspel

«Decidida a no interpretar nunca música profana, una promesa que mantuvo siempre y que le hizo perder un contrato con la discográfica Decca, su relación profesional con el compositor Thomas A. Dorsey marcó el inicio de la edad de oro del góspel», apunta Hodges.

Antes de ella, el góspel había recorrido un largo camino de burlas y martirio en las iglesias baptistas por parte de algunos blancos. Sin embargo, la contralto sacaría a estos cantos religiosos de entre las sombras. Para 1961 este género vería la luz; alcanzando la respetabilidad cuando Mahalia Jackson fue invitada a una celebración que se organizaba en honor al presidente John F. Kennedy .

«La mejor cantante de góspel del mundo» -como así también la conocían-, saltaría al estrellato tanto en Estados Unidos como en Europa gracias a su sencillo «Move on up a little higher» , del cual se vendieron ocho millones de copias», explica Hodges.

Verónica Franco, la prostituta que inspiró a los poetas renacentistas

Verónica Franco fue la meretriz más famosa de la época dorada de las cortesanas venecianas , durante el Renacimiento italiano. Sin embargo, se le recuerda no por sus artes amatorias sino por su noble aportación al Humanismo con la poesía.

Su agridulce historia comenzó en 1564 cuando reclamó su dote , para conseguir la emancipación de su marido -un médico con el que su madre la había casado cuando apenas tenía 16 años- que la maltrató durante todo el matrimonio.

La sociedad veneciana estaba escandalizada con la decisión de la joven de clase media; que embarazada de su primogénito, buscaría por todos los medios lograr su independencia , la cual por el régimen patriarcal dominante, solo podía hacerlo mediante la prostitución.

«Condenadas a comer con boca ajena, dormir con ojos ajenos, moverse según los deseos ajenos, corriendo en manifiesto naufragio siempre de las facultades y de la vida», escribió en una carta a una amiga suya, ya hacia sus últimos días.

Sin embargo, a pesar de ejercer el oficio en aquel entonces lícito, no sería presa de la desgracia, sino que su valía como mujer y ser humano le permitió entablar relación con los grandes intelectuales y artistas de su tiempo, aportando una sólida semilla al Humanismo con su legado a la literatura italiana .

De esta manera, la profesional de las artes amatorias consolidaría la época dorada para las «cortigiane oneste» . Y gracias a su prestigio y buenas relaciones pudo salir ilesa de las acusaciones del Santo Oficio después de ser inculpada de cientos de barbaridades propias de la ignorancia y el recelo.

El despertar del pensamiento

Tras el oscurantismo vivido durante la Edad Media , el hombre volvería a ver la luz durante el Renacimiento ; focalizando los asuntos de interés en las humanidades, razón por la que surgirían los «studia humanitatis» .

«El Nacimiento de Venus», Botticelli

«El Humanismo es aquel desvelo por el legado de la Antigüedad.

Por encima de todo, supone el redescubrimiento y el estudio de las obras de los clásicos grecolatinos, la restitución e interpretación de sus textos y la asimilación de las ideas y valores que contienen», relató Jill Kraye en su libro «Introducción al humanismo renacentista».

El hombre desterraba al teocentrismo a un último plano, para dedicarse al enriquecimiento personal y social a través del rescate de las herramientas culturales grecolatina s y de la formación en Lengua, Literatura, Historia y Filosofía .

Este movimiento venía acompañado del libre albedrío, un redescubrimiento de la libertad . Este bien invaluable era totalmente incompatible con la «ira de Dios» que profesaba la Santa Inquisición, la cual ganaría tristemente la batalla durante la Contrarreforma , poniendo fin al Renacimiento con el inicio del Barroco.

Las mentes más avanzadas de su tiempo se forjaron mediante el estudio y comprensión de los textos clásicos . Hay que reconocer que fueron muy pocos los hombres que favorecieron la participación femenina en el Humanismo , pero aquellos que lo hicieron verdaderamente habían comprendido la verdadera razón de vivir del ser humano.

Algunos alentaban al enriquecimiento cultural de las mujeres, denunciando a los poderosos patriarcas que tenían a sus hijas sumidas entre la ignorancia y el punto de cruz.

El humanista Erasmo de Rotterdam 

Pero es cierto que las capacidades de la mujer seguían siendo objeto de debate y polémica . Y por ello, aquellos señores que sí creían en los poderes y en la emancipación que otorgaba el conocimiento, regalarían en secreto a sus hijas la enseñanza de los «studia humanitatis» , como la protección más efectiva contra la maldad de las gentes y la opresión masculina .

Durante este tiempo humanistas como Erasmo de Rotterdam criticarían la actitud de los progenitores respecto a la pobre educación que recibían sus hijas. «Sería mejor que les enseñaran a estudiar, porque el estudio ocupa todo el espíritu. No es solo un arma contra el ocio, es también un medio para imprimir en la mente de las niñas los más altos preceptos de la virtud» expresó el sabio en su manifiesto «Christiani matrimonii Institutio».

«Las mujeres verdaderamente cultas llegaron casi siempre a serlo porque sus padres -ellos mismos hombres amantes del estudio- se ocuparon de educarlas y de desarrollar sus talentos intelectuales y artísticos, desafiando así las reglas de la sociedad patriarcal», escribió Ángeles Caso en su obra «Las olvidadas: Una historia de mujeres creadoras»

La cortesana poeta

Durante el siglo XVI Venecia fue un epicentro de la prostitución . Sin embargo, a diferencia de nuestra época, este oficio estaba totalmente naturalizado y regularizado por las autoridades . Y en aquel tiempo tener un burdel era un sinónimo casi de honor, pues no cedían este permiso a cualquiera; solo unos pocos privilegiados, y con buenas relaciones con el ayuntamiento, eran agasajados con dicha licencia.

De la misma manera, las cortesanas como Verónica Franco gozaron de muchos privilegios ; de un sinfín a los que muchas damas no podían siquiera atreverse a imaginar, solo por esa telaraña patriarcal a la que estaban sometidas. Pero también, por otro lado existieron ilustres creadoras , que tratando de contribuir en las humanidades -y sin ejercer dicho oficio-, fueron acusadas de libertinaje y prostitución solo por su presencia en los salones literarios o artísticos.

Sin embargo la valentía de esta mujer traspasaría los límites establecidos incluso por los propios humanistas; quienes tendrían en estima la nobleza de su aportación a la literatura con sus poemas , así como al fomento intelectual de los venecianos. Fue tan valorada que los testimonios de sus amantes la rescatarían de un trágico final, durante la acusación de la Santa Inquisición por supuesta brujería .

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