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Cajal, un héroe científico en un país sin memoria …


Santiago Ramón y Cajal.

The Objective(G.Urrero)/Wikipedia — Cómo pensar como un premio Nobel de Medicina? Esa es la pregunta que puede plantearse el público que visite la exposición El legado histórico de Santiago Ramón y Cajal, abierta en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, de Madrid.

La muestra coincide con el anuncio de la incorporación en depósito del Legado Cajal, proveniente del Instituto Cajal del CSIC, a dicho museo.

Este legado es un auténtico tesoro nacional: nada menos que 28.222 piezas, entre las cuales destacan un archivo fotográfico de más de 2.700 imágenes, 1.800 dibujos científicos, más de 1.900 manuscritos y objetos tan valiosos como el diploma y la medalla del premio Nobel.

Con la idea de invitarles a hacer un viaje en el tiempo, la exposición conduce al visitante a una recreación del laboratorio y despacho de Cajal. Además de muebles históricos, como su silla y su mesa y los armarios donde ordenaba sus preparaciones científicas y los frascos con productos químicos, quedan a la vista del público su biblioteca y otros recuerdos personales.

Estos y otros elementos convierten la visita en una respuesta a la pregunta que encabeza estas líneas: ¿qué tuvo de original el pensamiento de este personaje irrepetible? ¿Cómo es posible que alguien alcanzase una categoría tan elevada en facetas tan diversas como la ciencia, la pintura, la fotografía y la escritura?

Además de un genio tocado por los dioses, Cajal fue, en lo personal, una figura tan atrayente que casi parece inventada por un novelista. Confirmando el cliché del sabio excéntrico, no solo se dedicó a observar a través del microscopio lo que él llamaba «las misteriosas mariposas del alma».

También empleó la hipnosis con su mujer, a fuerza de hacer gimnasia quiso ser un juvenil «Hércules de feria», e incluso escribió un relato de ciencia-ficción, «La vida en el año 6000».

Retrato de Santiago Ramón y Cajal, por Joaquín Sorolla en 1906.

– Un rebelde en el laboratorio

Desde la niñez se hizo notar. Quién iba a decir que aquel chaval soñador y ocurrente sería algún día uno de nuestros científicos más ilustres. «Al decir de mis parientes ‒escribe en Recuerdos de mi vida‒, era yo entonces un diablillo inquieto, voluntarioso e insoportable».

¿Quieren un ejemplo? En cierta ocasión, tuvo la mala idea de molestar a un caballo. Harto de las ocurrencias del crío, el pobre animal le sacudió una solemne coz en la frente. «La herida fue gravísima ‒nos dice‒. Pude, sin embargo, sanar, haciendo pasar a mis padres días de dolorosa inquietud. Fue esta mi primera travesura; luego veremos que no debía ser la última».

Aquellos enredos de Santiago Ramón y Cajal (Petilla de Aragón, 1852 – Madrid, 1934) fueron corregidos con tenacidad por su padre, cirujano titular, empeñado en que sus hijos salieran de la pobreza.

Con una educación muy disciplinada, el muchacho encaminó sus pasos hacia la medicina, sin desatender en ningún momento sus verdaderas pasiones: el dibujo y la gimnasia, complementadas luego por la fotografía.

Cajal alcanzó el título de licenciado en 1873 y luego estudió unas oposiciones para ser médico militar. Durante la guerra de Cuba se ocupó de las principales dolencias que padecían sus compañeros de armas: disentería, úlceras, viruela y paludismo (una enfermedad, esta última, que él mismo sufrió).

También comprobó diversos casos de corrupción que descomponían el ánimo de los combatientes españoles. Esa defensa de la moral y de la integridad públicas, un rasgo característico de Cajal a lo largo de toda su vida, surgía del amor que siempre profesó a su país.

«¡Oh nuestros inveterados abusos administrativos ‒escribe‒ y cuán caros los ha pagado la pobre España, siempre esquilmada, siempre sangrante y siempre perdonando y olvidando!».

En 1877, mientras iba completando los exámenes para obtener el doctorado, descubrió cuánto le fascinaba la histología gracias a otro científico excepcional, Aureliano Maestre de San Juan. Tras un par de intentos fallidos, ganó en 1883 una plaza como catedrático de Anatomía de la Facultad de Medicina de Valencia.

De forma muy decidida, aun a pesar de sus dificultades económicas, avanzó en la investigación histológica del sistema nervioso en distintas universidades españolas. En este proceso, recibió la ayuda del neurólogo y psicólogo Luis Simarro Lacabra. El doctor Simarro (retratado en dos ocasiones por Sorolla) fue quien mostró el método de Camillo Golgi a Cajal.

Esto último fue decisivo para nuestro investigador, que logró con ello las tinciones adecuadas para su trabajo neurohistológico.

El investigador con sus hijos: Fe, Santiago, Jorge y Paula, en Barcelona (1889).

– Un descubrimiento prodigioso

Por fin, en el Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana, celebrado en 1889, presentó sus preparaciones. Aunque al principio fue recibido con escepticismo, este acabó sustituido por el asombro ante sus revolucionarias conclusiones sobre la estructura del sistema nervioso. Una sorpresa que, por cierto, culminó en la concesión del Premio Nobel en 1906.

«Cuál fue el descubrimiento de Cajal? ‒escribe José Manuel Sánchez Ron en El país de los sueños perdidos‒ Por supuesto, el de la neurona (…). La extraordinaria actividad científica de Cajal propició la creación de instalaciones para la investigación histológica, lo que condujo a que surgiese, en los albores del siglo XX, una auténtica y floreciente Escuela Neurohistológica española».

Sus decisivas aportaciones a la histología del sistema nervioso convierten a Cajal en padre de la neurociencia. En un segundo plano, también sobresale su labor en el campo de la fotografía, y desde luego, su incansable labor humanística, como inspirador de toda una generación de españoles.

A modo de testamento, su libro El mundo visto a los 80 años resume los puntos de vista que defendió en la última etapa de su vida. Como verán, siguen siendo válidos en el siglo XXI. «Cuando se tiene la desdicha de vivir demasiado ‒escribe‒, se confirma la teoría de los ciclos históricos.

Mi existencia se ha encuadrado entre dos revoluciones similares, aunque algo dispares: entre las ignominias del cantonalismo de 1873 y la revolución con miras autonomistas de 1931. ¡Quiera Dios que en el intervalo de estos sesenta y un años haya surgido en nuestro cerebro, antaño prepotente y señero, el lóbulo del sentido político y de la prudente tolerancia!».

– Biografía

Nació en Petilla de Aragón, —un enclave navarro situado en la provincia de Zaragoza—, hijo de Antonia Cajal y Justo Ramón Casasús (médico rural), ambos procedentes de la localidad aragonesa de Larrés.

Vivió su infancia entre continuos cambios de residencia por distintas poblaciones aragonesas, acompañando a su padre, que era médico cirujano; así, con apenas dos años la familia dejó Petilla de Aragón para mudarse a Larrés, el pueblo del padre, y de allí a Luna (1855), a Valpalmas (1856) y a Ayerbe (1860).

Su educación e instrucción comenzó en Valpalmas, cuando tenía cuatro años. Realizó los estudios primarios con los escolapios de Jaca y los de bachillerato en el instituto de Huesca ( hoy en día, IES Ramón y Cajal)​ en una época marcada por la agitación social, el destierro de Isabel II y la Primera República, proclamada justo cuando finalizaba sus estudios de bachillerato en Huesca.

con alrededor de un año de edad. Colgado al cuello lleva un «mordedor», precedente del chupete.

Según sus propios relatos biográficos, Ramón y Cajal mostró, desde pequeño, vocación por las artes plásticas, en especial por el dibujo; también comenta en ellos de su vida como estudiante, su naturaleza traviesa y su negativa a memorizar de carrerilla, dos circunstancias que le granjearon la enemistad de los frailes que le impartían clase, en una tradición de métodos violentos y autoritarios (la letra con sangre entra).

En ese periodo inició su afición a la montaña, y su proverbial defensa de la vida sana en contacto con la naturaleza.

Cursó la carrera de Medicina en Zaragoza, a donde toda su familia se trasladó en 1870. Ramón y Cajal se centró en sus estudios universitarios con éxito y, tras licenciarse en Medicina en junio de 1873, a los veintiún años, fue llamado a filas en la llamada Quinta de Castelar, el servicio militar ordenado por el célebre político, presidente en aquel momento de la efímera Primera República.

Los primeros meses en la milicia transcurrieron en Zaragoza, y al poco se convocaron oposiciones para el Cuerpo de Sanidad Militar, en las que, entre cien candidatos para treinta y dos plazas, obtiene el n.º 6.

Es destinado como ‘médico segundo’ (teniente) al regimiento de Burgos, acuartelado en Lérida, con la misión de defender los Llanos de Urgel de los ataques de los carlistas.

Durante esa época, Cuba, aún provincia española, libraba una guerra por su independencia, conocida como guerra de los Diez Años. En 1874 Ramón y Cajal marcha destinado a Cuba con el grado de capitán, ya que el paso a Ultramar conllevaba el ascenso al empleo militar inmediato.

Ramón y Cajal se sintió atraído por los maravillosos parques y jardines de La Habana, así como por la flora tropical en general, pues se había fascinado por ella en sus lecturas. Tarda poco tiempo en comprobar, sin embargo, que la admirada y soñada manigua resultaba insoportable para los europeos.

Santiago Ramón Cajal, capitán médico en Cuba, retratado por Izquierdo Vives en 1874.

La ausencia de la exuberante fauna y flora que se había imaginado, más los omnipresentes mosquitos, propagadores del temido paludismo, consiguieron deshacer por completo el ideal romántico y aventurero de la isla que Ramón y Cajal se había formado.

Su padre le había conseguido, para que tuviera un destino más favorable, algunas cartas de recomendación, que él rehusó utilizar; quizá ello influyera en que fuese enviado al peor destino médico posible: la enfermería de Vistahermosa, en la provincia de Camagüey, en medio de la manigua pantanosa.

Una instalación insuficiente para acoger el gran número de soldados enfermos de paludismo y disentería.

Muy pronto el joven médico cayó enfermo y, tras una primera convalecencia en Puerto Príncipe, fue trasladado a la enfermería de San Isidro, aún más insalubre que la de Vistahermosa.​

Las experiencias con el sistema administrativo y militar vividas por Ramón y Cajal en esta estancia ultramarina fueron para él tan amargas como las enfermedades allí contraídas.

Tuvo que enfrentarse al caos administrativo, a la incapacidad e inmoralidad de ciertos gobernantes y algunos mandos del ejército, desde el comandante del puesto hasta los cocineros y parte de la oficialidad del destacamento, que tenían la costumbre de sustraer para sí la comida y los recursos que faltaban a los enfermos y heridos.

Experiencias amargas que lo llevaron a solicitar la licencia para abandonar Cuba, atendida el 30 de mayo de 1875 tras ser diagnosticado de «caquexia palúdica grave» y declarado «inutilizado en campaña». Llegó a España en junio de 1875 por el puerto de Santander, Cantabria, convertido en una ruina humana, que en nada recordaba al vigoroso y atlético joven que arribara un año antes a Cuba».​

Para conseguir recuperar la mitad de sus pagas atrasadas tuvo que sobornar al funcionario de turno pues, de lo contrario, amenazaban con dilatarse indefinidamente.

Sin embargo, «vale aquí señalar que parte de los ahorros de su estancia en Cuba fueron las bases financieras que le permitieron a Ramón y Cajal adquirir el microscopio, un microtomo, reactivos químicos y colorantes con que a su regreso habilitó un modesto laboratorio en el que iniciaría las investigaciones histológicas».

Autorretrato de Santiago Ramón y Cajal, estudiante de doctorado en Zaragoza (hacia 1876).

Sin embargo, «vale aquí señalar que parte de los ahorros de su estancia en Cuba fueron las bases financieras que le permitieron a Ramón y Cajal adquirir el microscopio, un microtomo, reactivos químicos y colorantes con que a su regreso habilitó un modesto laboratorio en el que iniciaría las investigaciones histológicas».

El regreso a España y los cuidados que le prodigaron su madre y sus hermanas devolvieron progresivamente a Santiago Ramón y Cajal la salud y le permitieron retomar su carrera académica, camino ya de la docencia (1876) y el doctorado (1876-1877).

En 1887, se trasladó a Barcelona para ocupar la cátedra de Histología creada en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona.​ Fue en 1888, definido por él mismo como su «año cumbre», cuando descubrió los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas de la materia gris del sistema nervioso cerebroespinal.

En mayo de 1888 publicó en la Revista Trimestral de Histología Normal y Patológica que los tejidos cerebrales no eran compuestos de conexiones continuas como se creía hasta la fecha dadas las investigaciones de Camillo Golgi, que si bien permitían ver los nervios y los tejidos cerebrales su precisión no permitía evidenciar las neuronas.​

Su teoría fue aceptada en 1889 en el Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana, celebrado en Berlín.

En 1891, Wilhelm Waldeyer fue el primero en enunciar el principio neuronal, revisó la anatomía de la célula nerviosa y acuñó la palabra neurona. El primer artículo en el que aparece un principio que luego fue elevado al nivel de doctrina y que coloca a las neuronas como la unidad elemental del sistema nervioso fue publicado por Waldeyer el 10 de diciembre de 1891.​

El esquema estructural del sistema nervioso como un aglomerado de unidades independientes y definidas de Santiago Ramón y Cajal pasó a conocerse con el nombre de «doctrina de la neurona», y en ella destaca la ley de la polarización dinámica, modelo capaz de explicar la transmisión unidireccional del impulso nervioso.

En 1892 ocupó la cátedra de Histología e Histoquímica Normal y Anatomía Patológica de la Universidad Central de Madrid. Logró que el gobierno creara en 1901 un moderno Laboratorio de Investigaciones Biológicas,​ en el que trabajó hasta 1922, año de su jubilación y momento en el que pasó a prolongar su labor en el Instituto Cajal, llamado ya así en su honor, donde mantendría su labor científica hasta su muerte.

Entre 1899 y 1904 publicó, en forma de fascículos, su obra magna Histología del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados.​

Gracias a los detallados exámenes histológicos de Ramón y Cajal se descubrió la hendidura sináptica, un espacio de entre 20 y 40 nanómetros que separa las neuronas; este espacio sugería la comunicación mediante mensajeros químicos que atravesaban la hendidura y permitían la comunicación entre las neuronas, estudios continuados por el fisiólogo inglés Henry Hallett Dale quien descubrió el primer neurotransmisor, la acetilcolina,​ sentando así las bases de la comprensión del funcionamiento tanto a nivel del sistema nervioso central como del sistema nervioso periférico de la mayoría de drogas existentes y de las que se desarrollarían posteriormente.

Homenaje a Santiago Ramón y Cajal en un sello​ de la Segunda República Española, 1934

Propuso la existencia de las espinas dendríticas, una pequeña protuberancia en la membrana del árbol dendrítico de ciertas neuronas donde, típicamente, se produce la sinapsis con un botón axonal de otra neurona, y en ocasiones contactan varios axones. La prueba de esto mismo solo llegó una vez desarrollada la microscopía electrónica durante la segunda década del siglo xx.​

Santiago Ramón y Cajal descubrió también el cono de crecimiento neural, una expansión cónica del extremo distal de axones y dendritas en desarrollo, descrita por primera vez por él, que constituye la extensión de un axón en desarrollo para conseguir una conexión sináptica adecuada a lo largo del sistema nervioso.

Después de crear excelentes descripciones de las estructuras neuronales y su conectividad, y proporcionar descripciones detalladas de los tipos de células, descubrió un nuevo tipo de célula, la célula intersticial de Cajal (ICC). Estas células se encuentran intercaladas entre las neuronas incrustadas dentro de los músculos lisos que recubren el intestino, sirviendo como generador y marcapasos de las lentas ondas de contracción que mueven el material a lo largo del tracto gastrointestinal, mediando la neurotransmisión de las neuronas motoras a la células blandas del músculo liso.

Premios y distinciones en vida

Tras su regreso del congreso de Berlín le fueron llegando otros tantos triunfos e invitaciones, desde el Premio Internacional Moscú (concedido durante el XIII Congreso Internacional de Medicina de París 1900),​ hasta la Medalla Helmholtz (1905),​ pasando por los nombramientos de doctor honoris causa de las universidades de Clark, Boston, la Sorbona​ y Cambridge en 1899, el mismo año en el que publicó el tercer fascículo de su Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados, que se completaría en 1900 y 1901 y cuya traducción francesa contribuyó mucho a su conocimiento internacional.

​ A partir de la concesión del Premio de Moscú, y respondiendo en parte a un clamor generalizado entre la ciudadanía y la prensa, el gobierno español, como ya se dijo, crearía para él el Laboratorio de Investigaciones Biológicas,​ que dio origen a la Escuela Española de Neurohistología, uno de los centros científicos más importantes del país.

Entre sus medallas y premios figuran además, cronológicamente, el Premio Fauvelle (18 de abril de 1896), concedido por la Société de Biologie de París; Premio Rubio (1897), concedido por la Real Academia de Madrid por su Manual de Histología, la gran-cruz de la Orden Civil de Alfonso XII​ (20 de junio de 1900) y la gran-cruz de la Real Orden de Isabel la Católica​ (28 de febrero de 1901), el Premio Martínez y Molina (25 de enero de 1902, de 4000 ptas., concedido junto a su hermano Pedro por el trabajo Centros sensoriales en el hombre y animales), la Orden Nacional de la Legión de Honor francesa con el grado de Comendador (1914), la Cruz de la orden imperial alemana «Pour le mérite» (1915),​ la Medalla Echegaray, concedida por la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (7 de mayo de 1922), en 1922 se le otorga el doctor honoris causa por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México y la Medalla Plus Ultra (abril de 1926).​

Fue nombrado senador vitalicio en 1908.

Diploma al Premio Nobel otorgado a Santiago Ramón y Cajal. Expuesto en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid.

Sus trabajos y aportaciones a la neurociencia —difundidos en Europa por su amigo el anatomista suizo Rudolph Albert von Kölliker— fueron reconocidos en 1906 con la concesión del Premio Nobel en Fisiología o Medicina, galardón que compartió con el investigador italiano Camillo Golgi, cuyo método de tinción aplicó Ramón y Cajal durante años,​ pero con cuyas tesis, curiosamente, no estaba ni estuvo nunca de acuerdo.​

Sobre lo que significó aquel primer Premio Nobel español en Ciencias, pueden compararse dos opiniones, la de Ortega y Gasset que opinó que el caso de Ramón y Cajal era una vergüenza para España, en lugar de un orgullo, porque constituía una excepción. Años después, Severo Ochoa, otro galardonado con el Nobel, concluyó que la investigación en biología y medicina en España era pobre, pero sin Ramón y Cajal habría sido nula.

Tras el Nobel, Ramón y Cajal publicó algunas obras biográficas, además de sus Estudios sobre la degeneración y regeneración del sistema nervioso (Madrid, 1913-1914). Su último artículo científico, una suma de sus ideas, fue ¿Neuronismo o reticularismo?: Las pruebas objetivas de la unidad anatómica de las células nerviosas.

​ Había sido encargado por una revista alemana, pero los cuatro años de retraso en recibir las pruebas de Alemania hicieron temer a Ramón y Cajal que moriría antes de corregirlo y verlo impreso, como así fue. Sin esperar la respuesta de los germanos, el científico procedió a aligerar su texto y publicarlo en España.

​ Esta suma científica apareció también en francés​ y, ya póstumo, en Alemania (1935). Más tarde, en 1954, y con motivo del primer centenario del nacimiento de su fundador, hubo una edición preparada por el Instituto Cajal.

Últimos años

Monumento a Santiago Ramón y Cajal en el Retiro de Madrid, obra del escultor Victorio Macho (1926). De él dijo con ironía él propio científico: «… yo nunca me he desnudado ante ningún hombre».

Don Santiago se jubiló el 11 de octubre de 1922. La Universidad de Zaragoza, en la que cursó la carrera de Medicina, había encargado una escultura del premio Nobel español al escultor valenciano Mariano Benlliure, con la idea de instalarla en la Facultad de Medicina coincidiendo con el inicio del curso académico 1922-1923. Sin embargo, el cincelado de la escultura no estuvo listo para ese día, y el homenaje se celebró ante una copia provisional de escayola.

Benlliure dio por concluida su obra en 1923, pero la solemne inauguración no tuvo lugar hasta el 26 de febrero de 1925. Ese día llegó en tren a Zaragoza el rey Alfonso XIII, que descubrió personalmente la estatua. Se ubica ésta en la escalinata del Paraninfo, donde la figura sedente del sabio, esculpida en mármol blanco, a tamaño natural, revestido con la toga de catedrático y con la noble cabeza descubierta, apoya su mano izquierda sobre un libro.

Al año siguiente, 1926, sería también inaugurado por Alfonso XIII un segundo monumento a Santiago Ramón y Cajal, obra del cincel de Victorio Macho, esta vez al aire libre y en Madrid, en el paseo de Venezuela del parque del Retiro.​

En agosto de 1930, el fallecimiento de su mujer por tuberculosis supuso para Ramón y Cajal un importante golpe. A pesar de ello, en sus últimos años continuó trabajando, preparando publicaciones y reediciones, y se consagró a sus alumnos.

Tumba de Santiago Ramón y Cajal

Varios de ellos (en especial su discípulo predilecto desde 1905, Jorge Francisco Tello, que le había sucedido en su cátedra y en la dirección del Instituto), por expreso deseo del propio Ramón y Cajal lo acompañaron en su muerte, el 17 de octubre de 1934, tras el agravamiento de una dolencia intestinal que debilitó su corazón.

Muy poco después se publicaría su autobiografía El mundo visto a los ochenta años, que había terminado y corregido poco antes. Sus restos reposan, junto a los de su esposa, en el cementerio de la Almudena de Madrid.

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