Historias de mujeres…
Olympe de Gouges, la revolucionaria francesa ejecutada en la guillotina por defender los derechos de todos
BBC News Mundo(P.Rosas) — A las 6 de la mañana del 6 de octubre de 1789 María Antonieta, la reina consorte de Francia y Navarra, salió despavorida de sus aposentos en el palacio, corriendo por los pasillos aún en su ropa de cama, hasta llegar a la habitación del rey.
Golpeó desesperadamente la puerta, suplicando que lo dejaran entrar, pero tardaron en escucharla debido al estruendo de una proverbial turba enardecida que estaba asaltando Versalles.
Todo había empezado el día anterior cuando mujeres en los mercados de París, desesperadas por la falta de comida y furiosas por rumores de que se estaba acaparando el pan, se rebelaron y decidieron tomar el asunto en sus propias manos de una manera impactante y violenta.
Junto con otros miles de parisinos, marcharon horas bajo la lluvia, arrastrando cañones, cargando mosquetes, horquillas, cuchillos.
Al final, el rey y su familia fueron llevados físicamente a París.
- Fue un momento en que todo cambió.
Ahora era el rey quien estaba sujeto a los designios del pueblo, y de repente un futuro democrático parecía posible.
Hasta entonces, Louis el XVl se había negado a firmar la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, temiendo que llevara al fin de la monarquía.
Pero ya no tenía opción.
«Sin el catalizador de la toma de Versalles propiciado por las mujeres de París, ¿quién dice que la habría firmado?», cuestiona la historiadora Amanda Foreman en el documental de la BBC «El ascenso de la mujer».
«Había estado buscando una salida cuando las mujeres pusieron su mundo patas arriba».
– La declaración
El radical documento ofrecía una nueva visión audaz para Francia, que garantizaba plenos derechos sociales y políticos… para algunos.
Las mujeres pronto descubrieron que ser ciudadanas no las hacía iguales a los ojos de la ley.
En esa época de la Ilustración, cuando la lógica y la razón supuestamente prevalecían, al filósofo Jean-Jacques Rousseau, cuyos escritos ayudaron a inspirar la revolución, no le pareció ilógico afirmar que «el hombre debe ser fuerte y activo, la mujer, débil y pasiva».
Aquello de «Liberté, égalité, fraternité» era libertad e igualdad sólo para la fraternidad, no la sororidad.
Pero hubo alguien que tuvo el coraje y la convicción de denunciar por escrito que la Declaración de los Derechos del Hombre estaba incompleta sin los derechos de la mujer: Olympe de Gauges.
En 1791, expuso el sesgo que sustentaba ese documento publicando su propia Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana.
– La otra declaración
«Considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobernantes…», empieza diciendo en el preámbulo del documento que, como su par, se compone de 17 artículos.
«La revolución francesa había prometido darle la espalda al despotismo y la religión haciendo hincapié en la razón y la naturaleza», explica su biógrafo Olivier Blanc.
«Esas dos nociones son esenciales en el siglo XVIII, y Olympe se basa en ellas».
- Artículo IV
«La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que le pertenece al otro; así el ejercicio de los derechos naturales de la mujer no tienen más límites que la tiranía perpetua que el hombre le impone. Esos límites deben de ser reformados por las leyes de la naturaleza y de la razón».
Además hablaba de que la libertad y la justicia son el motor impulsor de los derechos de las mujeres.
Y exigía tanto derechos políticos como civiles.
- Artículo VI
«(…) todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, siendo iguales ante sus ojos (de la ley), deben de ser igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades, y sin otras distinciones que aquellas de sus virtudes y sus talentos».
Pero además de derechos, las mujeres debían tener deberes, los mismos que los de los hombres, como lo expresó en el artículo que más famoso se haría, por la frase que vaticinaría su futuro:
- Artículo X
«Nadie debe ser molestado por sus opiniones, incluso fundamentales. Si la mujer tiene el derecho de subir al patíbulo, ella debe tener igualmente, el derecho de subir a la tribuna; mientras que sus manifestaciones no alteren el orden establecido por la ley».
– No sólo eso

Parte de otro artículo, el XI, deja entrever una de las causas que defendió, por experiencia propia.
«Toda ciudadana puede en consecuencia decir libremente, soy madre de un hijo que le pertenece, sin que un prejuicio bárbaro la forcé a disimular la verdad».
En su certificado de nacimiento decía que había nacido en Montauban en 1748, que su nombre era Marie Gouze y que su padre era un carnicero.
Pero ella dijo que siempre supo que realmente era hija ilegítima del marqués Jean-Jacques Lefranc de Pompignan, un reconocido magistrado y escritor que había sido amigo de su madre.
A los 17 años la casaron contra su voluntad con un comerciante, quien murió tres años más tarde dejándole un hijo, al que adoraba, y la privilegiada posición de viuda a la que nunca renunció, pues no sólo repudiaba el matrimonio sino que le permitía una libertad que no estaba al alcance de las mujeres solteras o casadas.
Pero en vez de identificarse como «la viuda de…», como dictaban las normas sociales, adoptó el nombre de Olympe de Gouges.
Cuando se enamoró del rico empresario Jacques Biétix de Rosières se fue con él a París y, aunque no contaba con una educación formal, se fue haciendo un nombre en el mundo literario y político particularmente por los temas que abordaba.
Luchó por los bastardos, alegando que los hijos ilegítimos debían tener las mismas protecciones que los legítimos.
Abogó por la instauración del divorcio y propuso para los cónyuges un contrato anual renovable.
Criticó la falta de universalidad de la Constitución de la nueva Francia, que sólo le concedió el sufragio a hombres blancos propietarios de tierra, dejando a gran parte de la población sin voz ni voto.
Y fue una abolicionista comprometida cuando no muchos lo eran.
Escribió una obra teatral que giraba en torno a la igualdad racial y dejaba hablar a los esclavos.
«Nos usan en estos climas como usan animales en los suyos. Vinieron aquí, se apoderaron de nuestra tierra, nuestra riqueza y nos esclavizaron en recompensa por las fortunas que nos robaron.
«Los campos que cosechan están sembrados de cadáveres de nativos y se riegan con nuestro sudor y nuestras lágrimas», dice Zamor, uno de los personajes principales.
«La esclavitud de los negros» fue aceptada por la Comédie Française -un gran logro en la época- y puesta en escena en 1792.
Cuando el lobby colonial, muy rico y patrocinador del teatro, vio en el escenario a hombres como los que mantenían en grilletes representados como seres sintientes, se aseguró de que las funciones se suspendieran tres días después del estreno.
– Oídos sordos
Su declaración de los derechos de la mujer tampoco tuvo el efecto deseado en su momento, a pesar de que «siempre enviaba sus escritos políticos al presidente y a varios diputados de la Asamblea Nacional, y también a los directores de los periódicos y a todos los clubes políticos», como cuenta Blanc.
«Quería al menos que se debatieran los derechos de las mujeres en la Asamblea, pero nunca se incluyó en la agenda».
De hecho, en 1793, todo debate se cerraría, con el comienzo del período de El Terror, que buscó reprimir actividades contrarrevolucionarias y durante el cual hubo centenares de ejecuciones.
Entre las medidas que se tomaron, se les prohibió a las mujeres reunirse con grupos de cinco o más, no fuera que repitieran algo como la Marcha de Versalles.
La revolución pasó de ser un medio de liberación para ellas a un instrumento de su opresión.
– Sin defensa
Pronto, la marea política se volvió contra moderados como Olympe.
Cuando los jacobinos prohibieron las expresiones de disidencia, ella se negó a permanecer en silencio, arriesgando su vida.
No sólo llamó a rechazar la violencia, sino que distribuyó un cartel incendiario llamado «Las tres urnas» que instaba a los franceses a votar para decidir por sí mismos cuál forma de gobierno les favorecía más: una república unitaria, un sistema federal o una monarquía constitucional.
Fue un acto suicida, señalan los versados, pues seguramente sabía que la Convención Nacional no admitía desafíos a su poder soberano y que su facción dominante, los jacobinos, dejaba claro en cada decreto que la estructura ideológica de su Estado no era negociable: la República, era una e indivisible.
Las autoridades la arrestaron bajo cargos de sedición, y el tribunal revolucionario la condenó a muerte.
En su expediente consta que todo se basó en acusaciones: únicamente hubo testigos en su contra.
Tampoco tuvo abogado, pues el tribunal dictaminó que se podía defender sola.
El 3 de noviembre de 1793, a los 45 años de edad, la vida de Olympe terminó de la misma forma que la de María Antonieta dos semanas antes.
– La «virago»
Pocos días después, La Feuille du Salut Public, el diario oficial de los revolucionarios, reportó su condena diciendo:
«Olympe de Gouges, nacida con una imaginación exaltada, tomó su delirio por una inspiración de la naturaleza.
«Empezó diciendo tonterías y acabó adoptando el proyecto de los pérfidos que quieren dividir Francia: quería ser estadista y parece que la ley castigó a esta conspiradora por haber olvidado las virtudes propias de su sexo».
Ese mismo día, el presidente de la Comuna de París, Pierre-Gaspard Chaumette, uno de los arquitectos de El Terror, puso como ejemplo a Olympe como advertencia a las mujeres «desnaturalizadas» que quisieran «ir a los lugares públicos, a las galerías a escuchar discursos, al bar del senado».
«Acuérdense de esa virago, de esa mujer-hombre, de la Olympe de Gouges desvergonzada que abandonó todos los cuidados domésticos, para involucrarse en la República […] Este olvido de las virtudes de su sexo la llevó al patíbulo».
«Es una terrible ironía que una de los revolucionarias más elocuentes del siglo XVIII haya sido ejecutada en la plaza de la Concordia por ser una supuesta traidora a la revolución, y la pregunta es por qué», declara la historiadora Amanda Foreman.
«Yo creo que es porque, siendo mujer, irrumpió la esfera de la política y utilizó las herramientas supuestamente masculinas de la razón, el ingenio y la lógica para promover una agenda feminista».
– En reversa
La ejecución de Olympe marcó el comienzo de una reacción política contra las mujeres.
En 1795 se les prohibió la entrada a la Asamblea Nacional, se les ordenó que se quedaran en casa y se abstuvieran de tener opiniones propias.
Cuando Napoleón se convirtió en emperador instituyó el Código Napoleónico, que le dio a los padres y maridos el poder supremo sobre sus hijas y esposas.
En 1804 las mujeres eran tan impotentes, si no más, como las que habían antecedido a las que marcharona Versalles en 1789.
Para las francesas, el Código fue el legado más perdurable de la revolución, pues rigió sus vidas hasta mediados del siglo XX.
Sólo obtuvieron el voto en 1946 y pasaron otros veinte años antes de que pudieran trabajar sin permiso de sus maridos.
«Pero las batallas de la revolución francesa no fueron irrelevantes«, subraya Foreman.
«Mujeres como Olympe de Gauges encendieron las llamas del feminismo moderno y una vez que prendidas, no había marcha atrás».
El legado de Olympe empezó a redescubrirse en el siglo XX, tras casi dos siglos de olvido.
Su Declaración de los Derechos de la Mujer y Ciudadana encontró su lugar -y, finalmente, su tiempo- entre los textos fundamentales de la emancipación femenina.
Hoy, según le dijo a la BBC la historiadora y autora Catherine Marand-Fouquet, «es reconocida en todo el mundo como un brillante ejemplo de la defensa de los derechos humanos».
Cómo una mujer consiguió poner tras las rejas al poderoso mafioso Lucky Luciano
Es una noche helada de febrero de 1936 en Nueva York. La nieve yace espesa. Gran parte de la ciudad está vacía, pero un lugar en el centro de Manhattan está extrañamente concurrido.
En uno de los rascacielos más altos, el ascensor sube y baja hasta el desocupado piso 13. Cuando las puertas se abren, salen mujeres vestidas con trajes de noche.
El ascensor sigue subiendo y bajando hasta que, a media noche, ya no queda espacio.
Pero las mujeres siguen llegando, hasta llenar otro piso.
Son trabajadoras sexuales, y en ese piso 14 las está esperando un equipo de investigación de 20 abogados que han pasado más de seis meses tratando de armar un caso contra el crimen organizado en la ciudad.
En el centro de esta bulliciosa oficina hay una abogada que no ha dormido en dos días.
Su nombre es Eunice Carter.
Es la única mujer del equipo; el único miembro negro y el arma secreta en la guerra contra la mafia.
– «Lucky»
En 1935 la mafia controlaba casi todas las actividades ilícitas en Estados Unidos y uno de los capos era el italoestadounidense Charles «Lucky» Luciano.
«Se había dado cuenta de que había muchas guerras territoriales entre los gángsters», le cuenta a la BBC la periodista de CNBC Marilyn Greenwald, coautora del la biografía «Eunice Hunton Carter: una lucha de por vida por la justicia social».
«Pensó que si realmente querían ir a lo grande y ganar aún más dinero, tenían que trabajar juntos en lugar de uno contra el otro»
«Propuso una nueva estructura en la que diferentes grupos de gángsters trabajaban bajo un mismo paraguas» y creó el Consejo de Administración mafioso que se denominó «La Comisión».
Como parte de la cúpula, disfrutaba de un estilo de vida extravagante y no parecía temerle a la ley en absoluto.
Pero el gobernador de Nueva York decidió tomar medidas contra el crimen organizado y nombró a un fiscal especial para dirigir una investigación: Thomas Dewey, un abogado de 30 años.
– Logros increíbles
Como no podía correr ningún riesgo de que algún topo se inflitrara en la investigación, Dewey negoció el derecho a ser independiente del gobernador y contratar a su propio equipo.
Fuera de su oficina, se formó una fila de solicitantes que serpenteaba a lo largo del pasillo. Algunos relatos dicen que más de 2.000 abogados se postularon, entre los que estaba alguien que cambiaría el curso de la investigación: Eunice Carter.
«No solo recibió una licenciatura y una maestría de Smith College en 1921, y fue, brevemente, trabajadora social, sino que en 1932 se convirtió en la primera mujer negra en recibir un título en derecho de la Universidad de Fordham y posteriormente fue la primera mujer afroamericana en aprobar el Colegio de Abogados del Estado de Nueva York.
«Es un logro increíble», subrayó la socióloga Tsedale M. Melaku, autora de «No pareces una abogada: mujeres negras y racismo de género sistémico».
Carter llegó a la oficina de Dewey como una mujer de 36 años que se había hecho un nombre haciendo una labor increíble para la Comisión Antidisturbios de Harlem, un panel birracial nombrado por el alcalde para investigar las causas de los disturbios raciales en ese barrio de Upper Manhattan en 1935.
Se convirtió en la secretaria del grupo y reunió una gran cantidad de pruebas que llevaron a que se concluyera que la situación en Harlem estaba vinculada al racismo sistémico.
Su trabajo fue ampliamente admirado, y fue elogiada por el alcalde Fiorello La Guardia.
Dewey también quedó impresionado y la contrató, junto a otros 19 abogados, todos hombres y blancos.
«Eso demuestra que Carter tenía un talento excepcional», anota Yun Li, coautora del libro sobre Carter junto a Marilyn Greenwald.
«Fue la primera afroamericana en trabajar en la Oficina del Fiscal de Distrito del Condado de Nueva York. ¡Eso es romper muchas barreras!«.
– En sus marcas…
Dewey instaló a su equipo de abogados en el piso 14 del edificio Woolworth en Manhattan, y transmitió una súplica al público y a la prensa.
«Habló sobre cómo el crimen organizado en la ciudad de Nueva York había socavado la seguridad y la vida cotidiana de todos», señala Yun Li.
Al final de su discurso, le pidió a la prensa que le diera privacidad a su investigación e instó al público a cooperar: su equipo estaba listo para recibir pistas y garantizaba el secreto.
«Después del discurso de radio, la oficina recibió cientos de información del público sobre actividades sospechosas».
A Carterle dieron la tarea de tratar las denuncias que mencionaban la prostitución, pero en ese momento esos casos no se consideraban un asunto del crimen organizado.
– ¿Por qué?
Hay relatos históricos divergentes de por qué le encargaron esa labor.
Algunos dicen que fue porque era buena en eso, como lo demuestra su trabajo en la Comisión Antidisturbios. Pero otros piensan que eso reflejaba su lugar al final del orden jerárquico del equipo por ser mujer y negra.
Carter, no obstante, era claramente una persona difícil de menospreciar, como demostraban sus logros académicos.
Y venía de una familia notable.
Su abuelo había escapado de la esclavitud tres veces, y luego compró su libertad. Su padre fundó la División Negra de la Y.M.C.A. (Asociación de Jóvenes Cristianos), y su madre era trabajadora social, activista, escritora, organizadora política y educadora.
«Eunice escribió con frecuencia sobre el valor de los modelos a seguir a lo largo de su vida», dice Marilyn Greenwald, quien escribió la biografía con Yun Li y es profesora emérita de periodismo en la Universidad de Ohio en EE.UU..
«Dijo que cada pionero era ‘un hito en el camino del progreso que conduce a la meta de la oportunidad sin restricciones‘».
– Sin bajar la cabeza
Meticulosa y metódica, Carter se valió de su entrenamiento y experiencia para encontrar conexiones donde otros sólo veían montones de papeleo.
Respondió a cada carta y llamada, e invitó a miembros del público a la oficina y los entrevistó para tratar de obtener la mayor cantidad de evidencia posible.
«Mientras trabajaba día y noche, revisando toneladas de casos, notó una conexión vital, un patrón en los diferentes casos de prostitución en Nueva York«, dice la socióloga Tsedale M. Melaku.
«Las mujeres detenidas eran representadas por los mismos abogados y tenían los mismos fiadores».
Comprobó que las historias se repetían. Los cargos contra prostitutas nunca prosperaban; los burdeles parecían intocables. Los fiadores eran siempre los mismos, así como los abogados que las representaban, que además eran de alto perfil y muy caros.
Todo parecía indicar que una entidad poderosa estaba moviendo los hilos.
Aunque la mayoría de sus colegas creían que la «profesión más antigua del mundo» era demasiado extendida para ser controlada de esa manera, Carter convenció al fiscal Murray Gurfein de que la evidencia apuntaba a una posible supervisión de la mafia.
Y todos los caminos conducían a una persona.
– La operación
La brillante teoría de Carter que vinculaba a la mafia con la prostitución inicialmente no convenció al fiscal Dewey.
Se mostró reacio a seguir esa línea de investigación, pues temía que ser visto como un «cruzado moral» incidiera negativamente en sus sueños políticos
Pero Carter «continuó presentándole pruebas más detalladas, hasta que Dewey ordenó escuchas telefónicas a algunos de los mayores agentes de la red de prostitución».
«También contrataron detectives para seguir a abogados de la mafia y proxenetas, y recopilar más información».
Cuando tuvieron suficiente evidencia, Carter y Gurfein decidieron allanar todos los burdeles que habían identificado.
Como sabían que los mafiosos dependían de que policías sobornados les avisaran cada vez que había una redada planificada, cambiaron de estrategia.
Esa noche helada de febrero de 1936, cientos de agentes de la policía de Nueva York fueron dispersos por toda la ciudad en grupos de dos y tres. Esperaron en diferentes esquinas, preguntándosepor qué estaban allí.
«A cada pequeño escuadrón se le dio un sobre sellado con la instrucción de que, una vez que llegaran al lugar, abrieran el sobre. Así se dieron cuenta de que estaban en una casa de prostitución».
«Arrestaron a más de 100 trabajadoras sexuales y unos 10 hombres».
– Pago por protección
Muchas de las mujeres y hombres presentes esa noche se convirtieron en testigos clave contra Lucky Luciano.
Pero eso se logró gracias a la intervención de Carter, quien les habló a las mujeres con respeto y calidez, a diferencia de otros investigadores del equipo de Dewey, cuya actitud era dura y amenazante.
Así recabó pruebas de que estaban controladas por algo llamado «la combinación».
La combinación era una especie de sindicato que les garantizaba que no irían a la cárcel si eran arrestadas, a cambio de que pagaran un alto porcentaje de sus ganancias.
Y todo estaba controlado por Lucky Luciano quien, en efecto, se estaba beneficiando de la prostitución.
En la primavera de 1936, Lucky Luciano y nueve coacusados fueron declarados culpables de proxenetismo forzado y de dirigir una red de prostitución.
Fue sentenciado a entre 30 y 50 años, pero fue liberado 11 años después a cambio de ayudar al ejército a proteger los puertos de EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial.
– El olvido
Eunice Carter volvió a trabajar en la Comisión de Disturbios Raciales de Harlem y también continuó trabajando con Dewey y la Oficina del Fiscal de Distrito hasta 1945, cuando ingresó a la práctica privada.
Antes de su muerte en 1970, trabajó con las Naciones Unidas, el Consejo Nacional de Mujeres Negras, el Consejo Internacional de Mujeres y la YWCA.
A pesar de todo eso, es difícil encontrar relatos de su historia.
Aunque su raza y género llamaron la atención cuando formó parte del grupo conocido como «Los veinte contra el inframundo», el mafioso Lucky Luciano y el fiscal y luego político Dewey están mucho más presentes, hasta en la cultura popular.
Sin embargo, fue ella quien halló la manera de derribar a un gángster que estaba aterrorizando a personas de todos los colores y sexos.
«Quizás la lección es que cuando aprovechamos las ideas de todos los miembros de la sociedad sin obstáculos por barreras arbitrarias y prejuicios, la sociedad en su conjunto gana», concluye el presentador Matthew Syed en el episodio «La mujer que derribó a la mafia» de la serie de la BBC «Sideways».
Las 3 mujeres que cambiaron nuestra forma de ver el universo
Tuvieron que enfrentarse a los prejuicios de la sociedad, de sus profesores y compañeros.
Recibieron peores sueldos, a menudo sus trabajos fueron ignorados por ser mujeres o, directamente, sus compañeros o superiores se apropiaron de sus descubrimientos. Hasta tuvieron que luchar por cosas tan básicas como tener un baño de mujeres en su lugar de trabajo.
Muy pocas de ellas recibieron en vida el reconocimiento que merecían.
Son muchas las mujeres pioneras de la astronomía que han contribuido con su trabajo a que hoy comprendamos algo mejor el universo.
Henrieta Swan Leavitt, Cecilia Payne-Gaposchkin y Vera Rubin lograron superar obstáculos en los que aún hoy muchas mujeres podrían reconocerse y permitieron cambiar la forma en la que entendemos el cosmos, inspirando a nuevas generaciones.
– Henrietta Swan Leavitt, la medida del universo
Cobraba 30 céntimos de dólar a la hora y estaba casi sorda desde los 17 años.
Pero su descubrimiento nos dio la llave para entender la medida del universo y sus hallazgos siguen utilizándose hoy para medir la expansión del cosmos.
Una de las pioneras de la astronomía, la estadounidense Henrietta Swan Leavitt (1886-1921) empezó a trabajar en el Observatorio del Harvard College en 1895.
Formó parte de un extraordinario grupo de mujeres conocidas como las «computadoras de Harvard», contratadas por el astrónomo Edward Charles Pickering para procesar y clasificar las enormes cantidades de imágenes del universo que requerían sus estudios.
Las mujeres cobraban mucho menos, por lo tanto, Pickering podía permitirse contratar a varias de ellas que, además, eran consideradas concienzudas y observadoras, ideales para el aburrido y repetitivo trabajo que requería el análisis de los datos.
Por ser mujeres, ninguna de ellas tenía derecho a operar los telescopios, lo que limitaba en gran medida su trabajo. Despectivamente, el resto de colegas se referían al grupo como «el harén de Pickering».
A Leavitt le tocó trabajar con la estrellas variables Cefeidas, cuyo brillo cambia con el tiempo. A pesar de las restricciones con las que contaba en su trabajo, ella se fijó en 1908 en un detalle al que los demás científicos no habían prestado demasiada atención: las estrellas palpitaban con un ritmo regular y, cuanto más largo era su periodo, más luminosidad intrínseca tenían.
El patrón se conoce ahora como la «ley de Leavitt», que dice que una estrella que tarda más en palpitar es intrínsecamente más brillante que una que lo hace rápidamente.
Esto podía haberse quedado en una simple curiosidad, pero Leavitt aplicó este conocimiento a las imágenes de la Pequeña Nube de Magallanes, una galaxia enana cercana a la Vía Láctea. En esta muestra más pequeña, su teoría se veía aún más clara.
Leavitt concluyó que simplemente midiendo la velocidad de pulsación, que puede ser de días o semanas, y viendo su brillo desde la Tierra, un astrónomo puede deducir lo lejos que se encuentra el objeto observado. Esto fue tan transformador que convirtió la imagen bidimensional del universo en una en 3D.
Su trabajo, quizás por ser adelantado a su época, o quizás simplemente por ser mujer, quedó arrinconado una década hasta después de su prematura muerte debido a un cáncer estomacal.
Fue entonces cuando Edwin Hubble utilizó el descubrimiento de Leavitt de 1920 para deducir que las manchas de luz en el cielo eran galaxias enteras mucho más lejanas a la nuestra.
El universo, nos enseñó, era mucho más grande de lo que se pensaba.
– Cecilia Payne-Gaposchkin, la materia de la que están hechas las estrellas
En la Universidad de Cambridge, Cecilia Payne (más tarde Payne-Gaposchkin, 1900-1979), siendo la única mujer en su clase de física, tenía que sentarse en la primera fila y soportar una humillación diaria.
Su profesor Ernest Rutherford, el padre de la física nuclear, la miraba fijamente y empezaba: «Señoras y señores».
«Todos los chicos recibían regularmente esta ocurrencia con aplausos estruendosos y pateando con los pies… en cada clase deseaba hundirme en la tierra. Hasta el día de hoy, instintivamente, ocupo mi lugar lo más atrás posible en una sala de conferencias», confesó en su autobiografía.
Los desplantes de sus compañeros no lograron desanimarla, pero Payne pensó que, como mujer, tendría más oportunidades para trabajar en astronomía en Estados Unidos que en su Reino Unido natal.
De hecho, a pesar de completar sus estudios en Cambridge, jamás obtuvo allí su título, ya que la universidad no permitió a las mujeres graduarse hasta 1948.
En 1923 obtuvo una beca de investigación para entrar en el Observatorio del Harvard College donde, como Henrietta Swan Leavitt, trabajó asociada a las «computadoras de Harvard».
Allí utilizó los últimos conocimientos en física cuántica para elaborar la idea de que las estrellas están hechas principalmente de hidrógeno y helio, una idea revolucionaria en la época.
Llegó a esta conclusión después de relacionar con precisión los diferentes tipos de espectros de las estrellas con sus temperaturas reales aplicando la teoría de la ionización desarrollada por el astrofísico indio Meghnad Saha.
Demostró que la gran variación que se observaba en las líneas de absorción estelar se debía a diferentes cantidades de ionización a distintas temperaturas, no a diferentes cantidades de elementos.
Hasta entonces, la ciencia no había logrado deducir de qué estaban hechas las estrellas, y se pensaba que tenían ingredientes similares a los del planeta Tierra. Payne aseguró que las estrellas eran mucho más sencillas de lo que nadie hubiera pensado, e incluyó sus hallazgos en su tesis doctoral.
Sin embargo, uno de los astrónomos más reconocidos de la época, Henry Norris Russell, le aconsejó que eliminara esa idea de su tesis doctoral en 1925 porque iba en contra de la corriente de pensamiento dominante.
Unos años después, sin embargo, Russell llegó a la misma conclusión por otros métodos y acabó, durante muchos años, llevándose el crédito del descubrimiento.
Pionera en muchas cosas, Payne-Gaposchkin fue la primera doctorada en física del Radcliff College, que en su momento era la rama femenina de Harvard. Años después se convirtió en la primera mujer que dirigió el departamento de Astronomía de la Universidad de Harvard.
– Vera Rubin, la pionera de la materia oscura
Siendo niña, Vera Rubin (1928-2016) construyó su primer telescopio con un tubo de cartón que le dieron en un comercio de linóleos y con unas pequeñas lentes que compró en una tienda de material científico.
Años después, fue la primera mujer a la que se permitió operar el Observatorio Palomar en California, desde donde hizo un descubrimiento del que aún hoy se están intentado descifrar sus misterios: la materia oscura.
Hoy, lleva su nombre el observatorio con la lente más potente jamás fabricada para un telescopio se construye en el norte de Chile.
Aunque su familia siempre fomentó su talento y pasión por la ciencia, cuando Rubin contó a su profesor de física del instituto, donde era prácticamente la única chica, que planeaba ir a la universidad, este le recomendó que evitara las carreras científicas.
Por suerte, ella no le hizo caso y se graduó en el Vassar College en 1948.
Finalizó su doctorado seis años más tarde, a la vez que cuidaba de sus hijos pequeños y teniendo que acudir muchas veces a clases nocturnas, mientras que sus padres cuidaban de los niños y su marido, también científico, la esperaba en el coche.
Durante casi toda su carrera Vera Rubin tuvo que enfrentarse a los prejuicios machistas de los que consideraban que la vida de una madre de cuatro hijos era incompatible con la ciencia, pero ella siempre se mostró combativa.
Un ejemplo es cuando pudo por fin tener acceso al Observatorio de Palomar, donde no había baño de señoras. Ella decidió no echarse atrás y le pegó una falda de papel a la puerta del baño de hombres para crear el suyo propio. A lo largo de su vida luchó por la inclusión de las mujeres en los comités y conferencias científicas.
Rubin estaba fascinada con las galaxias espirales y quiso estudiar cómo rotaban. Hasta entonces, se asumía que esta rotación se ralentizaba según la distancia al centro de la galaxia, igual que los planetas orbitan más lentamente cuanto más lejos del Sol están.
En uno de sus primeros estudios, ella cuestionó esta idea, y aunque su posición fue recibida con escepticismo, acabó teniendo razón.
Más tarde, en los años 70, Rubin descubrió algo sorprendente: las galaxias que observaba giraban tan rápido, que lo lógico sería que se separaran si solo fuera la gravedad de sus estrellas la que las mantenía unidas. Sin embargo, se mantenían unidas, por lo que tenía haber algo más grande pero completamente invisible que ejerciera esa fuerza: la materia oscura.
50 años más tarde, sabemos que en torno al 84% del universo está compuesto de materia oscura, aunque aún no comprendemos lo que es.
























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