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Historias de mujeres …


La fascinante historia de Alice Ball, la científica estadounidense que desarrolló el primer tratamiento efectivo contra la lepra

BBC News Mundo — A pesar de que murió a la temprana edad de 24 años, Alice Ball dejó una huella profunda en el mundo científico.

La química afroamericana desarrolló el primer y único tratamiento efectivo para las miles de personas que por el año 1915 padecían la enfermedad de Hansen, más conocida como lepra.

Pero eso no es todo: Ball también marcó un precedente importante para las mujeres interesadas en las complejas ramas de la ciencia, que por esos años eran predominantemente lideradas por hombres blancos.

Exitosa carrera universitaria

Alice Augusta Ball nació el 24 de julio de 1892 en Seattle, Washington, en el seno de una familia de clase media.

Su madre, Laura, era fotógrafa y su padre, James P. Ball, abogado. Tenía dos hermanos mayores, Robert y William, y una hermana menor, Addie.

Estudió en la escuela secundaria Seattle High School, donde se graduó con distinciones en ciencias en 1910. Posteriormente ingresó en la Universidad de Washington para estudiar Química.

Cuatro años más tarde, en 1914, obtuvo los títulos en Química farmacéutica y Ciencias de la Farmacia. La joven estudiante destacó entre sus pares al publicar como coautora un artículo de diez páginas en el prestigioso Journal of the American Chemical Society.

Gracias a su prominente carrera, tras graduarse recibió una beca para estudiar Universidad de Hawái, donde cursó un máster en química.

En 1915 fue la primera mujer y la primera afroamericana de Estados Unidos en obtener una maestría en química.

Entonces, la casa de estudios de Hawái le ofreció un puesto de enseñanza e investigación y, con solo 23 años, se convirtió en la primera mujer instructora de química de la institución.

«Método Ball»

En el laboratorio, Ball trabajó intensamente en el desarrollo de un tratamiento exitoso para quienes padecían lepra.

Aunque se cree que la enfermedad afecta a la humanidad desde hace al menos 4.000 años, a principios del siglo XX había poca información respecto a cómo curarla.

De esta manera, miles de personas alrededor del mundo sufrían los complejos efectos de la lepra, sin obtener un tratamiento adecuado.

Además, quienes la padecían, eran profundamente estigmatizados. A muchos se les obligaba a vivir aislados hasta su muerte.

La lepra es causada por el bacilo Mycobacterium leprae.

El único antídoto que se administraba a algunos pacientes era un aceite proveniente de las semillas del árbol chaulmoogra, utilizado por siglos en la medicina china e india.

Pero su éxito era moderado y muchos leprosos renunciaban a recibirlo pues, si se inyectaba, era extremadamente doloroso y, al tomarlo, tendía a revolver el estómago.

El doctor Harry T. Hollmann, quien trabajaba en el hospital de Kalihi en Hawái, especializado en pacientes con lepra, le pidió ayuda a Alice para encontrar una solución. Por esos años, la lepra abundaba en las islas hawaianas.

Ella, entonces, aisló los compuestos químicos del aceite (los ésteres de etilo de los ácidos grasos) y con ellos creó el primer remedio soluble en agua, fácil de inyectar, pues podía absorberse fácilmente en el torrente sanguíneo.

Así, la científica logró un método exitoso para aliviar los síntomas de la lepra —más tarde conocido como el «Método Ball»—, que se usó en miles de personas infectadas durante más de 30 años hasta que se introdujeron los antibióticos de sulfona.

¿Qué es la lepra?

Es una enfermedad que ha afectado a la humanidad durante miles de años y, sin embargo, aunque mucha gente se sorprenda de ello, sigue estando presente.

La lepra es causada por el bacilo Mycobacterium leprae, que se transmite por microgotas de la nariz y boca de personas contagiadas.

La infección afecta principalmente los nervios periféricos y la piel, y el paciente puede llegar a tener complicaciones graves como desfiguración, deformidades y discapacidad, ya sea por daño neurológico o ceguera.

La bacteria de la lepra destruye la capacidad del organismo para sentir dolor lo que puede provocar que una persona se lesione sin darse cuenta y sus heridas pueden infectarse.

El daño en los nervios genera la discapacidad física en la lepra.

También pueden ocurrir cambios en la piel que provocan úlceras que, si no se tratan, pueden conducir a complicaciones, heridas y desfiguraciones de la cara y extremidades.

El diagnóstico temprano y el tratamiento oportuno y adecuado son dos pilares fundamentales para el control de la enfermedad.

Pero por cientos de años la lepra ha sido una enfermedad mal entendida por la sociedad, según los expertos.

En partes del mundo se sigue temiendo a los enfermos de lepra y persisten las antiguas percepciones sobre el trastorno como una «maldición bíblica».

Muerte y legado

Desafortunadamente, Alice Ball no pudo ver el impacto de su trabajo pues en diciembre de 1916, cuando solo tenía 24 años, falleció. La joven ni siquiera había podido publicar sus hallazgos.

Aunque no está clara la causa de su muerte, se dice que podría haber sido la inhalación de gases tóxicos durante su trabajo en el laboratorio o tuberculosis.

El químico Arthur L. Dean continuó su trabajo y publicó los resultados. En 1918 se informó que 79 pacientes del Hospital de Kalihi habían sido dados de alta gracias a este tratamiento que continuó utilizándose hasta la década de 1940.

Alice Ball aisló los compuestos químicos del aceite proveniente de las semillas del árbol chaulmoogra.

Aunque la Universidad de Hawái no reconoció su trabajo durante casi 90 años, en el año 2000 le rindió homenaje poniendo una placa conmemorativa en el único árbol de chaulmoogra del campus.

Su nombre también está inscrito en la London School of Hygiene & Tropical Medicine junto a personas como Florence Nightingale y Marie Curie.

El científico Paul Wermager, quien ha realizado una extensa investigación sobre los trabajos de Ball, ha destacado que la joven no solo logró el primer tratamiento útil para la lepra, sino también superar las barreras raciales y de género de la época.

Muchos de sus seguidores hoy se preguntan cuántos otros hallazgos podría haber liderado si no hubiese fallecido tan joven.

Fusako Shigenobu quedó en libertad más de 20 años después de su arresto en Osaka.

Fusako Shigenobu, la fundadora del temido grupo Ejército Rojo de Japón, liberada tras 20 años en la cárcel

Fusako Shigenobu, cofundadora del Ejército Rojo de Japón, fue liberada tras cumplir 20 años de prisión por su participación en la toma de una embajada en 1974.

Shigenobu, de 76 años, evadió su captura durante décadas, antes de ser arrestada en Osaka en 2000.

El temido grupo que dirigía había tenido como objetivo provocar una revolución socialista global a través de actos extremistas.

La organización cometió una serie de secuestros y asaltos, así como un mortal ataque en un aeropuerto israelí.

Pero Shigenobu cumplió una condena por el ataque en1974 contra la Embajada de Francia en La Haya, en la que el embajador y varias otras personas fueron tomadas como rehenes por tres militantes del Ejército Rojo durante 100 horas.

La toma terminó después de que Francia liberara a un militante del Ejército Rojo y el grupo volara a Siria.

Shigenobu no participó en el ataque, pero un tribunal en Japón dictaminó en 2006 que ella había ayudado a coordinarlo y por eso la sentenció a 20 años de prisión.

El militante del Ejército Rojo de Japón liberado por Francia, abordó un avión con rumbo a Siria en 1974.

Cinco años antes, mientras esperaba su juicio, Shigenobu había disuelto el grupo indicando que buscaría otras luchas dentro de la ley.

La última actividad del grupo de la que se tiene conocimiento fue el ataque con coche bomba a un club militar estadounidense en Italia, en 1988.

Al abandonar la cárcel este sábado, Shigenobu pidió disculpas por causar «daño a personas inocentes» en la búsqueda de sus causas.

Shigenobu, fotografiada aquí a la derecha en 1985, vivió 30 años en el Medio Oriente.

«Fue hace medio siglo… pero le hicimos daño a personas inocentes que nos eran desconocidas, porque priorizamos nuestra batalla, como en la toma de rehenes», declaró, según la agencia noticiosa AFP.

Antes, ya había expresado arrepentimiento por las 26 muertes que resultaron de un ataque al aeropuerto Lod de Tel Aviv en 1972.

Zheng Yi Sao fue el terror del mar de la China Meridional.

Zheng Yi Sao, la joven china que se volvió la pirata más temida de la historia

Si te preguntaran sobre quién podría ser el pirata más famoso, exitoso y temible de todos los tiempos, ¿quién vendría a tu mente? ¿Los corsarios británicos Henry Morgan y Francis Drake, el aventurero Barbanegra o el turco Jeireddín Barbarroja?

Pues, piénsalo otra vez. No es ninguno de ellos.

Fue una mujer china, ex prostituta, llamada Zheng Yi Sao, que a principios del siglo XIX se convirtió en la «Reina de los Pirata, aterrorizó el mar de la China Meridional y hubiera arrasado con todos los mencionados homólogos.

Nació alrededor de 1775 bajo el nombre de Shih Yang en la región costera de Guangdong, durante una época de agitación social y desigualdad económica.

Muchas familias pobres de Guangdong aprovechaban su familiaridad con la región costera para dedicarse parcialmente al contrabando y sobrellevar los momentos difíciles. Era lo que se podría llamar piratería de medio tiempo.

Shih Yang era probablemente una tanka -un grupo étnico que tradicionalmente vive en embarcaciones frente a las costas de Guangdong. Para 1801, se ganaba la vida como trabajadora sexual en un burdel flotante, donde atendía a clientes ricos.

Con un verdadero instinto empresarial, aprovechó su relación con estos ricachones lenguaraces para sacarles sus secretos y empezar a traficar con esa información para ganar dinero e influencia.

Las prostitutas tanka ofrecían sus servicios «flotantes» en juncos.

Confederación de piratas

Más tarde, ese mismo año, Shih Yang se casó con un famoso pirata llamado Zheng Yi. Ahí fue como empezó a conocerse como Zheng Yi Sao, que quiere decir «esposa de Zheng», y los dos se convirtieron en una poderosa pareja.

Zheng Yi Sao y su esposo tomaron control de todas esas embarcaciones que contrabandeaban y crearon una confederación pirata unida, con una flota de 400 juncos y unos 70.000 hombres bajo su mando.

También tomaron un aprendiz, llamado Zhang Bao Zai, que adoptaron como su propio hijo.

Pero en 1807, Zheng murió cuando cayó por la borda durante una tormenta y Zheng Yi Sao asumió el total mando de la confederación de piratas de Guangdong.

Para fortalecer su base de poder, Zheng Yi Sao aseguró el apoyo de dos jefes de banda de Zheng Yi y asignó a su hijo adoptivo Zhang Bao Zai a líder del antiguo escuadrón de su esposo, la Flota de Bandera Roja.

Para asegurar aún más su lealtad, Zheng Yi Sao se casó con Zhang Bao Zai, que en ese momento estaba en su veintena.

La confederación pirata de Guangdong dominó las costas del mar de la China Meridional.

Su siguiente paso fue idearse una gama de maneras para mantener su inmensa pandilla de piratas en orden.

Así que impuso un código de leyes implacables bajo las cuales los miembros podían ser ejecutados por cobardía, desobediencia o por robar más de lo que les correspondía de un botín.

También se les podría cortar las orejas por estar ausentes sin autorización u otras infracciones menores.

Control marino

Después, Zehng Yi Sao enfocó su mira en el lucrativo comercio de sal de Guangdong.

Su piratas lanzaron ataques a las flotas de sal con tanto éxito que, en un momento dado, de un total de 270 barcos de sal del gobierno, solo cuatro no estaban bajo su control.

Y para desgracia de los comerciantes, no paró ahí. Creó un sistema de pasaportes, mediante el cual los comerciantes de sal tenían que pagar por un salvoconducto para que los piratas no los atacaran.

El sistema pronto se amplió para incluir todo tipo de comerciantes y embarcaciones de pesca, no solo las de la dinastía china Qing, sino los barcos británicos y portugueses. Hasta estableció una oficina de impuestos para recaudar las tarifas.

Ninguna embarcación estaba eximida de los ataques de piratas chinos.

Como los piratas dependían de las aldeas locales para sus suministros, Zheng Yi Sao trató de mantener una alianza con estas.

De manera que, si alguno de los piratas atacaba a una embarcación que hubiese pagado por un salvoconducto, se le obligaba a entregar una alta indemnización.

No obstante, sus métodos eran temibles para quien se atravesaba en su camino.

Los piratas usaban un gran arcabuz de unos dos y medio metros de largo que necesitaba tres personas para operarlo. También intimidaban las embarcaciones nadando hacia ellas con largas varas que en la punta tenían afilados machetes.

Tregua y jubilación

Para 1809, el dominio militar y económico de Zheng Yi Sao fue tal que el gobierno de China solicitó a las fuerzas navales de Gran Bretaña y Portugal que los ayudaran a controlar la piratería.

Sin embargo, después de varias batallas marinas, los piratas pudieron ser derrotados.

Pero llegado 1910, Zheng Yi Sao y su grupo de bandidos decidieron llegar a un acuerdo con las autoridades de la dinastía Qing, con lo que pudieron suspender sus actividades a cambio de una jugosa pensión proporcionada por el gobierno.

Zheng Yi Sao inspiró varios personajes ficticios como los de la película «Piratas del Caribe – En el fin del mundo».

No se sabe mucho de Zheng Yi Sao, después de eso, con la excepción que, tras la muerte de Zhang Bao Zai, en 1822, ella regresó a Guangdong para criar al hijo de los dos.

Tras vivir en una aparente jubilación de lujo, Zheng Yi Sao murió a los 69 años.

Pero su imagen, como la más poderosa pirata en la historia, fue tan cautivante que inspiró varios personajes ficticios como los de los de la serie de películas Piratas del Caribe.

Olympe de Gouges, la revolucionaria francesa ejecutada en la guillotina por defender los derechos de todos

«A Versalles», 1902.

A las 6 de la mañana del 6 de octubre de 1789 María Antonieta, la reina consorte de Francia y Navarra, salió despavorida de sus aposentos en el palacio, corriendo por los pasillos aún en su ropa de cama, hasta llegar a la habitación del rey.

Golpeó desesperadamente la puerta, suplicando que lo dejaran entrar, pero tardaron en escucharla debido al estruendo de una proverbial turba enardecida que estaba asaltando Versalles.

Todo había empezado el día anterior cuando mujeres en los mercados de París, desesperadas por la falta de comida y furiosas por rumores de que se estaba acaparando el pan, se rebelaron y decidieron tomar el asunto en sus propias manos de una manera impactante y violenta.

Junto con otros miles de parisinos, marcharon horas bajo la lluvia, arrastrando cañones, cargando mosquetes, horquillas, cuchillos.

Al final, el rey y su familia fueron llevados físicamente a París.

Fue un momento en que todo cambió.

Ahora era el rey quien estaba sujeto a los designios del pueblo, y de repente un futuro democrático parecía posible.

Hasta entonces, Louis el XVl se había negado a firmar la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, temiendo que llevara al fin de la monarquía.

Pero ya no tenía opción.

«Sin el catalizador de la toma de Versalles propiciado por las mujeres de París, ¿quién dice que la habría firmado?», cuestiona la historiadora Amanda Foreman en el documental de la BBC «El ascenso de la mujer».

«Había estado buscando una salida cuando las mujeres pusieron su mundo patas arriba».

La declaración

El radical documento ofrecía una nueva visión audaz para Francia, que garantizaba plenos derechos sociales y políticos… para algunos.

Las mujeres pronto descubrieron que ser ciudadanas no las hacía iguales a los ojos de la ley.

En esa época de la Ilustración, cuando la lógica y la razón supuestamente prevalecían, al filósofo Jean-Jacques Rousseau, cuyos escritos ayudaron a inspirar la revolución, no le pareció ilógico afirmar que «el hombre debe ser fuerte y activo, la mujer, débil y pasiva».

Aquello de «Liberté, égalité, fraternité» era libertad e igualdad sólo para la fraternidad, no la sororidad.

Pero hubo alguien que tuvo el coraje y la convicción de denunciar por escrito que la Declaración de los Derechos del Hombre estaba incompleta sin los derechos de la mujer: Olympe de Gauges.

Retrato anónimo de Olympe de Gouges, 1784.

En 1791, expuso el sesgo que sustentaba ese documento publicando su propia Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana.

La otra declaración

«Considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobernantes…», empieza diciendo en el preámbulo del documento que, como su par, se compone de 17 artículos.

«La revolución francesa había prometido darle la espalda al despotismo y la religión haciendo hincapié en la razón y la naturaleza», explica su biógrafo Olivier Blanc.

«Esas dos nociones son esenciales en el siglo XVIII, y Olympe se basa en ellas».

  • Artículo IV

«La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que le pertenece al otro; así el ejercicio de los derechos naturales de la mujer no tienen más límites que la tiranía perpetua que el hombre le impone. Esos límites deben de ser reformados por las leyes de la naturaleza y de la razón».

Además hablaba de que la libertad y la justicia son el motor impulsor de los derechos de las mujeres.

Y exigía tanto derechos políticos como civiles.

  • Artículo VI

«(…) todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, siendo iguales ante sus ojos (de la ley), deben de ser igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades, y sin otras distinciones que aquellas de sus virtudes y sus talentos».

Pero además de derechos, las mujeres debían tener deberes, los mismos que los de los hombres, como lo expresó en el artículo que más famoso se haría, por la frase que vaticinaría su futuro:

  • Artículo X

«Nadie debe ser molestado por sus opiniones, incluso fundamentales. Si la mujer tiene el derecho de subir al patíbulo, ella debe tener igualmente, el derecho de subir a la tribuna; mientras que sus manifestaciones no alteren el orden establecido por la ley».

No sólo eso

La libertad a veces tuvo cara de mujer, pero la Revolución no. («La Libertad guiando al pueblo», Eugène Delacroix en 1830).

Parte de otro artículo, el XI, deja entrever una de las causas que defendió, por experiencia propia.

«Toda ciudadana puede en consecuencia decir libremente, soy madre de un hijo que le pertenece, sin que un prejuicio bárbaro la forcé a disimular la verdad».

En su certificado de nacimiento decía que había nacido en Montauban en 1748, que su nombre era Marie Gouze y que su padre era un carnicero.

Pero ella dijo que siempre supo que realmente era hija ilegítima del marqués Jean-Jacques Lefranc de Pompignan, un reconocido magistrado y escritor que había sido amigo de su madre.

A los 17 años la casaron contra su voluntad con un comerciante, quien murió tres años más tarde dejándole un hijo, al que adoraba, y la privilegiada posición de viuda a la que nunca renunció, pues no sólo repudiaba el matrimonio sino que le permitía una libertad que no estaba al alcance de las mujeres solteras o casadas.

Pero en vez de identificarse como «la viuda de…», como dictaban las normas sociales, adoptó el nombre de Olympe de Gouges.

Cuando se enamoró del rico empresario Jacques Biétix de Rosières se fue con él a París y, aunque no contaba con una educación formal, se fue haciendo un nombre en el mundo literario y político particularmente por los temas que abordaba.

Retrato de Olympe de Gouges (Detalle), finales del siglo XVIII. Artista: Alexandre Kucharski.

Luchó por los bastardos, alegando que los hijos ilegítimos debían tener las mismas protecciones que los legítimos.

Abogó por la instauración del divorcio y propuso para los cónyuges un contrato anual renovable.

Criticó la falta de universalidad de la Constitución de la nueva Francia, que sólo le concedió el sufragio a hombres blancos propietarios de tierra, dejando a gran parte de la población sin voz ni voto.

Y fue una abolicionista comprometida cuando no muchos lo eran.

Escribió una obra teatral que giraba en torno a la igualdad racial y dejaba hablar a los esclavos.

«Nos usan en estos climas como usan animales en los suyos. Vinieron aquí, se apoderaron de nuestra tierra, nuestra riqueza y nos esclavizaron en recompensa por las fortunas que nos robaron.

«Los campos que cosechan están semprados de cadáveres de nativos y se riegan con nuestro sudor y nuestras lágrimas», dice Zamor, uno de los personajes principales.

Colonización francesa: venta de un esclavo en el siglo XVIII.

«La esclavitud de los negros» fue aceptada por la Comédie Française -un gran logro en la época- y puesta en escena en 1792.

Cuando el lobby colonial, muy rico y patrocinador del teatro, vio en el escenario a hombres como los que mantenían en grilletes representados como seres sintientes, se aseguró de que las funciones se suspendieran tres días después del estreno.

Oídos sordos

Su declaración de los derechos de la mujer tampoco tuvo el efecto deseado en su momento, a pesar de que «siempre enviaba sus escritos políticos al presidente y a varios diputados de la Asamblea Nacional, y también a los directores de los periódicos y a todos los clubes políticos», como cuenta Blanc.

«Quería al menos que se debatieran los derechos de las mujeres en la Asamblea, pero nunca se incluyó en la agenda».

De hecho, en 1793, todo debate se cerraría, con el comienzo del período de El Terror, que buscó reprimir actividades contrarrevolucionarias y durante el cual hubo centenares de ejecuciones.

Entre las medidas que se tomaron, se les prohibió a las mujeres reunirse con grupos de cinco o más, no fuera que repitieran algo como la Marcha de Versalles.

La revolución pasó de ser un medio de liberación para ellas a un instrumento de su opresión.

Sin defensa

Pronto, la marea política se volvió contra moderados como Olympe.

Cuando los jacobinos prohibieron las expresiones de disidencia, ella se negó a permanecer en silencio, arriesgando su vida.

No sólo llamó a rechazar la violencia, sino que distribuyó un cartel incendiario llamado «Las tres urnas» que instaba a los franceses a votar para decidir por sí mismos cuál forma de gobierno les favorecía más: una república unitaria, un sistema federal o una monarquía constitucional.

«Las tres urnas», el documento que la condenó.

Fue un acto suicida, señalan los versados, pues seguramente sabía que la Convención Nacional no admitía desafíos a su poder soberano y que su facción dominante, los jacobinos, dejaba claro en cada decreto que la estructura ideológica de su Estado no era negociable: la República, era una e indivisible.

Las autoridades la arrestaron bajo cargos de sedición, y el tribunal revolucionario la condenó a muerte.

En su expediente consta que todo se basó en acusaciones: únicamente hubo testigos en su contra.

Tampoco tuvo abogado, pues el tribunal dictaminó que se podía defender sola.

El 3 de noviembre de 1793, a los 45 años de edad, la vida de Olympe terminó de la misma forma que la de María Antonieta dos semanas antes.

La «virago»

Pocos días después, La Feuille du Salut Public, el diario oficial de los revolucionarios, reportó su condena diciendo:

«Olympe de Gouges, nacida con una imaginación exaltada, tomó su delirio por una inspiración de la naturaleza.

«Empezó diciendo tonterías y acabó adoptando el proyecto de los pérfidos que quieren dividir Francia: quería ser estadista y parece que la ley castigó a esta conspiradora por haber olvidado las virtudes propias de su sexo».

Grabado de Olympe de Gouges.

Ese mismo día, el presidente de la Comuna de París, Pierre-Gaspard Chaumette, uno de los arquitectos de El Terror, puso como ejemplo a Olympe como advertencia a las mujeres «desnaturalizadas» que quisieran «ir a los lugares públicos, a las galerías a escuchar discursos, al bar del senado».

«Acuérdense de esa virago, de esa mujer-hombre, de la Olympe de Gouges desvergonzada que abandonó todos los cuidados domésticos, para involucrarse en la República […] Este olvido de las virtudes de su sexo la llevó al patíbulo».

«Es una terrible ironía que una de los revolucionarias más elocuentes del siglo XVIII haya sido ejecutada en la plaza de la Concordia por ser una supuesta traidora a la revolución, y la pregunta es por qué», declara la historiadora Amanda Foreman.

«Yo creo que es porque, siendo mujer, irrumpió la esfera de la política y utilizó las herramientas supuestamente masculinas de la razón, el ingenio y la lógica para promover una agenda feminista».

En reversa

La ejecución de Olympe marcó el comienzo de una reacción política contra las mujeres.

Olympe de Gouges presente en el Día Internacional de la Mujer 2021 en Valencia, España.

En 1795 se les prohibió la entrada a la Asamblea Nacional, se les ordenó que se quedaran en casa y se abstuvieran de tener opiniones propias.

Cuando Napoleón se convirtió en emperador instituyó el Código Napoleónico, que le dio a los padres y maridos el poder supremo sobre sus hijas y esposas.

En 1804 las mujeres eran tan impotentes, si no más, como las que habían antecedido a las que marcharona Versalles en 1789.

Para las francesas, el Código fue el legado más perdurable de la revolución, pues rigió sus vidas hasta mediados del siglo XX.

Sólo obtuvieron el voto en 1946 y pasaron otros veinte años antes de que pudieran trabajar sin permiso de sus maridos.

«Pero las batallas de la revolución francesa no fueron irrelevantes«, subraya Foreman.

«Mujeres como Olympe de Gauges encendieron las llamas del feminismo moderno y una vez que prendidas, no había marcha atrás».

El legado de Olympe empezó a redescubrirse en el siglo XX, tras casi dos siglos de olvido.

Su Declaración de los Derechos de la Mujer y Ciudadana encontró su lugar -y, finalmente, su tiempo- entre los textos fundamentales de la emancipación femenina.

Hoy, según le dijo a la BBC la historiadora y autora Catherine Marand-Fouquet, «es reconocida en todo el mundo como un brillante ejemplo de la defensa de los derechos humanos».

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