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La niña monstruosa en tiempos de Carlos III …


Retratos de la niña burgalesa apodada como ‘la Monstrua’ realizados por Juan Carreño de Miranda.

Historia urbana de Madrid(E.V.García)/Burgos Conecta(A.P.Miguel) — En el Madrid de la Ilustración todo lo extraño, diferente o curioso, era motivo de examen e investigación. Enanos, bufones, monstruos. La corte de los Austrias tenía un grupo variopinto de personas que en los siglos XVI y XVII fue conocido como la gente de placer de palacio.

Como en toda Europa, personas con acondroplasia, obesidad o alguna deformidad entraron en los palacios españoles desde los Reyes Católicos hasta los de Felipe V. Estos séquitos se abandonaron por lo general después de comenzado el siglo XVIII.

Pero todavía en el siglo XVII, sobre el año 1680 según se lee en las crónicas, llegó a la corte de Carlos III, aquel apodado como ‘el Hechizado’, una niña burgalesa que también tenía apodo, en este caso, ‘la Monstrua’.

Llegaba desde Burgos y acabó convertida en persona de placer de la corte. Fue retratada por el artista Juan Carreño de Miranda en los cuadros ‘La monstrua vestida’ y ‘La monstrua desnuda’, fechados hacia el año 1680.

Carlos III, gran entusiasta de las ciencias naturales, quizá se interesó por conocer el suceso que vamos a narrar.

En el mes de septiembre de 1784, a dos años de la aprobación del proyectado Real Gabinete de Historia Natural y a cuatro del fallecimiento del monarca, entraba en la villa y corte una niña muy peculiar.

Del pueblo de Cantalejo (Segovia) llegaban el matrimonio de labradores Juana Sanz y Julián Zamarro con su única hija, de la que conocemos mucho pero no su nombre.

Hasta el mes de octubre estuvieron en Madrid exhibiendo el cuerpo de la criatura al público.

Lo que asombró al pueblo madrileño y llamó la atención de los doctos señores que la examinaron, fue el tamaño de la pequeña, que contaba entonces un año y tres meses de edad.

La niña cantalejana pesaba “tres arrobas y cinco libras”, medida utilizada en aquellos tiempos y cuyo equivalente en kilos es 36,282 Kg. (Una arroba= 11,339 x 3= 34,017 Kg./Una libra= 0,453 x 5= 2,265 Kg.)

Nacida con un peso y tamaño normal, a los tres meses de edad había comenzado la evolución de un crecimiento antinatural. Lo curioso es que no se le había dado “otro alimento mas que la teta”.

Si tenemos en cuenta que hoy el peso de una niña oscila a los quince meses entre los 8,4 y 12,5 kilogramos, los datos son asombrosos.

Los médicos, después de un pormenorizado análisis, dictaminaron que siendo sus proporciones normales y su aspecto saludable, la niña carecía de cualquier signo de monstruosidad.

Su desarrollo extraordinario era genético a decir de las conclusiones a las que llegaron los galenos y que rezan en la noticia que publicamos: la “grosura no procede de monstruosidad, sino de robustez y buena complexion de sus padres ; lo cierto es, que estos manifiestan mucha sanidad, y confiesan que siempre han sido enemigos de manjares nocivos y licores ardientes.

Memorial literario instructivo y curioso de la Corte de Madrid. 11/1784, página 94

No era algo novedoso.

Por todos es conocida la historia de la burgalesa Eugenia Martínez Vallejo, “la niña monstrua de los Austrias”, cuya fisonomía conocemos gracias a los retratos que Juan Carreño de Miranda le hizo por encargo de Carlos II.

A los seis años de edad, Eugenia pesaba “cinco arrobas y veinte y una libras”, es decir, 66,208 Kg.

Estos datos los obtenemos de la descripción que el Museo del Prado hace sobre el óleo de Carreño y donde cita al cronista Juan Cabezas y su “Relación verdadera en que se da noticia de los prodigios de la naturaleza que han llegado a esta Corte, en una Niña Gigante llamada Eugenia Martínez de la Villa de Barcena, del arzobispado de Burgos.” , aparecido, según consta en otras publicaciones, en 1680.

Cita el artículo:

“… Es -escribía- blanca y no muy desapacible de rostro, aunque le tiene de mucha grandeza.

La cabeza, rostro, cuello y demás facciones suyas son del tamaño de dos cabezas de hombre, con poca diferencia.

La estatura de su cuerpo es como de mujer ordinaria, pero el grueso y buque como de dos mujeres.

Su vientre es tan desmesurado que equivale al de la mayor Mujer del Mundo, quando se halla en días de parir.

Los Muslos son en tan gran manera gruesos y poblados de carnes que se confunden y hacen imperceptible a la vista su naturaleza vergonzosa.

Las piernas son poco menos que el Muslo de un hombre, tan llenas de roscas ellas y los Muslos, que caen unos sobre otros, con pasmosa monstruosidad, y aunque los pies son a proporción del Edificio de carne que sustentan, pues son casi como los de un hombre, sin embargo se mueve y anda con trabajo, por lo desmesurado de la grandeza de su cuerpo. El qual pesa cinco arrobas y veinte y una libras, cosa inaudita en edad tan poca.

No hemos conseguido el documento original, pero en nuestra investigación topamos con otro episodio publicado también en 1680 pero acontecido en 1679.

El lunes 13 de diciembre de aquel año, en Jaén, una tal Dionisia daba a luz “un portento, un prodigio, un Gigante, pues parecía tener mas de dos años, blanco, hermoso, sus miembros, aunque formidables, proporcionados en su grandor cada uno […] y en ocho meses que ya tiene de edad no se le ha visto llorar, antes si reir: es muy apacible, y afable, mama como las demás criaturas, y no le han nacido dientes […] que oy parece tiene de grandor mas que si fuera de diez años, y de grueso y robustez de treinta.

El texto completo, lejos de ser científico, deriva a los aspectos astrológicos y religiosos: milagros, Justicia divina, entre otros.

Gregorio Marañón advirtió en 1945 que Eugenia Martínez Vallejo pudo ser el primer caso conocido de síndrome hipercortical. Por su parte, y para ambos casos, la medicina actual apunta al síndrome de Prader-Willi.

Eugenia había nacido en 1674 en Bárcena justo cuando su madre asistía a misa, algo que se consideró un presagio de que la recién nacida iba a ser afortunada.

Sus padres y hermanos eran de proporciones, estatura y complexión habituales, pero en las crónicas se puede leer que «la pequeña Eugenia parecía tener doce años cuando aún no había cumplido uno, y pesaba más de dos arrobas, que se convertirían en cerca de seis cuando contaba seis años».

Se resaltaba, además, que los padres de Eugenia eran de «muy moderada estatura y no membrudos, antes cenceños, y de menudas facciones: los cuales tienen otros hijos, que han nacido después, y les quedaron en los límites de todos los vivientes».

Estatua de la niña Eugenia ubicada en Avilés como homenaje al pintor Juan Carreño y obra de Amado González Hevia

En el siglo XVII se consideraba esto una muestra clara de las maravillas del Altísimo y un rango de su omnipotencia soberana.

Cosas que ocurrían en la España de los Austrias. También en el ilustrado Madrid dieciochesco; el de Carlos III y sus avances hacia la modernidad, que lo eran, aunque las noticias nos resulten curiosas; hoy dignas de programas sensacionalistas o de misterios.

Y es que, al contrario de lo que se pensaba, los bufones, enanos o personas deformes formaban parte de la gente de placer de palacio no tanto por la degeneración de los Austrias.

Parece ser que se debía más bien a una cuestión cultural de las cortes reales europeas.

Se cree que los nobles, reyes, aristócratas buscaban que su imagen quedase reforzada al compararse con estas personas con patologías, sin olvidar la burla y el divertimento.

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