«Donde se queman libros, al final también se acaba quemando gente» (H.Heine) …

lapiedradesisifo.com/National Geographic(D.Hernández) — Cuando los yihadistas de Al Qaeda invadieron Malí y luego Tombuctú, en 2012, uno de sus objetivos era destruir cuantos libros se cruzaran por su camino.
El daño podría haber sido incalculable de no ser por personas como Abdel Kader Haidara, que arriesgó su vida para salvar casi 400.000 manuscritos, algunos de ellos piezas de la literatura medieval únicas en el mundo.
O el monje benedictino Columba Stewart, que ha pasado los últimos trece años de su vida viajando desde los Balcanes a Oriente Medio para proteger manuscritos tanto cristianos como islámicos amenazados por las guerras, los robos y la destrucción por parte de ISIS.
Historias como esta, o como la de la biblioteca secreta de Daraya, que sigue funcionando en Siria entre bombardeos y hambrunas, demuestran lo que la gente normal y corriente está dispuesta a hacer por salvar libros.
Hitos significativos en una historia, vieja como el mundo, sobre la destrucción y la quema de libros. Porque desde que existen libros, existe la gente que se dedica a quemarlos. A veces pueden ser, simplemente, los datos colaterales de una guerra.
En el 213 a. C., el emperador chino Qin Shi Huang ‒más conocido por su ejército de terracota en Xian‒ ordenó hacer una gigantesca quema de libros para consolidar su poder en el nuevo imperio.
Este episodio se conoce como «quema de libros y sepultura de intelectuales» porque Qin ordenó además que 460 intelectuales fueran enterrados hasta la cabeza y posteriormente decapitados. Su objetivo no era tanto borrar todo rastro de pensamiento anterior a su mandato como colocarlo bajo el control del gobierno.
A partir de ese momento el contenido de todos los libros, los de poesía, los de filosofía y los de historia, era sistemáticamente controlado. No se sabe cuánto se perdió con exactitud, pero se cree que destruyó prácticamente la totalidad de lo que se había escrito hasta ese momento sobre historia y poesía. Los pocos libros que se salvaron trataban sobre guerra, medicina, agricultura y adivinación.
Qin fue solo uno de los primeros de una extensa lista de antiguos gobernantes que optaron por quemar libros ante la amenaza de las ideas que había escritas en ellos. En su Ab Urbe condita, escrita entre el 59 a.C. Y el 17 d.C., Tito Livio describe cómo los gobernantes ordenaban que libros que contenían predicciones de los oráculos y detalles sobre celebraciones como los bacanales fueran prohibidos y quemados para prevenir el desorden y la difusión de las costumbres extranjeras.
La quema de libros, desde sus inicios, fue una consecuencia de las guerras y una manera de consolidar el poder, como demuestra el hecho de que la Biblioteca de Alejandría fuera destruida y saqueada en distintos momentos de agitación política.
Siglos después la práctica continuó, aunque la Iglesia Católica además de quemar los libros pasó a quemar a sus autores, como a Jan Hus en el siglo XV o a Giordano Bruno en el XVII.
Si bien, la invención de la impresa por parte de Johannes Gutenberg en la década de 1440 cambió las reglas del juego.
A partir de ese momento no solo había más libros sino también más conocimiento, lo que perjudicó a los regímenes autoritarios y benefició a la alfabetización y a las ciencias y, a la larga, derivó en la Ilustración.
Con la imprenta los libros se convirtieron en algo mucho más peligroso. La gente empezó a darse cuenta de que los libros eran una manera de cambiarse a sí mismos y de cambiar al mundo, al tiempo que, impresos, las élites tenían cada vez menos control sobre su difusión.
Quemarlos era una forma de recordar que ese control seguía existiendo. Independientemente de estas llamadas de atención, a lo largo del siglo XX se perfecciona y refina la quema de libros como propaganda política.
Ahí tenemos las infames quemas orquestadas por Adolf Hitler, que a menudo enmascarada en el victimismo hacia los judíos; o la Revolución Cultural que Mao Zedong puso en marcha cuando llegó al poder en China y en la que los libro sque no se ajustaran a la propaganda del partido, como aquellos que promovían el capitalismo u otras ideas peligrosas, fueron destruidos; o la quema de la Biblioteca Pública de Jaffna de Sri Lanka por parte de los budistas cingaleses, donde se destruyeron unos 100.000 libros únicos de historia y literatura tamiles porque consideraban que sus creencias budistas estaban bajo la amenaza del hinduismo de los tamiles.
Por otra parte, no conviene subestimar el valor simbólico de las quemas de libros. «El que mata a un hombre, mata a un ser de razón […]; pero quien destruye un libro, mata la razón misma», escribió John Milton. Y como uno de los personajes de Farenheit 451 advierte a otro ‒¿cómo hablar de quemas de libros y no mencionar la historia de Bradbury?‒: «Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho?».

En 1980 la escritora, historiadora y periodista Barbara Tuchman dio un discurso en la Biblioteca del Congreso en el que dijo: «Los libros son los portadores de la civilización. Sin libros, la historia es silenciosa, la literatura estúpida, la ciencia rota, el pensamiento y la especulación paralizados. Sin libros, el desarrollo de la civilización habría sido imposible».
Hoy en día, con avances tecnológicos como la digitalización e Internet, puede parecer que los libros, al menos en su contenido, son inmortales. Pero aunque la tecnología para preservar el conocimiento es útil, se debe tener cuidado para mantener abierto el acceso a toda esa información.
Además, hay que tener en cuenta que la digitalización de documentos físicos es un proceso que requiere una inversión de tiempo y dinero que no siempre se está dispuesta a asumir. Es cierto que la tecnología ha cambiado la manera en la que guardamos y compartimos la información, pero eso no significa que la quema de libros haya desaparecido.
Quizá ya no se lancen a hogueras ni se utilice fuego, pero la destrucción de libros, de conocimiento, de información, sigue partiendo de la misma premisa que ha tenido prácticamente desde que existe: priorizar una información sobre otra.
Borges imaginó el paraíso como una biblioteca, pero advirtió que sólo existían los paraísos perdidos. La historia revela que la mayor parte de las grandes bibliotecas de la humanidad, en efecto, han desaparecido en conflictos, catástrofes naturales o accidentes.
De modo que sería oportuno recordar cuáles han sido los diez peores desastres para comprender los peligros de la sociedad de la información en el siglo XXI.
1) Biblioteca de Alejandría
Al menos el 75% por ciento de toda la literatura, filosofía y ciencia griega antigua se perdió; sin embargo el suceso más recordado por todos los amantes de los libros no ocurrió en la famosa Atenas o en la temida Esparta sino en tierras árabes, donde existió durante 7 siglos la biblioteca de Alejandría, dividida en dos partes: constaba de un Museo y el Templo de Serapis. Según la apócrifa Carta de Aristeas, dispuso de 20.000 rollos de papiro, y pretendía alcanzar la cifra de 500.000.
Existe una polémica, todavía vigente, sobre la destrucción de libros hecha por los cristianos.
Algunos historiadores han acusado al patriarca Teófilo de haber atacado el Templo de Serapis en el año 391, con una multitud enfurecida.
No hay que olvidar tampoco que en el 415 un grupo de monjes asesinó cruelmente a la matemática Hipatia.
Lo que no se sabe es quién destruyó la otra parte de la biblioteca. Según una leyenda, al concluir la conquista de Egipto, un general le pidió a Omar I que tomara una decisión.
La respuesta fue cruel: «Con relación a los libros que mencionas, aquí está mi respuesta. Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no están de acuerdo con la doctrina del Corán, no tiene caso conservarlos.» Los papiros sirvieron para encender el fuego de los baños públicos.
Creada pocos años después de la fundación de la ciudad por Alejandro Magno en 331 a.C., tenía como finalidad compilar todas las obras del ingenio humano, de todas las épocas y todos los países, que debían ser «incluidas» en una suerte de colección inmortal para la posteridad.
A mediados del siglo III a.C., bajo la dirección del poeta Calímaco de Cirene, se cree que la biblioteca poseía cerca de 490.000 libros, una cifra que dos siglos después había aumentado hasta los 700.000, según Aulo Gelio. Son cifras discutidas –otros cálculos más prudentes les quitan un cero a ambas–, pero dan una idea de la gran pérdida para el conocimiento que supuso la destrucción de la biblioteca alejandrina, la desaparición completa del extraordinario patrimonio literario y científico que bibliotecarios como Demetrio de Falero, el citado Calímaco o Apolonio de Rodas supieron atesorar a lo largo de decenios.
Sin duda, la desaparición de la Biblioteca de Alejandría constituye uno de los más simbólicos desastres culturales de la historia, comparable tan sólo con la quema de libros que siguió a la toma de Constantinopla por los cruzados en 1204 o la que tuvo lugar en 1933 en la Bebelplatz de Berlín a instancias del ministro de propaganda Joseph Goebbels; eso por no hablar del incendio de la biblioteca de Bagdad, en 2003, ante la pasividad de las tropas estadounidenses.

– La primera destrucción
Es difícil señalar el momento exacto en que se produjo la destrucción de la Biblioteca de Alejandría. El hecho está envuelto en mitos y tinieblas, y hay que indagar en las fuentes para hacerse una idea de la secuencia de los acontecimientos.
La primera información al respecto se remonta al año 47 a.C. En la guerra entre los pretendientes al trono de Egipto, el general romano Julio César, que había acudido a Alejandría para apoyar a la reina Cleopatra, fue sitiado en el complejo palacial fortificado de los Ptolomeos, en el barrio de Bruquión, que daba al mar y donde seguramente se emplazaba la biblioteca de los «Libros regios» así como el Museo.
César se defendió bravamente en el palacio, pero durante un ataque se produjo en el arsenal un incendio que se extendió a una sección del palacio. Entonces se habrían quemado numerosos libros que el propio César pretendía transportar a Roma –las fuentes hablan de 40.000 rollos–; algunos afirmaron incluso que ardió la biblioteca entera.
Este último extremo no es verosímil, sobre todo debido a la magnitud que habría tenido ese incendio para el propio palacio. De cualquier modo, se dijo que años más tarde, Marco Antonio, mientras estaba en Alejandría en compañía de Cleopatra, donó un gran número de libros procedentes de la biblioteca rival de Pérgamo, quizá como una manera de compensar la anterior destrucción.

– Comienza el declive
Con la caída de Antonio y Cleopatra y el consiguiente hundimiento del reino ptolemaico de Egipto, que cayó en manos de Roma, Alejandría fue entrando en una lenta e inexorable decadencia, y con ella también su Biblioteca.
Ciertamente, ésta siguió atrayendo a estudiantes y sabios, como Diodoro Sículo o Estrabón, y su fama rebasaba las fronteras. Pero ya no existía una corte real propia que se preocupara por dotarla, y la ciudad egipcia perdía empuje ante Roma, la capital del Imperio.
El carácter de la Biblioteca evolucionó. Se abandonó la pretensión de totalidad que tuvieron los primeros Ptolomeos, ansiosos de recopilar todo el saber, incluido el de otros pueblos no griegos, como las tradiciones egipcias y judías o los himnos de Zoroastro, que fueron convenientemente traducidos al griego.
Las diversas crisis del siglo II, como la terrible peste Antonina que asoló Egipto, y sobre todo del siglo III, repleto de usurpaciones políticas y graves conflictos, tuvieron repercusiones muy negativas para la vida cultural de la ciudad y en particular para la conservación de los libros de la Biblioteca.
Para colmo de males, en el año 272 el emperador Aureliano arrasó Alejandría en el transcurso de su campaña contra la reina Zenobia de Palmira. Años después, bajo el reinado de Diocleciano, la urbe sufrió otra importante devastación que afectó al complejo palacial.
La proclamación del cristianismo como religión oficial del Imperio en el siglo IV tuvo consecuencias más graves para la biblioteca alejandrina. En sus anaqueles se habían compilado los saberes del paganismo clásico, justamente el tipo de cultura que rechazaban algunos movimientos cristianos.
Eran los años en que figuras como San Antonio huían al desierto o a comunidades monásticas donde se dedicaban sólo a orar y meditar sobre las Escrituras.

Aristóteles y Alejandro Magno en una miniatura de animales y sus usos, por Ibn Bakhtishu. Siglo XIII. Biblioteca Británica, Londres.
Inevitablemente, los viejos libros de la biblioteca ptolemaica dejaron de interesar a los adeptos de la nueva religión.
Pero eso no fue todo. Las leyes contra el paganismo promulgadas por el emperador Teodosio fueron aprovechadas por los cristianos más exaltados para legitimar sus ataques contra templos e instituciones del paganismo.
De este modo, la importante biblioteca del Serapeo, fundación de Ptolomeo Evergetes –que algunos autores confunden con la biblioteca real, la propiamente dicha Biblioteca de Alejandría–, fue arrasada en el año 391 durante un «pogromo» antipagano instigado por el patriarca Teófilo.
Años más tarde, en 415, la filósofa y científica Hipatia de Alejandría, tal vez la última representante de la tradición filosófica alejandrina, moría a manos de una horda de monjes cristianos instigados por el patriarca Cirilo, a la sazón sucesor de Teófilo, y junto con ella desapareció su valiosa biblioteca.
Por esa misma época, el teólogo hispano Orosio informaba de que al visitar la ciudad sólo halló anaqueles vacíos en los templos, sin ningún libro en ellos, pese a la fama libresca de Alejandría.
Si la Biblioteca no había desaparecido del todo, no hay duda de que en los decenios posteriores su declive se agudizó. La violencia sacudía una y otra vez la ciudad, con constantes guerras y enfrentamientos por el poder.
A comienzos del siglo VII, la sangrienta disputa por el trono de Bizancio entre el usurpador Focas y el futuro emperador Heraclio dejó un rastro de destrucción en Alejandría.
No fueron menores los daños que causó, en 618, la conquista de Egipto por los persas de Cosroes, quienes llegaron a robar la reliquia de la Vera Cruz de Jerusalén, aunque Heraclio logró recuperar la ciudad y todo Egipto para Bizancio.
– La invasión árabe
El golpe de gracia para la Biblioteca llegó en el año 640, cuando el Imperio bizantino sufrió la arrolladora irrupción de los árabes y Egipto se perdió totalmente. La propia Alejandría fue capturada por un ejército musulmán comandado por Amr ibn al-As. Y fue justamente este general quien, según la tradición, habría destruido la Biblioteca cumpliendo una orden del califa Omar.
El episodio es relatado en detalle por un autor siríaco cristiano del siglo XIII, Bar-Hebraeus, quien se refiere incluso a una gestión desesperada para salvar los libros por parte del teólogo Juan Filópono. Según esta fuente, el general árabe Amr ibn al-As era una persona sensible y cultivada, y tras escuchar las alegaciones de Filópono dirigió al califa Omar una carta en la que le pedía instrucciones sobre lo que había que hacer con los libros de la biblioteca.
Omar, estricto en sus creencias, repuso: «Si esos libros están de acuerdo con el Corán, no tenemos necesidad de ellos, y si éstos se oponen al Corán, deben ser destruidos». La orden era clara y fue ejecutada sin contemplaciones.
También las fuentes árabes, aunque muy posteriores a los hechos, reconocían la destrucción; una de ellas dice incluso que los libros se usaron como combustible en los baños de la ciudad y que se necesitaron seis meses para quemarlos todos.
Este desenlace ha sido muy discutido por los estudiosos. En el siglo XVIII, el gran historiador británico Edward Gibbon consideró que la historia era inverosímil, una invención para imputar a los musulmanes lo que en realidad había sido responsabilidad de los cristianos.
Algunos autores creen que la Biblioteca desapareció de forma progresiva y que a la llegada de los musulmanes apenas quedaba nada, aunque cabe también pensar que para entonces hubiera muchos libros nuevos, de teología cristiana, junto a otros de mayor antigüedad, como las obras aristotélicas a las que se refirió el propio Filópono y que, según se dice, logró salvar.
– Una biblioteca perdida para siempre
Sea o no cierta la historia, lo cierto es que el rastro de la Biblioteca de Alejandría se perdió para siempre, cumpliendo lo que parece ser el sino de muchas de las grandes bibliotecas, el de perecer víctimas de la violencia, la intolerancia o el infortunio.
La historia está plagada de episodios similares. Sin ir más lejos, el 18 de diciembre de 2011 se incendió la biblioteca de la Academia de Ciencias de Egipto, en El Cairo, que albergaba 200.000 documentos que se remontaban al siglo XVIII –entre ellos, una valiosa copia original de la Descripción de Egipto– y que contenían valiosísimas fuentes para la investigación del país del Nilo.
2) CHINA 213 A.C.
El 213 a.C., año en el cual un grupo de hombres intentaba reunir todos los libros en Alejandría, Shi Huangdi aprobó entonces que se quemaran todos los libros, excepto los que versaban sobre agricultura, medicina o profecía.
De hogar en hogar, los funcionarios se apoderaron de los libros y los hicieron arder en una pira, para sorpresa y alegría de quienes no los habían leído.
Más de cuatrocientos letrados reacios fueron enterrados vivos y sus familias sufrieron incontables humillaciones.
Tres fueron los hechos que marcaron la gestión del Emperador Shi Huangdi: la construcción de la Gran Muralla, la Gran Tumba con 7000 guerreros de terracota y la Gran quema de libros. Todo en proporciones colosales.
Qin Shi Huang (260 – 210 a. C.), tiene el honor de ser un dirigente severo, un gran estratega militar, creador e impulsor de muchas medidas que se pueden ver hasta en la China de hoy, como la escritura por ejemplo, pero también fue un azote para la cultura e historia antigua de su imperio, puesto que modificó y eliminó todo aquello que no seguía su pensamiento.
Dentro de sus obsesiones y manías personales, una de las más crueles fue intentar borrar toda la historia de China anterior a él, e intentar reescribirla a su manera. Para ello en los años finales de su gobierno comenzó una persecución sistemática contra todos los intelectuales y los libros que recogían todos los saberes de la antigua China.
Entre estos clásicos se encontraban el de poesía y el de historia, donde se dejaron por escrito los ritos ceremoniales y la historia desde los emperadores míticos de las leyendas hasta los Zhou occidentales (771 a. C.), el último gran imperio antes del caos que supuso las épocas de Primaveras y Otoños, y los Reinos Combatientes.
También fueron perseguidos los intelectuales de las llamadas Cien Escuelas de Pensamiento, algo así como los Presocráticos chinos por hacer una analogía vista desde el mundo occidental.
Entre estas escuelas se encontraba el taoísmo de Lao Tsé (siglo VI a. C.), el moísmo de Mozi (470 – 391 a. C.) o el confucionismo de Confucio (551 – 479 a. C.) entre muchas disciplinas.

El Primer Emperador solo permitió la supervivencia de una escuela, la de la Ley o el legismo. Muy utilitarista y que basaba toda su doctrina en el cumplimiento de las leyes y la burocracia, como ejemplo de una buena marcha y funcionalidad del gobierno y por ende, de la vida diaria de la comunidad. Dejando de lado los valores inherentes al ser humano, así como sus sentimientos como individuo.
Afortunadamente no consiguió del todo su objetivo, si bien es cierto que mando asesinar a cientos de intelectuales y prohibió y quemó muchas copias de esos libros, estos ya pertenecían al acervo cultural chino, y tras la muerte de Qin Shi Huang, su dinastía se desmoronó pronto, dando paso a los Han (206 a. C. – 220 d. C.), que volvieron a restablecer muchas de las costumbres y rituales prohibidos por la anterior dinastía. Colocando además, al confucionismo como piedra angular.
En esta época vivió Sima Qian (145 – 90 a. C.), el Herodoto chino, quién a lo largo de su vida se dedicó a continuar la labor de su padre recogiendo toda la historia de China desde el comienzo, desde los hechos narrados en el Clásico de la Historia hasta la propia época del autor, en la obra llamada Memorias Históricas.
Lo que el mundo sabe de la historia antigua de China es gracias a este hombre. Él fue quién dejó por escrito los hechos referentes a la quema de libros, aunque algunos historiadores dudan de la total veracidad de su relato, lo que no puede negarse es que era asombrosamente meticuloso y preciso en los datos y descripciones.
También se cuenta que en la famosa tumba del Primer Emperador se guarda un ejemplar de todos aquellos libros que mandó quemar. Esta tumba solo está explorada en parte, es el enterramiento donde se encuentra el ejército de terracota en Xi’an, compuesto por más de 8000 figuras.
Pero la propia localización del emperador se encuentra bajo una montaña que está sin excavar, debido a las dificultades que presenta para los arqueólogos.
Según se cuenta, la tumba principal estaría protegida por puertas de bronce a varios metros de profundidad y hasta con ríos de mercurio.
Así que, si algún día se puede acceder a ella, quizás logremos comprobar si contiene esos ejemplares originales de los libros que él mismo mando destruir y se puede conocer mejor la historia de una de las civilizaciones más fascinantes del mundo y la única que ha conseguido permanecer viva a lo largo de los siglos.
3) Auto de fe en Granada
Francisco Jiménez de Cisneros dio en 1500 una orden que suponía, de un modo radical, la integración de una nueva cultura, y la eliminación de otra.
La confusión era enorme, pues ese mismo hombre no había dejado de causar problemas en su anhelo de convertir a los infieles.
De casa en casa, sacerdotes y soldados confiscaron libros y, entre golpes y cuchicheos, advirtieron que había llegado la hora de quemar un antiguo libro sagrado, el Corán, la pieza angular del Islam.
Como es obvio, la reacción de los creyentes musulmanes no se hizo esperar, aunque los disturbios fueron controlados por las tropas españolas que habían tomado la ciudad en 1492, después de diez largos años de sitio.
Pocos años después de la entrada de los Reyes Católicos en Granada, el cardenal Cisneros, inquisidor de Castilla, ordenó quemar en una plaza de la ciudad alrededor de 4.000 ejemplares del Corán y otros libros manuscritos para reducir a cenizas la memoria de la cultura islámica.
El acto, celebrado no en 1492 sino a raíz de la prohibición del Islam en 1499-1500 simboliza el fin de la civilización hispano-árabe y el de la Reconquista mucho mejor que la entrega de la ciudad a Fernando e Isabel. Fue Cisneros quien comenzó el proceso que llevaría, un siglo después, al destierro de los moriscos.
El testimonio más próximo al hecho en el tiempo fue escrito por el notario Juan de Vallejo, amigo personal de Cisneros. En su Memorial de la vida de Fray Francisco Jiménez de Cisneros, Vallejo relata:
«… Para desarraigarles del todo de la sobredicha su perversa y mala secta, les mandó a los dichos alfaquís tomar todos sus alcoranes y todos los otros libros particulares, cuantos se pudieron haber, los cuales fueron más de 4 ó 5 mil volúmenes, entre grandes y pequeños, y hacer muy grandes fuegos y quemarlos todos; en que había entre ellos infinitos que las encuadernaciones que tenían de plata y otras cosas moriscas, puestas en ellos, valían 8 y 10 ducados, y otros de allí abajo.
Y aunque algunos hacían mancilla para los tomar y aprovecharse de los pergaminos y papel y encuadernaciones, su señoría reverendísima mandó expresamente que no se tomase ni ninguno lo hiciese. Y así se quemaron todos, sin quedar memoria, como dicho es, excepto los libros de medicina, que había muchos y se hallaron, que éstos mandó que se quedasen; de los cuales su señoría mandó traer bien 30 ó 40 volúmenes de libros, y están hoy en día puestos en la librería de su insigne colegio y universidad de Alcalá, y otros muchos añafiles y trompeticas que están en la su iglesia de San Ildefonso, puestos, en memoria, donde su señoría reverendísima está sepultado…»
Con la obra inconclusa de Vallejo a mano, Álvar Gómez de Castro, discípulo de Cisneros, acabó la primera biografía del arzobispo. Ofrece algunos detalles nuevos:
» … Alegre por el éxito Jiménez y estimando que debía aprovecharse una ocasión tan favorable, y extirpar radicalmente de sus almas todo el error mahometano, no se detenía ante el parecer de quienes juzgaban más prudente ir quitando poco a poco una costumbre inveterada; pues pensaba que este método era aplicable en asuntos de poca importancia, y en los que no se ventile la salvación de las almas.
Así que, con facilidad, sin dar un decreto y sin coacción, logró que los Alfaquíes, dispuestos en aquella época a hacer todo tipo de favores, sacasen a la calle los ejemplares del Corán, es decir, el libro más importante de su superstición, y todos los libros de la impiedad mahometana, de cualquier autor y calidad que fuesen.
Se reunieron cerca de cinco mil volúmenes, adornados con los palos de enrollar; los cuales eran también de plata y oro, sin contar su admirable labor artística.
Estos volúmenes cautivaban ojos y ánimos de los espectadores. Pidieron a Jiménez que les regalase muchos de ellos; pero a nadie se le concedió nada. En una hoguera pública fueron quemados todos los volúmenes juntos, a excepción de algunos libros de Medicina, a la que aquella raza fue siempre y con gran provecho muy aficionada.
Tales libros, librados de la quema por el mérito de arte tan saludable, se conservan actualmente en la Biblioteca de Alcalá. Hasta este momento había marchado realmente sobre ruedas el programa de nuestro Obispo…»
Otros añadieron después otros datos, aprovechando muy posiblemente fuentes hoy perdidas. El biógrafo Alcolea, por ejemplo, especifica que algunas encuadernaciones estaban adornadas con perlas.
Todavía otros intepretan las palabras de Vallejo y Gómez de Castro, señalando las características artísticas de estos manuscritos que cautivaron ojos y ánimos: «códices con deliciosas iluminaciones…hojas perfumadas.»
Ensalzadores de Cisneros (protagonista en el siglo XVII, como la reina Isabel en el XX, de una fracasada campaña de canonización) han aumentado imaginativamente el número de manuscritos quemados a figuras imposibles, pero bastan los «cuatro o cinco mil,» cantidad, dicho sea de paso, imposible de reunir en ninguna ciudad castellana. Nadie ha negado que se quemó un mínimo de 4.000 códices y rollos, grandes y pequeños, que cautivaron los ojos y ánimos de los espectadores.
Sobre el contenido de la hoguera estamos en terreno más difícil. Naturalmente se quemaron Coranes y obras religiosas, una terrible ofensa a los musulmanes.
Pero no sólo destruyó Cisneros Coranes, algunos valiosos artísticamente, sino también «todos los otros libros particulares,» «todos los libros de la impiedad mahometana, de cualquier autor y calidad que fuesen.»
No es difícil entender cómo la poesía, que habría incluido poesía mística (sufí), se quemara por considerarse parte de la impiedad mahometana. Tampoco se salvarían las obras históricas, siendo los reyes, en la civilización musulmana, figuras religiosas y representantes de Allah.
La andaluza fue una civilización escritora y lectora, conocida entusiasta de la poesía y de las memorias e historias. Consta la excelencia de la cultura granadina hasta casi el momento de la conquista. La desaparición casi total de su literatura del siglo XV sugiere que contribuyó generosamente a la hoguera.
Los libros que Cisneros no quemó–los de medicina–son los que están relativamente bien conservados.
4) La hoguera de las vanidades
4) LA HOGUERA DE LAS VANIDADES
El 7 de febrero de 1497, el fraile Savonarola insistió ante sus oyentes que el triunfo de las tropas francesas sobre las italianas era una clara demostración del desastre que vivían y convenció a la gente del malestar de Dios.
Una de sus primeras ideas fue sustituir el Carnaval de Florencia, que le parecía frívolo, por la fiesta de la Penitencia y sus discípulos pidieron que se reuniera todo objeto que fuera una muestra de la vanidad humana.
De puerta en puerta, tras el sermón en la catedral, se recolectó lo que se pudo en medio de un saqueo general en el que participaron cientos de niños; luego se hizo preparar el escenario.
Este ritual sirvió para la destrucción de libros sobre magia y cábala, clásicos de Ovidio, Catulo y Marcial, textos de Dante y poetas de los cancioneros del amor gentil e incluso los diálogos de Platón.
El 23 de mayo de 1498, en la Piazza della Signoria, corazón de la ciudad renacentista por excelencia, capital de las artes, el humanismo y la razón, tiene lugar una escena decididamente medieval. El centro de la plaza se halla ocupado por una gran hoguera en la que arden los cuerpos de tres hombres: el pueblo de Florencia , Italia, asiste a la ejecución de Girolamo Savonarola y de sus dos más próximos discípulos.
Es el punto final de un episodio insólito que tuvo como protagonista a un fraile dominico que se convirtió en líder político y osó enfrentarse al papa, y que marcó la última década del siglo XV de la vida de la capital toscana.
El carácter singular del nuevo sistema, del que Savonarola era líder aun sin ostentar formalmente ningún cargo, se encontraba en la instauración de un clima de renovación espiritual y purificación moral. Implicaba una reforma total de las costumbres, condenando todo lo que pudiera considerarse mundano, indecente o pagano.
Florencia, que hasta poco tiempo antes rebosaba alegría de vivir y se divertía en fiestas y bailes, se convirtió en una ciudad de penitentes, en la que las únicas manifestaciones públicas eran las procesiones y las prácticas religiosas.
La exaltación mística que invadía la ciudad degeneró en la persecución radical de todo cuanto pudiera ser pecaminoso. Ello culminó con la quema pública de lujosos vestidos, joyas, cosméticos, objetos de adorno, libros de poesía y pinturas de temas mitológicos o que contuvieran desnudos, en una verdadera hoguera de las vanidades.
5) Destrucción de códices mayas y aztecas
En el año 1530, en Tetzcoco, Fray Juan de Zumárraga hizo una hoguera con todos los escritos e ídolos de los aztecas. Había nacido en 1468, en el mítico pueblo vasco de Durango, en España, y una de sus primeras tareas como monje franciscano fue examinar los casos de brujería más conocidos de su región, lo cual lo llevó a practicar exorcismos.
Como todos los fanáticos, veía el diablo en todas partes.
Diego de Landa continuó esta labor de purificación.
En 1562, hizo quemar en el Auto de Maní cinco mil ídolos y 27 códices de los antiguos mayas. De esta furia, sobrevivieron apenas tres códices mayas prehispánicos.
La noche del 12 de julio de 1562 una hoguera iluminó las oscuras calles de Maní, Yucatán. Aquel fuego era alimentado con objetos sagrados y sobre todo con los 40 códices en los que se explicaba toda la vida e historia de los mayas.
Tras la quema de sus ídolos e identidad algunos indígenas se suicidaron. La orden para ejecutar esta destrucción la dio Fray Diego de Landa Calderón, un misionero franciscano de 38 años de edad a quien la iglesia le encomendó convertir a los nativos al catolicismo.
Para 1562 la Inquisición Española estaba en su momento cumbre. Fray Diego de Landa Calderón, vio en esto el momento perfecto, ordenó que se realizara en Maní un Auto de Fe, una figura de la Inquisición que obligaba a potenciales creyentes de cosas del demonio a arrepentirse en actos públicos para que así el resto de los habitantes, que en aquellos eventos fungían como espectadores, supieran a que se atenían.

Un número desconocido de mayas fueron llamados al Auto de Fe, se les torturó para que reconocieran su fanatismo por dioses alejados de la fe cristina, todo esto sin la autorización de las autoridades católicas.
Los terribles hechos llegaron a conocerse por los altos mandos de la iglesia en España, por lo que De Landa tuvo que viajar al país ibérico en busca de defenderse, de hecho lo logró y no obtuvo castigo alguno.
6) Quema de libros por el régimen nazi 1933
El Holocausto fue el nombre que se dio a la aniquilación sistemática de millones de judíos a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Pero este acontecimiento fue precedido por el Bibliocausto, donde millones de libros fueron destruidos por el mismo régimen.
La operación Quema de Libros, ejecutada el 10 de mayo de 1933 bajo la coordinación de Joseph Goebbels, se reveló pronto en su verdadera dimensión porque el mismo día se quemaron libros en Berlín y en otras 22 ciudades alemanas. Según W. Jütte, se destruyeron las obras de más de 5.500 autores.
La Comisión para la reconstrucción cultural judeo-europea estableció que en 1933 existían 469 colecciones de libros judíos y al finalizar la Segunda Guerra Mundial, no quedaba ni la cuarta parte.

Hitler ascendió al poder, iniciándose de esta manera el conocido como Tercer Reich, el el 30 de enero de 1933. Solo unos meses más tarde, en mayo de ese mismo año, ocurriría la conocida quema de libros por parte de los nazis.
Exactamente el 10 de mayo de 1933 fueron quemados en las plazas de muchas universidades miles de ejemplares de autores de la talla de Karl Marx, Sigmund Freud, Erich Maria Remarque, Carl, von Ossietzky y Kurt Tucholsky.
El partido nazi quería controlar todos los ámbitos de la vida y, evidentemente, la cultura y el conocimiento era un obstáculo importante para lograr dicho objetivo. Desde aquel momento las obras de estos autores se consideraron representativas de la «decadencia moral» y del «bolchevismo cultural».
Las hogueras se encendieron en todas las universidades, fueron organizadas por las ligas estudiantiles y casi todos los profesores participaron en ellas, demostrando así que de la universidad no surgiría ninguna oposición al nuevo régimen.
Sin embargo, no se trató, como se quería hacer creer, de un gesto improvisado que demostrara los sentimientos más auténticos de los alemanes, sino de una acción planeada, orquestada y coordinada por Goebbels, que también pronunció en Berlín un discurso violento e injurioso contra los autores condenados. La quema no fue solo un acto de barbarie, sino que demostró la pretensión del gobierno nazi de conquistar la hegemonía cultural.

Las imágenes de las llamas que reducían a cenizas los libros dieron la vuelta a Europa y suscitaron una enorme indignación.
Muchos intelectuales alemanes en el exilio consideraron este acto como la confirmación de la degradación de la democracia y la confirmación de la deriva nacionalsocialista que les había llevado a adoptar la dolorosa decisión de su partida.
Por ejemplo Einstein, había dejado Alemania en diciembre de 1932, apenas un mes antes del ascenso al poder de Adolf Hitler.
7) Argentina 1980
El 30 de agosto de 1980, los terrenos vacíos de Sarandí se convirtieron en un lugar macabro. Varios camiones depositaron, bien temprano, un millón y medio de libros y folletos, todos publicados por el Centro Editor de América Latina.
Minutos más tarde, la euforia policial, legitimada por la orden de un juez federal de la Plata llamado Héctor Gustavo de la Serna, animó a varios agentes a rociar con nafta los ejemplares y a prenderles fuego.
Se tomaron fotografías porque el juez temía que se creyera que los volúmenes habían sido robados y no quemados. Horrorizado, impotente, el editor José Boris Spivacow, contempló la quema hasta que las risas y el desaire despertaron su ira.
En abril de 1976 hubo dos quemas importantes de libros y ambas fueron en Córdoba. La primera se produjo en la escuela secundaria comercial “Manuel Belgrano” el 2 de abril.
Ese día el interventor teniente primero Manuel Carmelo Barceló recorrió la biblioteca, seleccionó 19 libros entre los que se encontraban autores como Marx, Engels, Margarita Aguirre, Godio y Martí; y procedió a quemarlos en el patio a la vista de numerosos alumnos como testigos.
La fogata fue acompañada por la posterior desaparición de 12 estudiantes, con decenas de chicos expulsados y varios docentes cesanteados.
Años después, los estudiantes acusaron a su ex director Tránsito Rigatuso de haber armado “listas negras” tanto de libros como de personas. Rigatuso fue un hombre del peronismo ortodoxo que ocupó el cargo a partir del Navarrazo en 1974 y fue diputado nacional durante el gobierno de Alfonsín. Uno de los tantos colaboradores de la dictadura que murió sin ir preso.
La segunda gran fogata se produjo el 29 de abril. El general Luciano Benjamín Menéndez ordenó la quema colectiva de libros que habían sido secuestrados en bibliotecas, colegios y universidades durante los días previos.
Luego de brindar conferencias de prensa a periodistas de la provincia, el Jefe del Regimiento de Infantería Aerotransportada 14 del Comando del III Cuerpo del Ejército, Jorge Eduardo Gorleri, exhibió ante los presentes la pila de libros confiscada y ordenó quemarlos.
Periodistas, funcionarios y militares estuvieron invitados a observar la gran fogata de numerosos autores marxistas.
Ante los presentes Gorleri afirmó que:
“a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas, etc (…) para que con este material se evite continuar engañando a nuestra juventud, sobre el verdadero bien que representan nuestros símbolos nacionales, nuestra familia, nuestra Iglesia, nuestro más tradicional acervo sintetizado en Dios, Patria, Hogar”.
Así informó el diario La Voz el día 30 de abril bajo el título “Incineración de literatura marxista”. Algunos de las obras eliminadas pertenecían a García Márquez, Marx, Trotsky, Galeano, Bayer, Perón, Cortázar, Saint-Exupery, Engels, Freud, Sartre, entre muchos otros.
La quema de libros fue una práctica frecuente, que incluía la selección, censura, secuestro y quema pública y masiva de ejemplares. Los casos más renombrados se produjeron en Entre Ríos, Capital Federal (90 mil libros quemados en Palermo) y Rosario (80 mil libros). El 30 de agosto de 1980 se produjo la destrucción de 1.500.000 de libros y revistas editados por la Centro de Estudios de América Latina (CEAL).
Esta incineración, realizada en un baldío de Sarandí, fue sesenta veces mayor que la ensayada por el régimen nazi en Alemania en 1933.
Las quemas masivas tenían un fin disciplinador. Los “rituales purificadores” se realizaban en lugares públicos, con testigos y fotógrafos.
En los casos de Córdoba y la monumental hoguera de la colección del CEAL, en Sarandí, adicionalmente fueron filmados y difundidos por los medios. El mensaje era directo, sin filtro: se debía aniquilar de raíz cualquier ideología “contraria al ser nacional y cristiano”, y la sociedad debía tenerlo bien en claro.
8) Sarajevo 1992

Un escritor bosnio, Ivan Lovrenovic ha contado que la Vijecnica, el imponente, elevado y colorido edificio dedicado a albergar la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo, fue bombardeada desde las diez y media de la noche del 25 de agosto de 1992 con fuego de artillería. La biblioteca perdió casi dos millones de volúmenes.
Algunos amantes del libro, habían formado una larga cadena humana para pasarse los textos y transportarlos a un lugar seguro, y salvaron algunos. Los bomberos intentaron apagar las llamas, sin suerte, porque la intensidad de los ataques no lo permitió. El techo se derrumbó y por el suelo quedaron regados los restos de manuscritos, obras de arte y escombros de las paredes y escaleras.
Sarajevo es una ciudad telúrica. La Jerusalén de los Balcanes, se decía hace muchos años. El centro urbano, en un valle de los Alpes Dináricos, sigue el curso del río Miljacka, una corriente de aguas rápidas, que en los deshielos parece a punto de desbocarse.
La periferia, extensa, se desparrama por las colinas circundantes, a su vez rodeadas por cinco altas montañas. Desde las colinas se disparó sobre el centro de la ciudad durante la guerra de los años noventa. Desde las colinas controladas por las milicias serbias, la noche del 24 al 25 de agosto de 1992 se dio orden de disparar proyectiles de fósforo sobre la Biblioteca de Sarajevo.
Este fue el resultado:

Las bombas incendiarias no sólo habían destruido centenares de miles de libros, sino que habían corroído las columnatas del edificio, acabado de construir en 1894, con una mezcla de estilos orientalizantes, cuando la ciudad ya no se hallaba bajo dominio otomano y formaba parte del Imperio Austro-Húngaro.
Hay un dato especialmente siniestro de aquel bombardeo. El hombre que, según todas las informaciones publicadas en los últimos años, ordenó disparar los proyectiles incendiarios, había sido un usuario habitual de la biblioteca. Un profesor universitario, especializado en la obra de Shakespeare. Un hombre de una exquisita formación cultural y poética que encandilaba a sus alumnos de la universidad de Sarajevo.
Nikola Koljevic (Banja Luka, 1936-Belgrado, 1997). Al producirse la implosión de Yugoslavia, el profesor Koljevic, se convirtió en el número dos de la formación ultranacionalista serbia que dirigía Radovan Karadzic, un psiquiatra de Sarajevo (nacido en Montenegro) que también amaba los versos y acabó ordenando masacres.
9) Biblioteca nacional de Bagdad 2003

El mes de abril de 2003 el mundo fue conmovido por una serie de eventos imprevisibles y atroces que destruyeron los principales centros culturales de Irak. Una ola de saqueos desmanteló los edificios públicos y comercios de Bagdad los días 8 y 9 tras la toma de la ciudad por el ejército de Estados Unidos.
Fue el día 13 cuando una multitud alentada por la pasividad de los militares, roció con algún combustible los anaqueles y les prendió fuego. Millones de libros se quemaron.
Según otra versión, se usaron fósforos blancos, de procedencia militar, para el incendio, y hay evidencias que lo confirman. Pasadas unas horas, una columna de humo podía verse a más de cuatro kilómetros. En el mismo ataque fue destruido el Archivo Nacional de Iraq, y desaparecieron diez millones de documentos.
Además de enumerar en más de un millón los ejemplares y piezas que han fueron robadas o destruidas en la Biblioteca de Bagdad hay otros desmanes: «Hubo saqueos en el Museo Arqueológico de Irak, pero no en la magnitud que se pensaba, es decir, de 170.000 objetos desaparecidos. Probablemente la cifra real de piezas robadas esté en el orden de 3.000, aproximadamente, y dentro de este grupo habría unos 30 objetos de valor inconmensurable, como la Dama de Warca, el primer rostro humano hecho en la historia del arte», explica Báez.
«El moderno teatro al-Rashid parece una ruina romana. Los Museos de Tikrit y Mosul fueron bombardeados y el de Basora quemado desde la entrada hasta el jardín. Además, se supo sobre los miles de asentamientos arqueológicos saqueados, pero ningún asesor de la Unesco tuvo acceso al interior de Irak».
«Más de 700 manuscritos antiguos fueron destruidos y más de 1.500 desaparecieron en la Maktabat al-Awqaf al-Markaziyya, un centro de estudios religiosos.
En la Casa de la Sabiduría (Bayt al-Hikma), cientos de volúmenes fueron exterminados por el fuego.
En la Academia de Ciencias de Irak el 60% por ciento de los textos se extinguió. La Madrasa Mustansiriyya fue saqueada sin piedad.
La Universidad de Bagdad vivió momentos de angustia porque un misil cayó junto al edificio y causó daños. La Biblioteca de la Escuela de Medicina fue saqueada…».
Hubo dos tipos de saqueo, el primero fue efectuado por bandas expertas, que se llevaron objetos «con cuidado, casi por encargo, como la Dama de Warca y, en el caso de la Biblioteca Nacional, libros de gran valor».
El segundo saqueo fue popular: «Gente que buscaba piezas para revenderlas a comerciantes de Jordania, los que se llevaban muebles, estanterías, libros, computadoras… Pero este grupo fue manipulado. Antes de los bombardeos, se lanzaban papeles con mensajes para una acción de insubordinación civil contra el régimen de Sadam Husein y se incitó a acabar sus símbolos.
Lo primero que hicieron los soldados norteamericanos fue tumbar las estatuas, entrar en los palacios, y esto creó una anarquía que condujo a la situación ya conocida. Cuando el pueblo salió, estaba enardecido, y no había policía. A lo que se añaden diez años de bloqueo económico, hambre y miseria. Si todo esto se coloca en un solo sitio, se comprende que fue un proceso perverso».
10) Biblioteca de la academia de ciencias de Egipto

2011: el 18 de diciembre pasará a ser una fecha catastrófica de Egipto por el incendio del edificio de la Academia de Ciencias, que albergaba 200.000 materiales desde el siglo XVIII y obras como Description de l’Égypte, reproducido por todos los amantes de Egipto desde su aparición en 1809.
Todos los archivos que sustentaban las fuentes del siglo XIX se perdieron, miles de informes de investigación que ni siquiera estaban copiados perecieron haciendo retroceder los estudios egiptológicos durante décadas.
Una tragedia amparada por la impunidad y las advertencias: desde febrero de 2011 el autor ha advertido en el Diario Clarín que todo esto sucedería y ha así ha sido para mala fortuna del patrimonio cultural mundial.
Un incendio originado durante los disturbios en el centro de El Cairo destruyó todos los fondos de la Academia Científica de Egipto, una de las mayores bibliotecas del país, informaron fuentes oficiales.
«El incendio de este ilustre edificio significa que gran parte de la historia de Egipto ha terminado«, sentenció el director de la Academia Científica, Mohamed al Shernubi, en declaraciones a la agencia de noticias estatal Mena.
El edificio de la Academia Científica se encuentra junto a la sede del Consejo de Ministros, escenario de enfrentamientos entre militares y manifestantes, y extendidos a la cercana plaza de Tahrir.
Al Shernubi lamentó que el contenido del edificio haya sido destruido totalmente por el fuego, originado en la tercera planta supuestamente por cócteles molotov.
La Academia, construida a principios del siglo XX, albergaba unos 200.000 volúmenes que databan desde 1798, además de antigüedades, mapas y manuscritos.
En un comunicado, el Consejo de Ministros expresó su «hondo pesar y condena» por el incendio en la Academia Científica, que calificó de «tesoro del patrimonio de la historia».














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