actualidad, opinion, variedades.

Axis Sally y La Rosa de Tokio, dos historias y un factor común: Juzgadas por traición.


Mildred Gillars, (29 de noviembre de 1900, Portland, Maine — 25 de junio de 1988, Columbus, Ohio) fue una locutora, actriz y periodista estadounidense, propagandista radiofónica del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial.

Tras iniciar estudios de arte dramático en la Universidad Wesleyana de Ohio que no llegó a concluir, Gillars formó parte, en papeles menores, de compañías de teatro itinerantes.

Tras una estancia en Argel en 1929, en 1934 llegó a Alemania con la intención de estudiar música, ejerciendo posteriormente como profesora de inglés en la Academia Berlitz de Berlín.​

En 1940, fue contratada como locutora en la Reichs-Rundfunk-Gesellschaft, la corporación de radio oficial alemana.

En esta tarea y, una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial, la voz susurrante de Gillars llegó a ser conocida por sus programas de guerra psicológica en inglés escuchadas por muchos miles de soldados estadounidenses en la radio de onda corta que emitían canciones nostálgicas, siendo un tema recurrente de estas transmisiones la infidelidad de las esposas y las novias de los militares mientras éstos se encontraban en los frentes del norte de África y Europa, llegando a preguntarse si las mujeres se mantendrían fieles, «especialmente si os mutilan y no regresáis de una sola pieza».

Mildred Gillars nació en Portland, Maine, con el apellido Sisk. En 1911 recibió el apellido Gillars cuando su madre se volvió a casar.

En 1929, Mildred se trasladó a Francia para trabajar como modelo de pintura y en 1934 a Dresde, Alemania. En Dresde estudió música y más tarde fue profesora de inglés en la Escuela de Idiomas Berlitz de Berlín.

En 1940, Mildred Gillars consiguió un trabajo en la Reichs-Rundfunk-Gesellschaft.

En 1941, Estados Unidos aconsejó a todos sus ciudadanos que regresaran a casa, pero Mildred decidió quedarse con su prometido Paul Karlson, ciudadano alemán. Karlson murió más tarde en el Frente Oriental.

El 7 de diciembre, cuando Japón atacó Pearl Harbor, se derrumbó y tuvo un arrebato en directo. Al tener que elegir entre estar desempleada y posiblemente encarcelada o mantener su trabajo, firmó una declaración de lealtad a Alemania.

Después, se limitó a presentar música y a participar en programas de entrevistas.

En 1942, Gillars consiguió su propio programa de radio llamado Home sweet home.

Era más político que los programas de radio que había hecho anteriormente. Los soldados estadounidenses que la escuchaban empezaron a ponerle apodos como Perra de BerlínNena de BerlínOlga Sallypero el más duradero se convirtió en (Axis SallySally del Eje.

En 1943 Rita Zucca empezó a transmitir a los soldados estadounidenses en Italia desde un estudio en Roma y durante mucho tiempo se creyó que Mildred y Rita eran la misma mujer, por lo que también fue rebautizada como Sally del Eje.

Home sweet home fue diseñado para que los soldados extrañaran su hogar y se cuestionaran por qué estaban luchando en primer lugar. El buzón de G.I. los informes médicos eran dos programas dirigidos directamente a las familias de los Estados Unidos con información sobre las bajas americanas y los prisioneros de guerra.

Entre otras cosas, visitó los campos de prisioneros de guerra, donde entrevistó a los prisioneros y les hizo enviar saludos a sus familias.

La técnica de la traición encontró en la desgraciada Mildred uno de sus más útiles elementos.

Ella fue la creadora y ejecutora de un sistema de infiltración en el campo enemigo por medio de las palabras dulces, de los recuerdos amables o de los consejos que perseguían desintegrar la moral de los rubios muchachos de Texas o de los negros sacrificados de Harlem.

Bajo el nombre de Axis Sally popularizó una audición que llegaba misteriosamente a los oídos desesperanzaos de los hombres ansiosos.

Mildred Gillars emitió su último programa el 6 de mayo de 1945.

Gillars fue detenido el 15 de marzo de 1946, después de esconderse bajo el nombre de Barbara Mome. Fue llevada a una prisión militar, pero fue liberada el 24 de diciembre.

Fue detenida de nuevo en enero de 1947 y posteriormente trasladada en avión a Estados Unidos y con un juicio pendiente. El 25 de enero de 1949 comenzó el juicio y Mildred fue acusada de diez delitos diferentes.

Fue condenada a una multa de 10.000 dólares y condenada a prisión de 10 a 30 años.​

Puesta en libertad tras doce años, en 1961, y convertida al catolicismo durante su reclusión, entró en el Convento de Nuestra Señora de Belén en Columbus, Ohio, y enseñó francés, música y alemán en un instituto de la Orden.

Mildred Gillars comenzó como profesora de alemán y francés en la Academia St.

En 1973, se trasladó a Ohio para completar sus estudios. En 1988, Mildred falleció en el Grant Medical Center de Columbus a consecuencia de un cáncer de colon..

El extraño caso de la Rosa de Tokio que le hablaba dulcemente a los  soldados estadounidenses en el Pacífico – Blog de Exordio

La Rosa de Tokio

EN la desembocadura del río Sumida, al fondo de la gran bahía, la ciudad nueva de Tokio se alza mostrando sus casas de inevitable corte oriental, antisísmicas a partir del fabuloso terremoto de 1923, pero de madera la mayoría a partir del antiguo criterio japonés.

La extensa ciudad se alegró un día, allá por julio de 1941, con la presencia de una pequeña mujer de ojos almendrados y cabellos oscuros, que, a diferencia de las otras mujeres de Japón, era de nacionalidad norteamericana y además no hablaba japonés. Y ésa fué la causa de su desdicha, porque si Iva Toguri D’Aquino hubiese hablado japonés no estaría ahora en la cárcel, o tal vez, de hablar japonés, se la hubiera condenado a muerte.

Claro que esto no está muy claro, pero la narración de esta historia, que pretende vincularse en algún modo a los hechos del espionaje, la traición y otras aproximaciones al tema, nos dará la claridad que el lector espera.

Iva Toguri D’Aquino llegaba por aquella época a Tokio, llevando, además de su belleza oriental y el consabido equipaje, una tía enferma que debía curarse en el Japón. Era la joven Iva hija de nipones. Se había doctorado en abogacía en Los Angeles con notas sobresalientes. Bonita y universitaria, pronto halló, con sus cualidades a la vista, un empleo de cierta importancia en la agencia noticiosa Domei de Tokio.

No se conoce con certeza el motivo por el cual la diminuta Iva dejó a sus familiares pocos días después del traicionero ataque a Pearl Harbour en el mes de septiembre de 1941, pero ella declaró alguna vez que no hubo un motivo fundamental para ausentarse a pasar la vida en una pensión de la zona céntrica.

La fecha de su salida del hogar coincide con la de su debut en Radio Tokio, donde, bajo el nombre de la «Rosa de Tokio», organizó una audición dedicada a los soldados americanos de los frentes del Pacífico. La transmisión llegaba por las noches y era engarzada en la voz dulce de la bonita Ivo.

Se escuchaba bajo las carpas de campaña, cuando los soldados del Tío Sam entraban en la hora de la meditación y el recuerdo, a hurtadillas, como si robaran besos al hogar lejano para hacer dulce el fuego de las ametralladoras.

La voz de la «Rosa de Tokio» se filtraba por los auriculares de los cuadros de comunicaciones, salía al aire por las portátiles de pila y parecía enredarse en la selva extraña de las islas abatidas por el fuego de la artillería.

—Esta locución va dirigida a ti. — decía alguna vez —, mi querido George.

¿Puedes decirme por qué peleas? Allá lejos, del otro lado del mar, está tu novia.

¿No temes que se aburra de tu ausencia?

¿No la extrañas? Abandona las armas y regresa a tu casita blanca de California, recuerda las amorosas caricias de tu madrecita…
Sin duda estas palabras hacían arder de deseos a los pobres muchachos que luchaban para su patria.

Iva Ikoku Toguri (La Rosa de Tokyo) - La Segunda Guerra MundialSu voz se hizo famosa. Sus palabras fueron transcriptas a través del comentario en millones de oportunidades, y pocos eran los norteamericanos que ignoraban aquella mágica presencia de la «Rosa de Tokio»

Se sucedían una tras otra las noches; una tras otra se sucedían también las batallas horribles.

Pronto llegó el día del colosal asesinato en masa. Hiroshima habría de despuntar un día envuelto en la incomprensible nube rubia de los átomos disgregados.

La «Tokio Rose» calificó aquellos horrores de un modo que poco gustaba a los americanos del norte.

Su charla llegó a los oídos ansiosos de voces femeninas cuando ya losa suboficiales y los soldados habían formado un solo grupo y se reunían en las carpas, bajo las palmeras, enredando recuerdos y palabras, música de vaqueros y whysky ausentes que ponían la piel de gallina en los rudos brazos de los héroes de Bataán.

La palabra esperada de la «Rosa de Tokio» se reunía en secreto con sus camaradas del frente. Era por momentos una niña alegre de las universidades yanquis, rememorando los días felices del aula; otras veces, la intérprete de los deseos melódicos del soldado.

Su audición contenía una colección de los más apreciados discos de Bing Crosby, Benny Goodman, Tommy Dorsey y otros.

Se pasaban, antes y después de la entrada en el aire de la simpática Ivo, trozos de música clásica norteamericana e inglesa, y su palabra se hacía presente con una pregunta intencionada:
—¿Recuerdan ustedes esta música?

Nagasaki sería de pronto la segunda víctima.

En una demostración de increíble poderío, siempre en homenaje a la libertad y la justicia, fué arrojada sobre la inocencia de niños y mujeres, de hombres indefensos y ancianos desprevenidos, la segunda bomba atómica que serviría para sembrar el pánico sobre el mundo entero y crear un nuevo y gran fantasma que se iría pronunciando a medida que callaban los cañones en los campos de batalla de todos los frentes.

Luego llegó la rendición inevitable del más débil, y con ella el proceso de los criminales de guerra, que serían, por lógica poco justiciera, los vencidos.

La «Rosa de Tokio» no entró en el campo de los criminales de guerra. Su figura se destacaba en el grupo de los traidores, ya que siendo norteamericana debía rendir cuenta de sus actividades poco recomendables en la agencia Domei.

La rendición de Japón y la entrada de los aliados al país acompañados de una legión de periodistas fue el comienzo de una caza de brujas cuyas consecuencias acabó pagando la protagonista de esta historia. Al ser la única que había conservado su nacionalidad americana, pasó a ser la única de las locutoras que podía ser juzgada por traición a los Estados Unidos.

 El 5 de septiembre de 1945, fue arrestada y trasladada a la prisión de Yokahama, donde se realizaban los interrogatorios. Su siguiente destino fue la prisión de Sugarno, en compañía de otros criminales de guerra. Tras seis meses del arresto, un informe interno del ejército estadounidense concluyó que no existía base suficiente para sostener la acusación, pero a Iva aún le esperaba una larga temporada en la cárcel.

La llegada de rumores a Estados Unidos sobre las intenciones de Iva de regresar al país generaron protestas populares y el linchamiento mediático de una población que buscaba venganza tras las disputas vividas con el país nipón. A finales de 1948, el director del FBI consiguió arrestar, de nuevo, a la protagonista de esta historia.

La Rosa de Tokio –

Tras su traslado a Estados Unidos, el 5 de Julio de 1949 se celebró el juicio con ocho cargos por traición, apoyándose en falsos testimonios de ex-empleados de Radio Tokio y soldados que habían oído una emisión de la que ni siquiera se conservaban grabaciones o transcripciones.

El 29 de septiembre, fue sentenciada a diez años de cárcel y a pagar una multa de 10.000 dólares. 

Por suerte para Iva, un hombre decidió seguir investigando: Ronald Yates.

Convencido de la falta de veracidad de las acusaciones arrojadas sobre la protagonista de esta historia, el periodista del Chicago Tribune Ronald Yates logró destapar la trama de mentiras y falsas acusaciones vivida por Iva.

En enero de 1956, tras seis años y dos meses de condena, fue liberada.

Su indulto, firmado por el presidente Gerald Ford, no llegó hasta veinte años después.

Finalmente, con 90 años de edad, Iva vio reconocida su labor al recibir un premio del Comité de Veteranos de la Segunda Guerra Mundial, logrando por fin justicia no solo a nivel legal, sino también social y mediático.

Si bien su país de origen era Estados Unidos, no es menos cierto que entrado el Japón en guerra nadie se ocupó de rescatarla. Según ella, no sabía hablar el idioma nipón. En la agencia Domei se la había empleado por sus condiciones de doctorada en Los Ángeles y para algo debía servirles.

La agencia fue quien en verdad organizó e implantó aquel programa, que bajo el título de «La hora cero» llegaba a las islas en la voz melodiosa de la «Rosa de Tokio»

El desconocimiento del idioma japonés, que intentó aprender y comprender en cuanto llegó a tierras de Tokio, fue motivo suficiente para que los defensores atacaran por ese flanco en el juicio que le fue seguido, explicando que de no aceptar aquella función en la agencia Domei, Iva Toguri D’Aquino hubiera corrido otros peligros, ya que era norteamericana de origen.

Iva Toguri murió el 20 de septiembre de 2006.

nuestras charlas nocturnas.

 

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.