Aztecas …

monografias.com(A.R.Guevara Hdz/I.E.R.Montemayor) — Junto con la llegada de los primeros conquistadores al Nuevo mundo, se presentaron los primeros misioneros, conjunto de santos y rebeldes, llenos del santo espíritu de Dios y con la idea fija de transformar al cristianismo y llevar la salvación que la Santa Iglesia Católica tenía preparada para todos los infieles.
Soldados, aventureros y diversos grupos de sacerdotes y religiosos, cayeron en el continente recién descubierto por Colón. Grande fue su sorpresa al percatarse y conocer las diferentes religiones de las tierras que iban siendo descubiertas y conquistadas. Quedaron asombrados no sólo de la riqueza de ciertos panteones ( Aztecas de México, Mayas de Yucatán, Incas del Perú), sino de encontrar en las múltiples religiones de este Nuevo Continente insospechado poco antes e incluso aislado del mundo antiguo, no solo creencias y prácticas semejantes a otras de la mitología clásica, sino leyendas y tradiciones, como por ejemplo, las relativas al diluvio, que no sabían que existiese fuera de la Biblia.
Y su asombro llegó al colmo al enterarse de que ciertas particularidades que ellos creían exclusivas del culto católico que con tanto celo se disponían a implantar, particularidades que estaban seguros de haber sido inventadas por la Iglesia, por ejemplo, la confesión, eran cosa establecida y practicada hacía siglos en el nuevo, inmenso, desconocido y misterioso continente.
También conocían la existencia de Vírgenes – Madres: como la Coatlicue, que había concebido por obra de la divinidad, y la Mujer Blanca, de Honduras.
Sin contar que existía por todas partes el sistema dualista, es decir, el de dioses y demonios, seres, espíritus, principios o entidades diametralmente opuestas, y por ello enemigos, productores del bien y otros del mal, como entre los persas estaba Ariman y Ormazd o Dios y el Diablo entre los cristianos.
¿ Cómo podía ocurrir cosa tan insólita y sorprendente ? Respecto a ciertas leyendas, eco lejano de inmensos acontecimientos planetarios o de cataclismos acaecidos en nuestro globo en épocas remotas, aún, bien que no sin sorpresa, podía explicarse la coincidencia. Para justificar otras, hubiera habido que admitir, cosa muy improbable, que un grupo relativamente reducido de individuos, pero ya con una base sólida y un abundante caudal de mitos, habíase extendido por el mundo llevando con ellos sus creencias y leyendas, que había ido luego transformándose de acuerdo con los climas, los lugares, las necesidades y los tiempos.
Mas esta hipótesis, aunque pudo pasar por un momento por la mente de alguno de aquellos celosos y admirables misioneros, sería desechada al punto. ¿ Cómo hubieran podido los hombres primitivos , inermes ante los grandes obstáculos naturales, cruzar un mar que en pleno siglo XVI ofrecía aún tantos peligros, riesgos y dificultades ?.
En cuanto al aspecto relativo a la identidad de ciertas prácticas que creían exclusivas de la religión que ellos se proponían implantar, de esto ni trataron de hallar la causa, como es muy probable. Debieron limitarse a hacer un razonamiento mental semejante al de Simón de Monfort, al hacerle la observación, pues había mandado pasar a cuchillo a todos los habitantes de Béziers: hombres, mujeres y niños ( hecho ocurrido el 2 de julio de 1209), que algunos de ellos no eran herejes, respondió lleno de celo: «Que mueran todos. Dios en el cielo separará los católicos, si los hay, de los malditos albigenses». Pues bien, ellos se dirían más o menos lo mismo.
No obstante, el problema no era difícil de resolver reduciéndole a su expresión más natural y sencilla. Descontando que, como en muchos otros lugares de la Tierra, el totemismo era la base, por así decirlo, de todas las religiones americanas, hubiera bastado considerar cómo han nacido las creencias religiosas para comprender que la raíz de todas es la misma. Y que luego sus variaciones, sus prácticas, sus leyendas y sus mitos no son sino producto del medio y de los siglos. de la geografía y del progreso. Así como que el unguento de ilusiones, leyendas, mitos y fantasías de tipo religioso en todas partes es igual: la fe destinada a aliviar temores y crear esperanza.
Por ello considero oportuno revisar lo que la fantasía americana, en función de la necesidad y del tiempo, han producido como tradiciones en este continente. Es decir, las variaciones introducidas por los años en ese fondo común constituido allí, como en todas partes, por los grandes fenómenos de la naturaleza y por los cataclismos primitivos, primeras causas, en todas partes, del miedo a lo desconocido, y con ello del sentimiento religioso.

(Mayas de Yucatan)
Iniciemos pues con el estudio de los Aztecas.
Podemos decir que un hecho que se considera común en todas las religiones politeístas fue siempre la tolerancia respecto a los dioses extranjeros, por lo que cada vez que un pueblo dominaba a otros, asimilaba a los dioses de los vencidos en su panteón, con objeto de que le fuesen propicios en el suelo que acababan de conquistar. terreno que creían, pensando con buena lógica, que antes que a ellos pertenecía a los dioses que allí dominaban.
Las religiones monoteístas, por el contrario, al creer que el único dios verdadero era el suyo y todos los demás invenciones de la fantasía, o de los demonios, lógicamente también ( este lógicamente es según su lógica) tenían que perseguirlos.
A causa de lo cual las atrocidades, violencias y crímenes cometidos en nombre de los dioses únicos fueron siempre monopolio, no hay más remedio que confesarlo, de las religiones tenidas como más perfectas. ( Como ejemplo tenemos la forma en que se extendió el islamismo a sangre y fuego o las cruzadas católicas de los siglos XI al XIII).
Así las cosas, los Aztecas mexicanos, aunque era un pueblo esencialmente conquistador, no era fanático exclusivo de sus dioses, sino más bien anexionador de divinidades, natural es que ofrezca en su religión, tal como se le conoce, o sea, tal cual estaba cuando Cortés se presentó en el siglo XVI, una extremada complejidad.
No obstante pueden distinguirse de un modo general en su panteón dos grandes series de divinidades: unas en relación con la caza y con la guerra y las otras en relación con la agricultura.
El gran dios mexicano de la guerra era Huitzilopochtli
( «El dios de la guerra de los chichimecas era Mixcoatl, dios cazador y guerrero. El de los tlaxcaltecas, Camastli, así cada tribu tenía su dios. Xipe era el dios de los sacrificios por excelencia, bien que todas las divinidades guerreras fuesen sanguinarias y exigiesen sacrificios humanos. Xipe era, no obstante, un dios intermedio: mitad guerrero, mitad agrícola.»).
Este dios era la divinidad tribal de los aztecas. La tradición decía que por orden suya su pueblo había emprendido la migración que les condujo al borde del lago de Texcoco, donde fundaron su capital.
Se le conocía también con el nombre de Mexitl, de donde la palabra México, lugar dedicado a Mexitl. Solía representársele esquemáticamente mediante un águila, símbolo azteca de la fuerza y de la intrepidez guerrera, así como del Sol mismo. Por ello la abundancia de estos animales en los blasones y escudos de armas de los guerreros. Huitzilopochtli, etimológicamente quiere decir pájaro mosca izquierdo.
Debe tenerse en cuenta que el lado izquierdo , en la concepción cósmica de los aztecas correspondía al Sur. Sin duda, además Huitzilopochtli era una forma del sol, puesto que cuando se le sacrificaban víctimas los corazones eran expuestos al sol.

Huitzilopochtli
Lo de pájaro mosca venía de la siguiente leyenda, la cual parece indicar que antes de llegar a ser el dios de la guerra fue un dios totémico, un colibrí:
Huitzilopochtli había sido concebido por la Virgen – Madre Coatlicue ( la del traje tejido con serpientes), que era ya madre de una hija y de numerosos hijos, llamados los Centzon-Huitznahuas ( los cuatrocientosmeridionales). Coatlicue, estando un día orando en el templo del Sol, recibió del Cielo una corona de plumas de colibrí.
La puso sobre su seno y quedó encinta del dios de la guerra. La hija, furiosa, pues creía deshonrada a su madre, instigó a los Cuatrocientos Meridionales ( es decir, las estrellas meridionales, enemigas del Sol) para que la matasen. Pero Cuatlicue pudo librarse de ellos y dar a luz a Huitzilopochtli, que por cierto, nació enteramente armado, como la Atena griega; revestido con una armadura azul, con la cabeza y la pierna izquierda adornadas con plumas de colibrí y una jabalina azul también en la diestra (signo de habilidad).
Al punto, precipitándose sobre su hermana, la mató; luego y sirviéndose de Xiuhcoaltl, la serpiente de fuego, su atributo distintivo, exterminó a los Centzon-Huitznahuas y a cuantos habían complotado contra su madre.
Se solía representar a este dios como un guerrero con la parte alta de la cara pintada de negro, cubierto con una armadura de plumas y llevando en la mano izquierda un escudo y en la derecha el xiuhcoaltl. En su calidad de dios tribal, le estaba dedicado el templo de México.
Los corazones de las víctimas que eran sacrificadas en su honor, eran puestos en recipientes de piedra llamados quanhxicalli, «recipientes del águila», alusión a una de las formas del dios. Tal vez una divinidad más antigua que él ( cuyo hermano era Tezcatlipoca, «espejo brillante», dios del invierno y no se sabe el porqué, también de la justicia) era sin duda Quetzalcoaltl, la serpiente emplumada, que los aztecas debieron de encontrar ya al conquistar México.
Decíase que esta serpiente había tenido que retirarse ante el ataque de los aztecas, acabando por embarcarse para ir hacia los países del Este, al otro lado del Atlántico. Pero que un día volvería a tomar el desquite. Esta antigua creencia no dejó de ayudar mucho a Cortés, que al tener noticia de la tradición, la empleó y la explotó para sus alianzas con las tribus enemigas de Moctezuma cuando su prodigiosa conquista de México.
Tezcatlipoca( espejo humeante) era el dios del Sol; personificaba el sol del verano, que madura las cosechas, pero que trae también la sequedad y la esterilidad. Como dios de la tarde, era asimilado a la Luna. Recibía diversos nombres, según las fiestas en que era invocado , algunas de las cuales le estaban consagradas en su calidad de dios de la música y de la danza. Era invisible e impalpable, apareciendo, a veces, a los hombres, bajo la forma de una sombra fugitiva, de un monstruo espantoso o de un jaguar. Según una leyenda, Tezcatlipoca erraba por las noches bajo la forma de un gigante, envuelto en un velo ceniciento y llevando su cabeza en la mano.
Cuando los temerosos le veían morían, pero el hombre bravo le agarraba y le decía que no le soltaría hasta por la mañana. El gigante suplicaba que le soltase y maldecía. Si el hombre conseguía retener al monstruo hasta el alba, éste entonces cambiaba de humor, le ofrecía riquezas y poderes invencibles con tal de que le dejase partir antes del amanecer.
El hombre victorioso recibía entonces del vencido cuatro espinas como prenda de su victoria. Luego el hombre valiente le arrancaba el corazón y se lo llevaba a su casa. Pero al desdoblar la tela en que lo había metido no encontraba sino plumas blancas o una espina, o ceniza, o harapos. Los aztecas le temían más que a todo otro dios y le ofrecían también sacrificios sangrientos. Cada año, el más hermoso de entre los jóvenes cautivos era escogido para personificarle. Le enseñaban a cantar, a tocar la flauta, a llevar flores y a fumar.

Tezcatlipoca
Le vestían suntuosamente y ponían ocho pajes a su servicio. Durante todo el año le prodigaban toda clase de honores y placeres. Veinte días antes de la fecha dispuesta para el sacrificio le daban como mujeres a cuatro jóvenes, que personificaban a cuatro diosas. Luego empezaban una serie de fiestas y danzas. Llegado el día fatal, el joven dios era conducido con gran pompa fuera de la ciudad y sacrificado en la última plataforma del templo. De un solo golpe con un cuchillo de obsidiana, el sacerdote le abría el pecho y le sacaba el corazón palpitante, que ofrecía al Sol.
Tezcatlipoca era el gran enemigo de Quetzalcoatl, cuyo mito parece evocar una gran lucha étnica. Tezcatlipoca no pensaba sino en la destrucción de los de Tulla, es decir, de los tolteques, de los que Quetzalcoatl era el dios más importante antes de llegar a ser, luego de la caída de los tolteques, una de las principales divinidades aztecas.
Un día los de Tula vieron entrar en la ciudad tres brujos, uno de los cuales no era otro que Tezcatlipoca bajo la apariencia de un hermoso joven. Este consiguió seducir a la sobrina de Quetzalcoatl, hija del rey Uemac, lo que le permitió extender el Tula el gusto a la desobediencia a las leyes y el vicio.
En una gran fiesta bailó y entonó un cántico mágico. Pronto fue imitado por un gran número de tolteques, a los que condujo a un puente, que hundiéndose bajo su peso, hizo caer a la mayor parte al río, donde fueron convertidos en piedras. Poco después se mostró a los tolteques haciendo bailar mágicamente en su mano a un muñeco. Maravillados se amontonaron de tal modo para ver mejor el espectáculo prodigioso, que muchos murieron asfixiados. Entonces les dijo que debían matarle por los males que había ocasionado. Le mataron, en efecto, mas al punto su cuerpo empezó a exhalar tal olor, que muchísimos de los tolteques morían. En fin, tras muchas pérdidas, consiguieron sacarle fuera de la ciudad cuando ya casi la había arruinado.
Tezcatlipoca era representado con cabeza de oso y ojos muy brillantes. Llevaba en la cara rayas amarillas y negras. Su cuerpo era negro también y sus tobillos estaban llenos de campanillas. provocaba discordias y la guerra. Pero también era dispensador de riquezas. Los aztecas le atribuían el poder de destruir el Mundo si le placía. Como la mayor parte de los otros dioses, resucitó y volvió del cielo a la tierra.
Quetzalcoatl ( serpiente – pájaro), dios del viento, amo de la vida, creador y civilizador, patrón de todas las artes e inventor de la metalurgia, era en un principio una divinidad del Chilollán; pero expulsado por las maquinaciones de Tezcatlipoca, resolvió irse a Tlapallán, tras la ruina de Tulla. Quemó sus casas, hechas de plata y de conchas, enterró sus tesoros y se lanzó por el mar del Este, precedido de sus servidores, transformados en pájaros de vivo plumaje, tras prometer a su pueblo volver. Desde entonces, centinelas colocados en la costa acechaban la llegada del dios.
Quetzalcoatl era representado como un viejo de larga y blanca barba y vestido con un traje muy amplio. La cara y el cuerpo pintado de negro. En la cara una careta de hocico puntiagudo de color rojo.
» Quetzalcoatl ocupa un lugar único en la historia y la imaginería mexicanas. Su figura múltiple recorre todas las épocas y en cada una brilla con luz propia. Su primera aparición es imborrable: nace con la actual era del mundo y es uno de sus creadores. Un mito hecho de mitos.
Según las cosmogonías más antiguas, Quetzalcoatl nació cuando no había luz ni movimiento ni vida en el mundo, e instauró un orden fundamental en el cosmos. Separó el cielo de la tierra, y él mismo se convirtió en uno de los árboles que sostenían la bóveda celeste. En la tradición maya es el Primer Padre, el ordenador del cosmos y el dios del maíz, la deidad que creó el alimento de los seres humanos y produjo la vida civilizada. Varios textos y pinturas describen su maravilloso viaje a la Primera Verdadera Montaña, el lugar donde se guardaban los alimentos fundamentales. Cuentan cómo Quetzalcoatl, armado de un hacha con forma de relámpago, golpeó la montaña de los mantenimientos y de la abertura que hizo brotó el maíz y los bienes que desde entonces alimentan a los seres humanos.
En los testimonios mayas que narran la saga de Quetzalcoatl, los principales acontecimientos de su vida están vinculados con el ciclo vegetal de la planta del maíz. Siguiendo la práctica de los campesinos cuando inician la siembra y remueven la tierra para depositar en ella la simiente. Quetzalcoatl fue primero sembrado en la tierra; es la primera semilla que se introdujo en el seno de la tierra. Pero como los dioses creadores no advirtieron a los señores del inframundo de esta intromisión en sus dominios, no acordaron con ellos los sacrificios que habrían de recibir a cambio de procrear la vida en su interior, éstos retuvieron la
semilla y se negaron a que fructificara en la superficie terrestre. El Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, narra que al observar esa resistencia los dioses celestes enviaron al inframundo a dos héroes dotados de poderes sobrenaturales, los Gemelos Divinos.
Quetzalcoaltl
Los gemelos descendieron al interior de la tierra, enfrentaron a los temibles señores del Xibalbá, los vencieron e hicieron retornar al dios del maíz a la superficie terrestre. El episodio más dramático del mito es el renacimiento glorioso del dios del maíz, quien brota del interior de la tierra llevando con él las mazorcas preciosas, con cuya masa los dioses modelaron a las mujeres y a los hombres de la nueva era del mundo. Como se observa, en su versión más antigua, el mito de Quetzalcoatl es una cosmogonía agrícola, un canto a los poderes reproductores del cielo y de la tierra, y una apología de la agricultura como sustento de la vida civilizada.
En la tradición del área del Golfo de México, Quetzalcoatl asume otra apariencia: es Ehécatl, el dios del viento, la potencia que barre los cuatro rumbos del cosmos para que por ellos corran los aires que provocan la precipitación de la lluvia. Su aparición ordena el cosmos, el espacio terrestre y el tiempo. Sus templos eran redondos y por ellos viajaban los diferentes vientos. En Cholula, sus seguidores edificaron un templo altísimo y la fiesta que lo conmemoraba reunía peregrinos de las regiones más apartadas de Mesoamérica.
En los códices y relatos mixtecos, Quetzalcoatl aparece bajo la advocación de Ehécatl, el soplo vital que le infundió movimiento al cosmos. Su calidad divina se manifiesta al nacer; pues brota de un pedernal y una de sus primeras tareas es separar el cielo y las aguas de la tierra. Su aparición se asocia con el surgimiento de la tierra mixteca, el nacimiento de los primeros linajes en la legendaria región de Apoala, el descubrimiento de las plantas útiles y del fuego, y la celebración de las ceremonias dedicadas a reverenciar a los dioses y los ancestros.
Es un héroe cultural de naturaleza divina, un dispensador de los bienes fundamentales y el ancestro tutelar del pueblo mixteco.
Varios siglos más tarde, cuando ya habían desaparecido los reinos de la época Clásica que contaban que la creación del cosmos había sido obra del dios del maíz, se fundó un estado poderoso en el norte de Mesoamérica, poblado por gente nómada y guerrera y por antiguos habitantes del Altiplano Central. Ese reino tuvo por capital Tula o Tollan, la celebrada ciudad gobernada por el rey y supremo sacerdote Quetzalcoatl. Los relatos toltecas le atribuyen a Quetzalcoatl la creación del legado cultural que fundó la vida civilizada en Mesoamérica: la invención de la agricultura, el calendario, la escritura, la astronomía, la astrología, la medicina y las artes y oficios útiles. Es decir, este mito legitima el asentamiento de los guerreros norteños en las tierras de los antiguos agricultores y transforma sus creaciones culturales en legado tolteca.
La celebración del dios y héroe cultural de Tula se confundió con la imagen de un personaje llamado Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcoatl, que quiere decir Uno caña ( su fecha de nacimiento), nuestro señor Quetzalcoatl. Su legendaria biografía señala que llevó el mismo nombre que el dios y sacerdote, hizo hazañas guerreras, gobernó Tula en su máximo esplendor, perdió el trono y por último, abandonó su reino, huyendo con una parte de sus fieles hacia el oriente.
La literatura más extensa sobre Topiltzin Quetzalcoatl se refiere a su gobierno en Tula y celebra la fundación de un reino que ejercía el poder sobre innumerables pueblos. Los textos narran que Tula era la metrópoli donde abundaban las riquezas y confluían los bienes de la civilización. En ese reino el poder político estaba unido al religioso en la persona de Topiltzin Quetzalcoatl. A Tula acudían los señores de las provincias vecinas y ahí Topiltzin les asignaba su rango y les imponía las insignias del poder. En signo de acatamiento, los jefes de los distintos reinos le ofrendaban tributos muy ricos y regalos suntuosos.
Repentinamente, este reino feliz fue abatido por los poderes malignos del dios Tezcatlipoca, quien hizo que Quetzalcoatl huyera hacia oriente. Unos textos dicen que al llegar a un lugar de la costa del Golfo de México, Quetzalcoatl se incendió y más tarde renació convertido en Estrella Matutina o Señor del Alba. Otros cuentan que al salir de Tula inició una dilatada peregrinación por las regiones de Puebla, Oaxaca, Tabasco, Chiapas y Yucatán, y se internó en las tierras de Guatemala, El Salvador y Nicaragua. En cada uno de esos lugares dejó una huella inolvidable de su presencia.
Múltiples testimonios registran la penetración en el sur del País de grupos de ascendencia tolteca, junto con el arribo de un personaje que reproduce los rasgos del legendario rey, supremo sacerdote y héroe cultural de Tula. En muchas ciudades su emblema, la Serpiente Emplumada, adorna los monumentos más significativos. En Chichén Itzá es el emblema que identifica a los personajes que encabezan acciones bélicas. En Cacaxtla, la Serpiente Emplumada identifica a los dirigentes de esa ciudad. En Xochimilco, la Serpiente Emplumada ondula en el monumento que se levanta en la plaza central. Asimismo, diversos textos yucatecos, quichés y cakchiqueles dan cuenta de invasiones procedentes del Altiplano Central dirigidas por personajes que ostentan el nombre de Kukulkán, Gucumatz o Nacxit, que son otras tantas apelaciones del legendario Topiltzin Quetzalcoatl.
Como se advierte, el mito de la Tula maravillosa y del legendario Quetzalcoatl legitiman la expansión de un pueblo conquistador, que desde el siglo IX al XII impuso su dominio en Tula y en la Península de Yucatán, donde grupos toltecas y mayas fundaron Chichén Itzá, la metrópoli sureña.
Topiltzin Quetzalcoatl
Cuando Hernán Cortés llegó a las playas de Veracruz, buena parte de las diversas imágenes que a lo largo del tiempo se habían reunido en Tenochtitlán, la ciudad edificada en medio de la laguna, que era entonces una metrópoli cosmopolita y un centro receptor de múltiples tradiciones.
En el panteón mexica, Ehécatl -el dios creador de los códices mixtecos- tenía un alto lugar, aunque crecientemente disputado por Tezcatlipoca y Huitzilopochtli, deidades nahuas. Su extraño templo redondo ocupaba un lugar privilegiado frente al Santa santorum de Tenochtitlán, el Templo Mayor.
En el centro ceremonial de Tenochtitlán, los mexicas habían construido un templo para albergar las efigies de los dioses conquistados, de tal manera que la variedad de deidades nahuas se imbricó con los dioses, símbolos y discursos teogónicos de otros pueblos y culturas.
Así, a las propias relaciones de Quetzalcoatl con otros dioses del panteón nahua, se agregaron nuevas conexiones con deidades de panteones diferentes. El Quetzalcoatl mexica recibió los atributos y significados del Quetzalcoatl venerado en Cholula y particularmente la rica simbología de la Estrella Matutina y la Estrella Vespertina que estaba en uso en diferentes regiones, de modo que, Xólotl, Tlahuizcalpantecutli y otros avatares de Venus se sumaron al Quetzalcoatl de los aztecas.
En la cosmogonía nahua, Quetzalcoatl es uno de los dioses que intervienen en la creación del cosmos y del sol, y es asimismo el dios que desciende al inframundo, rescata los huesos de la antigua humanidad y forma con ellos a las mujeres y a los hombres del Quinto Sol. Como sus antecesores mayas y mixtecos, es el dios dispensador de la civilización, el reciclador del tiempo, el discernidor del movimiento de los astros y de los destinos humanos. El calendario y la Escritura, los dos saberes supremos que ordenaban los conocimientos fundamentales de Mesoamérica, eran actividades vinculadas al dios Quetzalcoatl y estaban a cargo de los dos más altos sacerdotes, quienes llevaban asimismo el título de Quetzalcoatl.
Al lado de las representaciones del dios, los testimonios mexicas destacan la imagen de Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcoatl como el fundador del reino soñado. Del mismo modo que en la mitología mexica Tula es el arquetipo de la ciudad y el reino ideal, Topiltzin Quetzalcoatl es el paradigma del gobernante, el creador de las insignias, investiduras y símbolos reales, el primer rey de la legendaria Tula, el fundador del poder tolteca, antecesor del poder mexica.
La conquista española y la invasión de nuevos dioses y símbolos religiosos no segaron la vida de Quetzalcoatl. Por el contrario, la multiplicaron. Con las cenizas y los recuerdos de los antiguos dioses, los sobrevivientes indígenas compusieron un nuevo mito de Quetzalcoatl: el antiguo héroe cultural fue transformado en un mesías redentor. Varios testimonios relatan la historia de un Quetzalcoatl que había prometido regresar de su exilio, formar un ejército indígena dotado de armas invencibles, hacer la guerra a los invasores blancos y restaurar el antiguo reino de los señores naturales.
Por su parte, los frailes evangelizadores y los nacidos en México de ascendientes europeos, crearon el mito de un Quetzalcoatl cristiano. Fray Toribio de Benavente, el célebre Motolinía, inició esta transformación cuando aseveró que Quetzalcoatl era «hombre honesto y templado», y dijo que fue él quien «comenzó a hacer penitencias y ayuno y disciplina».
Bartolomé de las Casas dio un paso más en esta conversión cuando afirmó que Quetzalcoatl, el dios de Cholula, era un hombre blanco, de ojos grandes, largo cabello negro y barba redonda. El dominico Diego Durán completó esta identificación en su Historia de las Indias, donde escribió que Quetzalcoalt había sido en realidad un mensajero de Cristo, puesto que había difundido los signos de la verdadera religión y había profetizado la llegada de los españoles.
La interpretación de Durán no admitía la idea de que los indios de la Nueva España pudieran haber sido olvidados por los señalados para propagar la palabra de Cristo. Según su interpretación, el apóstol de los indios había sido Topiltzin, » el cual aportó a esta tierra, y según la relación [ que] de él se da […] también sabemos haber sido predicador de los indios». Así, por medio de esta transmutación, Quetzalcoatl adquirió los rasgos de un apóstol de Cristo, mientras que otros pensaron que Dios había utilizado ese engaño para atraer a los indios a la verdadera fe.
Como lo ha mostrado Jacques Lafaye, la «idea que pronto tendió a imponerse fue que Quetzalcoatl era el apóstol Santo Tomás y que todas las analogías [ de las ] creencias del antiguo México con el cristianismo derivaban de una pretérita evangelización de América y de la degradación ulterior de la doctrina». Sobre estas bases se afirmó la idea de que Quetzalcoatl fue un dios blanco, procedente de un país remoto, cuyo mandato era difundir la civilización en las incultas tierras de América.
Fray Servando Teresa de Mier
Desde entonces, Quetzalcoatl se convirtió en la presencia más ubicua y carismática de la mitología mexicana. Adquirió las cualidades de la metamorfosis, la resurrección y la multiplicación sin límites. Su figura, radiante o premonitoria, pudo atravesar simultáneamente diferentes tiempos o viajar por múltiples espacios. En los años críticos de indefensión o quebranto, asumió los rasgos del profeta: anunció regresos triunfales y la instauración de un nuevo reino.
En las épocas de construcción y estabilidad se convirtió en símbolo de civilización y en emblema de una identidad ancestral.
Poco antes de que estallara el movimiento de independencia, fray Servando Teresa de Mier revivió la leyenda del apóstol y del héroe legendario. A su vez, muchos indígenas y mestizos entendieron que en esos años se cumplía un ciclo más de las revoluciones del tiempo y que esa anudación de los años anunciaba el regreso de Quetzalcoatl. A lo largo del siglo XIX su figura invadió los terrenos de la poesía, la música, el drama, la literatura y la pintura.
En estas artes, como antes en el mito, adquirió otros perfiles y vivió nuevas reencarnaciones. Con el triunfo de la Revolución de 1910 y la eclosión de la pintura mural, Quetzalcoatl se convirtió en uno de los personajes predilectos de los muralistas. José Clemente Orozco y Diego Rivera plasmaron dos interpelaciones poderosas de Quetzalcoatl, y más tarde cada pintor construyó su propia versión de este personaje.
En la segunda década del siglo actual, Manuel Gamio, el fundador de la arqueología mexicana, exhumó en la ciudad sagrada de Teotihuacán el templo más antiguo que se conoce dedicado a la Serpiente emplumada. Nunca imaginó que con esa obra iniciaría otro interminable debate sobre esa entidad prodigiosa, y abriría la puerta a una sucesión de cambiantes interpretaciones. las encontradas y fantásticas elecubraciones que cada generación de arqueólogos produjo de esta figura, pronto fueron superadas por las fabricadas por historiadores, escritores, practicantes de ciencias ocultas, astrólogos, periodistas, antropólogos de las más variadas escuelas y aficionados a la historia y la arqueología.
En las últimas décadas, la literatura sobre Quetzalcóatl adquirió dimensiones inabarcables. Los psicólogos encontraron nuevas versiones del complejo de Edipo al analizar la personalidad incestuosa y esquizofrénica de Quetzalcóatl. En la iconografía popular, aun cuando la Virgen de Guadalupe y el Enmascarado de Plata mantienen el primer lugar en cuanto al número de veces que su imagen se reproduce, Quetzalcóatl se imbricó con las imágenes de los santos, vírgenes, profetas, héroes culturales, videntes y ancestros de toda laya.
Como ocurre con otros grandes mitos, el de Quetzalcóatl se ha vuelto un mito universal, imposible de reducir a una sola explicación, irrefrenable y polisémico. Cada nueva interpretación da pie a nuevas hipótesis y suscita otras réplicas que a su vez conducen a nuevas disquisiciones. Al reencarnar en cada época bajo nuevas apariencias y simbolismos, y al reproducirse con la máxima plasticidad, adquirió la libertad suprema: la de ser cada vez una personalidad distinta y mudable.»
Entre los dioses de la agricultura, el más importante era Tlaloc ( pulpa de la tierra), dios de las montañas, de la lluvia y de los manantiales. Pertenecía originariamente a los otomíes, y era representado también pintado todo de negro, pero llevando una corona de plumas blancas empenachada de otra verde. Entre sus atributos estaba la careta de serpiente con dos cabezas. Habitaba en la cima de las montañas, y su casa, Tlalocán, estaba llena de alimentos.
En ella habitaban las diosas de los cereales, muy particularmente del maíz. Tlaloc, antiguo dios de Teotihuacán, se caracterizaba por sus ojos inmensos y por sus largos dientes. Era el dios de la lluvia, de las aguas, del trueno, y de las nubes y por ello habitaba en la cima de las montañas.
Otro dios de la lluvia era Xipe, invocado con el título de el Bebedor Nocturno. Para que concediese la lluvia se le sacrificaban cautivos, que eran atados a postes y acribillados a flechazos. Su sangre, que caía en tierra, como la lluvia, debía de atraer a ésta. Tlaloc por su parte, tenía cuatro grandes artesas de las que sacaba cuatro diferentes clases de agua: una buena ( la útil al campo), la de la primera artesa. La de la segunda hacía nacer las telas de araña y provocaba las enfermedades de los cereales; la de la tercera se transformaba en granizo y la de la cuarta hacía morir todos los frutos. Era, pues, un dios bueno y malo a la vez. Y precisamente porque era temido, era venerado. Su culto era el más bárbaro y sanguinario de todos. Incontables niños de pecho le eran sacrificados.
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Tlaloc
Cuando eran sus fiestas los sacerdotes iban en busca de víctimas tiernas, compraban los bebés a sus madres y los echaban a un lago donde los dejaban que se ahogasen. Luego los cocían y se los comían. Si los niños lloraban, los espectadores se regocijaban, pues las lágrimas anunciaban según decían, la lluvia. De las veinte grandes fiestas, cinco eran dedicadas a Tlaloc y a su mujer, Chalchiutlicue (la que tiene una falda de piedras verdes), que simbolizaba el agua en movimiento, los torrentes y los ríos. Durante estas fiestas, los sacerdotes se zambullían en el lago e imitaban los movimientos y el croar de las ranas, con objeto de atraer ellos mismos a la lluvia. Era asociada también a Tlaloc su hermana Chicomecoatl ( Siete Serpientes), a la que representaban con espigas de maíz en las manos. Era diosa de la fertilidad. La serpiente, cuando no tenía plumas, correspondía siempre al agua y a la fertilidad agraria.
Otra diosa agraria adorada especialmente en Cuohnahuac (hoy ciudad de Cuernavaca), era Xochiquetzal, esposa del dios del maíz, Centeotl. Presidía la aparición de las flores y las fiestas musicales. Aún hay que citar, entre los dioses del maíz y de la tierra, a Tlazolteotl, la Venus mexicana, por la posesión de la cual los Olímpicos mexicanos se hicieron una guerra terrible. Y lo curioso era que además de presidir el amor sexual, presidía también la confesión y la penitencia. Porque uno de los aspectos religiosos de los aztecas que más sorprendió a los conquistadores españoles, como ya he mencionado líneas arriba, fue la existencia en México de las mortificaciones en expiación por las faltas y la confesión.
Esta confesión se hacía en un día determinado. El sacerdote con el que se practicaba absolvía al que se confesaba no solamente ante dios, sino ante la justicia humana. Pero esta absolución total no podía ser dada sino una vez. No solía ser solicitada, además, sino por los ancianos. En cuanto a mortificaciones, además de ayunos rigurosísimos, se extraían sangre de diversos órganos ( lengua, orejas, piernas) y se atravesaban las carnes con espinas de maguey. decíase que Tlazolteotl habíase casado con Tlaloc, el dios de la lluvia, pero luego le había dejado para irse con Tezcatlipoca, divinidad del invierno. La significancia de este mito es clara. Sobre la Venus mexicana hay la siguiente leyenda:
Un cierto Jappán, queriendo llegar a ser el favorito de los dioses, abandonó a su familia y todos sus bienes, decidido a llevar, en el desierto, vida de eremita. Allí, sobre una roca muy alta permaneció día y noche entregado a la devoción. Los dioses, queriendo poner a prueba su virtud, ordenaron a un demonio Yaotl ( el enemigo), que le tentase y, de sucumbir, que le castigara. Yaotl hizo desfilar ante él a las criaturas más hermosas, invitándole a descender de su roca, pero todo fue en vano.
La diosa Tlazolteotl, interesada en aquel juego, mostróse a Jappán, que ante su mucha hermosura quedó todo turbado. -«hermano Jappán, le dijo la diosa- maravillada de tu virtud y contristada a causa de tus sufrimientos, quiero reconfortarte. ¿ Cómo llegar hasta ti con objeto de poder hablarte más cómodamente ?» El eremita, no dándose cuenta de que era un lazo que le tendía, bajó de su roca y ayudó a la diosa a subir en ella. Y al hacerlo la virtud de Jappán cayó. Al punto acudió Yaotl, que pese a todas sus súplicas, le cortó la cabeza. Los dioses le cambiaron en escorpión y avergonzado corrió a esconderse bajo la piedra teatro de su derrota. Luego el demonio- verdugo fue a buscar a la mujer de Jappán, Tlahuitzin ( la inflamada), la trajo junto a la piedra donde estaba escondido su marido, le contó lo que había pasado y le cortó también la cabeza. De ella nació otra variedad de escorpión color de fuego.
Uniéndose a su marido bajo la piedra, dieron nacimiento a escorpiones de diferentes colores. En cuanto a Yaotl, estimando los dioses que se había excedido le transformaron en saltamontes.
Uno de los últimos dioses citados en este apartado será, saltándome otros dioses que podrían parecer más importantes a los entendidos, a Xiuthtecuhtli, dios del fuego, representado como un viejo lleno de arrugas; Mictlán, el Plutón americano, rey de los muertos; a Ixliltón, el Asklepios azteca, y al Mercurio Mexicano, Yacatecuhtli, dios de los comerciantes.
Las concepciones de los aztecas, relativas al Universo reflejaban sus gustos trágicos y su inclinación a los sacrificios y prácticas sangrientas. La creación del Mundo había empezado por el sacrificio voluntario del dios Nanahutzin ( dios de la sífilis, como Amimitl lo era de la disentería), que se arrojó a una hoguera. Quetzalcóatl había sacrificado a su hijo, que tras ello tornóse en Sol.
Cuatro edades o soles se habían sucedido, cada una de ellas terminaba por un cataclismo. Al final de la primera los hombres habían sido destruidos por los jaguares. la segunda, por el viento. La tercera acabó mediante una lluvia de fuego. la cuarta, en diluvio. Nuestra Era, colocada bajo el signo de Nahui Ollín ( Cuatro Movimientos), perecerá mediante temblores de tierra. Los primeros sacrificios los habían hecho los dioses para alimentar al Sol con sangre de corazón.
El mundo subterráneo comprendía nueve pisos; los cielos, trece, superpuestos. En fin, práctica esencial en la religión de los aztecas eran, como ya he indicado varias veces, los sacrificios humanos, costumbre que fue en aumento a medida que la civilización progresaba. Esto, la abundancia de dioses y su complicado ritual dio nacimiento a un cuerpo sacerdotal muy numeroso, a cuya cabeza estaban dos grandes sacerdotes, que llevaban el nombre de Quetzalcóatl. A sus órdenes se escalonaban una jerarquía complicada y una escuela encargada de la formación de novicios. Había, además, brujos y magos que, mediante remuneración, predecían el porvenir, curaban las enfermedades y hacían otros servicios análogos.
En fin, otra religión –mitología más, que prueba también en qué modo estas dos palabras son difícilmente separables, pues como se puede dar uno cuenta, no solamente hasta la aparición de las llamadas grandes religiones ( las debidas esencialmente a los místicos geniales), las creencias estaban constituidas por puros amontonamientos de mitos, sino que estas mismas doctrinas imaginadas por un hombre ( o por un cuerpo de ellos, como el judaísmo, obra de los levitas judíos) tuvieron como base y fundamento mitos, milagros y dogmas; es decir, toda suerte de fábulas y mentiras tejidas pronto en torno de sus figuras centrales. Las dos más personales de ellas, el budismo y el islamismo, la primera fue al punto prostituida por los discípulos y continuadores de su fundador. En cuanto a la segunda, ¿ no empieza acaso con una tremenda fábula: las famosas entrevistas de Mahoma en una cueva del monte Ira con el arcángel Gabriel, que por encargo de Dios ( Alá) le decía lo que tenía que enseñar a sus compatriotas ?.

Tonatiuh
Como todo pueblo primitivo, en su afán por encontrar una solución a los problemas que para ellos representaban las fuerzas de la naturaleza y que no comprendían, aunque si sentían sus efectos benéficos o dañinos, las adoraron y formaron una religión llena de temores y de esperanzas en torno a ellas.
La existencia del pueblo azteca giraba en torno a su religión, en la cual su DIOS principal y todopoderoso era TONATIUH (el Sol) al que atribuyeron las bondades y los defectos de los humanos, pero con un gran poder sobrenatural. Según la religión azteca TONATUIH necesitaba que lo alimentaran con la sustancia mágica: la vida del hombre, (la sangre y el corazón humanos) para tener la vitalidad y las fuerzas necesarias con las cuales poder enfrentarse y triunfar en su lucha contra la Luna, las estrellas y la noche y emerger nuevamente por el horizonte al día siguiente.
El sacrificio humano que los antiguos mexicanos hacían de sus semejantes no era por satisfacer crueldades innatas ni instintos bárbaros, sino por una de esas cosas inexplicables del pensamiento humano de que están plagadas las páginas de la historia de las religiones en todos los instantes y en todas las latitudes del globo.
Los aztecas construyeron también muchos monumentos dedicados a venerar y a honrar al SOL, entre los cuales el más importante fue la PIEDRA DEL SOL, conocida también con los nombres de CALENDARIO AZTECA o JICARA DE AGUILAS (Cuauhxicalli).
El Calendario Azteca es una de las obras de arte precortesianas más hermosas de esta cultura y es un monolito de los más admirados universalmente. Está esculpido en una roca de basalto de olivino conocida también como peridoto. El basalto de olivino presenta la característica de ser granujiento o cristalino, de estar formado de silicato de magnesio y de hierro, y de tener una dureza un poco menor que la del cuarzo.
Este tipo de formaciones geológicas generalmente se encuentran entre rocas de origen volcánico. Se supone que esta escultura la empezaron a labrar en el año de 1449, durante el reinado de Axayácatl, y que la terminaron treinta años después, en 1479, dato que puede leerse en caracteres nahoas en la parte superior y central de dicho monolito, correspondiendo al año MATLACTLI HUAN YEI ACATL (13-caña), que fue la décimo tercera caña de la medición del tiempo azteca.
Se cree también que durante la época precortesiana este monolito estuvo colocado sobre una plataforma frente a un edificio que se llamaba Cuauhcuauhtenchan (morada de las águilas).
El 17 de diciembre de 1790 se encontró el monolito, cuya cara esculpida estaba vuelta hacia abajo, en la Plaza de Armas, hoy Zócalo de la Ciudad de México.
Posteriormente lo trasladaron al pie de la torre occidental de la Catedral Metropolitana y en 1885 lo colocaron en una de las salas del Museo Nacional de Historia, situado entonces en la calle de Moneda. En Agosto de 1964 nuevamente fue trasladado para ponerlo definitivamente en el sitio de honor en la sala Mexica del Museo Nacional de Antropología en el Bosque de Chapultepec, en la misma Ciudad de México, donde se encuentra hasta ahora.
El Calendario Azteca tiene un diámetro de 3.54 metros y un peso de más de 24 toneladas. Es una de las mejores expresiones del arte azteca y demuestra el grado de adelanto cultural y científico que este pueblo alcanzó en la astronomía, en la matemática, en la medición del tiempo y en el arte lapidario, conocimientos que los aztecas heredaron de las civilizaciones que los antecedieron y que después desarrollaron hasta este punto por ellos mismos.

Calendario Azteca o Jilcara de las Águilas
Las figuras grabadas en este imponente monolito representan los datos correspondientes a la formación del Sol, al orden del Sistema Planetario, a la creación de la Tierra en sus distintas eras hasta la aparición de una pareja divina que llamaron OZOMOC y CIPATONATH, figuras que están representadas en la parte central del Calendario alrededor de la figura de TONATIUH (el Sol).
El Calendario Azteca en su relieve presenta ocho círculos concéntricos esmeradamente labrados, siete de los cuales están en su cara frontal y el octavo y último se encuentra labrado en el canto de la escultura.
– Circulo central
El círculo central representa la cara de TONATIUH, el Sol, dios que en la mitología tenochca, nahoa, azteca o mexica era el amo y señor de los cielos y el hacedor de todos los fenómenos de la naturaleza.
Bajo su mando giraban todos los demás dioses aztecas, pues en torno a él ocurrían todos los fenómenos diarios y periódicos. TONATIUH es el protector de todo lo creado, es el señor de los guerreros que perecieron en combate y de las madres muertas al nacer su primer hijo.
Una de tantas tradiciones sobre TONATIUH cuenta que el Sol ha tenido cuatro edades anteriores a la presente, en las que la humanidad ha perecido por completo salvándose solamente una pareja de hombre y mujer. La época actual está alumbrada por el QUINTO SOL según esta leyenda.
En la cara de TONATIUH se pueden apreciar los siguientes signos:
- La corona
- El pendiente nasal que tiene la forma de una
mariposa - Los aretes
- El collar
Todos estos adornos son extraordinariamente lujosos y
característicos de la deidad.
Debido a la apariencia del Sol, los cabellos de TONATIUH son de color dorado. En su rostro se notan las arrugas que son característica de una persona de edad avanzada y que, según la cultura azteca, demostraban la madurez y la sabiduría de los actos y de las decisiones, así como la firmeza del carácter.
Por último se encuentra la lengua en forma de cuchillo de obsidiana, expuesta hacia a fuera, y que indica la necesidad de ser alimentada con la sustancia mágica, que era la sangre y el corazón humanos.
Esta lengua simboliza el rayo de luz y la sabiduría perfectas.
TONATIUH, en esta forma, es el representante del nacimiento del tiempo, el creador de la cronología, el señor de la Tierra y del Cielo, el hacedor del Sistema Planetario y el generador del Universo.

– Segundo circulo
En este segundo círculo, aparte de los símbolos de las eras Cosmogónicas (épocas o edades por las cuales atravesó la raza azteca) y que más adelante se explican, se aprecian los siguientes signos:
- En la parte superior derecha está la figura de
CE TECPATL (1-cuchillo de obsidiana) que es el
símbolo del Norte y a su vez es el geroglífico
con el que se identifica al dios TEXCALTIPOCA (Espejo
Humeante).
- Del lado izquierdo, y también en la parte
superior, está la figura de XIUHUITZOLLI (pluma
de codorniz azul), que es el símbolo del Oriente y la
representación del dios QUETZALCOATL (Serpiente
Emplumada o el Gemelo Divino) cubierto con las armas que se
colocaban sobre los cadáveres de los nobles y de los
bravos guerreros en sus funerales.
- En la parte inferior derecha está el
símbolo CHICOME OZOMATLI (7-mono) que representa
al poniente.
- Hacia la izquierda, también en la parte
inferior, se encuentra el símbolo CE QUIAHUTLI
(1-lluvia) que representa al punto cardinal del
Sur.
Si se trazan dos líneas rectas, la primera que una a las figuras CE TECPATL y CE QUIAHUTLI y la otra que una a los símbolos XIUHUITZOLLI y CHICOME OZOMATLI, se forman dos ángulos opuestos por el vértice.
La abertura de estos dos ángulos, según algunos autores, señala el curso anual del Sol en su marcha hacia uno y otro lado de la línea de los equinoccios. Estos ángulos miden aproximadamente veintitres grados y medio.
En la parte central superior de este círculo está un símbolo de «V» invertida que representa la llama divina del Sol y de la creación.
En la parte inferior se aprecia un pectoral ricamente adornado con piedras preciosas de chalchihuites.
Distribuidos dentro de este segundo círculo hay cinco puntos que corresponden a los cinco días complementarios o de descanso absoluto y considerados aciagos entre los nahoas y que se aumentaban al final de cada año que constaba de dieciocho meses de veinte días cada uno.
– Eras cosmogónicas

En la cultura y en la religión aztecas había cuatro épocas o edades desde el principio de su existencia como raza, es decir, desde su remoto establecimiento en el continente americano.
Según sus leyendas y sus tradiciones, en cada una de esas cuatro edades había perecido casi totalmente la humanidad salvándose solamente una pareja para perpetuar la raza.
Estas cuatro edades están también representadas en este segundo círculo del Calendario Azteca:
Primer sol o primera era cosmogónica
A la derecha del símbolo del Norte aparece un rectángulo con la figura que representa a la primera edad de la Tierra y que es el signo de OCELO TONATIUH, o sea, el Sol Jaguar o el Sol Tigre. Esta figura es la cabeza de un jaguar adornada con «el Espejo Humeante», emblema de TEZCALTIPOCA. Esta edad fue la primera y la más remota de las cuatro eras cosmogónicas durante la cual vivieron unos gigantes que habían sido creados por los dioses. Estos seres de enorme tamaño no cultivaban la tierra, moraban en cuevas y su alimentación constaba de raíces y frutos silvestres. Finalmente los primeros hombres fueron atacados y devorados por los jaguares.
Los fundamentos para esta primera época cosmogónica de los aztecas se remonta a la Era Cuaternaria, pues estos encontraron fósiles de animales prehistóricos enterrados en profundas grietas. Los indígenas al descubrir estos fósiles los confundieron con los restos de hombres de gran tamaño a los que dieron el nombre de QUINAMETZIN o HEYTLACCAME. El final de esta era ocurrió el día NAHUI OCELOTL (4-jaguar).
Segundo sol o segunda era cosmogónica

Hacia la izquierda del símbolo del Oriente hay otro rectángulo que representa la segunda edad cosmogónica que es el Sol de Viento llamado EHECATONATIUH, época que llegó a su final con fuertes vientos que destruyeron a la humanidad.
Los dioses convirtieron a los hombres en simios y monos para que pudieran trepar a los árboles y no fueran arrastrados por los huracanados vientos.
Con esto explican los mexicas la similitud entre los monos y los seres humanos. Esta época fue presidida por QUETZALCOATL, que entre sus atributos está el de ser dios del aire y de los vientos.
El símbolo de esta era es una cabeza de la que sobresale notablemente un pico de pato por el cual este dios sopla los vientos y barre los campos antes da la siembra.
La idea de los fuertes vientos se originó entre los aztecas por los grandes bosques destruidos por las tempestades que encontraron y por la abundancia de simios que había en esos lugares.
La humanidad en esta era sucumbió el día NAHUI EHECATL (4-viento).
Terecer sol o tercera era cosmogónica
Hay un tercer rectángulo en la parte inferior del lado izquierdo que es el símbolo del tercer Sol cosmogónico al que le dieron el nombre de QUIAUHTEONATIUH o TLETONATIUH, que fue el Sol de Lluvia de Fuego. La figura representa la cabeza del dios TLALOC, deidad de la lluvia, que presidió esta época y que los antiguos aztecas relacionaron con el Sur donde para ellos estaba la región del fuego. En esta tercera época que finalizó el día NAHUI QUIAHUITL (4-lluvia) la lluvia de lava y de fuego lo destruyó todo. Los dioses transformaron entonces a los hombres en aves para salvarlos de esa manera del sacrificio. Los aztecas justificaron esta creencia al ver los muchos signos de actividad volcánica que hay en nuestro territorio y también al descubrir restos de chozas y de esqueletos humanos bajo las formaciones de lava y ceniza de origen volcánico.
Cuarto sol o cuarta era coosmogónica
El cuarto símbolo de los soles cosmogónicos que está esculpido en el Calendario Azteca evoca a ATONATIUH o Sol de Agua y representa a la diosa CHALCHIHUTLICUE (la de la falda enjoyada), esposa de TLALOC y patrona de los mares, de los ríos, de los lagos y de esta cuarta época. La humanidad por cuarta vez es destruida, ahora en el día NAHUI ATL (4-agua), a causa de tempestades terroríficas y de lluvias torrenciales que inundaron toda la tierra firme cubriendo hasta la cima de las montañas más altas. Los dioses transformaron entonces a los hombres en peces para salvarlos del diluvio. Los descubrimientos que los aztecas hicieron en el
altiplano mexicano de diferentes especies de fauna marina fosilizada dió origen a esta leyenda.

Tanto del lado derecho como del lado izquierdo, en la parte media de este sgundo círculo, aparece una garra enjoyada con chalchihuites aprisionando a un corazón humano; la del lado derecho representa a CIPATONATIUH y la del lado izquierdo a OXOMOCO, deidades masculina y femenina respectivamente, creadoras de un calendario que entregaron sus siervos humanos.
Ambas figuras son las garras con las que el Sol está suspendido en el espacio. Los aztecas consideraban al Sol como un águila que cuando por la mañana aparecía en el firmamento le daban el nombre de CUAUHTLEHUANITL (el águila que asciende) y, por la tarde, cuando se ocultaba, lo llamaban CUAUHTEMOC (el águila que desciende).
Quinto sol, nuestra era
Para los aztecas el mundo había ya pasado por cuatro edades o soles en los que el hombre había sido destruido. Entonces los dioses decidieron crear una nueva Epoca que es la del QUINTO SOL y en la cual vivimos ahora.
Dice la leyenda nahoa que al ocurrir la última catástrofe ocasionada por la abundante lluvia que inundó la Tierra, el CUARTO SOL se perdió. Los dioses, consternados, se reunieron en Teotihuacan con el fin de crear un nuevo Sol que diera vida a la Tierra. Para lograr el nacimiento del QUINTO SOL había necesidad de que se sacrificara un dios, para lo cual se ofrecieron dos de ellos; uno era rico y poderoso y el otro era pobre y enfermo. Ambos le hicieron ofrendas al padre de los dioses: el rico dió bolas de copal y liquidambar yespinas hechas de coral; el pobre sólo ofreció bolas de heno y espinas de maguey tintas en su propia sangre.
Ayunaron cuatro días y al quinto todos los dioses formaron dos hileras al borde del precipicio donde estaba el brasero sagrado con un gran fuego. El dios rico fue el primero que pasó entre las dos hileras formadas por los demás dioses e intentó lanzarse al fuego por tres veces pero, temeroso, se arrepintió todas de hacerlo.
Entonces tocó su turno al dios pobre y este en el primer intento, cerrando los ojos, se lanzó al fuego. Cayó en el centro del brasero y se levantó una flama enorme en la que se consumió. El dios rico, apenado, se arrojó detrás a la pequeña hoguera que quedaba, donde se consumió en seguida.
El dios pobre se convirtió en el QUINTO SOL y el rico en la Luna, pero ambos brillaban en el firmamento con igual intensidad. Indignados, los demás dioses, tomaron un conejo y se lo arrojaron en la cara a la Luna para quitarle brillo. Desde entonces una sombra parecida a la silueta de un conejo se ve en el disco de nuestro satélite.
Como el sol no se movía, preguntárosle a éste los demás dioses que deberían hacer para que cruzara por el firmamento, y la respuesta fue terrible: debían sacrificarse todos los dioses arrojándose también a la hoguera. Cuando al fin se sacrificaron los demás dioses se convirtieron en las estrellas que pueblan el firmamento, y el Sol emprendió su camino seguido por la Luna.

Este QUINTO SOL está bajo el dominio de TONATIUH y se encuentra representado en la Piedra del Sol por el círculo central que es la cara de TONATIUH, por el símbolo CE TECPATL, por la figura XIUHUITZOLLI, por las fechas CHICOME OZOMATLI y CE QUIAHUTLI, por la llama divina, por el pectoral enjoyado, por los cinco puntos querepresentan los días complementarios, por los cuatro cuadrantes que simbolizan las edades cosmogónicas y por las garras enjoyadas.
Todo lo anterior, es decir, el círculo central y el segundo círculo juntos, forman la figura NAHUI OLLIN (4- movimiento), fecha en que terminará el QUINTO SOL que está presidido por el dios XOLOTL (dios movimiento).
La destrucción de la Tierra al final del QUINTO SOL será por explosiones y terremotos que tendrán origen al final de una unidad cíclica azteca de 52 años, como cuentan las leyendas que sucedió en los otros cuatro soles anteriores; por esto, en la noche del último día del ciclo azteca se apagaban todos los fuegos, hasta el de la más humilde choza. Los sacerdotes se reunían en un templo situado en la cumbre del Cerro de la Estrella, en Ixtapalapa, D.F., y todo el pueblo, diseminado por las faldas de la elevación, esperaban sobrecogidos de temor hasta media noche temiendo que sobreviniera la destrucción general al no aparecer el Sol al otro día; pero la aparición de una estrella determinada en el centro del firmamento significaba que los dioses se habían apiadado de los hombres una vez más, que el Sol saldría a la mañana siguiente y que la Tierra tendría otro ciclo de 52 años de vida sin ser destruida.
Los sacerdotes, después de un ritual especial en el que había sacrificios humanos, encendían nuevamente el fuego que el pueblo lleno de alegría llevaría más tarde a los templos y de ahí a sus hogares, dando así principio la gran festividad del FUEGO NUEVO.
– Tercer círculo
En este círculo que es el tercero contando del centro a la periferia, se distinguen veinte espacios, correspondiendo cada uno de ellos a uno de los veinte días del período que se puede considerar como el mes azteca.
El año civil en este pueblo contaba con trescientos sesenta y cinco días, que se formaban de dieciocho meses de veinte días cada uno (360) y de la suma de los cinco días que se agregaban al terminar el décimo octavo mes. Estos últimos cinco días, además de considerarse como complementarios, eran de descanso absoluto y se les consideraba como aciagos, pues los aztecas creían que durante ellos podían acaecer las mayores calamidades, hasta la destrucción de la Tierra, que según una leyenda sucedería al final de un ciclo de cincuenta y dos años.
Los cinco días finales del año eran nombrados NEMOTEMI, no teniendo un signo especial ni un dios tutelar cada uno de ellos, sino que, en la piedra del Sol, solamente están representados por medio de cinco puntos distribuidos en el segundo círculo.
En el transcurso del ciclo azteca de cincuenta y dos años, los sacerdotes iban haciendo correcciones indispensables a su calendario para que no se retrasara trece días su ciclo debido a la diferencia de un día que existe entre el año común (365 días) y el año bisiesto (366 días).
Cada día del mes lo presidía un dios o una diosa que tenía influencia por su naturaleza propia en las actividades de los humanos, lo que originaba que antes de emprender una actividad se consultara con el calendario para ver si el día era propicio para ello.
Como el significado de los signos calendáricos y la interpretación de ellos era sólo del conocimiento de la clase sacerdotal, al nacer un niño se mandaba traer a uno de los sacerdotes para que, según el signo del día en el que había nacido el ser y el dios patrono de esa fecha, dijera cual sería el destino de ese recién nacido. En caso de que el signo y el dios patrono le fueran a ser adversos, se efectuaban ritos y conjuros indispensables para deshacer ese mal sino.
La cuenta de los días comenzaba en el casillero superior de la izquierda de la punta de la flama divina, que está en el círculo anterior, y continuaba en el sentido inverso al movimiento normal de las manecillas de un reloj, hasta terminar del lado derecho de la punta de la mencionada flama divina.
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(Acatl)
Los antiguos mexicanos, en la cuenta de su ciclo, utilizaron sólo los signos ACATL (caña), TECPATL (cuchillo de obsidiana), CALLI (casa) y TOCHTLI (conejo) que los contaban de trece en trece, pero intercalados: 1 ACATL, 2 TECPATL, 3 CALLI, 4 TOCHTLI, 5 ACATL, 6 TECPATL, etc., hasta volver a 1 ACATL después de cincuenta y dos años transcurridos.
– Símbolo, Nombre del Día, Dios Tutelar.
Día 1
CIPACTLI – Cocodrilo TONACATECUHTLI – Señor de Nuestra Subsistencia. Dios creador.
Día 2
EHECATL – Viento QUETZALCOATL – Serpiente Emplumada. Dios del Cielo. Dios del Saber.
Día 3
CALLI – Casa TEPEYOLLOTL – Corazón de las Montañas. Uno de los Dioses de la Tierra.
Día 4
CUETZPALLIN – Lagartija HUEHUECOYOTL – Coyote Viejo. Chismoso.
Día 5
COATL – Serpiente CHALCHIUHTLICUE -Señora del Manto Enjoyado. – Diosa del Agua.
Día 6
MIQUIZTLI – Cabeza de Muerto TECCIZTECATL – Dios del Caracol Marino. Dios de la Luna.
Día 7
MAZATL – Venado TLALOC – Dios de la Lluvia. El que Hace Gemir las Cosas.
Día 8
TOCHTLI – Conejo MAYAUEL – Diosa del Pulque. La de la Planta del Maguey.
Día 9
ATL – Agua XIUHTECUHTLI – Señor del Año. Dios del Fuego.

Día 10
ITZCUINTLI – Perro MICTLANTECUHTLI – Señor de la Región de los Muertos. Dios de los Muertos.
Día 11
OZOMATLI – Mono XOCHIPILLI – Príncipe Flor. Dios de la Primavera y de las Flores.
Día 12
MALINALLI – Hierba PATECATL – Dios de la Medicina. El de la Tierra de las Medicinas.
Día 13
ACATL – CañaI TZLACOLIUHQUI – Dios del Frío. TEZCATLIPOCA – Espejo Humeante. Cuchillo de Obsidiana Grabado.
Día 14
OCELOTL – Ocelote o Tigre TLAZOLTEOTL – Diosa de la Inmundicia. Madre de la Tierra.
Día 15
CUAUHTLI – Águila XIPE – Nuestro Señor el Desollado. Dios de las Siembras.
Día 16
COZCAQUAUTLI – Zopilote ITZPAPALOTL – Mariposa de Obsidiana. – Diosa Estelar.
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(Calli)
Día 17
OLLIN – Movimiento XOLOTL – Dios Monstruo. El Doble. Gemelo de Quetzalcoatl.
Día 18
TECPATL – Cuchillo de Pedernal CHALCHIUHTOTOLIN – Gran Dios Ave Enjoyada. – TEZCATLIPOCA – Espejo Humeante. Cuchillo de Obsidiana Grabado.
Día 19
QUIAUITL – Lluvia CHANTICO – Diosa del Fuego Doméstico.
Día 20
XOCHITL – Flor XOCHIQUETZAL Diosa de las Flores. Flor de Plumas.
– Cuarto círculo
En este círculo están representados los doscientos sesenta días de que consta el TONALAMATL, o calendario incompleto, que usaban los sacerdotes en sus actos de adivinación, para asignar nombres a los nuevos seres que nacían y, principalmente, para regir las actividades agrícolas de la comunidad.
Los doscientos sesenta días se obtienen multiplicando los cincuenta y dos casilleros de que consta este cuarto círculo, por cinco, número que está representado dentro de cada casillero por cinco circulitos colocados sobre una plancha de jade.
Únicamente visibles treinta y ocho casilleros, porque cubiertos por las figuras de «V», que ascienden hacia los círculos quinto y sexto, se encuentran catorce más: cinco cubiertos por la «V» inferior, y nueve que cubren las otras tres «V», tres por cada una de ellas. El TONALAMATL, que fue regido por las deidades agrícolas, difiere en la fecha de iniciación con el año civil azteca, pues tenía que adaptarse a las labores propias del campo, basándose principalmente en las del cultivo del maíz, ya que esta planta, hasta la fecha, ha sido la base de la alimentación de los pueblos de América Latina.
En la meseta de ANAHUAC, el TONALAMATL daba principio el día dos de marzo del calendario actual.
Testimonios dados por Colón, por Cabeza de Vaca, por Córdova y, principalmente, por Hernán Cortés, han venido a demostrar que los pobladores de la América precolombina no sólo tuvieron conocimientos que hoy podríamos llamar técnicos para el cultivo del maíz, sino que también le dieron a esa planta un profundo sentido religioso manifestándolo en las esculturas de algunas de sus deidades como la de la diosa CHICOMECOATL (Siete Culebras), en sus ceremoniales y en sus leyendas y tradiciones.
Durante las fiestas que se celebraban tanto en la siembra como durante la cosecha del maíz, las mujeres danzaban con los cabellos al viento simulando el penacho de los maizales. Los aztecas dieron un muy variado uso como alimento al maíz, destacándose las tortillas (tlaxcalli), que son una especie de pan, el atole (atolli), que es una bebida muy nutritiva y los tamales (tamalli), que son otra especie de pan.

Tonalamatl
El maíz, como mazorca o como planta, fue usado como emblema en los escudos de los guerreros y de los nobles y fue símbolo de fertilidad, de inmortalidad, de abundancia y de riqueza.
Hace poco un grupo de investigadores ha encontrado que la planta del maíz era una especie silvestre, raquítica y pobre para la alimentación, y que los aborígenes llamaron TEOSINTE (grano sagrado o grano de dios) que con el tiempo y mediante el cultivo la mejoraron hasta lograr la clase de maíz que conocieron los conquistadores.
– Quinto y sexto círculos
Estos dos círculos representan la tierra y el cielo. La tierra es el quinto círculo y el cielo es el sexto círculo. Uniendo los dos círculos se encuentran unas figuras en forma de «V» que representan a los rayos creadores y vivificantes del Sol, y a la vez, marcan o limitan los ocho espacios que correspondieron a cada una de las ocho partes en que los aztecas dividieron el día. Esta figuras no sólo indicaban las divisiones del día, sino que también hacían referencia a los puntos cardinales.
Las figuras que presentan unas volutas en sus extremos indican los cuatro puntos cardinales principales; la de arriba el Norte; la de abajo el Sur; la de la derecha el Oriente (Este); y la de la izquierda el Occidente (Oeste).
La otras cuatro figuras que no presentan volutas en sus extremos corresponden a los cuatro puntos cardinales intermedios. Alternando con los rayos solares hay otras ocho figuras de forma rectangular que señalaron las ocho partes en que los aztecas dividieron la noche. Esta figuras, además, simbolizaron la luz, la fuerza y la belleza del Sol. Estos rectángulos están formados por placas de jade adornadas en el centro por cinco chalchihuites de color rojo.
Las placas de jade están sujetas por medio de correas de color rojo y adornadas en su parte superior por tres puntas de pluma sobre las que descansa una voluta en forma de perla.
En toda la corcunferecia de este quinto círculo hay repetido un grabado que es el emblema que aparece en la frente de TONATIUH, que está en el centro de la Piedra del Sol. Estas figuras no son solamente un adorno en el monolito, ya que están en un lugar impropio para serlo.
Por el número total de estos elementos que deben aparecer en la circunferencia, y que es de ciento cuarto, se deduce que cada uno de ellos representa un año y que el total significa el HUEHUETILIZTLI, es decir, el ciclo de ciento cuatro años que fue una de las bases para la medición del tiempo entre los aztecas.

Ahora bien, de los emblemas son visibles solamente setenta y los otros treinta y cuatro están cubiertos por las figuras superpuestas a ellos: veinticuatro emblemas los cubren las figuras en forma de «V», tres por cada una de ellas; de la parte inferior del séptimo círculo se desprenden, hacia el sexto y quinto círculos, los penachos de dos caras; cada penacho cubre cinco emblemas que son en total los diez que faltan para formar el conjunto de ciento cuatro.
Descansando sobre las figuras anteriores se encuentran grupos de líneas paralelas, adornado cada uno de ellos con un chalchihuite, que representan la sangre que alimenta y da vida a la tierra.
En el sexto círculo hay grabadas unas figuras que afectan la forma de una espuela. Se cree que estos elementos son gotas de sangre que se desprenden del cielo; pero multitud de representaciones de gotas de sangre que existen en los códices no tienen tal forma, es decir, no tiene la prolongación en la parte superior, sino que su corte clásico es, como corresponde a una gota de sangre cuajada, la de una figura circular cóncava hacia abajo.
Las figuras que se acaban de describir son formas estilizadas del joyel de QUETZALCOATL y, por tanto, vienen a ser signos netamente venusinos.
En el sexto círculo, y desprendiéndose de la parte interior del séptimo círculo, se ven unas figuras que simbolizan una llamas de fuego intenso.
Cada figura tiene un grupo de cuatro barras que contienen un sentido cronológico. En el séptimo círculo, que es el exterior y el último del Calendario Azteca, están grabadas dos Serpientes de Fuego llamadas XIUCOATLS, cubriendo cada una de ellas una semicircunferencia y tocándose en la parte superior del monolito con sus colas y, en la parte inferior, con sus lenguas.
– Séptimo y octavo círculos
En la parte inferior de este séptimo círculo, del lado derecho y de entre la fauces de la sepiente, surge la cara de TONATIUH, el Sol.
Su identificación es sencilla, pues en la frente ostenta el símbolo que presenta la cara central de la Piedra del Sol y que sólo es caracteristica de esta divinidad. Otro detalle que permite la plena identificación de TONATIUH en esta cara es la orejera que está formada de un disco del que pende una pieza semejante a la que tiene la cara central.
La cara que asoma de entre las fauces de la XIUCOATL del lado izquierdo es la de QUETZALCOATL en una de sus múltiples representaciones, que en este caso es la del planeta Venus cuando desempeña el papel de lucero de la mañana y al que los aztecas denominaban TLAHUIZCALPANTECUHTLI.
La orejera de este personaje se reduce a un simple disco. En la parte inferior del rostro se pueden apreciar unas líneas entrecruzadas que simbolizan una malla en forma de máscara y que es una característica del dios QUETZALCOATL en la representación de la oscuridad y de la noche.

(Tlahuizcalpantecu
El emblema de la luz en la mitología Nahoa fue la lengua humana, y aquí, en la Piedra del Sol, en la parte inferior de este séptimo círculo y formando un total con los rostros que aparecen entre las fauces de las XIUCOATLS, sale, de cada uno de ellos, una lengua en forma de cuchillo de obsidiana, tocándose ambas para confundirse y simbolizar que el Sol y Venus se aproximan en la bóveda celeste, por la tarde, cada vez que el cielo se cierra para dar paso a la noche, o por la mañana, cuando el cielo se abre para dar comienzo a un nuevo día.
Este conjunto simboliza la lucha diaria TONATIUH, el Sol, en contra del Dios de la Noche, para aparecer en el horizonte a la mañana siguiente y continuar proporcionando alimento a la vida en la Tierra.
En la representación del ser mitológico XIUCOATL aparecen siempre los mismos signos generales: el cuerpo compuesto por varias secciones; un tocado peculiar en la frente que es una voluta o trompa invertida adornada con siete círculos característicos que representan a la constelación de la Pléyades.
El cuerpo de cada una de las dos XIUCOATLS está formado por trece segmentos, simbolizando cada uno de ellos a un año al que los aztecas llamaron XIUHUITL. Los trece segmentos de cada una de las dos Serpientes de Fuego formaron una nueva unidad cíclica, a la que denominaron TLALPILLI.
Cerca del final de la cola de cada una de las serpientes aparece un XIUHUITL con un atado formado por cuatro tiras de amatl, que era una especie de papel que usaron los aztecas y que lo obtenían del agave. Esta atadura significó que el TLALPILLI debía multiplicarse por cuatro, pues cuatro son las cintas de esta atadura, lo que da como resultado un ciclo de cincuenta y dos años al que nombraron XIUHUMOLPILLI.
La suma de los dos XIUHMOLPILLIS formaba un nuevo ciclo, el HUEHUETALIZTLI, que estuvo constituido por ciento cuatro años.
El MEZTALI (mes de veinte días), el XIUHUITL (año de trescientos sesenta y cinco días), el TLALPILLI (período de trece años), el XIUHUMOLPILLI (período de cincuenta y dos años) y el HUEHUETALIZTLI (período de ciento cuatro años) fueron las unidades cíclicas para la medición del tiempo entre los aztecas, sujetas todas ellas a los ritos religiosos.
Los aztecas usaron dos calendarios: el de doscientos sesenta días y el de trescientos sesenta y cinco. El primero fue el que conoció el pueblo en general y que se utilizaba principalmente para las actividades agrícolas y en el que tomaban parte activa bajo la dirección de sus sacerdotes. El segundo calendario fue únicamente del dominio de la clase sacerdotal y de determinados miembros de la nobleza por lo complicado y difícil que era su conocimiento y aplicación, ya que para comprenderlo y poder hacer las correcciones necesarias para formar los años que en el calendario por el que nos regimos ahora se llaman bisiestos y que constan de trescientos sesenta y seis días, se necesitaban una amplia y más sólida preparación.
En la parte superior central de la Piedra del Sol, entre las dos colas de las serpientes, se ve una figura en forma de cuadrilátero, que es la placa de la consagración y dedicación de este monolito. En esta placa está grabada la fecha MATLACTLI OMEY ACATL (trece caña) que es en la que se terminó esta gran obra lapidaria y que corresponde al año de 1479 de nuestra era.
Por último, en el borde de la Piedra del Sol están grabados unos símbolos que representan las estrellas en el cielo nocturno, unas dagas de obsidiana que simbolizan los rayos de la luz solar en el cielo diurno y unos signos del planeta Venus.


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