La primera Latin Queen de España…

Ocupó los grados más altos que una mujer puede alcanzar dentro de una banda latina: Reina y Madrina. Condenada en 2006 por pertenencia a los Latin Kings, aprovecha hoy su experiencia y conocimiento (contados en un libro) para intentar acabar con la violencia que rige la vida de estos grupos.
Diario de León(I. Fernández)/20Minutos(A.Guede/J.París)/epe.es(K.V.López/efe) — Con el cambio de milenio, la madrileña María Torres se convirtió, a los 18 años, en la primera reina ‘latin queen’ en España. La ‘Madrina’ de los Latin Kings, ‘Queen Maverick’, le llamaban. Ahora es Mariah (con h) Oliver (su segundo apellido), profesora con estudios de Filología Inglesa. Quiere hacer un doctorado en bandas latinas. Ella estuvo dentro y sabe lo que es.
Asentada en el otro lado, desde su experiencia ayuda a entender todos los porqués que llevan a un/a adolescente a integrarse en una banda. Participa en el proyecto Transgang, que investiga el resultado de las políticas de mediación sobre los grupos transnacionales juveniles, y se presta a contar su historia, similar a la de tantos otros que encuentran en las pandillas callejeras su lugar en el mundo.
– Sola en casa
Sola en casa“Mis padres estaban separados, mi madre trabajaba mil horas y yo estaba siempre sola en casa. Cuando eres adolescente necesitas reglas, alguien que te estructure la vida, sientes que no eres nadie”, recuerda Oliver. Dice que siempre le interesaron las causas perdidas, y sentía empatía por otros críos solitarios como ella, que sufrían conflictos familiares, racismo y discriminación.
“Eran los ‘panchitos’, les marginaban y yo quería ayudarles y defenderles”. Conoció al ecuatoriano Eric Javier Jara Velastegui, el fundador de los Latin Kings, y se fue a vivir con ellos.
Su nueva familia, sostiene, le proporcionaba un chute de autoestima. “Me sentí útil, importante; sientes que cuentan contigo, que eres alguien. Al fin y al cabo somos seres sociales”. Fue ese “orgullo” de tener una posición dentro del grupo, un valor, la que motivó su estancia en la banda.
“No fue por amor. Éramos unos críos y tener una estructura, con una autoridad, te ordena la vida y te da una responsabilidad”. Ellos recreaban las organizaciones que tenían en sus países de origen, y la joven madrileña quedó atrapada por los lazos de solidaridad y de apoyo que se establecían.
Muchos trabajaban en la construcción; ella, en telepizzas, tiendas… «Siempre he trabajado». Podían permitirse la independencia.
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– «Las chicas no éramos violentas»
A su madre, sostiene, no le hizo ninguna gracia. “Dejó que yo misma me diera cuenta de mi metedura de pata”. Admite que a veces se producían peleas, aunque “ese no era el objetivo” del grupo. “Nosotras, las chicas, no éramos violentas”, asegura. Seis años después llegó la caída.
En el 2007, se sentó en el banquillo acusada, junto con otros 13 cabecillas de los Latin Kings, de asociación ilícita, coacciones y amenazas a otros miembros de la banda. Según el juez, ella ocupaba la “dirección suprema de todas las mujeres de la banda”. Purgó seis meses de prisión preventiva y fue condenada por asociación ilícita.
“Nunca me sentí culpable, pero lo lamenté por mi madre”, afirma la hoy maestra, que al salir hizo borrón y cuenta nueva.
Casi dos décadas después, Oliver considera que la mediación es la clave para que los miembros de estas bandas, cada vez más heterogéneas, dejen las calles y se integren en la sociedad.
“Han desaparecido los trabajadores sociales que son quienes en un primer contacto les escuchaban y ayudaban. La mayoría de esos chavales no son unos delincuentes. Pero necesitan unas herramientas para integrarse y hay que ofrecérselas. Los sistemas punitivos no funcionan. Si a un adolescente le dices que no salga, querrá salir más”, argumenta la docente, un ejemplo de superación y esperanza para todos ellos.
Ante un viraje con el que no estaba de acuerdo, en 2004 empezó a distanciarse de la banda y retomó los estudios pero no se desvinculó completamente y en 2006 fue arrestada junto a otros trece compañeros. Tras pasar seis meses en la cárcel fueron juzgados y condenados por asociación ilícita.
La Audiencia Provincial determinó que, «si bien la organización Latin King en un primer momento pudo tener unos objetivos más acordes con la convivencia social y la defensa de los valores latinos y de ayuda a emigrantes de países latinoamericanos, enseguida derivó hacia conductas violentas”. “Pensaba que a mí no me podrían detener porque no estaba cometiendo ningún delito pero la sentencia determinó que solo el hecho de pertenecer al grupo ya lo era”, señala esta mujer.
El fallo quedó anulado en 2008, el año en el que nació su primer hijo, y en 2010 la Audiencia repitió el juicio obligada por el Tribunal Supremo. En 2013 Mariah aceptó la condena y dejó de recurrir. En 2015 firmó empezar a cumplir los dos años de libertad condicional, que finalizaron en febrero de 2017, y ahora acaba de cumplirse el lustro que tenía que pasar sin meterse en líos para poder pedir la limpieza de su historial.
Este resumen de sus últimos 22 años, en los que la llegaron a despedir de un colegio al conocerse sus antecedentes penales, queda recogido en esa línea que suele dibujar en la pizarra durante sus charlas. Es su forma de lograr que los adolescentes se den cuenta de que aún es algo que arrastra y que la ha incapacitado “para muchas cosas”.

– Grupos sociales
Pero Mariah también les cuenta a los estudiantes «todo lo positivo» que el grupo le aporta al protagonista de su historia. Porque realmente son entidades que pueden mejorar la vida del colectivo, trabajar por la comunidad, llevar a cabo actividades… «Se puede separar al grupo de la violencia y lograr que haga una labor social», defiende.
Eso es lo que pretende poner en valor el proyecto Transgang en el que trabaja desde hace tres años y del que forman parte esas exposiciones en los institutos. Liderado por el catedrático de Antropología Social de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona Carles Feixa, cuenta con la prestigiosa beca Advanced Grant de la UE.
Este profesor apareció en la vida de Mariah después de su etapa entre rejas. Cuando entró en prisión ella ya tenía claro que definitivamente quería darle un vuelco a su vida. La detención terminó de ayudarla a soltar lastre y a centrarse en el nuevo camino a seguir. Ese proceso ya lo había abordado cuando conoció al antropólogo pero lo que él sí le aportó fue otra visión de aquellos grupos juveniles: “Me enseñó que hay otras experiencias que están funcionando, que hay otros lugares en los que se comportan de manera diferente, como agentes sociales. Ver que había personas a nivel académico que apostaban por ello me ayudó a recomponerme conmigo misma”.
Este equipo de investigadores analiza qué sucede cuando se trabaja con los grupos desde la perspectiva de la mediación, la integración y el trabajo comunitario frente a lo que ocurre cuando solo se aplican políticas correctivas. «Nuestro objetivo es trabajar por el fin de la violencia entre ellos y eso se consigue mejor en los lugares en los que se aboga por la mediación.
Por supuesto la vía punitiva está ahí para quien cometa un delito, pero criminalizar incluso la pertenencia te incapacita para trabajar con ellos porque se vuelven clandestinos al sentirse amenazados», alerta.
En este caso Mariah destaca el ejemplo de Barcelona, que apostó por trabajar para que las bandas se reconvirtiesen en asociaciones. Lo hizo tras el asesinato de Ronny Tapias en 2003.
Por un lado los Mossos d’Esquadra se ocuparon de esclarecer el crimen pero por otro se inició un proceso para determinar qué se podía hacer con aquellas bandas. El mismo Carles Feixa fue el encargado de desarrollar una iniciativa que ha evitado desde entonces que el conflicto escale.
Cuando Mariah Oliver entra en una clase de Secundaria les relata a los chavales una historia. Es una historia real, pero con un protagonista anónimo. La historia de alguien que entra en una banda juvenil y su trayectoria a partir de entonces. Mariah trata de que los alumnos se pongan en la piel de ese joven y en muchas de las etapas por las que pasa se ven identificados. No es su propia historia, pero se le asemeja.
Al final sí les cuento mi caso y les permito que pregunten pero no lo hago desde el principio porque entonces no me dejan hablar. Tienen muchas preguntas y es normal», apunta esta madrileña.
«Trabajamos mucho sobre los sentimientos, sobre cómo se sentirían ellos en cada una de las circunstancias por las que atraviesa el sujeto seleccionado: si se ve solo, si ha migrado, si ha sufrido bullying… El acoso escolar es un factor que comparten bastantes jóvenes. Pasar de víctima a victimario es un ciclo que se da mucho», continúa.

Con el objetivo de prevenir conductas violentas, Mariah trata de mostrarles a los chicos cómo se construyen esas espirales, el enfrentamiento entre los grupos y la forma en la que cada uno interviene o no en los conflictos.
«El mensaje les llega porque les hago participar mucho y funciona muy bien porque empatizan», comenta.
Que lo trasmita alguien que ha estado dentro y que lo haga desde la comprensión influyen en el éxito.
Porque esta profesora de formación, hoy con 40 años, no le suelta a su audiencia un discurso moralista pero sí deja claro que «todo tiene consecuencias y un recorrido en el futuro»: «A veces les pinto una línea en la pizarra para que lo vean con perspectiva. A los adolescentes les resulta muy complicado mirar a largo plazo».
En contraposición, Transgang sitúa a Madrid, donde se viene aplicando «mano dura». «Desde 2018 tocamos muchas puertas pero nadie nos quiso escuchar. La respuesta era que no se trataba de un tema importante, que en ese momento no tocaba. Ahora sí nos han llegado algunos contactos a nivel institucional para saber qué proponemos.
Es una desgracia que tenga que pasar algo así para que alguien haga caso», lamenta esta investigadora, que «con algo así» se refiere al asesinato de dos jóvenes el primer fin de semana de febrero. La idea era prevenir pero para ellos fue demasiado tarde.
-Qué es transgang
Se basa en el estudio de las bandas transnacionales como agentes de mediación, entendida esta como el conjunto de técnicas y procedimientos para resolver conflictos dentro del grupo, entre los distintos grupos o entre estos y el entorno social. Pretende rebatir la idea persistente de que son «problemáticos” y las políticas basadas en la premisa de que la solución es su supresión.
«Nuestra perspectiva se basa en estudios realizados desde hace más de un siglo que demuestran que las bandas no desaparecen, sino que se transforman para seguir respondiendo a necesidades no cubiertas. Por tanto, entendemos que el camino a seguir pasa por implicar a sus miembros en la búsqueda de alternativas a la violencia”, explica Carles Feixa.
Transgang cuenta con la colaboración de jóvenes que han pertenecido o pertenecen a colectivos juveniles callejeros, en doce ciudades del mundo: Barcelona, Madrid, Marsella y Milán en el sur de Europa; Rabat, Túnez, Argel y Djendel en el norte de África, Medellín, San Salvador, Santiago de Cuba y Chicago en América.
– Espías u objetos sexuales: el destino de muchas de las chicas que ingresan en bandas latinas

Karina entró con 12 años en los Trinitarios, en un momento en el que sufría acoso en el colegio. Buscaba «protección» y se integró en la banda latina «por amor» a su novio de 16 años, que era «respetado». Con 25 años, cuenta a Efe su doloroso paso por unas organizaciones que ven en las chicas una herramienta sexual y de las que se sirven para espiar a sus rivales.
Hace ocho años Karina acudió a una iglesia de Madrid por recomendación de una compañera del colegio, después de haber intentado suicidarse hasta en cinco ocasiones, confiesa a Efe mientras lleva su mano al tatuaje de su brazo izquierdo, la muestra de un pasado que le aterra.
«En las pandillas las chicas son espías y novias. Muchas son obligadas a tener relaciones sexuales con los miembros de las bandas y tienen prohibido hablar con hombres de otras organizaciones. Tuve amigas a las que les fue muy mal por hacerlo», explica Karina en medio de un descanso de su labor como obrera de la iglesia.
– «En los trinitarios me encontré una familia»
Sólo en Madrid las fuerzas de seguridad han detectado casi 90 grupos de bandas latinas, integrados por unos 400 miembros, que cada vez son reclutados a edades más tempranas: entre los 11 y 12 años.
Ante el incremento de la actividad de las bandas tras el primer año de la pandemia, la Policía, fundaciones, instituciones educativas y exmiembros de pandillas se han involucrado en iniciativas de concienciación, con charlas a los adolescentes para evitar que acaben en las garras de estos grupos.
Es el caso de Karina, que cuenta su experiencia para poder concienciar sobre el rol de la mujer en esas violentas pandillas.
Cayó en esa situación porque su hogar era «disfuncional», con un padre que maltrataba constantemente a su madre. «Encontré en los Trinitarios una familia. Pero luego me di cuenta de que, como mi mamá, allí solo era maltratada», dice.
Ya como miembro de la banda, tuvo que drogarse, robar, asaltar a hombres ebrios en discotecas y buscar la amistad de chicos de pandillas rivales para sacarles información.
A los 17 años buscó ayuda para zafarse de la banda después de un aborto en casa que casi le causa la muerte.
– Reducidas al mero papel de «cueros»(putas)
No hay datos contrastados de cuántas chicas forman parte de las bandas latinas en España, que operan sobre todo en la Comunidad de Madrid, pero quienes trabajan para combatir a estos grupos las cuentan por decenas, en su mayoría adolescentes que no son conscientes de que están atrapadas y explotadas sexualmente hasta que su permanencia en el grupo les pasa factura.
«Las chicas de las bandas son una demostración de los pasos en reversa que se dan en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Dentro de las bandas, a las mujeres las denominan ‘cueros’, que significa en su lenguaje ‘putas’ y no son consideradas parte de la estructura», explica a Efe Mónica Cubillos, psicóloga y agente de la Policía local de Torrejón de Ardoz (Madrid)
Cubillos, con una amplia experiencia en estos grupos, recuerda que las chicas, además de ‘cueros’, son utilizadas como «informadoras» y para el transporte de armas y drogas.
Esta agente, que trabaja en una ciudad que se ha convertido en un ejemplo de cómo afrontar el problema de las bandas, indica: «Hoy nos encontramos con chicas menores de edad que normalizan tener relaciones sexuales con toda la cúpula de la banda bajo el consumo de sustancias que las desinhiben. Encima tienen la percepción de que lo hacen desde la libertad».
«Cuando hablo con ellas me dicen que son libres y hacen con su cuerpo lo que quieran. Sin embargo, me confirman que no pueden flirtear con chicos de otras bandas, porque los hombres de sus pandillas se lo tienen prohibido. Nosotros les hacemos ver que solo con esa prohibición no están actuando desde su libertad», añade.
También lo ha constatado María Oliver, investigadora de doctorado en el proyecto Transgang en Madrid, que estudia a grupos juveniles de calle en doce ciudades del mundo y que cifra en un 30 por ciento el porcentaje de chicas en las bandas.
En las pandillas hasta el 30 % de sus miembros llegan a ser mujeres. Así lo ha comprobado Oliver, quien coincide con Cubillos en que «muchas chicas se acercan al grupo porque les llama la atención algún chico y ellos las aceptan para abusar sexualmente de ellas. Algunas lo normalizan».
Y muchas otras se pelean entre ellas para «impresionar» a los chicos, señala la agente de Torrejón de Ardoz.
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– «Entré en los Latin Kings como un acto de rebeldía»
Oliver también se integró en una banda, en concreto en los Latin Kings. Ingresó «como un acto de rebeldía contra la discriminación». Con 24 años fue procesada por asociación ilícita y condenada a seis meses de prisión.
Tras cumplir su pena, comenzó sus estudios en lengua inglesa mientras crecía su activismo contra la violencia y a favor del feminismo. De su etapa de pandillera solo le queda la experiencia que comparte para evitar que otras chicas ingresen y una cicatriz de cuchillo en la parte baja de su espalda.
«Yo jamás cometí un delito. La herida fue por separar a dos chicos en una pelea», comenta a Efe.
Relata que el abuso a las adolescentes en bandas como la mara Salvatrucha, de origen salvadoreño, comienza desde el mismo momento del ingreso en la banda.
Por ejemplo, a los varones se les somete a una paliza grupal de trece segundos. Si la resisten, ya serán respetados. En el caso de las mujeres, el ingreso se inicia o con una paliza o con relaciones sexuales con los «reyes» de la banda.

– El miedo a decir «no»
Estefanía tenía 15 años cuando quiso «coquetear» con una banda en le barrio madrileño de Vallecas. «Hice amistad con un par de chavales. Me invitaron a una fiesta y cuando llegué vi las ventanas cerradas, chicos tocando a las chicas, todos fumaban y tomaban. Decidí irme», relata esta joven.
Tras ese episodio, los mismos amigos de la banda que le habían ofrecido «protección» la intimidaron para que no hiciese amistad con otras pandillas. «Dejé de ir por donde ellos frecuentaban. Tenía miedo», reconoce.
Pasó miedo también una adolescente que pidió ayuda a Esteban Ibarra, director del Movimiento Contra la Intolerancia, una organización que lleva 30 años trabajando contra la violencia en España.
«Hace años una adolescente me pidió ayuda porque la querían matar Los Ñetas. Ella era una ‘Latin Queen’. Yo le preguntaba por qué se había metido en la banda de los Latin Kings y me dijo que porque le gustaba uno de los ‘reyes’ y porque era una reina. Me decía ‘¡Yo soy una reina!’, cuenta Ibarra a Efe.
El Movimiento que dirige ha detectado en los últimos meses una mayor proliferación de bandas latinas en Madrid, Cataluña y la Comunidad Valenciana, manifiesta Ibarra, crítico con las administraciones por la falta de políticas de prevención de la violencia juvenil.
Oliver también cuestiona la forma de abordar el problema. «En vez de perseguir, hay que involucrarse con las pandillas a través de programas de pacificación», opina.
«En Madrid llevamos 20 años poniendo parches, lanzando a la Policía a perseguir a los jóvenes, pero no se ha avanzado», concluye.

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