La Semana Santa y la lengua española … Y desmontando prejuicios entre la Biblia y feminismo…
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El beso de Judas, de Giotto di Bondone.
The Conversation(M.C.Velarde/I.A.Ordorika) — Todo lo que forma parte de la vida, creencias y afanes de las sociedades humanas acaba por dejar huella en sus lenguas –“la lengua es el archivo de la historia”, escribió el filósofo y poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson– y afectar a los modos de expresarse sus hablantes y de estar “instalados en el mundo”, por decirlo con palabras de Martin Heidegger.
La temprana evangelización de los habitantes de Hispania, cuyo comienzo se remonta a la época apostólica (siglo I de nuestra era) –pensemos en Santiago el Zebedeo y, posiblemente, también en san Pablo–, tuvo repercusiones de gran calado en las diferentes manifestaciones de la actividad lingüística, ya sea creando palabras nuevas, o bien dando nuevos significados a las ya existentes.
– Las nuevas realidades evangélicas
De entrada, hubo que empezar denominando las nuevas realidades que anunciaba el mensaje evangélico: Mesías o Cristo, apóstol, obispo, bautismo, misa, domingo, pascua, iglesia, penitencia, ángel, demonio, cementerio…
La antroponimia, con los nuevos nombres de pila (bautismal, por supuesto) que se fueron difundiendo, experimentó un vuelco importante, e incluso la misma toponimia: nombres de ciudades como Santiago o Santa Cruz, Santa Fe, San Juan, San José, San Francisco, San Antonio, Los Ángeles, La Paz, luego trasplantados a América.
Apenas hay esfera de la vida en la que no haya dejado su impronta, y no solo a través del idioma, la fe y el modo de vivir de los cristianos: calendario, festividades y vacaciones, edificaciones, saludos y despedidas, patronos, romerías, gastronomía, etc.
– Refranero de origen cristiano
Y, como no podía ser menos, los personajes y acontecimientos de los libros sagrados –tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento– pasaron a formar parte del acervo idiomático de andar por casa.
Por citar solo a personas o hechos asociados con las conmemoraciones que se celebran en estos días, sirvan de ejemplo comparaciones emblemáticas como ser alguien más falso que Judas, llorar como una Magdalen_a o estar más alegre o contento que unas pascuas; enunciados o frases como andar o ir de Herodes a Pilatos (ir de mal en peor en un asunto), lavarse las manos (como el gobernador romano recién citado), estar hecho un ecce homo, armar o montar el cirio, beber o apurar el cáliz, ser _alguien un cirineo (persona que ayuda a otra en algún trabajo penoso), o un Barrabás (persona mala, traviesa, díscola), hacer una barrabasada; vocablos como Dolorosa, resurrección, hosanna, aleluya, escriba, fariseo; o interjecciones como ¡por los clavos de Cristo! o ¡santas pascuas!
Los dolores y la cruz
Para referirnos a lo que se nos hace costoso o nos produce dolor, la lengua española proporciona frases que incluyen expresiones como Calvario o Gólgota, Getsemaní, vía crucis y calle de la amargura.
Sólo para la palabra cruz, el Diccionario común de las Academias de la lengua registra más de cuarenta expresiones o locuciones.
El rótulo latino de la cruz (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum), reducido a las iniciales inri –la madre de todas las siglas que vendrían a lo largo de los siglos, en particular en estos siglos de siglas en que vivimos–, campa en la difundida locución para más (o mayor) inri.
¿A quién no le resultan familiares los nombres de Emaús, Pilatos, Verónica, Nicodemo o José de Arimatea?
Algunos de los nombres que protagonizan los relatos bíblicos de estas celebraciones pascuales se encuentran incluidos como nombres comunes en los diccionarios de la lengua. Así, por ejemplo, herodes es un “hombre cruel con los niños”, judas es un “hombre alevoso, traidor”, magdalena es una “mujer penitente o arrepentida de sus pecados” y verónica se emplea metafóricamente para un lance del toreo.
– Conocer la historia y la religión
Preocupan, con razón, las carencias en la competencia lingüística de los jóvenes. No hace falta que, de pascuas a ramos, nos lo recuerden los informes PISA u otros similares. Es posible, en cambio, que nos cause menos desazón la ignorancia de las raíces y tradiciones de nuestra cultura y civilización.
Pero no se puede separar la lengua y la cultura; la civilización y el idioma que le ha servido de cauce expresivo durante siglos. En los países occidentales de tradición judeocristiana, no conocer los valores que han configurado su vivir durante siglos se traduce en inhabilidad lingüística. Lo mismo ocurre con el inmenso y rico mundo de las bellas artes (arquitectura, escultura, pintura, música, literatura), que se torna opaco, en buena medida, cuando se desconocen los referentes que venimos comentando.
¿Más motivos para ponderar la importancia del conocimiento de la historia y de la religión? Otro gallo catará, o cantaría, por emplear una expresión más, tomada de las celebraciones de la Semana Santa, si se atendieran mejor los contenidos (y no solo las destrezas y habilidades) en las enseñanzas secundarias.
– Desmontando prejuicios entre Biblia y feminismo: la jueza Débora
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‘Débora elogia a Jael. Dibujo de Gustave Doré para la Biblia.
Uno de los mayores logros de nuestra sociedad moderna es el reconocimiento de la igualdad fundamental entre varones y mujeres.
Esto, al menos, a un nivel teórico y aunque estemos lejos de extraer todas sus consecuencias prácticas.
En este proceso de toma de conciencia de que toda la humanidad sale beneficiada en la medida en que varones y mujeres avanzamos juntos y de la mano, la Biblia no siempre ha sido un elemento generador de armonía.
Es innegable el papel de la Biblia en el mundo occidental.
Este nace al abrigo de las tradiciones judeocristianas, las cuales, transmitidas de generación en generación a lo largo de los siglos, han construido nuestra identidad cultural.
De aquí se deriva que muchos autores hayan culpabilizado a esta tradición de cómo el mundo occidental ha percibido a las mujeres a lo largo de la historia, así como de aquellos roles de género que se han asumido de modo inconsciente, casi por ósmosis.
Si bien nos puede brotar una mirada de cierta benignidad hacia la misoginia característica de las sociedades antiguas, no sucede igual con los relatos que, brotando de ese contexto cultural, continúan siendo significativos hoy para muchas personas.
Podemos aceptar que hace miles de años se considerara a la mujer como una propiedad más del varón, pero no es tan fácil consentir que esta percepción siga transmitiéndose en unos textos que, en cuanto Palabra de Dios para un nutrido grupo humano, siguen teniendo autoridad.
– No todas son mujeres de sus maridos
No debería sorprendernos que entre las líneas de la Biblia encontremos muchos personajes que pretendan reforzar y mantener el statu quo del momento histórico en el que nacen, consolidando así el rol femenino propio de una sociedad profundamente patriarcal.
Es, por ejemplo, lo que sucede con la descripción de la mujer ideal que aparece al final del libro de los Proverbios (Prov 31).
Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?
Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas.
El corazón de su marido está en ella confiado,
Y no carecerá de ganancias.
Le da ella bien y no mal
Todos los días de su vida.
Busca lana y lino,
Y con voluntad trabaja con sus manos.
Aunque lo más habitual es encontrar relatos bíblicos que refuerzan este rol, también nos encontramos con algunos personajes femeninos que rompen con el modelo que nos cabría esperar. Se trata de narraciones a las que no siempre se ha dado relevancia o que se han interpretado de modo muy alejado de lo que expresa el texto bíblico.
Pero, si volvemos la mirada hacia esos pasajes del Antiguo Testamento, descubriremos a mujeres cuyo protagonismo y actitud descalabran las expectativas sociales sobre ellas.
– Débora, jueza
No son los más conocidos, pero la Biblia también ofrece personajes femeninos que no se restringen a las tareas del hogar. Mujeres que se desenvuelven con soltura en la vida pública y que no se presentan supeditadas a un varón del que dependan. Al revés, son mujeres que se relacionan con ellos de igual a igual y que hacen oír su voz con libertad y sin reparos.

Débora bajo la palmera, c. 1896-1902, de James Jacques Joseph Tissot o sus seguidores. Jewish Museum, Nueva York
Sin caer en el error de valorarlas desde criterios anacrónicos, se las dibuja como personas que no necesitan depender infantilmente de otro para ser ellas mismas, liberadas de esa inseguridad que se protege en expectativas ajenas y capaces de enriquecer a los demás compartiendo sus ideas, opiniones y vivencias con voz propia.
Uno de esos personajes femeninos de la Biblia es Débora. De ella se habla ampliamente en los capítulos cuarto y quinto del libro de los Jueces. El hecho de que se le dedique este espacio tan amplio delata ya su relevancia, por más que su repercusión en el imaginario colectivo haya sido más bien poca.
En Jueces 4,4-5 se la presenta como profetisa y jueza en medio del pueblo, siendo la única figura femenina que aparece entre la lista de estos líderes que aunaban en sí la autoridad moral y la militar. Ahí está Débora, sentada bajo una palmera, impartiendo justicia entre los israelitas que acudían a ella:
“En aquel tiempo gobernaba a Israel una profetisa llamada Débora, que era esposa de Lapidot. Ella tenía su tribunal bajo la Palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la región montañosa de Efraín, y los israelitas acudían a ella para resolver sus disputas”.
Si en este contexto cultural una mujer casada no debía salir de su casa sin mantener cubierto el rostro, mucho menos debía hablar con varones que no fueran su marido. De hecho, lo más conveniente era que las mujeres pasaran absolutamente inadvertidas cuando abandonaban el espacio doméstico.
El comportamiento de Débora que presenta el texto bíblico rompe con esas normas sociales, lo que parece explicar la valoración negativa que este personaje va a recibir en el Talmud (Megillah 14b).
La descripción que se nos hace de Débora dibuja a una mujer relevante y valorada socialmente. Mantiene una relación con su marido que no la anula y con una autoridad moral reconocida entre sus conciudadanos. Además, también se la presenta tomando decisiones aguerridas y valientes.
El texto bíblico describe a Débora desde parámetros que rompen con la mentalidad propia de pueblos antiguos. Estamos ante una mujer relevante en la vida pública, con carácter y voz propia, segura de sí misma desde la convicción de estar llevando adelante el plan divino y relacionándose con los varones de igual a igual, en enriquecedora complementariedad.
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