En un tiempo de ansiedad global como el actual (en el que los expertos tienen distintas opiniones que van desde que no hay más ansiedad que en el pasado sino que simplemente ya no es un tabú, a que la culpa la tiene la pandemia y los síntomas que ha dejado en la población, entre otras) oímos hablar constantemente de la importancia de acudir a terapia, casi como si de una obligación se tratase.
Todo ello se mezcla con el auge de los libros de autoayuda, la meditación, el yoga, y el consumo de benzodiacepinas como si no hubiera un mañana (como dato, en mayo de 2022 se publicó que España encabezaba el consumo mundial de este medicamento). Todo ello puede darnos la falsa sensación de que hemos inventado la ansiedad con la vida moderna, pero nada más lejos de la realidad.
Hay indicios de que la ansiedad ya había sido identificada por médicos e incluso filósofos grecoromanos. Hipócrates dejó una colección de textos médicos donde hablaba del caso de un tal Nicanor, el cual, cuando acudía a fiestas nocturnas y escuchaba a un flautista: «Se alzaban masas de terrores.
Dijo que apenas podía soportarlo cuando era de noche, pero si lo escuchaba durante el día no se veía afectado»; y Séneca mencionó lo que podría ser sin duda una ted talk sobre el mindfulness y la atención plena, al señalar que el miedo a la muerte es el pensamiento principal que nos impide disfrutar de una vida sin preocupaciones y que para luchar contra ello habría que centrarse en el presente.
Por lo tanto, parece innegable señalar que el ser humano es un saco de neuras desde que pisó la Tierra, lo que no quita que ciertos componentes de la vida moderna que van desde el estrés a las pantallas empeoren el problema. Pero, antes de que existieran la psicoterapia y las benzodiacepinas, ¿qué hacían nuestros antepasados para luchar contra esa sensación de peligro útil si viene un tigre a comerte, pero absurda cuando no hay un peligro real?
Quizá no había lorazepam, pero el láudano era un relajante bastante potente. Su historia está obligatoriamente ligada al comercio con Oriente, pues cuando la expansión comercial aumentó, el opio y la llamada adormidera se convirtieron en un must. Sobre todo a partir del siglo XVI, cuando Paracelso acuñó el término ‘láudano’ para referirse a un bálsamo que había fabricado y que contenía opio mezclado con otras sustancias como el almizcle y el ámbar.
El láudano se convirtió en un producto estrella que servía un poco para todo: reducía dolores (desde salidas de dientes de los niños al cáncer), era un tratamiento para la diarrea, eliminaba la tos y, por supuesto, servía para adormecer y calmar la ansiedad.
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(Fumadero de Opio, China)
Así pues, la mezcla compuesta por opio, vino blanco, azafrán, clavo y canela se convirtió en compañera frecuente de intelectuales y clases altas que querían tratar algunas dolencias, desde Richelieu a Rousseau, pasando por el rey Carlos II, muchas personas influyentes lo consumieron a lo largo de varios siglos.
«Es difícil vivir sin el opio después de haberlo conocido», confiesa Jean Cocteau en Opio. Diario de una desintoxicación, «porque es difícil, después de haber conocido el opio, tomar la vida en serio». El problema es que a veces se te podía ir la mano, como a Elizabeth Siddal (musa y esposa de Dante Rossetti) y suicidarte con la mezcla.
Por lo menos parecía mejor que las ‘curas de reposo’, un perverso tratamiento que se puso de moda en el siglo XIX en Estados Unidos. En una época en la que la histeria femenina estaba a la orden del día y se creía que el útero era un órgano que explicaba todas las enfermedades de las mujeres, el doctor S. Weir Mitchell inventó un método para tratar a las mujeres ‘nerviosas’.
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‘Mujer dormida’ de Carl Vilhelm Holsøe.
Esta suerte de tortura moderna consistía en aislar a la paciente durante seis semanas, en las que solo podía ver a su médico. Debía permanecer tumbada bocarriba y no se le permitía hacer nada. Ni leer, escribir o, en algunas ocasiones, ir al baño.
Un tratamiento paternalista al que por suerte algunas mujeres decidieron enfrentarse, que también se complementaba con alimentación copiosa y un masaje diario de una hora para que los músculos no se atrofiasen.
Algunos tratamientos no eran tan destructivos. Thoreau contaba en su obra de 1854 Walden cómo era la experiencia de vivir dos años en una cabaña construida por él mismo, al aire libre, cultivando sus alimentos y escribiendo sus vivencias. Desde un punto de vista observacional, pretendía demostrar en propias carnes que la soledad podía ser una fuente de serenidad, paz y creatividad.
Durante un tiempo, a muchos jóvenes norteamericanos que sufrían ansiedad también se les recetó eso de vivir durante un tiempo aislado en una cabaña, como parte de las medidas higienistas y naturalistas propias del siglo XIX. Nada que no haya evolucionado y siga manteniéndose en la actualidad, donde los retiros están a la orden del día (y cuestan un pastizal).
La década de los 80 del pasado siglo sirvió para establecer las bases de la ansiedad que a día de hoy siguen presentes. Comenzaron a describirse las características y la perspectiva es similar a la de hoy en día: se estructuran los trastornos por categorías basándose en los síntomas y, de forma secundario, en los factores que los causan. Es una emoción humana normal, pero es necesario aprender a mantenerla a raya para que no nos domine.
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