Anécdotas y relatos de la Segunda Guerra Mundial…

Hanna Reitsh, piloto
El Correo(J.SegoviaAl comandante Joseph Rochefort se le podía ver en pantuflas y enfundado en un elegante batín rojo por los Servicios de Criptoanálisis de la Armada estadounidense, situados en el sótano de un astillero en Hawai. Nadie se extrañaba de su aspecto extravagante, ya que vivía en ese despacho, que él llamaba ‘la mazmorra’, las veinticuatro horas del día. Su labor y la de sus cinco subordinados era interpretar los mensajes secretos de los japoneses.
El ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 desató un irrefrenable deseo de venganza en la opinión pública americana, que exigió a su gobierno una respuesta inmediata. A finales de ese mismo mes, el almirante Chester W. Nimitz asumió el mando de la Flota del Pacífico, que había sufrido graves pérdidas. Aunque sabía que debía actuar con suma precaución, comenzó a trazar planes para devolver el golpe a los japoneses. Nimitz tenía a su favor una herramienta estratégica nada desdeñable.

Ataque japonés a Pearl Harbor
El sistema naval de códigos de los japoneses había sido descifrado meses antes por Rochefort, quien no podía reprimir su frustración al no haber podido evitar la destrucción de parte de la flota americana. El almirante Yamamoto había ordenado estricto silencio a los radioperadores japoneses durante la incursión aérea en Pearl Harbor, por lo que no hubo ningún mensaje del enemigo que permitiera a los estadounidenses adivinar el desastre que se les venía encima.
Meses después, Rochefort se desquitó al lograr descodificar una serie de despachos enemigos que indicaban sus intenciones de atacar un punto del Pacífico que denominaban ‘AF’. El responsable de criptoanálisis de la Armada identificó estas dos letras con las islas Midway, la base estadounidense más adelantada en el Pacífico, a 1.200 millas al noroeste de Hawai.

El comandante Joseph Rochefort.
A Rochefort se le ocurrió poner un cebo a los japoneses enviando un mensaje no cifrado en el que alertaba de una supuesta falta de agua potable en Midway. Tal y como sospechó, los servicios de inteligencia enemigos picaron el anzuelo y alertaron a sus fuerzas de la escasez de agua potable en el punto ‘AF’. Nimitz tomo buena cuenta del logro de Rochefort y ordenó reagrupar la flota para organizar un plan que sorprendiera al enemigo.
A partir de ese momento, los estadounidenses siempre fueron un paso por delante del enemigo. El enfrentamiento aeronaval le costó a la flota japonesa cuatro portaviones y un crucero, además de un acorazado gravemente dañado y doscientos cincuenta aviones. Por su parte, Nimitz sufrió la pérdida de un solo portaviones. La batalla de Midway fue una gran victoria para los Estados Unidos y marcó un punto de inflexión en el frente del Pacífico.
A miles de kilómetros del Pacífico, en Europa, las divisiones alemanas utilizaban la máquina de cifrado de mensajes Enigma para organizar sus campañas militares. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, los británicos contrataron a un puñado de jóvenes brillantes en matemáticas para configurar el primer equipo de descifradores de Enigma en las instalaciones de Bletchley Park, cercanas a Londres, cuyo líder era Alan Turing. Su equipo encontró pautas en los mensajes alemanes, pero necesitaban algunos datos concretos para avanzar en su trabajo.

Alan Turing.
En 1941, los aliados capturaron un submarino alemán que tenía su máquina Enigma operativa. Aunque se había dado un gran paso, pronto surgieron nuevas dificultades. Los alemanes empezaron a transmitir una porción creciente de sus mensajes más sensibles a través de otros medios, entre ellos, la máquina Lorenz, lo que dificultó todavía más el trabajo en Bletchley Park. En 1942, Bill Tutte, un estudiante de química del Trinity College, recreó sobre papel un posible modelo de la Lorenz.
Gracias a los hallazgos de Turing y Tutte, cuyos equipos decodificaron buena parte de los mensajes encriptados de Lorenz y, sobre todo, de Enigma, el Alto Mando británico supo de antemano algunos de los movimientos estratégicos del ejército alemán, así como las posiciones de sus submarinos, muchos de los cuales fueron hundidos.
La historia de la Segunda Guerra Mundial está repleta de personajes poco conocidos cuyos talentos fueron decisivos para sus países. Unos eran matemáticos, como los descifradores de Bletchley Park. Otros fueron guerreros, como la piloto soviética Lidia Litviak, cuyo bautismo de fuego se produjo el 27 de septiembre de 1942, cuando su escuadrilla cogió por sorpresa a diez bombarderos alemanes Junkers Ju 88 que volaban hacia Stalingrado.
Los aviones alemanes sufrieron de inmediato la embestida de la joven aviadora y del comandante Khovostiko, que fue derribado nada más iniciarse el ataque. Enfurecida por la mala suerte de su compañero, Litviak disparó contra uno de los bombarderos enemigos a una distancia de tan solo treinta metros hasta que este cayó a tierra envuelto en llamas.

La piloto soviética Lidia Litviak.
Sus proezas en los cielos rusos, amplificadas por la propaganda soviética, contribuyeron a alimentar su papel como guerrera mítica en la lucha contra los nazis. Su hazaña más festejada en los periódicos oficiales fue el derribo de un caza alemán Messerschmitt BF 109 pilotado por el alemán Erwin Maier, que pudo saltar en paracaídas y salvar la vida.
Tras derribar otros dos aviones enemigos, Litviak pintó en el fuselaje de su caza Yak 1 un lirio blanco. Con ese símbolo nació la leyenda de la Rosa Blanca de Stalingrado, una piloto imbatible que, según afirmaba el Kremlin, hacía huir a los aviadores alemanes cuando se la encontraban en los cielos. El 1 de agosto de 1943 fue derribada en la decisiva batalla de Kursk. Faltaban 17 días para que cumpliera 22 años.
El barón Hiroshi Oshima, embajador de Japón en Berlín durante la guerra, fue un espía de los estadounidenses sin saberlo. Oshima desconocía que Estados Unidos había descifrado el código secreto Púrpura de los japoneses y que sus informes, así como los de otras embajadas niponas en otros países, los leían en Washington casi al mismo tiempo que en Tokio.
Todo lo que le contaban los jerarcas nazis a Oshima, este lo transmitía con celeridad a Japón. En 1944 el Alto Mando alemán le invitó a un viaje de cuatro días por la Muralla Atlántica francesa durante el cual tomó buena nota de todo lo que veía. Días después, el embajador describió al Alto Mando japonés las posiciones exactas de las divisiones alemanas desplegadas en las costas francesas, así como el tipo de artillería, las fortificaciones y otros detalles que fueron de un valor incalculable para los aliados, que en aquel entonces estaban organizando el desembarco en Normandía.
El 27 de mayo de 1944, Adolf Hitler invitó a Oshima a su segunda residencia de Berghof, en los Alpes Bávaros. Durante el tiempo que permaneció allí, el Führer le contó las noticias que le habían proporcionado sus agentes dobles en Londres. El embajador japonés redactó un despacho a sus jefes en Tokio en el que desvelaba que Hitler creía que el enemigo establecería cabezas de puente en Bretaña y Normandía, y que luego avanzarían con su segundo frente a través del estrecho de Dover hacia Calais, lo que demostraba que los alemanes habían mordido el anzuelo que proponía la Operación Fortitude.
El objetivo de este plan de desinformación y engaño urdido por los servicios de inteligencia británicos y varios agentes dobles, entre ellos el espía español Juan Pujol, era convencer a Hitler y su Estado Mayor de que la invasión aliada se llevaría a cabo en el paso de Calais. Finalmente, el Día D tuvo lugar el 6 de junio de 1944 el desembarco en la costa de Normandía, a unos 250 kilómetros de distancia de Calais.
Uno de los estadounidenses que desembarcaron aquel día en la playa de Utah fue el escritor J.D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno, una novela que conmocionó a la crítica literaria y al gran público cuando se publicó en 1951. Su experiencia en Normandía le marcó para siempre y fue una de las claves de su literatura. Al finalizar la guerra, Salinger ingresó en un hospital de Nuremberg aquejado de un grave estrés postraumático. Cuando regresó a Estados Unidos, apenas volvió a hablar sobre su experiencia en Francia.
En abril de 1945, el comandante en jefe de la Luftwaffe, el general Robert Ritter von Greim, recibió la orden de Hitler de personarse en Berlín de inmediato para nombrarlo nuevo comandante de la fuerza aérea alemana en sustitución de Göring, que había caído en desgracia. Von Greim despegó de Múnich el 26 de abril en una avioneta Fieseler Storch, junto a su compañera Hanna Reitsch, famosa piloto de pruebas en la Alemania nazi.
El viaje fue muy complicado, teniendo que realizar varios vuelos a muy baja altura. “El suelo bajo nuestros pies estaba lleno de soldados y tanques rusos. A la altura que volábamos podíamos ver sus caras perfectamente, y comenzaron a atacarnos con todo lo que tenían a mano”, recuerda Reitsch en sus memorias. Cuando sobrevolaban las cercanías de Berlín, el avión fue alcanzado por un disparo de DCA soviético y von Greim fue herido en la pierna. Hanna Reitsch consiguió hacerse con los mandos y posar el aparato cerca de la Puerta de Brandeburgo cuando el depósito de combustible estaba prácticamente a cero.

El 28 de abril llegaron al Búnker donde se encontraban Hitler y algunos de sus seguidores más cercanos. Allí les comunicaron que los soviéticos se acercaban a la Potsdamerplatz para lanzar el ataque final a la Cancillería. El comandante en jefe de la Luftwaffe y Reitsch intentaron convencer a Hitler de que tenía que ponerse a salvo, pero este ignoró sus ruegos y les ordenó que salieran de Berlín para salvar sus vidas. Von Greim y su ayudante abandonaron el búnker, cruzaron el Tiergarten y por fin llegaron a la Jefatura de Vuelos que todavía estaba en manos alemanas.
Allí les proporcionaron un avión Arado 96 con el que despegaron entre ráfagas de ametralladoras y explosiones de artillería que zarandearon el aeroplano. Tras sufrir algunos impactos en el fuselaje, Reitsch logró elevarse en círculos a una gran altura, desde donde pudo ver la ciudad de Berlín en llamas, una imagen que anticipaba la inminente caída del Tercer Reich. La piloto pudo aterrizar en territorio controlado todavía por los alemanes. El 30 de abril Hitler y Eva Braun se suicidaron en el búnker.
– Los 3000 muertos del enfermero de Ana Frank

El hombre de la foto era enfermero en Auschwitz y miembro de las SS. Se llamaba Hubert Zafke. Fue condenado en Polonia en 1948 a cinco años de cárcel por ser cómplice en el asesinato de al menos 3681 personas. En 2016 se reabrió la causa contra él en Alemania pero ya tenía 95 años y el juicio no pudo terminarse. Entre sus trágicos ‘pacientes’ estuvo Ana Frank.
Durante el mes de septiembre de 1944, más de una docena de trenes repletos de judíos llegaron a Auschwitz-Birkenau, un campo de exterminio situado a 43 kilómetros de Cracovia (Polonia), por mandato de Hitler. Entre los pasajeros se encontraban Ana Frank y su familia. Posteriormente, la autora del famoso diario y su hermana fueron trasladadas al campo de concentración de Bergen-Belsen, en Alemania, donde murieron.
Hubert Zafke fue sargento de las temibles Waffen-SS y sanitario en Auschwitz-Birkenau desde agosto hasta septiembre de 1944. En ese corto periodo de tiempo, fue cómplice en el exterminio de al menos 3.681 judíos, muertos en las cámaras de gas al llegar al campamento entre el 15 de agosto y el 14 de septiembre. 14 convoyes de deportados llegaron a Auschwitz enesas fechas. En uno de ellos, el 2 de septiembre, iban Anna Frank, autora del célebre diario, sus padres y su hermana mayor.
De los recién llegados, 549 –incluyendo niños menores de 15 años– fueron seleccionados y enviados directamente a las cámaras de gas. Ana había cumplido 15 años tres meses antes y se libró. La desnudaron, desinfectaron y tatuaron un número de identificación, con el resto de las mujeres. Es probable que en presencia del enfermero Zafke.
A su padre no volvió a verlo. Creyó que lo habían matado, aunque fue el único de la familia que sobrevivió. La madre de Ana murió allí mismo de agotamiento, obligada a realizar trabajos forzosos y presa de las infecciones provocadas por el hacinamiento. La propia Ana y su hermana Margot enfermaron y su piel se cubrió de costras. El 28 de octubre, Ana y su hermana fueron reubicadas en otro campo, Bergen-Belsen, donde morirían.

El último destino de Ana. Ana Frank llegó a Auschwitz en uno de los terribles trenes de la muerte, el 2 de septiembre de 1944 con su familia. Zafke era entonces el enfermero del campo. En octubre, Ana y su hermana fueron trasladadas al campo de Berger-Belsen, donde la autora del célebre diario murió de tifus en marzo de 1945.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Hubert Zafke fue condenado, en 1948, por un tribunal polaco a más de tres años de prisión por su pertenencia a las SS. «He cumplido mi culpa», dijo cuando todavía hablaba con la prensa. Tras ser excarcelado, Hubert se trasladó a la ciudad alemana de Neubrandenburgo, donde trabajó como agricultor.
En cuanto fue acusado de crímenes contra la humanidad, en 2015, Hubert Zafke se volvió ilocalizable. Dejó de coger el teléfono a los periodistas. Según el periódico Süddeutsche Zeitung, al principio negaba saber el destino que deparaba a los prisioneros, pero poco después admitió que era consciente de que en Auschwitz se cercenaban vidas en masa. En 2018 fallecía, un año después de que la causa contra él se archivase, al no estar ya en condiciones físicas y mentales de compadecer.
Su abogado, Peter-Michael Diestel, criticaba la decisión judicial. Aseguraba que su cliente ya cumplió condena en Polonia y que el deterioro cognitivo y el cuadro depresivo que presentaba le impedían enfrentarse a los tribunales. Sus argumentos no lograron convencer a la Fiscalía.

El enfermero Zafke. Zafke, durante la vista que se celebró contra él en 2016. Falleció dos años después, sin que se llegase a dictar sentencia. Desde los años 50 hasta entonces vivió tranquilamente en Gnevkow, un pequeño pueblo de Alemania, donde se casó, crió a cuatro hijos y trabajó en una empresa agrícola.
– La mayor matanza de la historia
A pesar de que la defensa había exigido su absolución por falta de pruebas o testigos que demostrasen su implicación directa, la fiscalía solicitó para él seis años de cárcel. El fiscal sostuvo que Hubert no solo se alistó voluntariamente en las SS -un cuerpo militar que aceleró la ejecución de miles de personas-, sino que era plenamente consciente de las actividades de exterminio que se llevaban a cabo en Auschwitz.
«En ese campo de la muerte fueron asesinadas 1.100.000 personas, de las cuales un millón eran judías, la mayor matanza masiva de la historia», recuerda el historiador británico Laurence Rees, colaborador en la cadena BBC y autor del libro Auschwitz: Los nazis y la solución final. Amparados por el humo que continuamente salía de los hornos crematorios, los guardias del campo arrancaban los dientes de oro de los cadáveres para fundirlos. Nada debía desperdiciarse. Ni siquiera el pelo de los presos, que se usaba para el revestimiento de algunas piezas de submarino. Los SS examinaban todo, incluso la ropa interior de los prisioneros por si en ellas habían escondido objetos de valor. Los nazis encontraron montones de diamantes, oro y dinero.
– Una sentencia histórica cambió las cosas
Aunque a algunos alemanes les parecía excesivo enjuiciar a un nonagenario por unos crímenes que quizá nunca cometió directamente, la Fiscalía alemana recordó la extrema gravedad del caso y subrayó que el simple hecho de que Hubert colaborara en un proyecto criminal de tales dimensiones hacía necesario que se enfrentase a los tribunales de Justicia.

John Demjanjuk, el guardián de Sbibor. Su juicio sentó jurisprudencia. Fue condenado en 2011 a cinco años por su implicación en la muerte de 28.060 judíos en el campo de Sobibor, del que apenas hubo supervivientes. Murió a los 91 años, antes de entrar en prisión.
Durante décadas, muchos criminales nazis han quedado impunes. Sin embargo, el procesamiento de Hubert y de otro puñado de presuntos excriminales nazis fue posible gracias al juicio contra John Demjanjuk, en 2011, que hizo historia. Este nazi fue acusado de haber colaborado en decenas de miles de asesinatos en el campo de exterminio de Sobibor (Polonia), y, a pesar de que no se pudieron aportar pruebas sobre su actuación, el juez consideró que su sola presencia en el campo y las sospechas sobre su trabajo eran suficientes para castigarlo. Por ello, el ucraniano de 91 años –que podría ser el temible guardián conocido como Iván el Terrible–, fue condenado a cinco años de prisión, aunque murió antes de su encarcelamiento.

Liberados. Tres comandantes y 6500 miembros de las SS asesinaron a 1.100.000 personas en Auschwitz. El Ejército Rojo liberó a 7600 supervivientes.
El caso Demjanjuk marcó un punto de inflexión en la jurisprudencia alemana. Hasta entonces solo podía haber una condena por crímenes nazis si se probaba la vinculación directa del imputado. El tribunal de Múnich que sentenció al ucraniano a cinco años de prisión cambió las cosas. Y no solo eso. Facilitó la investigación de otros sospechosos. Entre ellos, el nonagenario Oskar Gröning, antiguo miembro de las SS y contable en Auschwitz, condenado en julio de 2015 a cuatro años de prisión por su complicidad en el asesinato de 300.000 personas.
Aunque Gröning alegó que él simplemente era un pequeño eslabón en el engranaje asesino, el juez Franz Kompisch subrayó que esa máquina de la muerte que fue Auschwitz solo podía funcionar si cada uno de los cientos de engranajes funcionaba con la precisión de un reloj. «Han transcurrido muchos años, pero aún se puede hacer justicia», afirmó Kompisch. Y recordó que las leyes alemanas no admiten un límite de edad a la hora de juzgar a un asesino o a su cómplice.

Oskar Gröning, el contable. Clasificaba el dinero y las pertenencias de los prisioneros de Auschwitz. Tras la guerra fue trabajador forzado en Inglaterra, regresó a Alemania y llevó una vida tranquila. En 2015, con 93 años, lo condenaron a cuatro años de prisión.
El ministro de Justicia, Heiko Maas, comentó que la sentencia contribuía a paliar el gran fracaso del sistema judicial alemán, que solo había sido capaz de procesar a medio centenar de los miles de SS que habían sido cómplices de los crímenes cometidos en los ‘campos de la muerte’. Pero no todo el mundo se mostró tan satisfecho como el ministro de Justicia. «El mensaje que se está enviando a las víctimas es muy triste. La condena a Gröning es simbólica, insatisfactoria e insuficiente», señaló Thomas Walther, el abogado que representó los intereses de los familiares de las víctimas.
Pese a todo, el fallo dictado por el juez Kompisch fue muy importante en Alemania, ya que reforzó la jurisprudencia que había marcado la anterior condena a Demjanjuk. El propio abogado de las víctimas reconoció que sus clientes sentían un cierto alivio al comprobar que la sentencia a Gröning abría el camino para llevar a juicio a otros colaboradores del Holocausto.
Deja un comentario