El cine del destape visto por las actrices que lo sufrieron …

La actriz Nadiuska en 1977 durante el rodaje de la película ‘Chely’, del director Ramón Fernández
El Mundo(L.Martínez)/eldiario.es(J.Zurro) — El código de censura del 8 de marzo de 1963 prohibía la escenas que ofendieran a la intimidad del amor conyugal; prohibía todo lo que atentara contra la institución matrimonial y contra la familia; prohibía las imágenes que provocaran bajas pasiones en el espectador; prohibía la justificación de las relaciones sexuales ilícitas; prohibía expresamente todo lo que atentara contra la Iglesia católica… Prohibía.
La idea era salvaguardar, frente a la amenaza del turismo, el ideal de mujer que la dictadura había construido bajo la égida de la represión. Y así hasta que unos pocos años más tarde, en 1975 y con la Transición aún pendiente, una nueva normativa, por fin, permitía algo: «Se permite el desnudo siempre que esté exigido por la unidad general del film descartándose cuando su intención sea levantar pasiones o incidir en la pornografía», rezaba el texto. No era mucho.
El 20 de noviembre de 1975, Franco moría en su cama tras asfixiar a España durante casi 40 años. Meses antes, aprobaba un nuevo código de censura que permitía por primera vez de forma oficial el desnudo en el cine, siempre y cuando no fuera utilizado “para despertar pasiones o incidir en la pornografía”. La dictadura abría la mano en busca de mostrar una cara menos rancia al extranjero, a muchos países que miraban a España como centro neurálgico de sus vacaciones.
Lo que siguió, en efecto, es ya leyenda. En La trastienda (Jorge Grau, 1975) se asistió al primer desnudo frontal. Y desde ahí el destape. Hasta ahora, la lectura más corriente hizo de él un movimiento de liberación, de avance frente a las imposiciones del puritanismo nacional-católico.
Y, sin embargo, y como nos recuerda el documental Mujeres sin censura, de Eva Vizcarra y recién presentado en el Festival de Málaga, también fue todo lo contrario: una excusa más para perpetuar la cosificación y dominación del cuerpo femenino. Cambiaron las normas, las prohibiciones, se mantuvo a fuego la sumisión de siempre y en el mismo sentido. Como se dice al principio de la película: las pantallas se llenaron de desnudos femeninos y los cines de hombres.
Aquel nuevo código de censura fue el pistoletazo de salida para que todo el machismo y la represión salieran representados en forma de un cine que convertía a las mujeres en objetos sexuales. El cuerpo de las actrices se convirtió en moneda de cambio. La gente iba al cine a ver sus desnudos. El destape se convirtió en un género propio con su propio star system, donde se encontraban nombres como los de Susana Estrada, Nadiuska, Josele Román, María José Goyanes, Paca Gabaldón o Victoria Vera. Ellas eran las que se desvestían, mientras a ellos apenas se les veía el trasero.

(María José Cantudo en la célebre escena de ‘La trastienda’, de Jorge Grau.)
Hacía falta que alguien reivindicara su figura y las librara de esa culpa que la herencia nacional católica las hizo sentir.
Ellas fueron víctimas del machismo y de las heridas de la dictadura, y de alguna forma, también fueron precursoras en la defensa de la mujer.
La directora Eva Vizcarra ha tomado el reto de hacerlo a través del documental Mujeres sin censura, donde da voz a muchas de esas actrices del destape que hablan desde la actualidad para reivindicarse, pero también para contar cómo llegaban al rodaje sin saber qué iba a pasar.
Estaban desprotegidas y eran atacadas por todos. María José Goyanes, que fue la primera mujer en protagonizar un desnudo en el teatro con la obra Equus, cuenta cómo recibía cartas de amenazas y cuando iba a la policía, se reían y preguntaban que dónde podían ir a verla desnuda.
Ellas fueron las que quedaron marcadas por el estigma de aquel cine. Cuando la fiebre del destape se fue pasando, ellas vivieron los prejuicios de la sociedad. No se penalizó a los directores de aquellas películas, tampoco a actores como Alfredo Landa. Pero sí a ellas, que no encontraron trabajo en el cine posterior. Solo algunas pudieron continuar su carrera, pero otras quedaron condenadas al ostracismo y la vergüenza.
«Cuando me planteé hace el documental, me di cuenta de que nadie en realidad quería recordar nada. Las protagonistas, las consideradas musas (qué barbaridad, en realidad sólo fueron utilizadas), porque se sentían en parte humilladas, abandonadas; y el resto porque fue una época de mal cine que todos querían olvidar».
La película se hace cargo de la hiriente contradicción que fue que la bandera de libertad la llevaran unos cuerpos sometidos.

(La actriz y directora Eva Vizcarra)
Y lo hace desde el testimonio frente a la cámara de Cecilia Bartolomé, castigada al silencio por atreverse a realizar la primera película feminista rodada en España (Margarita y el lobo); de Josele Román, que, para escarnio de la mirada de todos, se somete al experimento de repetir algunas escenas de Manolo la nuit, pero ella en el papel que en la película diera vida Alfredo Landa; de Teresa Gimpera, que no tiene empacho en reconocer que la mitad de las 150 película en las que participó son evidentemente malas; de Sandra Alberti, que recuerda sin inmutarse cuando tras salir desnuda en la portada de Interviú la contactaron para que conociese el entonces rey Juan Carlos; de Claudia Gabry, que es incapaz de olvidar su primer casting sólo contemplada por hombres; de Eva Lyberten, que reconstruye los momentos en los que fue humillada cerca de la violación por Ignacio F. Iquino, un hombre con placa conmemorativa en su pueblo…
“Reivindicaron sus derechos frente a una industria que las trató como objetos de consumo. De su mano, vivimos el tránsito hacia la modernidad y la democracia”, se oye en un documental donde también participan escritoras como Marta Sanz y expertos en cine como Antonio Trashorras. Mujeres sin censura da voz asimismo a otras mujeres silenciadas durante el franquismo, como la cineasta Cecilia Bartolomé, cuya carrera fue cortada en seco por la dictadura cuando vieron su provocadora y fascinante película Margarita y el lobo, donde desafiaba el orden establecido y a instituciones como el matrimonio.
Bartolomé solo pudo trabajar en publicidad y documentales industriales, y el cine se perdió a una de las voces más frescas y políticas.
El documental, que se ha podido ver en el Festival de Málaga, nació primero como una aproximación al cine quinqui. Investigando, Eva Vizcarra se puso la película La criatura, de Eloy de la Iglesia, y descubrió a la actriz Claudia Gravy. “Empecé a plantearme qué había sido de estas mujeres, porque en mi adolescencia fueron muy importantes. Yo soy de Carabanchel, y en mi barrio escuchaba siempre a los tíos hablar de estas actrices y a las mujeres diciendo un poco, ‘¿qué pensarán sus hijos?’. Y yo me planteaba, ‘¿y qué pensarán ellas?’, y gracias a esta película he descubierto lo que pensaban, y para mí también como mujer me ha servido el hacer esta película”, cuenta la directora.
«Repasados mucho testimonios, te das cuenta de que lo que se contó en el MeToo es apenas un chiste con lo que pasaron muchas de estas mujeres», dice la directora y, de alguna manera, se corrige: «En cualquier caso, y sin poder obviar casos como el de Nadiuska, que fue abandonada hasta la miseria, lo cierto es que muchas de ellas fueron auténticas heroínas que lucharon por su liberación en un tiempo cruel y muy triste».
En este último caso, y en un lugar de excepción, figura el testimonio de María José Goyanes. Su desnudo en la obra de teatro Equus, de Peter Shaffer, le valió todo tipo de insultos, amenazas de muerte, humillaciones… «Fue terrible, pero lo que les hirió no fue ninguna de las aristas de un texto sin duda hiriente por muchas razones. A los que se desplazaron a Madrid a verme desnuda, les irritó que mis tetas fueran pequeñas porque siempre he tenido un cuerpo muy adolescente», cuenta y, en un momento de su narración, no puede por menos que llorar.
Alfredo Landa y Mirta Miller en ‘Alcalde por elección’ (1976), de Mariano Ozores.
Al escuchar sus testimonios, se dio cuenta de que lo que hicieron también fue “un acto de libertad, de valor y de riesgo que ahora mismo difícilmente asumirían”. “Ellas se enfrentaban todos los días, cada vez que se levantaban e iban a un set de rodaje, a no saber qué iban a hacer con sus cuerpos, qué iban a hacer con ellas. Se creían lo que estaban haciendo. El problema eran unos guiones infames, el equipo de directores y productores, porque no se salvaba nadie. Veníamos de una época muy represiva con una religión católica, apostólica y romana, que nos tenía a todos atados. Entonces todo se salió por las costuras y abusamos mucho de ellas, de sus desnudos y de su vida, porque para ellas era su trabajo. Ellas se creían que iban a hacer una buena película”, añade.
Manuel de Blas, desde el otro lado, el del actor frente a la actriz desnuda, rescata de la memoria el hecho sin duda anómalo de que de todas las escenas de violación que a lo largo de su carrera han sido muchas, él jamás enseñó un centímetro de su piel.
Recuerda eso y cómo el ya citado Iquino (el mismo que despidió a Eva Lyberten por no quererse introducir un bombón en la vagina en una escena fuera de guion) nunca explicaba una secuencia erótica a sus intérpretes: «Se limitaba a decirnos que hiciéramos lo mismo que él y, en efecto, era él el que se metía en la cama y sobaba a la actriz antes de rodar nada».
El destape atravesó todos los géneros. «Daba lo mismo de qué tratara la película, en un momento dado, ella se desnudaba», dice la directora y para corroborarlo Josele Román cuenta cuando, acabada una película, fue citada de nuevo con la excusa de unas secuencias mal reveladas «porque al director se le había olvidado que me tenía que quitar la camiseta».
Fue un tiempo en el que, como dice Goyanes, «el cuerpo femenino fue la gasolina de la industria»; un tiempo en que sólo Susana Estrada se atrevía con un desnudo que la escritora Marta Sanz califica de «agresivo» porque no se amoldaba a la idea tranquilizadora de sometimiento que ofrecía el cine.
La sociedad las prejuzgó y machacó y cuando el cine cambió, no hubo hueco para ellas. Vizcarra tiene claro que “se las trató bastante mal porque se las olvidó, y ese es el peor trato que te pueden dar, y más en el mundo del cine”. “No se les debe una disculpa, se les debe trabajo. No hace falta disculparse, lo que hace falta es que se las tenga en cuenta.
Que han sido actrices como la copa de un pino y muchas de ellas están deseando volver a trabajar. Se les debe guiones buenos, personajes de mujeres de 70 años, buenos y fantásticos, para que ellas puedan seguir viviendo felices y olvidarse de esa época que tampoco te creas que la quieren recordar. Han hecho un esfuerzo y han sido muy generosas para estar en nuestro documental”, dice con contundencia.

Nadiuska yCarlos Estrada en ‘Perversión’ (1974), de Francisco Lara Polop.
El documental muestra también la doble moral de los espectadores, que abarrotaban las salas, pero luego las insultaban en casa, muestra de “una sociedad muy hipócrita” que no se daba cuenta que estaba viendo “un cine muy, muy perverso, porque era muy malo, pero ellas eran muy buenas actrices y mujeres muy valientes” que, en ocasiones, también fueron iconos LGTB gracias a títulos como Me siento extraña, donde Rocío Dúrcal y Bárbara Rey protagonizaban a dos amantes. Una película completamente machista en su mirada hacia ambas, pero que luego el colectivo ha resignificado dando un nuevo valor al filme.
Mujeres sin censura también reúne en torno a una mesa a los actores del cine de aquella época. Pedro Mari Sánchez, Máximo Valverde, Emilio Gutiérrez Caba o Manuel de Blas analizan aquellas películas y cuentan en primera persona la diferencia que había en aquellas obras cuando se trataba de un actor o una actriz.
Hablan de directores como Ignacio Iquino, que tras realizar obras afines al franquismo, luego se apuntó al cine del destape; “qué morro”, se oye en la mesa. Manuel de Blas deja una frase que resume muy bien lo que pasaba en aquellas producciones: “He interpretado a muchos violadores, y sin embargo nunca tuve que desnudarme”. Guiones machistas y directores que sexualizaron, marcaron y condenaron a una generación de actrices que ahora piden justicia en este documental.
Y así, hasta que llegaron las salas X, el vídeo, lo porno… Y aquellas mujeres fueron a la vez festejadas como símbolo de lo nuevo y arrojadas al olvido. Nuestro olvido.
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