Pudo escribir los versos más románticos pero le mandó un emoji (El coeficiente intelectual de la población mundial decae)…
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Infobae(H.Gennari)/Cambio16(R.Hernández)/Mundo Diners(V.J.Machuca) — Recorrió todas las letras de Sabina, se imaginó amaneceres con olores a pasto húmedo, vino a su memoria aquella luna de barrio de un mes cualquiera, escuchó sus pasos cansados por calles cansadas pasando por enésima vez por esa ventana siempre cerrada, le daba igual Antonio Machado que Luis Eduardo Aute, dibujó, cortó y pintó flores de papel y apretándolas entre sus dedos imaginó dárselas al abrirle la puerta de su Cadillac Amarillo.
Pero nada de eso hizo. Una gélida barrera, una pared imposible de saltar se interpuso y esos, sus soñados mensajes, quedaron detrás de un profundo muro, sin que ella supiera alguna vez nunca jamás qué quiso él contarle, sobre noches de amores y mañanas de paz. Aturdido por no poder, por no querer, por no animarse a dar ese salto cualitativo en su nivel de comunicación, se contentó, aunque con cierta leve tristeza y algo de desesperanza, a solo enviarle un emoji de un corazón y un escueto y casi taquígrafo, “TKM”.
Mi respetado amigo Rodolfo Gayoso hace pocos días me mandó un texto revelador de Christophe Clavé (1968- ), que en certera forma afirma: “El coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años ’90 siempre había aumentado, en los últimos veinte años está disminuyendo… Es un efecto FLYNN pero a la inversa. El empobrecimiento del lenguaje puede ser uno de los factores más importantes de este retroceso”.
Clavé es Licenciado en Ciencias en la Universidad de París y es no solo un profesor destacado de Gestión y Estrategia sino que lidera una consultora que asesora a grandes empresas europeas. Su libro “Les voies de la stratégie” de la Editorial ESKA, lamentablemente no traducido aún al español, es material de consulta para poder entender esta sociedad híper conectada pero que aparentemente nos conduce a una gran pobreza intelectual colectiva.
En este mundo tan entrelazado por fibras y satélites, antes de publicar esta nota logré ubicar al profesor Clavé y pude intercambiar un par de emails con él. No supe ni pude expresarle mi admiración a su valiente visión. Christophe me preguntó de dónde había sacado yo esos textos de su pluma, ya que sus libros no llegaron a Latinoamérica.
Entre divertido, sorprendido y algo avergonzado, le tuve que reconocer que ese texto circulaba por WhatsApp y no fue tomado de libro alguno, prolijamente almacenado en una biblioteca de buen merecer. El pensamiento del amigo Christophe fluía por el espacio del 4G, con un simple “reenviar”. Más allá de los libros que Christophe haya vendido, seguramente sus ideas excedieron la distribución de sus escritos.
Un pensamiento complejo, cualquiera fuese, requiere de la articulación de un lenguaje que va más allá de un emoji o de un tonto y perdido apócope. “Me pasé la mañana poniendo una coma y la tarde quitándola”, diría Gustave Flaubert (1821-1880). Seguramente es la sutileza lo que hace culta a la persona.
Clavé afirma que: “La desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre del presente, limitado al momento, al aquí y ahora. Por ende, cada vez más personas son incapaces de hacer proyecciones en el tiempo”.
Estudios recientes muestran que la media mundial de jóvenes hasta 25 años tienen un manejo del lenguaje que ronda solamente entre las mil a mil quinientas palabras. Imposible que de alguno de ellos pueda salir un “Madame Bovary” o “El Quijote”. Menos palabras y menos verbos conjugados implican menor capacidad para expresar las emociones y menores posibilidades de elaborar un pensamiento.

La articulación de deducciones sofisticadas, analogías, simbologías, requieren de un manejo de la verba que excede los caracteres del mundo digital. Arriesgando, Clavé afirma que los gobiernos totalitarios tratan de frenar la educación ya que la misma conduce inexorablemente al camino de las ideas, por ende al pensamiento crítico. “¿Cómo se puede construir un pensamiento hipotético – deductivo sin el uso de un verbo condicional? ¿Cómo se puede considerar el futuro sin una conjugación en el futuro?”
Estamos transitando el doscientos aniversario del nacimiento de Gustave Flaubert, considerado junto a pocos parte de la cima de la escritura occidental por su “Madame Bovary” (escrita a sus treinta y un años de edad), y por su intermedio vengo con estas palabras a blandir la espada del buen hablar. Marcel Proust consideraba a “Madame Bovary” la obra de máxima pureza gramatical jamás escrita, describiéndola como “poesía hecha prosa”.
Gustave Flaubert afirmaba que para que una persona pudiera ser considerada medianamente culta, la misma debiera haber leído en su vida cuanto menos unos 3.000 libros. Desconozco cuantos megas equivalen a tal cantidad de escritos, pero sin duda estamos ante una generación que sencillamente no lee. Estamos en tiempos de “La Era de la Imagen”, diría Miguel Rodríguez Arias, el gran productor y creativo argentino.
En el campo de las batallas sin sentido, pobres aquellos que malgastan tintas y salivas defendiendo un lenguaje inclusivo. Redoblando mi aseveración, estoy dispuesto a aceptar estas nuevas modalidades “inclusivas”, si por otro lado la riqueza del escribir o el decir fuera tan pero tan vasta que la misma pudiera abrumar mis ojos e hiciera explotar mi cabeza.
Si entendemos por “sofisma” a ese argumento falso o capcioso que pretendiendo pasar por verdadero nos puede llevar a la confusión, el tonto hecho de usar la “e” para unir Adanes, Evas e intermedios es directamente una tontera de gran escala. Abolir un género es matar la formación de un pensamiento y es quedarnos encerrados en la finitud de solo mil palabras. El uso del inclusivo no nos hace más cultos, ni más inteligente, ni más amplios. La realidad es que nos hace más limitados.
Flaubert diría que “cuanto más rápido se adhiere la palabra al pensamiento, más hermoso es el efecto”, por lo que deduzco que tener menos palabras es tener menos entendimiento y quizás hasta poco o nada de designio. Cuando entendemos algo en su totalidad, ese nuevo conocimiento permanecerá en nosotros por siempre. La palabra es entonces un arma.
Tal vez sean los emojis la prueba más obvia de nuestra incapacidad de escribir o de expresar nuestros sentimientos. Otros dirían que los emojis se entienden igualmente en cualquier cultura por lo que acaso han logrado lo que el Esperanto no pudo. Esto me hace pensar que probablemente la Cueva de Altamira es a los emojis lo que fue la piedra de Rosetta a los jeroglíficos.
¿Es que acaso esos hombres de las cavernas no expresaban sus quehaceres con esos garabatos latientes?
Seguramente pintaban eso, ya que, al decir de Flaubert: “La manera más profunda de sentir una cosa es sufrir por ella”. Las desventuras y adversidades de miles de años atrás le daban mayor escala y aprecio a lo poco que tenían. “El arte de escribir es el arte de descubrir lo que crees”, concluye el genio francés.

Enseñar y practicar el idioma en sus formas más diferentes, aunque parezca complicado, es el camino del progreso, ya que detrás de ese esfuerzo está la libertad.
Quienes afirman la necesidad de simplificar la ortografía, abolir los géneros, los tiempos, los matices o sea todo lo que crea complejidad, son los verdaderos artífices del empobrecimiento de la mente humana. (Clavé dixit).
Mientras esto yo escribía, nuestro anacrónico amigo del primer párrafo se sintió arrepentido de no haberse animado a soñar cielos, bajar y dar nombre a cada una de las estrellas, estirar su mano hasta la piel de su amada, perderse en laberintos bifurcados para yuxtaponerse y fundirse en un Aleph apretado como si ella fuera Beatriz Viterbo.
Pero en ese momento, entre expresar su sentimiento o volver a mandar un emoji, Flaubert le hizo recordar que “ella quería morir, pero también quería vivir en París”, por lo que lo suyo, por ende, era un amor inasequible.
Dio media vuelta, pateó alguna que otra piedra, cuidó igualmente sus únicos zapatos y caviló, casi melancólico, acerca que los libros son seguramente objetos muy extraños y quizás hasta peligrosos, ya que pueden alterar mentes, provocar desafíos y hasta generar utopías. Debería tener cuidado con ellos.
Tributo a Gustave Flaubert (1821-1880)
Tributo a Christophe Clavé (1968- )
– Que dice Christophe Clavé
El autor de Los caminos de la estrategia (Les voies de la strategie), Christophe Clavé, residente en Lausana, Suiza, escribió tiempo atrás un artículo que tituló El déficit del coeficiente intelectual de la población.

Vale la pena compartirlo porque habla de la decadencia que se advierte en la población mundial.
«El coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años 90 siempre había aumentado, en los últimos veinte años está disminuyendo…
Es la vuelta del efecto Flynn. Parece que el nivel de inteligencia medida por las pruebas disminuye en los países más desarrollados.
Muchas pueden ser las causas de este fenómeno. Una de ellas podría ser el empobrecimiento del lenguaje. En efecto, varios estudios demuestran la disminución del conocimiento léxico y el empobrecimiento de la lengua: no solo se trata de la reducción del vocabulario utilizado, sino también de las sutilezas linguísticas que permiten elaborar y formular un pensamiento complejo.
La desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre al presente, limitado en el momento: incapaz de proyecciones en el tiempo.
La simplificación de los tutoriales, la desaparición de mayúsculas y la puntuación son ejemplos de «golpes mortales» a la precisión y variedad de la expresión. Solo un ejemplo: eliminar la palabra «señorita» (ahora obsoleta) no solo significa renunciar a la estética de una palabra sino también fomentar involuntariamente la idea de que entre una niña y una mujer no hay fases intermedias.
Menos palabras y menos verbos conjugados implican menos capacidad para expresar las emociones y menos posibilidades de elaborar un pensamiento.
Los estudios han demostrado que parte de la violencia en la esfera pública y privada proviene directamente de la incapacidad de describir sus emociones a través de las palabras. Sin palabras para construir un razonamiento, el pensamiento complejo se hace imposible. Cuanto más pobre es el lenguaje, más desaparece el pensamiento.
La historia es rica en ejemplos y muchos libros (Georges Orwell-1984; Ray Bradury-Fahrenheit 451) han contado cómo todos los regímenes totalitarios han obstaculizado siempre el pensamiento, mediante una reducción del número y el sentido de las palabras.
Si no existen pensamientos, no existen pensamientos críticos. Y no hay pensamiento sin palabras. ¿Cómo se puede construir un pensamiento hipotético-deductivo sin condicional?¿Cómo se puede considerar el futuro sin una conjugación en el futuro. ¿Cómo es posible capturar una tormenta, una sucesión de elementos en el tiempo, y a sean pasados o futuros, y su duración relativa, sin una lengua que distingue entre lo que podría haber sido, lo que fue, lo que es, lo que podría Ser, y lo que será después de lo que podría haber sucedido, realmente sucedió?
Queridos padres y maestros: demos a hablar, leer y escribir a nuestros hijos, a nuestros estudiantes. Enseñar y practicar el idioma en sus formas más diferentes.
Especialmente si es complicado. Porque en ese esfuerzo está la libertad. Quienes afirman la necesidad de simplificar la ortografía, descontar el idioma de sus «fallas», abolir los géneros, los tiempos, los matices, todo lo que crea complejidad, son los verdaderos artífices del empobrecimiento de la mente humana.
No hay libertad sin necesidad. No hay belleza sin el pensamiento de la belleza».

– El coeficiente intelectual de la población mundial disminuye
El coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años 90 siempre había aumentado, en los últimos veinte años está disminuyendo…
Es la vuelta del efecto Flynn. Parece que el nivel de inteligencia medida por las pruebas disminuye en los países más desarrollados.
Muchas pueden ser las causas de este fenómeno. Una de ellas podría ser el empobrecimiento del lenguaje. En efecto, varios estudios demuestran la disminución del conocimiento léxico y el empobrecimiento de la lengua: no solo se trata de la reducción del vocabulario utilizado, sino también de las sutilezas linguísticas que permiten elaborar y formular un pensamiento complejo.
La desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre al presente, limitado en el momento: incapaz de proyecciones en el tiempo.
La simplificación de los tutoriales, la desaparición de mayúsculas y la puntuación son ejemplos de «golpes mortales» a la precisión y variedad de la expresión. Solo un ejemplo: eliminar la palabra «señorita» (ahora obsoleta) no solo significa renunciar a la estética de una palabra sino también fomentar involuntariamente la idea de que entre una niña y una mujer no hay fases intermedias.
Menos palabras y menos verbos conjugados implican menos capacidad para expresar las emociones y menos posibilidades de elaborar un pensamiento.
Los estudios han demostrado que parte de la violencia en la esfera pública y privada proviene directamente de la incapacidad de describir sus emociones a través de las palabras. Sin palabras para construir un razonamiento, el pensamiento complejo se hace imposible. Cuanto más pobre es el lenguaje, más desaparece el pensamiento.
La historia es rica en ejemplos y muchos libros (Georges Orwell-1984; Ray Bradury-Fahrenheit 451) han contado cómo todos los regímenes totalitarios han obstaculizado siempre el pensamiento, mediante una reducción del número y el sentido de las palabras.
Si no existen pensamientos, no existen pensamientos críticos. Y no hay pensamiento sin palabras. ¿Cómo se puede construir un pensamiento hipotético-deductivo sin condicional? ¿Cómo se puede considerar el futuro sin una conjugación en el futuro. ¿Cómo es posible capturar una tormenta, una sucesión de elementos en el tiempo, y a sean pasados o futuros, y su duración relativa, sin una lengua que distingue entre lo que podría haber sido, lo que fue, lo que es, lo que podría Ser, y lo que será después de lo que podría haber sucedido, realmente sucedió?
Queridos padres y maestros: demos a hablar, leer y escribir a nuestros hijos, a nuestros estudiantes. Enseñar y practicar el idioma en sus formas más diferentes.
Especialmente si es complicado. Porque en ese esfuerzo está la libertad. Quienes afirman la necesidad de simplificar la ortografía, descontar el idioma de sus «fallas», abolir los géneros, los tiempos, los matices, todo lo que crea complejidad, son los verdaderos artífices del empobrecimiento de la mente humana.
No hay libertad sin necesidad. No hay belleza sin el pensamiento de la belleza.

Efecto Flynn
El efecto Flynn del que habla el autor del artículo es la subida continua, año por año, de las puntuaciones de cociente intelectual, un efecto visto en la mayor parte del mundo. Una serie de investigaciones del Reino Unido desde 1938 hasta 2008 estimó la tasa de crecimiento en torno a 2 o 3 puntos de CI por década. Fue llamado así por Richard Herrnstein y Charles Murray en su libro The Bell Curve para hacer referencia al investigador político neozelandés James Flynn, que fue quien dedicó el mayor interés al fenómeno y lo documentó para todas las culturas. Wikipedia
Ni más inteligentes ni más sabios
Por mucho tiempo se creyó en la creciente e inevitable evolución del coeficiente intelectual, que los seres humanos serían más inteligentes que la generación que les precedió. Que en los próximos 50 años la capacidad del Homo sapiens de razonar, crear, inventar, imaginar y resolver problemas se habría duplicado o poco menos. Fue la teoría del científico neozelandés James Robert Flynn, que dedicó su vida al estudio de la evolución del coeficiente intelectual mundial, y que bautizó ese continuo aumento como el Efecto Flynn. Fue el tema que desarrolló en su libro ¿Qué es la inteligencia? Más allá del Efecto Flynn, publicado en 2007. Nadie lo contradijo. Todos nos sentíamos cada vez más inteligentes y copartícipes de los inventos, hallazgos y avances en el mundo de las ciencias y de las artes.
Sin embargo, el salto al vacío ocurría al mismo tiempo que la civilización se adentraba a la revolución digital, aunque cada vez entendíamos menos los procesos y las teorías electromagnéticas. No se trataba de saber cómo funciona y los principios científicos de un televisor de alta definición de 4K, sino de poder comprarlo. El saber fue sustituido por la tarjeta de crédito o dinero en efectivo.
– Nuevas generaciones, ¿menos inteligentes?

Hace algún tiempo, una colega del trabajo me decía: “Estos chicos de ahora ya no les gusta hacer un esfuerzo físico o mental, los padres les han hecho unos inútiles”. Mientras ella hablaba, en mi cabeza no dejaba de sonar la canción del grupo cómico Les Luthiers: “Los jóvenes de hoy en día ya no tienen ideología/ Solo piensan en las drogas, en el sexo y en orgías”, y me reía al reconocer el típico discurso de un adulto que no quiere aceptar que el mundo ya cambió.
Cuando encuentro generalizaciones sobre los jóvenes en una conversación, siempre intento cuestionar los estereotipos, pero en 2020, cuando la BBC publicó un artículo titulado “Los nativos digitales son los primeros niños con un coeficiente intelectual más bajo que sus padres”, casi doy mi brazo a torcer ante la abrumadora evidencia científica.
En 2004 un equipo de científicos noruegos había observado algo extraño sobre el efecto Flynn en el país escandinavo. El efecto Flynn es un fenómeno del siglo XX, que implicó un incremento del cociente intelectual de una generación a la siguiente, posiblemente debido a la mejora de los sistemas de salud y educación. Sin embargo, ya en el siglo XXI, las pruebas registraban su estancamiento y caída en las nuevas generaciones. Puntuaciones similares se habían registrado en Francia, Suecia y en otros países desarrollados.
La cobertura mediática en redes no se hizo esperar: aparecieron artículos sobre “cretinos digitales”, “niños idiotizados” y humanos cada vez más estúpidos. En estas noticias se alertaba sobre un futuro preocupante en el que la inteligencia humana se desvanecería generación tras generación.
– Sin lenguaje no hay pensamiento
Lo primero que había que hacer, ante tal noticia, era determinar las causas. El investigador suizo Christophe Clavé publicó un artículo sobre la relación que podía tener la decadencia intelectual con el empobrecimiento del lenguaje: “La desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre al presente, limitado en el momento: incapaz de proyecciones en el tiempo.
La simplificación de los tutoriales, la desaparición de mayúsculas y la puntuación son ejemplos de ‘golpes mortales’ a la precisión y variedad de la expresión”. Sin un buen manejo de la lengua, es imposible tener pensamiento crítico, sostenía.
Sin embargo, el empobrecimiento de lenguaje no se ha podido reconocer como un fenómeno global. Para empezar porque cada lengua tiene una evolución distinta: no es lo mismo estudiar el vocabulario que usa un angloparlante que el de un kichwahablante, pues se deben tener en cuenta variantes relacionadas con el contexto.

Luego, está la dificultad de determinar qué es lo que se quiere medir. Por ejemplo, se dice que el español ha tenido una reducción de vocabulario en los hablantes porque Cervantes utilizó veintitrés mil palabras diferentes para escribir El Quijote, mientras que una persona en la actualidad usa aproximadamente cinco mil. Sin embargo, calcular el vocabulario que alguien posee es una de las tareas más complejas que hay, porque uno es el banco de palabras que se utilizan cotidianamente, y otro el de palabras cuyo significado reconoce.
Para establecer el estado de nuestra lengua, la Universidad Nebrija y el Basque Center on Cognition, Brain and Language han realizado un estudio en el que determinaron que el hispanohablante promedio puede reconocer alrededor de treinta mil palabras, es decir, dos tercios de las palabras registradas en el Diccionario de la lengua española, aunque no las use en su cotidianidad.
Pero, ¿qué pasa con el léxico de los jóvenes? La disminución del tiempo dedicado a la lectura, la falta de inmersión en la cultura escrita, el contacto con el inglés y la simpleza lírica del reguetón, ¿no son elementos suficientes como para intuir que hay un empobrecimiento de su vocabulario?
Según el estudio mencionado, efectivamente los jóvenes tienen un corpus lingüístico menos extenso que el de los adultos, pero esto se debe a que tienen menos años de experiencia con la lengua y menos tiempo de exposición al sistema educativo. Es decir, tienen menos vocabulario, porque son más jóvenes (de hecho una persona de ochenta años llega a conocer 35 000 palabras). Por otra parte, se comprobó que el contacto con otras lenguas enriquece el léxico en lugar de empobrecerlo.
Sin duda, la popularización de Internet y de las redes sociales ha cambiado la forma de leer y de comunicarnos. Quizás las nuevas generaciones no lean tantos libros como nosotros y tengan más dificultad para escribir textos largos. Definitivamente se aproximarán a la información de un modo distinto al que se hacía en el siglo XX. Por tanto, cabría preguntarse: ¿todavía es pertinente seguir midiendo la inteligencia con tests de razonamiento verbal diseñados en otro tiempo?
¿No es posible que, tras una revolución cognitiva, necesitemos otras herramientas de medición de la inteligencia? Ole Rogeberg, miembro del equipo noruego, admite que las pruebas utilizadas podrían estar dando cuenta de cambios en las habilidades de los niños, más que de su inteligencia.
Finalmente, si nuestra generación creció escuchando canciones con letras como “no es merengue, sí es merengue” o “cómete un chicle” y eso no afectó su coeficiente intelectual, es evidente que el fenómeno tiene otras causas.

Globalización, contaminación y pantallas
Si la simplificación lingüística no explica los valores decrecientes en el coeficiente intelectual, ¿qué está sucediendo realmente?
Se debe tener en cuenta que los resultados presentados no atañen a la población mundial, sino que están restringidos a ciertos países desarrollados. En otras regiones geográficas el efecto Flynn se mantiene, como señala el investigador español Roberto Colom, por lo que no se trata de una tendencia global. Es posible que en esos países se haya llegado a un límite de crecimiento que no se puede sostener de forma prolongada y esa sea la única explicación.
De cualquier manera, mantener o potenciar la inteligencia de las nuevas generaciones no es algo que se deba descuidar y esto nos hace preguntarnos cuáles podrían ser los verdaderos riesgos para el crecimiento intelectual de niños y jóvenes.
Varios estudios han dirigido su atención a otro factor que se ha detectado que puede afectar el intelecto humano: algunas investigaciones relacionan el uso de pesticidas en la agricultura con afecciones al cerebro infantil. En Colombia y Argentina se han desarrollado investigaciones que vinculan las fumigaciones con glifosato con graves alteraciones neuronales.
Otras investigaciones han abierto la discusión sobre las consecuencias que puede tener la exposición a pantallas a edades tempranas. Desde la aparición de la televisión, ya se cuestionaba su incidencia en el aprendizaje y se advertía que podía afectar negativamente a los niños. Desde entonces, diversos estudios han vinculado la exposición a las pantallas con problemas como el déficit de atención, el sedentarismo y la obesidad, una mayor predisposición al estrés y la ansiedad.
Estudios como el publicado en 2019, por la revista JAMA de pediatría, demostraban la relación entre un retraso en el desarrollo del lenguaje y un aumento de tiempo en pantalla, en infantes menores de dos años. Es interesante señalar que algunos estudios también detectan ese retraso cuando no es el niño sino los padres quienes pasan mucho tiempo conectados, pues dejan de interactuar con los pequeños y no estimulan sus capacidades verbales.
Si bien todos estos riesgos mencionados están latentes en la sociedad actual, ninguno ha demostrado provocar una caída significativa en el coeficiente intelectual de la población global. Quizás más que preocuparnos por una disminución de la inteligencia de las nuevas generaciones, debamos concentrarnos en entender mejor el mundo que como adultos hemos creado para ellos, y aceptar que necesitan otras habilidades, fortalezas y valores para poder sobrevivir.
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