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Los 80 años de Joselito, el niño de voz prodigiosa explotado, caído en desgracia y redimido (pero no arruinado) …


Cinemania(A.Ander)/El Mundo(L.F.Romo)  —  En Beas de Segura (Jaén), los padres de José Jiménez Fernández Joselito trabajaban en el campo. El jornal no daba para mucho, así que sus siete hijos a veces se alimentaban con mondas de patatas y cáscaras, pero había días extraordinarios como cuando con tres añitos bailaba con el tío Antón en el barrio de los gitanos encima de una mesa haciéndose las palmas y a los cuatro se recorría las tabernas de los pueblos con su cante a cambio de unas perras gordas. Su voz tan blanca era un portento.

Para evitar la hambruna viajó con su hermano mayor en bicicleta hasta Utiel (Valencia), donde la radio local empezó a emitir sus canciones. Un electricista de la localidad llamado Eloy Ballesteros le ayudó hasta conseguir que Bobby Deglané le expusiera en el radiofónico Cabalgata Fin de Semana.

Le escuchó el director Antonio del Amo y el poderoso productor Cesáreo González le ofreció un jugoso contrato con Suevia Films. Por su primera película, El pequeño ruiseñor (1956), cobró 2,5 millones de pesetas. Sólo tenía 13 años. Y se desató la locura. A Cesáreo le apodaban Don Necesario porque pagaba muy bien a sus intérpretes. La primera gran estrella del empresario fue María Félix, reinventó a Lola Flores y tuvo en su cantera a Paquita Rico, Carmen Sevilla, Rocío Dúrcal, Vicente Parra. Pero se le resistió Marisol, que firmó con Manuel Goyanes, otro de los grandes y futuro suegro de la propia actriz y de Cary Lapique.

El aspecto desvalido y la voz cristalina de Joselito nunca pasaron desapercibidos. Con apenas cuatro años, el jienense recorría ya las tabernas de su pueblo, cantando, para ganarse unas perras con las que contribuir a la maltrecha economía familiar.

A los seis, se marchó con su hermano a Utiel, un pueblo de Valencia donde el susodicho trabajaría como peón en la construcción de un pantano. Una noche, los dos entraron en una posada en la que Joselito, como de costumbre, se puso a canturrear. Uno de los tratantes de ganado que había por allí, Paco ‘el manco’, le escuchó atento. Luego decidió comprarle un traje y lo llevó a Valencia a cantar en una emisora de radio.

“Joselito encarnó en sus largometrajes al niño de origen muy pobre que cuenta con una voz prodigiosa, de forma que su personaje fue un reflejo de su propia vida”, comentó en uno de sus trabajos el profesor universitario Valeriano Durán.

“Su éxito como cantante en la radio le permitió acompañar a intérpretes como Luis Mariano o al cantaor Antonio Fernández ‘El Chaqueta’, y esto posibilitó que diera el salto al cine en un momento en el que el éxito de Marcelino, pan y vino había puesto de moda las películas protagonizadas por niños”.

(Fotograma de ‘El pequeño ruiseñor’)

José Jiménez Fernández, Joselito, debutó en el cine en la película El pequeño ruiseñor (1957), de Antonio del Amo, que se convirtió en un verdadero éxito en los pueblos y ciudades de provincias ya que, entre otras cosas, el actor representaba el sueño por triunfar de un sector social pobre.

Al poco tiempo, la productora de ese filme vendió los derechos de Joselito a Cesáreo González, que le ofreció un contrato en exclusiva con Suevia Films.

El actor pasó de cobrar 25 mil pesetas por su actuación en El pequeño ruiseñor a dos millones a partir de la siguiente, Saeta del ruiseñor (1959). “Después, tres, cuatro, cinco…y hasta ocho millones por película, más porcentajes. Pasé de la miseria a la riqueza, pero otros se enriquecieron más que yo. El productor, solo con mis primeras películas, llegó a ganar mil millones de pesetas”.

Ya en los sesenta, Joselito encarnaría a un nuevo modelo de personaje en coproducciones mexicanas como Aventuras de Joselito en América (1960), El caballo blanco (1961), o El falso heredero (Miguel Morayta, 1965).

Le robaron la infancia, no podía jugar en la calle, le impedían ver a sus padres, dejó la escuela y le pusieron profesores privados, se examinaba en los padres franciscanos donde le trataban como a una deidad y lloraba de impotencia siempre rodeado de hombres mayores que le mangoneaban.

 Su padrino artístico fue Luis Marino, quien le llevó a los mejores locales de París y a la televisión en color de Francia; y su madrina, Estrellita Castro, le enseñaba por bulerías, como así hizo don Antonio de Mairena por seguidillas. Pero oír cantarle de niño una saeta era como estar lo más cerca posible de los ángeles. Es uno de los géneros más difíciles.

Aquel niño prodigio fue la gallina de los huevos de oro que había que explotar al máximo. Su voz de tenor hizo millonarios a muchos. ¡Qué recuerdos traen La Campanera o Doce Cascabeles! Todos los niños del franquismo la cantaban. Pero mientras estos se divertían con coches de juguete, Joselito conducía un Mercedes de lujo con el que le procesaron por conducción ilegal.

Lejos de creerse su propio estatus asimiló la fama como otra cualidad cualquiera. A duras penas tenía tiempo para enamoramientos. Le escribió cartas de amor a Marisol, que casi no le hizo caso; María Mahor le dio calabazas mientras rodaban El pequeño coronel y finalmente se casó en secreto con María Asunción Lauret, hija del compositor Benito Lauret, en 1966, en Villarrobledo, porque el sacerdote era amigo del actor y cantante. Tuvieron dos hijos, Isaac y Eva, que le han hecho ser un abuelo tremendamente feliz. Se separaron 12 años después.

En plena crisis sentimental y con una pérdida de identidad considerable, Joselito quiso huir de todo lo que había significado para la sociedad. Deseaba tomar distancia del mito. De ahí que se instalara en Angola entre 1977 y 1985, un país que estaba en guerra, pero donde encontró el bienestar cazando.

 «Jamás fui un mercenario», confesaría muchos años después en el programa ¿Dónde estás corazón? Durante ese tiempo entró en su vida un antiguo amor, Marifé, a quien había conocido antes de hacer cine y que fue maestra de escuela de Utiel. Se casaron en 1986.

“A pesar de que Cesáreo González había modificado la edad de Joselito en cuatro años para que el público lo imaginara más joven”, ha explicado Durán, “no pudo impedir que creciera y que en su momento de más popularidad ingresara en la adolescencia y le cambiara la voz, lo que puso fin a su carrera musical”.

– Una estrella internacional

Pero la estrella infantil más importante del cine español llegó a vender millones de discos. Además, sus taquilleras y populares comedias musicales triunfaron en países como Francia, donde Joselito contó con un activo y numeroso club de fans.

En Estados Unidos, actuó dos veces seguidas en el mismo mes en el programa Ed Sullivan Show de la CBS, y fue invitado al rancho texano del presidente Lyndon Johnson, que al despedirse de él, sabedor de su pasión por la caza, le obsequió con un rifle Winchester de su colección.

En Italia, el artista encandiló a Pier Paolo Pasolini, que utilizó la versión de Violino tzigano como tema central de su obra maestra Mamma Roma (1962). Hasta el papa Juan XXIII llegó a recibirle en audiencia privada en el Vaticano.

Lo que nunca tuvo que hacer Joselito es acudir al Pardo para cantarle al dictador Franco.

En catorce años, no asistí a ninguno de los festivales de navidad del Caudillo”, confesó.

“Era una época fatal, me acatarraba mucho. Como estaba enfermo, presentaba un certificado médico.Mis representantes tenían muy buena relación con el poder.Tuve ese privilegio. Pero la mayoría de los artistas tenían que pasar por el aro y asistir”.

Con lo que ganó durante su etapa de esplendor, Joselito se compró un Mercedes 220, adquirió fincas y propiedades, retiró a su jornalero padre del trabajo y les puso varios negocios a sus hermanas.

«Mi vida era muy intensa, pero estaba contento porque lo que quería era ganar mucho dinero para no tener complicaciones en un futuro”, afirmó al escritor José Aguilar.

“El problema es que todas aquellas ganancias se quedaron en el camino y me robaron mucho de lo que yo ganaba honestamente«.

– La decadencia del pequeño ruiseñor

Cuando a los 22 años le cambió la voz, decidió retirarse del cine (o se deshicieron de él porque ya no era rentable) y se llevó una de las sorpresas más desagradables de su vida cuando descubrió que le habían estado robando y timando. Aún le quedaba un chalé, un coche y algo de dinero en las cuentas que invirtió en hacer safaris y acostarse con todas las mujeres que le dio la gana.

A Joselito se le vino el mundo encima cuando se dio cuenta de que había sido engañado por su apoderado, quien llegó a acogerlo en su casa y lo trató como un hijo. “Cuando lo conocí, Eloy Ballesteros no era más que un electricista que apenas llegaba a fin de mes”, dijo. “Luego ese cerdo vivió lucrándose a mi costa, sin privarse de nada, durante los más de diez años que fue mi representante”.

Según el actor, su mánager se había llevado siempre “un sesenta por ciento limpio de cada contrato”, pero al cuarenta por ciento restante que le correspondía “él iba cargando los gastos por viajes y dietas, incluidos todos los suyos. La mayor parte de las casas, terrenos y coches de los que creía ser propietario estaban comprados a nombre de alguno de sus familiares, llegando a hacer a su hijo Eloín propietario de una hacienda ganadera”.

Tras mandar a paseo a Ballesteros, Joselito se despidió del cine con Prisionero en la ciudad (1969), de Antonio de Jaén, que se convirtió en un rotundo fracaso de taquilla y le animó a borrarse del mapa.

Fotograma de ‘Aventuras de Joselito en América’

“Joselito contactó con la productora Angola Films, con la idea de organizar una serie de actuaciones y estrenos de sus películas por las principales ciudades de esta colonia portuguesa. Así, en calidad de artista, la productora logró conseguirle en Portugal todos los permisos gubernamentales, algo casi imposible en un país en guerra como Angola”, señala el dibujante José Pablo García en su cómic Las aventuras de Joselito.

Durante su estancia en el país africano, Joselito se convirtió en cazador y organizador de safaris. A su regreso a España, se instaló nuevamente en Utiel, donde la relación con su entonces mujer y madre de sus dos hijos, la actriz Chonette, acabó de marchitarse. Un día cualquiera, se reencontró casualmente con su amor de juventud Marifé Gabaldón, con quien finalmente se casó en 1986.

Tras darle vueltas a la cabeza, Joselito decidió invertir los ahorros de toda una vida en El Bodegón, un complejo hotelero montado a la salida del pueblo. Al estrés propio de la carga mental del trabajo se sumó el hecho de que la revista francesa Libération publicase un artículo donde se aseguraba que, durante su estancia en Angola, había hecho de mercenario del Gobierno portugués. La prensa española se hizo eco de la falacia, y presentó al actor a ojos de la opinión pública como un chorizo con pedigrí.

Fotograma de ‘El caballo blanco’

Atrapado por el alcohol y las drogas, Joselito fue de mal en peor. En 1991 acabó detenido por la Guardia Civil como propietario de un bolso que contenía 78 gramos de cocaína y una pistola legalizada. La juez Ana Alonso dictó prisión preventiva para el artista, que ingresó en la cárcel modelo de Valencia por un delito contra la salud pública.

Durante su libertad condicional, se convirtió en víctima de un engaño cuando un agente camuflado le indujo a vender cocaína a un supuesto mecánico en paro para luego detenerlo. Volvió a pasar otros diez meses entre rejas. Poco a poco, Joselito superó su adicción a los estupefacientes y logró la estabilidad que buscaba con la ayuda de Marifé, con quien todavía hoy reside en Utiel.

“Sigo teniendo en Francia un lugar de privilegio, y no me han pasado factura de nada”, comentó. “Es un país que, como otros, sabe cuidar bien a sus mitos. En cambio, España tiene la costumbre de arrastrar a sus personajes y sacar lo negativo de forma brutal. Esa es la verdad, y me da mucha pena. En nuestra prensa hay una mentalidad destructiva hacia algunas personas, y a mí me han querido destruir”.

(Una imagen de Joselito en los años 70)

Tras pasar una temporada recibiendo premios, participando en programas de televisión como Supervivientes y haciendo cameos en películas como Spanish Movie (2009) o Torrente 4 (2011), Joselito, de 80 años, tomó la decisión de retirarse de los focos.

Ahora bien, en contra de lo que muchos piensan, no está en la indigencia.

Al contrario, su finca de vides y los royalties de sus canciones le permiten vivir holgadamente.

“Utiel fue el pueblo que lo acogió en sus comienzos”, señala a nuestra revista José Pablo García, “pero el reconocimiento como ciudadano ilustre no le ha llegado hasta hace pocos meses, con una calle a su nombre y haciéndolo pregonero de su feria”.

El dibujante malagueño opina que “somos un pueblo cainita por definición, de gente mediocre y acomplejada que no digiere bien el éxito internacional de sus compatriotas”, y que para darse cuenta de ello basta con echar un vistazo a las hirientes críticas que recibe cualquier artículo sobre Rosalía, Penélope Cruz o Pedro Almodóvar.

“El caso de Joselito, uno de nuestros primeros artistas con un éxito global rotundo, fue esclarecedor”, recuerda. “Estaban deseando que diese un pie en falso en su carrera para ir a por él y destruirlo. Pero en el cómic quise mostrar, sobre todo, su capacidad para sobreponerse a todas estas humillaciones, su condición de superviviente”.

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