El amor después de amor: ficciones sexoafectivas que la historia supo insinuar, pero nunca ratificar…

Historia Hoy(J.Blee) — Nada causa más curiosidad que esas historias entre personas a las que se las rotula bajo la palabra “amor”. Si hay un morbo con el que la humanidad carga, desde que el mundo es mundo, es el de querer saber quién intimó con quien y cuáles fueron las circunstancias que llevaron al desvanecimiento oxitócico de aquella relación en cuestión.
Entre el gossip, la petite histoire y la fantasía -de aquello que a uno jamás le sucedió-, la humanidad va dejando caer su connatural voyerismo y su adrenalínica necesidad de vivenciar -al menos imaginariamente- esa instancia relacional amatoria ajena. Parafílicos y hampas, todes sienten -sentimos-, en algún -o todo- momento, ese menester de entrometimiento, esas caprichosas ganas de ser conocedor de esos minúsculos detalles que hicieron y deshicieron esa conexión interpersonal que tanta dopamina supo producir en algún momento.
Pero ¿qué es eso a lo que denominan “amor” que tanta expectación (nos) suscita?, ¿Qué hace que (nos) produzca tanto encantamiento? Muchas preguntas… más también, algunas respuestas. La primera: el amor es una biopolítica, una tecnología de poder creada a fin de controlar nuestras vidas. Amor.
En su nombre, se han cometido las atrocidades más atroces y (bien) justificadas de la historia de la humanidad. – ¿Hasta dónde la historia no es una recopilación de actos de amor mal aventurados?, ¿hasta dónde no es un aunamiento de despóticos berrinches narcisistas? –.
“El amor es difícil”, supo escribir Platón en “El banquete” cinco siglos antes de Cristo, declaración que pareciera no haber estado errada, ya que más de dos milenios después se le sigue dando vueltas y vueltas al asunto. Sea como sea, la cuestión es que gracias al “amor” el devenir de la humanidad mutó en cuantiosas ocasiones y una innumerable cantidad de cotilleros armó.
Pero ¿Qué fue real y qué no?, ¿Cuál fue concreta y genuinamente visceral y cuál una mera sumatoria de andróminas hetero normativizadas? No hay certeza alguna sobre casi nada -digo “casi” porque sí existe una certeza fidedigna y es la caducidad de nuestras terrenales existencias-.
En el fantoche del cotilleo que en el nombre del “amor” se crea, perogrulladas no existen, solo la(s) fantasía(s) y el morbo corren. Ahora, ¿Quiénes cumplen con el physique du role para los protagónicos? ¿Sobre cuáles -supuestas- historias de amor amerita especular hoy?

Victoria Ocampo con su hermana Silvina
Victoria Ocampo es una personaje nacional -soy argentina- meritorio. “Los genios son falibles”, escribió en uno de sus “Testimonios”, y ella, como tal, lo fue. Se enamoró muchas veces, tanto de personas como de historias, y todos esos amores dejaron una impronta más que significativa en la cultura porteña.
Victoria amó y fue amante infinidad de veces; de los únicos que certeramente sabemos que supo haberse enamorado fue de todos aquellos que en “Sur” publicó. Todos esos amores -porque “el amor” siempre es literatura- devinieron al tiempo y configuraron la memoria de esa gran señora -patriarcalmente selectiva- llamada “Historia”. Uno de sus grandes amores -y ¿quién dice que no haya sido “el gran amor”? – fue Virginia Woolf. No sé quién supo movilizarla -hasta el fanatismo- como esa literata inglesa…
Según expresó la misma Victoria, comenzó a escribir su autobiografía por consejo de la britana. “Y mi amistad con Virginia, tan unilateral, pues yo la conocía y ella no a mí; pues ella existía inmensamente para mí y yo para ella fui una sombra lejana en un país exótico creado por su fantasía”, escribió en 1954.
Dicen que “el amor” produce mariposas en el estómago; Victoria le mandó a Virginia una caja de las más delirantes mariposas: azules, verdes, rojas, amarillas, marrones con preciosas pintas de otros colores. “Todas aquellas alas habían conocido cielos americanos, el de la cuenca del Amazonas, los del Perú y Colombia, los de Venezuela y Bolivia y hasta el de mi San Isidro”, le escribió en la carta que acompañaba el -excéntrico hasta la ostentación limitando con la vulgaridad- regalo.
Victoria estaba obsesionada con Virginia y a ella las fantochadas de su fan latina la entretenían y asistían a despejarse por unos instantes de sus incesantes tanticos pensamientos. “Hook on” dicen los ingleses cuando una persona está fascinada por otra; Victoria los estaba por “la suicida virgen niña inglesa”.
En ninguno de los tomos que componen su autobiografía se la lee tan entusiasmada y maravillada (ni tampoco tan despechada ante la falta de reciprocidad e interés) como cuando escribe sobre Woolf; ninguna de las otras personas (ni amantes ni literatos) sobre las que contó en sus memorias denotan tanto arrobamiento como el que se transluce en sus palabras sobre la vanguardista del modernismo británico autora de “Orlando” y de “Una habitación propia”.
-El “amor” está muy por encima del deseo sexual, la obnubilación amigdalina sobrepasa los impulsos del cerebro reptiliano, el rush dopaminérgico se produce y la voluntad tarada -citando a Schopenhauer- hace gala absoluta por más ausencia de feromonas y sensaciones libidinales-.

Victoria Ocampo posa junto al equipo de la revista, entre otros se ven Silvina Ocampo, Bioy Casares, Borges, Alicia Jurado y Enrique Pezzoni
Los amores de Victoria repercutieron profundamente tanto en sí misma como en el devenir de la filología de su país natal. -Siempre que pienso en ella, automáticamente, la comparo con Peggy Guggenheim. A mis ojos, ambas fueron un antes y un después dentro de la cultura occidental de la primera parte del siglo XX.
Mujeres acomodadas -más ninguna “noble” (por más patricia que la mecenas porteña haya sido)- que hicieron de sus bendiciones hereditarias el mayor de los capitales: el simbólico. Se auto gestaron como íconos dentro de la historia de sus ciudades de origen como del continente americano, al cual insertaron dentro del mapa cultural euro centrado.
El substancial interés artístico y serotoninérgico altruismo de estas dos apodícticas mujeres modificaron la historia del arte (la sudamericana del literario y la norteamericana del plástico), expandieron el horizonte de la hegemonía cultural imperante y rizo matizaron las posibilidades tanto estéticas como mercantiles de ambos lados del océano Atlántico-.
Victoria -si bien algo cipayo y esnobista- hizo de los más heterogéneos estilos narrativos argentinos que le eran contemporáneos nombres propios dentro de la historia de occidente. Borges, Bioy, Silvina, Alfonsina, Cortázar, Arlt y Quiroga, entre muchos otros, llegaron a poder ser leídos en el mundo gracias a su labor (tanto en el sentido editorial como financiero).
Ella fue, literalmente, la primera argentina en manejar, además de un automóvil (fue la primera mujer en obtener un carnet de conducir), una editorial sudamericana de alcance internacional. “Sur” fue mucho más que una revista, concretamente significó un hito rotundo dentro y fuera de ciudad que la vio nacer y morir también. Octavio Paz, supo decir: “Sur no es sólo un revista o una institución: es una tradición del espíritu… [Victoria] ha hecho lo que nadie antes había hecho en América”.
Además, fue una propulsora de pensadores y escritores extranjeros (Roger Caillois, Gabriela Mistral, Jaques Lacan, Federico García Lorca, Rabindranath Tagore, Ígor Stravinski, Albert Camus y Graham Greene, entre otros), los cuales dejaron una impronta tal que mutaron el ADN cultural argentino -siendo Lacan el mayúsculo ejemplo de ello-.
A ella le simpatizaba utilizar una suerte de oxímoron para resumir su tesis de que la peculiaridad de la literatura argentina dependía de la transmutación de la tradición europea “en algo absolutamente nuestro”. Esta magnífica gestora, que hizo de las palabras puentes sensoriales transatlánticos, otredades capaces de producir experiencias neófitas, fue la figura más importante de la modernidad rioplatense.
Borges, en su obituario de 1979, escribió: “¡Todo lo que ella ha hecho por nuestra cultura! Fue, quizá, la mujer más eminente de este país”.
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El trabajo de Victoria fue incansable: edificó, fortaleció e hizo visible la intelectualidad y creatividad argentina en el exterior, y también se ocupó de importar lo mejor de lo foráneo. No distinguía edades ni matices. Su ‘hambre’, como ella misma enunció en una de sus cartas a Virginia Woolf, no encontraba modo de saciarse.
Era tentacular y decidida, cultivó todas las versiones de sí misma que el tiempo le permitió forjar y demostrar: traductora, cronista, ensayista, crítica literaria, editora, filántropa, mecenas, gestora, feminista y -aunque despótica- antifascista. Un individuo pleno y libre en un momento en que las mujeres no eran más que cuerpos con roles estrictos, sin mayor oportunidad para abrirse paso en el campo cultural, político y profesional.
El “amor” -especialmente para consigo misma- la guio a la creación de un nuevo modo de concebir el arte y de romantizar la concepción estética imperante, gracias a lo cual las voces narratológicas criollas cobraron protagonismo por fuera de sus límites geográficos e idioma original.
Ocampo no solo escribió su biografía, sino que también uno de los capítulos más relevantes de la literatura del Río de la Plata. Amante de las letras y de intelectuales varios, esta portentosa mujer fue la VICTORIA omnímoda por antonomasia de la cultura de la Argentina del siglo XX; seguirá revistiendo su nombre por toda la eternidad. Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo, gracias inconmensurables por tu mirífico legado.

Bioy Casares y J.L.Borges pasean por la rambla de Mar del Plata junto a Victoria Ocampo
“Mi impresión es que el amor sigue siendo el último bastión que nadie se atreve a franquear, a cuestionar. Se plantea como algo universal, ahistórico, intrínsecamente bueno, humano, positivo. Pero quizá no hay un amor en singular, no hay un amor sin historia, no hay amor sin relaciones de poder, de clase y de raza, quizás se puede vivir sin amor.
Quizás “el amor” es más complejo de lo que suponemos. Para mí el amor se basa en la insolidaridad. Me vinculo a una persona, de forma individual, y abandono el resto. La pareja. Dos individuos. Fin del vínculo social. La locura temporal que supone el sentimiento amoroso nos aísla del resto, o en todo caso convierte a la pareja en la prioridad. El amor no tiene un original, ni es universal, es más, a mí me parece que es una noción absolutamente heterosexual, y quizá vacía.
Es un código que repetimos y asumimos inconscientemente porque es el que recibimos desde las instituciones, en el cine, la televisión, la literatura, el discurso familiar, la escuela, la religión. Nada escapa al amor como valor universal. “Haz el amor, no la guerra”; “Viva el amor”; “Te amo”; “All you need is love”. Todo lo que necesita el poder para callarte la boca es el amor. “Qué bonito es el amor”. Millones de canciones repiten la palabra amor. Miles de películas sobre el amor. Miles de parejas se casan cada día “por amor”. “Dios es amor”.
Psicólogos, pedagogos, historiadores, sociólogos, profesores, militantes, políticos, curas, sexólogos, periodistas, cineastas, escritoras, antropólogas, psicoanalistas, humanistas, comunistas, fascistas: todos adoran el amor. Del mismo modo que la identidad masculina o femenina se adquiere por un proceso performativo de repeticiones de códigos que nos preceden y nos determinan, aprendemos a sentir y a desarrollar afectos bajo el referente de “el amor”.
Como si fueran las únicas gafas de que disponemos para ver el mundo, para sentir, para establecer vínculos, para vivir en sociedad. Todes monolingües, hablando el lenguaje universal del amor. Pero hay más lenguas, la política se escribe desde lo intraducible, desde lo incomunicable, desde códigos secretos que tenemos que inventarnos. Babel contra el amor.
El amor nos vuelve codificables, comprensibles, integrables, normales. La subversión pasa por otro sitio: que no sepan qué idioma hablamos. Si queremos desafiar y subvertir el orden social y sexual en que vivimos, hay que acabar con el amor. Desprenderse de esa costra babosa, almibarada y ñoña donde perecemos como moscas en la miel. Como decía Audre Lorde: “No podemos destruir la casa del amo con las herramientas del amo”. El amor es la herramienta del amo. Estaba escrito, pero no lo veíamos: Amor.”
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