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Historia del impuesto sobre la renta: del pillaje a la recaudación…


Historia Hoy(J.L.Matos)/National Geographic(V.L.Alcañiz)  —  Los impuestos han sido causa de guerras, revoluciones y todo tipo de disputas; por eso, recordar la creación de uno tiene algo de autoflagelación. Nada bueno podemos esperar de una imposición, concepto que de por sí implica obligación y sometimiento, algo que a nadie le cae simpático.

A comienzos del año 1798, Gran Bretaña era la única nación europea que seguía en guerra contra la República francesa. Para muchos ingleses la palabra república evocaba a la discutida gestión de Oliver Cromwell cuando 150 años antes había ordenado la decapitación de Carlos I de Inglaterra.

Como las guerras son caras y esta prometía ser larga y cruel, el primer ministro William Pitt (el joven) se vio obligado a buscar una forma de generar ingresos para sufragar los enormes costos de la contienda.

Con esta idea en mente, Pitt proclamó su intención de triplicar la recaudación aplicando un impuesto a los bienes suntuarios: posesiones tales como los caballos, los carruajes, los relojes o los sirvientes masculinos. Consciente de los recelos que despertaba, según Pitt «el plan debería ser difundido tan ampliamente como sea posible; debería ser regulado tan justa y equitativamente como sea posible, sin que se haga necesario investigar las propiedades, cosa que las costumbres, maneras y aspiraciones de la gente encontrarían odiosa y vejatoria».

En su “inocencia” Pitt creía que los británicos dueños de tales bienes acudirían prestos y deseosos de hacer esta erogación con fines patrióticos. Como el perspicaz lector podrá adivinar, esto no fue así.

 A William Pitt se le atribuyen las siguientes palabras:
«El plan debería ser difundido tan ampliamente como sea posible; debería ser regulado tan justa
y equitativamente como sea posible, sin que se haga necesario investigar las propiedades,
cosa que las costumbres, maneras y aspiraciones de la gente encontrarían odiosa y vejatoria».

Su propuesta llegó a calificarse de «monstruosa» y «atroz retoño de Robespierre». A pesar de todo, la apelación al patriotismo y a los riesgos que conllevaría la bancarrota logró la aprobación del conocido como «triple gravamen» el 12 de enero de 1798.

Obviamente, hubo opiniones para todos los gustos. El obispo Llandaff apoyaba tal imposición argumentando que “los paliativos son inútiles y las medias tintas no pueden salvarnos de las propuestas de los revolucionarios”.

Como era de esperar, los contrarios a este impuesto suntuario fueron los más y de los cuatro millones de libras que estimaban recaudar, solo se pudo juntar la mitad.

Entonces Pitt, un hombre determinado a pelear contra Francia porque había mucho que perder pero también mucho que ganar (como el dominio de los mares y, por lo tanto, el comercio mundial), el 9 de enero de 1799 logró que el Parlamento aprobara un impuesto con tasa progresiva de acuerdo a la capacidad económica de los contribuyentes.

Quedaban exentas las rentas inferiores a £60 anuales, ascendiendo en forma progresiva hasta el 10% sobre las rentas superiores a £200. Las reducciones eran proporcionales a la cantidad de hijos declarados del contribuyente.

William Pitt, el Joven.

William Pitt (el joven)

Muchos ciudadanos vieron este impuesto como una intolerable intromisión en su privacidad y se resistieron a abonarlo. El tema se prestaba para el debate y varios periódicos publicaron artículos críticos y divertidas caricaturas que atacaban a la voracidad del fisco. Este primer impuesto a la renta tampoco fue un éxito rotundo porque de los 10 millones que se planeaban recaudar, se obtuvo algo más que la mitad.

Thomas Paine, el incendiario autor de “Sentido Común” (libro que George Washington obligaba leer a sus soldados), escribió sobre este tributo “lo que se inició como un pillaje asumió el elegante nombre de recaudación”.

Las voces se alzaron cuando la guerra contra Francia concluyó en 1816 y el impuesto fue derogado, pero como siempre hay guerras (tan inevitables como las muertes y los impuestos, diría Benjamin Franklin) se lo instituyó nuevamente en 1842.

El ejemplo se dispersó por el mundo: Lincoln lo instauró durante la Guerra Civil en EE.UU., Italia en 1864 durante las luchas de unificación, Francia en 1914 al inicio de la Primera Guerra y España en 1932, el mismo año que en Argentina, donde se lo impuso “por única vez” pero que lleva apenas 90 “únicos” años.

Hoy en día, el impuesto sobre la renta es una de las principales fuentes de recaudación de muchos países del mundo. En general, se acepta su necesidad para el buen funcionamiento de los servicios públicos, aunque eso no significa que no sea objeto de discusión. La palabra «impuesto» ya denota obligación y sometimiento. No es de extrañar, pues, que los primeros intentos de introducir tal tributo provocaran numerosas críticas. 

Esta viñeta de 1799 caricaturiza la mesa de una familia inglesa típica en la que los comensales que más comen (consumen los recursos) son los diversos impuestos, con un papel destacado para el de la renta («income»).

Una constante: las voces contrarias nunca callaron y el problema llegó con el final de la guerra en 1802. El impuesto fue revocado en cuanto el Reino Unido dejó de estar envuelto en un conflicto militar.

– A pesar de las reticencias, terminó expandiéndose a todos los países

Fue una paz que apenas duró un año y, en cuanto el país volvió a estar en guerra, el aumento de la recaudación volvió a ser necesaria. En esta ocasión Henry Addington era el nuevo primer ministro. Evitando llamar a su propuesta “impuesto sobre la renta”, logró volver a instaurar el sistema que había propuesto William Pitt.

No sería la última vez que el impuesto sería derogado y reestablecido posteriormente. Pero el sistema fue visto con buenos ojos por el resto de países y su uso se fue expandiendo progresivamente a medida que los estados se vieron inmersos en contextos de emergencia. En Estados Unidos llegó con la guerra civil.

Italia los implantó en 1864, durante su unificación. En 1914 se aprobó en Francia coincidiendo con el inicio de la Primera Guerra Mundial. En España se instauró mediante la Ley de 20 de noviembre de 1932, bajo el gobierno de Manuel Azaña, en la Segunda República.

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