A 50 años del retorno de Perón a la Argentina…

Telam(L.Castillo)/Perfil(C.Piro) — El general Juan Domingo Perón volvía hace 50 años a la Argentina después de un largo destierro iniciado en 1955, tras su derrocamiento como Presidente constitucional del país, y el retorno del líder del justicialismo fue el resultado de un amplio proceso de movilización política y social.
La llegada del hombre que fundó el movimiento de masas que cambio la vida política del país en el siglo XX significó un triunfo para la lucha de dos generaciones de militantes peronistas que en aquella lluviosa jornada del 17 de noviembre de 1972 vieron la concreción de un largo anhelo.
El 17 de noviembre de 2022 se cumplieron cincuenta años del primer regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina después de años de exilio y proscripción. En la memoria colectiva se mezclan este día, que fue declarado como “el día de la militancia”, y el otro regreso, el definitivo, el del 20 de junio de 1973, tristemente célebre por ser la “Masacre de Ezeiza”, día que el viejo líder volvía definitivamente al país y en lugar de ser recibido por una fiesta, fue recibido por un feroz tiroteo que obligó a que su avión aterrizara en la base aérea de Morón y no en el aeropuerto “Ministro Pistarini”.
“Siempre se dijo que el Movimiento Peronista lo abarcaba todo. Desde la ultraderecha hasta la ultraizquierda. Desde López Rega hasta los Montoneros. Del nacionalismo católico al neoliberalismo. De los viejos conservadores a los jóvenes revolucionarios”, comienza el prólogo de “El avión. 1972, el regreso de Juan Domingo Perón”, la investigación del periodisa Pablo Mendelevich sobre aquel mítico primer regreso, que a la luz de los acontecimientos de este medio siglo, interpela nuevamente a la sociedad argentina, tan afecta a las grietas y a los enfrentamientos binarios.
“Si se afirmara que todas las expresiones del peronismo viajan juntas once mil kilómetros en un mismo avión para ir a Europa a buscar al líder, diecisiete años prohibido en su patria, y vuelven con él… Que en ese avión van todos los presidentes peronistas del siglo XX (Perón, Isabel, Cámpora, Lastiri y Menem). Y que conviven pacíficamente sentados en sus butacas pasajeros que poco después terminarán asesinados por órdenes de otros pasajeros… no faltarán quienes digan que se trata de una ingeniosa obra de ficción. Una extraordinaria metáfora del peronismo. Pero no fue solo metáfora”, explica el periodista en el prólogo.
![]()
Ese era el sentimiento que imperaba en millones de argentinos que marcharon a Ezeiza o vieron por televisión cuando Perón descendió del avión de la empresa Alitalia que lo trajo desde Roma al país.
La imagen del viejo caudillo, saludando desde la pista al pie de la escalera del avión mientras el dirigente metalúrgico José Ignacio Rucci lo cubría con un paraguas ilustró para la posteridad ese día que comenzó a gestarse mucho tiempo antes.
En 1964, Perón había intentado volver a la Argentina desde España, pero al realizar una escala en Brasil, fue detenido y enviado de regreso a Madrid por expreso pedido del Gobierno de Arturo Umberto Illía.
Las presiones del poder militar y los temores del gobierno frustraron ese retorno de Perón, que iba a volver a la patria en un avión negro, como sostenía una extendida creencia popular.
Pero desde la irrupción del estallido social del «Cordobazo» en mayo de 1969, el contexto social se modificó sensiblemente en la Argentina.
La dictadura militar que entonces lideraba Juan Carlos Onganía comenzó a ver cómo hacía agua su proyecto político de un régimen autoritario a largo plazo, que gobernaría a una sociedad pacificada desde los cuarteles.
A esa rebelión en Córdoba se le sucedieron otras luchas populares populares, huelgas y movilizaciones, mientras se gestaban las organizaciones guerrilleras de ERP, FAR y Montoneros, entre otras agrupaciones.
Onganía, que se pensaba como un presidente que gobernaría por veinte años debió dejar el poder en julio de 1970, derrocado por los mismos militares que entendieron que necesitaban negociar una salida política ante un clima de creciente malestar social.
Tras el efímero mandato del general Marcelo Levingston, otro general y jefe del Ejército, Alejandro Agustín Lanusse, decidió asumir la presidencia y convocó al Gran Acuerdo Nacional (GAN), una estrategia para llamar a elecciones sin proscripciones, normalizar las instituciones y dejar sin sustento a las organizaciones guerrilleras.
La entrega del cadáver de Eva Perón que los militares habían ocultado por años y sepultado de forma clandestina en un cementerio de Italia, fue otro de los gestos de distensión que el régimen quiso trasmitirle a esa convulsionada y movilizada sociedad.
Arturo Mor Roig, ministro de Interior de Lanusse, diseñó una estrategia política para dificultar el ascenso del peronismo al poder. Las personas que no se encontraban con residencia fija en el país al 25 de agosto de 1972 no podrían presentarse como candidatos a las elecciones.
![]()
El 27 de julio, Lanusse mostró su costado más desafiante hacia la figura de Perón: «No me corran más a mí, ni voy a admitir que corran más a ningún argentino, diciendo que Perón no viene porque no puede. Permitiré que digan porque no quiere, pero en mi fuero íntimo diré porque no le da el cuero para venir».
Tres días antes del plazo impuesto por el gobierno para que Perón pudiera volver y presentarse como candidato, 19 militantes políticos eran asesinados en la base Pedro Almirante Zar de Trelew por efectivos en un hecho que perturbó el clima de transición ordenada que pretendía transmitir el gobierno.
Ante una salida electoral no exenta de dificultades, Montoneros decidió ampliar su base de sustentación social con la creación de agrupaciones de superficie como la Juventud Peronista y sus distintas vertientes que se movilizaron al calor de una consigna que se volvió en un emblema: «Luche y Vuelve».
En noviembre, Perón, que residía desde hace años en Madrid, decidió volver a la Argentina y lo hizo con una nutrida comitiva de más de 100 personalidades de la política y la cultura que partieron desde Roma, Italia.
Numerosas columnas de militantes se movilizaron hasta Ezeiza bajo la fuerte lluvia, en medio de un fuerte operativo de seguridad, mientras la CGT declaraba «un día no laborable».
Pasadas las 11 de la mañana, Perón llegaba a Argentina. En la pista Rucci lo protegía de la lluvia con un paragua y junto al general se dejaba ver Juan Abal Medina, hermano de Fernando, fundador de Montoneros que había muerto dos años antes un enfrentamiento en la localidad William Morris.
Se trataba de una imagen que condensaba las distintas tendencias del peronismo de entonces en ese ansiado regreso.
La comitiva que acompañó a Perón permaneció largas horas en el hotel internacional de Ezeiza, en lo que se asemejó a una detención que tensó la situación.
A la madrugada del 18, Perón dejó Ezeiza y se trasladó a una quinta de la calle Gaspar Campos, en Vicente López, que se convirtió en un lugar de peregrinación de dirigentes políticos y militantes que ansiaban entrevistarse con el general o al menos verlo saludar desde uno de los balcones de la vivienda.
Su estadía en Argentina se extendió hasta el 14 de diciembre y en medio de todos los encuentros que tuvo se encontró con el líder radical Ricardo Balbín, con quien se dio un histórico abrazo en la puerta de Gaspar Campos.
Un día antes de partir, le comunicó a Abal Medina que Héctor Cámpora sería el candidato a presidente del Frejuli, un frente con el cual el peronismo competiría en los comicios del año siguiente.
Tras una estancia en Paraguay, viajó a Perú y luego retornó a Madrid. Tras unas declaraciones que el gobierno de Lanusse consideró «injuriosas», se le prohibió nuevamente el regreso hasta después de las elecciones, lo que significó un breve segundo exilio.
El 11 de marzo de 1973, Cámpora se impuso con más del 49% de los votos, y ante la contundencia del resultado, Lanusse decidió que no era conveniente convocar a una segunda vuelta electoral.
Perón retornó definitivamente a la Argentina el 20 de junio de 1973, en una jornada luctuosa y plagada de enfrentamientos a sangre y fuego entre distintos sectores del peronismo. Pero esa es otra historia.
Raúl Lastiri, Carlos Saúl Menem, Ricardo Obregón Cano, Antonio Cafiero, Guido Di Tella, Lorenzo Miguel, Vicente Solano Lima, el padre Carlos Mugica, Rodolfo Ortega Peña, Raúl Matera, el futbolista José Sanfilippo, Hugo del Carril, Leonardo Favio, Sergio Villarroel, Chunchuna Villafañe y Marilina Ross eran parte de la extensa delegación que acompañaba el retorno.
En declaraciones a la prensa antes de partir desde Roma, Perón pedía «calma y tranquilidad» y elogiaba a la «juventud maravillosa» que había enarbolado las banderas del movimiento.
El 16 de noviembre a las 20.25, la hora en la cual se informó el deceso de Evita, el general embarcó en Roma con destino a la patria que lo había visto caer en septiembre de 1955.
![]()
En aquel regreso de Perón, pasaron una cantidad de situaciones increíbles que evoca la investigación publicada por Editorial Planeta. ¿Cómo se gestó aquel chárter lleno de personalidades y de protagonistas, que para bien y para mal, marcaron buena parte del destino de los argentinos? ¿Quiénes y por qué acompañaron el regreso de Perón? ¿Por qué el viejo líder no pudo salir del hotel de Ezeiza por varias horas? Estas y varias preguntas más son respondidas en este libro. Aquí, un resumen de lo más significativo.
Después de tratar de “tapar el sol con la mano”, de buscar por todos los medios que Perón no regresara ni fuera protagonista de la política argentina, el dictador Agustín Lanusse cedió y permitió que volviera a la Argentina. Pero para ese regreso, “dispuso la espectacular movilización de treinta y cinco mil efectivos en vehículos blindados y de artillería con el objeto de privar de cualquier recepción popular a Juan Domingo Perón”, explica Mendelevich.

Para ese regreso, en medio de un clima de violencia política de ambos lados, se planificó una suerte de escudo protector. “Perón vino escoltado por un seleccionado peronista de 147 dirigentes de la nueva y la vieja guardia, sindicalistas, militares, curas, leyendas del deporte, figuras del espectáculo, escritores, incluso algunos aliados extrapartidarios”, señala el periodista.
Se barajaron algunas opciones para la organización de ese regreso. La primera fue un avión “multipartidario”, pero no se pudo avanzar. Y rápidamente se pasó a un avión de “esencia peronista, suavemente aderezado con toques extrapartidarios”, escribe Mendelevich.
Para el chárter se pidió cotización en varias líneas aéreas: Aerolíneas Argentinas fue la primera opción, pero quiso saber quién quería contratar semejante chárter. Luego fue el turno de Iberia, British Caledonian, Varig, Air France y Lan Chile, que entendió rápidamente quién sería el pasajero principal y declinó el encargo para no tener problemas con las autoridades argentinas. Se sucedieron las cotizaciones y las condiciones.

Finalmente fue Alitalia la encargada del vuelo, gracias a gestiones sin agencias de turismo mediante, que cotizó en 61 mil dólares, contra los 75 mil que habían pedido Iberia y Varig (unos 480 mil dólares de hoy). Según afirma Mendelevich, no se conocen pruebas que lo certifiquen, pero el empujón para que Alitalia se hiciera cargo del traslado de pasajeros tan particulares se produjo desde Roma, donde operaban los impulsores del operativo, uno de ellos, la Fiat de la familia Agnelli, que puso su avión para que el General y su entorno de Madrid viajaran a Roma para abordar el avión que haría el vuelo transoceánico.
También la Logia P Due de Liccio Gelli, con fuertes vínculos con José López Rega y Raúl Lastiri intervino en la financiación, siempre según el libro mencionado.
“Los pasajeros del chárter que hoy viven, menos del diez por ciento del total, confirmaron que no todo el mundo pagó el pasaje. Muchos pagaron, pero no todos. El criterio que se utilizó no está muy claro.
Es posible que hayan considerado las características de determinados viajeros (…) pero también habrá importado quién patrocinaba al invitado y formulaba la invitación”, explica Mendelevich y también señala que el contexto en el que se habló de cuanto se pagó por cada pasaje y el financiamiento externo del avión fue en procesos judiciales acerca de “un secuestro internacional, un pago de rescate y la desaparición de un hombre clave en esa historia, un viejo aseos del General, Héctor Villalón”.
La historia del avión de Perón
Según reconstruye la investigación, el avión que trajo a Perón tras casi 18 años de exilio fue construido en los Estados Unidos y antes de pertenecer a Alitalia, fue utilizado para hacer demostraciones aéreas. De la compañía italiana, después de más de diez años de uso, pasó a manos de Braniff, que lo operó apenas tres años, hasta que la empresa quebró. Luego pasó a ser propiedad de International Air Leases, que se lo alquiló a Hawaian Airlines y a Aeroméxico.
El penúltimo paso de la aeronave, mítica para algunos argentinos, fue convertirse en carguero y fue alquilado por diferentes empresas, hasta que lo compró Arrow Air, y le cambió su nombre “Giuseppe Verdi” por “Bullit” (bala). Siguió pasando de manos y volvió a cambiar su nombre por “Road runner” (Correcaminos), hasta que finalmente sufrió un huracán en Miami. Si bien pudieron repararlo, fue desguazado en 2012, cuarenta años después del famoso viaje.
Medidas de seguridad y política
No eran tiempos pacíficos en la Argentina por aquellos incipientes años ’70. Se temía por la seguridad de Perón y su entorno, por la posibilidad de un golpe de estado en la Argentina a favor o en contra del viejo líder, pero también se aprovechaban esos temores para maniobras políticas.
El traje lila de Carlos Menem
Entre las infinitas anécdotas incomprobables pero risueñas que circulan en torno al vuelo, Fernando Peralta cuenta que su padre Fidel Gustavo Peralta solía recordar que “en la cena en Roma antes de volver, Menem estaba con un traje lila. Y no sé qué preguntó, que el General lo cortó en seco y medio ninguneándolo le dijo “Cómo era que se llamaba usted, el del traje lila?”.

La llegada de Perón a la Argentina
Rodeado de mil temores, el avión finalmente llegó a la Argentina con sus pasajeros de manera normal, aunque había un “plan B” que debían decidir Juan Manuel Abal Medina y José Ignacio Rucci: desviar el vuelo a Montevideo. Incluso corrió una versión, mantenida por años, de que había un télex desde Buenos Aires en el que el gobierno de Lanusse le ordenaba desviar el vuelo. Pero esa versión nunca fue confirmada, ni fue confirmada ni por investigadores ni protagonistas.
A las 10.58 del 17 de noviembre, por entre las nubes de un cielo lluvioso a más no poder, se divisó desde el aeropuerto el avión que traía a Perón y su extensa comitiva, que al tocar pista, entonó la inevitable marcha “Los muchachos peronistas”. Menos de una hora después, el viejo líder estaba en la habitación 113 del hotel de Ezeiza. A sus colaboradores le dio la indicación de que no hablaría con nadie del gobierno militar ni de la prensa.
Se dedicó a almorzar, dormir una siesta y a las 17 recibió a dirigentes del Frente Cívico de Liberación Nacional, FreCilLiNa, que luego se convertiría en el FreJuLi. Pero la situación era confusa, ya que se hablaba de un diálogo entre Perón y Lanusse, que finalmente nunca se produjo. “Con el argumento de que era responsable de la seguridad de Perón, la dictadura insistía en digitar sus movimientos”, escribe Mendelevich.
Se cruzaba la información oficial y finalmente, el responsable de la seguridad se presentó en la habitación de Perón para informarle que no podía irse por razones de seguridad, ya que el líder había dispuesto todo para irse. La dictadura insistía en que no estaba preso, pero el General “hizo una segunda demostración de que sí lo estaba: salió de la habitación con actitud de marcharse. (…) El comisario Díaz sacó su arma y le apuntó a la espalda a Perón diciéndole que volviera sobre sus pasos”.
“Amanecía cuando Perón, Isabel y López Rega (…) tomaron la autopista Ricchieri rumbo a Vicente López, seguidos por una caravana de más de treinta autos…” Fueron a la casa de Gaspar Campos, pero ahí, comenzaría una nueva historia, que como casi siempre en la Argentina, no iba a tener un final feliz.
Deja un comentario