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Reinas: Josefina, pasión y celos en el corazón del Imperio…


Aficionada al derroche y el vestuario fastuoso, fue coronada por el propio Napoleón en Notre Dame

Tu Otro Diario(C.Barreiro)  —  Llegó desde las Antillas, pero terminó convertida en Emperatriz de los franceses. ¿Quién le iba a decir a la joven Josefina que un día llegaría a ser la mujer más importante del planeta? Porque el destino le iba a prometer un futuro histórico. Ya era viuda cuando un desconocido general Bonaparte quedó fascinado ante su sensualidad.

Buena conversadora y con experiencia en amoríos, era la mejor anfitriona en los salones parisinos postrevolucionarios. Aficionada al derroche y el vestuario fastuoso, fue coronada por el propio Napoleón en Notre Dame. Nunca contó con el cariño de su suegra y terminó repudiada ante su incapacidad de perpetuar la dinastía.

Hizo de la Malmaison su refugio en los días de soledad, pero el corso, ya exiliado, jamás se recuperó de su muerte: había sido su gran amor.

París se había transformado en el hervidero de una élite renovada en la que los salones de madamme Recámier o de Staël marcaban el nivel de influencia social 

Rosa Josefina Tascher de la Pagerie, nació en 1763 en Martinica (islas de Barlovento) en el Caribe. Su padre, acaudalado propietario de una plantación de azúcar y antiguo cortesano de Versalles, había llegado a la isla como colono apenas unas décadas atrás. Pero toda aspiración de buena familia era poder volver a París. Rosa –como se la conocía entonces- pisó por primera vez Francia cuando apenas había cumplido los veinte años.

En esos días, los aires levantiscos amenazan la estructura política del Antiguo Régimen y el trono absolutista de Luis XVI. La joven iba a conocer al apuesto Vizconde Alejandro Beauharnais, que pronto se convertiría en su esposo. Nunca fueron muy felices juntos, pero llegarán a tener dos hijos, Eugenio y Hortensia, llamados a traer savia nueva a las endogámicas dinastías europeas.

Pese a las iniciales simpatías revolucionarias de la pareja –no olvidemos que la Revolución viene de la propia burguesía- sufrieron en su piel el giro de radicalización y violencia que había terminado con los Borbones en la guillotina. Robespierre y los jacobinos campaban a sus anchas por la Convención y apresaban a cualquier sospechoso de contrarrevolución: entre sus víctimas, el matrimonio Beauharnais, trasladado a la sórdida prisión de Les Carmes. Él no sobrevivió y fue ejecutado en 1794. Josefina conseguía librarse del cadalso.

 

Viuda y con limitados recursos, supo aprovechar sus encantos para moverse con soltura en los nuevos círculos de poder emanados del Directorio. París se había transformado en el hervidero de una élite renovada en la que los salones de madamme Recámier o de Staël marcaban el nivel de influencia social. Josefina intimó con Barrás, por aquellos días el hombre fuerte de la situación, y éste le presento a un prometedor General republicano que había derrotado a los ingleses en Tolón. Ella tenía 32 años. Bonaparte, 26. Su ascenso era ya imparable.

El 2 de diciembre de 1804, en presencia del Papa Pío VII, Napoleón posaba la corona sobre la cabeza de su arrodillada esposa.

Napoleón y Josefina se casaron en 1796. Poco después él partía a la campaña de Italia que le daría la gloria. De ahí a la guerra contra los austriacos. Josefina se refugió en los brazos del joven oficial Hipólito Charles. Leticia Ramolino, su suegra, no soportaba la humillación. Habían llegado los días del Consulado y el poder de Bonaparte se fortalecía. La familia le animaba al divorcio. 

Él se resistía y estaba dispuesto a convertirla en Emperatriz. El 2 de diciembre de 1804, en presencia del Papa Pío VII, Napoleón posaba la corona sobre la cabeza de su arrodillada esposa. El cuadro de David refleja la majestuosidad del momento. Había comenzado el Imperio.

Durante cinco años, Josefina habría de ser Emperatriz de los franceses. Marcó una época en modas y también en decoración. Su derroche en vestuario y joyas llegó a ser célebre en toda Francia. Festejó desde la distancia la victoria de Napoleón en Austerlitz y todas las gestas que deslumbraban en Europa.

Pero el heredero no llegaba y había que perpetuar la dinastía: en 1810 se firmó el divorció. Josefina se refugió en la Malmaison, su residencia a las afueras de París. Napoleón, contrajo un segundo matrimonio de conveniencia política con María Luisa de Austria. Nació un heredero, pero nunca la quiso.

Vinieron después las horas de la derrota. Leipzig y el exilio. En Elba, el emperador depuesto recibió la noticia de la muerte de Josefina a causa de una neumonía. Acababa de cumplir los cincuenta años. Napoleón lloró en silencio. Pese a las infidelidades, escenas de celos, bastardías y apasionamientos, Josefina había sido su gran amor.

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