Goya y el dolor …

HA!(J.Suñer/F.Lampkin/M.V.Manrique) — El dolor es una condición humana que afecta a cada persona y que se siente como algo propio, algo único.
Aun así, es una experiencia vital compartida, universal y atemporal que soportamos por el simple (o no tan simple) hecho de existir.
Su representación en el arte existe desde los orígenes y se mantiene hoy en día.
Existe el tópico (bien nutrido por la propia Historia del Arte) de que si eres artista estás condenado a sufrir.
Tu visión y tu actitud ante la vida te va a crear heridas profundas en las que podrás meter el dedo y sacarlo manchado tanto de sangre como de oro.
La expresión de la escultura del Laocoonte sigue creando dudas sobre el origen de ese dolor, perfectamente visible en su cara.
El poeta romano Virgilio (70 a. C – 19 a. C) escribió en la Eneida que el sacerdote troyano rompió a gritar por el mordisco letal que la serpiente, ya enredada y bien ajustada angustiosamente a su cuerpo, le está metiendo en su costado izquierdo.
Aun así, las interpretaciones más modernas como la de Wincklemann (1717 – 1768) tienen más chicha.
Nos dice este señor que el dolor del Laocoonte va más allá de lo físico ya que es la representación de los últimos momentos de un hombre que reprime sus sensaciones encerrándolas dentro de sí.
No grita, de su boca sólo salen los últimos jadeos antes de morir. Silenciosamente se entrega a la muerte que ya ve con sus propios ojos, los cuales se dirigen hacia arriba, hacia adentro y hacia ninguna parte, todo al mismo tiempo.
Por su expresividad y su fama, el Laocoonte se ha convertido en el arquetipo de la inquietud interna ante el dolor y la muerte.

“Laocoonte y sus hijos” de Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas.
¿Qué es la catarsis?
Hacer belleza del sufrimiento tiene un efecto de purificación no sólo en el artista, sino también en el espectador.
La catarsis es limpieza emocional, mental y espiritual. El que ve o escucha (es exactamente igual para la música) sabe que no está implicado de forma directa con la pena o el mal que se le presenta y a la vez se empapa del placer estético que le genera el arte en sí mismo.
Esta empatía con lo que vemos, pero a la vez distanciada y controlable en el sentido de que esas emociones negativas no nos pueden invadir, crea esta depuración y un cierto desahogo.
Goya y su personalidad atormentada.
Dificultad para mantener el equilibrio, dolores de cabeza, visión distorsionada y alucinaciones, eran algunos de los síntomas que tenía Goya a finales del siglo XVIII.
Superada su enfermedad, le quedaron dos secuelas: El mal genio y la aflicción interior.
A estas huellas sumamos también la sordera, que le hizo abandonar poco a poco el mundo de las obras oficiales de condesas, condes, reyes, y encerrarse en sí mismo, en un mundo tétrico, cuyos tres vértices eran el sufrimiento, la paranoia y la depresión.

El quitasol (1777), una de las obras de corte “felices” de Goya.
Francisco Alonso-Fernandez, un importante psiquiatra de nuestro país, dedicó un estudio completo a la personalidad de Goya y su relación con la pintura. Explica en su libro El enigma Goya. La personalidad de Goya y su pintura tenebrosa, los distintos episodios depresivos que el artista fue teniendo a lo largo de su vida. Dice en el texto:
Hoy, los médicos tratamos de que el enfermo depresivo se recupere antes de que su tormento llegue al máximo, como llegó en Goya… Su timón era la propia enfermedad depresiva.
La relación entre depresión-creatividad se explica aquí partiendo de cuatro circunstancias:
- El estado de ánimo, que es el sufrimiento por sí sólo.
- La anergia, que es falta de impulsos.
- La discomunicación, que es la incapacidad de conectar con el entorno.
- La ritmopatía, que es la alteración de los ritmos.
Según Francisco Alonso-Fernandez, las relaciones y la mayor o menor intensidad de estos factores en la persona, determinará su mayor o menor creatividad.
Así, si una persona tiene anergia y discomunicación graves, quedará bloqueada, pero sin estos dos condicionantes, es decir, sólo con el sufrimiento y la ritmopatía, la creatividad se podría intensificar, como sería el caso de Goya.

Autorretrato de Goya (1815).
Este mar de dolores en el que buceaba el artista se plasmó en las Pinturas Negras (1819–1823).
Casi al final de su vida, cuando la Guerra de la Independencia (1808–1814) ya había terminado, las imágenes de brujas, náuseas y deformidades que tenía en su cabeza, las pudo ver con sus propios ojos en forma de muertos, fusiles y ruina.
Estas pinturas se hicieron por un país sin esperanza y anclado en las tradiciones del pasado. Lo que era negro dentro, lo era también fuera. Goya tenía el alma empapada en dolor, y todavía hoy nos preguntamos qué le llevó a pintar todas las paredes de su casa de figuras monstruosas y vivir literalmente rodeado de representaciones de su propia oscuridad.
Puede que ya no se tratase de pintar para “curarse”, quizás ahora, Goya era sufrimiento.

Duelo a garrotazos – Museo: Museo del Prado, Madrid (España)
Una de las famosas Pinturas negras de Goya.
Enterrados hasta las rodillas, dos españoles arreglan sus asuntos a hostia limpia en un paraje desolado. Uno a la izquierda, otro a la derecha.
Conociendo la historia de este país, y quisiera o no el artista, es un evidente símbolo de la lucha fraticida que asoló España desde siglos atrás. En la época que pintó esta obra, los dos bandos eran liberales vs.absolutistas. Más tarde irán cambiando de nombres.
Analizando artísticamente la obra, comprobamos lo adelantado que estaba este tipo a su tiempo. No sólo es puro expresionismo. Además el artista llega a hallazgos del futuro como descentrar la composición pasándose por el forro todos los cánones academicistas y neoclásicos.
Una composición orgánica basada en las líneas de fuerza y del movimiento y no tanto en la posición de las figuras. Esto es algo que arrasaría en la pintura romántica, muy de mandar a la mierda todo lo académico.
Además con esa pincelada suelta, anunciando el impresionismo, y con muy poca pintura en las zonas menos figurativas (llegando casi al informalismo en algún trozo).

Perro semi-enterrado – Museo: Museo del Prado, Madrid (España)
Las Pinturas Negras de Goya. Ideales para recordarlo en el aniversario de su muerte.
No eran negras sólo por el uso de pigmentos oscuros. Sus temáticas eran sombrías y sórdidas, aunque decoraban la casa del pintor sordo.
Evidentemente, en un país como España, no podíamos esperar que el lugar durase mucho. La casa fue derribada en 1909 y hoy en día hay un cochambroso edificio con una minúscula placa, más pequeña que el letrero de «Cruzcampo» del bar de al lado.
Ni en sus sueños más cenizos llegaría Goya a imaginarse el futuro de la Quinta del Sordo. Donde antes había obras como «Saturno devorando a su hijo», «Duelo a garrotazos» o la obra de arriba, hoy están las firmas de «Shi» y «Ogito», o lo que sea que escribieron en esos elegantes portales de aluminio.
Por suerte, el mural se llevó al lienzo y hoy podemos disfrutar de este «Perro semihundido», un cuadro que parece salido de una máquina del tiempo.
En él sólo vemos la cabeza de un perro en la parte inferior. El resto es puro informalismo.
¿Obra inacabada…? ¿Denuncia del maltrato animal…? ¿La insignificancia del individuo ante el espacio que le rodea…?

Dos mujeres y un hombre – Museo: Museo del Prado, Madrid (España)
Si nos detenemos frente a esta imagen, podemos ver cómo los tercios superior e inferior de la obra, con una textura de arenosa oscuridad, envuelven a los personajes situados en el centro de la composición.
Estas dos partes generan la atmósfera inquietante presente en el cuadro, que fluctúa de lo jocoso a lo siniestro en la clandestinidad de un instante prohibido.
Las vestimentas blancas y los tres rostros dominan el núcleo del conjunto, al cual alude el título de la obra: Dos mujeres y un hombre.
Las dos mujeres conducen nuestra mirada en dirección al punto que capta su atención –miradas que contienen el sentido de las posibles interpretaciones que Goya decidiese representar sobre la pared de su casa.
La figura del medio nos llama primeramente la atención; su rostro, con un aire que oscila de lo jovial a la malicia, muestra una mirada atenta y perspicaz secundada por la boca: concreción extrema del vértigo excitante del peligro.
Orientada de perfil, la mujer del lateral permanece absorta en el punto donde la mano del hombre se pierde en la oscuridad de una manta, con actitud de completa sublimación y un atisbo de deseo.
La cara de este último es una muestra descarnada de la exteriorización de los más íntimos placeres que deja entrever en sus rasgos la obscenidad como condición inherente al género humano.
Los pigmentos negros que se esparcen por toda la superficie conforman la presencia de un suceso inquietante. En él, las dos jóvenes revelan, mediante su gesticulación, el cúmulo de sensaciones que experimentan ante una escena de cuestionable moralidad: la masturbación masculina.
Deja un comentario