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Tres acontecimientos de la tercera Guerra Mundial …


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Tanque canadiense atravesando Ortona, obra de Charles Comfort

– La batalla de Ortona, el pequeño «Stalingrado italiano»

A principios de diciembre de 1943, la 1.ª División de Infantería Canadiense y la 1.ª Brigada Blindada Canadiense comenzaron la batalla más salvaje de la Campaña Italiana. En el barro y la lluvia, las tropas atacaron desde el río Moro hasta Ortona. Luego, casa por casa y habitación por habitación se libró una feroz batalla contra los decididos defensores alemanes. Con un coraje extraordinario, ganaron los canadienses y aseguraron la ciudad justo después de Navidad.

L.B.V.(J.Álvarez)/Así reza una placa colocada en el año 2000 en la piazza Plebiscito de la localidad de Ortona (Italia), donde a finales de 1943 se libró uno de los combates más fieros de la Segunda Guerra Mundial, pese a sus modestas dimensiones.

Ortona es un municipio de la provincia de Chieti, en la región de Los Abruzos. Está asomada al mar Adriático, a una veintena de kilómetros al sur de Pescara, y tiene una rica historia: fundada en la Antigüedad, probablemente por los frentanos (un pueblo itálico descendiente de los samnitas), incorporada a los dominios romanos y ocupada en el Medievo por los francos primero y los normandos después, fue conquistada por la República de Venecia -que se la disputaba con Aragón- en el siglo XV, para pasar a manos españolas en el siguiente y finalmente incorporarse al Reino de Italia ya en el XIX.

Hoy es una ciudad muy pequeña que en verano multiplica su población pero que fuera de temporada apenas supera los veinte mil habitantes, el doble de los que tenía cuando la Segunda Guerra Mundial superó su ecuador y entró en la Campaña Italiana a mediados de 1943 con el objetivo de obligar a los alemanes a desviar tropas de Francia, pues ya se estaba planeando la Operación Overlord, el famoso desembarco en Normandía.

Dado que la Campaña del Norte de África acababa a de terminar con éxito, la península italiana parecía ser el siguiente paso lógico para presionar al eje desde varios frentes.

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(Soldados indios del Octavo Ejército Británico cerca de Orsogna)

Sicilia constituyó el primer escalón y cuando las operaciones saltaron al continente, en las operaciones Avalanche, Baytown y Slapstick, el régimen italiano colapsó.

En julio, Mussolini fue destituido por orden del rey Víctor Manuel III, que a continuación firmó un armisticio con los Aliados.

Pero mes y medio después un comando de las Waffen SS liberó al Duce, que pasó a presidir una República Social Italiana; en realidad, más allá de su sede en la región alpina de Saló carecía de poder efectivo ante la Wehrmacht, que fue la que se hizo con el control del país de facto y se dispuso a frenar a los Aliados.

El avance de éstos por la península hacia el norte -estadounidenses por el litoral oeste, británicos por el este- no resultó fácil debido a que los germanos aprovecharon la difícil orografía para tomar posiciones.

Así, tanto los Apeninos como los Abruzzos eran auténticas barreras naturales que favorecieron la creación de un conjunto de líneas defensivas que por la zona peninsular central se extendían de costa a costa, entre el Tirreno y el Adriático: de sur a norte se sucedían la Volturno, la Bárbara, la Gustav, la César y la Interruptor (en el norte se establecieron más).

Había otras dos de menor tamaño, la Bernhardt (o Reinhard) y la Hitler (rebautizada Senger en 1944), siendo la primera de ellas el escenario de la célebre Batalla de Montecassino, pero ambas eran complementos de la parte occidental de la Gustav, cuyo extremo este terminaba precisamente en Ortona, aprovechando otro obstáculo que proporcionaba la naturaleza, el río Sangro, del que discurría paralela en ese tramo.

Entre las tres formaban la llamada Línea de Invierno, armada con búnkeres, cañones, nidos de ametralladoras, alambradas y campos minados.

A ello se sumaba el Grupo de Ejércitos C, una agrupación de tropas a cuyo mando estaba el general hessiano Heinrich von Vietinghoff, que había tomado parte en las invasiones de Polonia, Grecia, Yugoslavia y Unión Soviética, y al que se destinó a Italia ese verano desde su comandancia de Francia.

A las órdenes del mariscal Albert Kesserling, comandante de las fuerzas alemanas en territorio italiano, recibió la orden de retrasar cuanto pudiera el avance del enemigo.

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(Highlanders de Canadá en el entorno del río Moro)

Para defender la parte oriental de la línea designó a Richard Heidrich, general paracaidista que había luchado en Polonia, Creta y el sitio de Leningrado.

Heidrich se haría un nombre sobre todo por Montecassino, pero antes tuvo que enfrentarse en Ortona al mayor general Christopher Vokes, un oficial miembro de una familia irlandesa de tradición militar (aunque emigró a Canadá con sus padres cuando era niño) que acababa de ser ascendido para relevar en el mando de la canadiense 1ª División de Infantería a su superior, por enfermedad de éste.

Vokes procedía del Estado Mayor, donde hizo una carrera fulgurante, y se le valoraba por el equilibrio que lograba entre la parte técnica (planificación y dirección operativas) y la humana (comprensión y motivación hacia sus hombres).

Las líneas Volturno y Bárbara cayeron a lo largo del mes de octubre-principios de noviembre de 1943.

La ofensiva contra la Gustav, a cargo del Octavo Ejército Británico (formado por cuatro divisiones de infantería, una británica, una canadiense, una india y una neozelandesa, más dos brigadas acorazadas) y dirigida en conjunto por el general Sir Harold Alexander, empezó el 23 de noviembre.

Antes de que acabase el mes, la 78ª División de Infantería del mayor general Vyvyan Evelegh ya había conseguido cruzar el Sangro, de manera que el siguiente objetivo era otro cauce fluvial menor, el Moro, que estaba a seis kilómetros y medio.

Fue en ese momento cuando Evelegh, que había sufrido siete mil bajas en seis meses, entregó el testigo a Vokes.

El ataque se retomó el 5 de diciembre y, según el plan diseñado por Montgomery, en la costa debían tomarse Ortona y Pescara (ésta considerada el mejor camino hacia Roma), mientras el objetivo de los neozelandeses, algo más al interior, era Orsogna; los indios debían permanecer a la expectativa, como apoyo. Oponiéndoseles estaban la 1ª División de Paracaidistas, la 90ª Panzergrenadierdivision, la 26ª Panzerdivision y la 65ª de Infantería, apoyadas por unidades menores y por el LXXVI Cuerpo Panzer.

Vokes logró llegar al Moro el 9 de diciembre, pero luego se vio detenido, al igual que los neozelandeses, razón por la que se ordenó intervenir a la división india, cuyos ingenieros tendieron un puente.

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(Un soldado canadiense del Loyal Edmonton Regiment combatiendo en Ortona)

Sin embargo, los panzergrenadiers, que tenían orden de «luchar hasta la última casa y árbol», resistieron al recibir de refuerzo a los paracaidistas (entre los cuales estaba el teniente Harold Quandt, hijo del primer matrimonio de Magda Goebbels, que también combatiría en Montecassino).

Mientras, el 23 de diciembre Montgomery dejaba Italia para centrarse en la Operación Overlord -siendo suplido por el teniente general Sir Oliver Leese-, el brigadier Howard Graham, de la 1ª Brigada de Infantería de la 1ª División Canadiense se las arreglaba para superar las inclemencias metereológicas (las lluvias convirtieron el terreno en un barrizal) y alcanzar las inmediaciones de Ortona. Allí le relevó el brigadier Bert Hoffmeister, de la 2ªBrigada, para efectuar el asalto.

No iba a ser cosa fácil, ya que los veteranos ingenieros y paracaidistas teutones habían demolido buena parte del casco antiguo para formar barricadas en las estrechas calles, donde situar sus ametralladoras, ocultar sus tanques y sembrar minas u otras trampas explosivas.

Un mortal laberinto que obligaría a los canadienses a combatir de una forma un tanto atípica.

Todo empezó el día 20, con el ataque frontal del Loyal Edmonton Regiment y los Seafort Highlanders of Canada, a los que se sumó la 3ª Brigada de Infantería con un movimiento de flanqueo.

Al día siguiente entraron en el casco urbano, pero allí les esperaba un infierno que a menudo se define como una versión de Stalingrado a menor escala.

Y es que, aunque los Aliados estaban auxiliados por los carros del 12e Régiment blindé du Canada, los alemanes disponían de antitanques ocultos que los frenaron, obligando a las tropas a luchar casa por casa y aplicar una inusual táctica de guerra urbana en la que, renunciando a los combates por las calles, los soldados tenían que abrir boquetes en las paredes para acceder a los inmuebles y, pasando de habitación en habitación, desalojar a los defensores.

Era lo que se bautizó como mouse-holing (ratonera), que ya se había practicado en Dublín durante el alzamiento de Pascua de 1916.

Así, los canadienses utilizaban sus PIAT (armas anticarro) para practicar esas aberturas y lanzar granadas al interior, para a continuación entrar y barrer las estancias y escaleras con fuego de ametralladora (incluso llegando al cuerpo a cuerpo).

A menudo debían repetir la operación con los tabiques, pasando a los cuartos contiguos, como hicieron los británicos ante los zulúes en Rorke’s Drift, aunque en aquel caso era para escapar. Igualmente, era una forma de pasar de un inmueble a otro sin exponerse a recibir una ráfaga o un disparo de un francotirador al aire libre.

No faltaron ocasiones en que se dinamitaba toda la casa para que se derrumbase sobre el enemigo, algo que practicaron ambos bandos.

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(El mayor general Christopher Vokes, a la derecha, junto al brigadier R.W. Moncel)

Los días 24 y 26 de diciembre, los alemanes llevaron a cabo contraataques que causaron un significativo número de bajas a las fuerzas canadienses en la ciudad -unos seis centenares y medio-, pero al estar carentes de suministros y ante el peligro de ser rebasados de flanco y embolsados por la 3ª Brigada, los defensores juzgaron preferible abandonar Ortona en la jornada siguiente.

Por tanto, Vokes se apoderó de la ciudad tras poco más de una semana de batalla, el 28 de diciembre, aunque a costa de una sangría humana y material.

El centro histórico ortonés quedó prácticamente derruido y apenas se salvaron la catedral, el hospital y algún sitio más, gracias a que la marcha de los teutones hizo innecesaria su prevista destrucción.

No obstante, lo peor fue el coste humano de lo que se conoció como Diciembre sangriento.

Los canadienses registraron un número de bajas totales que superó los quinientos muertos -mil trescientos setenta y cinco, si se cuentan las acciones previas en el río Moro- y novecientos sesenta y cuatro heridos, lo que suponía la cuarta parte de las bajas sufridas por ellos en toda la campaña italiana, a las que había que sumar cerca de cinco mil evacuados por enfermedad y/o agotamiento.

Parece ser que Vokes lloró al conocer esas cifras, lo que no evitó que sus hombres le apodasen el Carnicero y que recibiera duras críticas por su poco imaginativo sistema de sacrificar batallón tras batallón (cosa que seguiría haciendo en la continuación de la marcha hacia Pescara).

¿Y todo para qué?, se preguntaron muchos.

El impacto que la batalla tuvo en el desarrollo de la guerra no fue demasiado importante, en comparación con otras de más renombre, salvo por el hecho de que los alemanes tomaron buena nota de su táctica y la repitieron en Montecassino.

De hecho, los análisis sobre el valor estratégico de Ortona difieren bastante según el bando.

Los Aliados, por ejemplo, la consideraron valiosa por ser uno de los pocos puertos de aguas profundas utilizables en el Adriático para abastecer al Octavo Ejército, acortando las líneas de suministro existentes en el momento, que se extendían hasta Bari y Tarento.

Para los alemanes, en cambio, su valor era limitado debido a que habían dinamitado las instalaciones portuarias y no podían usarse, por lo que no merecía la pena el derramamiento de sangre que supuso.

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Cementerio canadiense de Ortona

Además, siempre consideraron el de Ortona un enfrentamiento menor -dos batallones por cada lado- que defendieron por cumplir con su deber y amplificado por los Aliados; así pareció manifestarlo Vokes con la petulante declaración de que había aplastado y dado una lección al adversario, olvidando que éste le infligió bastantes más bajas que las recibidas.

En cualquier caso, con mayor o menor razón pero por su parecido con el desarrollo de lo ocurrido, luchando casa por casa, la batalla ha pasado a la historia con el sobrenombre de Stalingrado de Italia.

– El regimiento más condecorado de la historia de Estados Unidos estaba formado por soldados de origen japonés

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Abanderados del 442º y su guardia en Bruyéres (Francia), en 1944, rindiendo homenaje a sus camaradas caídos

Quien haya visto la famosa película Karate Kid, quizá recuerde una escena en la que el señor Miyagi evoca el recuerdo de su difunta esposa, fallecida al dar a luz a su hijo mientras él estaba en el frente, durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo curioso es que no combatía en el ejército japonés sino en el de EEUU, cosa en principio sorprendente porque los nisei (estadounidenses de origen nipón) fueron internados en campos de concentración en 1942.

Pero es que el señor Miyagi, como se muestra en El nuevo Karate Kid (el cuarto film de la saga), formaba parte del 442º Regimiento de Infantería, un cuerpo creado precisamente con soldados nisei voluntarios, que se convirtió en el más laureado de la historia militar del país.

El 19 de febrero de 1942, menos de tres meses después del ataque a Pearl Harbor y la consiguiente entrada de EEUU en la contienda global, el presidente Roosevelt autorizó a su Departamento de Guerra la creación de campos de concentración para los cerca de ciento veinte mil habitantes de ancestros orientales registrados en el censo nacional por considerarlos sospechosos potenciales de colaborar con el enemigo.

Para ello, se construyeron instalaciones en varios puntos de la costa Oeste y, siguiendo la orden ejecutiva 9006, el FBI procedió a detener a los miembros de la comunidad japonesa; al principio únicamente a sus dirigentes, pero una nueva orden, la 9102, amplió esas reclusiones a todos.

Eran unas ciento doce mil personas que tuvieron que dejar sus hogares y malvender tanto sus propiedades como sus negocios para trasladarse a los centros indicados, a pesar de que dos tercios habían nacido ya en EEUU.

El proceso se completó en apenas dos semanas excepto en un lugar donde resultaba prácticamente imposible ponerlo en práctica: Hawái.

Eso se debía a que una cuarta parte de la población era nisei y muchos ciudadanos de esa categoría constituían no sólo una mano de obra fundamental, tal como advirtieron los empresarios insulares, sino que también ocupaban puestos funcionariales importantes.

Prescindir de ellos hubiera supuesto una catástrofe económica.

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aponeses siendo trasladados a un centro de internamiento

Lo que sí se hizo fue dar de baja a todos los integrantes de la Hawaii Territorial Guard , una versión local de la Guardia Nacional integrada por estudiantes y reservistas del ROTC (Reserve Officer’s Training Corps), organizada poco después del ataque y destinada a vigilar instalaciones.

No obstante, solicitaron colaborar en la defensa y se les concedió, organizándolos en la Varsity Victory Volunteers, una unidad de zapadores asignada a la base de Schofield Barracks y que, teniendo vetado combatir, recibió como misión realizar labores de ingeniería: construcción de calzadas, vallado, levantamiento de estructuras arquitectónicas militares, etc.

No recibían ningún salario y, aunque fueron alojados separados del resto de tropas, no tardaron en ganarse su confianza.

En cambio, se permitió permanecer en filas a los miembros orientales de la Guardia Nacional propiamente dicha, unos mil trescientos soldados que estaban encuadrados en los regimientos de infantería 289º y 299º, dado que, de lo contrario, las fuerzas disponibles en el archipiélago se habrían visto peligrosamente mermadas.

Eso sí, se optó por reunirlos a todos en un mismo cuerpo, exclusivamente compuesto por nisei, al que se bautizó como Hawaiian Provisional Battalion (Batallón Provisional Hawaiano).

El 5 de junio se embarcó hacia el continente, para recibir el correspondiente adiestramiento en Camp McCoy (Wisconsin); diez días más tarde recibía su nuevo nombre oficial: 100º Batallón de Infantería, popularmente apodado One Puka Puka.

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Soldados del 100º Batallón en una charla de instrucción

Algunos de sus integrantes ganaron las primeras medallas ya en ese período seminal, al rescatar a civiles de un lago helado.

Se les veía decididos a responder a la confianza y a borrar cualquier suspicacia, hasta el punto de que adoptaron como lema Remember Pearl Harbor.

Seis meses después, en enero de 1943, completaron su entrenamiento en Camp Shelby (Mississippi) y Camp Clairborne (Louisiana), y entonces pasó a formar parte de un regimiento de nuevo cuño al que se incorporaron otros ochocientos nisei continentales.

Era junio de 1943 y acababa de nacer el 442º de Infantería, a cuyo mando se puso al veterano coronel Charles W. Pence.

El reclutamiento no estuvo exento de incidentes, de los que el más significativo fue la doble negativa a contestar que una cuarta parte de los candidatos a entrar dio a unas preguntas previas sobre su lealtad a EEUU y su compromiso de renunciar a cualquier obediencia a un gobierno extranjero.

En realidad, esas negativas sólo pretendían manifestar el rechazo a la duda, que consideraban ofensiva, pero muchos acabaron en la cárcel.

No obstante, pronto el servicio de reclutamiento se vio desbordado por diez mil solicitudes, principalmente de hawaianos; los nisei continentales eran más reacios, al tener a sus familias recluidas.

De hecho, ingresar en el ejército no implicaba ninguna ventaja para sus familias, que debían permanecer recluidas.

Por otra parte, pese a que Roosevelt declaró que «el americanismo no es, y nunca fue, una cuestión de raza o ascendencia«, lo cierto es que la idea inicial del alto mando era reservar esa fuerza para labores meramente policiales y de vigilancia a retaguardia, sin poder entrar en batalla -y menos contra los japoneses-, algo que sí se había permitido a los estadounidenses de origen italiano y alemán (que además no fueron internados en campos).

Como mucho, se pensaba usarlos como fuerza de choque en acciones de riesgo especial, en las que previeran muchas bajas, a manera de carne de cañón.

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Soldados del 442º en una marcha hacia el frente

Al final se impondrían la realidad y las necesidades de la guerra, como veremos.

El regimiento se completó definitivamente con tres mil hombres de Hawái y ochocientos del continente, que fueron repartidos entre el 442º y los otros dos cuerpos que se le adjuntaron para formar un grupo de combate, el 522º Field Artillery Battalion (Batallón de Artillería de Campaña) y el 232º Engineer Combat Company (Compañía de Ingenieros de Combate).

Mientras el 442º aún estaba acabando el adiestramiento, el 100º Batallón se embarcó para Europa el 21 de agosto de 1943.

En principio se vetaba su presencia en el Pacífico, si bien algunos soldados fueron reclamados como intérpretes y espías por el MIS (Military Inteligence Service), de ahí que desembarcaran en Orán para reforzar a Eisenhower.

Pero el que por entonces era comandante del Teatro de Operaciones del Norte de África no los quiso y se los transfirió al teniente general Clark, que los incorporó a su Quinto Ejército, integrándolos en la 34ª División de Infantería, que partió para Italia.

Su bautismo de fuego fue el 29 de septiembre, en Salerno, avanzando veinticuatro kilómetros en sólo un día pese a la resistencia de los granaderos alemanes en la Línea Volturno.

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La compañía F, del 2º Batallón del 442º, en St., Die (Francia)

Después luchó en Montecassino, donde la dura defensa germana de la Línea Gustav les produjo grandes bajas, y en Anzio. Eso hizo ganarse a los soldados nisei el apodo de Pequeños hombres de hierro y a su unidad el Batallón del Corazón Púrpura, esto último en referencia a la condecoración que ganaron varios de ellos.

Montecassino cayó el 12 de mayo y entonces llegaron los primeros reemplazos, adiestrados por el Primer Batallón del 442º, que se había quedado en EEUU con esa misión; por cierto, cambiaría su nombre por el de 171º Batallón de Infantería, ya que 100º pasó a ser el Primer Batallón del 442º, que también fue enviado al viejo continente, reuniéndose ambos en Civitavecchia el 11 de junio de 1944.

Ya juntos combatieron en la Toscana, donde volvieron a protagonizar gestas meritorias, y en esa misma tónica continuaron avanzando hacia el Arno, lugar en el que llevaron a cabo una de sus acciones más destacadas, la de Castellina Marittima.

Eso les permitió cruzar el río y continuar su marcha hacia Roma, ciudad por la que no les permitieron desfilar victoriosos junto al resto de las tropas pese a que su labor resultó fundamental para la derrota alemana final en Lanuvia y La Torretto, como dejaba patente que en ello hubieran sufrido casi mil trescientas bajas.

Con la captura de la capital italiana se hicieron algunas remodelaciones estructurales, ya que el frente se reorientaba al norte. La Compañía Antitanques fue incorporada al 517º Regimiento de Infantería Paracaidista, que iba a ser destinado a la Operación Dragón (la invasión del sur de Francia), campaña en la que brilló con luz propia.

Entretanto, el 442º fue separado del Quinto Ejército para incluirlo en el Séptimo, y desembarcó en Marsella en septiembre para desplazarse hacia el Ródano.

En octubre volvieron a entrar en batalla en los bosques de Los Vosgos, en difíciles condiciones meteorológicas y orográficas, tomando Bruyères y Biffontaine pese a la dura defensa germana.

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Go for broke, pintura que representa los combates en Los Vosgos

Fue en esa región donde realizaron otra de sus mayores proezas, la localización y el rescate del llamado Batallón perdido.

Se trataba del 1.er Batallón del 141º Regimiento de Infantería de la 36º División de Texas, que al mando del teniente coronel Willian Bird había quedado aislado dos kilómetros más allá de las líneas enemigas y tuvo que resistir a la desesperada una semana hasta que los nisei lograron romper el cerco cargando con sus bayonetas al grito de «¡Banzai!».

Aquella heroicidad estuvo a punto de desintegrar al regimiento, que se quedó con sólo ochocientos efectivos.

Ese elevado número de bajas generó duras críticas contra John E. Dahlquist, general de la 36ª División, al que se acusó de usar a sus soldados de origen japonés como carne de cañón, mandándolos a conquistar posiciones de discutible valor estratégico y sin el debido apoyo artillero.

De hecho, el teniente nisei Allan M. Ohata fue apercibido de un consejo de guerra por negarse en una ocasión a hacer un ataque a una colina, al considerarlo suicida, y no faltaron otras muestras de discutible empatía del mando hacia sus hombres.

Una vez se organizó una ceremonia en memoria de los caídos y, al ver que apenas se presentaban unos cientos del 442º, el general preguntó malhumorado por qué no estaban todos; el coronel le respondió que aquéllos eran todo lo que quedaba del regimiento.

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El presidente Truman pasando revista al 442º Regimiento en 1946

En cualquier caso, la guerra seguía.

El 522º Batallón de Artillería de Campaña fue destinado a reforzar la ofensiva de la 63ª División contra la Línea Sigfrido y luego continuó en esa misión itinerante de apoyo, cambiando de escenario con frecuencia.

Ello llevó a sus soldados a ser los únicos nisei que combatieron en suelo alemán y a liberar a los tres mil prisioneros supervivientes del Kaufering IV Hurlach, uno de los ciento sesenta y nueve campos de concentración satélites del de Dachau, descubriendo a continuación otros campos.

Los soldados del 522º se encargarían de buscar y detener a los criminales nazis de la zona tras la rendición de Alemania.

Mientras, el 442º regresó a territorio italiano para ayudar al Quinto Ejército a romper la Línea Gótica (la serie de fortificaciones creada por los germanos en los Apeninos, desde el mar de Liguria hasta el río Po, para proteger su retirada), que llevaba seis meses obstaculizando a los Aliados.

Fue una batalla realmente cosmopolita, puesto que junto a los nisei estaban también los afroamericanos de la 92ª División de Infantería, así como tropas coloniales británicas y francesas, y la Fuerza Expedicionaria Brasileña.

Las cosas habían cambiado y ahora Eisenhower los reclamaba para Las Ardenas, aunque al final fue Clark quien logró llevárselos a Italia.

El ataque del 442º fue tan contundente que la línea cedió y los teutones tuvieron que replegarse al norte del valle del Po con considerables apuros para, finalmente, rendirse en masa.

Aquella victoria constituyó la última acción del regimiento en la guerra. Contra todo pronóstico, pasó a ser el más condecorado de la historia de EEUU con dieciocho mil ciento cuarenta y tres medallas, entre ellas veintiuna de Honor, la de máxima categoría, en menos de dos años.

En 2011 se le añadiría una distinción conjunta, la Medalla de Oro del Congreso, a manera de homenaje póstumo.

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El presidente Obama con varios veteranos nisei tras la concesión de la Medalla de Oro del congreso al 442º regimiento, en 2010

Gajes de que sus abundantes bajas obligaran a recibir reemplazos más de dos veces, sumando un total de catorce mil combatientes que pasaron por sus filas.

Entre ellos los hubo de todas las clases sociales, incluyendo dos senadores por Hawái, varios artistas, profesores universitarios y campeones deportivos.

Todo lo cual no sirvió para evitar que, a su regreso a EEUU, fueran tratados como ciudadanos de segunda: en Hawái sí les aclamaron como héroes, pero en otros sitios nadie les quería contratar, no podían acceder a restaurantes e incluso la American Legion (la organización de veteranos de guerra) se negó a admitirlos hasta que intercedieron los oficiales blancos del regimiento.

Asimismo, la mayoría de los nisei encontraron sus hogares destruidos u ocupados cuando volvieron para reinstalarse, por lo que tuvieron que recurrir a la GI Bill (Servicemen’s Readjustment Act), una ley que pensionaba a los excombatientes y les favorecía la financiación de créditos para estudios, adquisición de vivienda o apertura de negocio.

Gracias a ello, en la década de los sesenta aquellos estadounidenses de ascendencia japonesa habían ganado su última batalla: se convirtieron en reputados profesionales e hicieron olvidar el recelo latente contra ellos.

Y, en el caso hawaiano, lograron que el archipiélago se incorporara a EEUU como su quincuagésimo estado. Lógico, teniendo en cuenta que su lema regimental era «Go for broke!» (¡Ir a por todas!).

– El matemático sueco que descifró los códigos alemanes de la Segunda Guerra Mundial en sólo dos semanas, con lápiz y papel

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Busto de Arne Beurling en la Universidad de Upsala

Encriptar mensajes es un recurso que se remonta a la Antigüedad y se ha utilizado siempre en tiempos de guerra, aunque probablemente el episodio más famoso sobre ese tema sea el desciframiento del código utilizado por los alemanes en su máquina Enigma, durante la Segunda Guerra Mundial: menos de dos años tardaron los Aliados en desentrañarlo, gracias al trabajo de técnicos polacos y del matemático Alan Turing, entre otros factores.

El tiempo empleado parece sorprendentemente corto, pero en 1940 otro matemático, en este caso sueco, apenas tardó un par de semanas en hacer otro tanto con el sistema de cifrado de un aparato más complejo que la Enigma, y encima empleando sólo lápiz y papel. Se llamaba Arne Beurling.

Esa otra máquina era la Siemens & Halske T52, también conocida como SFM (siglas de Schlüsselfernschreibmaschine, Teletipo Clave) o Geheimschreiber (Teleimpresora Secreta), aunque su apelativo más célebre es el que le pusieron los aliados: Sturgeon.

También era utilizada por los alemanes, pero si la Enigma era para las tropas móviles y la SZ 42 Lorenz constituía un sistema pesado de la Wehrmacht, los usuarios de la T52 eran los mandos de la Luftwaffe y la Kriegsmarine (para esta última había sido diseñada originalmente).

Los bletchleys (criptoanalistas británicos, bautizados así en alusión a que su cuartel general estaba en Bletchley Park) tenían una forma de referirse a cada máquina de cifrado alemana, siendo Fish el nombre para todas en general debido a que, en un mensaje interceptado en el sistema NoMo, enviado a través de Enigma, descubrieron que los germanos llamaban Sägefisch (Pez Sierra) a uno de sus sistemas de transmisión de teleimpresores inalámbricos.

Así, la SZ Lorenz pasó a ser Tunny (Atún) y la T52 -de la que Siemens hizo varias versiones-, Sturgeon (Esturión). En los últimos meses de la guerra, los alemanes pusieron en marcha otra, la T43, que los bletchleys llamarían Trasher.

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(Una máquina Enigma. Se aprecian sus ruedas para codificar)

A diferencia de Enigma, que requería leer el resultado del cifrado, anotarlo y transmitirlo en morse, la T52 realizaba esos pasos automáticamente: el operador solo tenía que escribir el texto, que luego la máquina encriptaba y enviaba como teletipo; una vez recibido éste, la máquina misma lo descifraba.

La gran ventaja de todo ello era doble: por un lado, la rapidez; por otro, que el usuario no tenía necesidad de conocer el código (además, las T52 d y T52e suprimieron el defecto de las anteriores, que podían guardar las claves, lo que llevaba a algunos operarios a repetirlas, con el consiguiente peligro de facilitar su decodificación por el enemigo).

El sistema de funcionamiento también resultaba mucho más complejo que el de Enigma y Lorenz, basado en un GPAN (generador pseudoaleatorio de números), un algortimo que produce una sucesión de números que constituye una buena aproximación a un conjunto aleatorio de cifras pero no totalmente aleatorio, ya que está determinado por un conjunto relativamente pequeño de valores iniciales, el denominado estado.

Ello se combinaba con el uso de diez molinetes en vez de los cinco habituales en otras máquinas, que además no se escalonaban linealmente, generando un quintillón de combinaciones.

T52a nació y se usó mucho antes de la guerra, entre 1932 y 1934, pero T52b se desarrolló entre 1934 y 1942, con lo que participó en la contienda, aunque sólo diferían en la supresión del ruido eléctrico.

Sin embargo, ese segundo año, el matemático y criptólogo Heincrich Döring, del OKH (Oberkommando des Herees), llevó a cabo un estudio que demostraba que si, por accidente, se enviaban un par de textos cifrados de unos cientos de letras con la misma clave, resultaría fácil «romperlos» («romper» es el término con que se denomina la decodificación en el argot, mientras que para referirse a una debilidad como la denunciada por Döring se utiliza la palabra «profundidad»).

Y, en efecto, los bletchley habían logrado dar con una «profundidad «en la T52b y desentrañar los códigos.

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La Lorenz SZ42 tenía doce ruedas para codificar

Eso llevó a que la Luftwaffe exigiera acelerar la entrada en servicio de una mejora en la que se trabajaba desde 1941, la T52c, que al no alcanzar el nivel esperado cedió paso a otra generación, la T52d.

Döring demostró que tampoco ésta era totalmente segura, así que en 1944 llegaría la más avanzada y segura T52e.

Claro que para entonces la guerra ya estaba virtualmente perdida, de ahí que otra versión mejorada, la T52f, ya no tuviera tiempo de estrenarse en el contexto bélico.

Aparte, estaba el hecho de que un profesor sueco había desentrañado su secreto. Veámoslo.

Hay que retroceder al Gotemburgo de 1905, lugar y año en que nació Arne Carl-August Beurling en el seno de una familia noble.

Su primera licenciatura, en la Universidad de Upsala en 1924, es algo sorprendente porque la obtuvo en Artes; la segunda, dos años más tarde, no lo resulta menos al ser en Filosofía.

No obstante, el título que nos interesa aquí es el doctorado en Matemáticas, alcanzado en 1933, que le dio la plaza definitiva para enseñar esa materia en la universidad cuatro años después.

Su meteórica carrera iba a superar incluso aquella tragedia que se abatió sobre el mundo en 1939, la Segunda Guerra Mundial.

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(Una Siemens T52, también de diez ruedas)

Contó con la ventaja de que, siguiendo su acostumbrada línea política histórica desde el final de las guerras napoleónicas, Suecia se decantó por la neutralidad y logró mantenerla toda la contienda, aunque para ello tuviera que hacer concesiones a uno u otro bando; primero, al Eje, al temer que Gran Bretaña no tendría capacidad para proteger el país si los alemanes lo intentaban ocupar; luego, especialmente a partir de los últimos meses de 1943, cuando quedó claro que la balanza se estaba inclinando hacia los Aliados.

Sin embargo, ya antes se produjeron esporádicos conatos de actuación de forma soterrada, tanto a título oficial como individual; uno de los encuadrables en el segundo tipo fue el que protagonizó Arne Beurling.

En abril de 1940 Alemania desató la Operación Weserübung, es decir la invasión de Dinamarca y Noruega, pese a que también eran países neutrales.

La excusa esgrimida por el gobierno teutón fue protegerlas de una acción idéntica por parte de Inglaterra y Francia, que habían bloqueado el puerto de Narvik debido a que desde allí se embarcaban cargamentos mineros (hierro sueco, fundamentalmente) que surtían al régimen hitleriano.

Muchos suecos temieron entonces que serían los siguientes. Unos reaccionaron apoyando la colaboración con los nazis; otros, al contrario.

Una vez controlada Noruega, algo que consiguieron en apenas dos meses y con pocas bajas usando como casus belli el abordaje del carguero Altmark por fuerzas de la RAF y la Royal Navy pese a estar en aguas escandinavas, establecieron una línea de comunicaciones con Alemania a través de Suecia.

Evidentemente, las transmisiones se realizaban codificadas mediante el T52 , lo que en principio parecía una garantía de seguridad, habida cuenta que el sistema era complejo, como explicamos antes.

Nadie contaba con que un simple profesor lo «rompiera» usando únicamente sus conocimientos de matemáticas, un lápiz y un papel. Y menos aún en solitario.

Beurling, que durante su servicio militar se había formado como criptógrafo, al igual que muchos matemáticos, se puso a trabajar en mensajes interceptados en las líneas telegráficas que atravesaban su país; se los facilitó Crypto Detail IV, el departamento criptográfico del Estado Mayor nacional, que a su vez los obtuvo de la operadora Ericsson, la cual había tenido que ceder a la exigencia de la Wehrmacht de poder usar su red.

Nunca revelaría cómo llegó a hacerlo, pero, sorprendentemente, no tardó más de un par de semanas, durante el verano de 1940, en descifrar dos de ellos, lo que permitió que la compañía fabricase réplicas de las máquinas T52.

Debidamente repartidas por el territorio nacional, sirvieron para enterarse de las comunicaciones entre Berlín y las embajadas alemanas en Oslo y Estocolmo durante tres años, así como entre Alemania y sus tropas en Finlandia.

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(Arne Beurling en los años cuarenta)

Los suecos, que aprovecharon para fundar la FRA (Försvarets Radioanstalt, Establecimiento de Radio de Defensa Nacional), incluso se enteraron del inminente inicio de la Operación Barbarroja (la invasión de la Unión Soviética), pero su aviso a Moscú cayó en saco roto porque no quisieron revelar cómo habían obtenido la información y, por tanto, no fue considerada creíble por el gobierno soviético, que se creía seguro por la firma del Pacto Ribbentrop-Molotov y fue cogido por sorpresa.

Hasta medio millón de mensajes fueron interceptados, de los que se descifraron dos tercios.

Tamaña pérdida de datos terminó por alertar a los alemanes, que comprendieron que algo pasaba, de ahí las mejoras introducidas en la T52.

Como decíamos, la b y la c resultaron mediocres y los escandinavos pudieron sortearlas; no así la d, lo que puso fin a las interceptaciones a mediados de 1943.

Pero para entonces habían pasado dos cosas que cambiaban el panorama totalmente.

Por un lado, los polacos del Biuro Szyfrów (agencia criptógrafica) habían obtenido en 1939 una Enigma no militar, a partir de la cual investigaron y finalmente enviaron todo a Bentchley Park, donde un equipo de matemáticos y criptógrafos liderado por Alan Turing desentrañó el funcionamiento de la máquina (a lo que se sumaría la captura en 1941 de un submarino alemán, el U-110, con su Enigma y un libro de códigos).

Por otro, en agosto de 1941 el químico y matemático inglés William Thomas Tutte, miembro de los bletchleys, logró «romper» la codificación de Tunny (la máquina Lorenz) con una facilidad análoga a la de Arne Beurling.

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(Alan Turing en los años treinta)

Finalmente, y aunque con dificultades, los bentchleys también «rompieron» Sturgeon, en parte gracias a que la Luftwaffe transmitía sus mensajes con códigos menos complejos, a menudo los reutilizaba imprudentemente y encima a veces utilizaban máquinas Enigma, más inseguras, todo lo cual facilitaba al enemigo el desentrañarlos.

Ya vimos en otro artículo que el embajador japonés en Berlín también había cometido una imprudencia similar.

Los británicos se pusieron así al nivel de los suecos, que como se deduce no les habían informado del éxito de Arne debido a su neutralidad.

Éste, que tras la guerra sería profesor en Harvard y Princeton (en el IAS Institute for Advanced Study, donde trabajó con Einstein), así como tutor de doctorado de otros genios científicos como Lennart Carlesson y Carl-Gustav Esseen, haría trascendentales aportaciones al campo de las matemáticas, como el teorema de factorización en funciones internas y externas que lleva su nombre.

Falleció en EEUU en 1986, pero antes, en 1967, se había ganado una brillante loa de David Kahn, autor del célebre libro The codebreakers:

«Posiblemente, la mejor proeza del criptoanálisis realizada durante la Segunda Guerra Mundial fue la solución del secreto de la Geheimschreiber por parte de Arne Beurling».

nuestras charlas nocturnas.

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