actualidad, opinion, variedades.

“Aníbal, el hombre que pudo cambiar la historia” …


Aníbal

mihistoriauniversal.com/National Geographic(A.Forssmann/AbelG.M.)  —  Como sucede con los grandes personajes de la historia, la imagen del general cartaginés ha sido interpretada de diferentes maneras según el pensamiento imperante en cada época.

Su odisea ha llegado hasta nosotros a través de las crónicas de sus propios enemigos, lo que reafirma la grandeza de un personaje vencido cuyas hazañas se recuerdan mucho más que las de su vencedor. Dante, Maquiavelo, Napoleón, Flaubert…

Aníbal ha tenido su lugar en la ficción literaria, la historiografía y hasta la pintura europeas, y más de 2.000 años después de su muerte permanece con fuerza en el imaginario colectivo de nuestra civilización como uno de los personajes más fascinantes de la Antigüedad. Un personaje real, pero envuelto en la leyenda.

Elogiado o vilipendiado, pero cuya gesta aún hoy suscita admiración, y muchas preguntas. Tratando de desentrañar la realidad del mito, durante un año el fotógrafo Marco Ansaloni y la periodista Emma Lira fueron tras sus huellas recorriendo los lugares que fueron determinantes en su vida.

Viajaron a Cartagena, Sagunto, los Pirineos, Turín o Sicilia, visitaron museos y excavaciones y se entrevistaron con arqueólogos, historiadores y expertos de todo el mundo. Su trabajo vio la luz en un reportaje creado por la edición española de National Geographic y publicado en dos partes.

A falta de certezas arqueológicas, concebimos la narración como un viaje, en sentido real y figurado: el viaje de Aníbal desde Cartago hasta las puertas de Roma, y el viaje vital que lo llevó a enfrentarse a su enemigo en su propio terreno, para acabar exiliado y abandonado por los suyos.

La artista Almudena Cuesta puso la guinda a esta historia cocinada a fuego lento con sendas ilustraciones. Un viaje inolvidable por uno de los episodios más memorables de la historia del Mediterráneo: las guerras púnicas, y el final del sueño de Cartago.

Aníbal fue un general y estadista cartaginés del siglo III a.C. Fue uno de los estrategas más destacados de la Antigüedad. Amplió las conquistas de Amílcar, su padre, en la península Ibérica y condujo sus ejércitos a través de los Alpes para invadir los territorios itálicos.

Durante la   segunda guerra púnica, debido a las derrotas que infligió a la república romana, estuvo a punto de cambiar los destinos del mundo. Murió derrotado sin poder llevar a cabo el propósito que había animado toda su vida: vencer a Roma y recuperar para Cartago el dominio del Mediterráneo.

Datos de la vida de Aníbal

  • 221 a.C. Aníbal es designado jefe del ejército cartaginés en España.
  • 219-218 a.C. Tras la toma de Sagunto, cruza los Alpes e invade Italia.
  • 216 a.C. Después de vencer a los romanos en Trebia y Trasimeno, obtiene la gran victoria de Cannas.
  • 202 a.C. Es derrotado en Zama por Escipión el Africano.
  • 183 a.C. Se suicida en Bitinia.

Han-Baal o Aníbal, nombre púnico que significa Don de Baalnació en el 247 a.C. en la gran metrópoli africana donde se fundían todas las razas y estirpes mediterráneas: Cartago.

Fue el hijo primogénito de Amílcar Barca, el gran capitán cartaginés que emprendió la conquista de España después de ser derrotado por los romanos en la primera guerra púnica.

La familia Barca, pese a pertenecer a la nobleza —descendía de la reina Dido, fundadora de Cartago—, estaba apoyada en el Senado por el partido popular y era acérrima defensora de la guerra contra Roma.

Por eso Amílcar educó a sus hijos, los «cachorros de león» —a Aníbal le seguían Asdrúbal y Magón—, en los peligros de la guerra y el aborrecimiento a los romanos.

Aníbal tenía sólo nueve años cuando su padre quiso que le acompañara a España para que aprendiera el oficio de estratega, y le hizo jurar con él odio eterno a Roma. En tierras hispánicas transcurrió su primera juventud, hizo sus primeras armas y recibió una amplia educación.

Después de la muerte del sucesor de Amílcar, Asdrúbal Janto, el fundador de Cartagena, Aníbal fue elegido general del ejército y gobernador de España. Tenía entonces veintiséis años, época en que se casó con Himilce, una princesa española que le daría su único hijo, Aspar.

Pese a la reticencia del Senado cartaginés, poco favorable a sus designios y nada generoso en hombres y dinero, el joven general se propuso terminar la obra truncada de su padre y aniquilar Roma.

Primero debió consolidar el dominio púnico al sur del Ebro, conquistando varias tribus: dominó a los olcades, cruzó el Tajo, subyugó a los vacceos y en el 219 sitió a Sagunto, ciudad aliada de Roma, cuya toma, después de una heroica resistencia significó el inicio de la segunda guerra púnica.

Animado por la esperanza de aliarse con los pueblos que encontrara a su paso, Aníbal decidió conducir su ejército a través de una ruta terrestre. Al frente de sus mercenarios ibéricos y norteafricanos —pertenecían a doce naciones y hablaban nueve lenguas diferentes—, cruzó los Pirineos, en donde se le unieron los emisarios galos que lo guiarían por las montañas alpinas.

Con sus 90.000 hombres, 12.000 jinetes y 40 elefantes, empleó 36 días en cruzar los Alpes, una de las marchas militares más célebres de todos los tiempos, que los historiadores describieron en tonos legendarios: las emboscadas de los montañeses, la falta de pasto en las cumbres y sobre todo la nieve que escondía el camino y hacía despeñar hombres y caballerías.

Ya en la península itálica, en su marcha por las pantanosas llanuras del centro, con un ejército diezmado y desmoralizado, Aníbal perdió un ojo y el único elefante que había sobrevivido. Aun así logró rehacer sus huestes y, tras vencer a los romanos en Trebia y Trasimeno, en el 216 los derrotó ampliamente en Cannas, pese a la inferioridad numérica de sus hombres.

Pero Aníbal no supo aprovechar la victoria: como el Senado le seguía negando refuerzos, decidió no atacar Roma y retirarse a Capua. Su causa había empezado a naufragar, las alianzas que esperaba no llegaban y su hermano Asdrúbal, que iba a socorrerlo con 50.000 hombres, murió derrotado. Entonces dio por perdida la empresa y volvió a Cartago después de treinta y seis años de ausencia.

Allí trató de negociar una paz honrosa con los romanos, pero fue vencido en Zama por Escipión el Africano en el 202, y el tratado que puso fin a la guerra fue muy oneroso para los cartagineses.
Durante los últimos años de su vida, Aníbal demostró que era un estadista tan notable como genio militar.

En su cargo de sufeta («magistrado»), reorganizó la hacienda y la recuperación de su ciudad. Pero Roma exigió su cabeza y se vio obligado a huir, primero a Siria, a la corte del rey Antíoco, y por último a Bitinia, donde ayudó al rey Prusias.

Ante las fuertes presiones de los romanos, y temiendo ser entregado por el débil Prusias, el gran cartaginés se suicidó con el veneno que, según Tito Livio, llevaba oculto en el cañón de su pluma. Tenía sesenta y cuatro años, y antes de ingerirlo, cuentan los historiadores, dijo estas palabras: «Libertemos a Roma de sus temores, puesto que no sabe esperar la muerte de un viejo».

Corría el año 183. Cuatro décadas más tarde, su patria era atacada y arrasada por las legiones romanas. Las hogueras ardieron durante semanas y se echó sal sobre las cenizas para que Cartago no volviera a resurgir.

La microbiología revela el itinerario de aníbal a través de los alpes

Aníbal cruzando los Alpes en un elefante, obra de Nicolas Poussin. El general cartaginés Aníbal se dirigió a Roma con sus tropas, caballos y elefantes de guerra, batió a los romanos en numerosas batallas, pero no llegó a entrar en Roma.

En Historias de Polibio, del siglo II a.C., el historiador griego escribió lo siguiente sobre el avance de Aníbal y su ejército por los Alpes: «Al noveno día llegó a la cima de estos montes, donde acampó y aguardó dos días para dar descanso a los que se habían salvado y esperar a los que se habían quedado atrás». Y respecto a Italia dice lo siguiente: «Está pues esta región situada de tal modo al pie de los Alpes, que de cualquier parte que se mire parece que la sirven de baluarte estas montañas».

El general cartaginés Aníbal se dirigió a Roma con sus tropas, caballos y elefantes de guerra, batió a los romanos en numerosas batallas, pero no llegó a entrar en Roma y años más tarde cayó derrotado en Zama, en la actual Túnez.

La travesía de los Alpes en el 218 a.C. ha pasado a la historia tanto por la magnitud de la hazaña como por su valor estratégico, pero los historiadores e investigadores no se han puesto de acuerdo sobre cuál fue el itinerario exacto que siguió el intrépido cartaginés por los Alpes.

¿Qué paso eligió? ¿Qué puerto de montaña? Jean-Baptiste Perrin propuso el paso de Clapier en el macizo de Mont-Cenis y Gavin de Beer fue el primero que propuso el paso de Traversette, situado a unos 3.000 metros de altura.

Un equipo de investigadores, dirigido por Bill Mahaney, de la Universidad de York (Toronto), ha publicado recientemente un artículo en Archaeometry que reafirma la tesis de Gavin de Beer.

«Mediante una combinación de análisis metagenómicos microbianos, química ambiental, investigación geomórfica y pedológica, análisis polínicos y otras técnicas geofísicas, los investigadores han demostrado que hubo una deposición animal masiva cerca del paso de Traversette que puede ser fechada aproximadamente en el año 218 a.C.», explica la Universidad Queen’s de Belfast, que también participa en la investigación, en un comunicado. Los especialistas se refieren, claro está, a grandes cantidades de excrementos animales procedentes de la caballería, que probablemente se alimentó y bebió al hacer un alto en el camino.

Los excrementos lógicamente desaparecieron al poco tiempo, pero dejaron una huella invisible sobre el terreno que han podido detectar los microbiólogos. «La deposición se extiende dentro de una masa batida de fango aluvial de un metro de grueso, producida por el constante movimiento de miles de animales y humanos.

Más del setenta por ciento de los microbios que hay en el estiércol de caballo proceden de los clostridia, una clase de bacterias que son muy estables en el suelo y que sobreviven miles de años. Hemos hallado evidencias científicas y significativas de estos mismos bichos en una firma genética microbiana que data precisamente de la época de la invasión púnica», afirma Chris Allen, microbiólogo de la la Universidad Queen’s de Belfast.

La batalla de zama, el fin del imperio cartaginés

Batalla de Zama

A finales del siglo III a.C., Roma libró uno de los conflictos más importantes de su historia: la Segunda Guerra Púnica, que la enfrentó a la metrópoli africana de Cartago. La lucha, iniciada en el 218 a.C. a raíz del dominio sobre Hispania, se extendió rápidamente a un gran número de escenarios incluyendo la propia península Itálica; y a lo largo de los años se convirtió en un tremendo esfuerzo bélico que pesaba sobre ambas potencias, sin que ninguna diese su brazo a torcer.

– La mejor defensa es un buen ataque

En el 205 a.C. Publio Cornelio Escipión, el general romano que había asegurado el control de Hispania, fue elegido cónsul.

Esto le dio la autoridad para proponer un atrevido plan con el que pensaba terminar definitivamente la guerra: así como Aníbal, el comandante cartaginés, había puesto a los romanos contra las cuerdas al llevar la batalla a Italia, ahora le pagarían con la misma moneda y atacarían directamente la ciudad de Cartago.

La propuesta era arriesgada ya que implicaba desplazar el grueso del ejército a África, dejando casi desprotegida Roma, y se basaba en la suposición de que Aníbal se retiraría para acudir en defensa de su ciudad.

El Senado inicialmente se opuso a ello y a Escipión se le permitió solamente reclutar voluntarios y mercenarios para lanzar una campaña en África, pero las victorias que obtuvo y sobre todo el botín que periódicamente enviaba a Roma hicieron incrementar cada vez más las fuerzas a su disposición.

Paralelamente entabló negociaciones con algunos de los aliados de los cartagineses, prometiéndoles beneficios si cambiaban de bando. El mayor éxito fue reclutar para su causa a Masinisa, príncipe de Numidia (en la actual Mauritania), apoyándole en sus pretensiones al trono a cambio del apoyo de su caballería en la guerra contra Cartago, una ayuda que se revelaría como decisiva.

La apuesta de Escipión le había salido bien: ante las victorias de los romanos en suelo africano Cartago llamó de vuelta a Aníbal, alejando el peligro de Italia. Ahora todo lo que le quedaba por hacer al cónsul era vencer a su adversario en su propio terreno.

El 19 de octubre del 202 a.C., los dos grandes generales que habían protagonizado la guerra se encontraron frente a frente en Zama, en las proximidades de Cartago (cerca de la actual Túnez) para librar la batalla que decidiría el conflicto de una vez por todas.

– Duelo de estrategia

Los refuerzos que Escipión había obtenido y el apoyo parcial de la caballería númida -parte de la cual no cambió de bando y siguió combatiendo para Cartago- ni siquiera bastaban para equilibrar las fuerzas: los números de los cartagineses eran superiores y además contaban aún con unos 80 elefantes de guerra, que habían sido una de sus mejores armas a lo largo del conflicto.

Aníbal situó a los paquidermos al frente de la formación con la intención de desbaratar las líneas romanas, formadas por tres líneas de infantería en el centro y dos alas de caballería -una númida y una itálica-. Muy parecida era la formación de los cartagineses, pero más compacta en las filas de la infantería.

La intención de ambos comandantes era llevar a cabo una maniobra desde los flancos para rodear las filas enemigas, algo que el general cartaginés esperaba conseguir rompiendo primero la formación romana con sus elefantes.

Sin embargo, a lo largo de la guerra los romanos ya habían aprendido el mayor punto débil de aquellas enormes bestias de guerra: si entraban en pánico se convertían en un peligro para su propio bando. Por ello, nada más empezar el combate hicieron sonar las trompetas para asustar a los animales, a los que luego la infantería ligera atacó con jabalinas y piedras.

Como había previsto Escipión, los elefantes intentaron huir, primero desde los flancos -sembrando el caos entre la caballería de los cartagineses- y luego a través de las líneas romanas: el cónsul había dispuesto la infantería en diversas unidades separadas en vez de una fila compacta, dejando un espacio por el que los paquidermos pudieron escapar sin llevarse por delante a los romanos.

La caballería romana aprovechó entonces el caos para hostigar a las dos alas de caballería enemiga, que se batieron en retirada dejando a la infantería sola en el corazón del campo de batalla. En ese punto los cartagineses aún conservaban la ventaja numérica y, además, su formación más compacta que la romana les facilitaba la maniobra envolvente.

Pero las tornas cambiaron cuando los caballeros romanos, habiendo puesto en fuga a sus adversarios, dieron media vuelta y atacaron la formación cartaginesa desde la retaguardia, rodeando a la infantería y determinando el resultado de la batalla.

– El fin de una potencia

Los números de la batalla hablan por sí mismos: mientras los romanos habían sufrido alrededor de 4.000 bajas, los cartagineses contabilizaron unos 24.000 muertos y 10.000 prisioneros.

Aníbal logró salvarse y escapar del campo de batalla, pero su suerte estaba escrita: no solo había perdido a casi todo su ejército, sino que la humillante derrota destruyó en un solo encuentro todo el prestigio que había ganado a lo largo de la guerra y la confianza del gobierno de su ciudad.

El 29 de octubre, Escipión recibió a la delegación cartaginesa para establecer las condiciones de paz que, dada la situación, Roma podía imponer a su gusto.

Y así fue: Cartago fue obligada a renunciar a su estado de potencia mediterránea y convertirse de facto en cliente de Roma, teniendo que reducir su maquinaria de guerra al mínimo indispensable para una escasa defensa propia.

Su flota quedaba reducida a diez trirremes, debía entregar todos los elefantes de guerra y se le prohibía enrolar mercenarios o entrar en guerra sin el consentimiento de Roma. Además, aceptaba la pérdida de Hispania y debía pagar una desorbitada indemnización de guerra en los próximos cincuenta años.

Aníbal sintió en sus carnes todo el peso de su fracaso: primero fue relegado a un cargo menor y en el 195 a.C. partió hacia el exilio en Oriente.

Durante años vagó de un reino a otro como asesor militar, pero no pudo establecerse en ninguno, ya que Roma no tardaba en presionar a sus anfitriones para que lo entregasen. Cansado de aquella huida perpetua, en invierno del 183 a.C. decidió suicidarse con un veneno que, según la leyenda, había llevado durante años dentro de un anillo para morir por su propia mano.

– Las consecuencias de la guerra

Anibal y Escipión

El sometimiento de la gran potencia rival debería haber sido acogido de forma triunfal en Roma y, de hecho, Escipión recibió el cognomen honorífico de Africano por su empresa.

Sin embargo el precio de la guerra había sido muy alto también para Roma: a su paso por Italia Aníbal había devastado gran parte de la península, causando un daño tremendo a la agricultura y al comercio, el gasto económico había secado las arcas del estado y el esfuerzo bélico en términos humanos había diezmado la clase media romana.

Contra todo pronóstico, ese no fue el fin de Cartago. Aun privada de su condición de metrópolis, la ciudad continuó prosperando gracias al comercio. Cuando en el 152 a.C. una delegación romana visitó la ciudad, Catón el Viejo quedó sorprendido a la par que asustado: aquel viaje lo convenció de que Roma no estaría a salvo mientras su vieja rival existiera.

Desde entonces tomó la costumbre de terminar todos sus discursos, hablara de lo que hablase, con la frase: “Y además de esto, opino que Cartago debe ser destruida”. Y aunque llevó unos años, al final le hicieron caso.

nuestras charlas nocturnas.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.