actualidad, opinion, variedades.

Galileo Galilei (Un científico fuera de tiempo) y la carta perdida de Galileo que cuestiona lo heroico que fue su desafío contra la Iglesia católica…


Joseph-Nicolas Robert-Fleury; Galileo frente al Santo Oficio, 1847 (detalle)

Meer(J.J.Antillón)/BBC News Mundo  —  En estos días en que el último y más valioso telescopio espacial llamado James Webb, puesto por los Estados Unidos en los cielos, está mostrando el universo en sus profundidades, nos acordamos de que Galileo, hace casi quinientos años, inició el estudio científico del cosmos empleando un instrumento, por eso se le considera el padre de la astronomía.

Nació en Pisa, Italia, en el seno de una familia con cierta nobleza, en febrero de 1564. Falleció en enero de 1642. Su padre era músico y matemático, pero para vivir se dedicaba al comercio. Galileo tuvo dos hijas y un hijo con una mujer de Venecia con la que nunca convivió.

Con ayuda de su padre estudió filosofía y matemáticas en la Universidad de Pisa; logró posteriormente puestos de profesor en esos campos. Se le considera matemático, físico, astrónomo, ingeniero y filósofo.

El primer telescopio con el que se vieron las estrellas más allá de la simple vista fue construido por Hans Lippershey un fabricante de lentes en Holanda por esos años.

Galileo, con la información que obtuvo de parte de un amigo de cómo se había construido el mismo (no sabemos si compro uno), lo mejoró ampliamente y comenzó por ver y describir las estrellas de la constelación de Orión y señaló que las estrellas que se ven a simple vista, en realidad son cúmulos de galaxias.

Vio los cuatro satélites de Júpiter, que llamó mediceos, y las manchas de la Luna del Sol. Además, al examinar el universo se convenció que Copérnico tenía razón al proponer su sistema heliocéntrico, en contra del geocéntrico de Ptolomeo, que se basaba en los conocimientos aristotélicos, apoyados por los seguidores de San Agustín y Santo Tomás. Por esa razón los jesuitas y los dominicos lo acusaron de herejía.

Fue llevado ante el tribunal de la Inquisición en el siglo XVI, y condenado ya que se le atribuía el doble crimen de sostener que la Tierra giraba alrededor del Sol, teoría esbozada un siglo antes por Copérnico y Kepler, y que él había confirmado, y por añadidura agregarle que, además, giraba sobre su eje.

Se salvó de no ir a la hoguera renegando públicamente de sus teorías, aunque posteriormente sus publicaciones lo reivindicaron. Estas eran, El diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, el ptolomeico y el copernicano; donde hizo un diagrama del sistema heliocéntrico con el Sol en el centro y la Tierra y los planetas girando alrededor de él en año 1632.

Además, Principios sobre la mecánica, y Discursos sobre las nuevas ciencias. Por cierto, el primer telescopio que construyó lo vendió en mil florines en 1609 al gobierno de Venecia, cuando mostró que con él se podían ver los barcos de lejos, una o dos horas antes de poder ser observados a simple vista, ventaja estratégica para la guerra marítima.

En 1633 fue condenado a prisión con cadena perpetua, pero su amigo el papa, lo salvó cambiando la sentencia por arresto domiciliario permanente.

Es considerado el primer gran científico moderno porque descubrió el principio del péndulo, perfeccionando el mecanismo empleado en los relojes de la época. Inventó un termómetro.

Postuló una teoría extraordinaria para su época, en ella afirmaba que todos los cuerpos caen a una misma velocidad con independencia de su peso, siempre y cuando se encuentren en el vacío y libres de cualquier tipo de presión (en esa época no se conocía la falta de gravedad). Señalo que los proyectiles de los cañones describen una parábola.

Sentó las bases de la ciencia de la dinámica y formuló el principio de la objetividad de la ciencia, según el cual los científicos debían prescindir de las experiencias subjetivas para investigar haciendo sus propias observaciones directas, llevando a cabo experimentaciones y haciendo incluso especulaciones previas a la comprobación.

En su tiempo existía la idea religiosa de que el hombre era un ser privilegiado y por voluntad divina puesto en la Tierra, la que debía ser considerada el centro del universo pues era la obra más grande hecha por Dios y por eso se señalaba que el Sol, los planetas y las estrellas habían sido puestos a girar en torno al hogar del hombre, la Tierra.

Por esa razón, suponer lo contrario era dudar de la sabiduría divina, aunque la tesis de Galileo era un planteamiento científico, no religioso o teológico. Algunos señalan que este astrónomo era muy arrogante y creído y no admitía que dudaran de él.

Nunca hizo caso a Kepler sobre las órbitas elípticas de los planetas y tuvo que reconocerlo tiempo después. Pero, además, él en la primera convocatoria a Roma para que respondiera a las acusaciones que le hacían los dominicos al Santo Oficio, se comportó beligerante y polemista y eso disgustó a los religiosos y nunca se lo perdonaron.

El papa Pablo V condenó el heliocentrismo en 1616 y ordenó requisar todos los ejemplares del libro De revolutionibus de Copérnico, Galileo pensó que a él le permitirían apoyarlo debido a tener el suficiente prestigio y experimentos que lo probaban, pero se equivocó, no aceptaron sus explicaciones; de hecho, el papa siguiente, Urbano VIII, amigo de él, pensaba entonces que el sistema copernicano no era herético, sino una conjetura temeraria lo que le hizo pensar que aceptaría su tesis.

Fue nuevamente denunciado al Santo Oficio en 1625, porque su teoría de que la materia estaba compuesta de partículas invisibles o átomos socavaba el principio de la transustanciación, un hecho de fe.

El atomismo ponía en duda que, en la eucaristía, la sustancia del pan y el vino, se convertían en el cuerpo y la sangre de Cristo, ya que él afirmaba qué el vino permanecía inalterado en sus características de textura, color, sabor o gusto.

Logró que lo perdonaran porque el cardenal Francesco, sobrino del papa, era muy amigo y era miembro de la Inquisición con lo que evitó que la denuncia siguiera adelante.

Galileo hizo un señalamiento muy importante en el juicio que se le siguió sobre la libertad de investigación pues defendió el principio de que tanto el poder como la autoridad, incluida la Iglesia, no debían interferir en las investigaciones realizadas por la ciencia, que en el fondo lo que buscaba era el esclarecimiento de la verdad última.

Esta era una afirmación de Galileo en favor de la libertad de investigación y de la búsqueda del conocimiento. Con el tiempo sería reconocida y tendría consecuencias enormes en la vida científica de la Europa de los siglos posteriores.

Sin embargo, aún siglos después, algunos gobiernos y la Iglesia continuaron oponiéndose a la libertad de la investigación. Él trató de mostrar que la verdad de la Biblia no era incompatible con el sistema copernicano, insistía en que, en la Biblia, Dios no quiere revelarnos las verdades astronómicas, sino que usó un lenguaje que podía ser comprendido por aquellos a los que hablaba.

Él pensó que lo entenderían, pero fracasó y muy enfermo, fue conminado a no volver a hablar del tema. El 22 de junio de 1633, de rodillas sufrió la humillación de verse forzado a renegar de la teoría copernicana.

La leyenda dice que se rebeló y murmuró suavemente: Eppur si mueve («y sin embargo se mueve»), refiriéndose a la Tierra, pero eso es falso; era así en su íntima convicción, pero él estaba aterrado y hubiera sido imprudente expresarla, ya que en lugar de arresto domiciliario lo hubieran enviado a la cárcel.

Él consideraba que entre las verdades religiosas y las científicas surge una aparente contradicción, el hombre no debe partir de la posición de Santo Tomás de que la ciencia está equivocada, sino más bien aceptar los resultados de la ciencia, con la reserva de considerar con cuidado los textos sagrados en los que se apoyan los dogmas, ya que es inútil querer conocer la naturaleza a través de las sagradas escrituras.

Pero, como señalamos, no logró inducir a la Iglesia a reconocer la libertad de la ciencia y, lo que es peor, a los científicos de esos tiempos no les quedó otro camino que el de evitar cualquier debate con la autoridad eclesiástica, como fue el caso de Descartes, que modificó su publicación al saber de la condena de Galileo.

En todo caso, Galileo expresó el más franco y absoluto reconocimiento del valor de la ciencia y de su autonomía frente a la religión.

Se le considera como el primero en insistir en el carácter preferentemente empírico de la investigación, aunque señalaba la necesidad del uso de las matemáticas que deben ser el instrumento eficaz en todas las investigaciones fenomenológicas, porque el gran libro de la naturaleza fue escrito por Dios justamente en términos matemáticos.

El primer paso en una investigación es medir lo más exactamente posible los fenómenos a estudiar. En segundo lugar, formular una hipótesis con carácter matemático lo más simple posible. Y, en tercer lugar, verificar o probar lo pensado sobre la realidad empírica, si esta es positiva, la hipótesis es verdadera, aunque no siempre la naturaleza está en condiciones de darnos espontáneamente el medio para realizar la deseada verificación.

Siempre ha intrigado por qué Galileo fracasó en demostrar a los jesuitas astrónomos de la Iglesia el movimiento de los astros cuando los invitó a ver con su telescopio el universo (el mejor que existía en ese momento, aunque él no lo había inventado, sí lo había perfeccionado), que las lunas de Júpiter giraban alrededor de ese planeta como él lo había observado.

Lamentablemente ellos no vieron nada.

La razón es muy sencilla; ellos no tenían conocimiento del cosmos ni experiencia para valorar o entender lo que les mostraba.

Además, no querían ver, ya que eso hubiera sido reconocer que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés, tesis sostenida como dogma de fe por la Iglesia católica y era además una interpretación del Antiguo Testamento.

Extraña por qué la Iglesia católica tardó tanto en reconocer que se había equivocado respecto a Galileo, si en 1757, el papa Benedicto XIV anuló el decreto contra Copérnico, 141 años después de que el Santo Oficio lo condenara.

Sin embargo, en el año 1893 el papa León III, en su encíclica Providentissimus Deus, reconoció la validez de sus teorías, en lo que respecta a la relación entre la ciencia y las escrituras.

En todo caso el cardenal Ratzinger en 1990 insistió en que la condena era lo correcto a pesar de que científicamente se había probado que Galileo tenía razón.

En el año 1992 el papa Juan Pablo II, públicamente señalaba que la Iglesia lo había rehabilitado. Algo que no fue muy aceptado, ya que el error era de la Iglesia y no de Galileo.

En el año 2009, dentro de la celebración de Año internacional de la Astronomía, la Santa Sede organizó un Congreso Internacional sobre Galileo, donde se dijeron todas las verdades científicas.

Cuando le preguntaron si creía en Dios, respondió que sí, pero que no era un buen cristiano, pues no se confesaba ni asistía a misa y, además, estaba el asunto de su querida y los hijos fuera del matrimonio.

La realidad es que sus conocimientos iniciaron «la primera revolución científica», proceso que posteriormente Newton, Darwin y Einstein entre otros, continuaron y gracias a los descubrimientos de todos nos explicamos ahora no solo cómo son las cosas, sino por qué suceden. Con ello nos ha sido posible ir comprendiendo mejor los hechos de la naturaleza y la extraordinaria y a la vez modesta posición del hombre en el universo.

Todavía en el año 2003, la Iglesia católica trata de minimizar su error al publicar la Congregación para la Doctrina de la Fe presidida por el cardenal Ratzinger un documento titulado «La Inquisición nunca persiguió a Galileo», con ello, incurrió en una flagrante tergiversación de lo que en realidad sucedió.

En el año 2008, siendo ya Joseph Ratzinger papa, debía inaugurar el curso académico de la Universidad La Sapienza, pero no lo pudo hacer porque la mayoría de los alumnos y profesores lo declararon persona non grata debido a su posición en contra de Galileo.

La carta perdida de Galileo que cuestiona lo heroico que fue su desafío contra la Iglesia católica

Grabado del juicio de la Inquisición contra Galileo

Muchos historiadores y expertos escogen como el momento más emblemático de la guerra entre la religión y la ciencia o de la fe versus el intelecto el enfrentamiento que el astrónomo, físico e ingeniero Galileo Galilei tuvo con la Iglesia Católica en el siglo XVII.

El gran científico italiano postuló que el Sol -y no la Tierra, como dice la Biblia- era el centro del Universo. En 1633 fue enjuiciado como hereje por la Inquisición, que le obligó a retractarse de sus ideas.

Galileo pasó el resto de sus días en prisión domiciliaria y es considerado por muchos casi como un mártir de la ciencia al enfrentarse a la implacable doctrina religiosa.

Sin embargo, esa impresión del resuelto y recto hombre ilustrado oprimido por una supersticiosa y recalcitrante institución religiosa está siendo desafiada por el descubrimiento, en agosto de 2018, de una carta escrita por el propio Galileo.

Salvatore Ricciardo, un estudiante italiano de post doctorado de la Universidad de Bergamo, se encontraba en la Royal Society en Londres investigando documentos escritos por Galileo cuando descubrió una carta «perdida» del famoso astrónomo que arroja una nueva perspectiva a cómo desafió realmente a la Iglesia.

La carta pone en duda la leyenda de un científico de principios comprometido con la razón y la verdad enfrentado a la ceguera y matonería de una Iglesia aferrada a la superstición y las Sagradas Escrituras.

Mas bien, apuntaba a todo lo contrario.

Parece que Galileo era un personaje un tanto escurridizo, obstinado y tendente a una vanidad que le metió en problemas. La carta también pone en entredicho la idea generalizada de una eterna guerra entre la ciencia y la religión.

Por ello, parece que hay cuestiones de personalidad y contexto que plantean una situación mucho más complicada. Veamos por qué.

– La nueva cosmovisión

En 1610, Galileo publicó su libro «El Mensajero Celestial» con observaciones que desafiaron la cosmovisión tradicional mantenida por la Iglesia católica de que todos los cuerpos celestiales giraban en torno a la Tierra, conocida como geocentrismo.

La propuesta de Galileo apuntaba a que era el Sol -y no la Tierra- el que se encontraba en el centro del universo y que los planetas y las estrellas giraban en torno a él. La teoría, conocida hoy como heliocentrismo, había sido propuesta casi 100 años antes por el astrónomo polaco Nicolás Copérnico.

Galileo basó mucho de su trabajo en las teorías del astrónomo polaco Nicolás Copérnico.

Esa visión del cosmos siempre había sido controvertida porque parecía contradecir lo que decía la Biblia, pero la Iglesia no objetó mucho contra esa idea siempre y cuando, según los teólogos, se mantuviera como una descripción puramente matemática para facilitar los cálculos astronómicos.

Al comienzo, la Iglesia pareció satisfecha con los descubrimientos de Galileo. Cuando el astrónomo fue a Roma en 1611, fue recibido calurosamente e incluso tuvo el exclusivo honor de tener una audiencia con el Papa.

Fueron algunos profesores en Roma, no los clérigos, quienes se disgustaron con estas teorías que contradecían el tradicional geocentrismo. Otros empezaron a sentir celos de toda la atención que estaba recibiendo. Galileo, quien nunca fue la persona más diplomática, tendía a burlarse de los que no opinaban como él.

– La carta «perdida»

Uno de los pupilos preferidos de Galileo de nombre Castelli, a quien el científico ayudó a conseguir un cupo en la Universidad de Pisa, casi se metió en problemas por plantear la teoría copernicana frente a unos indignados nobles.

Ante esto, Galileo decidió escribirle una carta a su antiguo estudiante, exponiéndole sus propios pensamientos para que Castelli se pudiera defender.

Esa carta a Castelli, enviada en diciembre de 1613, es uno de los textos clave en el debate de cómo se relacionan la ciencia y la religiónLo que finalmente pasó con esa carta apunta a un lado un poco más oscuro del famoso astrónomo.

Galileo, un católico devoto, escribió que la ciencia y la religión no tenían por qué entrar en conflicto porque la Biblia nunca estuvo destinada a ser un libro sobre filosofía natural que explicase cómo funciona el mundo.

«Las Sagradas Escrituras no pueden errar, pero sí sus intérpretes, especialmente si siempre se basan en el significado literal de las palabras», dijo en confidencia a su pupilo.

Explicó que tanto la ciencia como las Sagradas Escrituras son verdades y nunca se pueden contradecir. No obstante, es menester de los intérpretes de la Biblia encontrar el significado de las palabras que mantengan esas verdades en concordancia.

La teoría heliocéntrica de Galileo creó malestar entre algunos clérigos en Roma.

Esa parecería, hoy en día, una postura eminentemente sensata para alguien que cree en Dios y en la Biblia pero al tiempo también en el poder de la razón, la observación y las matemáticas para explicar el mundo físico. No obstante, esas palabras eran peligrosas pues eran algo así como decirle a los teólogos cómo debían hacer las cosas.

Desafortunadamente para Galileo, una copia de esa carta a Castelli llegó a las manos de las autoridades eclesiásticas de Roma que, tras examinarla con desaprobación, la enviaron a la Inquisición de Florencia.

Al saber de esto, Galileo le rogó a Castelli que le devolviera la carta original. Hizo una versión de esta que envió a su amigo Piero Dini, un clérigo en Roma, sugiriéndole que la copia que fue enviada a la Inquisición pudo haber sido alterada por sus enemigos para hacerlo quedar mal. Los acusó de «malvados», «ignorantes» y «fraudulentos».

Le aseguró a Dini que la versión que le había enviado contenía lo que realmente había querido decir. Pero ¿fue aquello verdad?

Muchas copias de la carta a Dini sobreviven, pero lo que los historiadores siempre han buscado es la carta original a Castelli para poder compararla.

Y se consideraba perdida… hasta que Salvatore Ricciardo la descubrió entre los documentos que analizaba en la Royal Society en Londres el año pasado.

– Borrones, tachones y revisiones

La recién descubierta carta tenía muchos tachones, mostrando que Galileo había hecho muchas revisiones. Algunas alteran el texto original para suavizar su desafío a las autoridades religiosas.

Aquí se puede ver a Galileo preparando una versión nueva y más moderada de la carta para presentar como si fuera la original.

Carta de Galileo Galilei (1564-1642) a Benedetto Castelli, del 21 de diciembre de 1613.

La nueva versión de la carta de Galileo.

La carta es una de las primeras defensas que se hacen de la libertad de la ciencia frente a la interferencia ideológica. La insistencia de Galileo de que a la ciencia se le debería permitir llegar a sus propias conclusiones sobre el mundo físico sin que sean restringidas ni proscritas por las Sagradas Escrituras es elocuente e importante.

Pero ¿cómo deberíamos tomas ese argumento sabiendo que sus palabras también estaban diseñadas para engañar?

Paula Findlen, historiadora de ciencia de la estadounidense Universidad de Stanford y experta en el mundo científico de la Italia renacentista, explicó a la BBC lo que Galileo intentaba comunicar en ese documento.

A su juicio, trató de argumentar lo que se conoce como libertas philosophandi,es decir,la libertad de pensar como filósofo sin tener que ser siempre interpretado a través del lente de la Fe.

«Es una idea que precede a Galileo pero que se vuelve cada vez más importante en su época», señala Findlen. «Parte de lo que pide es espacio para pensar y no ser inmediatamente juzgado con un estándar, cuando en realidad puede estar hablando de otra cosa».

Eso suena como un argumento importante y noble: libertad para que la ciencia pueda progresar.

Esa es una de las razones por las que Galileo es tan venerado hasta hoy día por muchos científicos, indica Findlen, Pero, por otro lado, con el descubrimiento de la carta original lo sorprendemos alterando su verdad y tratando de hacer pasar esa alteración como su pensamiento real.

Fiendlen apunta a la ediciones que hizo en la carta original. «Tacha una y otra vez la palabra ‘literal’, el significado literal». Primero sostiene un argumento fuerte, pero luego se da cuenta del problema que le puede representar cuando eso llega ante los ojos de las autoridades en Roma, así que quiere «controlar el mensaje» y empieza a enviar versiones editadas alegando que esas son las «versiones correctas».

«Lo agarramos en el acto y eso nos hace dudar sobre su personalidad. ¿Era más un pragmatista queriendo salvar su propio pellejo?», se pregunta Findlen.

Pareciera que Galileo resulta no ser una persona tan noble. Pero su humanidad es un relejo del mundo y la condición humana en general

«Hasta cierto punto refleja muy bien nuestro mundo actual de noticias falsas. ¿Qué versión de lo que nos llega es realmente la verdadera?», dice la académica.

– Obstinación y juicio

Una de las intenciones de Galileo era evitar que el libro de Copérnico, con sus teorías sobre la revolución de los planetas y la Tierra al rededor del Sol, no fuera a parar en el Índice de libros prohibidos por la Inquisición.

No lo logró y él mismo también fue convocado a Roma, en 1615, donde el inquisidor Roberto Bellarmin le advierte en privado que no promueva, enseñe o abogue por el heliocentrismo.

Así que Galileo no es condenado entonces, pero si apartado del libro de Copérnico que era la base de su propio trabajo, lo cual retrasó sus investigaciones.

A pesar de eso, en 1632, Galileo publicó su gran obra en la que argumentó que la Tierra giraba alrededor de un Sol estático, como centro de todas las cosas.

La obra fue presentada en la forma de un diálogo entre tres personas imaginarias. Una de ellas, llamada Simplicio, es un viejo tonto que defiende el antiguo modelo geocéntrico del cosmos. Para muchos, el personaje era una caricatura del Papa.

Eso selló su suerte. En 1633 enfrentó un juicio de la Inquisición y fue forzado a retractarse de sus teorías. Terminó el resto de sus días en cárcel domiciliaria en su villa en Arcetri, cerca de Florencia.

– Un conflicto reciente

El asunto de Galileo frecuentemente es visto como un ejemplo de cómo la ciencia y la religión están en guerra perpetua. Es decir, que la ciencia -como hizo Galileo- busca las verdades fundamentales que se puedan probar a través de la observación, mientras que la religión se aferra a afirmaciones improbables basadas en las escrituras. Y cuando entran en conflicto, la Iglesia se pone firme.

Pero eso no siempre fue así, según Mary Jane Rubenstein, profesora de religión en la Universidad Weselyan de Connecticut, EE.UU.

«La idea de que la religión es en realidad una opositora retrógrada, autoritaria e irracional de la ciencia realmente viene de finales del siglo XIX», le dijo a la BBC.

Dos libros, uno escrito por un estadounidense y otro por un británico, parecen estar planteando el argumento de que la ciencia y la religión han estado en conflicto desde siempre. Lo que realmente postulaban era la diferencia entre un protestantismo clásico secular y un supuesto «anti intelectualismo» católico.

«Realmente era la batalla entre el catolicismo y el protestantismo transferida a un conflicto entre lo secular y lo religioso», opinó la experta.

«Ciertamente «El origen de las especies» de Darwin creó una fisura entre la ciencia y la religión, pero había muchos sacerdotes, teólogos y pensadores cristianos que tenían opiniones muy diversas al respecto», agregó.

La verdadera división sucedió en los años 1920, en el sur de EE.UU., con el famoso Juicio de Scopes, en el que fundamentalistas buscaron prohibir que se enseñara la teoría de la evolución en las escuelas.

Juicio a John Thomas Skopes

John Thomas Skopes fue enjuiciado en el estado de Tennessee, en 1925, por enseñar la teoría de la evolución en la escuela.

Rubenstein dice que ese es un punto de ignición. Hay muchos ejemplos donde la ciencia y la religión se apartan pero también se reconcilian, dependiendo de qué religión se esté hablando.

Están, por ejemplo, los conflictos entre los activistas nativos de Hawái que se oponen a la construcción de otro telescopio en uno de sus montes sagrados. «Ese es un conflicto entre religión y ciencia», indica. «Pero hay fantásticas consonancias y resonancias entre el budismo tibetano y la neurociencia y la mecánica cuántica».

– Legado

El legado del conflicto de Galileo con la Iglesia se ve primordialmente en el fundamentalismo cristiano en EE.UU. con temas del cambio climático, aborto, tecnologías reproductivas, homosexualidad y cirugías para reasignación de género, aseguró Rubenstein.

En su opinión, esas ideologías conservadoras no tiene problemas en otras áreas de la ciencia moderna como la medicina, la exploración espacial o la ingeniería. «Nadie se está oponiendo a los teléfonos celulares. La mayoría del tiempo la ciencia y la religión se la están llevando bien», indica.

«Pienso que lo que Galileo decía no era tanto que la religión no tenga cartas en el asunto del mundo físico, sino que las Escrituras Sagradas no las tienen», sostiene Rubenstein.

Resalta que. en la carta a Castelli, Galileo dice que si las escrituras hubiesen querido hablarnos de la configuración de la naturaleza de los planetas, habrían mencionado a los planetas.

Pero no lo hacen.

«Afortunadamente, Dios no nos da solo las escrituras, Dios también nos da la naturaleza para que la estudiemos como un libro… y para que a través del estudio de la naturaleza podamos aprender más sobre la constitución divina del universo».

Lo ingenioso de Galileo en su carta a Castelli es que, como científico religioso, «abordó astutamente la hermenéutica (interpretación bíblica), y eso es lo que hay que hacer», concluyó la profesora Rubenstein.

Galileo es ampliamente considerado uno de los más grandes científicos de la historia. Ayudó a fijar la idea que la ciencia debe ser puesta a prueba a través de observaciones, experimentos y medidas cuidadosas.

Estuvo en lo cierto en muchas cosas, desde la cosmología de Copérnico hasta otros temas de la física. Pero también se equivocó, y algunas veces sus afirmaciones eran mayores que su evidencia. La carta original a Castelli, que estuvo extraviada durante siglos, nos muestra ahora que no era ajeno a alterar los hechos.

Lo que nos enseña, por supuesto, es que Galileo no fue esa figura heroica construida para ilustrar una guerra entre la ciencia y la religión. Al fin y al cabo, era un ser humano: brillante y atrevido, ambicioso y astuto:la persona precisa para reajustar el universo y nuestro lugar en él.

nuestras charlas nocturnas.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.