Van Gogh, el genio incomprendido que se disparó en el pecho y los girasoles que nunca pudo vender y valen millones…
Auto retrato de Vincent van Gogh de 1887.
El video de la acción de dos activistas ecologistas dio la vuelta al mundo: arrojaron sopa de tomate sobre el cuadro “Los girasoles” de Vincent van Gogh en la National Gallery de Londres.
El grupo Just Stop Oil se atribuyó el hecho en un comunicado. Habían vaciado el contenido de dos latas de sopa de la marca Heinz sobre el lienzo del artista holandés pintado en 1888 que afortunadamente no se perjudicó por la protección de un vidrio.
Las jóvenes que después se embadurnaron con cola y se pegaron contra la pared, fueron identificadas como Phoebe Plummer, de 21 años, y Anna Holland, de 20. Como no podía ser de otra manera, fueron detenidas por daños criminales.
Just Stop Oil exigía que el gobierno británico frene todos los nuevos proyectos de petróleo y gas, pero lo último que se ganaron con esta incomprensible actuación en redes fueron apoyos. Con su magnífica obra y dramática historia de vida, Vincent van Gogh desata pasiones.
La pugna por sus obras
Auvers-sur-Oise, afueras de París, mediodía del 27 de julio de 1890. Vincent Willem van Gogh, al rayo del sol –su luz más amada– termina de pintar el que sería su último cuadro (Tres Raíces), y en las últimas horas de su vida.
Saca, de su valija llena de pinceles y pinturas, un viejo y pequeño revólver (un matagatos), y se dispara en el centro del pecho. La bala, de mínimo calibre, roza una costilla y no llega al destino elegido: el corazón.
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La célebre obra Los Girasoles exhibida en la The National Gallery de Londres
Ensangrentado, se desmaya.
Vuelve a su casa a duras penas. Clama por Theo, su hermano menor y su sostén. Pero éste y un médico recién llegan al otro día. Todo intento es inútil. Muere. Tiene apenas 37 años.
Un siglo después, en una encarnizada subasta, el empresario japonés Ryoei Saito paga por el cuadro Retrato del doctor Gachet, pintado por Vincent en 1890, ¡82,5 millones de dólares! Hasta entonces, la pintura más cara del planeta.

Una imagen del artistas holandés Vincent van Gogh
Se ha desatado la fiebre por van Gogh. Su serie Girasoles desata codicia y pugnas: dos años antes, el segundo de la saga, comprado en 39 millones por una viuda norteamericana, pasa a manos de otro japonés (Yasuo Goto) por 74 redondos…
Su caso no es único en el mundo, pero el iluminado holandés se convierte en paradigma del genio incomprendido en vida y coronado post mortem.
Verdad irrebatible: entre los 25 años y hasta el fin salieron de sus modestos ateliers…, 900 cuadros y 1.600 dibujos. Y una triste leyenda: sólo vendió uno. Le Vigne Rouge (El Viñedo Rojo), de 1888, pintado en Arlés, Provenza francesa, y hoy en el Museo Pushkin de Moscú.

La habitación de Arlés de van Gogh
Leyenda desmentida, pero sin seguridad: su hermano Theo, importante marchand, arriesgó que no fue así, aunque el número no superó los cuatro o cinco, y jamás se conoció el nombre de los compradores.
Otra historia, apócrifa o no, es igualmente sombría. Al parecer, la dueña de una pensión en la que vivió Vincent tomó como pago de deuda uno de sus cuadros…, y lo usó para tapar una rotura en el alambrado de su gallinero.
Hoy monstruo sagrado de la pintura, inclasificable (¿fauvista, impresionista, posimpresionista, expresionista, otros ismos e istas?), de pinceladas feroces y colores furiosos, o apagados y tétricos como Los comedores de papas, o desaforados y apabullantes como La noche estrellada, nacido el 30 de marzo de 1853, fue uno de los seis hijos de un más que humilde pastor protestante holandés.
Según Vincent, «mi juventud fue triste, fría y estéril». Y no fue mejor el resto de sus años. Le pesó su nombre: fue llamado así porque otro Vincent nació muerto… Inestable para algunos, ávido para otros, trabajó en una galería de arte, fue pastor protestante –influencia de su padre–, y misionero entre los mineros de Bélgica: su posterior pasión y piedad por los pobres, los desdichados, los ignorados de la tierra.

La noche estrellada, otro de sus célebres cuadros. Fue pintado en junio de 1889, desde su habitación de asilo en Saint-Rémy-de-Provence, justo antes del amanecer
Ayudante de un pastor metodista inglés, su primer sermón define un misticismo que no abandonó nunca:
«Cuando me encontraba en el púlpito me sentía como quien desde una oscura cueva subterránea vuelve a salir a la plena luz, y es maravilloso pensar que, desde ahora, predicaré el Evangelio por todo el mundo».
No fue así. Pero su arte es hoy, y eternamente, una prédica.
Dos amores tuvo, tan fuertes como prohibidos por el prejuicio de Theo: su prima Kate, y la prostituta Sien, con la que vivió hasta que ese hermano al que amaba –le escribió 650 de las 800 cartas que se conservan– lo convenció de dejarla en aras de «las buenas costumbres» (¿?).
Solitario a la fuerza, detestaba la soledad. Ese vacío lo impulsó a compartir su famosa casa amarilla de Arlés (imposible no maravillarse ante ese cuadro) con Paul Gauguin: dos caracteres díscolos y fuertes, quizá una relación sexual, violentas y continuas peleas, inevitable separación, y el acto desesperado: Vincent se corta parte del pabellón de su oreja izquierda y le manda ese despojo a Paul.

Autoretrato de Van Gogh con la banda en la oreja
Pero también produce una obra maestra: Autorretrato con oreja vendada (1889, óleo sobre lienzo, 51×45 cm).
Los diagnósticos modernos sobre la presunta locura del genio parecen golpes fallidos a una piñata. Basándose en un antecedente (su internación como enfermo mental en un asilo francés de Saint-Rémy-de-Provence), se lo diagnosticó como epiléptico, esquizoide, paranoico, y todo el repertorio.
Lo único cierto, porque le sucedía desde niño, era que padecía de convulsiones bastante frecuentes, además de sus largos períodos de melancolía y tendencia a aislarse.
Como posible remedio, Theo lo puso en manos del doctor, homeópata y pintor aficionado Paul-Ferdinand Gachet. Que no lo curó…, aunque dijo que sí y le dio el alta, pero fue su modelo para el cuadro de 82 millones de dólares.
En una carta a Theo, le dice: «Prefiero pintar ojos de seres humanos en vez de catedrales, ya que hay algo en los ojos que no está en las catedrales, no importa lo solemnes e imponentes que éstas puedan ser. El alma de un hombre, así sea la de un pobre vagabundo, es más interesante para mí».
Catedrales… Su cuadro El dormitorio en Arlés, de 1889, hoy en el Museo de Orsay, París, sólo tiene una cama, una mesa, dos sillas, un espejo, cinco cuadros…, pero es imposible no venerarlo. Como se veneran las imágenes de las catedrales.
– La oreja de Van Gogh la cortó Gauguin
La historia es conocida. Van Gogh, genial pintor holandés y mentalmente inestable, se cortó una oreja con una cuchilla en 1888, en Arles (sur de Francia), después de un rifirrafe con su colega francés Paul Gauguin. Pero según un nuevo libro, que se basa en la investigación policial sobre el caso, fue el volcánico Gauguin el que, en plena disputa, le seccionó la oreja a su compañero con una espada, según informa la cadena britànica BBC.
Esta es la principal inconsistencia de la versión oficial, aunque no la única, según los académicos alemanes Hans Kaufmann y Rita Wildegans, autores del libro Van Gogh’s ear: Paul Gauguin and the pact of silence. Tras diez años de investigación, han cotejado declaraciones de testigos y la correspondencia entre los dos artistas y han concluido que la trifulca acabó cuando Gauguin, un experto espadachín, le cortó una oreja a su amigo. Al parecer, después Van Gogh envolvió la oreja en una tela y se la entregó a una prostituta llamada Raquel.
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– ¿Un accidente o algo más?
No está claro si fue un accidente o si de verdad Gauguin quería herir a su amigo, según incide Kaufmann, pero después del incidente ambos acordaron contar a la policía la versión de la autolesión para proteger a Gauguin.
Además, señala el investigador, la versión tradicional se basa en pruebas contradictorias e improbables, y no existe ninguna declaración de ningún testigo independiente. «Gauguin no estuvo presente en la supuesta automutilación», ha señalado Kaufmann en el periódico francés La Figaro.
«Por su parte, Van Gogh nunca confirmó nada. El comportamiento posterior de ambos y varias sugerencias de los protagonistas indican que ambos ocultaban la verdad». Poco después, Gauguin se trasladó a Tahití, donde pintó algunas de sus obras más famosas.
Otra historia dice que en 1888, en la ciudad francesa de Arles, se produjo un evento que se convertiría en una leyenda moderna: un extranjero llegó a la puerta de un burdel y le entregó a una de las chicas un paquete que contenía un pedazo sangriento de su propia carne.
El hombre se llamaba Vincent van Gogh.
En ese momento, era un pintor desconocido y sin éxito, pero llegaría a ser uno de los artistas más célebres de todos los tiempos.
Ese año en Provenza lo definió: fue el que lo vio crear sus obras maestras más preciadas, pero también aquel en que se mutiló.
Fue encontrado en su cama a las 7 de la mañana en la víspera de Navidad acurrucado en posición fetal y con la cabeza envuelta en trapos empapados de sangre.
El policía que lo halló pensó que estaba muerto.
El de la oreja de Van Gogh es sin duda el incidente más famoso en la historia del arte moderno.
Nadie, sin embargo, sabe qué ocurrió realmente ese día de diciembre de 1888.
De hecho, hasta hace poco, ni siquiera podíamos estar seguros de que se cortó la oreja.

Tras regresar del hospital donde pasó dos semanas internado, Van Gogh realizó dos autorretratos con la oreja cortada variando los colores e introduciendo en este que contemplamos la pipa.
El fondo rojo y anaranjado sobre el que se recorta la figura de Vincent aun se mantiene plano, recordando las obras de Gauguin y la estampa japonesa mientras la figura presenta una sensacional volumetría.
Sus ojos tristes y asustados se convierten en el centro de referencia así como el gran vendaje con el que fue cortada la hemorragia y que mantuvo durante casi todo el mes de enero.
Las líneas de los contornos del tabardo que porta están acentuadas con colores oscuros, recordando al cloisonismo de Bernard.
En el humo de la pipa hallamos pinceladas en espiral que están inspiradas en la xilografía japonesa y que serán características de las obras elaboradas en los meses posteriores.
– La corrida de toros
La antigua ciudad de Arles se encuentra en el extremo norte de la Camarga, a solo unos 30 kilómetros de la costa mediterránea francesa.
Vincent van Gogh llegó ahí a la edad de 35 años, cuando era un artista fracasado que huyó de las burlas de París hacia un mundo más brillante y, según creía, más puro.
Culturalmente, Arles se encuentra entre Francia y España y es un lugar romántico de vaqueros y gitanos, con su propia lengua, cultura y trajes coloridos.
De hecho, en abril Van Gogh asistió ahí a una corrida de toros.

Cuando pintó la escena, Van Gogh se enfocó en las mujeres exóticas en las gradas, no en la acción sangrienta en la arena.
«La multitud era magnífica«, le escribió a un amigo. «Las mujeres y niñas locales llevaban ropas sencillas en verde, rojo, rosa o amarillo habanero. Y, sobre todo, un sol sulfuroso en un cielo azul vibrante».
«Fue todo tan alegre como Holanda es deprimente», dijo.
Para la gente local, el final sangriento de los toros es la explicación del brutal episodio de Van Gogh en Arles.
Creen que lo que hizo Van Gogh con su oreja se explica con las corridas de toros pues, al final de una corrida exitosa, le cortan las orejas al toro y se las entregan a un afortunado del público.
El problema con esta versión es que cuando Van Gogh estuvo en Arles no le cortaban las orejas de los toros. Esa tradición fue importada de España después.
El misterio seguía en pie y una extranjera se empecinó en desentrañarlo.
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