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A 200 años del desciframiento de la escritura egipcia…


Un busto del erudito y filólogo francés Jean Francois Champollion, y detrás, una réplica de la Piedra de Rosetta expuesta en la entrada del Museo Egipcio de El Cairo.

Geo(E.Lozano)/La Razón(S.Campos)  —  La Piedra de Rosetta, uno de los objetos antiguos más famosos del mundo y posiblemente el más conocido del Museo Británico.

Con su decreto inscrito en tres sistemas de escritura: jeroglíficos, escritura demótica egipcia y griego antiguo, la Piedra de Rosetta ayudó a los estudiosos a descifrar los símbolos pictóricos que adornan innumerables artefactos del antiguo Egipto.

“Por primera vez en milenios, los antiguos egipcios podían hablarnos directamente.

Al descifrar este tipo de escritura egipcia, nuestra comprensión de esta increíble civilización nos ha dado una ventana sin precedentes a la gente del pasado y su forma de vida”, señala el director del Museo Británico, Hartwig Fischer.

La piedra de granito negro, parte de una losa más grande rota en la antigüedad, fue descubierta en 1799 cerca de la ciudad de Rosetta (actual Rashid) en el delta del Nilo. Según los informes, fue encontrada por soldados del ejército de Napoleón durante la ocupación francesa de Egipto.

Escritura egipcia en un papiro.

Tras la derrota de Napoleón en 1801, la piedra pasó a ser propiedad de los británicos según los términos del Tratado de Alejandría. Fue enviada a Inglaterra en febrero de 1802 y Jorge III la presentó al Museo Británico en julio de ese año.

El físico británico Thomas Young, interesado en la egiptología, comenzó a estudiar las escrituras egipcias de la Piedra de Rosetta en 1814. Probó que los cartuchos ovalados encerraban los nombres de la realeza al descifrar el nombre de Ptolomeo.

Pero, fue el filólogo Jean-Francois Champollion quien, basándose en un minucioso análisis de la Piedra de Rosetta y otros textos, finalmente estableció una lista completa de signos jeroglíficos con sus equivalentes griegos en 1822.

Champollion fue el primer egiptólogo en darse cuenta de que algunos de los signos eran alfabéticos, algunos silábicos y otros determinativos, que representaban una idea u objeto completo. También determinó que el texto jeroglífico era una traducción del griego, y no al revés.

La inscripción es un decreto emitido en 196 a. C. por los sacerdotes de Menfis en nombre del rey Ptolomeo V Epífanes, miembro de la dinastía de habla griega de origen macedonio que gobernó Egipto desde el siglo IV al I a. Enumera algunas de las buenas obras y logros del rey y también especifica que el texto debe colocarse en los templos de todo Egipto.

De hecho, la Piedra de Rosetta es una copia del texto canopico que data del siglo III a.C. Existen varias réplicas, incluso en Egipto y Francia.

“El decreto que está escrito en la Piedra de Rosetta se compuso inicialmente un siglo antes de que se escribiera en la Piedra de Rosetta, y cada rey lo copió una y otra vez durante unos 200 años”, desvela Regulski.

Sin embargo, la propiedad de la Piedra de Rosetta en sí ha sido muy polémica, con el egiptólogo y exjefe de antigüedades Zahi Hawass calificándola de propiedad robada de la época colonial y exigiendo su devolución a Egipto desde 2003.

Detalle de la piedra Rosetta

“La Piedra de Rosetta es muy importante porque es un símbolo de la identidad egipcia… y debido a esa piedra, los antiguos jeroglíficos egipcios comenzaron a resolverse”, dijo Hawass a The National. Pero, Regulski asegura que no hubo una solicitud formal del gobierno egipcio exigiendo la devolución de la piedra.

“Oficialmente, nunca hemos recibido una solicitud del gobierno egipcio para devolver la Piedra de Rosetta. Sé que hay voces que quizás han dicho esto en el pasado y lo seguirán haciendo”, agrega. Regulski.

En la entrada del Museo Egipcio de El Cairo hay una “copia mucho mejor conservada del texto que está escrito en la Piedra de Rosetta” y es 100 años más antigua, recalca.

Regulski comenzó una investigación intensiva para la exposición de escrituras egipcias en 2019, cuando se encontraba en El Cairo para un proyecto de dos años financiado por la Unión Europea para transformar el Museo Egipcio. El período le dio la oportunidad de investigar en las bibliotecas de El Cairo y colaborar con colegas egipcios, como el egiptólogo Fayza Haikal. Regulski explicó que sentía que era importante traer la «voz egipcia» a la exposición.

“La historia del desciframiento podría percibirse como un poco centrada en Europa, porque al final el verdadero avance fue una carrera entre Thomas Young y Jean-Francois Champollion. Así que me esforcé mucho para usar esta exposición también para celebrar Egipto y la civilización”, dijo Regulski.

Los eruditos árabes medievales, como el alquimista del siglo IX Abu Bakr Ahmad Ibn Wahshiyah, también destacan como instrumentos para el desciframiento. “Ibn Wahshiyah fue extremadamente importante. Fue el primero en identificar correctamente algunos de los jeroglíficos”, apunta Regulski.

Escritura jeroglífica

Escritura demótica

Escritura griega

Así se descifraron las claves de los Jeroglíficos

Para los investigadores, eruditos y curiosos de la cultura egipcia, el intento de descifrar la Piedra de Rosetta fue equiparable a la carrera espacial. Se sabía que, quien llegase a descifrar el enigma, sería valorado durante el resto de los tiempos como padre de la egiptología, así como su nombre serviría de referencia para estudios posteriores.

Y aquel que se llevó el éxito fue el francés Jean-François Champollion, pues un 14 de septiembre de 1822 pudo exclamar “Je tiens l’affair!” (”¡Ya lo tengo!”): había descifrado la Piedra de Rosetta.

Todo comenzó en julio de 1799, cuando las tropas napoleónicas avanzaban por territorio egipcio a un ritmo de vértigo.

No contaban con las sorpresas que les deparaba el camino, pues un destacamento militar francés, comandado por Pierre-François Bouchard, redescubrió esta joya que ahora expone el Museo Británico de Londres.

Durante la excavación de una antigua fortaleza egipcia, se toparon con este bloque de piedra de unos 760 kilos, que con el tiempo se convirtió en emblema del jeroglífico egipcio.

Rápidamente, numerosos estudiosos comenzaron a analizar su contenido, y varias copias de la Piedra comenzaron a circular en busca de respuestas a tantas preguntas que rodeaban a sus escritos.

Pero no fue hasta el descubrimiento de Champollion que se pudieron revelar las claves de la misteriosa escritura y se concretó el nacimiento de la egiptología.

Detalle de los escritos que componen la Piedra de Rosetta

El historiador francés, desde su juventud, estaba convencido de que quería ser especialista en copto, una derivación de la antigua lengua de los faraones: “Quiero conocer el egipcio tanto como el francés, porque en esta lengua estará basado mi gran trabajo acerca de los papiros egipcios”, escribió, con 16 años, en una carta a su hermano Jacques-Joseph.

Esto, sumado a varios años de análisis, estudio y esfuerzo, le sirvió para hallar las evidencias, impulsado por conjeturas que realizó el filósofo Thomas Young, quien veía una gran relación entre la escritura cursiva -variante del demótico- y los jeroglíficos.

– El fin de la carrera

De esta manera, al comparar las inscripciones, Champollion consiguió demostrar que dicha escritura cursiva era una simplificación de la jeroglífica, así como la que precedió a los signos originales.

Además, había sido capaz de leer “Ramsés” y otros nombres de reyes egipcios que previamente se habían hallado en las obras grecorromanas.

Había descifrado, al fin, la Piedra de Rosetta, y dejó sus estudios como legado en la obra “Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios” (1824). La carrera hacia el desciframiento había terminado.

En la Piedra de Rosetta, que mide 112,3 centímetros de altura, 75,7 de ancho y 28,4 de espesor, figuran tres escrituras distintas: el texto superior en jeroglíficos egipcios -utilizados en inscripciones sagradas-, la demótica en el medio -considerada una escritura popular- y la inferior en griego antiguo.

El contenido es esencialmente el mismo en las tres partes, lo que facilitó su comprensión a la hora de descifrarla.

Originalmente, se trata de un fragmento de una estela mayor, aunque el resto no se ha hallado, en la que se estableció oficialmente el culto al faraón Ptolomeo V, quien gracias a este decreto disfrutó de honores dignos de un dios.

Esta inscripción anunciaba un decreto de los sacerdotes de Menfis, fechado en el año 196 a.C. durante el reinado de Tolomeo V Epífanes (c. 205-180 a.C.), cuya traducción podéis leer a continuación:

«Bajo el reinado del joven que recibió la soberanía de su padre, Señor de las Insignias reales, cubierto de gloria, el instaurador del orden en Egipcio, piadoso hacia los dioses, superior a sus enemigos, que ha restablecido la vida de los hombres,

Señor de la Fiesta de los Treinta Años, igual a Hefaistos el Grande, un rey como el Sol, Gran rey sobre el Alto y el Bajo país, descendiente de los dioses Filopáteres, a quien Hefaistos ha dado aprobación, a quien el Sol le ha dado la victoria, la imagen viva de Zeus, hijo del Sol, Ptolomeo. Viviendo por siempre, amado de Ptah.

En el año noveno, cuando Aetos, hijo de Aetos, era sacerdote de Alejandro y de los dioses Soteres, de los dioses Adelfas, y de los dioses Euergetes, y de los dioses Filopáteres, y del dios Epífanes Eucharistos, siendo Pyrrha, hija de Filinos, athlófora de Berenice Euergetes; siendo Aria, hija de Diógenes, canéfora de Arsínoe Filadelfo; siendo Irene, hija de Ptolomeo, sacerdotisa de Arsínoe Filopátor, en el (día) cuarto del mes Xandikos —o el 18 de Mekhir de los egipcios—»

Su importancia para la etimología es incalculable.

A finales del siglo IV a.C., cuando se dejaron de utilizar los jeroglíficos, el conocimiento sobre cómo leerlos y escribirlo se perdió. 2200 años después, en el siglo XIX, los científicos consiguieron descifrar su contenido gracias a los caracteres griegos de la piedra.

Hasta aquellos instantes, se había pensado que la escritura jeroglífica era simbólica, que las imágenes correspondían a las realidades, objetos, cosas o acciones. Jean-François Champollion, estudioso de la piedra Rosetta, logró llegar a la verdad (labor que empezó el científico inglés Thomas Young): los signos jeroglíficos no eran simbólicos sino fonéticos, y correspondían a un nombre real, el de Ptolomeo.

Esta piedra fue pues la clave para la interpretación de la escritura jeroglífica egipcia. La comparación de la escritura jeroglífica con la griega abrió las puertas del Antiguo Egipto y, con ello, la posibilidad de llegar a comprender una de las civilizaciones más antiguas de la Humanidad.

Como pequeña anécdota, durante la Primera Guerra Mundial, el museo desplazó la piedra Rosetta en 1917, por miedo a un fuerte bombardeo en Londres, a un lugar seguro, junto con otros objetos importantes. ¿Sabéis dónde?  Estuvo enterrada a 50 pies (15,24 metros) de profundidad durante dos años en la estación de ferrocarril de Holborn.

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