actualidad, opinion, variedades.

Llevamos siglos preguntándonos dónde están los límites del humor…


The Conversation(A.C.Maturana)/La Vanguardia(A.Racionero/M.Rius)  —  El debate sobre los límites del humor se ha convertido en recurrente en nuestros días. En una sociedad democrática, es difícil determinar dónde acaba la libertad de expresión y dónde empieza la frontera del derecho al honor y el respeto a las diferentes sensibilidades.

Desde el punto de vista de las instituciones, se ha producido una judicialización del humor, mediante casos en los que el sistema político parece amedrentar a la libre opinión e inducir a la autocensura.

Existe también toda una controversia en torno a temas y colectivos sobre los que siempre se ha bromeado pero que ahora resultan sensibles. Esto ha generado un cierto discurso de incomprensión. Se dice que “ya no podemos reírnos de nada”.

Se habla de “ofendiditos”, de “piel fina”, del reinado de lo políticamente correcto. ¿Es esta una situación nueva? Por supuesto que no. Los límites del humor han sido explorados en todos los periodos históricos.

Serviles y liberales contra las mofas

Si nos centramos en los últimos siglos, podremos comprobar que esta polémica estuvo presente en las mismas bases de nuestro sistema parlamentario y de la configuración de nuestra opinión pública.

Todas las corrientes de opinión tienen sus líneas rojas; todos decimos tener sentido del humor hasta que nos tocan la fibra sensible. El ridículo duele, y duele a todo el mundo, por eso la risa es tan poderosa.

De los incidentes de ¡Cu-Cut! al secuestro de El Jueves

A lo largo de los dos siglos siguientes, el humor ha seguido poniendo a prueba la calidad democrática de nuestros sistemas políticos y el garantismo de su libertad de expresión.

En noviembre de 1905, durante el reinado de Alfonso XIII, un grupo de oficiales asaltó, para escándalo de la opinión pública, la redacción y los talleres de la revista satírica ¡Cu-Cut! a cuenta de una viñeta que habían considerado ofensiva al poner en duda –tras las recientes derrotas de 1898– su capacidad de ganar guerras.

El trato permisivo recibido por estos militares avivó el fuego de la oposición catalanista contra el poder central y puso de manifiesto el cariz conservador del edificio político de la Restauración.

Así lo demuestran los diarios de sesiones de las Cortes de Cádiz (1810-1814), que recogen las discusiones de sus diputados. De un lado, los nostálgicos del Antiguo Régimen, llamados “serviles”, demostraron repetidas veces su indignación por las burlas anticlericales de sus rivales.

Pero estos, los liberales, que también tenían sus propios límites, clamaban al cielo cuando los temas que ellos consideraban sagrados (la constitución, la soberanía, la libertad) eran objeto de mofa por parte de los serviles, que gustaban de parodiar su pasión y su jerga revolucionaria.

Dos hombres hablan en una viñeta sarcástica.

Cabe preguntarse, bajo un sistema democrático como el nuestro, en qué medida hemos resuelto estas tensiones entre libertad y respeto a la autoridad. Y podemos concluir que no están en absoluto superadas.

En julio de 2007, el secuestro, por injurias a la Corona, del número 1 573 de la revista El Jueves tuvo una enorme repercusión en los medios de comunicación y las redes sociales. No menos polémico fue el sketch de Dani Mateo en 2018 en el programa El Intermedio, sonándose la nariz con la bandera de España, que le supuso la apertura de una causa judicial.

Antes, en 2012, el cantautor Javier Krahe había tenido que acudir a juicio por un presunto delito contra los sentimientos religiosos por un vídeo muy anterior (1977) en el que enseñaba cómo cocinar un Cristo. En 2018, la tuitera Cassandra Vera fue absuelta por el Supremo de una condena previa de la Audiencia Nacional por bromear sobre el atentado que en 1973 acabó con la vida del presidente del gobierno franquista Luis Carrero Blanco.

La pedagogía de la risa

El ejército, la Corona, la patria, la religión, la memoria histórica de la dictadura, ¿son estos poderes fácticos los que marcan los límites del humor en la España actual? De ser este el caso, las instituciones deberían comprender que la sátira es un mecanismo de control, uno de los instrumentos que la opinión pública tiene para vigilarlas y reformarlas.

Este punto de vista fue sostenido, ya en el siglo XVIII, por el conde de Shaftesbury, que escribió en el marco del precoz parlamentarismo inglés. En su Sensus communis. Ensayo sobre la libertad de ingenio y humor (1709), nos decía que, lejos de ser una frivolidad, el humor era un instrumento fundamental para el cambio, para hacer a la sociedad virtuosa.

Retrato de un filósofo y escritor británico de los siglos XVII y XVIII.

(Retrato del filósofo y escritor británico Anthony Ashley Cooper, conde de Shaftesbury.)

La risa emerge ante lo contradictorio, lo antinatural, lo que es ridículo y debe ser mejorado.

Lo cómico –y esto es algo que hemos heredado de la Ilustración y esta, a su vez, del mundo clásico– es un producto del ingenio, y tiene un enorme poder pedagógico.

Pero el debate sobre los límites del humor no se limita a la lucha entre los poderes fácticos y la risa contestataria.

La realidad es que el humor –lo hemos podido comprobar con los serviles en las Cortes de Cádiz– no es necesariamente progresista ni revolucionario.

Como vehículo de expresión, puede ser tremendamente reaccionario. Pensemos en los chistes machistas, los xenófobos o los homófobos; mucho más habituales, mucho menos perseguidos.

Aprender a reír

¿Qué podemos hacer en este caso? ¿Deben acudir entonces las instituciones en defensa de nuestros valores sociales –en principio, compartidos por casi todas las tendencias políticas– basados en la tolerancia y el respeto a la diversidad?

¿O debe, por el contrario, primar la libertad de expresión? ¿No resultaría entonces paradójico, como apuntó Karl Popper, tolerar al intolerante? ¿Puede ser el humor descontrolado, como temían Platón y Hobbes, un instrumento de opresión?

Si volvemos al conde de Shaftesbury, podremos constatar su reconocimiento de la existencia de un humor inadecuado, poco ético; pero el autor achacaba su existencia a la falta de educación. Desde este punto de vista, y si extrapolamos ese razonamiento a la sociedad actual, sería un Estado pedagógico y no uno policial el que debería acabar con los chistes de mal gusto, con la típica risa opresora y estruendosa de los villanos de película.

En definitiva, no podemos perseguir la burla cruel sin caer en la censura, pero hay una manera más efectiva y democrática de acabar con esas bromas que refuerzan los prejuicios sociales, que no puede ser otra que el fomento público de unos valores ciudadanos basados en la tolerancia y el respeto; la creación de una sociedad que tenga los derechos humanos y las libertades como gran referente.

El oxígeno de la burla es la risa. Si cuento un chiste y la gente se ríe, lo volveré a contar. Pero si se escucha el chirriar de los grillos, o si se me hace ver que es de mal gusto, entenderé que no era gracioso, y no lo repetiré. La clave está en el público, no en el humorista.

Es en el pacto educativo, el discurso de igualdad y el fomento de la lectura y del pensamiento crítico en lo que deben afanarse quienes nos gobiernan, y no en la persecución selectiva de los chistes.

‘Polònia’ parodia la polémica del Benidorm Fest al ritmo de Rigoberta Bandini y Felipe VI

¿Dónde está el límite que separa el buen humor del mal gusto?

El bofetón de Will Smith a Chris Rock en los Oscar es un serio aviso del fino umbral que separa el humor del mal gusto. El presentador de la gala comparó el peinado de la mujer de Smith con el del la teniente O’Neil en referencia a su falta de pelo. Una metedura de pata porque Jada Pinkett sufre de alopecia.

La respuesta de Will Smith, fuera de tono, es ya un fenómeno viral, hasta el  punto de empañar su propio mérito de haber ganado el Oscar a mejor intérprete. La falta de respeto de Rock hirió el amor propio del actor, que en su discurso de agradecimiento por su premio pidió perdón a la Academia pero no a la víctima de la agresión. El amor nunca justifica la violencia.

Una era sensible – ¿Qué está pasando con el humor?

¿Cuáles son los límites del humor y qué nos está pasando para ser tan reactivos? Son preguntas difíciles de resolver. La capacidad para la comedia o el sentido del humor precisan en primera instancia de inteligencia, así como una suerte de talento innato.

Hoy en día que las sensibilidades se han afinado hasta un punto superlativo no es fácil establecer los límites del humor. Hay ya muchos temas tabú o susceptibles de herir sensibilidades: el feminismo, los colectivos LGBT, la sexualidad, la guerra, la obesidad o cualquier otro detalle relacionado con la apariencia física…

Cada vez hay que prestar más atención sobre lo que es sujeto de una broma. De lo contrario puedes acabar en el juzgado, como ha ocurrido recientemente con humoristas como Jair Domínguez o David Suárez.

Hay culturas más habituadas a reírse de uno mismo (tal vez las latinas) o a formas del humor negro, como el que practican asiduamente los ingleses. En nuestro país, la sátira en clave política funcionan muy bien, como el programa de TV3 Polònia o los del Gran Wyoming.

En Inglaterra se puede hacer humor negro de un suicidio. Por ejemplo, recuerdo una secuencia de Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992), en la que Emma Thompson le cuenta Branagh que su chico se tiró de un edificio. Pero no lo hizo bien, puesto que la altura no era suficiente. Aun así, murió porque lo atropelló un coche que pasaba por la calle. Ambos ríen.

Jack Lemmon, Tony Curtis y Marilyn Monroe en la escena de la playa en Con faldas y a lo loco, de Billy Wilder

Cómo transgredir bien – Malos tiempos para el humor

En su libro Humor (2021), Terry Eagleton insiste en lo terapéutico que resulta reír y al mismo tiempo, incide en la crueldad del humor. Freud entendía el chiste como descarga de la energía psíquica o de la “mala baba” si se prefiere.

El humor tiene un mecanismo que lo hace altamente peligroso. Nos reímos de la desgracia del otro, pero una cosa es mofarse de alguien que patina con la piel de un plátano y otra meter la pata con un comentario desafortunado.

Otras fuentes más alocadas y transgresoras que nos dan pistas de cómo poner límites en el humor podrían ser los relatos cortos de Woody Allen (Sin plumas o Cómo acabar de una vez con la cultura) o los Groucho Marx (Memorias de un amante sarnoso, Las cartas de Groucho).

Habría que ver cómo les iría a estos grandes cómicos en los tiempos que corren. Probablemente, entrarían en cuarentena más de una vez.

Tradicionalmente, se ha considerado el humor judío como exponente de la comedia inteligente en el cine. Como referentes clásicos permanecen Ernst Lubitsch (Ser o no ser, 1942, Ninotchka, 1939) y Billy Wilder (Con faldas y a lo loco, 1949, El apartamento, 1960, Uno dos tres, 1961).

Sus películas pueden ser fuente de inspiración para recuperar las formas del humor inteligente. La comedia puede ser el más difícil de los géneros, pero debemos persistir en el humor como potencialidad de un mundo más cordial. La sonrisa nos vuelve alegres, relaja las asperezas y desarticula la violencia.

Los Monty Python al completo en 1975: de izquierda a derecha, Graham Chapman, Eric Idle, Michael Palin, Terry Jones, John Cleese y agachado, Terry Gilliam.

  • Inteligencia. La inteligencia da la capacidad de captar la realidad y encontrar el giro que lleva una situación dramática hacia el humor. Ella nos da la cualidad de desdramatizar y transformar las situaciones en algo cómico. También nos lleva a enfocarnos en la parte más divertida de un acontecimiento. Muchos cómicos y monologuistas como el Gran Wyoming, Andreu Buenafuente o Jimmy Fallon son sumamente inteligentes.
  • Empatía. Percibir al otro y saber cómo se siente, es básico para llevarle hasta el humor. Comprender qué le puede molestar para evitarlo y entrar gradualmente hasta sacarle una carcajada son habilidades del humorista o persona que sabe crear situaciones cómicas.
  • Creatividad. Los golpes de ingenio. Lo inesperado. Hasta el líder de los surrealistas André Breton llegó a crear una Antología sobre el humor negro. Humoristas como los Monty Python demuestran con creces la capacidad de ser creativos para llevarlo todo a la comedia. Mr. Bean hace lo mismo con una simple visita a un dentista. Tomar la realidad y llevarla al extremo, descontextualizando o pervirtiendo las normas para hacernos reír. Todo vale si se mantiene el buen gusto y unas altas dosis de creatividad.
  • Running Gag. El humor va in crescendo. Es evolutivo. Primero esbozamos una sonrisa, después reímos y si persiste, estallamos en grandes carcajadas. Por eso el running gag o gag repetido a lo largo de un tiempo determinado, es uno de los grandes recursos técnicos de la comedia. Repetir lo que nos hizo reír, aumenta la experiencia cómica.El equívoco o ironía dramática seria otra fórmula que pasa por compartir información con el espectador que los otros personajes no tienen. Por ejemplo, en Con faldas y a lo loco, sólo nosotros sabemos que Jack Lemmon y Tony Curtis son hombres disfrazados de mujeres.
  • Ríete de ti mismo y piensa en lo que te hace reír. Oscar Wilde decía que la relajación mental ante nuestros defectos es clave para hacernos sonreír. Además, si uno no sabe reírse de uno mismo queda expuesto a que le duela cuando los demás se ríen de él. Reírse de los propios defectos nos hace más humildes y humanos. No es bueno tomarse muy en serio porque este es el camino de la arrogancia y extremismo.
  • Evita bromas de mal gusto. La desgracia ajena o la debilidad pueden ser motivo de risa, pero hay que tener mucho tacto y empatía en la forma trabajar el humor. No es fácil discernir qué bromas van a resultar de mal gusto. La empatía y código ético pueden darnos pistas. Hay temas escabrosos que es mejor evitar, como las víctimas de una guerra, las cuestiones de género o raza, las personas discapacitadas…

Pese a esto, quienes están dotados para la comedia son capaces de entrar en estos temas con sutileza e inteligencia para arrancar la carcajada sin herir a nadie. Ante la duda, es mejor abstenerse.

¿Nos podemos reír de todo y de todos?

La realidad es que el debate sobre los límites del humor y lo “políticamente correcto” regresa cada vez más a menudo a las redes sociales y a los medios de comunicación. “Cada vez es más difícil bromear sin ofender a nadie”, aseguraba hace ya algún tiempo la investigadora y profesora de Sociología Cultural Giselinde Kuipers en una entrevista con este diario.

“Siempre hay gente a quien le hiere el humor; cuando hacen humor sobre algo relativo al de enfrente, te hace mucha gracia, pero cuando es sobre algo tuyo, entonces no; yo entiendo que la gente se moleste si hacen sátira de él, pero has de ejercer tu libertad y hacer humor de lo que quieras, sin más límites que tu ética, tu manera de pensar y los insultos”, coincide Toni Clapés, director y presentador del Versió RAC1 , un programa de humor y actualidad y donde la sátira política, social y deportiva está a la orden del día.

“En mi caso, no hago humor con derechos fundamentales, ni con terrorismo, ni con la religión ni las circunstancias personales de según qué colectivo”, detalla.

“Cada vez es más difícil bromear sin ofender a nadie”

Kuipers, autora de Good humor, bad taste: a sociology of the joke (Buen humor, de mal gusto: una sociología de la broma) cree que el concepto “políticamente correcto” va asociado a un intento de silenciar algo, de poner límites, y la esencia del humor es ser transgresivo.

Como Clapés, considera que es un derecho de la gente reirse de lo que quiera, de lo que le apetezca, y si se trata de una broma que impacta en una persona o colectivo porque toca una situación penosa en la que se encuentran, “se puede lidiar con ello de dos maneras: pensar ‘es humor’ y aceptarlo, o abordar la broma con tacto, de forma no ofensiva”.

“En el humor existe la sátira y la burla, y la frontera es muy minúscula, y hay humoristas que la sobrepasan”, apunta Clapés.

Alfonso Vázquez Atochero, antropólogo y profesor de la Universidad de Extremadura, asegura que “hemos pasado de un humor burdo a ofendernos por todo, y estamos llegando a límites que rozan el absurdo; no se trata de la ofensa gratuita, pero hacer chistes sobre determinados colectivos o estereotipos, que están en la calle, es un humor que debe aceptarse y no deben imponerse límites a la expresión de los artistas y humoristas, porque eso afecta a la libertad de expresión; tenemos que aprender a reírnos de la vida”.

Marta Roqueta, investigadora del grupo de Género y TIC de la UOC, también cree que se puede hacer sátira de todo, de cualquier tema, pero enfatiza que el humor es una herramienta que puede transmitir imaginarios muy excluyentes o utilizarse como forma de normalizar o naturalizar disidencias de género u orientaciones sexuales.

Marta RoquetaInvestigadora en Género y TIC, UOC

“Un humorista puede decir que usa el humor para acercar la realidad LGTBI y usar unos imaginarios que hagan sentir a alguien que son muy negativos; cuando hablamos de límites del humor no deberíamos plantearlo en términos binarios de libertad o censura, sino hablar de qué representaciones estamos usando para hacer humor, a quién estás privilegiando, a quién excluyes y a quién haces partícipe con tu humor”, afirma Roqueta. Y subraya que “el humor hacia arriba puede ser emancipador, pero si apunta hacia abajo, puede ser ofensivo y opresor”.

Santiago Cambero, doctor en Sociología y profesor de la Universidad de Extremadura, asegura que siempre han existido bufones y se ha usado el humor para denunciar abusos y privilegios, pero opina que “la hiperhumorización actual ha de tener límites consensuados por la sociedad a través de normas jurídicas o éticas” para evitar que se utilice para ofender a personas o grupos sociales a través de mofas que se hacen virales”.

Se juzgan más las palabras de un cómico que las de un político”, asegura Albert Boira, actor, humorista, guionista, formador-deformador-reformador, traficante de risas y creador de Sonrisas, como se autodefine.

Pero a él le gusta explicarse y ayer lo hizo respecto a la decisión de la concejal de la CUP Ylènia Morros de parar su espectáculo en Navarcles por considerarlo ofensivo para el colectivo LGTBI, pero, sobre todo, sobre el debate en torno a los límites del humor.

​“Hay una frase que dice que los límites del humor están en los límites de tu inteligencia, y no en el sentido de decir que eres tonto si no te ríes con una broma, sino de enfatizar que el público tiene que despersonalizar el humor de sus creencias personales”, afirma Boira en una entrevista telefónica.

​Y continúa: “Frente al humor, la moral y las creencias hay que dejarlas en la puerta, porque en un club de comedia las normas sociales no son las mismas que en la calle”.

​Así se advierte en una locución previa a muchos de sus espectáculos, en la que también se pide al público que intente digerir la comedia, no juzgarla, y se le aconseja “no otorgar a cualquiera la capacidad de ofenderle”. Porque, considera este actor cómico, “si cualquier insensato nos puede ofender, acabaremos en manos de tarados”.

​“Yo hago un humor comprometido y toco temas controvertidos como la sexualidad, las drogas, la salud, la familia, pero cuidando el lenguaje que utilizo y lo que hago precisamente para pedir concordia”, dice, aunque eso no ha evitado que haya sido agredido un par de veces “por hacer chistes sobre casos de pederastia en la Iglesia católica”.

​Boira opina que hacer reír es un don que tienen las personas para poner música a la vida a través de la risa, pero al mismo tiempo precisa que “el humor siempre toca algo de dolor”, de modo que es arriesgado sobre todo en momentos como el actual en que la sociedad está muy polarizada y los ánimos de algunas personas muy encendidos.

“En vez de usar el humor como lubricante para suavizar la situación, se usa como arma arrojadiza, de modo que quien no piensa como uno no puede reirse de nuestras cosas; y el humorista arriesga porque sí se ríe”, prosigue.

​En todo caso, Albert Boira tampoco se atribuye la representación de todo el colectivo. “Cuando se habla de la finalidad del humor, cada cómico te daría la suya; para mí, el humor te ha de hacer pensar, pero otros cómicos solo quieren hacer reír, y eso también es útil”.

​A su juicio, no hay ni debe haber ningún tema intocable, sobre el que no pueda hacerse humor.

“Entiendo perfectamente ese debate; no es fácil aceptar chistes sobre uno mismo o sobre tus creencias estando delante, pero hay que destensionarlo para no convertirlo en una guerra; y si uno es capaz de reirse de sus creencias y de su dolor es más fuerte”.

​Y es en ese marco de conflicto social y polarización en el que enmarca la polémica con Morros y el agrio debate y las acusaciones recibidas en las redes sociales. “He visto comentarios que me parecen injustos, a veces opinamos y señalamos al otro sin pensar mucho o sin conocerle, y sin mirarnos al espejo, sin cotejar si nuestra vida está alineada con los principios que defendemos”, dice.

Porque, en su opinión, Morros malinterpretó sus palabras siguiendo la inercia de usar el humor y a los artistas para las peleas políticas y la polarización, “pero creo que en el fondo esa persona y yo compartimos muchas ideas”.

nuestras charlas nocturnas.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.