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El misterio de los cuadros desaparecidos del Prado en la última reunión del Gobierno de la II República…


Establos del castillo de San Fernando, en Figueras

La escena fue dramática. Pocos minutos antes de las diez y media de la noche del 1 de febrero de 1939, 62 diputados muertos de frío que alumbraban como podían las cuadras subterráneas del Castillo de San Fernando, en Figueres, celebraban la última sesión de las Cortes republicanas.

Hacía solo cinco días que el general Yagüe les había arrebatado Barcelona y Franco estaba apunto de anunciar su victoria, mientras cientos de miles de españoles se dirigían a pie hacia la frontera de Francia y el exilio.

Los diputados llegaron en secreto y se fueron en secreto, cabizbajos, mientras la aviación franquista bombardeaba los alrededores sin saber que el enemigo estaba allí abajo, a diez metros de profundidad, confirmando la muerte de la República.

Eran solo una pequeña parte de los 473 parlamentarios que habían formado el Congreso en las elecciones de febrero de 1936. En concreto, el 13%, de los cuales muy pocos volverían a pisar suelo español después de la reunión.

Quizá lo intuían, por eso decidieron que no se iban a ir con las manos vacías, sino con cientos de cuadros de los pintores más importantes de la historia de España y de Europa, expuestos hasta 1937 en el Museo del Prado.

El arte fue uno de los los grandes perjudicados de la Guerra Civil, como demuestra la noticia publicada este martes por ABC, que informaba del reconocimiento por parte de la pinacoteca española de que ha recopilado y hecho público el listado completo de obras depositadas en sus colecciones que, probablemente, habían sido robadas por la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico durante la Guerra Brueghel o Sorolla son algunos de los autores documentados.

En el caso de 1939, los cuadros habían estado escondidos en un marco tan pintoresco, extraño y secreto como el castillo de Figueras: una colosal fortaleza de cinco kilómetros de perímetro rodeada de un foso gigantesco.

El fortín había sido construido durante el reinado de Fernando VI en el siglo XVIII y estaba enclavado en la comarca gerundense del Ampurdán, en una colina de 140 metros de altitud. Allí mismo se levantó un estrado y una tribuna improvisadas para que Diego Martínez Barrio, presidente del Congreso de los Diputados desde abril de 1936, pudiera dirigirse a sus compañeros como si estuviera en la calle San Jerónimo.

La sesión

(Edición del ABC Sevilla el último día de la Guerra Civil )

El suelo pedregoso de las caballerizas estaba cubierto por varias alfombras rojas para la ocasión, pero tan raídas que lo único que hacían era subrayar el carácter agónico de lo que estaba a punto de acontecer.

Era la última vez que se iba a desplegar la bandera republicana sobre un Parlamento español y todos parecían saberlo cuando sonó el mazo en el estrado y comenzaron a leerse los nombres de los presentes, que respondieron disciplinadamente al grito de «¡sí!», según los iban citando.

Aquella noche del 1 de febrero de 1939, los parlamentarios parecían exhaustos en la oscuridad de las cuadras, pero no desanimados del todo a pesar de la desesperada situación en la que se encontraban.

«Ojalá vosotros, señores diputados, que con vuestra presencia estáis escribiendo una página de honor, sepáis ponerle con nuestros acuerdos la rúbrica que merece nuestro país, llenando las esperanzas que han de convertirse en gloriosas realidades para el futuro de la patria española», declaró Martínez Barrio.

Luego le cedió el turno al presidente del Gobierno, Juan Negrín, algo que siguieron algunos diputados.

Fuera del castillo se escuchaban las bombas franquistas cayendo sobre la ciudad de Figueras y alrededores.

Los diputados pensaban que, de un momento a otro, podría caer un proyectil o se derrumbaría el techo. De hecho, las luces del improvisado Congreso se apagaron y encendieron varias veces, ante el asombro de los corresponsales extranjeros que habían accedido a la sesión.

Desde Herbert L. Matthews, del ‘The New York Times’; Keith Scott-Watson, del ‘Daily Herald’, y Henry Buckley, del ‘Times’. «Este sitio es como una tumba», susurró este último.

Diego Martínez Barrio, en una imagen de la década de 1930

Los cuadros del Museo del Prado

La sesión se disolvió mientras los diputados y demás asistentes se despedían en la oscuridad del patio de armas del castillo. A los pocos minutos aparecieron varios coches haciendo señales con los faros. La frontera de Francia estaba a menos de veinte kilómetros de allí y tenían que sacarlos de España cuanto antes, pero no se irían solos.

Dos días después, un convoy de veinte camiones salía del castillo rumbo también a Francia. Bajo sus toldos viajaban ocultos aquellos cientos de cuadros del Museo del Prado, que solo una pocas personas sabían que estaban escondidos allí.

Hablamos de obras de Velázquez, Goya, El Greco, Tiziano y otros seiscientos pintores más. En total, pudieron llevarse 1.842 cajas, aunque otras muchas tuvieron que dejarlas allí cuando empezaron a huir.

Cuenta Virgilio Botella Pastor en su libro ‘Entre memorias: las finanzas del Gobierno Republicano español en el exilio’, que los republicanos no pudieron evacuar a tiempo todo el tesoro «por un error de cálculo del propio Negrín, lo que privó al Gobierno de conservar una importante fuente de financiación en el exilio una vez acabada la guerra».

El general comunista Juan Modesto ordenó al hermano de este, Ovidio Botella Pastor, jefe de ingenieros del 5° Cuerpo de Ejército, hacer estallar el material explosivo que estaba almacenado en un ala del castillo.

Seguía la táctica republicana de abandonar sus posiciones destruyendo los puntos estratégicos y los depósitos de armas para que no cayeran en manos del enemigo. Más tarde, este soldado confesó desconocer qué había pasado con aquel tesoro, pues ignoraba en qué zona de la fortaleza se encontraba oculto.

Tenía la certeza de que «había quedado íntegro y sepultado entre las ruinas después de la voladura», pero no podía probarlo.

La explosión

(Museo del Prado durante la guerra civil)

Una opinión parecida tenía Manuel Chamoso, uno de los agentes franquistas del Servicio de Recuperación del Patrimonio Artístico, que estaba convencido de que la explosión no alcanzó «a destruir más que una pequeña parte de las obras».

De hecho, al final de la Guerra Civil, el Ejército franquista recuperó algunas de las piezas más destacadas que los republicanos no habían tenido tiempo de llevarse, como el célebre ‘Cristo de Lepanto’ de la catedral de Barcelona.

Las Cortes republicanas no se volverían a reunir hasta seis años después, el 10 de enero de 1945, en el Club France de la Ciudad de México.

Esta sesión estuvo presidida, de nuevo, por Martínez Barrio y a ella asistieron 72 diputados. Leyeron los nombres de otros 51 compañeros que se adherían al acto, a pesar de no poder estar presentes, y de 127 más que habían fallecido desde julio de 1936.

Manuel Azaña encabezaba la lista por cuestiones de dignidad y le seguían el resto de parlamentarios por orden alfabético.

En ningún momento, sin embargo, hicieron referencia a qué había ocurrido con todo aquel patrimonio artístico nacional, cuyo valor es incalculable.

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