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Los cadáveres de la batalla de Waterloo de 1815 se robaron para hacer azúcar …


National Geographic(Abel.G.M.)/El Mundo(efe)  —  La batalla de Waterloo fue un enfrentamiento armado entre el ejército napoleónico y la Séptima Coalición. Tuvo lugar el 18 de junio de 1815 en las proximidades de la localidad de Waterloo, al sur de Bruselas, en la actual Bélgica.

En esta batalla se enfrentaron dos bandos:

  • El Imperio napoleónico: comandado por el emperador francés Napoleón Bonaparte. Contaba con unos 93.000 hombres, casi todos franceses.
  • La Séptima Coalición: alianza formada por Gran Bretaña, Prusia, el Imperio ruso, Austria, Suecia, los Países Bajos, España y algunos Estados alemanes. Contaba con unos 122.000 hombres al mando del británico Arthur Wellesley, duque de Wellington, y del mariscal prusiano Gebhard von Blücher.

Esta batalla forma parte de las guerras napoleónicas, y tuvo su origen en la vuelta de Bonaparte al poder, luego de su exilio forzoso en la isla de Elba. El regreso de Bonaparte a Francia dio inicio al período conocido como los Cien Días y se produjo mientras estaba reunido el Congreso de Viena, en cuyo seno se formó la Séptima Coalición.

El 20 de marzo de 1815, Napoleón Bonaparte pisaba de nuevo el suelo de Francia tras escapar de su cautiverio en la isla de Elba.

Iniciaba así el periodo conocido como los Cien Días, durante los cuales el emperador francés aspiró a restaurar su poder personal y el de Francia; algo que el resto de potencias europeas no iba a permitir y que llevó a la creación de la Séptima Coalición, la última alianza anti napoleónica.

En esta ocasión, el principal enemigo de Napoleón era el tiempo. Aunque podría haber obtenido la victoria por separado contra los ejércitos del Reino Unido, Prusia, Austria y Rusia, lo tendría muy difícil si permitía que las tropas aliadas llegaran a reunirse.

Por ese motivo decidió actuar con rapidez y a principios de junio marchó hacia el norte con dos objetivos: derrotar primero a los británicos que ya se encontraban en el continente y apoderarse de Bélgica para poder reclutar más soldados, ya que allí contaba con un apoyo popular notable.

La rapidez del ejército napoleónico cogió por sorpresa al duque de Wellington, comandante de las tropas británicas: en apenas una semana los franceses llegaron a los Países Bajos, cosechando algunas victorias en batallas menores, y se encontraron frente a frente con los ingleses cerca de la población de Waterloo, en la actual Bélgica. Pero allí iba a detenerse no solo su avance, sino su efímero sueño de reconstruir su imperio.

Luchando contra el tiempo

A pesar de que sus fuerzas eran similares a las de Napoleón, Wellington era consciente de encontrarse en desventaja: al contrario que las tropas del emperador, compuestas en su mayoría por soldados con experiencia y algunas unidades veteranas, el grueso del ejército inglés estaba formado por reclutas que no habían entrado nunca en combate, apoyados por combatientes neerlandeses.

El comandante británico sabía que la victoria dependía de que sus aliados prusianos, dirigidos por el príncipe von Blücher, llegaran a tiempo para unirse a él.

Por ese motivo Wellington optó por defender su posición y el 17 de junio, con la llegada del ejército napoleónico, situó sus tropas en la ladera del Mont Saint-Jean, una elevación que las protegía de la artillería enemiga.

Aquel día llovía y el terreno estaba fangoso, lo cual impedía a los franceses mover sus cañones o intentar una carga con la caballería. No fue hasta media mañana del día siguiente cuando Napoleón pudo atacar, perdiendo unas horas que serían decisivas.

La Colina del León ofrece una visión completa del campo de la batalla de Waterloo. Es una colina artificial, construida por orden del rey Guillermo I de los Países Bajos, para conmemorar la victoria sobre Napoleón.

El ejército francés puso en práctica distintas estrategias para romper las filas enemigas que habían funcionado en otras batallas, pero esta vez ninguna surtió el efecto esperado.

Esto se debió en parte a la falta de coordinación entre las diversas unidades napoleónicas y a decisiones estratégicas discutibles -como formar un frente de ataque muy ancho, que ofrecía un blanco fácil a la artillería británica-, pero también a que las tropas de Wellington resistieron mucho mejor de lo que se esperaba.

El factor decisivo que inclinó la balanza a favor de los aliados fue la inesperada llegada de las tropas de von Blücher, que supuestamente iban retrasadas a causa de la lluvia. Napoleón no contaba con que llegaran a tiempo para la batalla y no había preparado un plan para aquella eventualidad.

El nuevo frente de combate abierto por los prusianos rompió las líneas francesas e impidió cualquier intento de lanzar un contraataque coordinado, y el ejército napoleónico se fue disgregando en unidades aisladas que intentaban resistir los ataques de la caballería enemiga.

Finalmente, Napoleón tuvo que reconocer que la batalla estaba perdida y ordenó una caótica retirada: aunque el emperador pudo escapar, las tropas aliadas persiguieron a los franceses, capturando a miles de soldados y apoderándose de la artillería enemiga. No solo se había perdido la batalla, sino también la guerra.

El duque de Wellington montando su caballo Copenhaguen, en un óleo de Thomas Lawrence. El comandante británico venció al precio de muchas bajas y tras la batalla, al ver el campo plagado de cadáveres, dijo: «Aparte de una batalla perdida, no hay nada más deprimente que una batalla ganada».

El final del emperador

Derrotado el ejército francés, las tropas de la Séptima Coalición se internaron en Francia para capturar a Napoleón. Junto a Wellington viajaba el rey francés Luis XVIII, quien no quería perder la oportunidad para recuperar la corona.

El 8 de julio se restauró la monarquía y dos días más tarde Napoleón se rindió y se entregó a los británicos, que lo condenaron a un segundo destierro.

Esta vez su destino fue la remota isla de Santa Elena, en medio del Atlántico y a 1800 kilómetros de la costa más próxima, haciendo imposible una nueva fuga como la que había protagonizado en la isla de Elba.

Pasó en ella los últimos seis años de su vida, escribiendo sus memorias, y murió el 5 de mayo de 1821; según sus médicos a causa de una enfermedad hepática, aunque él siempre tuvo la sospecha de que estaba siendo envenenado lentamente.

La desaparición del hombre más temido de Europa puso fin a casi trece años de guerras casi continuas que habían modificado las fronteras y alterado gravemente el equilibrio de fuerzas en el continente.

El Congreso de Viena intentó una vuelta al statu quo anterior a la Revolución Francesa, pero la huella dejada por Napoleón era mucho más profunda de lo que se creía: la ocupación había tenido el efecto de esparcir las ideas revolucionarias por Europa, lo que unido al ascenso del Romanticismo desató el sentimiento nacionalista y los movimientos anti imperiales, dando lugar al nacimiento de nuevos países como Italia y Grecia.

Los cadáveres de la batalla de Waterloo de 1815 se robaron para hacer azúcar

Un grupo de historiadores y arqueólogos cree que se han encontrado pocos cadáveres de los miles de soldados y caballos fallecidos en la batalla de Waterloo de 1815 porque los lugareños robaron los cuerpos y utilizaron sus huesos para blanquear azúcar de remolacha.

En los años que siguieron a la célebre batalla que supuso la victoria del duque de Wellington frente al emperador Napoleón, en la que murieron entre 10.000 y 30.000 soldados franceses, británicos, alemanes y holandeses, los cadáveres fueron desenterrados y vendidos a la industria azucarera.

El historiador belga Bernard Wilkin, responsable de los Archivos del Estado en Lieja, explica en una información publicada este jueves por la radiotelevisión pública belga RTBF que hacia 1820 en los alrededores de Waterloo «la remolacha suplantó al trigo».

«Se estableció la industria azucarera, con hornos de huesos. El valor de mercado de los huesos, teóricamente animales, se disparó«, prosigue Wilkin sobre los años que siguieron a una batalla en la que también murieron miles de caballos de los que tampoco se hallan apenas esqueletos.

Los campesinos de la zona, conscientes del valor de los huesos y sabedores de dónde se encontraban las fosas comunes, habrían desenterrado los cadáveres para recuperar los restos óseos y venderlos como si fueran de origen animal para que en esos altos hornos se hiciera con ellos un polvo negro que filtraba el jarabe de azúcar.

«A partir de 1834, las fuentes escritas muestran que los incidentes se multiplican: los viajeros informan haber visto los cuerpos desenterrados, parlamentarios denuncian tráfico de huesos putrefactos y el alcalde de Braine l’Alleud (localidad aledaña a Waterloo), advierte con un cartel que las exhumaciones están prohibidas y son punibles», dice el historiador.

En los archivos comunales de ese municipio hay documentos que muestran que el alcalde «hablaba claramente de la exhumación de cadáveres para comerciar con ellos», advierte contra esa práctica y recuerda a la población que está penada por el artículo 360 del Código Penal de la época.

La investigación, en la que han participado también el profesor de Arqueología de la Universidad de Glasgow Tony Pollard y el historiador alemán Robin Schäfer, ha permitido hallar docenas de documentos en archivos belgas, franceses y alemanes que apoyan su tesis.

Un artículo de 1879 del diario alemán Prager Tagblatt sugería que utilizar miel para endulzar los alimentos evitaba el riesgo de que «los átomos de tu bisabuelo se disuelvan en tu café una buena mañana», indica el diario británico Daily Mail, que también publica los hallazgos.

Además, los datos obtenidos de los debates parlamentarios de Bélgica apuntan a que el país no exportó huesos a Francia entre 1832 y 1833 y que el comercio de esa materia se disparó a partir de 1834, cuando se vendieron al país 350.000 kilos de restos óseos.

Trabajos anteriores de Pollard habían mostrado que algunos huesos de los muertos de Waterloo se habían triturado y empleado para fabricar fertilizantes, recuerda el Daily Mail.

Por los huesos se llegaba a pagar «cientos de miles de francos de la época, varias veces lo que puede ganar un trabajador en toda su vida», agrega el historiador belga en su testimonio a la radiotelevisión pública, que se pregunta si ese azúcar llegó a los pasteles de la época y si los ancestros de los belgas actuales «eran caníbales».

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