Mafalda de Saboya: la princesa italiana que murió en un campo de concentración alemán…

Mafalda de Saboya, junto a sus hijos Maurice y Henry en 1930
Tu Otro Diario(C.Barreiro)/Infobae — Pasó de ser una de las protagonistas de los semanarios gráficos a terminar sus días en una barraca del campo de concentración de Buchenwald. Hija de Víctor Manuel III de Saboya, creció en una Italia en la que fascismo se abría paso de la mano de Mussolini.
Contrajo matrimonio con un príncipe alemán que simpatizaba con Hitler, pero durante la Segunda Guerra Mundial su posición empezó a verse muy debilitada. Era elegante, glamourosa y había lucido las joyas más fabulosas de su dinastía.
Sin embargo, ni su coraje ni los influyentes lazos familiares, fueron capaces de librarla del horror del nazismo.

Mafalda, en el centro de la imagen, con un vestido rosa, junto a sus padres, Victor Manuel III de Saboya y Elena de Montenegro, y sus hermanos
Mafalda nació en Roma en 1902. Era la segunda hija del Rey Víctor Manuel III y su esposa, Elena de Montenegro, quienes habían accedido al trono después del asesinato de Humberto I, en 1900. Después de Mafalda nació su hermano Humberto -efímero Rey de Italia- y las Princesas Juana y María.
La princesa italiana Mafalda María Isabel Ana Romana de Saboya corre y ríe por uno de los muelles de los astilleros genoveses ubicados en Riva Trigoso. Tiene 5 años y juega con una amiga. En un par de horas van a botar un transatlántico que lleva su orgulloso nombre: el Principessa Mafalda. Es la segunda hija del rey Víctor Manuel III y de Elena de Montenegro, la hermana de quien será el último monarca italiano, Humberto II.
La niña, inocente, no conoce lo que el destino le deparó a su hermana un año atrás. En el mismo lugar, un buque mellizo al suyo, que llevaba el nombre de su hermana -el Principessa Jolanda– naufragó sin navegar más que unos metros: se escoró cuando se deslizaba rumbo al mar y así, sin más, se hundió.
Pero ese 22 de octubre de 1908, Mafalda, con la ayuda de su madre, estrelló una botella de champagne contra el sólido casco del navío y bautizó la mole de 141 metros de eslora y 17 de manga, sus dos chimeneas, sus dos hélices, sus motores, su caldera, un salón comedor para la clase de lujo con una cúpula de cristal sostenida por cuatro columnas y grandes ventanales con vista al mar, toda una novedad para el momento.
Todo había salido perfecto. Sin embargo, como una sombra, aleteó entre los veteranos y supersticiosos oficiales y marinos el quebranto de una ley no escrita. Jamás hay que silbar en el puente de mando, ni cambiar el nombre de un barco, ni herir a una gaviota o un delfín. Y una más, sobre todo: jamás bautizar un buque como otro que yace en el fondo del mar. En este caso, la repetición de la palabra Principessa era un mal augurio para ellos.
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La princesa Mafalda – 1893
A la hora señalada, Mafalda, en brazos y ayudada por su madre, lanza contra el casco una botella de champagne Veuve Cilcquot atada a una cinta con los colores de la bandera de Italia unificada.
Pasan los años. El transatlántico sigue uniendo Italia con la Argentina en catorce días, a 18 nudos por hora (algo más de 33 kilómetros)…, hasta el 25 de octubre de 1927. Casi veinte años de embarcar celebridades –desde Gardel hasta millonarios, políticos de fuste, testas coronadas–, para terminar en el fondo del mar.
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El Principessa Mafalda, orgullo de la industria naval italiana, que se fue a pique el 25 de octubre de 1927 frente a las costas de Brasil
¿Por qué? Por la soberbia –lo mismo que hundió al Titanic en la noche del 14 al 15 de abril de 1912–: la nave sería reemplazada por otro coloso, el Giulio Cesare, y la empresa armadora descuidó el mantenimiento del Principessa. Tanto, que el capitán Simón Guli se negó a zarpar. Pero el negocio pudo más. Y siguió rumbo al Cuadrante Desastre.
Al atardecer de ese día de octubre, frente a las costas de Brasil y a toda máquina –grave error–, la hélice de babor (izquierda) se desprendió al romperse el árbol de transmisión del motor, se estrelló contra el casco, y abrió un enorme boquete en la popa.
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Mafalda de Saboya en su niñez
El agua entró en avalancha. Se lanzó el SOS. El jefe de máquinas se suicidó de un balazo. De las 1.200 almas, sólo se salvaron 78. Una vez más, la superstición y su leyenda se había cumplido.
Entretanto y muy lejos, aquella princesita Mafalda que lo bautizó con una botella de champagne francés, cumplía 21 años y conocía en Roma al príncipe y landgrave alemán Felipe de Hesse-Kassel (1896-1980), sobrino del ex Káiser Guillermo II. (N. de la R.: “landgrave” era un título nobiliario usado en el Sacro Imperio Romano Germánico y después en los territorios derivados de éste, comparable al de “príncipe soberano”).
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Una adolescente Mafalda
Italia era un país de fuertes tensiones sociales donde el movimiento sindical y del anarquismo cada día se mostraban más virulentos.
Pero Mafalda creció en el Palacio del Quirinal, distanciada de aquellas dificultades políticas, en un ambiente familiar cordial en el que su madre mantuvo una austeridad impropia de las casas reales en ejercicio.
Se decía que llegó incluso a cocinar para sus hijos ante la mirada escrutadora de su suegra, la Reina Margarita, siempre estricta con el protocolo. Mafalda había heredado el talle espigado de la Reina Elena y, aunque no era muy alta, pronto se postuló como una interesante princesa casadera.
Italia había entrado en la Primera Guerra Mundial del lado de la Entente, aunque estar en el bando ganador no le proporcionó las ventajas territoriales a las que aspiraba. El país se vio abocado a una espiral de violencia comunista en la que el fascismo no tardó en abrirse camino hasta llegar al poder.
En octubre de 1922, tras la “marcha sobre Roma” en la que centenares de “camisas negras” tomaron la capital, Víctor Manuel III encargaba a Mussolini formar Gobierno.

Mafalda de Saboya y Felipe de Hesse-Kassel el día de su boda, el 23 de septiembre de 1925
Dos años después, el 25 de septiembre de 1925, Mafalda de Saboya se casaba en Roma con Felipe de Hesse-Kassel, sobrino del Kaiser Guillermo II, perteneciente a una distinguida familia de soberanos teutones y que mostraba claras inclinaciones fascistas.
“Una boda de Príncipes” tituló el semanario gráfico Nuevo Mundo con bella foto de la novia en portada.
De rasgos nórdicos, modales y gustos refinados, sospechado de bisexualidad…, y fascista, estos dos últimos datos no hicieron retroceder a Mafalda: se casaron en el Castillo de Racconigi, Turín, bastión de los Saboya.
Vasta luna de miel en cada rincón de la Riviera itálica, mansión en Villa Polissena, dentro de las tierras de Villa Saboya, diseñada por el novio, y nacimiento de cuatro hijos: Mauricio, Enrique, Otto y Elizabetta.
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El rey Victor Emanuel III junto a su familia. De izquierda a derecha, la princesa Juana, la reina Helena, el príncipe Humberto, la princesa María, la princesa Yolanda y la princesa Mafalda
La pareja tuvo cuatro hijos y se instaló en Alemania. Felipe se alistó en el partido nazi y, con la llegada de Hitler al poder en 1933, fue designado gobernador de la provincia de Hesse-Nassau en la que tenía buenos contactos sociales.
Primer quiebre de la pareja: Mafalda, enemiga del fascismo, se opone al nombramiento, que además implica abandonar Italia y hacer pie –y vida– en Alemania. Pero no son tiempos en que la voz de la mujer signifique algo: se mudan en 1934.
En 1943 (simetría: simple inversión de números), los aliados invaden Sicilia, obligan a replegarse a las tropas nazis, y descabezan el gobierno de Mussolini, depuesto y encarcelado por Víctor Manuel III. Las tragedias empieza a tejer su última madeja…
Hitler, lejos de intuir que el Tercer Reich para un milenio se acabará como la luz de un fósforo, furioso por lo que llama “la traición del rey”, decreta y pone en marcha la Operación Abeba: caza de la familia real italiana a cualquier precio.
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Toda la familia real de Italia en la boda de la princesa Mafalda de Saboya con el príncipe Felipe de Hesse en el Palacio Real de Racconigi el 10 de febrero de 1925
Durante años mantuvieron una posición privilegiada, pero el giro en los acontecimientos derivados del desembarco aliado en Sicilia, propició un cambio en su condición. En 1943, Víctor Manuel III destituía a Mussolini y pasaba a situarse en el lado aliado.
La posición de Mafalda y Felipe empezó a verse seriamente comprometida: Hitler acababa de poner en marcha la “operación Abeba” para detener a los miembros de la Familia Real.

Mafalda de Saboya en una recepción al aire libre
Cuando aquello ocurrió, Mafalda estaba en Bulgaria con motivo de los funerales del Rey Boris, esposo de su hermana Juana. Decidió regresar a Italia para ver a sus hijos, a los que había dejado bajo protección del Vaticano, puesto que sus padres huyeron al sur del país.
Tras el reencuentro y confiando en que la condición de Roma como “ciudad abierta” podría protegerla, se dirigió a su palacio de “Villa Polissena” en el centro de Roma.
Ignora que Felipe, por orden directa del führer, está en la cárcel por no haber informado la caída de Mussolini, y lo peor: también ignora que su cabeza tiene precio. El 21 de septiembre de 1943 llega a Roma, se encamina al Vaticano, donde están refugiados sus hijos, rechaza la protección que le ofrece el Papa, y retorna a Villa Polissena. Decisión fatal. Al otro día, la Gestapo cae sobre ella.
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Felipe de Hesse-Kassel
Le dijeron que se encontraría con su marido, quien había sido previamente retenido, acusado de traición.
La acusan de traición y la mandan al campo de exterminio de Buchenwald, y allí la confinan en la Barraca 15 de Aislamiento bajo un nombre falso: Frau von Weber, y le prohíben revelar su identidad.
La cuidan una testigo de Jehová y una prostituta. Le asignan un menú “de privilegio”: pan negro, manteca, algo negro parecido al café –sin azúcar– y sopa de carne y cebada.
La llevaron al campo de Buchenwald, en el centro-este de Alemania, cerca de Weimar, y en el que malvivían homosexuales, testigos de Jehová y prisioneros políticos. Mafalda de Saboya, Princesa de talia, quedó aparcada en la barraca 15, el llamado “barracón de aislamiento”, con el nombre de Frau von Weber.
La mantuvieron en mejores condiciones que al resto de presos comunes, pero, aun así, su tratamiento distaba de ser aquel al que estaba acostumbrada. En un pabellón aledaño se encontraba el político francés judío Léon Blum y el exministro socialista Edouard Dalalier.

Mafalda, con sus hijos Enrico, Otto y Maurizio
Mafalda soportó unas circunstancias de extrema dureza; durante meses se alimentó de pan negro y mantequilla y no recibió noticias de sus hijos, que seguían asilados en el Vaticano. La Princesa cayó herida durante un bombardeo aliado.
Las autoridades nazis, advertidas del ataque, se había negado a evacuar el campo. En la enfermería, una especie de prostíbulo repleta de mutilados, las autoridades postergaron una operación que terminó en gangrena, amputación del brazo izquierdo y muerte agónica unas horas después. Era el 27 de agosto de 1944.
El cuerpo de la Princesa se enterró en una fosa común, en un ataúd con la inscripción “262. Una mujer desconocida”. Su marido, Felipe, consiguió sobrevivir. Tras permanecer varios meses en un campo en Baviera, lo trasladaron a Dachau y posteriormente al Tirol con otros presos “prominentes”.
Fue liberado y detenido por los estadounidenses en mayo de 1945. Después de un juicio por su pasado colaboracionista y un breve periodo de retención en Capri, ya en libertad, se hizo cargo de sus hijos.
Posteriormente, sus restos serían recuperados por la familia y trasladados a una sepultura definitiva.
No fue hasta el 11 de abril de 1945 que Radio Londres informó sobre su muerte. Su marido y sus padres, el rey Víctor Manuel III y la reina Elena, se enteraron por el diario unos días después en su exilio de Alejandría (Egipto).
El príncipe Felipe debió esperar hasta 1951, cuando el gobierno soviético (Weimar se encontraba en la Alemania del Este) autorizó la exhumación del cementerio donde aquellos prisioneros italianos habían enterrado el cuerpo de Mafalda para poder trasladarlo al mausoleo de los landgraves de Hesse, en el castillo de Kronberg (Hesse), donde se encuentra desde entonces.
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