Ser mayor: atesorar recuerdos y cosas…

El País(J.C.Álvarez)/hola.com(C. Soria) — Existe un impulso que nos lleva a coleccionar. De objetos a destrezas. De biografías a desafíos. Ese impulso nace en la infancia. Con los cromos de fútbol o las muñecas de alma prácticamente humana. Para dar paso justo después a una actitud de coleccionista maduro.
Que disfruta tantísimo que los demás no parecen entender nada en absoluto. Se colecciona para sobrevivir. Y en último término para dar sentido a una vida que ya se intuye desordenada e incoleccionable.
Freud aseguraba que el poder asignado al tesoro otorgaba ese mismo poder psicológico a su poseedor. De ahí que haya quien se rodee de esculturas o pinturas para adentrarse en su antiguo magnetismo.
El deseo de esa pieza única lo cambia todo. Y así cuando por fin se obtiene se produce el instante extraordinario. Todo encaja en un momento irrepetible y desgraciadamente fugaz. Para de nuevo volver a empezar.
Al contrario de lo que muchos creen los objetos nos eligen. Y no al revés. Eso creía Umbral en sus feroces páginas hechas de miopía. Uno puede volcarse ante un disco y que el tiempo corra de un modo diferente. Con la respiración entrecortada y la atención absoluta como si el mundo realmente se hubiese detenido.
Exactamente igual que en aquella escena de Arrebato sobre las primeras sensaciones frente a las ilustraciones de algunos libros. Quizá Zulueta era un descarado coleccionista de imágenes. Lo mismo vale para los libros o los platos de diseño.
Para un vino que sobrecoge o un paseo por un territorio indómito. Nadie medianamente sensible puede dejar de coleccionar. Cambiará en ocasiones. Porque siempre hay amantes menos fieles. Pero la pasión por el coleccionismo no desaparece. Y si ocurre tal vez uno esté dando demasiada importancia a cuestiones que no la tienen.
La vida nos colecciona a nosotros. Pasamos entre sus dedos como esos libros que se van amontonando. Un desenfadado juego desde ambos lados. Diría incluso que estamos tan habituados a coleccionar que apenas nos damos cuenta. Se acumulan las pequeñas figuras.
Los vestidos o los marcos de plata. Coleccionamos porque no sabemos dejar de hacerlo. Porque podríamos vivir con menos pero sería más aburrido. La plenitud siempre es incompleta. Hay también quien colecciona dinero.
Aunque ese tipo de coleccionista suele tener menos imaginación. Desde fuera resulta divertido y recuerda a Tío Gilito en aquellos cómics donde se bañaba entre monedas. Supongo que el coleccionismo nace de una carencia.
De algo que no tuvimos y que en nuestra imaginación se hizo fascinante. Por eso me alegro tantísimo de que hayan faltado cosas. De una ligera frustración que nos ha construido distintos. Aplicados en encontrar ese asombroso descubrimiento.
Desprenderte de objetos que simbolizan recuerdos es una crisis que vivirás varias veces en tu vida

Es una costumbre muy humana atesorar objetos que nos recuerdan a momentos importantes de nuestra vida. Conceder una importancia relevante y emocional a lo material forma parte del ADN de la psicología del ser humano.
Porque es una llave para transportarnos a aquellos momentos en los que fuimos felices, tratando de que existan rastros que no se borren y que nos permitan mantener vivos y frescos esos momentos.
Sin embargo, hacer acopio de objetos y detalles que están anclados en recuerdos no siempre tiene una utilidad muy clara. Principalmente porque cuando se van cumpliendo años la cantidad de cosas que podríamos atesorar se va haciendo insostenible.
Existen detalles de todo tipo, desde un billete de tren que utilizamos cuando viajamos por última vez con alguien muy especial, hasta una prenda de ropa que nos pusimos en los días más felices de nuestra adolescencia.
Atesorar objetos que simbolizan recuerdos puede acabar siendo un tipo de acopio que realmente no implica beneficios, ni emocionales ni prácticos. Porque si lo ves con perspectiva, es muy difícil que encuentres un momento para repasar esos detalles y ensimismarte al recordarlos.
Pueden acabar siendo objetos sin utilidad, que no aporten nada y que, incluso, cuando los vayas a revisar descubras que están envejecidos por el paso del tiempo, que ya no mantienen su textura u olor original, y sentir de forma más aguda esta pérdida.
El único recuerdo necesario está en tu mente

Mantener los recuerdos vivos es un ejercicio que tiene más consecuencias mentales que físicas. Es decir, los recuerdos materiales nos atan a ser los custodios de que aquello que queremos conservar no se malogre, nos confiere una responsabilidad externa a nuestro propio recuerdo y nos sitúa en el brete de saber que en cualquier momento tal vez lo perdemos o debemos deshacernos de ellos.
Atesorar recuerdos físicos de los momentos importantes de nuestra vida nos confiere una responsabilidad que puede ser negativa, porque en el momento de deshacernos de ellos nos podemos sentir traidores de los que significaron.
Aprovecha las mudanzas y las limpiezas generales
Ese es el problema de “personalizar” objetos que simbolizan recuerdos, que establecemos con ellos una relación de reliquia, en la que se desdobla nuestra responsabilidad inicial, de ser fieles custodios del recuerdo, para convertirnos en deudores de un respeto al objeto físico.
Casi aplicando los principios de Marie Kondo a nuestra forma de acumular recuerdos, ten en cuenta hasta qué punto te es útil esta relación con objetos físicos y afronta que puede ser más valioso para tu vida depender únicamente del poso que dejaron esos acontecimientos y vivencias en tu vida, en tu recuerdo, que focalizando ese amor y respeto por los momentos en objetos que cogen polvo y ocupan espacio.
Aprovecha cada mudanza o los momentos en los que te tomas en serio una limpieza y reorganización general de tu casa, para sumergirte en esos recuerdos, disfrutarlos y rendirles tributo, y hacer una limpieza de todo aquello que realmente no necesitas para recordar, pero que puede servirte en esta ocasión para honrar unas emociones vividas que aun te importan.
Si en estos casos, ante una mudanza o una limpieza, dedicas algo más de tiempo y cuidado a este tipo de detalles, puede servirte para disfrutar de esa rememoración y, a la vez, para desprenderte de cosas que realmente no tienen más función que coger polvo.
Deja un comentario