Las sagas familiares más influyentes de todos los tiempos: La familia Rockefeller …

Rockefeller y su hijo John Jr. en 1915.
Biografías y Vidas/La República/La Vanguardia(J.Moncayo) — John D. Rockefeller fue uno de esas personas que prometen desde su niñez. Y es que el que terminaría siendo el hombre más rico de la historia ya desde su infancia, en la primera mitad del siglo XIX, mostró interés por los negocios, y se forjó como un excelente vendedor, incluso ganando una fortuna por hacer pasar unas piedras normales pintadas en dorado por piedras preciosas.
Más allá de estas triquiñuelas, la Guerra Civil estadounidense comenzaría a marcar su fortuna. Tras varios negocios de abastecimiento, terminó creando la Standard Oil en 1870, que se convertiría en el mayor monopolio nunca visto, controlando las reservas petrolíferas de Estados Unidos y de buena parte de Europa y América Latina. Tal fue su poder que la propia administración estadounidense le llevó a juicio para separar el emporio que había construido.
John D. convirtió a los Rockefeller en la familia más influyente, y sus descendientes mantienen el poder del apellido.
John D. Rockefeller (1839-1937), su fundador, fue un comerciante establecido en Cleveland, que percibió tempranamente el futuro económico que podía tener el petróleo de Pennsylvania e instaló allí una refinería en 1863.
La rápida expansión de aquel negocio le llevó a abandonar sus actividades anteriores y a asociarse con otros empresarios (incluido su hermano William), formando la Standard Oil Company de Ohio (1870).
Aquella compañía estuvo enseguida en condiciones de comprar las refinerías de los competidores, adquirir oleoductos, negociar tarifas de transporte baratas con los ferrocarriles y las navieras.

Hacia 1881 tenía un virtual monopolio del mercado de derivados del petróleo en Estados Unidos y era el primer grupo en adoptar la forma de trust, tan usual en la época de grandes concentraciones empresariales del capitalismo monopolista que se iniciaba por entonces, coincidiendo con la segunda fase de la Revolución Industrial.
Convertida en símbolo de las prácticas monopolistas, la Standar Oil fue víctima de la legislación de defensa de la competencia que adoptaron muchos Estados americanos y el propio Gobierno federal como reacción.
Condenado por el Tribunal Supremo de Ohio en 1892, Rockefeller eludió la normativa antimonopolística disolviendo formalmente el trust y poniendo las acciones a nombre de diferentes empresas controladas por el mismo núcleo de nueve socios.
Las creencias religiosas de Rockefeller (un devoto cristiano protestante de la rama baptista) le inclinaron a poner la fabulosa fortuna que había amasado al servicio de obras sociales, dedicándose casi por entero a la filantropía desde que se retiró a vivir en una granja en 1896: fundó la Universidad de Chicago (1891), el Instituto Rockefeller para la Investigación Médica en Nueva York (1901), el Consejo General de Educación (1902) y la Fundación Rockefeller (1913).
En todas estas tareas estuvo auxiliado por su único hijo, John D. Rockefeller Jr. (1874-1960), que fue quien le sucedió al frente del negocio familiar.
Su especialidad como empresario fue la lucha contra los sindicatos obreros, empleándose con fuerza en la represión de las huelgas.
En 1899 consiguió recomponer la unidad de sus empresas a través de un holding con sede en Nueva Jersey; pero en 1911 tuvo que disolverlo -como le había ocurrido años antes al trust de Ohio- al declarar el Tribunal Supremo federal que incumplía la Ley Shermann Antitrust de 1890.
Por esas mismas fechas también él se retiró para dedicarse a las obras sociales.
Fue el constructor del Centro Rockefeller de Nueva York en los años treinta y uno de los impulsores de aquella ciudad como sede de la Organización de las Naciones Unidas en los cuarenta (Rockefeller regaló a la ONU el solar en donde se edificó su sede).
También financió la construcción de viviendas sociales, la conservación del patrimonio histórico y la creación artística.
Al frente del negocio y de las 33 fundaciones familiares le sucedió el mayor de sus cinco hijos varones, John D. Rockefeller III (1906-78).
Se especializó en formar una colección extraordinaria de arte oriental. Creó el Centro Lincoln para el Desarrollo de las Artes en Nueva York, el Centro Internacional de la India en Nueva Delhi, la Casa Internacional de Japón y la Sociedad de Asia (a la cual donó su colección artística al morir).
En 1952 fundó el Consejo de la Población, un centro de investigación sobre planificación familiar.
Su hermano Nelson A. Rockefeller (1908-79) se dedicó a la política, integrándose en el ala liberal del Partido Republicano.

John Davidson Rockefeller, el patriarca de la familia.
Colaboró con las administraciones demócratas de Franklin D. Roosevelt y de Harry Truman en los años cuarenta y cincuenta.
Fue elegido cuatro veces gobernador del Estado de Nueva York (1959-73) y vicepresidente de Estados Unidos con Gerald Ford (1974-77); pero nunca consiguió la nominación republicana para la presidencia, que pretendió varias veces.
Tanto él como sus restantes hermanos (Laurance, Winthrop y David) se dedicaron simultáneamente a extender los negocios de la familia hacia nuevas ramas de actividad, y a fundar instituciones culturales y filantrópicas.
El nombre de John Davison Rockefeller evoca una colección de superlativos. Fue el primer billonario de Estados Unidos y el más rico de su historia : cuando murió, en 1937, su fortuna era de 1.500 millones de dólares (el 1,52% del PIB del país), equivalentes a unos 330.000 millones actuales.
También el industrial más exitoso y poderoso de su tiempo, artífice del primer monopolio petrolero y uno de los pioneros de la gran corporación moderna. Fue, además, el patriarca de la dinastía norteamericana más conocida e influyente y el mayor filántropo del mundo.
Todos esos hitos fueron posibles gracias a unas tácticas empresariales depredadoras. Unas tácticas que el protagonista santificó, su prole limpió y el resto ha categorizado como talento organizacional, mal menor o contradicción inherente a la complejidad de un personaje extraordinario, tan devoto de los negocios como de su particular ideario cristiano.
En la cima de su carrera, al frente de la suprema Standard Oil, Rockefeller no gozó de tal predicamento. Se le acusó de pagar sueldos irrisorios, aplastar los sindicatos, confabularse con los ferrocarriles, levantar su monopolio chantajeando y absorbiendo a la competencia y extorsionar a políticos.
Para la prensa y la opinión pública, era el más despiadado de los llamados robber barons (barones ladrones), el grupo de empresarios que se hicieron millonarios y dominaron la industria norteamericana en el último tercio del siglo XIX. También el más hipócrita. En una caricatura de la época aparecía dando monedas con una mano, en referencia a su conocida actividad caritativa, mientras robaba sacos de oro con la otra.
– Obsesión por el dinero
Aunque siempre se presentó como alguien venido de la nada, el clima de inseguridad económica en que creció Rockefeller, nacido en 1839 en Richford (Nueva York), no se debió tanto a la falta de dinero como a la personalidad de su padre.
William Avery se ganaba la vida como falso doctor vendiendo elixires medicinales para curar el cáncer, una ocupación que le llevaba a recorrer el país durante meses. Debido a sus ausencias, su mujer, Eliza, y los cinco hijos de ambos vivían del crédito que les concedía el economato local, cuenta que William saldaba a su regreso cargado de dólares.
Lejos quedaba el sacrificio ejemplar de los antepasados del clan Rockefeller, que en 1723 comenzaron a emigrar al nuevo mundo desde Coblenza (Alemania).

(El joven Rockefeller a los 18 años)
Como nunca sabía cuándo iba a volver su marido, Eliza, una devota baptista de moral recta, hizo de la frugalidad virtud. De la entereza de su madre, John heredaría su profunda religiosidad y un gran respeto por las mujeres. De su padre, el gusto por el dinero, que aquel exhibía en sus raras apariciones cual Papá Noel, con alegría y regalos, y el consejo de llevarse siempre la mejor parte en cualquier negocio. También, por oposición, compensó su carácter temerario con un acusado sentido de la prudencia.
– El negociante precoz
Ya de niño apuntó maneras, incluso con sus hermanos, a quienes vendía trozos de caramelos. Con siete años vivió su primera experiencia comercial. Tras descubrir dónde ponía los huevos un pavo salvaje, crio a los polluelos con el requesón que le daba su madre y los fue vendiendo.
El chico, que ya había empezado a ahorrar en una hucha azul, reunió el dinero suficiente para, al cabo de tres años, prestar a un granjero 50 dólares al 7%. Cuando recuperó su capital más 3,5 dólares de intereses, tuvo su momento eureka: “Decidí que el dinero trabajase por mí”, pues por entonces ganaba 1,12 dólares por tres arduas jornadas de diez horas desenterrando patatas.
Su madre también le inculcó la obligación de donar, por poco que fuera, a la Iglesia y los pobres.
En 1853 la familia se mudó a un suburbio de Cleveland, en Ohio. Rockefeller era, según sus amigos, un joven serio y cumplidor, además de reservado, religioso y metódico. En el instituto conoció a Laura Celestia Spelman, de buena familia y con quien se casaría a los 25 años. Después hizo un curso de negocios de diez semanas en el que aprendió contabilidad y los fundamentos de las transacciones comerciales.
El 26 de septiembre de 1855, con 16 años, consiguió su primer empleo como ayudante contable en Hewitt and Tuttle, comisionistas mercantiles en productos agrícolas. En 1858 ya ganaba 600 dólares anuales, pero cuando pidió un aumento de sueldo y se lo negaron, empezó a mover hilos para establecer su propio negocio. Las dos grandes ambiciones de su juventud eran ganar 100.000 dólares y vivir cien años, y estaba dispuesto a hacerlas realidad.
Montó una firma de comisionistas al por mayor con Maurice Clark, un inglés que trabajaba para otra empresa del sector. Rockefeller había ahorrado mil dólares, pero necesitaba otros mil para la inversión inicial y se los pidió a su padre, que se los prestó a un 10% de interés. Volvería a pedirle dinero para afrontar la expansión del negocio. Aunque el comportamiento de su padre parezca inexplicable, como él mismo decía: “Timo a mis hijos siempre que puedo. Quiero que se curtan”.

El boom del petróleo
Tan solo en su primer año de andadura, la firma obtuvo 4.000 dólares de beneficios con unos ingresos de 450.000 dólares. El inicio de la guerra civil en 1861 y la oleada de pedidos del Ejército hicieron subir los precios como la espuma, consolidando el éxito del negocio. Dos años antes se había producido el acontecimiento que cambiaría la vida de Rockefeller: el descubrimiento de petróleo en Titusville, Pensilvania.
Samuel Andrews, un químico inglés, le convenció para que invirtiera en la refinería que proyectaba construir en Cleveland. Así fue como nacieron Andrews, Clark and Co. Pero la industria petrolera, aún en mantillas, era un negocio tan arriesgado y especulativo que la firma no despegó. Audaz como nunca, Rockefeller la compró pidiendo un préstamo, y en 1865 fundó Rockefeller and Andrews.
Tras la guerra civil, Estados Unidos pasó rápidamente de una economía agrícola y artesanal al desarrollo industrial. Rockefeller se posicionó en el momento y el sector perfectos para aprovechar la gran expansión del país hacia el oeste.
Advirtió la oportunidad que ofrecía el crecimiento del ferrocarril y el de una economía que demandaba cada vez más queroseno. Solicitó cuantiosos préstamos, compró la refinería de su hermano e incorporó a nuevos socios, rodeándose siempre de la gente más capaz.
– Rey de la concentración
Hasta que en 1870, a los 31 años, Rockefeller constituyó la Standard Oil Company, con un capital de un millón de dólares y él mismo como presidente.
A pesar de que la Standard Oil se erigió en la refinería más rentable, la incipiente industria del petróleo, con cada vez más actores pequeños, se hundió en una guerra de precios autodestructiva. Su respuesta, con su nueva empresa en peligro, fue sustituir la competencia por las eufemísticas “cooperación” o “combinación”, inaugurando, junto con los otros barones ladrones, el capitalismo monopolista.
Urdió una conspiración con un cártel de ferrocarriles, que secreta e ilegalmente le prometieron descuentos exclusivos al tiempo que subían los precios a las demás refinerías, y presionó a estas para que le vendieran sus acciones si no querían que las dejara fuera de juego. La trama, sin embargo, salió a la luz, y los ferrocarriles echaron marcha atrás. Pero Rockefeller persistió en sus operaciones.
En menos de cuatro meses, la Standard Oil absorbió a 22 de sus 26 competidores en lo que se conoce como “la masacre de Cleveland”. Rockefeller fue vilipendiado por primera vez por la prensa y la sociedad. Desde ese momento, las críticas y el desprecio le acompañarían siempre.
En su defensa, dijo: “No nos quedó más remedio. El negocio del petróleo era un caos que empeoraba cada día. La combinación ha llegado para quedarse. El individualismo no volverá”.
– Larga batalla legal
El plan siguió con una larga serie de reorganizaciones y fusiones que culminarían en 1882 en el primer trust corporativo de la historia y el más importante de Estados Unidos: el Standard Oil Trust, una concentración horizontal en un solo holding que evitaba la figura del monopolio, pero en la práctica lo era.

Una protesta de trabajadores de Standard Oil en Nueva Jersey en 1915.
¿Por qué no se le pararon los pies? En un entorno de tan rápida evolución como la primera industrialización, el problema era legal: de vacío, primero, y de falta de instrumentos eficaces, después.
El Congreso reaccionó tarde y mal. Aprobó la ley antimonopolio Sherman en 1890, pero dejó a los tribunales su aplicación, y esa batalla, que Rockefeller alargó con una legión de abogados, apenas dio frutos. En 1900 seguía refinando y comercializando el 90% de todo el petróleo producido en el país.
La ley Sherman no se haría mayor de edad hasta 1911, cuando el Tribunal Supremo falló contra el monopolio y lo dividió en las 34 empresas que lo componían. Rockefeller se enteró de la decisión en el green e, impertérrito, aconsejó a un amigo que jugaba al golf con él: “Compra acciones de la Standard Oil”. Acertó, pues las partes del gigante resultaron ser más valiosas por separado que juntas.
La empresa podría haberse salvado si hubiera jugado mejor sus cartas, como hizo con más sagacidad política, por ejemplo, la US Steel (integración de la corporación de Andrew Carnegie y otras bajo la batuta de J. P. Morgan). Rockefeller no fue muy inteligente al ofrecer a Roosevelt, promotor del pleito en el Supremo, el apoyo a su reelección si desistía.
Por otro lado, los economistas aún debaten si la rapaz compra de sus rivales y sus precios agresivos aceleraron o retrasaron el crecimiento del sector y el abaratamiento del petróleo.
– Sin voluntad de expiación
En 1895, a los 56 años, Rockefeller se jubiló, aunque mantuvo el cargo de presidente de la Standard Oil hasta 1911. Libre de obligaciones y ya billonario (por su participación en esa y muchas otras empresas), se entregó en cuerpo y alma a la filantropía, el golf y sus mansiones.
Aunque contemplaba la caridad como su otra razón de ser aparte de los negocios, se creía víctima de una injusta calumnia. Para contrarrestarla ideó, muy apropiadamente, un sistema filantrópico tan ambicioso y vasto como su imperio petrolero.
Al morir se había desprendido de la mitad de su fortuna, pero no logró disipar el recuerdo de la Standard Oil.
En todo caso, actuó hasta el último suspiro sin asomo de culpa, convencido de haber tenido la razón de su parte: “Dios me dio mi dinero. Siempre he considerado un deber religioso ganar todo el dinero que honradamente pudiera y usarlo por el bien de mi prójimo según los dictados de mi conciencia”.
Al morir, a los 97 años, se había desprendido de la mitad de su fortuna, pero ni aun así pudo disipar el recuerdo de la temida Standard Oil.

John D. Rockefeller Jr.
Su hijo John D. Rockefeller Jr. recompuso la imagen de la familia mediante una operación de relaciones públicas más eficaz. Donó cientos de millones de dólares que transformaron EE.UU. y dejaron a la dinastía el mejor de los legados: un nombre que ya no era sinónimo de la codicia corporativa, sino, como reza el mantra familiar, del “bienestar de la humanidad”.
La verdadera fortuna de los Rockefeller es el secreto mejor guardado en Estados Unidos desde la receta de la Coca-Cola.
Mientras que hay quien la cifra en poco más de US$11.000 millones, otros cálculos hablan de medio billón de dólares si se tiene en cuenta las fundaciones benéficas que controla la familia, el patrimonio individual de cada uno y los fideicomisos establecidos hace décadas para garantizar la herencia de, a día de hoy, los cerca de 200 primos -entre la quinta, la sexta y la séptima generación- que viven de un legado centenario y de un origen un tanto turbio que la dinastía se ha esforzado por enterrar a base hacer donaciones millonarias.
De hecho, a día de hoy, el apellido Rockefeller en Estados Unidos es sinónimo a partes iguales de poder y filantropía.
– ¿Qué compañías controlan los Rockefeller?
Aparentemente, ninguna. Pese a ser los fundadores de gigantes del petróleo como ExxonMobil o Chevron, o haber sido los principales accionistas del banco JP Morgan Chase e invertido en Apple cuando la firma daba sus primeros pasos, la familia ha dejado claro a lo largo de estos años en qué sectores, como el petróleo, ya no invierten, pero no son tan transparentes a la hora de hablar de sus finanzas actuales.
Gracias a una denuncia presentada por una bisnieta del fundador del imperio contra el banco que gestionaba la fortuna, se sabe que existen diferentes vehículos que agrupan el patrimonio familiar, como un fideicomiso establecido a mediados de los años 30 que reparte dividendos a los actuales herederos pero al que no tienen acceso a título individual. Además, cada uno es libre de legar como quiera la fortuna que amase durante su vida.
De profesión, filántropo. Ese es el cargo que más abunda entre los Rockefeller, que también han hecho carrera en el mundo de la política, convirtiéndose por tanto en una de las familias más poderosas de Estados Unidos. Actualmente, John Davison Rockefeller IV es senador. Ha seguido los pasos de su tío Nelson, el único de los Rockefeller que ha llegado hasta la Casa Blanca -fue vicepresidente entre 1974 y 1977-.
– Historia
A día de hoy, ningún miembro de la familia destaca por su papel como empresario o inversor. El éxito de la dinastía se debe, en su mayor parte, al primer John Davison Rockefeller. Aunque sus orígenes se remontan a la región alemana de Renania, nació a mediados del siglo XIX en Nueva York y levantó su imperio de la nada.
Lo que cobraba como contable lo invertía en la Bolsa de Nueva York. Después, lo apostó todo al sector cafetero. Tuvo éxito y lo que ganó lo destinó a fundar su propia empresa en el pujante sector del petróleo.
No exento de polémica y utilizando tácticas que más tarde serían prohibidas (como colusión de precios o bloqueo a la distribución de sus competidores para ahogarlos financieramente), logró hacerse con la mayoría de las refinerías del país, hasta controlar 90% de la producción de petróleo en EE.UU.
Nació entonces la Standard Oil Trust, la mayor petrolera del país y, posiblemente, del mundo. Gracias a eso, Rockefeller se convirtió en el hombre más rico del planeta, desplazando por aquel entonces a los Rothschild, la familia europea que gobernaba el mundo a través de la banca.
A precios de hoy, su fortuna llegó a estar valorada en más de US$600.000 millones, más del doble de lo que hoy posee Elon Musk, la persona más rica del mundo, y prácticamente lo mismo que Musk, Jeff Bezos y Bill Gates juntos.

Standard Oil Trust
Y para asegurarse de que su patrimonio sobrevivía a las próximas generaciones, no dudó a la hora de prácticamente desheredar a sus cinco hijas y traspasárselo todo a su único hijo: John Davison Rockefeller Jr.
Para entonces, Standard Oil había crecido tanto que se dividió en 30 sociedades, entre ellas algunas que han llegado al siglo XXI, como ExxonMobil y Chevron, dos de las petroleras más grandes del mundo.
Su hijo se dedicó al sector de la banca y las inversiones, pero tras varios escándalos relacionados con sobornos a senadores, además de la mala prensa que ya arrastraba su padre, finalmente dimitió de todos sus cargos y se dedicó a limpiar el apellido Rockefeller a través de la filantropía, idea que heredó de su madre, Laura Celestia Spelman.
A medida que su marido levantaba un imperio a costa de la reputación familiar, ella dedicaba ingentes recursos a causas benéficas. Fue una conocida activista a favor de la abolición de la esclavitud.
Su hijo siguió sus pasos y tuvo éxito con sus proyectos filantrópicos; su nuera, Abigail Greene Aldrich Rockefeller, fue clave como impulsora del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa).
Más allá de sacar brillo al apellido de la familia, Junior también sentó las bases de los protocolos familiares para las siguientes generaciones.
– Tercera y cuarta generación
Gracias a eso, sus seis hijos (cinco hombres y una mujer) heredaron su legado. A esta etapa al frente de los negocios de los Rockefeller se la conoce como la Era de los Seis.
Aunque en este grupo había un John Davison Rockefeller III, quien realmente se convirtió en el patriarca fue Laurance, un genio de las finanzas que gestionó la fortuna familiar y, a través de la constitución de una gestora de capital riesgo, apostó por compañías como Apple o Intel.

Laurance Rockefeller
Mientras, su hermano Nelson ascendía hasta la vicepresidencia de EE.UU. y Winthrop se convertía en gobernador de Arkansas.
La tercera generación brilló con luz propia. David Rockefeller, fallecido en 2017, fue el último de los hermanos en fallecer. Además de presidir JPMorgan Chase, también se centró en mantener a salvo el legado familiar, organizando anualmente reuniones de todos los herederos, cada vez más desperdigados, pero siempre unidos a través de los fideicomisos.
Pese a esta época dorada, y con semejante exposición pública, los Rockefeller volvieron a ser el centro de innumerables polémicas, salvo Abby Rockefeller, que se mantuvo alejada de los focos y se centró en diferentes proyectos benéficos. Especialmente convulsa fue la vida de quien fuera vicepresidente de EE.UU.
Su popularidad tocó suelo tras ordenar al Ejército que asaltara por la fuerza la prisión estatal de Attica, donde se había producido un motín. La acción costó la vida de varios de los rehenes. Pero la verdadera polémica llegó tras su muerte.
La familia informó de que había sufrido un infarto mientras trabajaba, pero la verdad no tardó en salir a la luz: falleció mientras mantenía relaciones sexuales con su secretaria. Ante el temor a que se descubriera la relación, la joven de 27 años tardó mucho en alertar de lo sucedido y los servicios médicos no pudieron reanimar al político.
Desde que la cuarta generación se hizo con las riendas de los fideicomisos, en la conocida como Era de los Primos, la familia ha optado, salvo excepciones, por una total opacidad y discreción que solo dejan de lado para abanderar causas benéficas. Los Rockefeller del siglo XXI no alardean de poder; sólo hablan de filantropía.

Rockefeller Center
– La última joya de la corona
Desde gestoras de capital riesgo hasta centros de investigación contra el cáncer. El apellido Rockefeller da nombre a institutos, escuelas, fundaciones, parques y jardines,…
Pero si hay un activo emblemático es el Centro Rockefeller, en torno al que se ha edificado la principal zona de negocios y oficinas de Nueva York.
Ocupa tres manzanas enteras entre la Quinta y la Sexta Avenida (epicentro comercial de la Gran Manzana) y cuenta con 19 edificios de uso comercial (incluyendo varios rascacielos).
Promovido hace más de un siglo por los Rockefeller, invirtieron en su desarrollo compañías como General Electric, NBC, HSBC, General Motors, JP Morgan Chase y, evidentemente, las petroleras propiedad de la familia, como ExxonMobil y Chevron.
Al igual que ha ocurrido con el resto de históricos de la dinastía, los Rockefeller ya no son dueños del complejo. El actual propietario es el magnate Jerry Speyer, que lo adquirió en el año 2000 por US$1.850 millones.
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