Esas eran cosas de hombres: Duelos y duelistas en la historia argentina …

La Prensa(R.L.Elissalde)/Infobae(M.Bauso)(E.Anguita/D.Cecchini)/Historia Hoy(J.E.Martín) — Sin duda Hernán A. Moyano Dellepiane es una autoridad en materia de los duelos en la Argentina. Su trabajo en la Revista del Instituto Histórico Municipal de San Isidro, tratando las Cuestiones caballerescas en los Pagos de la Costa y San Fernando donde volcó parte de las de fichas sobre el tema que fue juntando a través de muchos años, es una prueba de su capacidad en la materia. Mucho más podríamos agregar al respecto, y todos esperamos ese gran volumen sobre el tema.
La pandemia y otras cuestiones nos impidieron tener en nuestras manos un trabajo que con el sello de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro publicó poco antes del flagelo, con el título El duelo a través de las publicaciones periódicas porteñas del siglo XIX.
Su lectura por demás entretenida con todas las visiones sobre estas cuestiones caballerescas de las que bien dice «los periodistas han vertidos ríos de tinta sobre el tema en estudio», donde no faltan las citas en La Prensa, nos permiten hacer algún comentario sobre la obra en un aspecto quizás no tan trágico.
-La pluma, un arma
Muchos lances tuvieron su origen en los escritos periodísticos que hacían sentir a los redactores en la situación de ofendidos y exigir la reparación correspondiente, dada la publicidad que había tenido a través de un medio de comunicación.
Así El Nacional opinaba que «la pluma es un arma peligrosa y el que la empuña debe saberla manejar, sino con talento a lo menos con tino».
Narra el periódico en caso de un periodista europeo que había atacado en sus artículos a un profesor, quien no aceptó disculpa alguna, de modo que ante la insistencia del docente le dijo: «¿A pesar de mis explicaciones Ud. quiere absolutamente batirse? ¡Pues bien!, el desafío es para mí una cosa muy seria; le declaro que uno de los dos quedará entonces en el terreno». Para lavar el honor se convino un duelo a pistola.

Al día siguiente a la hora señalada, se encontraron en el campo del honor, los testigos midieron los pasos y cargaron las armas. En el momento en el que el primer testigo iba a dar la señal, el periodista pidió la palabra para hacer una observación, y acercándose a su adversario le dijo: «Ya le he dicho que uno de los dos quedará en el terreno».
El ofendido le contestó: «¡Sí señor, ya me lo ha dicho, ya lo sé, concluyamos por Dios!». Entonces el periodista, tiró su pistola al suelo dijo: «Pues, señor, yo me voy; Ud. es el que se queda en el terreno». Una carcajada general de los presentes, incluyendo al agraviado fue motivo para que éste, riendo tendió su mano al periodista con la promesa de tener más moderación en sus conceptos.
– Duelo Criollo
La Prensa, el 22 de junio de 1870 publicó unos versos en referencia a un desafío similar, que parece más un duelo criollo, al extremo son lances de comedor, por ser más propios de una fonda. El desafiado en estas circunstancias, le dirige al desafiante estos versos:
«Ha de quedar ¡por mi fe! / Uno de los dos aquí. / y el otro repuso: ¿Sí? / Pues hijo. quédese Ud. / Y esto dicho, puso en juego / la fuerza de sus talones, / y sin aguardar razones / tomó las de Villadiego».

Para cumplir con las damas, La Prensa en su edición del 11 de abril de 1870 el mismo día en que era asesinado Urquiza en el Palacio San José, comentó un duelo femenino a pistola que tuvo lugar en la localidad canadiense de Halifax.
Informa que «lo más cómico del lance, es que tan luego oyeron la detonación, las dos señoras han tomado las de Villadiego con una rapidez digna de un velocípedo, dejando a sus padrinos dueños absolutos del campo de batalla».
En tono de chanza en 1865 la Nación Argentina, recordaba como si se tratara de un duelo femenino a primera sangre, semejante a los que eran comunes entre ellas en Francia por entonces, la pelea de dos mujeres a la salida de un salón de baile en la calle Talcahuano.
Al narrar algunas notas de La Crónica sobre el duelo criollo, anota que entre los gauchos nadie encuentra el campo del honor, sin embargo muchos se baten en la calle de una pulpería; volviendo a pesar de los años transcurridos a la denuncia de Hernández que «la Justicia no aplica la misma vara para gauchos y caballeros, condenando a los primeros y no castigando a los últimos».
– Hermanos Mudos
Los diarios de la época ridiculizaban a don Ignacio Albarracín, gran impulsor de la Sociedad Protectora de Animales, por sus numerosas acciones en defensa de esos seres a los que llamado «nuestros hermanos mudos», había logrado prohibir las riñas de gallo, una forma de duelo entre animales.
Finalmente El Sud Americano del 20 de abril de 1889 menciona «que muchas veces duelistas y padrinos se trasladan desde el campo del honor hasta un hotel de moda para celebrar la reconciliación de los combatientes con un opíparo almuerzo, en el que se hace gran derroche de elocuencia y de champagne. Eso sí, no se olvidan de labrar allí el acta del lance y de entregarla a la prensa para que el suceso llegue a noticia de la posteridad».
Sin duda quien desee entrar en el tema de los duelos en los medulosos trabajos de Hernán Moyano Dellepiane encontrará abundante e interesante material, como el que con una sonrisa hemos planteado en esta nota.
Los duelos más increíbles y sus historias de honor, padrinos y muertes absurdas
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Lucio V. Mansilla se enfrentó en un duelo con Pantaleón Gómez, director del periódico El Nacional. Dicen que el general luego se arrodilló y lloró junto al cuerpo
Llegó a decir sólo la primera sílaba de la palabra. Ta. Al menos eso es lo que asume la leyenda. La palabra completa era talento. Nunca pudo completarla. Cayó fulminado de un balazo. Algunos dicen que segundos antes disparó al suelo. Otros que cuando empezó a decir la frase, sus inconclusas últimas palabras, apuntó su arma hacia el cielo, un tiro al aire.
“Yo no mato a un hombre de talento”. Eso iba a decir Pantaleón Gómez la madrugada del 7 de febrero de 1880. El hombre de talento, el general Lucio V. Mansilla, sí lo mató a él. A diez pasos de distancia. Con un disparo preciso. Dicen que después se arrodilló junto al cadáver de su contendiente, lo abrazó y lloró con desconsuelo.
Ambos cumplían con un dictado de la época y de su clase.
Defendían el honor en el campo. Pantaleón Gómez era el director del diario El Nacional. Días antes había publicado en sus páginas un breve suelto sin firma que refiriéndose a Mansilla decía: “Su figura es más para un escenario de teatro que para el Ejército Argentino”. Él no lo había escrito, pero como director del diario asumió la responsabilidad. Mansilla (duelista pertinaz en los últimos años de su vida renegó de esa práctica) sintió que lo habían puesto en ridículo y exigió, a través de sus padrinos, inmediata satisfacción. En esos años, esa fórmula –inmediata satisfacción– tenía un significado unívoco. Batirse a duelo.
Durante siglos, en distintas sociedades, fueron variados los asuntos que se resolvieron a través del duelo. Al enfrentarse con armas el pleito quedaba superado, siempre y cuando los dos participantes permanecieran con vida.
La costumbre tiene su origen en prácticas ancestrales fenicias que se transmitieron a España, por un lado; y por el otro, en hábitos vikingos que se transmitieron al resto de Europa a través de las invasiones bárbaras. Otra forma que se conoció, primitivamente, en Europa fue la del juicio por combate, en la que un diferendo se resolvía mediante el enfrentamiento de los dos interesados.
Se daba por sentado que la ayuda divina se pondría del lado de quien tuviera razón. El vencedor de ese duelo era considerado inocente para la justicia de la época (o si el motivo era patrimonial era quien obtenía la sentencia en su favor).
Sin embargo, la forma moderna del duelo, tal como lo conocemos, se dio en Italia. Formulado y elaborado en la Península Itálica se transmitió a todo el continente.
Luego de una breve época de auge, la Iglesia prohibió la práctica. En 1563 el Concilio de Trento impuso la excomunión para los duelistas y para los gobernantes que los permitieran.
Unos años después, en 1592, el Papa Clemente VIII, para que no quedaran dudas, promete a quienes participaran de estas prácticas la perpetua infamia. En consecuencia, los distintos estados europeos incorporaron normas prohibiendo el duelo.
Sin embargo, en la práctica siguió teniendo un importante auge hasta entrado el Siglo XX.
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Aaron Burr y Alexander Hamilton se batieron a orillas del río Hudson en la madrugada del 11 de julio de 1804. Se instalaron a doce pasos de distancia. Burr perforó el pecho de Hamilton de un balazo, quien murió al día siguiente
Aaron Burr era un animal político. Tejía alianzas y traiciones con facilidad. Había llegado a la vicepresidencia de los Estados Unidos, secundando a Thomas Jefferson. Alexander Hamilton fue uno de los autores de la constitución norteamericana y fue el fundador del primer partido político de ese país. Era un hombre respetado y consultado, de gran inteligencia y lengua feroz.
En una cena realizó un comentario lleno de desdén sobre Burr. Los presentes rieron con el ingenio de Hamilton. Todos excepto uno, que anotó en su libreta lo dicho. Al día siguiente lo publicó en el diario. Era periodista.
Burr exigió de Hamilton una retractación que nunca recibió. Propuso entonces resolver el asunto de un modo civilizado. Esa fue su expresión: modo civilizado. Retó a duelo a Hamilton quien no tuvo mayor alternativa que aceptar. Un duelo no se rehusaba.
La madrugada del 11 de julio de 1804, a orillas del río Hudson, Hamilton y Burr se encontraron junto con sus padrinos. Se instalaron a doce pasos de distancia. Burr perforó el pecho de Hamilton de un balazo, quien murió al día siguiente.
A Burr sólo le quedaría en el futuro, el mérito de haber sido parte del duelo seguido de muerte con los participantes de mayor celebridad de la historia. Su carrera política entró en un descenso constante, perdió elecciones, quedó relegado de la vida pública y al final de sus días fue condenado por traición.
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El 3 de noviembre de 1968 a la madrugada, el almirante Benigno Varela (de pantalón blanco) y el periodista y dirigente radical Yoliván Biglieri se batieron a duelo. Fue el último que se hizo en la Argentina
Las motivaciones para batirse en un lance de honor podían ser diversas. Dichos ofensivos, gestos de desprecio, injurias, insultos públicos, alguna cachetada, el ataque (físico o verbal) a la virtud de alguna joven pariente, la publicación en un diario o revista de alguna opinión.
Muchos duelos se produjeron porque alguien se enamoró de la persona equivocada (para el desafiante). La gravedad de la ofensa recibida, la calibraba exclusivamente el ofendido. Quien profería la (supuesta) ofensa sólo podía aceptar el desafío. Aunque una sola palabra bastara para dar por terminado el hecho, nadie lo hacía.
Preferían morir en el campo del honor que retractarse y quedar ante toda la sociedad como un cobarde. Estas ofensas privadas tenían una satisfacción pública. Porque, a no dudarlo, uno de las características principales del duelo era la publicidad. Toda la sociedad se enteraba del lance.
Lucio V. López, nieto del creador del himno nacional Vicente López y Planes, había sido nombrado interventor de la Provincia de Buenos Aires.
Eran tiempos de revoluciones. Corría 1891. Dentro de sus primeras medidas en el cargo objetó, por fraudulenta, la compra de unos terrenos fiscales. Luego de requerir los debidos informes, declaró nula la operación inmobiliaria.
Uno de los beneficiarios era el coronel Carlos Sarmiento, secretario privado del ministro de guerra Luís María Campos. Siguiendo lo que la normativa indicaba, Lucio López denuncia la situación ante la justicia penal. Sarmiento no se quedó de brazos cruzados.
Denunció al interventor ante la Corte Suprema acusándolo del delito (inexistente) de jactancia. También amenazó a los diarios que dieron a conocer la noticia de su enjuiciamiento. Un juez lo procesó y estuvo detenido por más de tres meses, hasta obtener el sobreseimiento.
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Lucio V. López y el coronel Sarmiento se enfrentaron en el Hipódromo Nacional. Luego de disparar ninguno cayó herido por lo que se propuso volver a hacerlo. López murió gritando: «Esto que me pasa es una injusticia»
Al salir en libertad se dedicó a insultar a López en todos los lugares públicos posibles. Al no obtener respuesta a sus provocaciones, publicó una carta en el diario La Prensa. Entre otras cosas, trataba a Lucio V. López de cobarde, díscolo y perverso.
La última palabra de la carta obligó a López. Proceda escribió Sarmiento. Esa misma tarde se encontraron los padrinos de ambos y fijaron la fecha del encuentro.
El duelo estaba previsto para las 11.00 horas en el Hipódromo Nacional. Todo Buenos Aires conocía la cita. Los carruajes se acercaban al lugar con la ilusión de ver, más no sea de lejos, el evento. Eligieron pistolas Arzón. Se escuchó el grito del Gral. Bosch –padrino del Cnel. Sarmiento-: “Duelo a muerte”.
Después, dos detonaciones. Una por lado. Los duelistas estaban intactos. Breves deliberaciones. Lucio Mansilla era uno de los padrinos: “¿Qué les parece un tirito más antes de amigarse?”, habría dicho. Otro de los padrinos cuenta los doce pasos. Los disparos. López cae herido ante la mirada de sus hijos y dos de sus hermanos. Se toma el vientre con sus manos ensangrentadas. “Esto que me pasa es una injusticia, esto que me pasa es una injusticia”.
Murió pocas horas después en su hogar. Sus últimas palabras: “Voy a morir con la convicción de que he sido uno de los hombres más honrados de mi país. He levantado resistencias pero ellas no han venido jamás del lado de los buenos”.
El coronel Carlos Sarmiento luego de superar las nuevas dificultades judiciales por la muerte en duelo de López, prosiguió con su carrera militar y política, llegando a ser gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
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Duelo en el Bois de Boulogne en 1874
No todos los duelos eran mortales. El resultado dependía de las condiciones pautadas de antemano y de las armas elegidas. Las armas involucradas siempre eran iguales para ambos contendientes y la elección era consensuada por los padrinos.
Durante siglos, el arma mayoritariamente usada fue la espada. Luego se incorporó el sable. Con la llegada de las armas de fuego, la pistola fue dejando atrás a las demás.
Las armas de fuego representaban un peligro más evidente que las otras. Además, no se requería demasiada habilidad para acertar a distancias tan cortas como diez o doce pasos. Una bala no siempre responde al que tiene mayor coraje o habilidad; a veces el azar era el que decidía y apoyaba al tirador más tembloroso.
Sólo se optaba, sin lugar a discusiones, por un arma blanca o por una pistola cuando uno de los duelistas era un reconocido maestro en el uso de esa arma, dado que de otro modo tendría de antemano una ventaja que las normas caballerescas no permitían.
Un duelo antes de su inicio debía ser entre pares y equilibrado. V.G. Kiernan cita en su El duelo en la historia de Europa una curiosa anécdota: “El famoso Bully Egan se batió en otro duelo con Curran y cuando estaban sobre el terreno se quejó de la desventaja en que se hallaba, dado que Curran era como una brizna de hierba y él muy ancho.
Curran declaró que no deseaba aprovecharse de una ventaja injusta. “Que marquen con tiza mi silueta sobre su cuerpo”, dijo, “y cualquier tiro mío que dé fuera de la marca no se tendrá en cuenta”.
Si bien siempre existió el duelo a primera sangre, en el que a la primera lesión de uno de los participantes el duelo era suspendido, en Europa, por un tiempo, se impuso el llamado duelo au mouchoir.
Era con armas de fuego y los duelistas estaba tan cerca uno del otro que cada uno sostenía una punta de un mismo pañuelo. Se parecía más a un asesinato simultáneo que a un duelo.
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El duelo llamado criollo es una «costumbre bárbara», según los cultores del otro duelo. Sostienen que allí entran en juego las bajas pasiones, el alcohol, las rencillas domésticas
No cualquiera podía batirse a duelo. No al menos en un duelo caballeresco. El duelo, reglado, concertado con anticipación, con origen en una cuestión de honor, era una marca de civilidad. Sólo los miembros de la elite se medían. Sobre ellos no recaía el peso de la ley.
Porque aunque penados por todas las legislaciones, los duelos eran tratados benignamente ya sea por la norma, ya sea por los jueces que la aplicaban. Sólo en caso de muerte de uno de los participantes se endurecía, en un principio, la ley.
Sandra Gayol, en Honor y Duelo en la Argentina Moderna, estudió la cuestión y sostiene que “un agudo sentido del honor y la rápida predisposición a defenderlo por medio de un duelo eran un gesto público necesario para ingresar o permanecer en las elites”. Como un abono al Colón o ser socio del Jockey Club, batirse a duelo era también un símbolo social.
El duelo caballeresco se opone al duelo criollo. En uno todo está reglado, los padrinos actúan de garantes y quienes se enfrentan pertenecen a idéntico rango social. El duelo llamado criollo es una “costumbre bárbara”, según los cultores del otro duelo.
Sostienen que allí entran en juego las bajas pasiones, el alcohol, las rencillas domésticas. Mientras en uno participan sólo caballeros, el otro era asunto de lúmpenes. La ley penal expresaba esta diferencia. Las lesiones y/o muerte en riña eran severamente castigadas. El duelo criollo, ese que se sostenía sin preanuncio y con facón y verijero fue el que fascinó a Borges .
Una vez se miraron y se entendieron dos hombres,/ Los vi borrosos salir al camino, y callados,/ Para explicarse a fierro; se midieron de muerte./ Uno quedó; era dulce la tarde, escribió Carlos Mastronardi.
En el duelo criollo los participantes se juegan la vida a suerte y verdad. No hay amparo alguno, no hay reglas a respetar. Se impone la fuerza, sobrevive –aún en quien muere- el coraje. No se necesitan espectadores.
El valor no requiere de normas de etiqueta. Sólo basta con el ofensor y el ofendido. O con el provocador y el provocado. El descrédito no le llega a ninguno de los dos, ni al vencedor ni al vencido. Sólo al que rehúye la confrontación.
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Los duelos en la Argentina eran a primera sangre, con sable, si eran con pistola la distancia era de veinticinco pasos, los padrinos actuaban con celeridad y fundamentalmente, nadie parecía dispuesto a morir
En la Argentina, el duelo fue una costumbre difundida entre sus clases altas desde fines del siglo XIX. Cuando la institución se encontraba en franco retroceso en todo el mundo, aquí se arraigó con fuerza. Los habitantes de Buenos Aires veían con satisfacción como las cuestiones de honor se dirimían de la misma forma que en las grandes capitales europeas.
Pero los duelos porteños presentaban una notable particularidad que los diferenciaban enormemente de los del resto del mundo. Aquí casi nadie moría.
Los casos relatados de Lucio V. López y Pantaleón Gómez son raras excepciones (en casi setecientos duelos registrados, cuatro sólo fueron con consecuencias fatales). El resultado era previsible. Varias eran las circunstancias que convergían para que ello sucediera. Los duelos eran a primera sangre, con sable –menos letales que las espadas-, si eran con pistola la distancia era de veinticinco pasos, los padrinos actuaban con celeridad y fundamentalmente, nadie parecía dispuesto a morir allí.
Se arriesgaba la vida por honor, pero no tanto.
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La sede principal de los duelos era la Casa del Ángel, el caserón propiedad de Carlos Delcasse ubicado en el barrio de Belgrano.
Si bien en las actas, la mayoría de estos enfrentamientos aparecen situados en Uruguay, se sabe que nadie viajaba tanto para enfrentarse. Era sólo un ardid para eludir un improbable accionar de la justicia local. La sede principal era la Casa del Ángel, el caserón propiedad de Carlos Delcasse ubicado en el barrio de Belgrano.
Delcasse, francés de nacimiento, primer extranjero en ser legislador argentino, se vanagloriaba que en más de seiscientos duelos que hubo en sus jardines, nunca hubo que lamentar una víctima fatal.
Los padrinos resultaban fundamentales para el funcionamiento del duelo. Eran quienes oficializaban el encuentro –se mandaban los padrinos al otro-, quienes tenían la obligación de elegir las armas y establecer lugar y condiciones. Su principal deber era garantizar el equilibrio en el enfrentamiento, que nadie obtuviera una ventaja ilícita.
En los manuales de duelo se solía recomendar que no se debían elegir padrinos que tuvieran su propio motivo de rencor con el otro participante. Aparte de estas cuestiones prácticas la principal obligación de los padrinos era resguardar el honor de sus representados, y también su salud, porque ellos debían encargarse que siempre hubiera un médico presente.
Lucio V. Mansilla llegó al extremo de desafiar a uno de sus propios padrinos por no estar de acuerdo con la solución a la que habían arribado en un asunto que lo tenía como uno de los duelistas.
Muchas fueron las voces que apoyaron los duelos. En 1891, en plena sesión legislativa el diputado Lucas Ayarragaray dijo que “hay que tener un duelo en la vida”. Leopoldo Lugones en el prólogo a la Jurisprudencia Caballeresca Argentina –libro de César Viale que recopila las actas de los duelos- lo definió como “una calamidad indispensable. Hermano menor de la guerra.
El duelo es la civilización de la venganza. Hay, sin duda, mayor mérito en perdonar, pero hay ofensas que no perdona el mismo Dios”. Los editorialistas de los diarios de mayor difusión sostenían conceptos similares, siendo el duelo una de las pocas actividades ilegales que se publicaban con orgullo en sus páginas.
Pocas voces se alzaban en contra de una costumbre tan prestigiosa. Carlos Pellegrini lo hizo, pero en circunstancias particulares: el entierro de Lucio V. López. La muerte sensibiliza.
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Domingo Faustino Sarmiento fue desafiado a un duelo. Respondió el reto con una carta en los diarios que concluyó con un «¡No sea zonzo!»
Pocos se animaban a oponerse a los duelos. Domingo Faustino Sarmiento fue desafiado públicamente a duelo en 1874. Contestó a través de una carta en los diarios: “Señor Calvo: acepto el desafío a que usted me provoca. Hora: doce del día. Lugar: la plaza 25 de Mayo. Padrinos: el jefe de policía y el señor arzobispo. ¡No sea zonzo! Fdo: D.F.Sarmiento”.
El honor valía tanto como la vida. De poco servía vivir sin reparar las ofensas recibidas. El enfrentamiento zanjaba la cuestión. De allí en adelante, si ambos sobrevivían reinaba la cortesía. El que moría, por el solo hecho de afrontar el desafío, recuperaba el honor y aún la admiración de quien lo había ofendido.
Sin embargo esta reparación no podía realizarse de cualquier modo. El coraje se demostraba asumiendo el riesgo de muerte con impasibilidad y elegancia. La discreción, ausente en el momento de producirse la causa del duelo, reinaba en su ejecución. La valentía en el momento de la muerte excusaba otros posibles defectos anteriores. El coraje como redención.
La sangrienta historia del último duelo en la Argentina: traición, sables y odio para pelear hasta la muerte
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El 3 de noviembre de 1968 a la madrugada, el almirante Benigno Varela (de pantalón blanco) y el periodista y dirigente radical Yoliván Biglieri se batieron a duelo
-Esto es para que ustedes, los militares, aprendan que los radicales no somos ningunos maricones — gritó el hombre con el rostro ensangrentado, mientras un médico intentaba detener la hemorragia.
El otro hombre se detuvo. Caminaba con dificultad por el dolor que le provocaba una herida en la cadera. Giró la cabeza sin darse vuelta y contestó:
-Reconozco su valentía, pero no puedo decir lo mismo de todos los radicales.
Faltaban menos de diez minutos para las 7 de la mañana del domingo 3 de noviembre de 1968. Una mañana soleada en la cual, en cambio de ir a la Iglesia o dormir hasta tarde, el periodista y dirigente radical Yoliván Biglieri y el almirante Benigno Varela se vieron las caras por última vez, sin querer reconciliarse, en una quinta de la localidad de Monte Chingolo, Partido de Lanús.
Después de tres asaltos rabiosos con sable de filo, contrafilo y punta, los dos estaban heridos en distintos lugares del cuerpo; los dos seguían odiándose y habrían seguido peleando si el juez no se los hubiera impedido. Si por ellos fuera no habrían parado de pelear hasta que uno cayera sobre el pasto, sin vida. Porque su determinación era pelear hasta la muerte.
Aunque en ese momento no lo supieran, esos dos hombres, todavía con los torsos desnudos y ensangrentados, pasarían a la historia como los dos últimos duelistas de la Argentina. Tampoco sabían que una foto de ese duelo, que habían convenido como secreto, llegaría a las páginas de The New York Times.
– Una acusación de «traidor»
Para noviembre de 1968 el teniente general Juan Carlos Onganía llevaba más de dos años en la Casa Rosada de la que el presidente radical Arturo Umberto Illia había sido expulsado el 28 de junio de 1966 por una junta de comandantes integrada por el teniente general Pascual Ángel Pistarini, el brigadier mayor Adolfo Teodoro Álvarez y el almirante Benigno Varela.
La participación de Varela en el golpe había indignado a los radicales, ya que poco antes había jurado lealtad a las autoridades constitucionales y al sistema republicano.
Un mes antes del golpe, en ocasión del Día del Ejército, el teniente general Pistarini había pronunciado un discurso en el que preanunciaba el golpe. Para contrarrestarlo, desde el gobierno se les pidió a los militares que firmaran un acta de apoyo al gobierno constitucional. Pistarini y Álvarez se negaron a firmarla con el argumento que bastaba con su palabra de honor. En cambio, Varela sí había puesto su firma al pie del documento.
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La participación de Varela en el golpe a Arturo Illia había sido considerada una traición por los radicales
El periodista Yoliván Biglieri había permanecido junto al presidente Illia hasta último momento y nunca había perdonado a Varela lo que consideraba una traición. Durante más de dos años mantuvo su encono en privado, hasta que el 14 de octubre de 1968 decidió hacerlo público en un artículo que publicó en el diario que dirigía, Autonomía.
Allí no se guardó palabras y repasó la carrera del marino, pintándola como un cúmulo de traiciones.
«Pocos días antes del 28 de junio de 1966, fecha en que el Ejército argentino dio por terminada la gestión del doctor Illia, el entonces comandante de Operaciones Navales, almirante Varela, efectuó una comunicación de lealtad a las autoridades constituidas y hacia la defensa de las instituciones republicanas. (…)
Pero quienes pensaron que el almirante Varela iba a actuar de acuerdo con sus convicciones, no conocían sus antecedentes.
Varela era el mismo que juró lealtad a Perón después del 16 de junio de 1955 y el que después del 16 de septiembre quería fusilar peronistas. Era el mismo que mostraba lealtad al almirante Rojas y lo apostrofaba después que el doctor Frondizi asumió el gobierno.
Era el rebelde del 2 de abril de 1963 que, como no pudo embarcarse a bordo de los buques revolucionarios, manifestó después que había concurrido a los mismos para tratar de disuadir a sus compañeros de tal intento. Era el que había realizado mejoras en su casa utilizando personal y fondos de las fuerzas armadas», escribió.
– El almirante ofendido
Un amigo comedido le hizo llegar a Varela el ejemplar de Autonomía donde se hablaba en esos términos de él. Cuando lo leyó decidió que la única manera de reparar la ofensa era en el campo del honor y envió un telegrama a Biglieri retándolo a duelo.
Lo que no sabía Varela era que Biglieri había estudiado en el Liceo Militar y que era un consumado esgrimista. Lejos de amilanarse por el reto, el periodista designó como padrinos al ex senador Vicente Mastolorenzo y al abogado Jorge Nage. Por el lado de Varela, se presentaron el almirante Carlos Alberto Garzoni y el civil Atilio Barneix.
Hicieron falta tres reuniones para definir el duelo. Los representantes de Varela sostenían que su apadrinado era el ofendido y que eso le daba derecho a elegir las armas. Los padrinos de Biglieri aceptaron que el arma fuera sable de filo, contrafilo y punta, un arma que el radical manejaba con destreza.

El periodista designó como padrinos al ex senador Vicente Mastolorenzo y al abogado Jorge Nage. Por el lado de Varela, se presentaron el almirante Carlos Alberto Garzoni y el civil Atilio Barneix
El arma elegida era señal de que los contendientes querían ir hasta las últimas consecuencias. De hecho, el duelo no sería a «primera sangre», es decir, que se daría concluido cuando uno de los dos duelistas recibiera la primera herida, sino hasta que las heridas impidieran continuar a alguno de los dos.
El lugar para el enfrentamiento, en cambio, fue motivo de discusiones. El marino proponía que fuera en la cubierta de un barco, mientras que el radical pedía que se enfrentaran en el tercer piso del edificio de la CGT. Como no se ponían de acuerdo, se terminó eligiendo un «lugar neutral», una quinta de Caaguazú al 200, en Monte Chingolo.
– Aparecen los periodistas
La fecha del duelo quedó fijada para el domingo 3 de noviembre al amanecer, y aunque se había acordado que el lance sería secreto, la noticia se filtró. Un juez platense ordenó a la policía que averiguara si el trascendido era cierto, pero por razones que siguen siendo un misterio -aunque se sospecha que fue un pedido de Biglieri al comisario de Lanús, a quien conocía-, la Bonaerense le informó al juez que no había podido confirmar nada.
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La noticia del duelo en The New York Times
Los que sí averiguaron hasta el último detalle del lance fueron los periodistas. Cuando los duelistas, el juez del duelo (el instructor de esgrima Escipión Ferreto), los padrinos y los médicos (uno por contendiente) llegaron al lugar encontraron que había cronistas y fotógrafos de Clarín, Crónica y La Nación.
No eran los únicos: por esos días había corrido la versión de que el multimillonario Aristóteles Onassis vendría a la Argentina y la BBC, Los Ángeles Times y The New York Times habían mandado enviados especiales a Buenos Aires. Onassis no llegó nunca, pero alertados por sus colegas locales del duelo, los enviados los acompañaron.
Hubo discusiones y finalmente los periodistas se retiraron de la quinta, pero no iban a perderse la noticia. Pudieron seguir las alternativas del duelo, fotografiarlo y filmarlo desde el techo de una casa cercana. Fue así que, poco después, una crónica con foto del lance fue publicada por The New York Times. Los Ángeles Times también publicó una crónica con el título «Affaire de honor en Argentina».
– Tres asaltos sangrientos
Pese a lo avanzado de la primavera, hacía frío ese amanecer en Monte Chingolo cuando exactamente a las 6 y 12 de la mañana los duelistas estuvieron frente a frente.
En su libro «Duelos» –quizás el más exhaustivo que se haya escrito sobre el tema en la Argentina– el periodista e historiador Mariano Hamilton relató pormenorizadamente el desarrollo del lance:
«Biglieri y Varela estaban tensos, pero ambos se soltaron cuando Ferretto gritó ‘a ustedes’. Y lo que pasó de ahí en más es la crónica de tres asaltos salvajes.
«En el primer ataque, Biglieri le cortó parte de la oreja derecha a Varela. En la carga siguiente, lo hirió en el brazo derecho. Varela no se quedó atrás y lastimó a Biglieri en la mano. Con un rápido movimiento Varela le hizo saltar los anteojos a Biglieri y lo lastimó en el puente de la nariz: había tirado un hachazo a fondo que por poco no le partió la cabeza al medio como una sandía.
«En el segundo round, Varela cortó a Biglieri en el pómulo y en el abdomen, pero tampoco la sacó gratis, ya que Biglieri le metió un puntazo en la cadera izquierda.
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El duelo duró 28 minutos. Extenuados y con heridas sangrantes, los dos hombres no querían darse por vencidos. Los médicos impidieron que el combate continuara
«Tras 20 minutos a todo trapo, los dos estaban extenuados, pero no querían dar el brazo a torcer. Entre el segundo y el tercer asalto fueron revisados por los médicos, quienes sugirieron que se debía parar el combate. Pero ambos se negaron. La adrenalina de la sangre corriéndoles por el cuerpo podía más que el dolor y el cansancio.
«En la tercera vuelta, Biglieri fue a fondo y con la punta del sable hirió a Varela en la tetilla izquierda. Estuvo a nada de atravesarle el corazón. El sable cayó de las manos de Varela y se detuvo el combate para esterilizarlo. Mientras los padrinos limpiaban el arma, los dos se seguían insultando a los gritos y repetían una y otra vez que el duelo todavía no había terminado y que era a muerte.
«Los médicos los autorizaron, pero ya casi ni podían mantenerse parados. Los médicos y el director del combate dijeron basta. ‘Las heridas son parejas y ya no pueden seguir’, dijo Ferretto. Su decisión fue inapelable. Se habían producido catorce embestidas de uno y otro lado y los cuerpos de los dos estaban bañados en sangre. Habían sido 28 minutos tremendos», escribió.
– Sin reconciliación
El duelo se dio por finalizado contra la voluntad de los contendientes. Ni Varela ni Biglieri querían parar, y mucho menos reconciliarse.
-Me voy a reconciliar el día que Biglieri publique una retractación de las ofensas a las que fui sometido – dijo Varela a través de sus padrinos.
-No habrá tal retractación, ni reconciliación – contestó Biglieri, también por intermedio de sus representantes.

(Benigno Varela nunca habló del duelo. Yoliván Biglieri aceptó una entrevista y reconoció la valentía de su rival: “Se quedó para morir. Le podría haber cortado la carótida y no lo hice”)
Fue entonces, cuando el aún sangrante Biglieri le gritó a su rival, que se alejaba dándole la espalda:
-Esto es para que ustedes, los militares, aprendan que los radicales no somos ningunos maricones.
Y el otro le respondió:
-Reconozco su valentía, pero no puedo decir lo mismo de todos los radicales.
El almirante Benigno Varela murió el 29 de febrero de 1996 en Buenos Aires sin haberse referido nunca públicamente al duelo. En 2001, Yoliván Biglieri aceptó una entrevista y reconoció la valentía de su rival: «Se quedó para morir. Le podría haber cortado la carótida y no lo hice. Le dije que levantara el sable y siguiera peleando», contó.
Medio siglo después
En ese mismo reportaje, que forma parte de una serie sobre la historia de la UCR, Yoliván Biglieri dijo: «Soy el último duelista del país».
En 1968, el duelo era un delito. Un decreto con fecha 30 de diciembre de 1814 -que llevó la firma del director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Gervasio Posadas– prohibía batirse a duelo.
Sin embargo, el Código Penal argentino lo castigaba con bastante liviandad: hasta seis meses si no había lesiones o si eran leves; hasta cuatro años si había lesiones graves o muerte, siempre y cuando los rivales se hubieran batido con intervención de padrinos que eligieran las armas y convinieran las condiciones del desafío.
Debió pasar medio siglo del último duelo para que se la prohibición fuera acompañada de serias penas. Fue con un proyecto de ley presentado el 1° de agosto de 2018 -y prontamente aprobado -, donde se recuerda aquel duelo como el último.
En los fundamentos se dice: «Pretender resguardar el honor bajo un desafío con armas resulta inaceptable en estos tiempos ya que para la defensa del honor de las personas se han creado procedimientos especiales dentro del ámbito jurisdiccional, siendo que hoy se encuentra a disposición de cualquier ciudadano que se sienta ofendido en su honor la promoción de los delitos llamados de acción privada tales como los de Calumnias e Injurias».
Ni el abogado, político y periodista Yoliván Biglieri ni el almirante Benigno Varela hubieran estado de acuerdo.
Esas eran cosas de hombres: Duelos y duelistas en el mundo y en la historia argentina
Un duelo era cuestión de caballeros.
Por ello estaba sujeto a reglas que resultaban insoslayables para ofensor, agraviado y padrinos. El duelo era un instrumento que se utilizaba para defender el honor propio o ajeno ante una ofensa.
Se consideraba que sólo los caballeros tenían un honor que defender, por lo tanto cuando un gentilhombre era ofendido por alguien de clase inferior, no lo retaba a duelo, sino que se limitaba a imponerle un castigo físico o comisionaba a algún sirviente para que lo hiciera.
El ofendido retaba a duelo al ofensor golpeándole la mejilla con un guante, o bien arrojándole un guante a sus pies. Si el lance era aceptado, ambos nombraban sus padrinos, los cuales eran los encargados de concertar día, hora, lugar, armas y demás condiciones.
Generalmente se utilizaba un lugar en secreto y apartado para estar a salvo de curiosos y autoridades. Las armas en los primeros tiempos eran la espada o el florete, y posteriormente comenzó a usarse la pistola.
Las pistolas usadas eran de cañón sin estrías. Lo cual las hacía falibles, pero ello no impedía que en ocasiones se estriaban dejando lisos los extremos, con lo cual no se notaba.
El lance podía ser a primera sangre; o hasta que uno de los contrincantes quedase imposibilitado de continuar; o bien a muerte (más frecuente en el caso de duelo con pistolas).
Han existido lances famosos, que han tenido como protagonistas a personajes notorios de la historia, el arte y la literatura.
-Arthur Colley Wellesley, más conocido como el Duque de Wellington, personaje célebre por haber sido quien derrotó definitivamente a Napoleón Bonaparte en la batalla de Waterloo, se batió a duelo con el Conde de Winchilsea y ambos contendientes descargaron al aire sus pistolas.
-Pedro Antonio de Alarcón, escritor español, autor de “El Sombrero de Tres Picos” y “El Capitán Veneno” se batió duelo casi sin saber manejar un arma de fuego. Su contrincante, al verlo tan afligido, y luego de que el escritor efectuara su primer disparo fallido, optó por disparar al aire.
-El escritor ruso Pushkin resultó muerto en San Petesburgo en 1.837 por defender el honor de su esposa. Su muerte se produjo en un duelo que mantuvo con un oficial de caballería francés de apellido D’Anthés, el cual era su concuñado.
-Dos caballeros franceses se batieron de una manera por demás original: partieron cada uno en un globo aerostático con el propósito de derribarse. El lance finalizó cuando uno de ellos consiguió dañar el globo del otro, lo cual hizo que el desafortunado que lo tripulaba se desplomara al suelo.
En nuestro país los caballeros se han batido siguiendo las reglas tradicionales, y los argentinos a lo largo de nuestra historia hemos asistido a lances que han dado que hablar. La política, el periodismo, la literatura, han sido ámbitos propicios para que existiesen guantes arrojados, pistolas humeantes en los jardines de casonas apartadas, señores valientes que aguardaban con entereza la bala que podía partirles el corazón o la estocada que los dejaría sin vida; e incluso más de una existencia ha sido sacrificada en salvaguarda de la honra de un apellido…

Lucio Vicente López – Coronel Carlos Sarmiento
LUCIO VICENTE LÓPEZ – CORONEL CARLOS SARMIENTO:
“TRES BALAS Y UN CORAZÓN”
Lucio V. López fue un abogado, político, periodista y escritor, nieto de Vicente López y Planes, quien fuera autor de la letra de nuestro himno nacional, e hijo del célebre historiador Vicente Fidel López. Este hombre que perteneció a la “Generación del Ochenta”, era íntimo amigo del General Mansilla, (autor de “Una Excursión a los Indios Ranqueles”).
La gente en aquellos tiempos solía hablar de “la amistad de los dos Lucios”. Como decíamos fue Lucio V. López escritor, y nos ha dejado una novela de costumbres que aún se lee con placer: “La Gran Aldea”.
En el año 1.893, mientras ejercía el cargo de interventor de la Provincia de Buenos Aires, descubrió un fraude efectuado en las ventas de unas tierras fiscales en el actual Partido de Chacabuco, llevado a cabo, aparentemente, por el Coronel Carlos Sarmiento.
Cumpliendo con su deber, Lucio llevó a cabo querella criminal contra el Coronel, el cual fue detenido y permaneció tres meses en la cárcel. El escándalo ocupó durante algún tiempo las primeras planas de los diarios de Buenos Aires.
El Coronel Sarmiento escribió varias cartas a los responsables de la prensa por la “excesiva difusión” que se le daba al caso. Lo cierto es que el Coronel, al ser liberado, envió una carta al diario “La Prensa” en la cual retaba públicamente a López a un duelo a muerte.
Este aceptó sin dilaciones, no obstante ser totalmente inexperto en el manejo de armas de fuego, en virtud de asumir la responsabilidad de ser el funcionario que había efectuado la denuncia. Los padrinos de Sarmiento fueron el Contra-Almirante Daniel de Solier y el General Francisco Bosch; por su parte, apadrinaron a López Francisco Beazley y el General Lucio V. Mansilla.
El 28 de diciembre de 1.894, a las 11.10 de la mañana, en lo que es actualmente la Avenida Luis María Campos se llevó a cabo el lance. Luego de efectuados los dos primeros disparos, ninguno había hecho blanco.
Se repitió el procedimiento, y una bala atravesó el estómago de Lucio V. López, el cual caminó unos metros tomándose el abdomen del cual manaba abundante sangre mientras repetía: “esto es una injusticia, una injusticia”.
Por un momento, sus amigos y familia se esperanzaron, fue cuando el moribundo, en son de broma preguntó a los presentes: “¿A cuánto cerró la onza de oro?”.
Asistido en sus últimos momentos por el sacerdote O’Gorman (hermano de Camila O’Gorman), expiró al otro día, el 29 de diciembre a la una y siete minutos. Su amigo Miguel Cané hizo colocar una escultura en el lugar de su tumba. Se había marchado un verdadero hombre. La bala que lo ultimó dejó intacto lo más valioso que poseía este valiente caballero: su corazón.
LUCIO V. MANSILLA:
LOS LANCES DE UN BON VIVANT
Al General le gustaba la buena vida…
Lucio V. Mansilla fue, tal vez, el más singular y llamativo de los hombres públicos que ha dado la República Argentina. General de la Nación, Comandante de Fronteras, Embajador, político, escritor y periodista; el General era un gran conversador, y ciertamente tenía muchas cosas para contar.
Si acaso luego de muerto hubiera tenido que vivirlo todo de nuevo, es muy probable que no hubiese tenido tiempo.
Siendo aún un jovencito regresa de un viaje por el mundo y se entera por boca de su propio tío, el célebre dictador Juan Manuel de Rosas, que se había pronunciado en contra del gobierno “el loco traidor salvaje unitario Urquiza”.
Lucio recordará la anécdota en un ameno relato: “Los siete platos de arroz con leche”. Producida la batalla de Caseros, su padre, el héroe de La Vuelta de Obligado, General Lucio Norberto Mansilla, decide exilarse en Portugal, allá lo acompaña él, dejando a su madre (la bella Agustina Rosas), en Buenos Aires.
Pasado un tiempo, vuelve Lucio a Buenos Aires, si bien los ánimos estaban más calmados, todavía el sentimiento anti-rosista era muy fuerte en la capital del Plata.

LUCIO V. MANSILLA – JOSÉ MÁRMOL:
«UNA OFENSA DE QUINIENTAS ONZAS»
El día 22 de junio de 1.856 se anuncia una función de circo en Buenos Aires, la cual se llevará a cabo en el Teatro Argentino.
En ella, un hombre promocionado como “El Rey de los luchadores” desafía a cualquiera que pueda derribarlo ofreciendo pagar una suma de dinero.
El espectáculo llamó mucho la atención, a punto tal que Sarmiento lo juzgó “uno de los espectáculos más excitantes que se hayan presentado en la América”.
Ciertamente, la expectativa era mucha, y se había dado cita en el lugar lo más granado de la sociedad porteña.
Lucio, que se hallaba en un palco, en un momento determinado, arrimándose a la barandilla exclamó ante los dos mil concurrentes, a viva voz: “En presencia del público de Buenos Aires declaro que el Senador (José) Mármol es un vil calumniador; hace mucho tiempo que busco una oportunidad como ésta para arrojarle públicamente el guante a la cara”; dicho esto arrojó su guante a la platea donde se encontraba el autor de “Amalia”.
El público reaccionó de manera violenta en contra de Mansilla, pues todos recordaban que era sobrino de Rosas, “¡Muera Mansilla! ¡Abajo la Mazorca!”. Acalladas las voces, Mármol, imperturbable, dijo que “El señor Mansilla conociendo su casa, había preferido dar este espectáculo teatral” y que si le hubiese arrojado el guante en su casa, él le hubiera tirado con las botas.
Lo cierto es que el entonces jovencito Mansilla fue encarcelado, y el lance no se llevó a cabo. Todo se explica porque en el libro “Amalia”, de José Mármol, existe un capítulo intitulado “500 Onzas” en el cual se atribuyen al padre del ofendido ciertas conductas abusivas en tiempos de la tiranía rosista.
MANSILLA – JUAN CHASSAING
“LAS LÍNEAS DE LA DISCORDIA”
El 31 de enero de 1863 el joven poeta Juan Chassaing publicó en “El Nacional” un artículo titulado “La obediencia servil”.
En realidad era un ataque al General Wenceslao Paunero, pero Lucio, genio y figura hasta la sepultura, no pudiendo contenerse le contestó al poeta.
Éste, que no tenía nada que envidiarle a Mansilla en lo que a carácter se refiere, retrucó y de la polémica pasaron a los agravios: “¡Adulón, traidor!” le dijo el poeta, “¡reptil!” le respondió Lucio.
Finalmente, el 10 de febrero se vieron las caras en el campo del honor.
Oficiaron de padrinos Carlos Keen y Alfredo D’Amico por Mansilla y Manuel Argerich y Ricardo Gutiérrez por Chassaing. Eran todos unos muchachos. Lucio contaba treinta y dos años…
Luego de varios disparos sin que pudiesen herirse, Mansilla logró herir a su adversario en el brazo derecho, con lo cual terminó el duelo, y todos se fueron a sus casas.
Chassaing moriría tuberculoso un año después.
MANSILLA – PANTALEÓN GÓMEZ
“¿QUÉ SE HIZO DEL VALOR?”
En un tiempo fueron amigos. Juntos habían compartido los largos períodos de tedio enervante en los esteros del Paraguay. Juntos habían sentido silbar las balas sobre sus cabezas el triste día del asalto a la Fortaleza de Curupaytí, mientras oían maldiciones en guaraní.
Aparentemente, la animadversión de Gómez hacia Mansilla comenzó por que tuvo que dejarle a éste la gobernación del Chaco (que por aquel entonces era Territorio Nacional). Luego, pasado el tiempo, Mansilla criticó la gramática de un artículo de Aristóbulo del Valle en “El Nacional”. Allí Pantaleón Gómez tuvo su oportunidad.
A través del diario comenzó una campaña ofensiva hacia el General. Luego de varios artículos provocativos, y ante la pasividad de éste, acabó tocando lo que no se debía tocar. Pantaleón Gómez preguntó en un artículo desde las columnas de “El Nacional” “Lucio, ¿Qué se hizo del valor?”.
Era mucho más de lo que podía soportar el orgullo de Mansilla. No obstante de los esfuerzos de los padrinos de ambas partes, y luego de agravios mutuos, (Mansilla: “Es ud. como los gatos que se ensucian siempre en el mismo lugar, y a los que se escarmienta refregándoles en su propia inmundicia…” Gómez: “Es ud. un desgraciado…”) el duelo acabó por llevarse a cabo.
Pantaleón no iba en zaga a Lucio en estas lides. Temible duelista, Coronel de Guardias Nacionales, periodista y Presidente del Colegio de Escribanos, era el adversario adecuado. “A tal señor tal honor” como dirían los franceses.
Se batieron a pistola, a diez metros de distancia, en una quinta cerca del río. A las once de la mañana de un 7 de febrero de 1.880.
A Mansilla se le escapó un disparo que no tuvo efecto. Gómez, a pesar de la insistencia de Lucio para que hiciese fuego, no lo hizo. El duelo continuó y cuando ambos habían disparado dos balas cada uno sin herirse, hicieron fuego por tercera vez.
El disparo de Gómez pasó muy cerca de la cabeza de Mansilla, y el de éste hirió mortalmente a Pantaleón Gómez en el corazón. Falleció instantáneamente.
Algunas versiones malintencionadas afirman que Gómez no habría querido hacer fuego diciendo “Yo no mato al talento”, pero eso no es cierto. Allí está la crónica del duelo relatada por Héctor Varela, testigo del hecho. Ambos se habían buscado, y como hombres de valor probado, se habían encontrado.
HIPÓLITO YRIGOYEN – LISANDRO DE LA TORRE
«FILO, CONTRAFILO Y PUNTA»
No era Lisandro por aquellos tiempos el anciano venerable que conocimos en la década del treinta, cuando los famosos debates y la muerte de Enzo Bordabehere en el Senado de la Nación.
Era, todavía, un joven impetuoso de veintiocho años, rubio y de ojos claros, que a pesar de su rostro juvenil discutía de tú a tú candidaturas nada menos que con Yrigoyen y el mismísimo Leandro Nicéforo Alem. Aquellos años de fines del siglo XIX eran épocas tumultuosas.
Los “hombres de acción” contribuían a veces de manera determinante para ganar unas elecciones. Se votaba en los atrios de las iglesias, y el revólver en la sobaquera era indispensable a la hora de arriesgarse a actuar en política.
En una de tantas idas y venidas, ambos, que militaban en el mismo partido, se enemistaron. ¿Fue causa el ímpetu juvenil de Lisandro? Es la hipótesis más aceptada. En oportunidad de renunciar a Las filas de los radicales, el joven rosarino se expresa con conceptos demasiado duros hacia Yirigoyen.
El duelo es inevitable. Reunidos los padrinos, se acuerda calidad de ofendido a Yrigoyen. El asalto será a sable (filo, contrafilo y punta). Ninguno era consumado duelista. Tal vez Lisandro llevaba alguna ventaja, pues solía practicar algo de esgrima en el Jockey Club.
Contrata al maestro Pini, quien lo instruye en los secretos de un golpe destinado a desarmar al adversario. Las crónicas nos cuentan que por su parte, Yrigoyen recurre a Marcelo de Alvear para que lo instruya en los rudimentos de la disciplina.
Se enfrentan en unos galpones en San Fernando. Es el 6 de setiembre de 1.897 (fecha fatídica para Yrigoyen, pues un 6 de setiembre, 33 años después será depuesto de la Presidencia de la Nación por el General Uriburu).
Algunos historiadores aseguran que Lisandro habría dicho en rueda íntima de amigos “¡Lo voy a c… a sablazos al viejo ese!” ¿Será verdad?
Cuarenta y tres años tiene don Hipólito, es más alto, de rostro inexpresivo pero firme. Comienza el lance y el rosarino olvida el estilo, su ímpetu juvenil lo hace atacar sin ortodoxia. Yrigoyen se defiende aprovechando su mayor estatura y largo de brazos.
El sable de Lisandro azota de plano la cintura de Yrigoyen, dejando una visible contusión. Éste, por su parte, corta el rostro y el cuero cabelludo de Lisandro. Del rostro del joven rubio comienza a manar sangre. El Director del duelo ordena el cese.
Allí termina todo. Cuarenta segundos duró la historia… y llevamos más de cien años recordándola. Nunca se reconciliaron. De la Torre, con hidalguía lo saludó: “Me ha asestado dos hachazos lo felicito”.
Dicen que Lisandro desde entonces usó barba para tapar la cicatriz que le quedó…
ALFREDO PALACIOS – HORACIO OYHANARTE
«EL DÍA QUE EXPULSARON A DON ALFREDO»
Usaba un bigote de puntas retorcidas que nos recuerda al Kaiser Guillermo, el último Emperador alemán; en ocasiones engalanaba su estampa con una galera o un bombín. Rasgos de coquetería masculina que se permitía el hombre en medio de una vida entregada a los principios y la austeridad republicana.
Alfredo Palacios fue el primer Diputado socialista de América. Los miembros del Partido Socialista al cual pertenecía tenían, por principios, claramente prohibido batirse a duelo. No podían aceptar ningún desafío de esa naturaleza.
Lo que voy a narrar ocurrió en junio de 1915.
En esa oportunidad, el diputado Horacio Oyhanarte de la Unión Cívica Radical pronunció un discurso en la Cámara que culminó con un acalorado ataque personal contra los representantes del Partido Socialista, y una cuestión caballeresca, a la cual Juan B. Justo, líder de dicha agrupación, optó por desoír.
Sin embargo, Palacios pidió la palabra, y aunque él personalmente no había sido aludido, haciendo uso de su conocida elocuencia y su valentía personal, copó la parada. Invirtió los roles, y él mismo arrojó el guante a Oyhanarte.
Si bien el duelo nunca llegó a realizarse, el Partido Socialista expulsó a don Alfredo por violar las normas estatutarias al aceptar el lance.
UN DUELO EN MENDOZA
“LOS TRES NIÑOS TERRIBLES O LA PALABRA DEL ARCABUZ”
Ignacio Hamilton Fotheringham fue un inglés que sirvió en el Ejército Argentino, y se retiró con el grado de General. Combatió en la Guerra del Paraguay.
Entre otras cosas, ha pasado a la posteridad por haber cruzado a nado el Río Negro en pleno invierno, tomando parte en la campaña al desierto llevada a cabo por el General Roca. Nos ha dejado un libro fascinante: “La Vida de un Soldado” en el cual relata sus experiencias como oficial.
Allí nos cuenta un pintoresco episodio. Luego de la Batalla de San Ignacio, en una de las tantas revoluciones que tuvieron lugar a fines del siglo XIX, para festejar el triunfo se llevaban a cabo en nuestra ciudad un sinnúmero de agasajos.

El Mayor José María Fernández, criticó por escrito esas manifestaciones, lo cual significaba en realidad una censura al General Paunero. Le replicaron el Tte. Cnel. Hilario Lagos, el Mayor Bernabé Martínez y el Mayor Hortiguera.
Contestó Fernández invitando a los tres a pasar por su casa para arreglar los tres duelos. Su artículo llevaba por título “Los tres niños terribles o la palabra del Arcabuz”. Cuando fueron a su casa, Fernández agasajó cumplidamente a sus invitados con té y cigarros.
Luego, calmadamente les expresó: “Señor Teniente Coronel Hilario Lagos, usted será el primero (…) Esta misma noche daremos principio a este pase de armas, mañana a la noche será usted Mayor Martínez, y pasado mañana caballero (dirigiéndose a Hortiguera), tendré el placer de despachar a Ud. al otro mundo…”.
Lagos escribió a Fotheringham pidiendo que lo apadrinara, pero éste no estaba, pues se había marchado a El Sauce a casa de unos amigos.
Una hermosa noche de luna llena en el otoño del año 1867, se encontraron todos en un potrero ubicado al norte de la ciudad.
Comienza el lance con espadas, y Lagos es herido en el brazo derecho, con lo cual cambia de mano su espada, entonces Fernández que no quiere abusar de su ventaja cambia él también de mano el arma exclamando: “¡Yo también soy zurdo!”, y vuelve a herir a Lagos.
Se suspende el combate, y uno de los padrinos de Lagos, indignado por la insolencia de Fernández se ofrece para continuar el lance. A lo cual éste responde: “Usted será el cuarto no tengo ningún inconveniente”.
Finalmente, el Coronel Martínez de Hoz, enterado de lo ocurrido, y antes de que haya una muerte que lamentar, impone severo arresto a todos los mosqueteros. Con lo cual finalizó esta singular historia.
UN CASO RECIENTE
El día 22 de marzo del 2005 Mario Firmenich presentaba un libro en la ciudad de Córdoba. Al ser consultado por un joven periodista acerca de sus supuestas vinculaciones con el Almirante Massera, visiblemente molesto respondió retando a duelo al reportero; “Pendejo h. de p. te ganaste un reto a duelo” le dijo. Como era de esperarse, el lance no se llevó a cabo.





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