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Desenterrando a Nerón…


XLSemanal(M.Shult)/ABC(J.Segovia)  —  Pasó a la historia como un emperador cruel y depravado y sin duda hizo méritos para ello. Sin embargo, algunos historiadores quieren rehabilitar la figura de Nerón. Al mismo tiempo, los restos de su espectacular Palacio Dorado, localizado en Roma, aportan nueva luz sobre el personaje.

Un día de diciembre del año 37, Agripina -una aristócrata romana- trajo al mundo a un bebé que nació de nalgas y que tiempo después, ya como soberano de medio mundo, disfrutaría enseñando el trasero y saltándose uno tras otro todos los tabúes de la época. Cuando tenía que gobernar, cantaba; en lugar de engendrar hijos, se casó con dos hombres y, en lugar de honrar a su madre, hizo que la apuñalaran.
A la edad de 30 años, Nerón cargaba ya con tantos desastres sobre sus espaldas que el Senado decidió aplicarle el castigo denominado damnatio memoriae. su recuerdo fue borrado de los anales y se le obligó a suicidarse.

Los principales responsables de su ‘mala reputación’ son sobre todo sus primeros biógrafos. Tácito, Dion Casio y Suetonio. Ninguno de ellos transmitió nada positivo sobre el soberano. Lo acusaron de infectar Roma, quemar a los primeros cristianos y crucificar a los apóstoles Pablo y Pedro. Según la interpretación cristiana, en la Biblia aparece citado como bestia satánica con la marca 666 en la frente, el código hebreo para el nombre del Anticristo.

La investigación histórica más reciente se está esforzando en construir una imagen diferente. El italiano Massimo Fini habla de «dos mil años de difamaciones». Según él, Nerón fue un «estadista excepcional» que impulsó una «revolución cultural». El nuevo libro del historiador Holger Sonnabend, experto en la Antigüedad clásica, lo alaba como «maestro de la escenificación» del poder político.

Para estos nuevos defensores de Nerón, la historia de que mató a su mujer, embarazada, de una patada en el vientre es un rumor malintencionado. Según ellos, lo más probable es que la pobre mujer falleciera a consecuencia de complicaciones prenatales. Nerón ni siquiera sería culpable de haber iniciado el gran incendio del año 64 después de Cristo, ya que en aquel momento se encontraba fuera de Roma, huyendo del calor del verano en la capital… aunque bueno, eso no le habría impedido haber pagado para que alguien desatara aquel infierno que consumió la ciudad.

La ciudad alemana de Tréveris ha dedicado recientemente tres fascinantes exposiciones a Nerón. Marcus Reuter, director del museo, no está de acuerdo con la acusación de que el emperador estuviese loco. Para probarlo, encargó un peritaje al psiquiatra vienés Harald Aschauer. Según su informe, no se puede constatar la existencia de una enfermedad mental relevante, ni siquiera un «trastorno narcisista de la personalidad».

La mayor parte del dinero que derrochó Nerón se lo tragó su Domus Aurea, la casa dorada

Un delirio constante

Pero lo cierto es que algunas razones permiten cuestionar esta última afirmación, como por ejemplo la constancia de que Nerón contrataba a cinco mil personas para que lo alabaran sin pausa durante sus actuaciones en el teatro. El emperador vivía en un delirio constante. Y siguen quedando multitud de datos inquietantes como haber eliminado a sangre fría a la mitad de los miembros de su familia; entre ellos, a dos consortes, a su madre, a una tía y a un hermanastro.

Su ejercicio del poder fue torpe y atolondrado. Cuando su sucesor, Vespasiano, hizo inventario, descubrió que en las arcas estatales faltaban cuarenta mil millones de sestercios… El mayor despilfarrador del mundo se había dado una vida padre.

En descargo de este libertino se suele decir que durante mucho tiempo fue un instrumento en manos de su perversa y ambiciosa madre, Agripina. La huida de Nerón hacia el mundo del arte habría sido un intento de liberarse de esa manipulación. Ya de niño empezó a tocar la cítara. También escribía poesía, pintaba y esculpía.

Su vida sentimental también quedó marcada por la frialdad afectiva de su madre. Suetonio cuenta que, en sus juegos sexuales, el jovencísimo Nerón se cubría con pieles de animales, olisqueaba los genitales de esclavos atados y luego se sometía entre sonoros gemidos.

Mientras tanto, Agripina se inmiscuía cuanto podía en los asuntos de gobierno, pero el filósofo Séneca y Sexto Afranio Burro -prefecto del pretorio y encargado de la dirección del Estado- pusieron fin a sus maniobras y alejaron a Agripina del palacio imperial.

Nerón y su madre Agripina

El apocalipsis estético

Poco después fue el propio Nerón quien, aún adolescente, empezó a darles problemas a los profesionales del gobierno. Se escapaba del palacio y paseaba por los bajos fondos de Roma bajo una peluca o disfrazado de esclavo. Le apasionaban las carreras y aprendió a manejar cuadrigas. Más tarde le dio por beber excrementos de jabalí disueltos en agua, el dopaje al que recurrían los aurigas de la época.

Toda esta sucesión de despropósitos alimentaba el descontento del Senado. Cantar y actuar eran actividades con mala reputación en la Roma de la época. Pero lo cierto es que el timón del Estado fue gobernado de una forma razonable durante cinco años. Mientras Nerón se divertía, Séneca manejaba los hilos desde la sombra.

Entonces ocurrió una atrocidad para la que la psicología todavía no ha terminado de encontrar respuesta. Nerón mandó asesinar a su madre. Lo intentó de varias formas y, una vez consumado el crimen, lo primero que hizo fue subirse por fin a un escenario y ‘consagrarse’ como actor.

Pero poco después el joven César empezó a inmiscuirse cada vez más en la política, algo que normalmente no iba en beneficio del Imperio. El responsable de las finanzas romanas fue despedido. Séneca también acabó dejando su cargo, totalmente desquiciado por los caprichos del emperador. El nuevo consejero pasó a ser Cayo Ofonio Tigelino, un mal militar que había comenzado su carrera como criador de caballos de carreras y que se encargaba de ejecutar los asesinatos que su señor le ordenaba.

El Imperio fue cayendo en lo que se podría definir como un apocalipsis estético. Nerón instauró unos festivales en los que competían los mejores cantantes, poetas y aurigas de la época. Mientras Jerusalén hervía y en Armenia estallaban revueltas, el primer ciudadano del Imperio pasaba el día aprendiendo de memoria textos dramáticos, ya fuese el papel del ciego Edipo o el de un Hércules preso de la locura.

Todo esto le revolvía el estómago a la nobleza. La aristocracia se unió en la llamada conjura de Pisón… y fracasó en su tentativa de golpe de Estado.

Esta intentona dejó el camino libre para una última gran locura. Su majestad, el esclavo de las musas, se embarcó en una gira de conciertos por Grecia. Acompañado por una caravana de miles de personas, fue de concurso en concurso durante 15 meses. Finalmente, el césar volvió a Roma en triunfo, subido a su carro y vestido de púrpura en su condición de soberano de la música. Se sacrificaron animales en su honor y se roció el camino con vino especiado.

El espectáculo podría haber seguido así eternamente. Al pueblo llano le gustaba su festivo emperador. Lo malo es que no tardaron en escasear los fondos, sus fieles empezaron a abandonarlo y el Senado acabó declarándolo enemigo público.

Al final, el desgraciado césar terminó solo y arruinado, abandonado en una villa de los alrededores de Roma. Gritó: «¡Qué artista muere conmigo!», y a continuación -condenado a suicidarse- se hundió una daga en la garganta.

El matricidio de Nerón pintado por Antonio Rizzi

AGRIPINA, LA MADRE MALVADA

Agripina, hija del noble Germánico, engendró a Nerón con un aristócrata disoluto. Luego, confabuló contra su hermano, Calígula, pero fracasó y fue desterrada. Al volver, se casó con el siguiente emperador: Claudio. Aunque este ya tenía tres hijos, Agripina logró que Nerón fuera nombrado sucesor al trono. Una vez que selló el arreglo, envenenó a su esposo con un plato de setas.

No tuvo un final feliz. En el año 59, Nerón ordenó hundir el barco en el que viajaba su madre. No funcionó. Se salvó nadando. Antes, ya había intentado matarla con un mecanismo de placas de plomo sobre su cama listas para caer sobre ella. Pero el rebuscado aparato solo la hirió. Así que Nerón tuvo que optar por el procedimiento tradicional. Ordenar su ejecución acusándola de haber intentado matarlo a él.

POPEA, LA ESPOSA INTRIGANTE

Nerón se convirtió en emperador con 16 años y para entonces ya lo habían casado con su hermanastra Claudia Octavia, a la que mandaría ejecutar.

Luego se casó con «la mujer más hermosa de su tiempo», Popea, con la que llevaba ya años de relación, mientras era la esposa de un amigo. Popea conspiró mucho y se le atribuye haber intrigado para que Nerón matase a su madre.

Pero Popea también acabó mal. En el 65, estando embarazada, Nerón -dicen- la pateó en el vientre, matándola. Para reemplazarla, se casó con un joven, Esporo, que se parecía a su mujer fallecida, al que mandó castrar y al que llamó Sabina, segundo nombre de Popea.

La verdadera cara de Nerón

Si algún personaje histórico de la Roma imperial ha tenido mala suerte con los cronistas, ese ha sido Nerón. Los relatos de Cornelio Tácito, Cayo Suetonio y Dion Casio desvelan los asesinatos que pergeñó el emperador con la ayuda de sus pretorianos, como el de su hermanastro, el de su madre -con la que supuestamente mantuvo relaciones sexuales-, el de prominentes miembros de la élite romana y el de dos de sus esposas (a la segunda, Popea, la mató el propio emperador propinándole una patada en el estómago cuando estaba embarazada).

Mujeres de Nerón.Octavia (izda.)  era hija del emperador Claudio. Por eso, Nerón se casó con ella; luego, la repudió y, según las crónicas, ordenó su muerte. A la dcha. Popea -su segunda mujer- intrigó para que Nerón eliminara a su madre y a su primera esposa, Octavia. Se cree que él mató más tarde a Popea, estando embarazada, de un patada en la tripa.

Tácito no elude los detalles tétricos cuando describe la ejecución de Octavia, la primera mujer de Nerón: «La sujetan con grilletes y le abren las venas de todos los miembros; y como la sangre, paralizada por el pavor, fluye demasiado lenta, la asfixian en el calor de un baño hirviendo.

Y se añade una crueldad más atroz: su cabeza, cortada y llevada a la ciudad, fue contemplada por Popea». Esta no podía imaginar entonces que ella sería la siguiente víctima de su diabólico marido.

Probablemente es uno de los emperadores romanos peor tratados por la historia. La imagen que se tiene de él por ordenar el incendio de Roma y culpar a los cristianos ha quedado en la memoria colectiva como el paradigma de la maldad humana.

Los cristianos y el incendio de Roma. Un historiador alemán contemporáneo afirma que los cristianos realmente incendiaron Roma y que ‘por eso’ Nerón habría ordenado masacrarlos.

La tragedia se produjo el 19 de julio del año 64, cuando se desató un incendio en las proximidades del Circo Máximo que se expandió hacia el Palatino y el Celio y destruyó dos tercios de la ciudad.

Por sus calles corrió el rumor de que el fuego había sido provocado por el emperador, cuya intención era destruir parte de la antigua Roma para obtener terrenos con los que ampliar su espectacular palacio: la Domus Aurea (‘la casa de oro’).

La mentira fue difundida por los miembros de la aristocracia senatorial hostil a Nerón y recogida décadas después por los cronistas romanos. Otro rumor aseguraba que el emperador había sido visto tocando la lira mientras contemplaba extasiado las gigantescas llamas que consumían la ciudad.

Pero ¿fue tan depravado como contaron sus detractores? Desde hace unos años ha surgido una corriente historiográfica que sostiene que fue un emperador muy querido por su pueblo y mucho mejor dirigente de lo que afirmaron sus críticos.

El historiador Eric Varner, de la Universidad de Emory (Atlanta), asegura que, tras el pavoroso incendio que devastó Roma, el emperador dispuso fondos económicos para que los damnificados pudieran rehacer sus hogares y decretó regulaciones para la construcción de nuevos edificios bajo la dirección de los arquitectos Severo y Céler.

Tras el incendio de Roma, Nerón mandó construir un fastuoso palacio que abarcaba 50 hectáreas conocido como Domus Aurea. Algunos expertos afirman que incendió la ciudad con el fin de ganar terreno para su palacio.

Aunque la mayor parte de los historiadores contemporáneos cree que el incendio fue accidental, Gerhard Baudy -de la Universidad alemana de Constanz- ha llegado a sugerir que los verdaderos culpables de la quema fueron los cristianos, razón por la que el emperador ordenó perseguirlos y masacrarlos.

Según apunta este filólogo alemán, los dirigentes romanos tenían un motivo preciso para sospechar de los cristianos: «Una profecía apocalíptica que se había puesto en circulación días antes predecía la caída de la metrópolis romana a través del Cristo que se revelaba en el fuego de Sirio». El incendio dio visos de credibilidad a la profecía.

El historiador Tácito describe con mucho detalle las torturas y ejecuciones de cristianos tras el incendio del año 64. Suetonio también hace hincapié en el castigo que recibieron los adoradores de «esa nueva y peligrosa superstición». Lo mismo que el escritor Tertuliano, quien acusó a Nerón de ser «el primer perseguidor de los cristianos».

Si lo que contaron los cronistas fue cierto, no es de extrañar que los seguidores de Cristo pensaran que este emperador, el último de la familia Julio-Claudia, era el mismísimo Anticristo.

No es una coincidencia que los fanáticos de la cábala aseguren que el equivalente numérico de las letras hebreas que forman ‘César Nerón’ sumen 666, ‘el número de la Bestia’. La relación del número 666 con Satán o con la llegada del Anticristo se ha tratado de imponer a otros personajes históricos, como Lutero, Napoleón o Hitler.

Pese a todo, Nerón no era el Anticristo que retrataron los milenaristas ni tampoco el abyecto psicópata que presentaron los historiadores romanos, cuyos juicios fueron influidos por los senadores y las familias patricias romanas que lo odiaban y se disputaban su legado.

La última historiadora en sumarse a esta cruzada es Shusma Malik, en cuyo libro The Nero Anticrist refuta la tesis que lo considera como el perpetrador del Apocalipsis.

Flavio Josefo sale en defensa de Nerón

Esta historiadora de la Universidad de Roehampton (Londres) recuerda que el escritor Flavio Josefo, testigo del reinado de Nerón, fue el primero en hacer notar los prejuicios y mentiras que circulaban en torno al emperador.

«Ha habido muchos que han escrito la historia de Nerón, muchos de los cuales se han apartado de la verdad de los hechos por haber recibido favores de él; y otros, debido al odio que les inspiraba, se han ensañado con su persona con tantas mentiras que merecen ser condenados en justicia», subraya Josefo.

La historiadora británica Mary Beard señala que algunos historiadores modernos (como Ettore Paratore o Mario Attilio Levi) lo han presentado más como una víctima de la propaganda de los Flavios (la dinastía sucesora de la Julio-Claudia) que como un pirómano que arrasó Roma. Otro de los grandes defensores de Nerón lo encontramos en Milán en el siglo XVI.

Se trata de Gerolamo Cardano, brillante médico, matemático y astrólogo. «En su obra Encomium Neronis, el emperador deja de ser el tirano loco descrito en las páginas de Tácito y de Suetonio y se convierte en el modelo del optimus princeps», afirma Malik.

Nerón no fue un candidato al trono por nacimiento. Llegó a ser emperador porque lo adoptó Claudio tras casarse con su madre, Agripina.

Cuatro años después del incendio de Roma, el Senado votó a favor de Galba como nuevo gobernante, declarando a Nerón enemigo público del Imperio. Según el historiador Suetonio, Nerón pronunció sus últimas palabras mientras su secretario Epafrodito lo ayudaba a cometer suicidio clavándole un puñal en la garganta. «¡Qué artista muere conmigo!».

Con la llegada al poder de Constantino en el siglo IV, la influencia de los cristianos creció, lo que a su vez reforzó los ataques a la figura de Nerón, al que consideraban su primer perseguidor.

Verdugo y enemigo de los cristianos

El pueblo romano recordó durante mucho tiempo a Nerón y hubo al menos tres impostores que se hicieron pasar por él. La noticia de su sorpresivo regreso de entre los muertos debió de influir después en los milenaristas y en la creencia del Nerón-Anticristo.

Durante la Edad Media surgieron gran cantidad de herejías y movimientos que rompían la ortodoxia religiosa cristiana. Basándose en tradiciones judías y sobre todo en el Apocalipsis de San Juan, estos grupos encontraron en el milenarismo una tabla de salvación a la pobreza reinante.

El milenarismo es la creencia de que el Apocalipsis será seguido por el gobierno de Cristo durante mil años, al final de los cuales ocurrirá el juicio final.

Nerón se suicidó en el año 68 con la ayuda de su secretario Epafrodito, que le clavó un cuchillo mientras él proclamaba: «¡Qué artista muere conmigo!».

En el siglo II, Ireneo de Lyon pensaba que los eventos pasados se repetían exactamente en el futuro. Por lo tanto, si Nerón fue el primer perseguidor de los cristianos, también tenía que ser su último verdugo; es decir, el Anticristo que provocará el final de los días.

También se menciona al emperador-Anticristo en los Oráculos Sibilinos del siglo II; en sus libros V y VIII, la famosa adivina y profetisa Sibila vaticina su regreso y el comienzo del final de los días.

Respecto a la imagen de Nerón como psicópata y pervertido sexual, algunos historiadores recuerdan que es difícil creer que cualquier personaje histórico haya podido ser tan uniformemente abyecto y depravado. Incluso en el caso de que él hubiera sido el máximo exponente de la bacanal romana, muchos historiadores modernos consideran que analizar ese aspecto de su vida es una trivialidad.

En su opinión, lo interesante es comprobar si contribuyó a reforzar las estructuras del Imperio o si fue un revolucionario de la cultura, como asegura el estudioso Massimo Fini. La historiadora Rebecca Benefiel afirma que Nerón estaba más interesado en la música y el arte que en gobernar.

El perfil psicológico de un Nerón depravado que representaba la otra cara del cabal emperador Augusto se convirtió en un arquetipo para futuros emperadores malos. Los cronistas describieron a Domiciano como «un Nerón sin pelo» y a Cómodo como «más salvaje que Domiciano y más repugnante que Nerón».

Los autores cristianos explotaron esas descripciones para dar cuerpo a ese emperador romano transmutado en siniestro diablo que provocaría el final de todo lo conocido. Ese paradigma fue revivido en el siglo XIX para debatir las ansiedades que provocaban el fin de siglo y las controversias religiosas.

En 1873, el historiador francés Ernest Renan afirmó: «Nerón es la Bestia. Es el Anticristo». Ahora, los historiadores modernos lo despojan de esa condición.

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