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Reportaje: El poder del tacto…


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Este tejido translúcido hace las veces de piel en una combinación experimental de cámara y ordenador que «siente» el tacto de unas manos de forma novedosa: convirtiendo sus sombras en información. Los científicos de la Universidad Cornell que han desarrollado esta tecnología –llamada Shadow Sense (Sensación de Sombra)– la están probando dentro de un robot blando y reactivo al tacto.

National Geographic(C.Gorney)  —  Una tarde de septiembre de 2018, seis años después de sufrir un accidente laboral con una cinta transportadora industrial que le destrozó la mano y el antebrazo izquierdos, un hombre de Carolina del Norte llamado Brandon Prestwood estaba de pie delante de su esposa.

Por la expresión de su rostro, parecía debatirse entre reír y llorar. Una de las personas congregadas en torno a los Prestwood cogió el teléfono móvil para grabar aquel singular retablo: una hermosa mujer con melena larga y gafas; un tipo barbudo con una prótesis blanca que iba desde el codo hasta las yemas de los dedos, y el cableado que, desde un dispositivo eléctrico posado en una mesa, subía por debajo de su camisa hasta llegarle al hombro.

Justo allí desaparecía en el interior de su piel, de manera que en ese momento Prestwood –su cuerpo, no la prótesis– estaba literalmente enchufado a un aparato.

En el marco de una audaz batería de experimentos a cargo de una red internacional de neurólogos, médicos, psicólogos e ingenieros biomédicos, Prestwood había accedido a que los cirujanos de la Universidad Case Western Reserve de Cleveland le operasen el muñón izquierdo para implantarle una serie de diminutos conductores eléctricos en los nervios y músculos truncados por la amputación.

Luego los médicos guiaron 48 finos cables por el interior de lo que le quedaba de brazo y los hicieron salir por el hombro. A partir de ese momento, cada vez que se despegaba el apósito que los cubría, Prestwood podía ver los cablecillos asomando de su piel.

Una tarde de septiembre de 2018, seis años después de sufrir un accidente laboral con una cinta transportadora industrial que le destrozó la mano y el antebrazo izquierdos, un hombre de Carolina del Norte llamado Brandon Prestwood estaba de pie delante de su esposa.

Por la expresión de su rostro, parecía debatirse entre reír y llorar. Una de las personas congregadas en torno a los Prestwood cogió el teléfono móvil para grabar aquel singular retablo: una hermosa mujer con melena larga y gafas; un tipo barbudo con una prótesis blanca que iba desde el codo hasta las yemas de los dedos, y el cableado que, desde un dispositivo eléctrico posado en una mesa, subía por debajo de su camisa hasta llegarle al hombro.

Justo allí desaparecía en el interior de su piel, de manera que en ese momento Prestwood –su cuerpo, no la prótesis– estaba literalmente enchufado a un aparato.

En el marco de una audaz batería de experimentos a cargo de una red internacional de neurólogos, médicos, psicólogos e ingenieros biomédicos, Prestwood había accedido a que los cirujanos de la Universidad Case Western Reserve de Cleveland le operasen el muñón izquierdo para implantarle una serie de diminutos conductores eléctricos en los nervios y músculos truncados por la amputación.

Luego los médicos guiaron 48 finos cables por el interior de lo que le quedaba de brazo y los hicieron salir por el hombro. A partir de ese momento, cada vez que se despegaba el apósito que los cubría, Prestwood podía ver los cablecillos asomando de su piel.

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IMPULSO PRIMARIO. Un famoso y desgarrador experimento de los años cincuenta demostró la insoslayable necesidad de recibir consuelo mediante el contacto. Influyentes pedagogos de la época decían a los padres que no abrazasen a sus bebés: un exceso de mimos sería perjudicial. Harry Harlow, psicólogo de Wisconsin, ayudó a demostrar lo equivocados que estaban. Su equipo aisló a bebés de monos en jaulas provistas de dos «sucedáneos» maternos. Solo el de alambre daba leche, pero los bebés solían rechazarlo y se aferraban al suave tacto de la pseudomadre envuelta en una tela.

 

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LAS SEÑALES DEL CUERPO. El quiropráctico de Arizona John Ball trata a atletas de talla mundial (el paciente que se retuerce de dolor sobre la camilla es el corredor estadounidense Ben Blankenship) con unas manos vigorosas que manipulan a la vez que recaban información sobre el sistema musculoesquelético. «Sé cómo utilizar los tejidos y el feedback táctil del organismo del paciente –dice Ball–. Cuanta más percepción táctil haya, cuantos más receptores cutáneos puedas estimular, más información estarás enviando del entorno local al cerebro y viceversa». 

 

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BIEN CERQUITA. En el Hospital Safdarjung de Nueva Delhi, unos gemelos recién nacidos se acurrucan contra la piel de su tía, Neerja Kumari, mientras su madre, Sunita, se recupera. El método canguro –dispensar cuidados a los recién nacidos mientras están en contacto piel con piel con la madre o quien la sustituya– es bien conocido, sobre todo en los países en vías de desarrollo, como una forma de fortalecer a los bebés frágiles que nacen con bajo peso. Un estudio coordinado por la Organización Mundial de la Salud en el Safdarjung y en cuatro hospitales africanos reveló que el método canguro surte aún mayor efecto cuando se practica de forma casi continuada inmediatamente después del nacimiento, en lugar de hacerlo unas pocas horas al día y solo desde que se considera que el bebé está estable. Los investigadores calculan que este protocolo podría salvar cada año 150.000 vidas.

Porque esta interacción crítica entre la piel, los nervios y el cerebro reviste una complejidad endemoniada, prodigiosa. Y supone todo un reto entenderla, medirla y recrearla con prótesis que puedan restaurar la percepción del tacto, de una manera lo más realista posible, en las personas que lo han perdido.

En el Laboratorio de Restauración Sensorial, mientras los investigadores sometían a Brandon Prestwood a múltiples tests, se registraron avances alentadores; cuando asió un taco de espuma con la mano artificial, por ejemplo, notó cierta presión contra la espuma. Percibió una conexión. Un cosquilleo que parecía provenir de los dedos que ya no tenía.

Amy Prestwood no había podido acompañar a su marido en aquellas sesiones en el laboratorio de Cleveland. Aquella tarde de septiembre, cuando asistió al simposio de investigación de Maryland en el que Brandon y otros pacientes hacían demostraciones de la novedosa tecnología, era la primera vez que lo tenía al alcance de la mano mientras él llevaba puesta la prótesis experimental y con los cables del hombro enchufados.

Brandon conserva en su teléfono móvil la grabación de lo que ocurrió a continuación. Todavía se emociona cuando habla de ello. El vídeo se ve tal cual se grabó, sin que nadie lo haya editado ni retocado: dos personas frente a frente en una gran sala, inseguras e incómodas, como dos adolescentes en su primer baile. Brandon se mira los pies, se mira los dedos protésicos, sonríe con nerviosismo. Con el brazo derecho, el sano, indica a Amy el izquierdo: ven, ponte aquí.

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Brandon Prestwood todavía se emociona cuando relata lo que ocurre en este vídeo grabado con un teléfono móvil. Han pasado seis años desde que le amputaron el brazo izquierdo por debajo del codo y está a punto de descubrir si su mano protésica puede sentir el tacto de su mujer, Amy.

 

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OÍDO AL PARCHE. Hasta el contacto más simple con la piel pone en marcha un proceso de mensajería neuronal tan complejo que los científicos apenas han empezado a copiarlo por medio de la ingeniería. Los investigadores del Laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins están explorando un método basado en la llamada e-dermis: un material formado por varias capas que reacciona a la presión. Cuando se acopla a una mano protésica, como esta que sostiene este parche de e-dermis, contribuye a convertir el contacto con otra superficie en una sensación que el cerebro interpreta como tacto.

La cada vez más nutrida bibliografía sobre el sentido del tacto está cargada de nuevos avances científicos, conjeturas y fabulosas posibilidades de futuro, pero hay cuatro segundos en ese vídeo que quiero describir, los que empiezan cuando Amy rodea con sus dedos la mano artificial de su marido.

Brandon alza el rostro con brusquedad. Abre los ojos de par en par. Se queda literalmente boquiabierto. Ella lo observa, pero Brandon tiene la mirada perdida en el vacío. «Lo noté –me contó–. Estaba percibiendo. Estaba tocando a Amy. Me eché a llorar. Y creo que ella también».

Sí, ella también. El día que Prestwood me mostró el vídeo, en plena pandemia, estábamos sentados al aire libre; él llevaba varias horas metido en el laboratorio de Cleveland y había salido a fumar. Hasta esa misma mañana no nos habíamos visto en persona.

No recuerdo cómo resolvimos ese momento de vacilación en el que no sabíamos si estrecharnos o no la mano; si vacilamos, no fue porque a él le faltase una mano, sino porque en aquel momento parecía que todos los habitantes del planeta seguíamos sin saber muy bien cómo acercarnos unos a otros, hasta qué punto acortar la distancia, cómo tocarnos.

Seguramente usted recuerde las fotos tomadas durante la pandemia de personas abrazándose con cortinas de ducha o plásticos de por medio.

Esta revista publicó una imagen especialmente conmovedora: la de una mujer y su hija, con un cobertor de plástico transparente colgado de una cuerda de tender entre ambas, abrazándose por primera vez en meses. Juro que conozco a la perfección lo que las dos sintieron y oyeron en ese momento: mi propia hija improvisó un invento parecido después de una extraña temporada de vernos de lejos, cada una en una punta del jardín, sufriendo por no poder tocarnos, y recuerdo como si fuese hoy el infinito alivio que nos reportó aquel abrazo.

Con una barrera de por medio, sí. Con el incordio de los pliegues y la sensación resbaladiza. Un abrazo plastificado. Un sucedáneo, podríamos decir. Pero mi «estado de necesidad», por citar a Francis McGlone, neurocientífico de la Universidad John Moores de Liverpool, en el Reino Unido, era tan extremo que no reparé en nada de aquello. «Es como si te faltase una vitamina –me explicó McGlone–. Necesitabas volver a recargarte».

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NUEVAS SENSACIONES. Cuando los cables del hombro de Brandon Prestwood se conectan a un estimulador, conducen señales hasta los electrodos que lleva implantados en la parte superior del brazo. En combinación con una prótesis experimental, la conexión permite a Prestwood (a quien amputaron el antebrazo tras un accidente) tener sensaciones táctiles que parecen originarse en la mano que no tiene. En su casa de Carolina del Norte, se limpia la zona de los cables con toallitas alcohólicas. El tatuaje se lo hizo en honor a uno de los dos bebés que su esposa y él perdieron por una infección del líquido amniótico. Cuando se ofreció voluntario para la investigación, su única condición fue que no dañaran su tatuaje. 

¿Recargarme de qué, exactamente? Mi abuela me habría mirado con sorna por preguntármelo siquiera. Pero los neurólogos y psicólogos disponen hoy de marcadores biológicos con los que explicar lo que a muchos nos parece intuitivamente una obviedad: que la mayoría de los humanos necesitan la presencia física de sus congéneres, el contacto reconfortante de los demás, para estar sanos.

Lea el siguiente párrafo técnico; cuando termine, le diré de dónde lo he sacado:

El tacto es un aspecto fundamental de la interacción social, que a su vez constituye una necesidad humana fundamental […]. El contacto social calma al receptor durante las experiencias estresantes […] puede reducir la activación en las regiones del cerebro relacionadas con la amenaza […] puede influir sobre la activación en la vía del estrés del sistema nervioso, reduciendo los niveles de las hormonas del estrés […] se ha descubierto que estimula la segregación de oxitocina, un neuropéptido producido en el hipotálamo […]. Los niveles elevados de oxitocina se asocian a un aumento de la confianza, al comportamiento cooperativo, al acto de compartir con extraños, a la lectura más eficaz de las emociones ajenas y a una resolución de conflictos más constructiva.

Así reza una demanda judicial federal contra la reclusión en régimen de aislamiento. Los abogados que la interpusieron hace una década en nombre de reclusos de una prisión californiana de máxima seguridad argüían que la práctica de aislar a los internos durante años –eliminando casi por completo el contacto físico con los demás, incluso con los guardias– constituía un castigo inconstitucional por cruel y desusado.

Forma parte del expediente el informe pericial redactado por Dacher Keltner, profesor de psicología de la Universidad de California en Berkeley que lleva más de 15 años dando clases y dirigiendo investigaciones sobre las bases científicas del tacto. «Es nuestro lenguaje de conexión social más antiguo y, podría decirse, más básico», me dijo Keltner.

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A TIENTAS. Podría parecer que baja la cabeza para examinar el suelo que pisa, pero este robot cuadrúpedo carece del sentido de la vista. Se desplaza ágilmente por terrenos irregulares, en parte porque su inteligencia artificial responde a las complejas señales que envían las almohadillas de presión neumática de las patas. «Percibe los obstáculos con el tacto», dice Ashish Kumar, estudiante de posgrado de ingeniería de la Universidad de California en Berkeley. En la imagen, Kumar empuja al robot, producto de la colaboración entre científicos de Berkeley, Facebook y la Universidad Carnegie Mellon.

 

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Después de ver cómo su robot invidente utilizaba sus cuatro patas sensibles al tacto para moverse por terrenos tan complicados como la arena y la grava, el estudiante de ingeniería de la Universidad de California en Berkeley Ashish Kumar echó un chorro de aceite sobre una plataforma de plástico inclinada y puso al robot en acción.

Más antiguo desde el punto de vista evolutivo, quiere decir: se cree que los humanos utilizamos la «comunicación táctil», por usar la terminología de los artículos científicos, cuando aún no habíamos adquirido el habla. Y más antiguo también desde el punto de vista personal: hoy es la primera sensación que percibe el feto.

Al nacer y durante los primeros meses de vida, es el sentido más crítico y el mejor desarrollado del bebé: mediante el tacto empieza a explorar el mundo, a desarrollar la confianza, a aprender dónde acaba su cuerpo y empieza todo lo demás.

De hecho, uno de los estudios psicológicos más influyentes y perturbadores a propósito del tacto se realizó con bebés, aunque en ese caso se trataba de monos de laboratorio.

A finales de la década de 1950, un equipo dirigido por Harry Harlow, psicólogo de la Universidad de Wisconsin, separó de sus madres a varios macacos Rhesus recién nacidos y los aisló en jaulas en las que instaló dos sucedáneos maternos vagamente simiescos, uno de ellos de alambre desnudo y el otro cubierto de una suave tela de rizo.

En uno de los experimentos el sucedáneo de alambre daba leche (no así el de tela de rizo). Los bebés aprendieron por sí mismos a beberla, pero en cuanto terminaban de alimentarse –y siempre que los científicos los asustaban agitando un horrible monstruo mecánico que movía la cabeza– corrían a acurrucarse junto a las falsas madres, suaves y blanditas, y se agarraban a los «cuerpos» de tela en un gesto que no puede describirse sino como un abrazo desesperado.

Circula por internet un vídeo antiguo de este experimento y lo cierto es que sobrecoge verlo: Harlow, con su bata de laboratorio, expone tranquilamente sus observaciones a un espectador mientras un bebé de macaco, solo y enjaulado, se aferra a la felpa.

Pero el psicólogo quería demostrar una tesis que a la sazón se tenía por herética. En aquel momento, influyentes autoridades occidentales en materia de crianza instaban a los padres a no tocar a sus bebés salvo si era estrictamente necesario; sostenían que abrazar y besar a los bebés y a los niños pequeños era sinónimo de mimarlos en exceso, una práctica tan anticuada como perjudicial. (Sus hijos serán débiles y dependientes, insistían; además, es antihigiénico).

Los experimentos de Harlow con monos resultan éticamente repugnantes a ojos modernos, pero es en parte gracias a ellos que hoy sabemos que aquellas autoridades se equivocaban de plano.

Los bebés de macaco, que en términos evolutivos son nuestros primos hermanos, necesitaban hasta tal punto lo que Harlow denominó «el consuelo del contacto» que desdeñaban una fuente de alimento constante en favor de tocar algo suave.

Innumerables estudios posteriores a los de Harlow han seguido demostrando la importancia y la base química del consuelo del contacto.

Al trabajar con ratas de laboratorio, por ejemplo, los científicos han descubierto que manipularlas con cariño y acariciarlas aumenta su capacidad de aprender y de gestionar el estrés. Un contacto piel con piel adecuado se traduce en mejoras específicas y cuantificables también en la salud de los bebés humanos: el ritmo cardíaco, el peso, la resistencia a las infecciones.

Las incubadoras neonatales se idearon para mantener a los bebés prematuros y de bajo peso en un aislamiento estéril con efectos protectores, pero actualmente algunos hospitales también tratan a estos pequeños con un protocolo cuyo nombre es claro y meridiano: el método canguro, consistente en colocar a los recién nacidos sobre el pecho desnudo de sus madres tan pronto como sea posible después del nacimiento y mantenerlos así muchas horas sin interrupción.

Cuando está piel con piel con su madre, el bebé tiene acceso constante e inmediato a la leche materna y es capaz de absorber microorganismos maternos protectores. Los estudios hospitalarios también han descubierto que cuando la madre está enferma o no puede sostener al bebé durante períodos largos, otro adulto puede sustituirla temporalmente para hacer el piel con piel. 

No es ninguna exageración sentimentaloide afirmar que el calor físico y el tacto de una madre –o de un padre, o de cualquier otra persona solícita– pueden salvar la vida de un recién nacido. 

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ROBOT FLEXIBLE. En el Laboratorio de Inteligencia Incorporada Colectiva de la Universidad Cornell, los estudiantes de posgrado Parth Sarthi Sharma, Jonathan Jaramillo y Jeena Park trabajan en la recalibración de su robot hinchable, móvil y ligero, al que han llamado Martha, en honor a la rectora de Cornell, Martha Pollack. El suave revestimiento del robot funciona como una pantalla táctil informativa que muestra palabras y otros elementos visuales proyectados desde su interior. El robot «siente» el contacto humano a través de una combinación interna de cámara y ordenador que procesa los datos de las imágenes de las sombras de los dedos y las manos.

Palpe esto –me dijo Veronica Santos, y sacó cuatro placas rectangulares del cajón de un escritorio–. Pero con los ojos cerrados».

En cuestión de segundos, los dedos me dijeron lo siguiente: las cuatro placas son de plástico. Una tiene hoyitos. Otra tiene un bulto. Curvas. Ángulos. Un cuadrado en relieve del tamaño de un sello.

Si posee usted como mínimo una mano funcional, su piel llevará a cabo incontables veces al día este tipo de envío instantáneo de información al cerebro. ¿Cuál de las formas del interior de su bolso es el bolígrafo que está buscando a tientas? ¿Sigue la cartera en su bolsillo trasero? Ahora mismo, si está usted vestido, palpe la tela de alguna prenda: camisa, pijama, lo que sea. Pero sin mirar.

Santos, la ingeniera que dirige el Laboratorio de Biomecatrónica de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), también me instó a hacer este experimento: describir la textura de la falda que llevaba puesta, pero sin mirarla. Es probable que usted y yo hayamos reaccionado igual: moviendo una o dos yemas sobre la tela, de un lado a otro, o frotándola entre el índice y el pulgar.

«SI SIRVE PARA AYUDAR A OTRO».

Cuando en 2018 un tumor maligno obligó a Neil Oldham, profesor jubilado de Michigan, a despedirse de la mano y parte del antebrazo derechos, consintió en formar parte de la investigación sobre la restauración del tacto de la Universidad de Michigan, lo que significaba someterse a una intervención para implantarse electrodos. «Pude disfrutar de dos brazos y dos piernas durante 70 años –dice Oldham–. Me parece bien hacer de conejillo de Indias si con ello ayudamos a otros». 

 

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EL EXPERIMENTO. El garfio que lleva en su día a día le da un buen servicio, dice Oldham, quien disfruta haciendo trabajos de carpintería en el sótano de su casa. Cuando se ofreció para someterse a una cirugía experimental que quizá le devolvería el tacto de la mano ausente, pensaba en las amputaciones sufridas por los veteranos de las guerras posteriores al 11-S.

 

 

 

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PREOPERATORIO. La residente de cirugía plástica Carrie Kubiak examina a Oldham en el Hospital Universitario U-M Health antes de la operación de la que saldrá con electrodos implantados. El cirujano Paul Cederna ha marcado en la piel el lugar donde hará las incisiones. Cuando describe estos experimentos, Cederna denomina el proceso «fusión de humanos y máquinas».

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CONVERTIRSE EN BIÓNICO. En la mitad de una operación de seis horas, Kubiak (en el centro) trabaja con el cirujano plástico Theodore Kung para señalar los puntos del brazo de Oldham en los que implantarán los cables de los electrodos. Los distintos grupos que investigan sobre cómo restaurar el tacto exploran diferentes técnicas; el grupo de la Universidad de Michigan comienza envolviendo las terminaciones nerviosas en pequeños fragmentos de músculo. (Eso también reduce el dolor del miembro fantasma, según ha descubierto Cederna). Las terminaciones nerviosas crecen penetrando en el músculo, y los cables se implantan en los haces envueltos, de modo que la estimulación actúa sobre el músculo y los nervios.

 

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LOS CONECTORES. Una vez finalizada la operación, 12 cables –cada uno con dos hilos– asoman al exterior en el brazo de Oldham. Los investigadores confían en que la estimulación de los nervios y músculos del paciente acabe conjugándose con los sensores de una prótesis para enviar señales que su cerebro percibirá como procedentes de la mano ausente. «Lo ideal sería que se pudiesen regenerar extremidades de verdad –dijo Oldham unos días antes de la intervención–. Por soñar que no quede».

 

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ABAJO CONTROL MENTAL Oldham ha pasado el verano recuperándose de la operación y los investigadores lo citan en un laboratorio de la Universidad de Michigan para llevar a cabo los ensayos preliminares. La prótesis que lleva no cuenta con sensores activos para responder al tacto; esa fase llegará pronto. Pero como los cirujanos le implantaron los electrodos en haces de terminaciones nerviosas envueltas en músculo, Oldham descubre que posee un sorprendente control cerebro-músculo sobre esa mano biónica. «Me obedeció perfectamente –dice–. Impresionante».

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Bajo la atenta mirada del investigador de la Universidad de Michigan Philip Vu, Oldham utiliza sus propios nervios y músculos -además de las señales procedentes de los electrodos implantados- para mover el pulgar y los dedos de una mano protésica. «Espero que el hecho de que me permitan participar en esto pueda mejorar de alguna manera la situación de alguien en el futuro», afirma.

Los humanos estamos envueltos, oí decir una vez a una científica, en «una sábana increíblemente compleja cuajada de sensores».

Esa sábana es la piel, nuestro órgano de mayor tamaño. Sus capas contienen cientos de miles de células receptoras, distribuidas de forma desigual sobre la superficie del cuerpo y especializadas en diversas tareas. Algunas envían al cerebro señales sobre la temperatura o esa perturbación que percibimos como dolor.

Otras parecen estar especializadas en calmar; el neurólogo Francis McGlone forma parte de un grupo internacional de científicos que estudia los receptores –más numerosos en la piel vellosa de los brazos y la espalda– que generan una sensación agradable cuando se acaricia la piel que los contiene. 

Y algunos receptores envían al cerebro el tipo de detalles informativos que nos dicen constantemente qué estamos tocando, haciendo y usando. Se llaman mecanorreceptores y se concentran especialmente en la piel de la palma de la mano y la parte interior de los dedos.

En este mismo instante (de nuevo, si dispone usted de al menos una mano funcional), están trabajando para usted. Ha estado pasando las páginas de la revista con los dedos, ¿verdad? Pruebe a doblar una de ellas. Luego, con los ojos cerrados, pase un dedo por el doblez para apretarlo contra la página siguiente.

¿Ya está? Perfecto. Hace un segundo estaban ocurriendo un millón de cosas entre su mano y su cerebro. La presión contra las yemas de los dedos, la distorsión de la piel, las vibraciones que no notó al deslizar el dedo sobre las superficies: cada una de estas minúsculas alteraciones de la sábana cuajada de sensores que tiene por piel estaba estimulando sus mecanorreceptores.

Se han identificado cuatro tipos, cada uno con su propia subespecialización; los que detectan las vibraciones, por ejemplo, enviaban fogonazos de mensajes a medida que las yemas de sus dedos se movían por las texturas del papel y de la tela.

Los nervios conducen esas señales desde la piel hasta el cerebro, que las clasifica y comprende al instante: ¡suave! ¡También liso, pero diferente! ¡Tela vaquera! ¡Pana!

Nada de esto tiene lugar sin un contexto, sobra decirlo: los olores, los sonidos, los recuerdos, el entorno influyen en todo. Sé que es pana porque hace tiempo aprendí qué tacto tiene la pana. Esto explica que el contacto de una mano ajena pueda agradar en un contexto y repeler en otro.

«Nuestra percepción se construye en su integridad a partir de la experiencia acumulada a lo largo de toda una vida –me dijo Dustin Tyler, ingeniero biomédico de la Case Western Reserve–.

El sistema con el que trabajamos –la interacción de receptores, nervios y cerebro– está asimilando información constantemente, archivándola, asociándola, conectándola y creando nuestra identidad. Y nosotros estamos intentando acceder a eso».

Tyler lidera el equipo multidisciplinar que trabaja con Brandon Prestwood y ocho pacientes más. Una vez le pregunté cómo un estudiante de ingeniería había encaminado sus pasos hacia los experimentos de restauración sensorial.

Su reflexiva respuesta llegó salpicada de expresiones como «la bomba» y «flipante». La ingeniería eléctrica: flipante. Las redes neuronales: ídem. Al fin y al cabo, las redes neuronales funcionan con la electricidad interna del cuerpo; lo que lleva las señales nerviosas nervio arriba y nervio abajo son impulsos eléctricos. «El cerebro me dejó fascinado –me confesó–. Y sigo alucinando todos los días al descubrir cómo funciona la máquina en la que nos movemos».

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PISTAS DEL JURÁSICO. Este Microdocodon gracilis, una criatura más pequeña que un ratón, murió hace unos 166 millones de años en la actual Mongolia Interior. El contorno blanco que rodea su esqueleto es un halo de pelaje fosilizado, lo que sugiere que el animal quizás había desarrollado ya lo que el biólogo evolutivo de la Universidad de Chicago Zhe-Xi Luo denomina «la sensación táctil asociada a los pelos de los mamíferos modernos». Según Luo, la aparición del pelaje coincidió con el agrandamiento evolutivo del cerebro de los primeros mamíferos, incluida la región cortical ampliada donde se procesan las sensaciones táctiles. Aunque no hay pruebas, dice, sus colegas y él plantean la hipótesis de que ambos fenómenos están relacionados. «El sentido de percepción táctil de los mamíferos es uno de los factores fundamentales para que estos primeros mamíferos hayan desarrollado cerebros más grandes», afirma. 

La intersección de neurociencia e ingeniería tiene una larga historia a sus espaldas. En los años sesenta y setenta, por ejemplo, empezaron a utilizarse con éxito la estimulación eléctrica y los electrodos (implantados quirúrgicamente o adheridos a la piel) para activar los músculos de personas con parálisis.

La esposa de Tyler, Joyce, es una terapeuta ocupacional ya jubilada; su labor con pacientes amputados contribuyó a que su marido dedicase su atención a un reto de la neuroingeniería del siglo xxi tanto o más espectacular: ¿qué pasa con el tacto?

En su búsqueda de lo «casi natural», término al que recurren en ocasiones los investigadores cuando incorporan tecnologías novedosas a nuevos tipos de extremidades artificiales, ¿lograrían que esos miembros poseyesen también un tacto casi natural?

¿Podría una prótesis equipada con sensores, en conjunción con electrodos implantados, lograr que una persona con una amputación experimentase sensaciones táctiles a través del dispositivo, como si fuera una parte viva del cuerpo?

La respuesta, a juzgar por las investigaciones realizadas en la Case Western Reserve y en otra media docena de centros de investigación, es sí. O más o menos. «Vemos que todos nuestros sujetos de estudio se topan con el mismo problema: ¿cómo describir con palabras lo que notan? –me explicó Tyler–. Lo habitual es que hablen de «hormigueo». Muchas veces les falta un marco de referencia. No se parece a nada que hayan sentido antes».

Es como una gota de agua fría, dijo a Tyler un paciente. O como esa sensación de agujitas que notas cuando empieza a despertarse la mano o el pie que se te ha dormido. «A veces uso la palabra «calambre», aunque creo que se pasa bastante –me dijo Prestwood–. Es como si me acercasen a la mano una aguja de coser, pero sin clavármela, solo posándomela sobre la piel».

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SENTIRSE MEJOR. Tras partirse el cuello en un accidente de tráfico en 1985, el paisajista Scott Imbrie pasó años con la percepción táctil dañada y trastocada: por ejemplo, notaba el calor como si fuese frío. En el marco de la investigación sobre el tacto que lleva a cabo la Universidad de Chicago, dirigida por el neurocientífico Sliman Bensmaia, hoy Imbrie lleva unos implantes cerebrales que se conectan a un ordenador mediante los conectores que le asoman de la cabeza. En la imagen, en su casa de Illinois, preparándose para una de sus sesiones en el laboratorio. «Parece una locura –admite–, pero estoy aprendiendo a sentir otra vez».

Cada centro está experimentando con su propia combinación de implantes y prótesis; el gráfico que se muestra a continuación creado con el asesoramiento del ingeniero Max Ortiz Catalán, de la Universidad Tecnológica Chalmers, muestra la configuración que han desarrollado los científicos de este centro sueco.

La idea central es: un paciente amputado –como Prestwood, que ha perdido todo el antebrazo– tiene nervios truncados en el interior de la parte que conserva de la extremidad.

Esos nervios siguen siendo capaces de enviar señales que el cerebro percibe como procedentes del miembro perdido; de hecho, ahí puede radicar una de las causas de la sensación de miembro fantasma.

De modo que el truco consiste en restaurar ese sistema de señales. Los sensores que se instalan en las prótesis experimentales pueden transformar el contacto con una superficie –un dedo protésico que toca una mesa, por ejemplo– en señales eléctricas que se transmiten a un ordenador, el cual determina qué nervios deben estimularse para que el cerebro perciba la sensación táctil en el lugar adecuado.

(¿Dedo índice? ¿Pulgar? ¿Segundo nudillo del dedo anular?).

El ordenador envía impulsos por el cableado implantado en el paciente hasta un electrodo que estimula el nervio apropiado, de manera que los impulsos eléctricos biológicos vuelven a subir nervio arriba. Y ya estaría: información sensorial –correcta, si todo sale bien– de camino al cerebro.

Si funciona como es debido, todo esto debe ocurrir casi instantáneamente. Pero no hay dos cuerpos iguales, y los participantes que se han ofrecido voluntarios (unos 25 hasta la fecha en hospitales de investigación de Estados Unidos y Europa) descubren que el proceso exige paciencia: una cirugía de cierta entidad seguida de largas horas en laboratorios de investigación, respondiendo a preguntas mientras están conectados a un ordenador.

«¿Dónde le parece que está notando esto?». «¿Y ahora?». Aun así, me dijeron Prestwood y otros voluntarios, accedieron a participar pensando en ayudar a los científicos a descubrir las posibilidades de estas tecnologías: quizás algún día otros amputados podrán portar una extremidad casi natural que realmente sientan como tal.

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PASO INSEGURO. Agitando una escoba para captar el interés de su hija, Chloe Nunez se suma a dos investigadoras de la Universidad de Nueva York para animar a Campbell, de 16 meses, a bajar la rampa que tiene delante. (En casa, barrer juntas es uno de los juegos favoritos). Madre e hija participan en el Laboratorio de Acción Infantil de la Universidad de Nueva York, donde un equipo dirigido por la psicóloga Karen Adolph estudia cómo los bebés sanos analizan situaciones difíciles, como por ejemplo un terreno desconocido. «Una de esas formas de análisis es el tacto», dice Adolph. Los sensores naturales de los pies y los dedos envían al cerebro de Campbell datos vitales sobre cómo avanzar (o no).

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SUAVES CARICIAS. Las fibras nerviosas llamadas aferentes CT, concentradas en los brazos y la espalda, pueden hacer que sintamos placer –y una cálida conexión con los demás– cuando nos rozan o acarician esas zonas. Meghan Puglia y Kevin Pelphrey, neurocientíficos de la Universidad de Virginia que investigan los posibles vínculos entre una respuesta inusual de dichas fibras y el autismo u otras alteraciones del desarrollo, están registrando la actividad cerebral de bebés neurotípicos como Ian Boardman, de nueve meses, a quien Puglia acaricia con un pincel.

«Yo solo quería hacer a los demás el favor que se me hizo a mí», dijo Keven Walgamott, un agente inmobiliario de Utah que perdió parte del brazo y el pie derechos hace 20 años. En un proceso que empezó en 2016, Walgamott pasó más de un año como voluntario de investigación en la Universidad de Utah.

Dentro del laboratorio, conectado a un ordenador, se colocaba una de las nuevas prótesis equipadas con sensores, concretamente la bautizada como LUKE por las iniciales en inglés de Life Under Kinetic Evolution («vida en evolución cinética»), pero también en alusión a Luke Skywalker, el jedi de La guerra de las galaxias que pierde la mano en un combate con espada láser contra Darth Vader.

Al final de El Imperio contraataca, Luke luce una prótesis que en apariencia hace de todo, incluso sentir. Busque en internet «huevos Walgamott» o «uvas Walgamott» y lo verá en un laboratorio de Utah con la LUKE: concentrado, con expresión sobria, lleva a cabo varias tareas sencillas que son prácticamente imposibles para unas manos sin sentido del tacto.

Coge un huevo crudo con la delicadeza justa y lo deposita suavemente en un cuenco. Sostiene un racimo de uvas con la mano real, pinza una uva con un pulgar y un dedo protésicos y la desprende sin aplastarla.

Los vídeos de otros centros de investigación muestran pequeños triunfos muy similares: en la Case Western Reserve, un paciente al que han vendado los ojos se vale de sus dedos protésicos equipados con sensores para agarrar y arrancar rabillos de cereza; en Suecia, un paciente de Chalmers está en el garaje de su casa, utilizando herramientas tanto con la mano natural como con la protésica.

Pero lo que más deseaban sentir muchos de los voluntarios del estudio, lo que más añoraban, era el tacto de la piel humana. «Me impresionó comprobar cuántos de ellos no querían más que ese contacto con alguien –me contó Tyler–. No pedían nada funcional. Solo te decían: «Quiero coger a mi mujer de la mano»».

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MANOS RECONFORTANTES. La enfermera de cuidados paliativos Janine Hurn hace todo lo posible para ofrecer el bálsamo del tacto desde el interior del equipo de protección individual y ayudar a Elvy Kaik en sus últimas semanas de vida, en abril de 2020. Hoy jubilada, Hurn era enfermera en Whidbey, una isla del estado de Washington, cuando llegó la COVID-19. «Creo que estamos hechos para responder al contacto humano –dice–. La mano enguantada no se siente igual en el cuerpo de una persona. Había veces que me quitaba los guantes al final de la visita, sabiendo que tenía el desinfectante de manos. Ambas necesitábamos sentir esa calidez de la mano humana».

Una vez pregunté a Prestwood por qué le importaba tanto notar los dedos de Amy estrechándole la mano izquierda que le faltaba, cuando conservaba la derecha completamente sana y funcional. La pregunta no le ofendió. Dijo que era difícil expresarlo con palabras.

Al cabo de un momento contestó que aquello le hacía sentirse completo. «Porque es algo que he perdido. En seis años no había podido agarrar a mi mujer con la mano izquierda, y de pronto era capaz. Lo importante es la emoción que acompaña a cualquier tipo de contacto. Lo importante es… sentirte completo».

¿Qué significa sentir el gozo de tocar a un ser querido cuando lo que notas es la punta de una aguja de coser? Y si las circunstancias adecuadas consiguen que la corteza cerebral interprete determinado tipo de impulso eléctrico como el apretón de unos dedos humanos, ¿qué podría implicar para quienes viven separados por la distancia? «¡Uf, la bomba! ¡Lo que podría salir de ahí! –me dijo Tyler–. Esto va mucho más allá de las prótesis».

Y esto nos lleva de vuelta a Veronica Santos y su laboratorio de Los Ángeles, lleno de robots. «Biomecatrónica» significa básicamente eso: la fusión de las ciencias biológicas y las ciencias mecánicas, y Santos está especializada en el desarrollo de sensores para manos ro-bóticas.

Gran parte de su trabajo busca que los robots resulten más útiles en contextos médicos y en entornos peligrosos para los humanos, como las profundidades del mar. Pero hace tres años empezó a colaborar con Tyler en una serie de experimentos sobre… bueno, la terminología todavía no está fijada.

«Tacto remoto». «Contacto distribuido». Imagine la escena: una persona está en Los Ángeles y la otra, en Cleveland. Quieren estrecharse la mano, pero los separan 3.000 kilómetros, lo que distan la UCLA y la Case Western Reserve.

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TERAPIA TÁCTIL. Margaret Malarney era una atleta de 14 años rebosante de vitalidad antes de someterse a un tratamiento contra un linfoma en 2020. Sufrió una hemorragia interna que en principio parecía haberle devastado el cerebro. Sus padres, John y Kate Malarney, se prepararon para lo peor, hasta que un día, mientras Kate abrazaba a su hija, Margaret pronunció su propio nombre. Hoy sigue avanzando gracias a unas clases especiales, con muchísimas sesiones de rehabilitación que incluyen grandes dosis de contacto. «Nos permitió comunicarnos con ella», dice Kate, uniendo sus manos a las de Margaret en su casa de Chagrin Falls, en Ohio. En la imagen, la adolescente arquea la columna mientras la kinesióloga Polly Manke le sostiene los hombros. «Fue la primera forma de llegar a ella».

 

 

De por medio hay un robot, y voy a explicarles cómo. Santos y Tyler decidieron que en uno de sus experimentos yo sería el sujeto de Cleveland. Los científicos y los escritores de ciencia ficción hace décadas que tratan de considerar cómo podría funcionar una cosa así: una persona en una ubicación experimentando lo que siente como contacto físico con una persona u objeto situado en otro lugar. Si alguna vez ha sentido vibrar un teléfono móvil, ya es usted parte del experimento: una señal inalámbrica procedente de otro emplazamiento pone en marcha un motor diminuto que activa los mecanorreceptores de su piel.

En el ámbito de la ingeniería se le denomina «háptica», del griego haptikos, relativo al sentido del tacto. Cualquier tecnología diseñada para provocar sensaciones táctiles es háptica. Ya se pueden encontrar en el mercado guantes de realidad virtual, que van con gafas de realidad virtual y consiguen que sienta en los dedos y en la palma de las manos reales una suerte de contacto cuando sus manos virtuales tocan cosas virtuales. En la actualidad, los gamers son el mayor mercado de consumo de este tipo de guantes; también se están utilizando para inyectar realismo a los dispositivos de entrenamiento de realidad virtual, como los simuladores de vuelo.

Pero comparada con la sinfonía que supone el tacto humano natural, la tecnología todavía está en mantillas. Conste que la metáfora de la sinfonía no es mía; se la oí a tres científicos que se afanaban en hacerme ver la coordinación orquestal que hay detrás de unas sensaciones en las que no nos detenemos a pensar. «Yo haciendo virguerías con estos increíbles materiales de ingeniería punta, y al final sigue siendo una forma chapucera de malcopiar lo que mi sobrino traía de serie y en funcionamiento cuando nació hace nueve meses –me dijo Santos–. Cada vez que lo pienso me doy un baño de humildad».

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CONEXIÓN VITAL. Susie Reinish, de 79 años, confía en el tacto para comunicar atención, protección y amor a su hijo de 56 años, Jerry, un antiguo chef privado que sufrió daños cerebrales tras sufrir dos comas diabéticos. Jerry ha perdido la capacidad de hablar y Susie no sabe decir cuánto entiende su hijo cuando ella y su marido, Rob, le hablan. Y él a veces muerde sin control; las manoplas son para protegerle las manos. «No se muerde tanto las manos cuando alguien le toca –dice Susie, en la imagen con Jerry en la cocina de su casa de Las Vegas, donde ella y Rob le cuidan–. El tacto es lo único que le calma».

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MOMENTOS CONMOVEDORES. El hijo menor de Cassandra Amaya, Jonathan, de 13 años, tiene autismo y durante muchos años no pudo soportar que lo tocaran. Los científicos están trabajando para entender por qué las personas con trastorno del espectro autista tienen a menudo reacciones inusuales al tacto. Una hipótesis: posibles diferencias en las fibras nerviosas y en el procesamiento cerebral que para la mayoría de las personas neurotípicas hacen que un contacto suave genere sensaciones de confort y conexión social. Amaya, que cuida de Jonathan en su casa de la ciudad californiana de Banning, ha aprendido que ahora a él le encanta el tacto fuerte del juego del «monstruo de las cosquillas», que se ha convertido en su conexión física más feliz.

El día que me dispuse a tocar sus dedos salvando ocho estados de distancia, Santos llevaba camiseta, vaqueros y mascarilla. Pude vislumbrarla, en directo y en 3D, con las gafas de realidad virtual que dos investigadores de la Case Western Reserve me habían enganchado a la cabeza.

Luego ella se inclinó hacia un lado y desapareció del campo de visión. Entonces vi las baldosas del suelo. La pata de un escritorio, dos pies calzados… Los pies de Santos. Levanté la mirada. «Hola», me dijo.

A quien Santos dirigía su saludo era un robot con ruedas, que, tras un rato dando tumbos entre el mobiliario del laboratorio de la UCLA, se había detenido por fin para orientar su cara-cámara hacia ella.

Por utilizar la jerga de los investigadores, yo estaba «encarnándome» en aquel robot, viendo a través de sus ojos, oyendo a través de su micrófono y tambaleándome como un borracho por culpa de la humana que lo pilotaba con tanta incompetencia desde Cleveland.

No tenía nada de particular en la era de los drones; la parte novedosa era mi propia mano derecha, que estaba –otra vez surge la palabra– encarnándose en la mano de metal y plástico del robot rodante de Los Ángeles.

Por dentro del guante, pegados a la palma y el dedo índice, tenía dos discos de metal. Unos cables conectaban los discos a un ordenador del laboratorio, que a su vez estaba conectado por internet al robot, que a su vez tenía también

sensores táctiles en sus dedos de robot. Cada vez que el robot tocaba una superficie, los sensores disparaban pulsos a su cerebro robótico, esto es, a su ordenador.

Esos impulsos atravesaban el país a toda velocidad, bajaban por el cableado del laboratorio hasta los discos de mis manos, atravesaban mi piel y subían por mis nervios hasta alcanzar mi corteza somatosensorial.

Como un calambre, había dicho Prestwood, pero más flojo. Como la punta de una aguja. Eran buenas elecciones semánticas; yo añadiría la presión que noté contra los dedos cuando agarré –es decir, cuando el robot agarró– la copa de plástico que había en una mesa junto a Santos.

El experimento estaba diseñado para sugerir que dos personas separadas celebran la firma de un acuerdo empresarial con un brindis y un apretón de manos. Suspendí la parte del chinchín: a mi yo robot se le caía la copa todo el rato.

Pero el investigador cuyo lugar yo ocupaba temporalmente, un alumno de posgrado de la Case Western Reserve llamado Luis Mesias, era mucho más ducho. Había aprendido a maniobrar la mano enguantada con pericia suficiente para coger la copa de Los Ángeles por el fuste y golpearla contra la copa que acababa de levantar la otra persona. Sintiendo el choque, en Cleveland. ¡Chin!

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CONSUELO BOVINO. El Santuario de Animales de la Granja de Aimee, en Arizona, se inauguró como centro de reposo para animales. Pero entonces se corrió la voz entre las familias con niños con trastorno del espectro autista: tocar aquellos apacibles animales calmaba a sus hijos. Ahora, dice Aimee Takaha, en la foto con una frisona llamada Sam, todo tipo de clientes reservan sesiones de abrazos con animales de una hora de duración.

 

Mesias, encarnándose en el robot de laboratorio de Santos, ha pelado un plátano en remoto. Ha estrujado un tubo de pasta dentrífica con la precisión de quien se dispone a cepillarse los dientes.

Demos a la investigación el tiempo suficiente y podremos vislumbrar un futuro en el que el tacto se transmita, con la misma nitidez que la imagen y el sonido se transmiten hoy, en todos los teleinventos habidos y por haber: teletrabajo, televiajes, telecompras, telerreuniones familiares. Consuelo. Sexo. Atención médica, de la que exige que el doctor haga una palpación.

Cabe imaginar que en el metaverso, ese lugar de reunión virtual aún no materializado, nos colocaremos en nuestro cuerpo real algún objeto –unos guantes, un traje, lo que sea– que convencerá a nuestros cerebros de que realmente estamos tocando personas virtuales, animales virtuales, objetos virtuales.

Es posible. De no haber mirado a Santos a la cara cuando se acercó para el apretón de manos… De no haber estrechado en su día su mano de verdad y haber caminado a su lado en Los Ángeles, conociendo el timbre de su voz…

En otras circunstancias, la repentina ola de calambres y agujas que sentí en la piel quizá no me habría parecido en absoluto el apretón de unos dedos humanos.

Pero en aquel contexto me dejó sin aliento. Vi su cara mientras posaba la mano sobre la del robot y a partir de ahí, hasta mucho tiempo después, no dejé de pensar en Brandon y Amy Prestwood, y también en la solidez de los abrazos de mi hija tras aquella barrera de plástico y lo bien que la mente es capaz de fusionar la historia y el escenario con los pulsos que corren por los nervios humanos.

Hace dos años, en las primeras semanas del confinamiento pandémico, un pastor me habló de los oficios dominicales que había empezado a celebrar por Zoom. Lo que más echaban de menos sus feligreses, me contó, era darse la paz: murmurar «la paz sea contigo» y estrechar la mano de quienes ocupan los bancos de alrededor.

A ninguno de los dos se nos ocurrió preguntarnos en-tonces acerca de la base biológica de ese contacto, una deformación de dos segundos de las células epidérmicas que hace que los humanos se sientan conectados unos con otros y con su Dios. 

Los diagramas neuronales que ahora empapelan las paredes de mi despacho incluyen muchas etiquetas explicativas: áreas receptoras, conducción de impulsos…

Y cuando pregunté a Tyler qué parte de todo aquello podría llegar a ser replicado por la bioingeniería –¿qué parte de la sinfonía, a golpe de electrodos corporales y ordenadores?–, el ingeniero me interrumpió. «»Replicar» es peligroso –dijo–. Nos falta fidelidad para replicar el esquema natural. El término genérico que usamos es «restaurar»».

Leo en el Merriam-Webster que me regaló mi abuela: «Restaurar: renovar, reconstruir, devolver». En el móvil llevo diccionarios más modernos, pero siempre tengo ese volumen a mano, porque posar la palma sobre su desgastada cubierta envía a mi cerebro una historia comprensible.

He visto a Brandon Prestwood hablar ante au-diencias científicas; aún se pone nervioso, me dijo, pero ha aprendido a relatarles lo que le pasó y ver cómo agudizan el oído y la atención cuando llega a la parte de notar la mano de Amy.

«En una charla hablé del militar que estuvo un año en Afganistán, o donde fuese», me contó una de las últimas veces que hablamos. Era un militar hipotético y Prestwood estaba haciendo un ejercicio mental, imaginando a dónde podría conducir la experimentación.

«Antes de irse, su mujer se queda embarazada. No ha visto nunca a su hija, pero puede alargar la mano y tocarla por medio de este sistema. O el hombre de negocios que lleva seis meses fuera de casa. O la fotógrafa de National Geographic que se marcha a Costa de Marfil».

Se refería a Lynn Johnson, cuyas imágenes ilustran este artículo y quien pasó un tiempo con los Prestwood en su casa de Hickory, en Carolina del Norte.

Había mencionado que estaba a punto de emprender un viaje de trabajo a África, me dijo Prestwood, y él se la imaginaba metiendo en su maleta futurista alguna versión comercializada de electrodos de estimulación nerviosa y sensores táctiles, a juego con los que su padre viudo tenía en su casa de Arizona. «Solo para poder dar, y recibir, esa caricia tranquilizadora», dijo.

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Labor divulgativa sobre la condición humana de la Exploradora Lynn Johnson.

nuestras charlas nocturnas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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