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A 50 años del caso «Watergate»…


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HuffPost/BBC News(A.Bermúdez)/Infobae(A.Amato)/La Tercera  —  La historia empezó con una noticia de portada, pero tampoco especialmente detallada. “Cinco hombres, uno de los cuales afirma ser un antiguo empleado de la CIA, fueron detenidos ayer sábado, a las 2.30 horas de la madrugada, cuando intentaban llevar a cabo lo que las autoridades han descrito como un plan elaborado para espiar las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata en Washington”, decía.

Apareció publicada el 18 de junio de 1972 en el diario The Washington Post, firmada por su clásico reportero policial, Alfred E. Lewis, y no causó mucha estridencia en sus primeras horas.

A toro pasado es fácil entender que eso fue donde no se sabía nada de nada, claro, porque en la Casa Blanca sí, sí debieron escucharse muchos puñetazos sobre la mesa y muchas maldiciones con aquella nota de sucesos.

Difícil esperar, por truculento que fuera el robo, que tras él vendría el mayor escándalo político de la historia reciente de Estados Unidos, la mayor debacle de un presidente, el mayor éxito periodístico que se recuerda. Watergate se llamaba el edificio del robo.

Watergate se ha llamado ya siempre al escándalo, a las filtraciones, a la capacidad supervisora de la prensa.

Hace 50 años que comenzó un largo camino que, dos años más tarde, acabaría con la primera y única dimisión de un mandatario de EEUU, el republicano Richard Nixon, meses en los que se fueron acumulando las evidencias y la vergüenza, con cada reportaje de los míticos Bob Woodward y Carl Bernstein y con las comisiones que vinieron después. La política en Washington ya nunca fue igual, y tampoco el periodismo.

Estas son las claves de un caso mítico, archipublicado y llevado a la gran pantalla, la leyenda de cómo se puede pedir cuentas al poder y de cómo quien la hace en política la paga.

El robo en el Watergate

El Watergate se llama así por el complejo de edificios en el que estaba situada en 1972 la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata en Washington, que contaba con oficinas, pisos particulares y hasta un hotel.

Pasada la medianoche del 17 de junio, sábado, cinco hombres entraron las oficinas de la formación. Querían robar documentos y colocar micrófonos e intervenir los teléfonos de los progresistas. Espiarlos, en una palabra.

Bernard Barker, Eugenio Martínez, Frank Sturgis, Virgilio González y James W. McCord Jr. tenían orígenes muy variados: entre ellos había ladrones, pero también agentes antiguos de la Inteligencia de EEUU o del FBI o de la policía metropolitana. O sea, eran más que ladrones.

El hecho de que uno de ellos se señalase como antiguo trabajador de la CIA fue el primer dato que hacía presagiar que tras la acción de unos rateros había algo más.

Fueron llamados los fontaneros, porque una vez detenidos declararon: “Si nos contrataron para evitar filtraciones, es que somos fontaneros”.

Los habían reclutado, como se supo más adelante, Howard Hunt y Gordon Liddy, dos hombres vinculados al Comité de Reeleccción del presidente Nixon, un equipo formado por militantes del Partido Republicano creado por el mandatario y que trabajada en todos los frentes para que ganase las elecciones del noviembre siguiente.

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Estos «fontaneros» no eran cualquiera, uno de ellos, James W. McCord Jr., era ni más ni menos que el consejero de seguridad de la CIA.

Pero para saber eso debieron pasar muchos días. Aún estamos en esa noche tibia. Uno de los escasos vigilantes del Watergate, Frank Wills, detecta una puerta abierta y luz que se filtra en el aparcamiento. Un error de los ladrones que dio la voz de alarma.

El empleado -afroamericano, siempre de turno de noche, a 80 dólares la semana- llamó a la Policía y los primeros agentes se presentaron poco después, ridículamente vestidos de hippies, porque estaban trabajando de incógnito en un caso y eran los que se encontraban más cerca.

Frente al complejo, un grupo de asesores republicanos vigilaba los pasos de sus amigos los ladrones pero no vieron necesario alertar del grupo de hippies. Mal. Fueron su ruina.

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(Frank Wills era el guardia de seguridad de 24 años que encontró cinta adhesiva en las cerraduras de las puertas del Watergate y llamó a la policía)

Los agentes vieron las oficinas saqueadas y procedieron a la detención de los cinco sospechosos.

Portaban dinero, guantes, bolsas, cables, dispositivos de escucha, herramientas.

A comisaría. Los cinco cantaron que eran anticomunistas y por eso se la tenían jurada a los demócratas, en un país que no tenía tan lejos la caza de brujas y el macartismo.

El problema es que el último de los identificados, James McCord, era consejero de seguridad de la CIA y coordinador de seguridad de la campaña de reelección del presidente Nixon.

Los testimonios de prensa recopilados en estos días de aniversario dan cuenta de la “sorpresa”, “angustia” y “estupefacción” que se vivió en la comisaría de Washington en la que acabaron y cómo empezaron a recibirse presiones, nadie sabía de donde, pero de muy alto.

Entra la prensa

El Washington Post publicó desde el primer día informaciones al respecto, pero a un nivel discreto.

Era grande, pero no el medio potentísimo que es hoy, ni sabía aún por dónde tirar en sus indagaciones. Se habían puesto a oler desde dos secciones, Local y Nacional, hasta que sus informadores se coincidieron en pistas y unieron fuerzas. Bernstein y Woodward se pusieron mano a mano a buscar qué relación tenían estos ladrones con los llamados hombres del presidente, la guardia pretoriana de Nixon.

Woodward comenzó a investigar el caso ese mismo día, el 17 de junio, cuando fue a los juzgados para seguir la audiencia preliminar de los detenidos.

Los reporteros, ya juntos, descubrieron días después que uno de los capturados pertenecía a la campaña de Nixon y encontraron mayores conexiones con los funcionarios cercanos al entonces presidente.

En una rueda de prensa celebrada el 22 de junio, Nixon ya empezó a eludir su responsabilidad en “ese particular incidente” -recuerda a “ese señor del que usted me habla”- y, como se supo mucho después, su gente empezó a comprar el silencio de los detenidos con mucho dinero.

El 1 de julio se produjo la primera dimisión, la el jefe de campaña de Nixon, John Mitchell, presentó su dimisión “ante la insistencia de su esposa”.

Para entonces, Bernstein estaba investigando la “conexión Miami” de los detenidos, con parte del dinero incautado por la policía, que procedía de donaciones privadas que servían para sufragar los gastos de la reelección del presidente republicano, y cuyo reparto había supervisado el dimitido Mitchell.

El trabajo de los dos periodistas -coordinados y examinados por Barry Sussman, el jefe de Local y Harry Rosenfeld, el de Nacional, dos de los héroes olvidados de este caso- hoy se estudia en todas las facultades de periodismo del mundo, porque fue arduo, preciso, con una variedad de documentos y fuentes que apabulla.

No se podía dejar ni un cabo suelto cuando estaba en juego la Casa Blanca. Tarea lenta, pera segura, que generaba una angustia que se deja ver bien en la película de Alan J. Pakula.

No fue hasta septiembre del 72 cuando comenzaron a publicar verdaderos bombazos. El día 21 sacaron el primero, el mayor: Nixon había dispuesto de un fondo secreto para espiar a los demócratas.

Ya en octubre, documentos de la investigación policial les dieron la razón al afirmar que se trató de una estrategia de espionaje contra los demócratas que buscaba favorecer la reelección del presidente.

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Bob Woodward y Carl Bernstein, en la redacción del ‘Washington Post’, durante la investigación del Watergate.

Bernstein y Woodward tuvieron centenares de fuentes pero entre ellas destaca “garganta profunda” -nombre escogido por una película porno del momento-, cuya identidad estuvo oculta durante 35 años. Sus corroboraciones les permitieron aclarar la información que obtenían durante la investigación.

No fue tanto lo que les contaba, sino las pistas que les daba y las confirmaciones. Es mítico ese “sigue la pista del dinero” que tanto ayudó a los periodistas.

La relación entre los chicos del Post y su fuente era ciertamente de película de espías, por lo menos. Cada día, tras el cierre del diario, Bernstein y Woodward quedaban con algunos empleados del Comité para la Reelección del Presidente para intentar sonsacarles información.

Dos de ellos, una contable y un responsable de control de finanzas, alertados por la dimensión que había adquirido el uso ilegal de fondos en la campaña, les daban datos muy importantes.

Luego Woodward se encontraba con garganta profunda. Usaron diversos tipos de señales para reunirse, como colocar una bandera roja en el balcón de la casa de la fuente, y sus encuentros se celebraban de madrugada en un parking de Washington.

No fue hasta 2005 cuando se supo que esta fuente era W. Mark Felt, director asociado del FBI.

La historiadora Kate Clarke le ha explicado a Efe que sin el periodismo, el Watergate se habría quedado en un suceso aparentemente menor sin consecuencias políticas.

De rositas… por un tiempo

Pese a la contundencia de las informaciones, siempre se mezclaba la dinámica de un avance, un retroceso, una duda, que hacía que Nixon siguiera adelante y, en noviembre, ganase de nuevo las elecciones.

Su rival, el demócrata George McGovern, al que quiso espiar con todo este tinglado, nunca tuvo opciones de ganar, y le sacó 20 puntos.

Es una de las preguntas sin respuesta de este caso: por qué se metió Nixon en semejante lío si tenía la reelección asegurada.

El conservador seguía en el Despacho Oval, pero con la prensa a diario informando de nuevos detalles sonrojantes. El mal viento le llegó a los dos meses de la reelección, en enero de 1973, cuando comenzó el juicio a los rateros.

Todos se declararon culpables de allanamiento, pero uno, el exagente de la CIA, mandó luego una carta a la juez señalando que lo había hecho sólo porque lo habían amenazado y conminado a confesar ese delito. Habló de personalidades muy importantes.

La carta dio un giro inesperado a la cobertura del caso y, como diría Katharine Graham, la dueña del Post: “Toda la prensa apareció en masa, levantando literalmente las alfombras en busca de pistas. El Post ya no estaba solo”.

Ella también superó todas las amenazas, extorsiones y presiones del poder y, apoyada por el director del rotativo, Ben Bradlee, aguantó viento y marea.

Una de las acusaciones que más se repetía es que Nixon grababa todas las llamadas que hacía en su despacho. Por eso, se creyó que podían estar registradas las órdenes y permisos a miembros de su equipo para proceder a escuchas como las del edificio Watergate.

Esos comentarios se aceleraron desde abril del 73, cuando se produjeron varias renuncias forzosas de miembros del equipo de Nixon, cabezas de turco con los que la Admistración pensaba que todo quedaría en paz. Pero no.

Los despedidos -que es lo que eran- hablaron, ya eran muchas las voces en ese sentido, así que el Tribunal Supremo estadounidense ordenó al presidente entregar las cintas secretas.

Era prioritario saber si Nixon sabía. El republicano primero se negó, luego entregó sólo parte de las grabaciones, pero al final le obligaron a dar todo el material. Y ahí estaban sus órdenes.

A partir de ese momento, Nixon ya perdió el apoyo de los propios miembros del Partido Republicano, dispuestos a votar a favor de una solicitud del Congreso para iniciar un proceso de destitución o impeachment.

Se inició, pero no se concluyó, porque el 8 de agosto, Nixon anunciaba su dimisión. “Nunca he sido un desertor. Es algo que aborrecen todos los instintos de mi cuerpo. Sin embargo, como presidente, debo anteponer los intereses de América”, dijo en un discurso televisado que es historia pura.

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Unas mujeres leen los periódicos que recogen la dimisión de Richard Nixon, ante la Casa Blanca, en agosto de 1974.

Su vicepresidente, Gerald Ford, asumió la presidencia de EEUU y un mes después de tomar posesión indultó a su antecesor quien, por tanto, nunca se enfrentó a cargos, nunca pagó ante los jueces lo que había hecho.

Los verdaderos hombres del presidente

En esta historia fueron claves los asesores políticos y altos cargos de la Casa Blanca que estuvieron detrás del Watergate. Los que lo llevaron a cabo y los que se revolvieron contra el jefe, al final. Algunos de ellos fueron el jefe de gabinete, Bob Haldeman; el exfiscal general y jefe de campaña, John Mitchell; y el asesor John Ehlrichman.

John Mitchell es considerado el “cerebro” de la operación. Fue quien dirigió el comité de reelección del presidente y quien controlaba entonces el desembolso de dinero para las operaciones que buscaban espiar a los demócratas para conseguir información, según recuerda el Post.

Pasados dos días del robo, fue el primero en intentar alejar a Nixon de la opinión pública y en negar su responsabilidad tras lo encontrado en la sede demócrata.

“No hay lugar en nuestra campaña, ni en el proceso electoral, para este tipo de actividad”, dijo, haciendo saltar precisamente todas las alertas porque, en ese instante, poco había. “Estas personas no estaban operando en nuestro nombre o con nuestro consentimiento”, añadió.

Aunque habían sido fieles al poder en medio del proceso, dejaron de serlo cuando se vieron acorralados y optaron por delatar. Howard Hunt, exagente de la CIA, y Gordon Liddy, ambos militantes de la campaña de reelección de Nixon, por ejemplo, fueron dos de ellos.

Los acusaron de haber contratado a los hombres que ingresaron a la sede demócrata en la madrugada del sábado 17 de junio. Acabaron cantando y haciendo las cosas más fáciles a los investigadores, esos que con los años han contado su frustración de que sólo estos peces pequeños acabasen entre rejas.

La prensa se llevó la pieza de caza mayor, el presidente, pero ni la justicia ni la policía vieron compensados sus esfuerzos.

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Fotografías policiales de los hombres de Nixon, John Mitchell, H.R. Haldeman, John Ehrlichman y Charles Colson, todos los cuales fueron a prisión por delitos Watergate

John Dean es un hombre clave; era el abogado de la Casa Blanca durante el periodo de Nixon y en el año de las escuchas ascendió a responsable de las investigaciones sobre el papel de algunos funcionarios de la Casa Blanca en el Watergate.

Años más tarde se supo que Dean se opuso a presentar informes falsos que negaran la participación de Nixon y sus funcionarios. El entonces presidente lo despidió, obviamente, pero fue Dean fue a testificar ante el Senado, destapando los esfuerzos de la Casa Blanca por ocultar su participación en el entramado. Otro hombre del presidente, pero que supo dejar de serlo a tiempo.

La caída en desgracia de Nixon y el proceso por el que se produjo supusieron un cambio de era en EEUU, que muchos historiadores señalan como el fin del sueño americano, del idilio con la democracia y el sistema.

Dejó al aire la corrupción, lo peor del poder, la manipulación, y nunca se ha acabado de recomponer esa comunión. Los controles de seguridad son más férreos, el periodismo de investigación más vivo. Y todo por culpa de un presidente demasiado ambicioso.

Quiénes fueron los «plomeros» cubanos implicados en la caída del presidente estadounidense Richard Nixon

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Los «plomeros» cubanos actuaron de forma coordinada durante el juicio. De izquierda a derecha: Virgilio Gonzalez, Frank Sturgis, el abogado Henry Rothblatt, Bernard Barker y Eugenio Martinez.

Fueron protagonistas del mayor escándalo político que ha vivido Estados Unidos en el último medio siglo, pero sus nombres quedaron al borde del olvido, arrastrados por la vorágine que significó la caída del presidente Richard Nixon.

Ese era un desenlace que probablemente ninguno de ellos habría imaginado aquella madrugada del 17 de junio de 1972, cuando la policía les detuvo por haber ingresado sin autorización en la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata, ubicado en el complejo de edificios Watergate en Washington D.C.

Al día siguiente, la prensa informaría que cinco hombres habían sido detenidos en esas oficinas y que estaban siendo imputados por robo en segundo grado, por lo que inicialmente fueron conocidos como los «ladrones del Watergate».

Cuatro de ellos tenían fuertes vínculos con Cuba: Bernard Barker, Eugenio Martínez y Virgilio González habían nacido en la isla y se habían exiliado en Estados Unidos, mientras que Frank Sturgis era un estadounidense que durante décadas había participado en operaciones encubiertas, primero a favor y luego en contra de Fidel Castro.

El quinto, James W. McCord, era un experto en intercepciones electrónicas que había trabajado para la CIA y que entonces era el coordinador de seguridad del equipo de campaña de Nixon.

Luego quedaría claro que, más que ladrones, eran una suerte de espías contratados para obtener información que permitiera perjudicar la candidatura presidencial del aspirante del Partido Demócrata, George McGovern, rival de Nixon en su carrera hacia la reelección en la Casa Blanca.

Pero ¿cómo cuatro personas vinculadas al exilio cubano en Miami terminaron siendo figuras centrales en el escándalo de Watergate?

Todo comenzó en Bahía de Cochinos.

Exiliados y exagentes de la CIA

«Si sigues siendo el hombre que yo conocí, ven a verme», decía la nota que Bernard Barker encontró junto a la puerta de su casa.

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(E. Howard Hunt, consultor de seguridad de la Casa Blanca, habìa establecido vínculos con el exilio cubano en Miami durante la preparación de la invasión de Bahía de Cochinos.)

Estaba firmada por E. Howard Hunt, quien a inicios de la década de 1960 había sido el principal interlocutor del gobierno de Kennedy ante la comunidad cubana exiliada en Miami y responsable político de la CIA durante la organización de la invasión de Bahía de Cochinos. Barker había sido su mano derecha.

Era 17 de abril de 1971. Se cumplía el décimo aniversario de esa fallida operación y Barker acudió junto a Eugenio Martínez a reunirse con Hunt. Se encontraron junto al monumento levantado en la Pequeña Habana de Miami en memoria de los caídos en esa invasión y luego fueron a comer.

Entonces, Hunt les contó que se había retirado de la CIA y que ahora trabajaba en un empresa de relaciones públicas en Washington. «Hablamos de la liberación de Cuba y él nos aseguró que ‘todo ese asunto no había terminado’ (…) Dijo que se quería encontrar con la gente de antes. Era un buen síntoma. Nosotros no creíamos que él había venido a Miami por nada», contó Martínez sobre ese encuentro en un artículo publicado en 1974 en Harper’s Magazine.

Conocido como «Musculito» por su fuerte complexión física, Martínez era el único de los tres que seguía en nómina de la CIA, aunque esto solamente se supo después de que estalló el escándalo de Watergate.

Nacido en Artemisa, en la provincia de Pinar del Río, tuvo que abandonar Cuba en la década de 1950, debido a su participación en actividades en contra del gobierno de Fulgencio Batista. Regresó en 1959, pero debió volver a marcharse por su oposición al régimen castrista.

Se unió a la Brigada 2506 -el grupo de 1.500 exiliados cubanos que participaron en la invasión de Bahía de Cochinos- y luego estuvo trabajando para la CIA en operaciones especiales de infiltración en la isla, realizando más de 350 misiones de traslado por mar de personas hacia y desde la isla.

Para el momento del escándalo de Watergate, sus tareas para la inteligencia estadounidense se limitaban a informar a su oficial de contacto sobre la llegada de nuevos inmigrantes cubanos a Miami que pudieran ser de interés para la CIA, por lo que recibía un ingreso de unos US$100 mensuales.

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En la Pequeña Habana, en Miami, hay un monumento a los caídos de la Brigada 2506 que participó en la invasión de Bahía de Cochinos.

Barker también había sido agente de la CIA hasta 1966 y tuvo un papel más prominente, tanto en la invasión de Bahía como en el caso Watergate, pues fue la pieza clave para reclutar a los otros exiliados que participaron en la incursión ilegal en la sede del Comité Nacional Demócrata.

Hijo de padre estadounidense y madre cubana, Barker creció y estudió en ambos países. Se unió a la Fuerza Aérea de EE.UU. durante la II Guerra Mundial, tripulando un bombardero B-17 que fue derribado sobre Alemania, donde pasó 18 meses como prisionero.

Al terminar la guerra regresó a La Habana, donde se unió a la policía secreta del régimen de Batista, tras cuya caída huyó a Miami, donde se unió a la CIA y ayudó a organizar la fallida invasión.

De los Papeles del Pentágono al Watergate

Poco después del encuentro en Miami, Hunt comenzó a trabajar como consultor de seguridad de la Casa Blanca.

El exagente de la CIA se había incorporado a un equipo creado a partir de la publicación de los Papeles del Pentágono, un informe que revelaba los errores y mentiras del gobierno estadounidense en la guerra de Vietnam.

Esta unidad luego sería conocida popularmente como «los plomeros» debido a que su labor era hacer frente a la «filtración» de información clasificada.

«Eduardo [Hunt] le dijo a Barker que había un trabajo, un trabajo de seguridad nacional para lidiar con un traidor de este país que había dado papeles a la Embajada rusa. Dijo que estaban formando un grupo con la CIA, el FBI y todas las agencias, y que sería dirigido desde dentro de la Casa Blanca», escribió Martínez en la revista Harper’s.

Pero, aunque aparentemente los exiliados cubanos no lo supieron sino mucho tiempo después, la misión no era un asunto de seguridad nacional ni contaba con el aval de las agencias de inteligencia de Estados Unidos, aunque Hunt utilizó un equipamiento especial -disfraces, equipos de comunicación, identificaciones falsas- que la CIA le había facilitado para otros fines.

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Los equipos incautados a los «ladrones» de Watergate habían sido facilitados a Hunt por la CIA.

Para esta misión, además de «Musculito», Barker reclutó a Felipe De Diego, otro exiliado cubano, veterano de Bahía de Cochinos y ex agente de la CIA que trabajaba con él en su negocio de bienes raíces en Miami.

El 3 de septiembre de 1971, los tres cubanos irrumpieron en las oficinas en Los Ángeles del doctor Lewis Fielding, psiquiatra de Daniel Ellsberg, el analista militar que había filtrado a la prensa los Papeles del Pentágono.

Aunque oficialmente su misión era buscar información para determinar si Ellsberg había pasado información a la Unión Soviética, el verdadero objetivo de la Casa Blanca era conseguir material que permitiera desprestigiar a Ellsberg. En cualquier caso, los espías salieron de allí con las manos vacías.

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El gobierno de Nixon buscaba dañar la credibilidad de Daniel Ellsberg, quien filtró a la prensa los Papeles del Pentágono.

A inicios de mayo de 1972, Hunt movilizó a Washington a Barker junto a otros 15 exiliados cubanos con el objetivo de neutralizar una manifestación antigubernamental organizada con motivo del velorio en el Capitolio de Edgar J. Hoover, el temido exjefe del FBI.

Según contó Martínez, la protesta en la que participaban figuras reconocidas como Jane Fonda y Donald Sutherland fue efectivamente dispersada.

Al final de ese día, Hunt llevó a Barker a ver el complejo de edificios de Watergate y le anunció que allí, en la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata, sería su próxima operación, asegurándole que había informes de que Fidel Castro había estado enviando dinero a los demócratas.

«Ese rumor ha circulado por toda Miami. No tienes que decirme nada más al respecto», respondió Barker, según contó Hunt en su libro American Spy.

Un par de semanas antes de ser capturado por la policía la madrugada del 17 de junio de 1972 en el complejo de Watergate, el equipo de espías organizado por Hunt realizó una primera incursión exitosa en la sede del Comité Nacional Demócrata (DNC, por sus siglas en inglés).

Entonces, habían tomado unas 40 fotografías de listas de donantes al partido y habían plantado algunos micrófonos en los teléfonos. Para entonces, ya se habían incorporado al equipo Virgilio González, Frank Sturgis y James McCord.

González había participado en la invasión de Bahía de Cochinos y había estado muy activo dentro de la comunidad anticastrista de Miami, donde trabajaba como cerrajero, función que también ejecutó durante el ingreso a las oficinas del DNC.

Sturgis, por su parte, era un personaje complejo. Nacido en Estados Unidos, pero muy vinculado a Cuba incluso desde antes de la revolución, durante el juicio de Watergate fue calificado como «mercenario» por parte de la Fiscalía.

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Aunque no nació en Cuba, Frank Sturgis estuvo vinculado durante décadas a la isla.

«Sturgis es uno de los personajes más pintorescos de todo esto. Había peleado en Cuba y luego se había convertido en un activo de la CIA y estaba vinculado de manera muy íntima con la política cubana y la Revolución Cubana aunque, al mismo tiempo, era una especie de soldado de la fortuna», dice Garrett Graff, autor del libro «Watergate, a New History«, a BBC Mundo.

Según contó Sturgis ante un comité del Congreso de EE.UU. en 1978, su vínculo con Cuba se inició en la década de 1950 cuando acordó con el expresidente de Cuba Carlos Prío -exiliado en Miami- ir a la isla para dar entrenamiento y llevar armas a la guerrilla de Fidel Castro que luchaba contra el régimen de Batista.

Estando en la isla se convirtió en informante de la CIA y, tras el triunfo de la revolución, estuvo trabajando un tiempo con Castro, pero luego se unió a los grupos anticastristas en Miami organizando operaciones encubiertas contra el régimen de la isla.

Años después de Watergate, Sturgis y Hunt fueron investigados por su supuesta posible implicación en el asesinato del presidente John F. Kennedy, un señalamiento que ambos negaron.

Condenas, indultos y renuncias

Tras su detención en el Watergate, Barker, Martínez, González y Sturgis actuaron de forma concertada. En enero de 1973 decidieron declararse culpables de los cargos que les imputaban, lo que fue interpretado como una maniobra para evitar incriminar a más personas en el caso.

Meses más tarde, fueron condenados por delitos de conspiración, hurto y violación de leyes federales sobre temas de comunicación.

Hunt y McCord siguieron una estrategia distinta, colaborando con las autoridades para conseguir penas menores.

Al final, los cuatro «plomeros» vinculados al exilio cubano cumplieron unos 15 meses de prisión cada uno.

De acuerdo con sus testimonios, durante la operación de Watergate solamente recibieron dinero para cubrir sus gastos y las «ayudas» que recibieron durante el juicio fueron dedicadas mayormente a gastos legales.

Tras salir de prisión, Barker y Sturgis comenzaron a trabajar como inspectores de Sanidad de la ciudad de Miami, Martínez se convirtió en vendedor en una tienda de autos en la Pequeña Habana, mientras que González dejó la cerrajería para laborar como mecánico de vehículos.

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Eugenio Martínez fue el único implicado en el caso Watergate -aparte de Richard Nixon- que recibió un indulto presidencial.

Solamente uno de ellos, Martínez obtuvo un perdón presidencial otorgado durante el gobierno de Ronald Reagan en 1983, lo que le permitió recuperar su derecho ciudadano al voto.

Entre decenas de involucrados en el caso, esta medida de clemencia solamente la había recibido Nixon, quien de todas formas optó por renunciar a su cargo en 1974 para evitar ser destituido a través de un impeachment.

Aunque no está claro qué motivó el indulto a Martínez, el documentalista británico Shane O’Sullivan tiene la hipótesis de que se debió a una última misión que habría realizado en 1977.

Ese año, la inteligencia cubana contactó a «Musculito» para pedirle ayuda en tender puentes con el gobierno de Jimmy Carter y este informó a la CIA y al FBI, que le dieron luz verde para actuar como doble agente y así descubrir los planes de La Habana.

¿Ladrones o «patriotas»?

Pero si no actuaron por motivos económicos, ¿qué llevó a los «plomeros cubanos» a implicarse en esta operación de espionaje del gobierno de Nixon?

Durante una comparecencia ante un comité del Congreso que investigaba el Watergate, Barker aseguró que su principal motivación había sido la idea de que si ayudaban a Hunt, posteriormente sería posible conseguir el apoyo de este y de «otros en altos cargos» para derrocar al régimen de Fidel Castro.

«El hecho de que el gobierno de Castro estaba ayudando al Partido Demócrata se había rumorado y se había dicho libremente en Miami por parte de diferentes organizaciones y personalidades en las que confío», dijo.

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Bernard Barker estuvo a cargo de reclutar a otros exiliados cubanos para las incursiones del Watergate.

Esa visión de que ayudar a Hunt iba a servir para poner fin luego al castrismo en Cuba fue repetida en términos similares durante el juicio por los otros tres.

«Sigo sintiendo por mi país y por la forma como la gente sufre allá. Esa es la única razón por la que cooperé en esa situación», señaló González.

Martínez, por su parte, dijo al juez que él en Cuba había sido dueño de un hospital, de un hotel, de una fábrica de muebles y que todo eso le había sido arrebatado por la revolución castrista. «Él dinero no significa nada para nosotros», aseguró.

Mientras que Sturgis afirmó que él haría «cualquier cosa» en situaciones en las que Cuba y la «conspiración comunista» en Estados Unidos estuvieran implicados.

Pero ¿es creíble pensar que actuaron motivados por estas razones?

«Realmente creo que lo hicieron por razones patrióticas. Bernard Barker era un anticomunista acérrimo forjado en la lucha anticastrista y lo mismo podría decirse de Martínez», dice Shane O’Sullivan, autor del libro «Dirty Tricks: Nixon, Watergate, and the CIA«, a BBC Mundo.

«Ellos verdaderamente tenían miedo de la influencia de Castro en George McGovern, quien era visto como muy izquierdista, y temían cuáles serían las repercusiones si el país caía en sus manos, en términos de las relaciones de Estados Unidos con Cuba y lo que eso significaría para el pueblo cubano o sus esperanzas de recuperar Cuba», agrega.

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A los exiliados cubanos en Miami les preocupaba la polìtica que aplicaría hacia la isla el candidato presidencial demócrata George McGovern, quien pocos años después desarrolló una amistad con Fidel Castro.

O’Sullivan considera que Hunt engañó a estos exiliados cubanos haciéndoles creer que si participaban en estas misiones de «seguridad nacional», podría haber un nuevo intento de invadir Cuba o una segunda Bahía de Cochinos.

«Eso nunca iba a ocurrir, pero él les hizo creer que si ellos ayudaban a la Casa Blanca en estas ocasiones, Nixon reactivaría entonces las operaciones para liberar Cuba», apunta.

Garret Graff coincide con esta visión.

«Es altamente creíble que los ‘ladrones cubanos’ no entendieran plenamente el propósito de la operación de Watergate. Parece que ellos pensaban que tenían motivos patrióticos cubanos para estar allí», señala.

«En los registros históricos parece bastante claro que, al menos, no todos ellos entendían que lo que estaban haciendo era ilegal y que tenían alguna creencia legítima para pensar que estaban en una operación de seguridad nacional autorizada por la Casa Blanca, hasta el momento en el que fueron arrestados, porque confiaban mucho en Howard Hunt y él trabajaba en la Casa Blanca», agrega.

Insistiendo en esa visión de que creían participar en una misión legal, los cuatro «plomeros cubanos» demandaron a la campaña de Nixon argumentando que habían sido engañados al habérseles hecho creer que actuaban con permiso del gobierno en algo que atañía a la seguridad nacional del país.

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Las investigaciones por el caso de Watergate forzaron la renuncia de Richard Nixon, quien en agosto de 1974 prefirió dimitir antes de ser destituido.

En 1977, lograron un acuerdo extrajudicial en este caso por medio del cual les pagaron US$50.000 a cada uno, lo que fue interpretado por sus abogados como una prueba de que efectivamente habían sido engañados por la Casa Blanca.

Pero si en los tribunales fueron condenados y en la prensa mundial fueron conocidos por el mundo como los «ladrones de Watergate», en la Pequeña Habana de Miami siguieron siendo vistos como patriotas cubanos.

Aunque esto, al parecer, no era suficiente para aliviar la pena de no haber logrado la liberación de la isla.

Así, en un entrevista concedida en 2009 al diario español El Mundo, Martínez expresó su frustración con lo ocurrido.

«Yo quería derribar a Castro y desgraciadamente derribé al presidente que nos estaba ayudando, a Richard Nixon», se lamentó.

Garganta Profunda: la increíble historia del espía del FBI que filtró todos los secretos del caso Watergate

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Mark Felt en el año 2005 en su casa de Santa Rosa, California. Hacía muy poco que había confesado ser Garganta Profunda, el informante de Woodward en el caso Watergate

Fue dueño de los secretos más importantes de la historia contemporánea de Estados Unidos: cómo fue que el entonces presidente, Richard Nixon, había avalado primero y encubierto después, el asalto al cuartel general del Partido Demócrata en el edificio Watergate, de Washington. Y lo contó todo.

Y reveló lo que sabía a un periodista, Bob Woodward, del Washington Post. Woodward y su colega, Carl Bernstein investigaron a fondo el caso Watergate y el Washington Post ganó hace cuarenta y ocho años el Premio Pulitzer por aquel éxito periodístico. El Post ganó el premio el 7 de mayo de 1973 y Richard Nixon tuvo que renunciar el 8 de agosto de 1974, fue el primer presidente de Estados Unidos en dejar su cargo.

El nombre del tipo que sabía todo y contó todo, o casi todo, también fue un secreto: el mejor guardado de la historia del periodismo. Su nombre, como fuente anónima, se mantuvo oculto durante treinta y tres años bajo un apodo elocuente, “Garganta Profunda”, que era el título de una película porno con pretensiones de cine de culto, pero que también simbolizaba un atributo de aquella fuente anónima, que tenía una voz grave, oscura, subterránea e intensa.

En 2005, “Garganta Profunda”, dio un reportaje a la revista Vanity Fair y descubrió su identidad. Tenía 91 años y creyó que era hora de terminar con tanto secreto. Era Mark Felt, que en los días de Watergate era el número dos del FBI, y quería llegar a ser el número uno.

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La historia de Watergate, la de “Garganta Profunda”, la de la investigación del Post, y la del baúl de secretos guardados bajo siete llaves es, además de apasionante, una muestra de la importancia del secreto profesional en el periodismo de investigación, con el que los populismos de cualquier signo quieren terminar.

Y, segundo, es la prueba más clara de que no hay secretos y de que la verdad sale a flote. Siempre. La identidad de “Garganta Profunda”, a quien había que proteger de cualquier reacción de la Casa Blanca si se sabía quién era el informante del Post, era conocida por los hombres de Nixon y por el propio presidente. Todos callaron, aunque por diferentes razones.

Con astucia, Woodward y Bernstein titularon su fantástico libro sobre el caso “Todos los hombres del Presidente”. Después de todo, Mark Felt era uno de los hombres de Nixon.

El caso también actualiza un interrogante eterno que no tiene respuesta única: un funcionario que denuncia la corrupción del gobierno que integra ¿es un benefactor de la democracia, o es un traidor a los suyos?

La historia oficial dice que el Caso Watergate empezó en la noche del 17 de junio de 1972. Es verdad. Pero en realidad, el caso empezó un mes y medio antes.

El 2 de mayo de ese año, el legendario director del FBI, Edgar J. Hoover, murió en su casa en apariencia mientras dormía y por una deficiencia cardíaca. El cuerpo recién fue descubierto en la mañana. Un llamado telefónico, a las 9.45, alertó a Felt sobre la muerte de Hoover y lo dejó sacudido y perturbado: era el segundo en la línea de sucesión y el destinado a hacerse cargo de la poderosa agencia de investigación federal de los Estados Unidos.

Así lo escribió en su diario: “No me pasó por la mente que el presidente pudiera designar a una persona ajena al FBI para reemplazar a Hoover. Mis antecedentes eran muy buenos y eso me llevó a pensar que tenía una chance excelente”.

Esta revelación, y muchas otras de esta nota, figuran en “The Secret Man – The Story of Watergate’s Deep Throat” “El hombre secreto – La historia del Garganta Profunda de Watergate”, que escribió Woodward, con la ayuda de Bernstein y que editó Simon & Schuster en 2005. Las esperanzas de Felt se iban a ver defraudadas muy pronto.

Exactamente veintiséis horas y diez minutos después de la muerte de Hoover, Nixon nombró director interino del FBI a L. Patrick Gray, un antiguo aliado del presidente, que había trabajado mucho y duro en la campaña electoral de Nixon en 1960, cuando fue derrotado por John F. Kennedy.

Felt admitió haber estado resentido por partida doble: primero por haber quedado postergado, segundo, porque Nixon había nombrad a un outsider como número uno del FBI.

Ahora sí, la historia oficial. El sábado 17 de junio de 1972 cinco ladrones entraron en las oficinas del cuartel central del Partido Demócrata en Washington. No eran ladrones. Eran agentes al servicio de Nixon, empleados por el gobierno para evitar filtraciones de la Casa Blanca a la prensa, y a quienes les habían encargado pinchar los teléfonos y colocar micrófonos ocultos en la sede del partido rival del gobierno. Fueron sorprendidos y detenidos como ladrones comunes, y derivados a un juzgado mañanero y de instancias menores.

Los cinco dijeron ser plomeros. Era una humorada siniestra de Frank Sturgis, un tipo muy pesado de la CIA, mercenario de Bahía de Cochinos y sospechado de haber tenido alguna relación con el asesinato de John Kennedy en 1963.

A Sturgis le festejaba los chistes Gordon Liddy, otro pesado del FBI y de la Casa Blanca que murió el pasado 30 de marzo, y al que le adjudican ser el cerebro del asalto a Watergate. Sturgis decía que si Nixon los había contratado para evitar filtraciones, entonces eran plomeros. El juez no creyó ni palabra de lo que le decían los impresentables y decidió interrogarlos a fondo.

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Woodward y Bernstein en la redacción del Washington Post. Su investigación del caso Watergate les valió un premio Pulitzer

Entonces intervino el azar, como siempre. Cubriendo esa noticia menor, un domingo a la mañana, en un juzgado nocturnal y con cinco ladrones de tres al cuarto, estaba Bob Woodward, del Washington Post. Y estaba allí porque así pagaba un duro derecho de piso.

En 1970, sin saber qué hacer con su vida, Woodward había enviado una carta sin esperanzas al Post: buscaba empleo como reportero. Para su sorpresa, le contestó Harry Rosenfeld, el editor de noticias locales, que decidió tomarle una prueba. No aprobó.

Woodward confiesa que Rosenfeld se había sentido “espantado por mi ignorancia, que era incluso más grande que mi arrogancia”, y lo mandó a aprender los rudimentos de la profesión a un semanario de Maryland, “The Montgomery County Sentinel”.

Durante ese año en el semanario, Woodward consultó un par de veces a una fuente de información que le merecía confianza: Mark Felt. Y de nuevo el azar: Woodward y Felt se conocían desde el verano de 1969, cuando el ahora periodista era un teniente de la Armada de Estados Unidos asignado al Pentágono, y oficiaba de correo entre la sede militar y la Casa Blanca. Allí había conocido a Felt y habían entablado una relación amistosa y de mutua confianza.

Felt había nacido en agosto de 1913 en Idaho, era un egresado de la Universidad estatal. Se había casado con su novia de estudiante, Audrey Robinson y se había instalado en Washington para trabajar como joven ayudante del entonces senador demócrata de Idaho, James Pope.

Se graduó como abogado en la Escuela de Derecho de la Universidad George Washington y en 1941 decidió postularse para entrar en el FBI, donde hizo una veloz carrera: investigó a la mafia de Nevada y Las Vegas, supervisó luego la Academia del FBI y llegó a ser el número dos del FBI, detrás de Hoover.

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El libro que Woodward escribió después de la revelación de Felt, donde narra su propia versión de la relación con el informante

Aquella mañana de domingo de junio de 1972, cuando el juez James Belsen preguntó a los “plomeros” apresados en el edificio Watergate qué hacían en realidad para ganarse la vida, uno de ellos dijo: “Somos anticomunistas”. El juez se dirigió entonces al que le pareció el jefe de todos, un tipo que parecía mayor, calvo e inexpresivo, que había dado un paso adelante, para hablarle más cerca al juez y que de alguna manera contrastaba con la pinta y el talante de tres de sus colegas, que eran exiliados cubanos anticastristas.

-Soy consultor de seguridad, le dijo el inexpresivo al juez..

-¿Dónde trabaja?

-En el gobierno.

-¿Dónde “en el gobierno?

El tipo, que se llamaba James McCord, contestó algo inentendible.

-Hable más fuerte y más claro, le pidió el juez.

Woodward entonces dio un paso adelante para escuchar mejor, y McCord dijo:

-En la CIA.

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Mark Felt del FBI y quien filtró todos los secretos del caso Watergate

Así empezó el escándalo Watergate. Aquella noticia sin importancia, sobre un robo “menor”, apareció encabezada así en el Post del lunes 19: “Cinco hombres, uno de los cuales dijo ser un ex agente de la CIA, fueron arrestados a las 2.30 de ayer en lo que las autoridades describieron como un elaborado plan para instalare micrófonos ocultos en las oficinas del Comité Central Demócrata”.

Woodward y Bernstein empezaron a tirar del hilo de los plomeros, a quienes les habían hallado en los bolsillos de cada uno quinientos dólares en billetes nuevos de cien, y descubrieron que, metido hasta las cejas en la invasión a la sede del Partido Demócrata, estaba el Comité de Reelección de Nixon.

En las primeras semanas del caso, Woodward recibió un llamado de Felt que le dio valiosa información, en grageas, pero muy útil para enriquecer la investigación. Es de Felt la frase que construyó el caso: “Sigan la pista del dinero”.

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Carl Bernstein y Bob Woodward cuando confirmaron en 2005 que lo que había contado Mark Felt a Vanity Fair -que él era Garganta Profunda- era cierto

Cinco días antes del asalto frustrado a la sede demócrata, el domingo 12 de junio de 1972, en trescientos cines de Estados Unidos se había estrenado “Deep Throat”, Garganta Profunda, una película porno protagonizada por Linda Lovelace.

Su título exime de mayores explicaciones sobre su argumento, algo chusco y chocarrero, y sobre un guión con pretensiones nunca satisfechas de realismo social.

Cuando en el Post le preguntaron a Woodward sobre la identidad de su fuente, se negó a revelarla y la definió, incluso en sus artículos, como “una fuente de la rama ejecutiva con acceso al Comité de Reelección del Presidente y a la Casa Blanca”.

El compromiso de Woodward ante Felt era no revelar jamás su identidad, al menos que lo hiciera el propio Felt, o hacerlo sólo después de su muerte.

En la intimidad de la redacción del Post, la fuente de Wooward pasó a ser “Garganta Profunda”, que saltó a la fama como tal recién en 1973, cuando Woodward y Bernstein publicaron “All the President’s Men” que luego fue película protagonizada por Robert Redford, Dustin Hoffman y Hal Holbrook como el informante secreto, dirigidos todos por Alan J. Pakula.

Periodista y jefe del FBI establecieron un código para reunirse, siempre en secreto. Cuando Woodward quería preguntar algo a Felt, cambiaba de lugar una maceta que tenía una bandera roja y engalanaba el balcón de su departamento del 1718 de la calle P, no muy lejos del Post.

Cuando Garganta Profunda quería hablar con Woodward, en la página 20 de la edición de The New York Times que el periodista recibía a diario, aparecía un círculo rojo con las manecillas de un reloj que marcaba la hora del encuentro.

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Gordon Liddy al ser liberado en Washington después de pagar una fianza de 5.000 dólares después de cumplir 21 meses de prisión tras la condena que recibió por ser el cerebro del caso Watergate.

Con el tiempo, y por razones de seguridad, sólo seis personas supieron la identidad de Garganta Profunda: Woodward, Bernstein, que jamás vio a Felt sino hasta poco antes de su muerte, en diciembre de 2008, Elsa Walsh, la mujer de Woodward, el mítico editor general del Post, Ben Bradlee, y Leonard Downie Jr, que había sido editor del caso y en 1991 sucedió a Bradlee.

El sexto en saber el secreto fue John Stanley Pottinger, un novelista y abogado, asistente del Procurador General para Derechos Humanos que en 1976 dedujo, por instinto y por lógica, que el informante del Post era Felt.

Y se lo dijo a Woodward: “Salté en mi silla, pero traté de mantener una cara de póker –confesaría Woodward– Estuve profundamente preocupado porque saliera a la luz su identidad. Pottinger dijo que él no diría nada”. Y no dijo nada.

Hubo otra peligrosa filtración, veintisiete años después del Caso Watergate. En el verano de 1999, el periódico The Hartford Courant, el más leído del estado de Connecticut, publicó una nota en la que un estudiante de 19 años, Chase Culeman-Beckman, decía que el hijo de Bernstein, Jacob, le había confesado que Garganta Profunda era Mark Felt.

Culeman-Beckman y Jacon Bernstein habían compartido diez años antes un campamento de verano. El reportero de The Hartford, David Daley, contactó entonces a Felt, que se mantuvo fiel al secreto: “No, no soy yo. Yo lo hubiese hecho mejor. Hubiese sido más efectivo. ‘Garganta Profunda’ no fue exactamente quien provocó el derrumbe de la Casa blanca, ¿verdad?”

Pero los cazadores estaban cazados. Richard Nixon y parte de los hombres del presidente sabían, lo supieron siempre y desde el inicio del escándalo, que quien filtraba la información al Washington Post era Felt.

Esa sorprendente revelación surge de las cintas grabadas por el propio Nixon, esas cintas que lo llevaron a la renuncia porque en ellas estaban las pruebas de su intento de entorpecer la investigación judicial de Watergate.

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El complejo Watergate, en Washington, donde se encontraba el cuartel general del Partido Demócrata 163

El 10 de octubre de 1972, en plena investigación del Washington Post sobre Watergate, H. R. Haldeman, el sinuoso jefe de gabinete de Nixon que pasaría dieciocho meses en la cárcel por su participación en el escándalo, informó al presidente que sus hombres habían descubierto que las mayores filtraciones sobre Watergate salían del FBI: “Vienen del más alto nivel… De Mark Felt”.

Nixon preguntó entonces: “¿Por qué demonios haría una cosa así?”. Haldeman le dijo entonces que él creía que Felt quería ser nombrado director del FBI y que no se podía hacer nada en su contra porque, “Renunciará e irá a la televisión a contar todo lo que sabe. Y lo sabe todo”. Entonces Nixon tuvo con Haldeman un intercambio que pinta al ex presidente de cuerpo entero:

-Es una muy mala manera de llegar a la cima. ¿Es católico?

-Judío.

-Cristo, poner un judío allí…

Así lo revela Richard Reeves en su libro, “President Nixon .- Alone in the White House – Presidente Nixon – Solo en la Casa Blanca”, un estudio día por día de aquellos agitados años en Estados Unidos y el resto del mundo.

Cuando, en julio de 2005, Felt reveló a Venity Fair quién era, la revista eligió un título impecable: “Yo soy el tipo al que llamaban Garganta Profunda”, ilustró las con las fotos de un anciano estragado ya por el Alzheimer y pagó a Felt y a su familia diez mil dólares por la exclusiva.

Recién entonces, Ben Bradlee, el editor del Post en los días de Watergate, admitió la identidad de la fuente y lo mismo hizo Woodward que volcó toda la historia en su libro más breve y ligero, un one shoot urgido, pero esclarecedor.

El Post y sus periodistas callaron por treinta y tres años por respeto al compromiso de la prensa de no revelar sus fuentes cuando estas lo piden. Y esta fuente decía la verdad. Nixon y sus hombres callaron durante los días de Watergate para que Felt no convirtiera el escándalo en tragedia: de eso se encargó Nixon.

Y los hombres del presidente que conocían la identidad de “Garganta Profunda” callaron luego para no revelar que el caso había sido revelado por uno de sus hombres de confianza.

Felt murió mientras dormía en un hospicio de Santa Rosa, California, el 18 de diciembre de 2008. Tenía 95 años.

Sobre su figura pesa todavía un drama ético. ¿Actuó por despecho, por no ser nombrado director del FBI? ¿Lo hizo convencido de que su acción fortalecía el sistema, aunque él violara su juramento al FBI? ¿Traicionó al gobierno al que servía, y su juramento como agente del FBI? O, por el contrario, ¿fue un héroe nacional que salvó los valores de la democracia, amenazados por la corrupción?

Qué fue de los protagonistas del caso

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Gordon Liddy habla en un mitín conservador en un mall de Washington DC.

James McCord fue uno de los cinco ladrones que fueron detenidos en las oficinas Watergate, en pleno allanamiento de la sede del Partido Demócrata. Exoficial de la CIA y exagente de la FBI, fue el encargado de las intercepciones telefónicas del equipo.

Enfrentó los cargos de conspiración, robo e intercepción de comunicaciones, y estuvo en la cárcel cuatro meses. Su condena fue reducida, luego de que declarase en contra de funcionarios de la Casa Blanca que estaban detrás del plan de espionaje.

En una carta al juez John Sirica, McCord escribió en ese entonces: “Hubo presiones políticas sobre las personas detenidas, para que se declararan culpables y se mantuvieran calladas”.

Después de salir de prisión, publicó un libro llamado Un pedazo de cinta, la historia de Watergate: Hechos y ficción. De ahí, mantuvo el bajo perfil hasta su muerte a los 93 años, en junio de 2017, en Pennsylvania.

Virgilio González fue otro de los ladrones detenidos: era un refugiado cubano, activista contra Fidel Castro, y fue el cerrajero de la operación. Durante los juicios, indicó que se le había dicho que su participación en los allanamientos iba a ayudar a avanzar en la “liberación de Cuba”.

Pasó un año en prisión, y volvió a la ciudad de Miami, donde vivía, haciendo carrera como cerrajero. En 1977, junto con los otros tres “soldados de a pie” que participaron en el robo, recibió 200 mil dólares del fondo de la campaña de Richard Nixon de 1972. El pago sirvió como un acuerdo para la demanda civil de los cuatro hombres, que alegaban haber sido engañados para tomar parte del robo.

Desde el Comité de Reelección del Presidente, como consejero general, Gordon Liddy planeó y dirigió la estratagema para espiar a los demócratas, recibiendo cerca de 332 mil dólares en fondos de campaña con ese fin.

Un poco después del fracaso del 17 de junio, que fue la segunda vez que sus hombres entraron a Watergate, fue detenido. Conocido como “el hombre de acero de Watergate”, por su negativa total a cooperar con la investigación, fue la persona que más tiempo pasó en prisión por el caso: 5 años.

Luego de su liberación, pasó a ser un presentador radial de tendencia conservadora, animando programas sobre asuntos militares y armas. También apareció en programas televisivos como Miami Vice. Hizo carrera en la radio hasta 2012, para morir en 2021 a los 90 años.

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H.R. Haldeman y John Ehrlichman en el despacho del Presidente Richard Nixon, en 1969.

Más arriba en la pirámide de confianza de Nixon, estaban John Dean, H.R. Haldeman y John Erlichman. Dean fue Consejero para la Casa Blanca entre 1970 y 1973, ayudando a encubrir a los funcionarios de Nixon por el caso de espionaje, hasta que el caso ya estaba demasiado cerca del presidente.

“La plantilla se está acabando, se acabó. Tenemos un cáncer acá, cerca de la presidencia, que está creciendo”, le habría dicho al mandatario un poco antes de ser despedido.

Finalmente, John Dean fue el primero de los altos cargos de la Casa Blanca en revelar detalles del encubrimiento, implicando al presidente y otros funcionarios durante su testimonio en el Comité Watergate del Senado, en 1973.

Estuvo cuatro meses en prisión, luego de lo que se dedicó a escribir libros y columnas, volviéndose una fuente común en Estados Unidos cada vez que se quiere comparar el gobierno de Donald Trump con el de Richard Nixon.

John Ehrlichman era consejero de asuntos domésticos, y fue acusado por Dean de dirigir el encubrimiento de la operación de Watergate. En 1973, en medio de la revelación del escándalo, renunció a su puesto: al final enfrentó cargos por obstrucción de la justicia y perjurio, llegando a pasar 18 meses en prisión.

Al salir de la cárcel, Ehrlichman se divorció y se fue a Nuevo México, donde se enfocó en la escritura de novelas. En 1982 publicó unas memorias, que llevaron por nombre Testigo del Poder: los años de Nixon. Más tarde se mudó a Atlanta, donde trabajó como consultor comercial para la industria de eliminación de desechos peligrosos, y murió en 1999.

H.R. Haldeman fue jefe de gabinete de Nixon, y junto con Ehrlichman formaban lo que se conoció como el “Muro de Berlín”, debido a sus apellidos alemanes.

La voz de Haldeman aparece en muchas de las conversaciones grabadas de las reuniones en La Casa Blanca, incluyéndose la conocida como “Smoking gun” (pistola humeante), una conversación entre el jefe de gabinete y Nixon, en la que se hablaba de usar a la CIA para distraer a la FBI de su investigación en Watergate.

Pasó, al igual que Ehrlichman, 18 meses en prisión. Luego se volvió consultor en negocios, enfocado en bienes raíces y en una franquicia de restoranes en Florida. En sus memorias Los Fines del Poder, publicadas en 1978, Haldeman escribió: “Yo también creía en la campaña dura, pero aún desde mis posiciones más radicales, Nixon se excedía a veces”.

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El presidente Richard Nixon hablando en una conferencia en 1973.

Respecto a Richard Nixon, su historia es mucho más conocida: a puertas de iniciarse un proceso de destitución en su contra, la noche del 8 de agosto de 1974 el mandatario se adelantó, renunciando al puesto en cadena nacional.

El poder quedó en el entonces vicepresidente Gerald Ford, que un mes más tarde concedería el perdón a Nixon, por cualquier crimen que hubiera “cometido o en el que pudo haber participado” durante su presidencia.

Los años siguientes, Nixon se retiró a su rancho en California, e incluso intentó volver a la abogacía, sin éxito debido a que fue expulsado del Colegio de Abogados. Publicó sus memorias, otro libro llamado No Más Vietnam, y murió después de un derrame cerebral en abril de 1994.

Otro personaje clave en la trama de Watergate fue el llamado “Garganta Profunda”, una misteriosa fuente gubernamental que ayudó a los reporteros del diario The Washington Post a desenredar la conspiración, juntándose con Bob Woodward en estacionamientos y tomando medidas de precaución serias, como la de siempre tomar dos taxis, para evitar ser seguido.

Luego del libro y la película Todos los hombres del presidente, Garganta Profunda se volvió la fuente anónima más famosa de la historia del periodismo.

Después de años de especulaciones y teorías, el agente Mark Felt del FBI reveló en 2005 que él fue la fuente misteriosa, siendo confirmado esto por los periodistas de The Washington Post. Mark Felt era entonces el número dos de la oficina de inteligencia.

El mismo año de la revelación, Felt publicó un libro, en el que contó su historia y rol en Watergate: “La gente debatirá por mucho tiempo sobre si hice lo correcto ayudando a Woodward… el fondo es que hicimos esto para conseguir toda la verdad, y acaso, ¿no es eso lo que se supone que hace elFBI?”. En 2008, a los 95 años, Felt murió.

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Bob Woodward y Carl Bernstein durante una cena en la Casa Blanca en 2017

Bob Woodward y Carl Bernstein fueron los dos periodistas encargados de cubrir la historia para The Washington Post. Juntos consiguieron armar la historia hablando con docenas de fuentes, la mayoría anónimas, y le valieron al diario un Premio Pulitzer por la cobertura.

Woodward, que era quien se juntaba en los estacionamientos con “Garganta Profunda”, sigue trabajando hoy en el Post, y ha escrito 18 libros, muchos de ellos sobre el legado del caso Watergate. En 2018 publicó un libro sobre Donald Trump.

Por su parte, Bernstein dejó el diario pocos años después de Watergate, trabajó para ABC News y la revista Time, y en 2007 había publicó una biografía de Hillary Clinton. El año pasado editó sus memorias, que llevan por titulo Persiguiendo la historia: un niño en la redacción.

El editor ejecutivo de The Washington Post en ese entonces, Benjamin Bradlee, también jugó un papel supervisando la investigación de Woodwad y Bernstein. Desde 1965 a 1991 fue el editor del diario, y ya en 1971 había desafiado al gobierno de Nixon publicando los “Pentagon Papers”, una serie de documentos secretos detallando las acciones del gobierno de Estados Unidos en Vietnam.

El caso de Watergate terminó consolidando la reputación del Post como un medio de periodismo duro y de investigación.

Durante su trayectoria, hasta 1991, Bradlee supervisó coberturas que llevaron al Post a ganar 17 premios Pulitzer. Publicó sus memorias en 1995, y murió en 2014.

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