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Un poco de arte (VIII)…


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La serpiente escondida en el Vaticano

HA!(M.Chacon-Palomares)  —  La Sala de Audiencias del Vaticano está repleta de simbolismos y numerosas hipótesis.

El Papa se expresa hacia los cristianos desde la Sala de Audiencias del Vaticano, también conocida como Aula Pablo VI o Sala Nervi, que se construye bajo un escalofriante diseño. Su arquitecto, Pier Luigi Nervi, creó un auditorio para 6.300 personas con algunos símbolos escondidos, pero a la vista de todos.

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Pier Luigi Nervi

¿Qué símbolos esconde esta sala?

Solo basta con fijar la mirada en algunos sitios concretos para confirmar que en todo momento vemos a alguna que otra serpiente.

En primer lugar, en esta sala a vista de pájaro, podemos ver su parecido con la cabeza de una serpiente. El techo se va ondulando y adaptando a la forma del réptil. El altar se situaría en la zona más estrecha de la sala.

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Luego, nos adentramos en el interior y podemos ver como las dos ventanas se sitúan de tal manera, y mantienen una forma que se asemeja a los ojos. El interior del techo como si se tratara de escamas, y en el altar, la boca con dos grandes colmillos por columnas.

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En cuanto a lo escultórico, también hay una prueba evidente de que existe ese simbolismo hacia el animal. Se trata de la escultura protagonista en el centro del altar, La Resurrezione, realizada por Pericle Fazzini. Esta escultura representa a Jesús resurgiendo de las cenizas.

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La Resurrezione, de Pericle Fazzini.

Hasta aquí todo correcto en cuanto a la obra de Fazzini. Pues bien, solo hay que cambiar de perspectiva para ver como la cosa cambia. Si vemos la escultura desde la derecha, en torno a la testuz de Jesús, su pelo parece ser la cabeza de una serpiente.

De esta manera, vemos algo único en la historia. Estos siete parecidos son más que evidentes, consiguiendo hacer que el Papa se exprese ante los cristianos desde la boca de una serpiente.

¿Qué significa todo esto?

Lo que no está tan claro es lo que este simbolismo significa en la iglesia y por qué se diseñó así este auditorio.

La principal hipótesis que se trata entre la mayoría de profesionales en estos temas iconográficos, aunque también la menos creída por la sociedad, es la relación de la serpiente con el “Estado profundo que gobierna el mundo”.

Se supone que se trata de un grupo de personas de alto nivel adquisitivo y político, que controlan el mundo a sus anchas. La Iglesia al tener numerosos seguidores, sería una vía por la que mandar mensajes subliminales.

Estas personas tendrían el símbolo del réptil como icono de su forma de vida, ya que parece que sus ideales coinciden con la forma de ser de las serpientes.

Otra hipótesis muy tratada es la relación de estos símbolos con los Iluminati. Esta sociedad secreta tenía una gran relación con la Iglesia. Su modo de mandar mensajes de forma oculta era como por ejemplo con este simbolismo, influenciando sobre el pueblo.

Pero las últimas dos razones más acertadas para algunos es la explicación arquitectónica del edificio y los textos de la Biblia.

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La Sala de Audiencias del Vaticano.

La arquitectura de Pier Luigi Nervi desvela que solo se trataría de un conjunto de casualidades, pues en el encargo del edificio se pidió que el diseño fuera acondicionado para la climatización y la iluminación natural.

El techo, realizado con 41 nervios perforados con aberturas que permiten la iluminación necesaria. La ondulación es la más perfecta para que el sonido alcance a todos por igual. Luego, la planta del edificio se hace de esta forma para conseguir una visión adecuada para cada asiento del auditorio.

Por último, la explicación de los dos pilares del escenario tiene una función arquitectónica vital. Se trata de dos pilares inclinados, de menor a mayor desde el suelo del altar, para sostener el peso del techo.

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La última hipótesis y la respuesta que da la Iglesia a todo este sin fin de especulaciones es la relación de la serpiente con la Biblia. La serpiente trata dos temas muy relevantes en el Libro Sagrado.

El primero de ellos es la Serpiente en el Jardín del Edén, recordando al pueblo cristiano el castigo que Dios impuso a Adán y Eva.

El segundo es el que se trata el momento en el que el pueblo de Israel, cansado de andar por el desierto y sin alimentos, se vuelve contra Dios y Moisés. Luego, Dios envía serpientes para sembrar el miedo hasta que el pueblo implora perdón a Moisés.

Son muchas las coincidencias y las hipótesis ofrecidas, pero poca la veracidad de lo que se trata. Aunque no sepamos con claridad el por qué de este simbolismo, sabemos que es más que evidente la gran serpiente oculta del Vaticano, pero que está a la vista de todos.

Los secretos de las meninas

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(M.C.Santo)  —  Es mucho más que un simple cuadro. Es una de las obras de arte más estudiadas de la historia y aún así, no todos los historiadores están de acuerdo en su significado, género e incluso fecha.

Espejos, cuadros dentro de cuadros, gente que mira a los ojos al espectador… Los secretos que oculta este lienzo de figuras a tamaño natural son casi tan fascinantes como su asombrosa técnica. Intentaremos desde aquí comprender qué quiso decirnos este genio de la pintura con una de sus obras más complejas a todos los niveles.

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«Las meninas» de Diego Velázquez. – Museo del Prado, Madrid.

Según el tratadista Antonio Palomino (1655–1726), «Las Meninas» fue pintado en el año 1656. Y esa es hoy la fecha oficial. Sin embargo, en el cuadro Velázquez aparece con una cruz de la Orden Santiago en el pecho y ese título de caballero no le fue dado hasta 1658.

Entonces, ¿se equivoca Palomino de fecha, o simplemente miente?. «Algunos dicen que su Majestad mismo se lo pintó, para aliento de los Profesores de esta Nobilísima Arte». ¿En serio Palomino insinúa que fue Felipe IV el encargado de pintar esa cruz?. Lo dudamos.

Más bien pudo ser el propio Velázquez, que murió en 1660 y tuvo tiempo de sobra para retocar su obra maestra.

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(Detalle de la Cruz de Santiago.)

La obra se titulaba «La familia de Felipe IV», pero el rey en principio no parece el protagonista.

Ahí tenemos a la infanta Margarita, el centro de atención del cuadro, flanqueada por dos meninas que la atienden: María Agustina Sarmiento, que le ofrece agua, e Isabel de Velasco. Una enana, Mari­bárbola, y Nicolasito Pertusato, el bufón que patea al mastín.

Recordemos que Velázquez pintó varios bufones durante su carrera.

Detrás están Marcela de Ulloa, «guarda menor de damas» y a otro guardadamas sin identificar. Al fondo José Nieto, jefe de tapicería de la reina y «abrepuertas» del palacio.

Velázquez tiene la suficiente valentía de representarse a sí mismo ejerciendo su oficio paleta en mano, por lo que ya tenemos alguna pista de sobre lo que nos quiso decir al pintar este lienzo: probablemente tenga algo que ver con la pintura.

Y finalmente ahí están los reyes Felipe IV y Mariana de Austria, pero reflejados en un espejo. Los verdaderos protagonistas se encuentran fuera del cuadro.

Entonces, ¿qué es este cuadro? ¿Un retrato colectivo? ¿Una «escena de conversación» como las que estaban de moda en la época en el norte de Europa? ¿La instántanea de un interior? ¿Una alegoría para dignificar y reivindicar su oficio de pintor?

Interpretaciones de las Meninas.

Las interpretaciones son múltiples, y traen de cabeza a historiadores desde hace siglos. De hecho ya existe un desorden psiquiátrico propio: el Síndrome de la Fatiga de Las Meninas (SFLM), que padecen algunos investigadores que se pasaron buscándole el sentido al cuadro.

Lo que está claro es que algunos de los personajes ahí retratados parecen mirar hacia afuera del cuadro, hacia nosotros. Algo llama su atención.

  • Si los reyes no están en la sala pero se reflejan en el espejo, lo lógico es pensar que Velázquez está pintando su retrato. Los reyes posan para el artista y la imagen del cuadro aparece en el espejo, pero en realidad ellos están donde estamos nosotros.
  • Otra opción es que Velázquez está trabajando en palacio cuando de pronto entran los monarcas. Algunos se percatan y levantan la mirada. Como los reyes están donde estamos nosotros como espectadores, se reflejan en el espejo del fondo.
  • Hay quien afirma que Velázquez pinta en realidad a las propias meninas y en ese momento aparecen los reyes. Así que lo que en realidad aparece en el lienzo (del que solo vemos su bastidor por detrás) serían Las Meninas dentro de Las Meninas. Lo que pinta Velázquez es la pintura misma que nosotros estamos viendo. Puro arte conceptual en el siglo XVII.
  • Se ha llegado a especular que Velázquez, fue un viajero en el tiempo adelantado a las teorías cuánticas y la relatividad, y lo que está representando en su cuadro es a los mismos espectadores del cuadro. ¡Velázquez nos está pintando a nosotros! Ciertamente, cuando pasas delante de Las Meninas en el Prado, el artista nos mira claramente y el espectador se convierte de alguna manera en la cuarta dimensión de la pintura.

Sea la interpretación que sea, Velázquez nos mete de lleno en la pintura y nos invita a jugar, a pensar, a descifrar lo que está sucediendo justo en ese instante congelado en el tiempo como una fotografía. De hecho, muchos consideran a «Las meninas» precursor también de la fotografía ya que capta un instante congelado de una manera más «fotográfica» que «pictórica».

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Detalle del espejo.

Astrología.

Velázquez era conocedor de la astronomía y astrología. Y si unimos los corazones de los personajes en una línea imaginaria se dibuja la constelación de Corona Borealis, cuya estrella central se llama curiosamente Margarita Coronae, como la infanta que ocupa el centro del cuadro.

Surge así otra teoría: Lo que Velázquez está pintando es un mensaje oculto que significaría una lectura de la continuidad dinástica en la persona de la infanta Margarita (ya que su hermana mayor María Teresa iba a casarse con Luis XIV de Francia y el futuro rey Felipe Próspero aún no había nacido). En el momento de pintar el cuadro, ella era la reina del futuro.

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Velázquez pinta el aire.

Dejando de lado su tema, la técnica en «Las meninas» es espectacular. Un alarde de talento que hace pensar que el pintor lo que realmente hace es presumir. De cerca vemos un montón de pinceladas, casi como un cuadro impresionista, pero de lejos todo cobra sentido y las figuras se hacen de carne y hueso. El pintor hasta es capaz de plasmar el aire de esa habitación.

Velázquez hace un uso magistral de la perspectiva aérea, que da esa profundidad a la escena a través del aire que rodea a cada uno de los personajes. El propio aire difumina los contornos de las figuras (sobre todo las del fondo).

El espacio arquitectónico tiene quizás demasiado protagonismo. Es la única obra de Velázquez donde aparece el techo de la habitación. Además Velázquez dedicó demasiada pintura para el espacio vacío en la parte superior que ocupa casi dos tercios del lienzo. Los cuadros colgados en la penumbra son copias de temas mitológicos de Rubens hechas por Juan Bautista Martínez del Mazo.

Quizás con eso quiso dejar claro que la pintura es el tema real de «Las meninas» y que ese oficio era lo suficientemente noble como para estar a la altura de la nobleza y la monarquía.

Sea como sea, como buen barroco, este artista consigue un logrado efecto espacial, creando la sensación de que la sala continúa fuera del lienzo, como si los personajes compartieran espacio con nosotros, los espectadores. Es un cuadro que rebasa sus límites físicos y espaciales sin necesidad de artificios ni trampantojos.

Reacciones a «Las Meninas».

Evidentemente, no sólo historiadores fueron los intrigados por este cuadro. Artistas, escritores, científicos y filósofos también reaccionaron ante una de las mayores obras de arte de la historia.

El escritor Théophile Gautier por ejemplo, al visitar el Prado en el siglo XIX exclamó su famosa frase: «¿Dónde está el cuadro?». Tal era el realismo de esta obra maestra que no pudo verla.

Manet, Goya, Oscar Wilde, Foucault, Ortega y Gasset… son innumerables los ilustres personajes que se basaron en este cuadro para reacrear obras propias.

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«Las Meninas» de Picasso. – Museo Picasso de Barcelona.

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«Las Meninas, obra estereoscópica» de Dalí. – Museo Reina Sofía, Madrid.

Picasso se obsesionó durante años por el cuadro y llegó a decir que se encerraría en una habitación y no saldría hasta comprender el significado de «Las meninas» y Dalí dijo aquella famosa frase cuando le preguntaron qué salvaría del Prado si hubiera un incendio: «Dalí se llevaría el aire nada menos, y específicamente el aire contenido en Las Meninas de Velázquez, que es el aire de mejor calidad que existe.»

4 artistas que nunca existieron

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Nat Tate

(M.C.Santos)  —  En los años 50 habitó en Nueva York un misterioso pintor expresionista abstracto: Nat Tate (1928–1960), el perfecto y romántico ejemplo de artista bohemio, alcohólico, suicida e inseguro, que acabó destuyendo la mayoría de su obra antes de destruirse él.

Según su biógrafo, Nathwell “Nat” Tate fue una figura muy respetada en la escuela de Nueva York, un artista de culto que influyó en sus contemporáneos (Pollock, Rothko…) pero que fue prácticamente desconocido para el público en general.

Un motivo recurrente en las obras de Tate fue pintar puentes, una temática al parecer inspirada en las poesías de Hart Crane.

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“Puente no. 114” de Nat Tate.

Como suele pasar con los genios inseguros e incomprendidos, a finales de su vida Tate era ya alcohólico intratable. Después de un viaje a Europa en 1959, donde conoció a Braque, se sintió abrumado por la calidad del arte que vio allí y al volver a casa se sintió un estafador y decidió destruir toda su obra (lo consiguió con cerca del 99% de su trabajo).

Emulando la muerte de Hart Crane, Tate acabó suicidándose convencido de ser un estafador el 12 de enero de 1960, saltando del ferry de Staten Island.

¿Una historia desgarradora, verdad…?

Pues es mentira. Todo surge como una broma hecha libro, una biografía ficticia del escritor William Boyd.

Boyd se inventó a este artista atormentado para reírse un poco de la impostura del arte contemporáneo actual, en especial los artistas que veía que estaban triunfando en el Reino Unido, los llamados YBAs o Young British Artists, unos tipos con más éxito que talento, (si exceptuamos el talento mercantil).

Algunas de las pinturas que aparecen en el libro fueron pintadas por el propio Boyd, y el escritor contó con cómplices para llevar el engaño lo más lejos posible. Gente “de fiar” como Bowie, coleccionista y filántropo, o Gore Vidal que escribió unas líneas en la solapa del libro para legitimar la broma.

Las fotografías de Nat Tate que aparecen en la “biografía” (como la que tenéis arriba) son de desconocidos de la propia colección fotográfica de Boyd.

El fraude llegó a su nivel más surrealista en 2011, cuando una pintura de Nat Tate titulada Puente no. 114 fue subastada en Sotheby’s por £ 7,250, muy por encima del precio de salida.

Jusep Torres Campalans

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Pablo Picasso y Jusep Torres Campalans.

Jusep Torres Campalans (1886–1957) fue el tercer pintor cubista en importancia, junto a Braque y Picasso. Hijo de payeses catalanes, emigra a París en plena época de las vanguardias y entabla amistad con artistas como Pablo Picasso, Amedeo Modigliani o Piet Mondrian.

Max Aub también estuvo en contacto con el pintor, y de hecho es él la principal fuente para conocer su vida, ya que escribió una biografía del artista después de conocerlo en su exilio en Chiapas.

Descrito “Catalanista hasta las cachas” y “anarquista antiburgués”, además de ferviente católico, Aub cuenta que Campalans vestía como un obrero y siempre iba con el mismo traje gastado de pana y un perpetuo jersey de cuello alto.

Juerguista hasta el amanecer, vivió de lleno la noche parisina de vanguardias juntos a sus muchos amigos, aunque se sabe que despreciaba ante todo a Juan Gris, quizás por ser su principal competencia en el puesto de tercer cubista.

Con Picasso vivió una intensa amistad que se remontaba a los años barceloneses del pintor. En esa época Jusep le confesó al pintor que sólo había visto mujeres desnudas en fotografías. Picasso lo invitó en Barcelona a una “burdel de la calle de Avinyó”, convirtiéndose en su patrocinador sexual y futuro mentor artístico.

Fruto de esa amistad quedaron para la historia varios retratos de su amigo.

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Retrato de Picasso con la firma JTC.

Campalans pinta durante ocho intensos años en ese París efervescente, pero abandona de pronto y sin motivo aparente el arte (coincide todo con el estallido de la Gran Guerra). Se sugiere que se hizo consciente de que nunca tendría el genio al que aspiraba y decide extraviarse en las montañas de Chiapas, Mexico, donde acaba sus días aislado.

Personalidades de las vanguardias, documentos y catálogos acreditaron la existencia del misterioso artista. Gentes como Guillaume Apollinaire, Gertrude Stein o Max Aub dieron fe de que Campanals no sólo existió, sino que pudo ser fundamental para el proceso de creación de las primeras obras cubistas.

Pero en 1958 se descubre que Torres Campalans era en realidad un engaño. El propio Aub explica que su novela, pese a que parecía una biografía real (testimonios, fotografías -la de arriba es un fotomontaje-, reproducciones de sus obras…), era básicamente una broma.

Aún así, el libro de Max Aub se considera hoy en día un valioso testimonio sobre los movimientos de vanguardia.

Pierre Brassau

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La exitosa exposición de Brassau.

En febrero de 1964 aparecen en una exposición en Gotemburgo, Suecia cuatro pinturas de un artista previamente desconocido de las vanguardias francesas llamado Pierre Brassau.

Todo el mundo quedó embelesado al ver las creaciones del pintor. Los críticos de arte lo encumbraron, los periodistas cubrieron la noticia en primera plana, los estudiantes de arte lo admiraron… El reconocido crítico Rolf Anderberg dijo esto de la obra del enigmático artista:

Mientras que la mayoría de piezas eran “pesadas”, la obra de Brassau no. Pierre Brassau pinta con trazos potentes bajo una determinación muy clara. Sus pinceladas se tuercen con una meticulosidad furiosa. Pierre es un artista cuyas piezas se llevan a cabo con la delicadeza de una bailarina de ballet…

Rolf Anderberg

Los trazos de Brassau eran en efecto espontáneos, frescos, potentes, furiosos… como pintados con una determinación muy clara.

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“Sin título” de Pierre Brassau.

Lo que ni la gente ni la crítica sabían era que Brassau no se llamaba Pierre, en realidad se llamaba Peter… y era un chimpancé.

Todo fue una gran broma del periodista Ake Axelsson, que sólo quería poner a prueba la fiabilidad de los críticos de arte. ¿Sería capaz un sesudo crítico de distinguir entre arte moderno y el arte realizado por un mono…? La respuesta quedó aclarada.

Axelsson visitó un zoo y convenció al cuidador de Peter para pasarle pinceles y óleos. El chimpancé se tragó algunas pinturas (especialmente el azul cobalto), pero con el tiempo empezó a pintar los lienzos con “agradables manchas”, muchas de las cuales en ese azul cobalto que tanto le había gustado.

Cuando se descubrió el pastel, el afamado crítico Rolf Anderberg se mantuvo en su idea, aunque nadie volvió a tomárselo demasiado en serio. Peter volvió al zoo y la performance pasó a la historia como una de las grandes bofetada al mundo del arte.

Joachim-Raphaël Boronali

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Un grupo de artistas enmascarados. Entre ellos el misterioso Boronali.

Este pintor futurista genovés, fue el impulsor y el único representante del llamado Excesivismo, un breve movimiento de vanguardia de 1910. Tan breve que sólo duró unos días.

Boronali frecuentaba el mítico cabaret parisino de Lapin Agile en Montmatre, y de él sólo sabemos dos cosas: que escribió el manifiesto excesivista, una escuela pictórica más radical que el futurismo que abogaba por “destruir los museos y pisotear las infames rutinas”; y que pintó un cuadro expuesto en el cabaret frecuentado por los más excelsos intelectuales y artistas de Europa.

El cuadro era extraordinario. Lo nunca visto en 1910. Y con un título de lo más poético y evocador: “Et le soleil s’endormit sur l’Adriatique (Y el sol se durmió en el Adriático)”. París se revolucionó y todo el mundo empezó a hablar de ese cuadro venido del futuro y de su misterioso autor.

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“Y el sol se durmió en el Adriático” de Boronali. (1910).

Con tanto éxito, la obra se acabó colgando en el Salón de los Independientes de París, junto a cuadros de Matisse y de Rousseau. La crítica más prestigiosa calificó a la pintura de ejemplo de “perspectivas insólitas”, “empastes geniales” y “sentido trascendente del color”. Se llegó a vender por la friolera de 400 francos. Artistas como Modigliani no vieron en su vida tanto dinero.

Había llegado el momento de conocer al escurridizo artista italiano. Y cuando todo el mundo estaba en ascuas, saltó a la palestra el periodista Roland Dorgelès, que explicó la broma. Una mañana se podía leer este titular en primera plana de Le Matin: “Un asno por jefe de escuela”.

Junto al pintor Pierre Girieud, el crítico André Warnod y el dueño del cabaret, Frédéric Gerard (además de un notario para documentarlo todo), llenaron unos cubos con los colores azul, verde, amarillo y rojo y le llevaron las pinturas al burro de Gerard, llamado Lolo.

Con un pincel atado a la cola y recompensado con dos de sus manjares preferidos (zanahorias y tabaco), el burro movía la cola y parió la obra maestra que todos estaban admirando. Fijaos en la fotografía de arriba.

Cuando Dorgelês y sus compinches publicaron la nota en el periódico diciendo que Boronali era en realidad un burro, un crítico de arte les amenazó con un pleito por insultar a un artista tan excelso. Para eso servía el notario, que dio fe de la farsa.

https://historia-arte.com/_/eyJ0eXAiOiJKV1QiLCJhbGciOiJIUzI1NiJ9.eyJpbSI6WyJcL3JlcG9ydGFnZVwvaW1hZ2VGaWxlXC9hX2ZyZWRlLXktbG9sby5qcGciLCJyZXNpemUsMjAwMCwyMDAwIl19.UASUK2LBG2SHADVeXu3FfBDu9C77xasX9yE6yiQu5FA.jpg

(Gerard y Lolo.)

Lo que Dorgelês pretendía era dejar al mundo del arte en evidencia. Si algo como el cubismo estaba triunfando, París iba a saber lo que era una auténtica vanguardia.

Aún así, a pesar de descubrirse el montaje, el cuadro siguió su vida propia y se sabe que su último comprador lo llegó a asegurar en 5 millones de francos.
Así es el mundo del arte. Una burrada.

nuestras charlas nocturnas.

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