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Opinión/Ensayo: Tabúes científicos …


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(I): Sexo con robots

Investigación y ciencia(J.Vallverdú)La ciencia es una actividad social y, como tal, está sujeta a los vaivenes, valores y tradiciones de las comunidades que la sostienen. Ahora mismo, por razones algunas obvias y otras no tanto, se habla, y mucho, de robótica.

De robots voladores, robots astronautas, submarinistas, recepcionistas, obreros, soldados, médicos… pero… ¿dónde están los robots del sexo?

Sabemos que la pornografía y la industria del sexo acaparan las búsquedas y uso en Internet, moviendo cifras multimillonarias.

Se estiman unas ganancias para la pornografía de 91.000 millones de euros al año, mediante más de 13.000 nuevas películas, páginas electrónicas y otros servicios relacionados. Por otro lado la prostitución mueve de forma ilegal unos 180.000 millones de euros al año.

Ante este panorama, y constatando que la sexualidad es un motor fundamental de las sociedades humanas, aunando diversos elementos relativos a la socialización y, en algunos casos, a la reproducción, nos preguntamos de nuevo… ¿y los robots sexuales?

Como investigador intento tener la mente abierta y explorar áreas de futuro, por lo que recientemente inicié mis investigaciones sobre robótica sexual, lo cual es coherente dada mi dilatada experiencia con el estudio filosófico de la robótica.

Mi primera constatación al ir a revistas académicas especializadas del ámbito de la robótica fue apabullante: NO HAY INVESTIGACIONES SOBRE ROBOTS Y SEXO. Por lo menos en el ámbito de la ingeniería robótica es de este modo.

Tal vez podemos encontrar algunos artículos de robo-ética (los trabajos de Levy, Richardson o Sullins) o psicología que hayan tratado este tema, pero no publicaciones del propio ámbito. Todo el mundo trabaja en robots futbolistas, cocineros, asistentes, brazos industriales, coches inteligentes, drones… pero… ¡ningún laboratorio de robótica sexual!

Teniendo en cuenta que los laboratorios académicos buscan desesperadamente fuentes de financiación y beneficios, esto resulta anómalo.

La segunda constatación, a partir de lo anterior es advertir que estamos ante un tema tabú científico.

Todavía no se ha iniciado la robótica sexual que algunas voces, como la de la antropóloga Kathleen Richardson, se alzan en contra de tal mercado tecnológico, considerándolo una opresión similar a la de la prostitución. Razones para el debate las hay, claro está. Pero vayamos por partes y revisemos los antecedentes históricos de la incipiente robótica sexual.

Juguetes sexuales

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Investigadores de la Universidad de Tübingen han situado en un artefato lítico paleolítico de hace 28.000 años el primer uso de un dildo como instrumento tanto simbólico como sexual.

Su uso se extenderá por las geografías humanas, desde las antiguas civilizaciones de Egipto, Grecia, Roma o China hasta nuestros días.

Se utilizarán materiales diversos, madera, cristal, jade, bronce, piel animal, tejidos, cerámica, piedra… pero siempre con la misma finalidad sexual.

Incluso Shakespeare los cita, como sin venir a cuento y de pasada, en el Acto IV, Escena IV de Un cuento de invierno.

Sin ánimo de parecer falocráticos, debemos considerar que también se usaron otros utensilios, tales como bolas vaginales, dilatadores o lubricantes, con tal de aumentar las posibilidades del juego sexual.

Máquinas sexuales inteligentes

Pero con el inicio de la electricidad y la exploración de mercados se abrió un espacio nuevo para la experimentación. Es el origen decimonónico de los vibradores, el descubrimiento de nuevas sustancias como el látex (si bien los olmecas ya utilizaban productos similares).

Esto también dio rienda suelta a los nuevos juguetes, como las muñecas de goma, a inicios del siglo XX en París, según cuenta Iwan Bloch en la obra La vida sexual de nuestros días (1908).

Ya en este momento Bloch comenta que hay aparatos genitales femeninos que segregan lubricante como si tuvieran glándulas de Bartolini, y penes neumáticos que eyaculan.

Nuestros abuelos ya disponían de un buen catálogo de utensilios y sus referentes literarios (como el mito de Pigmalión con enamoramiento de una estatua) a la vez que una religiosidad conservadora en lo sexual impulsó el desarrollo tácito y oculto de tales prácticas.

Si bien siempre ha habido abrazadores sexuales de árboles (denominados dendrofílicos) o personas gozadoras ante estatuas (los agalmatofílicos), el avance experimentado en el utillaje sexual a lo largo del siglo XX y XXI nos lleva a otro nivel, lejos de lo parafílico para abrazar la ‘normalidad’ (si existe).

El nivel de realismo y perfección en la estimulación actual es increíble, puesto que estamos asistiendo al nacimiento de la dildónica: vibradores complejos, controlables mediante parejas a distancia o por el móvil via Bluetooth como el We-Vibe 4 Plus, claro ejemplo de teledildónica (¿para cuándo un neuroconector para gestionar su funcionamiento? La neurodildónica será un rotundo éxito), vaginas de texturas hiperrealistas y calefactables…

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Incluso la realidad virtual permite acceder a integraciones dentro de la escena, como el culo/vagina vibrador/a de Cyberskin que tiene una app controladora para el teléfono (Twerking Butt App) y conexión VR 3D.

Los masturbadores Tenga son un brutal éxito de vendas en Japón y se extienden hoy en día. Materiales clásicos como PVC, látex, silicona y gelatina unidos a nuevos como PU, TPR o TPE permiten mejorar la calidad de la naturalidad de la experiencia.

O incluso mejorarla, una vez sus diseños van más allá de lo que Naturaleza ha proporcionado.

También existe la opción de crear vestidos para el usuario que cuenten con coordinación entre masturbadores automatizados, sensores distribuidos y gafas de VR conectados a pornografía 3D (Pornhub, una de las más importantes páginas ya tiene sección de VR) o simulaciones sexuales computacionales, como ha hecho la empresa japonesa llusion VR.

Hablando de simulaciones, los chatbots y sistemas artificiales que hacen las veces de novios/novias/amantes pululan por doquier en la red para ser usados mediante tablets, móviles o ordenadores.

Tras lo visto, es normal que alguien pensara en hacer cuerpos enteros, siendo la empresa más famosa Realdolls. Muñecas y muñecos diseñados bajo la premisa hiperrealista con tal de satisfacer una clientela solvente y especial: maniquíes con bocas/anos/vaginas/penes para satisfacer en un modo tridimensional a escala humana.

Y en el año 2010 alguien decidió por vez primera añadir inteligencia artificial a tales muñecos: Roxxxy the robot, presentado en Las Vegas AVN Adult Entertainment Exhibition, incorporaba voz artificial y una rudimentaria interfaz de interacción con el usuario. Pero la revolución ha llegado de la mano de un científico catalán: Sergi Santos.

Samantha… ¿el robot sexual inteligente?

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Hace pocas semanas, en nanotecnólogo Sergi Santos sacó al mercado una muñeca sexual con la mejor IA nunca integrada en un sistema de estas características. Según el investigador, con quien he compartido tertulia periodística y conversación privada, Samantha tiene complejos algoritmos que regulan respuestas más ‘humanas’.

Samantha tiene el procesador integrado en la cabeza, emitiendo respuestas con una voz dulce y realista, con la que te guía través de los diversos modos de uso que tiene (el sexual, el amoroso, el familiar).

Uno tiene que cortejarla y ‘satisfacerla’, o el robot se quejará. Incluso le ha integrado un módulo filosófico en el que el robot reproduce citas de textos clásicos a petición de la usuaria/del usuario.

Lo interesante es que Santos no sólo está integrando más servicios en el robot, sino que plantea al mismo tiempo una reflexión sobre las dinámicas de la seducción, de la excitación o del placer. El juguete se humaniza y no es un simple agente pasivo.

Esto es una verdadera relación en las relaciones entre humanos y máquinas. Tal vez un día Santos será el Amancio Ortega de la robótica sexual, el tiempo y otras variables azarosas lo decidirán.

Algunos retos éticos

Para empezar, los tenemos éticos: el propio Levy no pudo leer su tesis doctoral sobre robótica sexual en el Reino Unido y tuvo que emigrar a Maastrich. A pesar de estar en el siglo XXI y que parece el dinero lo mueve todo, la robótica sexual es todavía un GRAN TABÚ.

Por otro lado, tenemos retos importantes, puesto que ya existen empresas que fabrican muñecos sexuales de niñas y niños, como la escalofriante empresa japonesa Trottla (con importaciones prohibidas al menos por el gobierno australiano).

¿Estaremos incentivando actitudes reprobables o más bien las podremos contener gracias a instrumentos de este tipo?

Y, ¿qué hacer con las personas que se enamoran de sus robots y se quieren casar con ellos, legarles sus herencias o enterrarlos en caso de ‘fallecimiento’? Ya existen cementerios en Japón para perros robots Aibo (fabricados por Sony). ¿Realmente es necesaria una ciencia del amor por los robots, la lovótica?

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Tampoco queda claro si estas máquinas mejoraran la sexualidad humana, la genitalizarán o la anorrearán, pero lo que es evidente es que ya están transformando el mundo contemporáneo, del mismo modo que las redes sociales y las aplicaciones móviles han alterado los modos de plantear escarceos sexuales, iniciación de amistades o las relaciones sociales.

También es posible que algunos de estos robots puedan mejorar la vida sexual de personas con necesidades especiales o incluso con disfunciones médicas que puedan ser mejoradas mediante el uso supervisado de tales máquinas.

¿Y si mejoran la sexualidad de las «personas sin más», es decir, todos nosotros?

Hay un último aspecto importante: el internet de las cosas. Estas máquinas podrán funcionar mejor cuanto más sepan de nosotros y quienes controlen estos datos tendrán todavía más información (sensible) sobre nosotros.

Como si no fuera ya suficiente con los móviles y los sensores de deporte, ahora una nueva generación de controladores sexuales completarán el círculo informacional.

Bueno, y ya finalizando mi perorata, estamos ante otro filón económico e investigador que creo que me voy a perder a no ser que consiga formar parte del mismo ahora que simplemente se empieza a levantar. Y lo digo sin metáforas de doble sentido, que siempre me critican.

(II): ciencia militar

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Estaba el otro día en el gimnasio, intentando superar la crisis de los 40 corriendo en una cinta, cuando por las pantallas que intentan que no pienses en tu sofá (ese momento hámster) apareció el gran Carlos Arguiñano explicado una de sus recetas.

Jalonando sus platos con chistes y anécdotas, explicó cuando en su período juvenil realizó el servicio militar como cocinero.

Entonces dejó ir una de sus frecuentes y lapidarias frases «teníamos submarinos pero no peladores».

Añadió que siempre se inventa para la guerra cuando hay necesidades más básicas y fáciles de resolver que quedan pendientes.

El pelador de patatas, por ejemplo.

¿Tiene razón Arguiñano? Pues desde una perspectiva de la historia de las ciencias, sí, al 100 %.

Existen intrínsecas, profundas y sólidas relaciones entre lo militar y las prácticas y los conocimientos científicos.

Esto se entiende a la luz de la concepción situada del conocimiento: las preguntas y los objetivos intelectuales se encuentran tanto condicionados como incluso determinados por factores sociales y culturales.

Tal y como resumió magistralmente en un breve haiku el excelso poeta Mario Benedetti: «En la razón/sólo entran las dudas/ que tengan llave». Es decir, en un sistema conceptual tan sólo se plantean las preguntas que el propio sistema conceptual permite, y, en consecuencia, se exploran los caminos que el entorno permite o reclama.

Dado el potencial ventajoso que proporciona la tecnociencia a una comunidad, es normal ver que las sociedades guían y refuerzan determinados tipos de investigación de acorde a sus intereses.

El papel de lo militar en lo social es obvio: cuando hablamos del paso de la Edad del Bronce a la del Hierro, un proceso no universal pero frecuentemente universalizado, en realidad estamos refiriéndonos a la capacidad de un colectivo para crear armas más sólidas y efectivas, lo que contribuyó a que los pueblos que tenían mejor armamento y ejércitos organizados pudieron someter a otros pueblos.

La supremacía actual norteamericana en el panorama internacional no se debe a su amabilidad o la atracción por su modelo cultural, sino a la posesión del arsenal militar más letal y efectivo del mundo.

Del 100 % de gasto militar que se produjo en el 2011 en el mundo, los Estados Unidos de Norteamérica efectuaron el 41 %, en primera posición, teniendo a la Comunidad Europea en un segundo lugar… con un gasto del 12,9 %.

Con la entrada de Trump, el presupuesto está aumentando y se cifra la inversión anual actual militar de los EE.UU. en US$ 600.000 millones. Esta inversión permea las investigaciones en numerosísimos ámbitos tecnocientíficos: telecomunicaciones, IA, diseño de nuevo armamento, robótica, biomedicina, u otras relacionadas con la amplia variedad de requerimientos del poderoso ejército norteamericano.

Los países líderes en gasto militar, en estos momentos son: 1 EE.UU. (US$ 596 mil millones), 2 China (US$ 215 mil millones), 3 Arabia (US$ 87 mil millones), 4 Rusia (US$ 66 mil millones), 5 Reino Unido (US$ 55 mil millones) (Fuente:Stockholm International Peace Research Institute).

Que el conocimiento científico está ligado a aspectos sociales y prácticos es algo fuera de duda para la comunidad experta en la historia de las ciencias.

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Las relaciones entre recaudación de impuestos y geometría en el Antiguo Egipto (para medir los campos y calcular los impuestos correspondientes), astronomía y política en la China imperial (para disponer de las pautas agrícolas y organizativas relacionadas con el clima, al mismo tiempo que para justificar un sistema político basado en la divinidad estelar imperial), son claros ejemplos de lo expuesto.

Si nos concentramos en lo militar, podemos encontrar rastros de lo dicho en épocas pretéritas: Arquímedes y el fuego griego, Vitruvio y las máquinas de asedio, Galileo calculando tablas de balística para el ejército u ofreciendo y legando su nuevo instrumento –el telescopio- a la República de Venecia para usos militares…

Algunas de estas interrelaciones son incluso determinantes desde una perspectiva a gran escala.

Pensemos por ejemplo en los intentos de Charles Babbage de crear tablas balísticas de precisión para la Marina británica, dando lugar a la creación de la primera máquina mecánica programable de la historia, cuyo primer programa fue escrito por una mujer, Ada Lovelace (para otro día tenemos pendiente el papel oculto y ninguneado de las mujeres en las ciencias).

Los nuevos estados europeos requirieron de máquinas de cálculo para cómputos sociales, dando lugar a los censos modernos y al desarrollo paralelo de la computación.

También fue ésta el resultado de los intentos aliados por desencriptar las comunicaciones alemanas durante la segunda guerra mundial… lo que permitió a Alan Turing el desarrollo de una máquinas de cálculo muy potentes y a disponer de elementos para generar los fundamentos de la computación moderna y a la inteligencia artificial.

Durante la misma contienda, emergió la Big Science a partir del proyecto Manhattan: unidos cientos de científicos e ingenieros, trabajaron codo a codo hasta demostrar que E = mc2 no era una simple fórmula sino una realidad que las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki pudieron demostrar.

Ni la meteorología o la estadística se libraron de participar en diversas guerras (pensemos en su papel para la preparación del Día-D, aportando datos y aumentando sus presupuestos e inversiones en pos de un beneficio militar.

La amenaza nuclear y los investigadores de DARPA dieron lugar a los embriones del actual Internet, a las investigaciones de cohetes que permitieron la tecnología de satélites o a la teoria de juegos contemporánea.

No debemos olvidar que la dura confrontación entre «ciencia democrática vs. ciencia comunista» (sic ambas), alentó inversiones sin parangón en el período de la Guerra Fría.

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La robótica militar (y en cierto modo la civil) actual, el control sobre el Deep Learning, el Big Data, las telecomunicaciones e Internet están profundamente relacionadas a la lucha militar.

Pensemos que lo militar no siempre debe entenderse bajo la imagen de un soldado con su traje operativo, sino que abarca múltiples ámbitos: coordinación, información, análisis, diseño de armamento, logística, espionaje…

Con todo, y a pesar de la íntima correlación entre conocimiento científico y el ámbito militar, no defiendo que ésta deba ser una relación necesaria.

Más bien lo contrario: deberíamos ser capaces de crear conocimiento al margen de beneficios militares e industriales, teniendo en mente a las necesidades de la propia población humana.

¿Qué nos indica que hace pocas décadas un ejército dispusiera de submarinos pero no de peladores eficientes? ¿Cómo puede un país invertir tanto en «defensa» cuando su población está desatendida en tantos aspectos?

Podemos mirar a la India y ver que si bien cerca de 600 millones de indios no tienen lavabo en casa (lo que acaba originando muchos problemas, entre ellos el de violaciones sistemáticas), y 750 millones no tienen acceso a agua potable, ese mismo país es capaz de crear y disponer por sus propios recursos de bombas atómicas, cohetes intercontinentales o cazas de combate.

Pero no critiquemos a otros países sin antes pensar en nuestra situación, la cual es ciertamente criticable. Sabemos pero no hacemos nada.

La lógica del poder y de nuestra inercia lo hace posible. Bueno, por lo menos ya tenemos un pelador. Ahora… ¡a por el resto!

(III): Esa cosa llamada «mujer»

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Si algo han tenido más que claro los científicos y sostenedores del saber máximo a lo largo de la historia, curiosamente siempre varones, es que las mujeres son, por definición, un ser inferior, tanto física como mentalmente.

Así, sin tapujos ni problemas: era un hecho más allá de duda alguna, que no era necesario justificar, porque… ¿para qué perder el tiempo explicando una tautología?

Pero el caso es que por si acaso algunas cosas se dejaron «atadas y bien atadas». Gracias a tales despropósitos escritos podemos hacer una pequeña reconstrucción cronológica de las argumentaciones sobre la inferioridad natural de la mujer.

Antes de continuar, les diré que estas ideas son un pequeño bosquejo de un Curso de Verano sobre «Ciencia y Mujeres» que impartí con éxito de público (curiosamente sólo femenino, lo que da pistas del interés general del asunto hoy en día) durante numerosos años en la UAB, acompañándome en esta fascinante aventura durante los últimos años la antropóloga Sarah Làzare.

Esperemos que algún día podamos reeditar el curso de nuevo. Pero volvamos al tema: la minusvalía global del ser femenino.

Al menos para los occidentales, que cacareamos el manido «paso del mito al logos», el inicio del conocimiento racional es fechado (erróneamente) en torno al siglo V antes del (supuesto) nacimiento de un judío llamado Jesucristo.

Por cierto, de la tradición judeocristiana, procede uno de los mitos fundacionales sobre la inferioridad física (al no estar creada a imagen directa del dios masculino) y moral de la mujer (al ser causante del «pecado original»).

La Grecia clásica ejemplificada por los fecundos atenienses dio lugar a nuestra tradición racionalista, y en sus principales figuras podemos encontrar ya el embrión de lo que he expuesto al inicio.

Yendo a la teoría médica imperante recogida por el corpus hippocraticum y las ideas de Galeno de Pérgamo, la teoría de los cuatro humores, encontramos que la naturaleza femenina es peor y más lenta al ser fría, opuesta a la calidez de la del varón:

«Buen color si es varón, malo si es hembra. Puesto que lo femenino es más frío, por tanto sin color (…) No sólo el esperma sino también la parte derecha de la mujer es más caliente, por estar cerca del útero, la izquierda tiene menos sangre; temeroso y frío el esperma de la parte izquierda» Hipp. Aphor.comment.V, 42,48, K.XVIII/B,835-835, 840-841;

«El ánthrópos es el más divino de los seres mortales, el más acabado aunque más el varón que la mujer a causa de su mayor posesión de calor, cualidad que es el instrumento de la naturaleza» De usu part. XIV, 6, K, IV, 161.

Que la mujer o lo femenino es la parte fría o yin de la dualidad primigenia es algo que también encontramos en la cultura china antigua.

Platón lo remató considerando a las mujeres como seres inferiores, como leemos en el fragmento del Timeo:

«Después de los hombres vienen los animales. Pero los animales no son más que hombres castigados y degradados. Las mujeres mismas no son más que hombres que fueron cobardes, y pasaron su vida faltando a la justicia (…) el que delinquiese, será trasformado en mujer en un segundo nacimiento, y si aun así no cesa de ser malo, será convertido en un nuevo nacimiento y según la naturaleza de sus vicios, en el animal, a cuyas costumbres se haya asemejado más».

Su discípulo Aristóteles lo rematará afirmando en Partium animalium 648ª, 3-14, que «la sangre más densa y caliente produce fortaleza, si tiende a ser fina y fría, lleva a la sensación e inteligencia…

Los mejores de todos los animales son aquellos cuya sangre es caliente y también fina y clara, están preparados para el coraje y tienen inteligencia.

Consecuentemente, las partes superiores del cuerpo predominan sobre las inferiores y, el macho sobre la hembra, la parte derecha sobre la izquierda».

Que la mujer es inferior es algo que el máximo teólogo de la iglesia católica, Santo Tomás de Aquino, remachó en el siglo XII de forma completa en su magna obra A Summa Theologica (1265-1274), Prima Pars, Pregunta XCII, La producción de la mujer:

«Objeción 1. Parece que la mujer no debería haber sido hecha en la primera producción de las cosas, pues el filósofo [Aristóteles] dice que la hembra es un varón espurio, pero nada espurio o defectuoso debería haberse hecho en la primera producción de las cosas. En consecuencia, la mujer no debería haber sido hecha en esa primera producción.

Objeción 2. Además, la sujeción y la limitación fueron un resultado del pecado, pues, tras haber pecado, Dios le dijo a la mujer que estaría sometida al dominio de su marido [Génesis, 3,16]… Pero la mujer es por naturaleza menos fuerte y digna que el hombre… Por consiguiente, la mujer no debería haber sido hecha en la primera producción de las cosas antes del pecado.

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Objeción 3. Además, deberían evitarse las ocasiones de pecado. Pero Dios previó que la mujer sería una ocasión de pecado para el hombre. Por consiguiente, no debería haber hecho a la mujer.

Por el contrario, está escrito [Génesis, 2, 18]: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada». Respondo que, como dice la Escritura, era necesaria la existencia de la mujer como una ayuda para el hombre.

No, desde luego, ayudante en otras tareas, como dicen algunos, puesto que el hombre puede ser ayudado de una manera más eficaz por otro hombre en otras tareas, sino como una ayuda en la tarea de la generación…

Entre los animales perfectos, el poder de generación activo pertenece al sexo masculino, y el poder pasivo a la hembra… Pero el hombre está además orientado hacia una vida más noble, que es la actividad intelectual.

Por consiguiente, había más motivo para distinguir esos poderes del hombre, de manera que la hembra fuese producida aparte del macho y, no obstante, que estuvieran unidos para la generación».

Pasado cierto tiempo, la teoría del calor/frío continuó explicando la naturaleza fría y perversa de la mujer, es lo que le confiere una moralidad más débil en relación a la del hombre.

Como recogerá el cirujano Ambrosio Paré en su obra De monstres et prodiges (1585), «la imaginación ardiente y obstinada» de las mujeres durante la concepción puede generar monstruos.

La de la mujer, claro el hombre debe sentirse arrastrado al fango concupiscente de la sexualidad, útil tan sólo para menesteres reproductivos, no hedónicos.

Ya entrando en la Revolución Científica Renacentista, vemos que con los nuevos datos sobre el cuerpo humano, la mujer sigue siendo criticada.

Para empezar, es ninguneada en las florecientes preproducciones anatómicas. De hecho, el cuerpo humano es el del hombre, excepto en los contados aspectos relacionados con la gestación, único momento en el que aparecen cuerpos femeninos (o sería ya el colmo).

En el canónico y famosísimo libro de Andreas Vesalius (1543) De humani corporis fabrica libri septem, aparecen más de 250 ilustraciones, casi ninguna de cuerpos femeninos.

Exceptuando el hecho que Felix Platter (1583) muestra un esqueleto anormal de una mujer en 1583, las muestras de anatomía femenina no se normalizan hasta 1730, y siempre haciendo hincapié en la morfología inferior de la mujer como ser únicamente destinado a la gestación.

Incluso en este aspecto, el cuerpo femenino es considerado como impuro y su estudio acaba siendo posible gracias a muestras de cera como la colección Specola (1775), que se conserva en el Museo de la Ciencia de Florencia, altamente visitable, dejando de lado los obvios instrumentos científicos de Galileo (y sus reliquias corporales, algo que no entiendo qué hace en un Museo Galileo de Historia de la Ciencia).

De hecho, las pocas mujeres que accedieron al cuerpo médico a lo largo de la historia de Occidente lo hicieron mediante la dedicación (no exclusiva, pero importante) a las enfermedades y casuísticas femeninas: pensemos en las doctoras de la Escuela de Salerno del siglo XI, las de la Universidad de Bolonia (Dorotea Bocchi, docente en 1390)… hasta llegar a las escuelas de medicina de Londres y Edimburgo del siglo XIX.

Este interés mínimo por el cuerpo y la salud de la mujer demostraría a lo largo del tiempo ser pernicioso para las mujeres, puesto que las enfermedades más estudiadas eran aquellas que afectaban a los varones.

La extrapolación entre sexos (de hecho, entre el sexo masculino y el femenino) no es algo útil, como demostraron la tragedia de la talidomida en los años sesenta del siglo XX, o los estudios toxicológicos sobre medicamentos de la FDA sin experimentación en mujeres.

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Durante la Ilustración aparecieron numerosos intentos de aproximación de la ciencia a las mujeres («damas», en la terminología de la época), pero escrita de forma muy adaptada a la debilidad mental e incapacidad de las mismas.

Pensemos por ejemplo en el famosísimo Newtonismo para las damas (1737), de Francesco Algarotti, en el que al intentar explicar la ley del cuadrado inverso de la atracción gravitacional, se explica cómo «no puedo menos que pensar… que esta proporción en los cuadrados de las distancias espaciales… se aprecia incluso en el amor.

De este modo, después de ocho días de ausencia, el amor se vuelve sesenta y cuatro veces menor de lo que fue el primer día». Carl Linneo, el gran naturalista, afirmó por estas mismas fechas que Dios (Padre) había otorgado barbas a los hombres para distinguirlos de las mujeres.

Kant lo remató en 1764 en la tercera sección de Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, afirmando que «Una mujer que tiene la cabeza llena de griego, como madama Dacier, o que emprende sabias disertaciones sobre la mecánica, como la marquesa del Chátelet, haría muy bien en llevar barba, porque esto expresaría quizá todavía más bien el profundo saber que la ambición.

El bello espíritu escoge por objeto todo lo que toca a los sentimientos más delicados; abandona las especulaciones abstractas y los conocimientos útiles pero áridos para el espíritu laborioso, sólido y profundo.

Así las mujeres no aprenderán la geometría; ellas no sabrán del principio de la razón suficiente o de las mónadas más que lo que les sea necesario para sentir el chiste esparcido en las sátiras de los pequeños críticos de nuestro sexo.

Las bellas pueden dejar turnar los torbellinos de Descartes, sin inquietarse, cuando aún la amable Fontanelle querría acompañarlos en medio de los planetas.

Ellas no perderán nada del poder de sus encantos por ignorar todo lo que Algarotti se ha tomado el trabajo de escribir para las mismas sobre las fuerzas atractivas de la materia conforme al sistema de Newton.

En la historia, ellas no se llenarán la cabeza de batallas, y en la geografía de plazas fuertes; porque les conviene tan poco sentir el viento del cañón, como a nosotros sentir el almizcle.»

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Con la llegada de la teoría de la evolución, nada cambió. El macho era el motor de cambio y consecución de tareas inteligentes.

Se llegó a hablar dentro de este contexto del «patriarcado de la carne», según el cual los hombres eran cazadores y las mujeres recolectoras, dando toda la importancia a la caza como aportadora de las proteínas necesarias para el desarrollo del cerebro (sic) y el surgimiento del lenguaje simbólico como herramienta cultural desarrollada en entornos colaborativos de caza (sic).

De este modo incluso se afirmó la inevitabilidad del patriarcado desde una perspectiva neuroendocrinológica: es la testosterona, la que ha hecho evolucionar al ser humano (al macho, claro).

El propio Darwin, en su clásico The Descent of Man and Selection in Relation to Sex de 1896, afirmó que algunas características morfológicas de las mujeres son características de razas inferiores, formando parte de un nivel anterior e inferior de civilización.

También afirmó sin rubor alguno que los hombres sobresalían por encima en las mujeres en cualquier actividad física o intelectual.

En estas argumentaciones, llegó a decir que esto era evidente: si se hiciera una lista de las mujeres punteras en cualquier campo comparada con la de los hombres, la lista no soportaría ninguna idea de igualdad, antes más bien la de la inferioridad.

Ya para rematar citaba a su primo Francis Galton, que además de crear diversos conceptos importantes para el desarrollo de la estadística moderna, defendía la eugenesia, la sociedad de clases y el racismo como obviedades esperables de las diferencias genéticas «observables» (sic).

Ante ejemplos notables de mujeres que por fin podían acceder al conocimiento, como la matemática Emmy Noether, sus colegas como Edmund Landau dijeron: «puedo dar fe de su genio matemático, pero que sea una mujer no lo puedo jurar».

Con el interés renovado por la morfología, la craneometría del siglo XIX parecía aportar pruebas para la defensa de la superioridad racial de los europeos sobre sus colonias… y de los hombres sobre las mujeres.

Paul Julios Möbius, en su texto de 1900 Sobre la debilidad fisiológica de las mujeres afirmaba que las mujeres sólo lo eran en cuanto se casaban, sin dejar por ello de ser seres infantiles, nunca creativas, y un freno para la curiosidad natural del hombre.

Por ello, no debían ser emancipadas, puesto que ello conllevaría el desmadre el anarquismo (la típica falacia de pendiente resbaladiza). ¿Las tareas de la mujer? Reproductivas. En la península, la catalana Maria Cambrils Cambrils, feminista socialista, redactó el 10 de agosto de 1928 el texto Falacias del Antifeminismo.

Frente a una cruzada moebiuna: «Es obsesión incurable en algunos doctores la de proclamar a los cuatro vientos la inferioridad mental de la mujer, a la que sólo reconocen aptitudes prara dedicar todo su tiempo a freir huevos, fregar platos, barrer la casa, remendar la ropa, parir hijos y lactar la prole (…)

Tal teoría, bastante extendida por algunos centros docentes, ha venido a producir el estado de cosas lamentable que, con respecto a la condición social de la mujer española, es hoy un ambiente éticamente vituperable».

Ya para rematar, el gran anatomista Carl Vogt afirmó en 1864: «Por su cima redondeada y su lóbulo posterior menos desarrollado, el cerebro de los negros se parece al de nuestros niños, y por la protuberancia del lóbulo parietal, al de nuestras hembras…

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En cuanto a sus facultades intelectuales, el negro adulto participa de la naturaleza del niño, de la hembra y del hombre blanco senil».

Llegados al siglo XX, los argumentos en contra de las mujeres no se vieron frenados tras nuevas investigaciones.

Al contrario, la inferioridad de la mujer se mostró como evidente a través de nuevas áras de conocimiento. La endocrinología, por ejemplo, pareció aportar una base física a los comportamientos sociales, de forma elegante: los Hombres y sus exclusivas (sic) hormonas masculinas y las mujeres con las suyas, dando lugar a cerebros masculinos y cerebros femeninos.

El famoso profesor y psicopatólogo Simon Baron-Cohen, de la prestigiosa Universidad de Cambridge, publicó en el año 2004 un libro llamado La diferencia esencial, en el que se afirmaban cosas como «Las personas con el cerebro femenino, hacen los consejeros más maravillosos, profesores primarios, enfermeras, cuidadores, terapeutas, trabajadores sociales, mediadores, facilitadores de grupo o personal de personal.

Cada una de estas profesiones requiere excelentes habilidades de empatía.

Las personas con el cerebro masculino hacen los más maravillosos científicos, ingenieros, mecánicos, técnicos, músicos, arquitectos, electricistas, fontaneros, taxonomistas, catalogadores, banqueros, fabricantes de herramientas, programadores o incluso abogados.

Cada una de estas profesiones requiere excelentes habilidades de sistematización».

En realidad no hay hormonas exclusivas, pero esto es algo que necesitaría otro espacio para el análisis. Ligado a las «hormonas femeninas» va el lote completo: la inestable y irracional naturaleza de la mujer durante el período.

Además de ser considerado un momento impuro de las mujeres, se las acusó por el mismo motivo de ser víctimas de la ofuscación cognitiva correlacionadas con este «desequilibrio hormonal», hecho que pensadoras como Simone de Beauvoir, en su texto El segundo sexo, llegó a aceptar de forma indirecta.

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Lo del histerismo de las mujeres viene de lejos, pero continúa boyante en nuestros días, como afirma Carme Valls:

«Cada vez vemos a más chicas jóvenes a las que se diagnostica como de los nervios o se trata directamente con psicofármacos.

Ha habido tres etapas históricas en este asunto.

En primer lugar, se diagnosticaba de neurastenia y se recetaban ansiolíticos; fue la época del Valium.

Después, todos los problemas se achacaban a la menopausia. Y ahora todo el malestar se diagnostica como fibromialgia, aunque se trata igualmente con psicofármacos.

Hay un encarnizamiento terapéutico, porque no se diagnostica con precisión el malestar que se siente, independientemente de que las causas sean fisiológicas, psicológicas o sociales».

Es muy triste que se hayan tenido que dedicar recursos públicos a desmontar tales sucias y abyectas mentiras, pero recientemente apareció el artículo que muestra que nada de lo relacionado con período y disminución cognitiva es cierto.

Léanlo: Leeners, B., Kruger, T. H., Geraedts, K., Tronci, E., Mancini, T., Ille, F., … & Schippert, C. (2017). «Lack of Associations between Female Hormone Levels and Visuospatial Working Memory, Divided Attention and Cognitive Bias across Two Consecutive Menstrual Cycles». Frontiers in Behavioral Neuroscience, 11, 120.

Esta hormonanización de lo social llevó a algunos autores a afirmar que las mujeres menopáusicas habían acabado su utilidad como seres humanos.

Resumiendo lo expuesto, tan solo la punta del iceberg, queda claro que el ataque a la mujer desde la ciencia es continuado y se mantiene a lo largo de la historia hasta llegar a nuestros días.

No es solo una cuestión epistemológica, del ámbito de lo teórico, puesto que legitima políticas sociales, el estado de derecho, las regulaciones económicas y laborales, los modelos educativos y el conjunto de lo social.

Es también triste que la mayor parte de estudios sobre ciencia y género son realizados por mujeres, demostrando que a los hombres académicos como yo este tema no les parece interesante, ni relevante.

Una ojeada a los libros, revistas, congresos académicos y sus secciones nos demuestra que los hombres no se preocupan de las mujeres.

Y los que lo hacen adoptan sin saberlo el criterio darwiniano del «de acuerdo, hay algo interesante, pero no es la esencia de lo científico».

La falsa equidistancia y nula simetría en los estudios académicos.

Si tras leer todo lo expuesto alguien todavía cree en el concepto de EVIDENCIA como algo inmaculado y obvio, es que no sabe, ni quiere saber.

Ahora lo tiene fácil, lo niega todo y dice que son fake news. Bienvenidas al mundo de la opresión epistemológica.

#Ni una menos. #Me too

nuestras charlas nocturnas.

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