La apasionante historia de la Universidad: así comenzó a transmitirse la cultura…

Escultopintura “El pueblo a la universidad, la universidad al pueblo. Por una cultura nacional neohumanista de profundidad universal”, obra de David Alfaro Siqueiros en la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (1952‑1956).
The Conversation(D.B.Navascués/S.T.Prieto) — La relación entre un mentor y su estudiante va mucho más lejos que el simple periodo de formación de unos pocos años. Es una unión intelectual que conecta con una tradición que se remonta, al menos en Occidente, hasta las primeras universidades.
Es, verdaderamente, una antorcha que se transmite de persona a persona durante generaciones, que ha sido esencial para la Revolución Científica y que ha beneficiado a la sociedad desde entonces.
Los primeros pasos formales se dieron entre los siglos XII y XIII y se fundamentaron en tres procesos: el redescubrimiento del clasicismo de la Antigüedad debido a la traducción sistemática de textos helenos y árabes, la fundación de las universidades y la aparición de pensadores que incorporaron el saber aristotélico, transformando el currículum heredado del Imperio Romano, que distinguía entre el trivium (gramática, dialéctica, retórica) y el quadrivium (aritmética, música, geometría, astronomía). La medicina, el derecho y la teología se consideraban disciplinas separadas.
Con anterioridad, algunas sedes episcopales habían albergado escuelas, pero surge entonces una cierta especialización: filosofía-teología en París u Oxford; derecho en Bolonia, Pavía o Rávena y medicina en Salerno.
Además, la fragmentación política del Norte de Italia y su desarrollo urbano favorecieron la aparición de escuelas comunales. Así, los estudios de derecho de Bolonia aparecieron en 1088, adquiriendo carta de naturaleza la Universidad en 1119; París, Oxford y Módena se fundaron en el siglo XII; Palencia, Cambridge, Salamanca, Montpellier, Padua, Nápoles y Toulouse, a comienzos del siglo XIII.

Detalle del fresco de la escuela de Aristóteles por Gustav Adolph Spangenberg.
Independencia política y religosa
Se trata de instituciones únicas, con estructura corporativa basada en el derecho romano, que proporcionó independencia respecto al poder político y religioso y el control del currículum académico.
El inicio del uso de la lógica moderna y de la filosofía natural puede situarse a partir del siglo XII con Hugo de St. Victor, John de Salisbury, Thierry de Chartres y Adelardo de Bath. Todos ellos desarrollaron una actitud racional y rechazaron el principio de autoridad.
La obra de Aristóteles jugó un papel esencial en este proceso y su influencia se inició a través de la Escuela de Traductores de Toledo y las enseñanzas de Alberto Magno y Tomás de Aquino.
El método escolástico (scholasticus en latín, σχολαστικός en griego), que posiblemente apareciera con Anselmo de Canterbury o Pedro Abelardo, y en cualquier caso en París, enfatizó el razonamiento dialéctico y consistió en comentarios y cuestiones centrados en los textos de Aristóteles: las disputatio ordinaria, que transcurrían generalmente una vez por semana, y las disputatio de quolibet, un verdadero torneo intelectual. Aristóteles y el escolasticismo dominaron el ámbito académico europeo hasta el siglo XVII.
Roger Bacon, ya en el siglo XIII, impulsó una nueva forma de conocimiento basado esencialmente en la experiencia y el pensamiento racional. Según él, “todas las ciencias están conectadas; se prestan mutuamente ayuda material como partes de un gran todo, cada uno haciendo su propio trabajo, no por sí solo, sino por las otras partes; a medida que el ojo guía el cuerpo y el pie lo sostiene y lo guía de un lugar a otro.”
Con el Renacimiento, el flujo de conocimiento procedente del Imperio Bizantino y la aparición de la imprenta impulsaron en Europa una verdadera eclosión intelectual.
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Sócrates y Aristóteles, en el cuadro ‘La escuela de Atenas’.
Comprender el Universo
La autoridad de Aristóteles se vio afectada por una nueva actitud y una serie de descubrimientos que cuestionaron la cosmología aristotélica: el heliocentrismo de Copérnico, al publicar De revolutionibus en 1543; el cometa de 1577 y las estrellas novas de 1572 o 1604, estudiados por Tycho Brahe, Jerónimo Muñoz o Johannes Kepler, entre otros, que demostraban que las esferas celestes no podían ser cristalinas ni el cielo era inmutable. También el rechazo de Kepler a las órbitas circulares de los planetas o los descubrimientos realizados por Galileo Galilei con el telescopio.
Finalmente, la cosmología de Aristóteles sería sustituida por la concepción del Universo asentada en la Ley de la Gravitación de Isaac Newton. Desde entonces, nuestra capacidad para entender nuestro Universo y todo lo que ocurre en él se ha acelerado.
La luz del camino
La Universidad ha sido y es un lugar esencial para la ampliación del conocimiento, la formación de ciudadanos integrales y de nuevas generaciones de intelectuales, en el sentido más amplio. De hecho, para cada miembro de la comunidad académica existe una secuencia formada por eslabones entre mentores y estudiantes que lo une con una serie de eruditos del pasado.
Cuando hablamos de la antorcha del conocimiento que se trasmite de generación en generación, no es solo una metáfora ilustrativa.
Es una luz que ilumina el sendero de las sociedades, un complicado y delicado proceso que ha implicado a múltiples hombres y mujeres. Un proceso que, con sus defectos, nos ha beneficiado a todos y ha contribuido de manera esencial al bienestar en el que vivimos.
Como corolario, y pensando en el futuro de esa cadena que se extiende en el tiempo, es nuestra responsabilidad transmitir y aumentar ese extraordinario legado cultural. Programas de intercambio transnacionales como el Erasmus o el Fulbright siguen siendo esenciales en este proceso de formación, creación y transmisión de conocimiento.

La universidad del tercer milenio
Son tiempos en que los revolucionarios procesos de digitalización están cambiando las relaciones personales y profesionales como pocas veces antes ha ocurrido en la historia. Por eso conviene reflexionar, quizá con la entereza y serenidad necesarias, cuál es el futuro de las instituciones de enseñanza superior que conocemos como universidades.
Precisamente porque es la revolución digital la que nos obliga a cuestionar el futuro de una institución milenaria, es fundamental diferenciar claramente entre la universidad como institución y su función en la sociedad.
Si hay alguna lección que podemos obtener del estudio de la historia de las universidades es que no siempre fueron ni el lugar preferido de aprendizaje ni siquiera el más efectivo. Pero las universidades consiguieron convertirse en un centro de innovación educativa y cultural al tiempo que se postulaban como bastiones de defensa de algunos de los valores que defendemos como irrenunciables: la independencia de poderes eclesiásticos y terrenales, la originalidad de pensamiento científico, la invención de la investigación aplicada. A todo eso, y mucho más, han contribuido las universidades a la sociedad.
Pero lejos de idealizar la universidad como culminación de las aspiraciones más nobles del espíritu humano, es conveniente también señalar algunas de sus sombras y, sobre todo, analizar en qué aspectos su tiempo puede haber pasado.
Luces y sombras
Si bien es cierto que surgieron como instrumento de presión social de una burguesía emergente frente al dominio infinito de la Iglesia sobre las formas de pensamiento, no lo es menos que sirvieron al poder político sin disimulo para ganar sus favores y atraer sus fondos.

Quizá el ejemplo más famoso de este hecho sea la obligación a la que sometió Enrique VIII a todos los Masters de todos los colleges de Cambridge y Oxford de aceptar su matrimonio con Ana Bolena y contribuir a la creación de la Iglesia anglicana. Quien se negó a hacerlo, como John Fisher, el famoso Master de St. John’s College de la Universidad de Cambridge, de la que llegó a ser Rector, simplemente fue decapitado. La censura no desaparecía, simplemente cambiaba de manos.
No es menos cierto que la universidad nació, frente a las escuelas monásticas y catedralicias, como una forma de educación sólo accesible a las clases pudientes. Enviar a un hijo a estudiar a Bolonia, Salamanca, París u Oxford era algo que sólo la nobleza y la altísima burguesía se podía permitir, a diferencia de la posibilidad que tenían los hijos de clases bajas de hacer una carrera intelectual y eclesiástica si ingresaban en cualquier seminario de cualquier provincia eclesiástica de occidente.
Y precisamente ésta es otra de las grandes diferencias: mientras las mujeres podían estudiar en conventos, llegar a ser escritoras, como Santa Teresa, y tener un espacio propio lejos del acoso cotidiano de los hombres, la universidad sólo admitió a las mujeres en sus aulas a finales del siglo XIX, y en muchos casos se negó a otorgarles títulos homologables hasta bien entrado el siglo XX.
¿Qué es exactamente lo que vamos a echar de menos? ¿Una forma de pensar? Eso no va a cambiar: si en algo se basa el progreso humano, a pesar de las distopías alarmantes que llenan las pantallas de televisión, es que tendemos a acostumbrarnos a ciertos conceptos que defendemos como especie pese a los trompicones del avance dialéctico de la Historia.
Lo que echaremos de menos

Quizá echemos de menos un foro de discusión de ideas, pero las redes sociales y el mundo digital ya han sustituido esos foros, a pesar del riesgo evidente de la tribalización del que habla Cass R. Sunstein en #Republic. Las protestas estudiantiles, por ejemplo, aspecto clave de la contribución de la universidad a la lucha por los derechos sociales en el siglo XX, se organizan ahora por whatsapp, y no en los campus.
Es más fácil que echemos de menos la investigación aplicada que nació en las universidades alemanas sobre todo en el siglo XIX: una investigación altruista, no financiada directamente –-aunque financiada e interesada la ha habido también siempre–, que ha logrado altísimas cotas de saber, sobre todo en el siglo XIX, particularmente en el campo de las ciencias empíricas.
Echaremos también de menos un lugar donde los jóvenes estimulen su deseo de conocimiento, aunque todavía está por ver si esa batalla frente a la estimulación digital no está ya perdida, lo cual es sí mismo no es malo: los manuscritos perdieron la batalla de ser el medio privilegiado de comunicación frente a los libros, y los libros y la prensa escrita la están perdiendo sin remedio frente al avance digital. Cambian los medios, el mensaje perdura.
Tampoco funciona ya la fórmula, al menos en España, de acudir a la universidad en busca de un título que garantice un mejor puesto de trabajo. Los índices de empleabilidad de las carreras universitarias deberían ser simplemente un oxímoron, además de que no funcionan. Si hace años bastaba una diplomatura, ahora no se hace nada sin un máster. Hemos alargado la estancia y hemos subido los costes, pero una universidad, si quiere ser fiel a los ideales que le atribuimos, que no son necesariamente aquellos con los que nació, no debe ser una agencia de empleo.
Si el fin de la universidad, a la postre, es agrandar el espíritu humano bajo la dirección de un maestro que modela el pensamiento de las generaciones venideras, el problema entonces no es la digitalización, ni la deslocalización, ni los costes, el problema es la confianza que los jóvenes puedan tener en sus maestros. Mi experiencia de 30 años de docencia me dice que esa confianza, hoy, es casi nula: da igual que cambiemos la metodología, acortemos los textos, cambiemos los exámenes. No es la batalla de la enseñanza la que hemos perdido, es la batalla de la confianza.
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