Prensa Amarilla…

20Minutos(A.López)La Vanguardia(S.V.Saéz)/El Confidencial(J.M.Carabante) — Los términos de la prensa amarilla se usan para denotar esa prensa que se caracteriza por presentar y privilegiar aquellas informaciones e imágenes en las que accidentes, sangre, crímenes, adulterios, enredos políticos y escándalos frecuentemente son protagonizados por hombres y mujeres del espectáculo, provocados y generados por ellos mismos o por aquellos que claramente tienen los auspicios, la producción y la imaginación de este tipo de prensa.
La prensa de Nueva York fue la primera en utilizar el término para describir la metodología utilizada por su competencia. A través de un artículo titulado Los llamamos amarillos porque son amarillos, en 1898 se acuñó la frase, que en realidad era un juego de palabras, ya que el amarillo además de referirse al color se refiere, en el idioma inglés, cobarde y cruel.
Pero todo tiene una razón y esta batalla entre Hearst y Pulitzer tuvo una muy concreta: Mickey Dugan o Yellow Kid, el personaje principal de Hogan’s Alley, la primera tira cómica impresa en color y de rol masivo de los Estados Unidos. Yellow Kid era un chico que se caracterizaba por su apariencia desaliñada, una sonrisa tonta y el uso de una camisa de dormir amarilla, de ahí el color en el apodo y vivía en un callejón con otros personajes igualmente desaliñados.
Aunque Yellow Kid se comunicaba a través de frases inscritas en su camiseta amarilla y con un lenguaje popular que tocaba la marginalidad, lo que caracterizaba esta tira cómica era el uso de globos para indicar los bocadillos o diálogos de los personajes, en ese momento ciertamente constituyó un hito.
Aunque nació en una revista, pronto, Yellow Kid se convertiría en la gran atracción del periódico que dirigía Pulitzer, sin embargo la luna de miel duraría muy poco, ya que pronto Yellow Kid se trasladaría a la competencia, el periódico de Hearst, desatando la rivalidad entre el dos publicaciones y el nacimiento de la expresión de la expresión prensa amarilla.
¿Cuál es el origen de llamar ‘prensa amarilla’ al periodismo sensacionalista?
Solemos asociar el término ‘prensa amarilla’ a aquel tipo de publicaciones cuyas noticias favoritas y más frecuentes están relacionadas con catástrofes, crímenes, robos, escándalos y desgracias familiares, además suelen presentar la información haciendo hincapié en los aspectos negativos, magnificándolos y exagerándolos, acompañándolos de fotografías lo más llamativas y truculentas posible.
Para encontrar el origen del término ‘prensa amarilla’ hay que remontarse hasta finales del siglo XIX, concretamente al periodo que va entre 1895 y 1898.
Por aquella época existía una pugna periodística de gran rivalidad entre dos importantes diarios neoyorquinos: el New York World (NYW) de Joseph Pulitzer y el New York Journal (NYJ) de William Randolph Hearst (dos de los grandes magnates de la prensa).
Era costumbre en ambas publicaciones el dar a sus artículos el toque sensacionalista comentado en el párrafo anterior, buscando un mayor número de ventas.

El chico amarillo, creación de Richard F. Outcault.
Fue por entonces cuando empezó a publicarse en el suplemento dominical del NYW una tira cómica llamada Hogan’s Alley y dibujada por Richard F. Outcault, cuyo personaje principal era Mickey Dugan, un niño con dos dientes y de grandes orejas, que se paseaba descalzo por los lugares más humildes de la ciudad y llevaba una camisa de dormir amarilla, la cual se utilizaba para incluir los diálogos o mensajes de este personaje, aunque también se comenzó a utilizar la técnica del bocadillo.
Rápidamente pasó a ser conocido como ‘el chico Amarillo’ (The Yellow Kid).
Fue tal su éxito que Hearts decidió contratar al dibujante para la nueva sección de su periódico, American Humorist, enzarzándose ambas publicaciones en una batalla legal por el chico Amarillo que acabo con Pulitzer consiguiendo permiso legal para contratar a otro dibujante (George Luks) para que diera vida al mismo personaje.
Pulitzer no se quedó de brazos cruzados. Contrató a otro dibujante, George Luks, para que la serie continuara en su cabecera. Desde ese momento aparecería en los dos periódicos simultáneamente: en el de Pulitzer como Hogan’s Alley y en el de Hearst como The Yellow Kid.
El 25 de noviembre de 1896, en cinco viñetas de The Yellow Kid, un loro escondido en la caja de un fonógrafo emitía unas palabras colocadas dentro de un globo, o bocadillo, que salía de su boca.
Durante varios años The Yellow Kid coexistió en las dos publicaciones de la mano de dos dibujantes diferentes por lo que ambas fueron conocidas como The Yellow Kid papers (los periódicos del niño amarillo) acortándose posteriormente a the yellow papers (los periódicos amarillos).
Muchos son los expertos que aseguran que el nacimiento de dicho término no fue algo casual, sino que fue un diario de la competencia, el New York Press, quien se encargó de acuñar y difundir el término de periodismo amarillo para referirse a la línea editorial de ambas publicaciones, llegando a publicar tiempo después el artículo We called them Yellow because they are yellow, expresión que hace un juego de palabras con dos de las acepciones de Yellow, amarillo y cobarde (Los llamamos amarillos porque son cobardes).
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Caricatura sobre la rivalidad entre Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst, caracterizados como el ‘Yellow Kid’, y que publicó la prensa de la competencia durante la guerra que enfrentó a España y EEUU en 1898 y durante la que ambos editores utilizaron el más puro sensacionalismo (amarillismo) en los artículos de sus respectivos periódicos
A finales del siglo XIX, Estados Unidos era, para casi todo el mundo, el país de las oportunidades. A diario atraía a miles de inmigrantes venidos de todos los rincones del globo, y el principal puerto de entrada no era otro que el de Nueva York.
Muy pocos tenían nociones de inglés, y se aferraban a la ansiada ayuda de algún pariente o amigo establecido con anterioridad.
No siempre había tanta suerte. La mayor parte se veían arrojados a las terribles fauces de una metrópoli con grandes bolsas de miseria y delincuencia. Nueva York estaba sufriendo profundas transformaciones que marcarían su futuro.
La agregación de distintos municipios a Manhattan llevó a impulsar grandes infraestructuras, como el puente de Brooklyn . Se hablaba de construir un nuevo medio de comunicación, el metro, y se sentaban los cimientos de sus rascacielos.
En medio de esa vorágine, sus habitantes se mostraban ávidos de toda clase de noticias, y solo la prensa escrita podía satisfacer la demanda. Las cabeceras existentes eran tan numerosas como dispares las tiradas. Las había en casi todas las lenguas, como el prestigioso New Yorker Staats-Zeitung, en el que la colonia germana leía los ecos de sociedad. Las había incluso en yidis, como el izquierdista Die Zukunft. Pero las más importantes, como no podía ser de otra forma, estaban escritas en inglés.
Dos gigantes cara a cara
Los dos diarios de mayor tirada e influencia eran el New York World y el New York Journal, propiedad, respectivamente, de los multimillonarios Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst. Sin embargo, sus enormes ventas no iban de la mano de la veracidad de sus noticias.
El periódico de Hearst, por ejemplo, publicó informaciones falsas para inducir a la guerra hispano-estadounidense, que estalló en 1898. Ambas cabeceras tendían a lo efectista y lo tremebundo, sin que importara demasiado que sus fuentes estuvieran contrastadas.

La primera aparición del chico amarillo (abajo a la derecha), que aquí todavía no viste el color que lo hizo famoso.
Lo que buscaban estos grandes tabloides para hacer crecer la tirada era entretener a sus lectores. Una de las tácticas fue, a partir de 1893, la inserción en sus ediciones de suplementos a todo color con temas destinados a toda la familia, incluidos los más pequeños de la casa. Para ellos se confeccionaron varias páginas con dibujos caricaturescos y texto escaso.
El éxito de la fórmula fue inmediato, no solo porque agradaba a padres y a hijos, sino porque pronto fue utilizada como un medio de alfabetización barato por los inmigrantes que apenas sabían inglés. El apoyo de la ilustración al texto, escrito al pie de la viñeta, facilitaba su comprensión.
Pero eso no era todo. El sensacionalismo y la truculencia de las noticias aparecidas en estos periódicos, sus maquinaciones y la frecuente instrumentalización política molestaban a muchos profesionales del sector, que pronto los motejaron de “amarillos”, aludiendo al vestido del personaje del cómic publicado en ambos.
Finalmente, Erwin Wardman, editor del más serio New York Press, publicó en 1898 un artículo para definir lo que él entendía por aquella prensa que calificaba de indecente. Su título, que jugaba con las múltiples acepciones del término “yellow”, era el siguiente: “We called them Yellow because they are Yellow”, que podría traducirse por “Nosotros los llamamos amarillos porque son unos caguetas”.
El concepto de prensa amarilla había tomado carta de naturaleza.

Página publicada el 15 de noviembre de 1896 en el ‘New York Journal’ de Hearst.
¿Cuál es la diferencia entre sensacionalismo, amarillismo, crónica roja y prensa popular?
Los cuatro términos tienen en común la responsabilidad del periodista al informar.
Como lo dice la palabra, el sensacionalista es quien se dirige solo a los sentidos o sensaciones de las personas y los estimula, particularmente el oído y la vista, porque se piensa que eso es lo que atrae a los receptores de información, que solo quieren ver y oír, pero que no utilizan su inteligencia ni su sensibilidad social.
La anterior no es sinónimo de amarillismo. Esta se utilizó originalmente para designar los periódicos de comienzos del siglo XX que en su primera página publicaban la figura de un hombre de color amarillo que comentaba las noticias. Después esa palabra, amarillismo, significó la tendencia a destacar en las primeras páginas las noticias de crímenes y catástrofes.
Esta tendencia de origen comercial, porque parte de la creencia de que así se venden más ejemplares o se obtiene una mayor sintonía, limita el objetivo de la información periodística e impide que el receptor conozca los aspectos más profundos y sólidos de los hechos.
La crónica roja es el término peyorativo con que se designa la información judicial cuando en ella se destaca el carácter sangriento de los hechos que narra, con exclusión de otros aspectos de la información como el impacto y contexto sociales de los hechos.
Prensa popular es la designación de uno de los mejores avances de la prensa que se ocupa, en primer lugar de comunicar las noticias de mayor impacto y la relación con la vida de la población y que, en segundo lugar, se vale de técnicas de comunicación, entre otras, el lenguaje sencillo y amigable que les permite a las clases populares acceder al conocimiento de la realidad. Esta prensa cumple su función cuando presta un servicio y no se vale de lo popular para hacer negocio.

Documentación
La denominación de amarillista que se da a la prensa sensacionalista surgió del color amarillo del protagonista de una de sus famosas tiras cómicas, Yellow Kid, aparecida en The Journal en 1896. Se trataba, como tema de la tira, de un pilluelo del barrio, medio chino y medio irlandés, que siempre vestía una camiseta amarilla.
Hearst, el director del periódico, tuvo un pleno éxito en su empeño y se le consideraba como uno de los grandes innovadores del periodismo, además de ser el verdadero padre del sensacionalismo y de la prensa amarilla. Consiguió popularidad y dinero. En 1930 tenía 26 diarios, 17 revistas, varias estaciones de radio, canales de televisión y salas de cine. Su cadena de medios informativos era la más poderosas de Estados Unidos. Ocupaba el 14% de la circulación total de los periódicos del país. Sus periódicos dominicales tiraban más de 16 millones de ejemplares en 18 ciudades.
El sensacionalismo no se detiene en la presentación sencilla de los sucesos, generalmente escandalosos, sino que ahonda morbosamente en ellos para captar la atención de los lectores de bajo nivel cultural, siempre ávidos de incentivos. Bien se comprende de una vez el grave perjuicio que a la sociedad le causa este género de publicaciones escandalosas que postran la mentalidad de un público, necesitado de educación y de estímulos para su mejoramiento.
El veneno de la opinión pública
El moderno impenitente piensa que ha inventado la pólvora, cuando, en realidad, desde que Prometeo robó el fuego a los dioses lo que hemos hecho es repetirnos inmisericordemente.
Muchos de nuestros últimos descubrimientos o modas no son más que sucedáneos, fantásticas adaptaciones de hallazgos vetustos y añejos como la rueda.
Aprendemos más de nuestra forma de ser contemporánea leyendo a Heródoto que consultando las últimas novedades en internet. Nihil novum sub sole.
Sucede, por ejemplo, con la posverdad, un concepto inventado por algún entusiasta que acuñando el término demostró dominar mejor el marketing que la historia de las ideas. Y podríamos seguir porque cabría interpretar la obcecación con las series como una suerte de trasunto de nuestra pasión congénita por las narraciones.
Antes la familia se reunía junto al fuego, mientras se leía en voz alta. Es posible, ciertamente, que agarrar el móvil para enchufarse a Netflix no sea exactamente lo mismo, ni tenga las mismas consecuencias desde un punto de vista espiritual, pero lo que dispara ambas actitudes es, en última instancia, algo parecido.

“El amarillismo lo invade todo, desde las noticias sobre Afganistán hasta la investigación de supuestos delitos de odio, vislumbrándose su tono cegador también en los debates parlamentarios y en las tertulias radiofónicas ”.
También el principal cáncer que corroe la opinión pública, el amarillismo, o la tendencia a explotar las estridencias, tiene un origen arcaico. Desde tiempos inmemoriales, empleamos señuelos como estrategia para ganar admiradores o seguidores.
Tal vez desconociéndolo, los expertos en comunicación utilizan vocablos extraños y campanudos, como clickbait, por ejemplo, para referirse a lo que todos hemos hecho de niños y lo que algunos medios, al parecer empeñados en no crecer, siguen haciendo: engatusar a un tercero para conseguir sus propósitos.
Se organizan congresos y se publican artículos, incluso se ofrecen estudios empíricos para medir el tiempo que tarda una persona en pinchar sobre un titular tan inusitado que, al menos intuitivamente, a nadie se le escapa -ni siquiera al que sucumbe a la tentación- que aquellas imágenes y aquellas letras se han dispuesto únicamente para cosechar más visitas y, de ese modo, seguir engrasando la máquina de los ingresos publicitarios.
Sea como fuere, lo cierto es que el amarillismo lo invade todo, desde las noticias sobre Afganistán hasta la investigación de supuestos delitos de odio, vislumbrándose su tono cegador también en los debates parlamentarios y en las tertulias radiofónicas.
La prensa rosa deja ese color para ser indistinguible del que tiene el envés del capote porque ha dejado de lado los romances y el glamour para explotar presuntos casos de violencia. Hasta el punto de que algunos programas se han erigido en portavoces de la justicia popular, declarando inocentes a algunos y condenando a otros sin posibilidad alguna de apelación.
La propensión al escándalo es más nociva que la mentira por dos razones, principalmente. En primer lugar, porque hoy se ha desbordado el ámbito de la opinión pública, de modo que nuestra vida transcurre en medio de ella. Todo es opinión y se defiende no con la suavidad de los argumentos, sino con el ardor de quien se levanta cuando le insultan.
Es decir, antes podíamos cerrar el periódico o apagar la televisión y con ello nos alejábamos de ese ruido pertinaz y venenoso. Pero hoy todo nuestro ambiente se ha teñido de un amarillo chillón, vocinglero y llamativo.
Así, donde pervive el escándalo no es en la prensa o, al menos, no únicamente allí. Y, en segundo lugar, porque a un embustero se le ve venir de lejos. El cínico es más sutil, más taimado, como la serpiente en el Edén.
Por todo ello, tiendo a pensar que lo que antes era preceptivo para quienes estudiaban ciencias de la información, ahora debería ser obligatorio para todo ciudadano. Me refiero a repasar -casi deberíamos decir que estudiar- las buenas películas sobre el periodismo.
Ahí está, por ejemplo, Ciudadano Kane, que refleja los peligrosos vínculos entre los medios y el poder y los desfiladeros a los que conduce la vanidad. O Primera plana, de Wilder, un maravilloso filme que, en clave de comedia, revela lo que personas sin escrúpulos hacen por una exclusiva.
Mi preferida, sin embargo, es El gran carnaval, del propio Wilder, porque hemos perdido sensibilidad y nuestra inteligencia es más obtusa, de modo que conviene más frecuentar el drama que la comedia. Debemos ser más directos y francos en la crítica si queremos que se nos entienda.
Además, la película constituye un magnífico manual de lo que el buen periodista -por tanto, hoy, todos- tiene necesariamente que evitar. Las frases de Chuck Tatum, el protagonista, un redactor que busca dinero y gloria en las tierras polvorientas de Nuevo México, deberíamos grabárnoslas a fuego y hacer, precisamente, lo contrario de lo que aquel sugiere.
Tatum, interpretado por Kirk Douglas, es capaz de “morder a un perro” con tal de que su artículo salga en portada. No es un periodista de raza, sino un hombre obsesionado consigo mismo. Ha aprendido todo lo que necesitaba saber sobre el periodismo vendiendo periódicos desde niño por las esquinas.
Despedido de innumerables medios, fracasado, pero anhelando hacerse con un hueco en la historia de la prensa, Tatum muestra su cara más inhumana, alargando y distorsionando con innumerables dosis de sensacionalismo el drama con el se topa: la triste historia de un minero indio atrapado en lo más íntimo de una montaña.
Más allá de la trama, la película es recomendable porque expone hasta dónde llega el cinismo y el desencanto. Tatum cree, como la prensa amarilla, que una buena noticia no es una noticia. Que las malas se venden mejor. Algunos, en las redes, piensan lo mismo y de ahí que sea menester protegernos frente a ese tóxico que emponzoña y envilece el clima de nuestra cultura y nuestra ciudad.
nuestras charlas nocturnas.
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