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Quinto Pompeyo Seneción Sosio Prisco, el romano con el nombre más largo conocido…


Le Gynécée, cuadro de Gustave Boulanger (1875)

L.B.V.(G.Carvajal/J.Álvarez)  —  La nominación romana era más compleja de lo que se cree. Tanto en cine como en literatura nos hemos acostumbrado a ver los típicos nombres compuestos pero en realidad eso no obedecía al libre albedrío sino a unas reglas.

De hecho, no se trataba exactamente de nombres compuestos tal como los conocemos hoy; cada palabra tenía su razón de ser y ni siquiera eran dos sino tres, lo que se conocía como “tria nomina”, algo de lo que tenemos noticia al menos desde el siglo II a.C: praenomen, nomen y cognomen, aunque se podía añadir una cuarta, el agnomen.

Sin embargo, aunque hay una tendencia a considerar el sistema de los tres nombres como la culminación de la nomenclatura romana, en realidad se trata de un proceso evolutivo y cambiante.

Si la tria nomina fue la norma durante la época republicana, la nueva aristocracia de la época imperial se caracterizó por lo que Benet Salway denomina nomenclatura binaria, una polionimia que utilizaba varios gentilicios.

La polionimia (tener muchos nombres) se generalizó por una práctica nueva durante la época imperial, la obligación que imponían muchos testadores a sus herederos de que adoptasen su nombre para poder heredar. Un ejemplo de esto es Plinio el Joven.

Su nombre de nacimiento era Cayo Cecilio Segundo, hijo de Lucio Cecilio Cilo. Al morir sus padres siendo niño, fue adoptado en el año 79 d.C. por su tío materno Cayo Plinio Segundo (Plinio el Viejo), cambiando su nombre a Cayo Plinio Cecilio Segundo.

Esta adopción testamentaria logró su objetivo, ya que el heredero ha sido recordado como un Plinio y no como un Cecilio.

(El Togado Barberini representa a un hombre con los bustos de sus antepasados)

Los nombres adquiridos tras una adopción testamentaria tendían a ocupar la posición principal.

Pero no había límites establecidos para los nombres obtenidos de este modo, por lo que de una generación a otra se iban sumando.

Llegó un momento en que muchos nobles romanos tenían una ristra enorme de nombres.

El culmen de la polionimia lo encontramos en el cónsul del año 169 d.C. Quinto Pompeyo Seneción Sosio Prisco, que tenía un nombre compuesto por no menos de 38 elementos, los cuales comprenden 14 conjuntos diferentes de nombres fruto de las relaciones familiares y sociales acumuladas durante tres generaciones.

Su nombre completo, en el original en latín, era: Quintus Pompeius Senecio Roscius Murena Coelius Sextus Iulius Frontinus Silius Decianus Gaius Iulius Eurycles Herculaneus Lucius Vibullius Pius Augustanus Alpinus Bellicius Sollers Iulius Aper Ducenius Proculus Rutilianus Rufinus Silius Valens Valerius Niger Claudius Fuscus Saxa Amyntianus Sosius Priscus.

Como se puede ver, tampoco había problema en que los conjuntos de nombres repitiesen algún término. En cualquier caso una nomenclatura tan abultada era poco manejable para su uso normal, y habitualmente se abreviaba, aunque sin un criterio coherente.

Es posible que hubiera muchos otros casos parecidos, incluso con nombres más largos todavía, pero el suyo es el más extenso atestiguado ya que se conserva en una inscripción encontrada en la antigua Tibur (moderna Tívoli, a pocos kilómetros al noreste de Roma). La inscripción dice:

Q(uinto) Pompeio Q(uinti) f(ilio) Quir(ina) Senecioni / Roscio Murenae Coelio Sex(to) / Iulio Frontino Silio Deciano / C(aio) Iulio Eurycli Herculaneo L(ucio) / Vibullio Pio Augustano Alpino / Bellicio Sollerti Iulio Apro / Ducenio Proculo Rutiliano / Rufino Silio Valenti Valerio / Nigro Cl(audio) Fusco Saxae Amyntiano / Sosio Prisco pontifici sodali / Hadrianali sodali Antoninian<o=I> / Verian<o=I> salio collino quaestori / candidato Augg(ustorum) legato pr(o) pr(aetore) Asiae / praetori consuli proconsuli Asi/ae sortito praefecto alimentor(um) / XXviro monetali seviro praef(ecto) / feriarum Latinarum q(uin)q(uennali) patrono / municipii salio curatori fani H(erculis) V(ictoris) / s(enatus) p(opulus)q(ue) T(iburs)

La inscripción que menciona todos los nombres de Quinto Pompeyo Seneción Sosio Prisco, encontrada en Tibur

En ella, además de su nombre, se detalla su carrera política. Fue cuestor en el año 162 d.C. a instancias del emperador Marco Aurelio. Al año siguiente sería nombrado legado bajo las órdenes de su propio padre, que era gobernador proconsular de la provincia de Asia (que comprendía casi toda la parte occidental de la península Anatolia), y ocupó el cargo de pretor hacia 167 d.C.

En el año 169 d.C. fue elegido cónsul junto a Publio Celio Apolinar. Al terminar su mandato se le designó praefectus alimentorum (responsable del suministro de alimentos a Roma), y finalmente, siguiendo los pasos de su padre, fue nombrado gobernador proconsular de Asia.

Se sabe que estaba casado con Ceionia Fabia (posiblemente no la hermana del emperador Lucio Vero, del mismo nombre), y que tuvieron un hijo llamado Quinto Pompeyo Sosio Falcón, que fue cónsul en el año 193 d.C. y que, seguramente, tenía un nombre mucho más largo que su padre al incluir los de su familia materna.

Pero eso no podemos saberlo. Lo que sí sabemos es que se opuso al emperador Cómodo, y a su muerte la guardia pretoriana le ofreció el trono a Falcón, que lo rechazó.

Cómo se nombraba a las mujeres en la antigua Roma

Fresco romano en el Museo Arqueológico de Nápoles

La Antigüedad Clásica no fue precisamente la época ideal para las mujeres.

En Grecia, su condición era de subordinación total al varón, desprovistas de ciudadanía y recluidas en el gineceo, no pudiendo salir más que acompañadas (quizá con la excepción de Esparta); y en Roma, aún habiendo adquirido algún derecho como el divorcio y salvo en el ámbito religioso, seguían sometidas a la autoridad del padre o el marido.

Es más, la mujer romana ni siquiera pudo tener un nombre propio hasta tiempos imperiales, cuando empezaron a relajarse un poco las normas. Luego, el cristianismo dio el golpe de gracia a las viejas costumbres.

Lo que se conocía como tria nomina, algo de lo que tenemos noticia al menos desde el siglo II a.C: praenomennomen y cognomen, aunque se podía añadir una cuarta, el agnomen. Veamos en qué consistía cada uno.

El praenomen correspondía al nombre de pila de hoy. Lo elegían los padres al tener un hijo, siempre tomando el de algún antepasado (al primogénito solía ponérsele el del padre y a sus hermanos los de abuelos y tíos) y haciéndolo ocho o nueve días -según su sexo- después del dies lustricus, la preceptiva ceremonia de purificación en honor de la diosa de la infancia Nona, la más joven de las tres Parcas (equivalente a la griega Cloto, era la protectora del embarazo y su nombre una referencia etimológica a esos nueve meses que duraba); en ese rito, la partera daba tres vueltas alrededor del lar con el bebé y luego le echaba unas gotas de agua en la cabeza, a lo que seguía un banquete en el que el pater familias presentaba a su hijo en brazos.

Sin embargo, el praenomen únicamente se utilizaba en el ámbito familiar o de amistad muy estrecha y con el tiempo terminó desapareciendo porque se omitía en los registros públicos.

A finales del período republicano ya sólo se empleaba una lista muy reducida de praenomina, en torno a una veintena (de los que los más populares eran Lucio, Cayo y Marco), a la que se sumaban nombres ordinales (Primus, Secundus, Tertius, Cuartus, QuintusSextusSeptimusOctavusNonus y Decimus) que se ponían a los vástagos según nacían (aunque a veces se saltaba el orden).

Busto del emperador Caracalla

En la vida pública, los romanos eran llamados por su nomen -algo así como nuestro apellido- porque identificaba a qué gens pertenecían, de ahí que se conociese como nomen gentilicium (la gens era el clan o linaje, patrilineal y muy importante en aquella sociedad, sobre todo durante la República).

Con el tiempo perdería valor, ya que la concesión general de la ciudadanía a los bárbaros supuso que muchos adoptaran un nomen romano (siendo muy utilizado Aurelio porque Marco Aurelio Severo Antonino, alias Caracalla, fue el que impulsó aquella medida), pero continuó usándose como mínimo hasta el siglo VIII d.C.

Ahora bien a medida que pasaban las generaciones, la gens iba ramificándose y se hacía necesario distinguir a las familias resultantes y para eso apareció el cognomen, que se convirtió en el apelativo habitual.

No se trataba de un segundo apellido, ya que también se heredaba por vía paterna y no tenía por qué limitarse a uno solo sino que podía haber varios; solía hacer referencia a alguna anécdota (Magno=grande) o característica física (Scaevola=zurdo), a veces en tono de burla, por lo que estaría más cerca del concepto de mote que del de apellido, aunque con la particularidad de pasar de padres a hijos.

Los libertos adoptaban el praenomen y el nomen de sus dueños, sumándole su nomgre anterior como cognomen.

(Lápida dedicada por Tiberio Claudio Geta a su mujer, Lucia Tertula, hija de Quinto)

Claro que los romanos podían tener un apodo aparte, el agnomen, que no era hereditario.

Ello no significa que todos pudieran presumir de uno y decimos presumir porque su origen iba vinculado con frecuencia a una victoria militar (el caso de Publio Cornelio Escipión Africano es el más evidente), aunque no necesariamente (a Calígula le empezaron a llamar así los legionarios de niño, cuando estaba con su padre Germánico en campaña, por usar unas pequeñas caligae o sandalias del ejército hechas a su medida).

En suma, si echamos un vistazo a romanos famosos encontraremos el porqué de sus nombres (y eso que la cosa podría complicarse un poco más en la administración, pues algunos documentos añadían la filiación y la tribu para una mejor identificación: «hijo de…, nieto de…»).

El de Cayo Julio César es un ejemplo clásico de praenomennomen cognomen; el citado de Publio Cornelio Escipión Africano, añade el agnomen.

Ahora bien, todo esto es válido para los romanos pero no para las romanas.

Las mujeres no estaban sujetas a estas normas y carecían de praenomen, usando únicamente el nomen familiar (que podían cambiar al casarse para adoptar el del marido) más un cognomen si era necesario.

Así, un matrimonio que tuviera una hija la llamaba por el nombre de la gens debidamente feminizado (por ejemplo, una hija de los claudios sería Claudia).

Si tenía más de una se recurría a comparativos a modo de cognomen (Claudia Maior, Claudia Minor) y si había más de dos, se usaban los ordinales citados antes (Claudia Prima, Claudia Secunda…).

Curiosamente, se les ponía con mayor prontitud que a los varones, un día antes de esos nueve reseñados antes, también después del rito de purificación (en el que se colgaba a la entrada de casa una simbólica madeja de lana para indicar el sexo femenino del bebé, en lugar de la guirnalda de olivo que se ponía por los nacidos varones).

Era la costumbre en la primera mitad del período republicano, pero iría evolucionando con el tiempo.

A finales de esa etapa, es cuando el cognomen cobra importancia para distinguir a la rama familiar y si el hijo varón lo hereda la mujer empieza a incorporarlo también, aunque feminizado.

Ese cambio se afianzó durante el Imperio, ya desde el reinado de Augusto, pudiéndose encontrar ejemplos notorios en los que ni siquiera se trocaba el nomen del padre por el del esposo si la gens del primero era mas importante.

Uno clásico es el de las hijas de Julia Maior y Marco Vipsanio Agripa, que se llamaron Julia Minor y Agripina Maior, en vez de Vipsania Tertia y Vipsania Quarta.

(Teresa Ann Savoy interpretando a Julia Drusila en Calígula)

En tiempos de la dinastía Julio-Claudia (la emparentada con Julio César, que además del propio Augusto incluye a Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón) se suceden más casos de nombres distintos.

Claudia Julia Livila, hermana de Germánico y Claudio, se llamó así en honor de su abuela Livia (Livila es un diminutivo), esposa de Augusto.

Su sobrino Calígula tenía tres hermanas: Agripina Minor, que llevaba el nombre de su madre (y, como ella, recibiría el agnomen de Augusta); Julia Drusila, que recibió el cognomen de su abuelo Nerón Claudio Druso; y Julia Livila, que también se llamó así por Livia.

Claudio tuvo dos hijas, la primera con Elia Petina y la segunda con Valeria Mesalina, que no se llamaron Claudia Maior y Claudia Minor sino Claudia Antonia y Claudia Octavia respectivamente, la primera por su abuela Antonia Minor (que fue quien la crió en su primera infancia) y la segunda por su bisabuela Octavia Minor.

Por tanto, los nombres de las mujeres continuaron la tendencia a diferenciarse progresivamente de los de sus progenitores, haciendo común lo que antaño era excepción (y hay una muy curiosa: la patricia Claudia Pulcra, hija de Apio Claudio Pulcro, una mujer cultivada pero que llevó una vida escandalosa a caballo entre los siglos I a.C. y I d.C., alteró su nomen dándole connotaciones plebeyas y, tras casarse con su primo Quinto Cecilio Metelo Céler, pasó a llamarse Clodia Metela).

(Retrato renacentista de Clodia Metela)

Cuando llegaron las siguientes dinastías, la de los Flavios, la de los Severos, los usos se habían modificado bastante.

Ya explicamos antes que Caracalla generalizó el nomen Aurelio, pero es que para entonces también se había vuelto frecuente que las mujeres de la familia imperial adoptasen el praenomen Julia, una buena forma de legitimar a las dinastías que accedieron al poder mediante golpes militares, que fueron la mayoría, emparentando con la prestigiosa gens homónima.

De hecho, a partir del siglo II d.C., la agnatio o parentesco por descencia masculina se vio acompañado cada vez más por la cognatio, el que venía por vía materna, cediendo la autoridad absoluta del pater familias.

La difusión e implantación del cristianismo, especialmente tras su legalización y asimilación por el Estado, le dio una vuelta de tuerca a todo esto.

A partir de ahí, se hizo común adoptar nombres relacionados con esa fe y, a medida que ésta se asentaba cada vez más, incluso se pasó a cambiar el nombre pagano por uno cristiano: el original de la emperatriz Teodora era otro (se desconoce cuál, dado su humilde origen; Teodora significa regalo de Dios) y así surgieron unos cuantos que se pusieron de moda en la corte bizantina, caso de Irene (paz), Ana (gracia), Agnes (sagrada), etc.

Todavía perduran.

nuestras charlas nocturnas.

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