Jesucristo (2º parte)…

National Geographic(Abel G.M./A.Cockburn/B.Hernández) — El principal problema a la hora de tratar la vida del Jesús histórico es que no existen fuentes primarias.
Los primeros textos sobre él son, por una parte, los Evangelios y otras fuentes del Nuevo Testamento -escritas con posterioridad y con una intencionalidad religiosa- y, por otra, menciones de autores romanos como Flavio Josefo que no llegaron a conocerlo.
Considerando lo que se sabe acerca de la sociedad judía del siglo I y de la situación política de Judea en aquellos momentos, se puede afirmar con bastante seguridad que hubo un hombre al que llamamos Jesús y que fue condenado a muerte.
Pero las autoridades romanas y los sacerdotes de Jerusalén probablemente no imaginaban el impacto que tendría: para ellos se trataba de dar un castigo ejemplar al que, a sus ojos, era un personaje subversivo y peligroso.
Un problema de orden público
Que Jesús fue condenado por delitos relacionados con desórdenes públicos se puede deducir del método de ejecución elegido.
La crucifixión era un castigo que se aplicaba a los esclavos y a los criminales, incluyendo a los rebeldes y sediciosos, y solo las autoridades romanas -en este caso, el prefecto Poncio Pilato- tenían potestad para ejecutarla.
Y aunque la religión sin duda tuvo que ver en ella, no fue el motivo de la condena: para los falsos profetas la condena era la lapidación y esta era ejecutada por los propios judíos, en tanto que se trataba de una cuestión religiosa.
Judea, convertida en provincia romana solo tres décadas antes, era un polvorín a punto de explotar, especialmente en los periodos de festividades religiosas, cuando se concentraba una gran cantidad de gente en las ciudades.
Una de las celebraciones más importantes del calendario hebreo es la de Pésaj -conocida también como la Pascua judía-, que conmemora la liberación de Egipto y que estaba a punto de celebrarse cuando Jesús entró en Jerusalén.
A los ojos del prefecto, cualquier alteración del orden público en un momento tan cargado de simbolismo -la conquista de la libertad del pueblo judío- debía ser inmediatamente suprimida.
Las figuras mesiánicas, como Jesús o su maestro Juan el Bautista, representaban además un problema añadido para Roma: el reino de Israel había sido una monarquía teocrática, por lo que la aparición de este tipo de líderes religiosos podía estimular una revuelta contra la propia ocupación romana.
Además, en una concepción monoteísta, el Imperio Romano era una sociedad idólatra que entraba en directa oposición con la proclamación que hacía Jesús del “reino de Dios”.
Una amenaza para los sacerdotes
Para los sacerdotes judíos y, en particular, para el Sumo Sacerdote Caifás, Jesús representaba también un problema.
Durante la mayoría de su vida este predicó en Galilea -la zona norte de la provincia de Judea- y no representó una molestia, pero su llegada a Jerusalén junto con un nutrido grupo de seguidores cambiaba las cosas.

El Templo de Jerusalén era el centro del poder teocrático y en su patio se vendían animales para los sacrificios y se cambiaban monedas griegas y romanas por judías y fenicias, que eran las únicas que podían usarse en el Templo. Según los Evangelios, Jesús se molestó al ver que la casa de Dios era usada para el comercio y volcó las mesas de los comerciantes: de este episodio solo tenemos constancia por las fuentes cristianas, pero se considera veraz y habría supuesto un grave altercado, motivo suficiente para iniciar un proceso contra Jesús.
Jesús suponía un doble peligro no solo por sus críticas a ciertas conductas de los sacerdotes, sino por el miedo a que desencadenara una revuelta que fuera sofocada por los romanos en un baño de sangre.
En particular, el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo habría sido el detonante para que el Sanedrín -el consejo de rabinos con funciones de juez- viera en Jesús un peligroso agitador de masas y juzgara conveniente denunciarlo ante las autoridades romanas, que tenían la potestad en cuestiones de orden público.
Poncio Pilato es descrito por el filósofo Filón de Alejandría como “un hombre de carácter inflexible y duro, sin ninguna consideración” y se sabe que no le temblaba la mano a la hora de condenar a quienes pudieran suponer una amenaza para el poder romano.
De hecho, además de Jesús, tuvo que lidiar con otros personajes bastante más peligrosos que habían arengado abiertamente a las masas para que se rebelaran contra Roma, por lo que no debió de tener demasiados reparos en deshacerse de aquel predicador.
Fuentes Interesadas
Aunque los sacerdotes ciertamente tuvieron responsabilidad en la muerte de Jesús, los Evangelios intencionadamente cargan las culpas sobre ellos y presentan a Pilato como el mero ejecutor de una sentencia ya decidida, lo cual no es coherente con lo que sabemos acerca del carácter del personaje y las responsabilidades que pesaban sobre él: como representante de Roma en Judea, era su obligación garantizar el orden y, por otra parte, no tenía motivos para ser clemente con Jesús.
La responsabilidad atribuida mayoritariamente a los judíos debe entenderse en el contexto de evangelización: a los autores cristianos les interesaba convertir a un público romano, por lo que presentar a su propio pueblo como culpable de la ejecución de Jesús no era conveniente.
Los judíos, en cambio, eran un buen chivo expiatorio: la singularidad de sus costumbres los convertía en un cuerpo extraño dentro del Imperio y, por otra parte, muchos judíos se negaban a considerar a Jesús como el rey-mesías que anunciaba su tradición. Además, en Egipto, donde se formaron las primeras comunidades cristianas, existía ya un sentimiento antisemita que reforzó esta idea.
La elaboración de los Evangelios, en cuanto obras de proselitismo religioso, enfatiza el carácter místico de la muerte de Jesús. Sin embargo, quienes la propiciaron, ordenaron y llevaron a cabo no podían imaginar la trascendencia que tendría: para ellos, muy probablemente, se trató de ejecutar a un alborotador más.
La cruz, de castigo ejemplar a la promesa de la vida eterna

Aunque se haya convertido en el símbolo por antonomasia del castigo romano, en sus orígenes la crucifixión fue concebida muy lejos de Roma.
Los primeros registros que se tienen de este procedimiento como método de ejecución datan del Imperio Aqueménida -aunque probablemente se usara ya en Asiria- y responden a la fe zoroastriana, que se extendió notablemente bajo el mandato persa: según sus creencias, el fuego y la tierra son sagrados y enterrar o quemar a un criminal contaminaría estos elementos, por lo que se les clavaba a leños de madera para dejarlos morir y que las aves carroñeras dieran cuenta de sus restos.
Los romanos entraron en contacto con esta práctica durante su expansión por el Mediterráneo: griegos y cartagineses la conocían por mano de los persas, y el propio Alejandro Magno la practicó contra los supervivientes de ciudades que se habían opuesto con más tesón a su conquista.
Para estos pueblos no zoroastrianos, la crucifixión representaba un método de ejecución particularmente cruel y humillante.
El condenado podía morir en cuestión de horas o al cabo de varios días, dependiendo de las circunstancias, pero en cualquier caso resultaba una imagen terrible que servía de escarmiento y advertencia: en el siglo I a.C., tras aplastar la revuelta de esclavos liderada por Espartaco, unos 6.000 prisioneros fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia.
Por ello, la cruz despertaba en el mundo antiguo un horror particularmente intenso. Solo a partir del siglo V d.C. se difunde ampliamente como símbolo del cristianismo, y ello es debido al cambio de mentalidad que ejerce la fe cristiana y al interés del hombre que la favorece: el emperador Constantino el Grande.
El pez, primer símbolo cristiano
Durante los siglos siguientes a la muerte de Jesús, el cristianismo sufrió una persecución generalizada, interrumpida a veces por algunos períodos de tolerancia.
Las particularidades de esta religión la convertían en una amenaza para el poder romano, por lo general bastante tolerante en lo que se refería a las costumbres de los pueblos conquistados: su negativa a rendir culto a los emperadores y a los dioses oficiales, considerados garantes de la prosperidad del Imperio, era vista como un desafío a la autoridad de Roma.
Las ejecuciones de cristianos, a menudo realizadas por medio de la crucifixión, daban a la cruz un significado infamante, pues era un método reservado a los peores criminales.
San Agustín de Hipona, que vivió en el siglo IV d.C. -pocas décadas después de que Constantino promulgara el Edicto de Milán, que garantizaba el fin de las persecuciones-, describe que en los primeros tiempos el símbolo del cristianismo era un pez, que representaba la búsqueda la verdad profunda oculta a simple vista, como los peces se ocultan bajo las aguas.
Por otra parte, su nombre en griego -ΙΧΘΥΣ, ictys– se corresponde con la sigla de Iēsous Christos Theou Yios Sōtēr: “Jesucristo, Hijo de Dios, el Salvador”.

El ictys sigue siendo un símbolo usado por los cristianos de Oriente y África, como se muestra en esta puerta de la medina de Túnez. Su origen se encuentra en el Nuevo Testamento, en el que Jesús se refería a sus apóstoles como «pescadores de hombres».
El ictys era un símbolo de reconocimiento mutuo entre cristianos cuando esta religión era practicada clandestinamente: al encontrarse, uno de ellos dibujaba una línea curva y, si el otro la dibujaba a la inversa completando el símbolo de un pez, podían estar seguros de que ambos eran cristianos.
Al ser un símbolo secreto, si uno de ellos resultaba ser un espía era descubierto enseguida; además, a ojos de extraños no era más que un simple garabato y no delataba la presencia de una comunidad cristiana.
Este símbolo siguió siendo usado durante muchos siglos. En las medinas del norte de África, las puertas están decoradas con muchos símbolos que sirven para identificar a la comunidad que vive en esa casa y, entre otros aspectos, la fe que profesan: la media luna para los musulmanes, la estrella para los judíos y el pez para los cristianos.
Fusión de tradiciones
La adopción de la cruz como símbolo cristiano puede atribuirse con bastante certeza a las comunidades coptas de Egipto y es el resultado de dos factores: por una parte, una casualidad lingüística y por otra, una semejanza gráfica con el ankh, un símbolo que fue reciclado de la antigua religión egipcia.
Los coptos tuvieron un papel fundamental en el ascenso del cristianismo: Constantino tuvo que luchar por el poder contra su rival Majencio y buscó apoyos en los territorios de Oriente, donde el cristianismo era más fuerte.
Según Eusebio de Cesarea, autor de una biografía sobre el emperador, antes de la decisiva batalla del Puente Milvio (312 d.C.) Constantino tuvo la visión de una cruz en el cielo y más tarde, “en sus sueños, el Cristo de Dios se le apareció con el mismo signo que había visto en los cielos, y le ordenó que abrazara ese signo que había visto en los cielos, y que lo usara como un talismán en todos los combates con sus enemigos”.

Este fresco de la Basílica de los Cuatro Santos Coronados, en Roma, representa la Donación de Constantino, un decreto según el cual el emperador habría transferido al papa Silvestre I el gobierno de Roma y los territorios circundantes. Hoy se sabe que este decreto es una falsificación que tuvo como objetivo justificar el poder temporal de los papas: en la Europa occidental, el cristianismo sustituyó a la romanidad como elemento aglutinador.
Sin embargo, el símbolo que usó Constantino no era la cruz que conocemos sino un crismón, un anagrama formado por las letras griegas ji (representada como una X) y rho (representada como una P).
Más adelante la letra ji fue sustituida por la tau (representada como una T), como abreviación de la palabra stauros -“cruz” en griego- significando “Cristo en la cruz”. Esta combinación guarda una gran semejanza con el ankh, el símbolo de la vida en la antigua religión egipcia, relacionado habitualmente con Isis.
Según el mito, esta diosa había resucitado a su marido Osiris, quien se había convertido en el señor del Más Allá: esta analogía clara con Jesucristo habría ayudado a difundir la nueva religión reciclando conceptos arraigados desde hacía milenios en la mentalidad egipcia.
Los coptos fueron una de las primeras comunidades que abrazaron el cristianismo incluso antes de su legalización en el imperio -según la tradición, fue el propio evangelista Marcos quien la fundó en el siglo I d.C.-, siendo de gran importancia en la estructuración de la Iglesia como culto organizado.
Su iconografía fusionaba las ideas cristianas con los símbolos usados en el Egipto faraónico -como el propio ankh o el disco solar que se convertiría en la aureola de los personajes bíblicos- y fue adoptada por la naciente Iglesia cristiana.
La cruz como promesa de la vida eterna
Gracias a su asociación con el ankh egipcio, la cruz, que había sido durante siglos un instrumento de tortura, se convertía en la promesa de la vida eterna. Una razón de mucho peso en la difusión del cristianismo sobre todo entre la gente más humilde fue precisamente que, en un tiempo en el que la mayoría de la población llevaba una vida muy difícil, daba sentido a sus padecimientos.
La cruz se difundió como símbolo del cristianismo durante el siglo V, marcado por la creciente inseguridad -en especial la invasión de los hunos liderada por Atila- y deterioro de las condiciones de vida.
A medida que el poder imperial se debilitaba, el religioso emergía como el nuevo elemento unificador, especialmente en el Imperio de Oriente o Bizantino, que lograría sobrevivir durante mil años más y en el que la Iglesia tendría un papel crucial; mientras que en Occidente, la lucha entre el poder regio y el papal marcaría toda la Edad Media.
El símbolo de la cruz permanecería en ambos casos como la promesa de una recompensa de ultratumba a los sufrimientos de un mundo en el que las guerras y carestías eran la norma.
El evangelio de judas

El cristianismo no sería el mismo sin su traidor, Judas Iscariote. Según los textos bíblicos lo vendió por 30 monedas de plata. Así lo plasmó Fra Angelico a principios del siglo XV.
Con un leve temblor parkinsoniano en las manos, el profesor Rodolphe Kasser cogió el antiguo texto y empezó a leer en voz clara y resonante: «pe-di-a-kan-aus ente pla-nei». Las extrañas palabras eran copto, la lengua hablada en Egipto en los albores del cristianismo.
Nadie había vuelto a oírlas desde que la primitiva Iglesia cristiana prohibió a sus adeptos la lectura de aquel documento.
De algún modo este ejemplar sobrevivió, oculto durante siglos en el desierto egipcio. Finalmente fue descubierto a fines del siglo XX, para luego desvanecerse en el submundo de los traficantes de antigüedades, uno de los cuales lo abandonó durante dieciséis años en la cámara acorazada de un banco de Hicksville, en Nueva York.
Cuando llegó a manos de Kasser, el papiro (una especie de papel hecho con plantas acuáticas secas) se estaba desintegrando, y su mensaje estaba a punto de perderse para siempre.
El erudito de 78 años, uno de los expertos en copto más acreditados del mundo, terminó la lectura y depositó con cuidado la hoja sobre la mesa. «Es una lengua preciosa, ¿verdad? Egipcio escrito en caracteres griegos.» Sonrió.
«Es un pasaje en el que Jesús explica a los discípulos que están yendo por el mal camino». Kasser está entusiasmado con el texto, y con razón. La línea inicial de la primera página reza: «Crónica secreta de la revelación hecha por Jesús en conversación con Judas Iscariote…». Después de casi 2.000 años, el hombre más odiado de la historia vuelve a aparecer.

Esta pintura mural de Leonardo da Vinci nombrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980 muestra a los 12 apóstoles en la Última Cena. Entre ellos se encuentra el amigo dilecto de Jesús, Judas Iscariote, que según los textos bíblicos lo vendió por 30 monedas de plata, señalándolo con un beso. Más tarde, enloquecido por el remordimiento, se ahorcó.
Todo el mundo recuerda la historia del amigo dilecto de Jesús, uno de los doce apóstoles, que lo vendió por 30 monedas de plata, señalándolo con un beso. Después, enloquecido por el remordimiento, se ahorcó. Judas es el símbolo de la traición por excelencia. En los mataderos llaman «judas» a la cabra que conduce a los animales al degolladero.
En Alemania, el registro civil puede impedir que los padres pongan el nombre de Judas a sus hijos. Los guías de la antigua iglesia de la Virgen María, conocida como la «iglesia colgante», en el barrio copto de El Cairo, señalan una columna negra que destaca entre la columnata blanca del templo: Judas, desde luego. El cristianismo no sería el mismo sin su traidor.
Hay un trasfondo siniestro en las representaciones tradicionales de Judas. A medida que el cristianismo se distanciaba de sus orígenes como secta judía, los pensadores cristianos fueron encontrando cada vez más conveniente culpar al pueblo judío del arresto y la ejecución de Cristo, y presentar a Judas como el arquetipo de judío.
Los cuatro Evangelios, por ejemplo, son indulgentes con Poncio Pilatos, el procurador romano de Judea, pero condenan a Judas y a los sumos sacerdotes judíos.
La «crónica secreta» nos presenta un Judas muy distinto. En esta versión, es un héroe. A diferencia de los otros discípulos, comprende verdaderamente el mensaje de Cristo.
Al entregar a Jesús a las autoridades de Roma, no hace más que cumplir el mandato de su líder, plenamente consciente del destino que le espera. Jesús le advierte: «Te maldecirán».

En el año 313, el emperador Constantino legalizó el cristianismo con el Edicto de Milán, pero solo aceptaba a la Iglesia organizada. Aquellos herejes, cristianos que no aceptaban las doctrinas oficiales, no contaban con ningún apoyo, eran penalizados y finalmente se les prohibió que siguieran reuniéndose.
Esta afirmación resulta suficientemente sorprendente como para levantar sospechas de fraude, algo habitual en las supuestas antigüedades bíblicas.
Por ejemplo, una urna vacía de piedra caliza que, según se dijo, había contenido los huesos de Santiago, hermano de Jesús, atrajo gran cantidad de público cuando fue expuesta en 2002, pero pronto se descubrió que se trataba de una ingeniosa falsificación.
Un Evangelio de Judas resulta mucho más tentador que una caja vacía, pero hasta el momento todas las pruebas realizadas confirman su antigüedad. National Geographic Society, que contribuye a financiar la restauración y la traducción del manuscrito, ha encargado a un importante laboratorio de datación por carbono 14 de la Universidad de Arizona el análisis del códice que contiene el evangelio.
El análisis de cinco muestras distintas del papiro y la cubierta de cuero fijan la fecha del códice en algún momento entre los años 220 y 340 d.C.
La tinta parece ser una antigua receta: una combinación de sulfato ferroso, tanino, goma arábiga y agua, mezclada con tinta de negro de humo.
Además, según los expertos en copto, el evangelio contiene giros reveladores que indican que fue traducido del griego, el idioma original de la mayoría de los textos cristianos escritos durante los siglos I y II. «Todos coincidimos en situar esta copia en el siglo IV», asegura un experto.

Según pasaba el tiempo el cristianismo se fue separando de sus orígenes como secta judía. Los pensadores cristianos fueron encontrando cada vez más conveniente culpar al pueblo judío del arresto y la ejecución de Cristo, y presentar a Judas como el arquetipo de judío.
Otra confirmación nos llega del pasado. Hacia el año 180 d.C., Ireneo, obispo de Lyon en la Galia romana, escribió un tratado titulado Contra las herejías. El libro era un ataque feroz a todos aquellos cuyos puntos de vista sobre Jesús y su mensaje se apartaban de la ortodoxia de la Iglesia.
Entre los blancos de sus críticas había un grupo que veneraba a Judas, «el traidor», y que había producido una «historia falsa», que «llaman el Evangelio de Judas».
Al parecer, varios decenios antes de que se escribiera el manuscrito que Kasser tiene en sus manos, el colérico obispo ya tenía noticias del texto original griego.
Ireneo tenía un montón de herejías contra las cuales luchar. En los primeros siglos del cristianismo, lo que para nosotros es la Iglesia, que funcionaba con una jerarquía de sacerdotes y obispos, era sólo uno de los numerosos grupos inspirados en Jesús.
El experto en la Biblia Marvin Meyer, de la Universidad Chapman, que ha colaborado con Kasser en la traducción del evangelio, resume aquella situación como «el cristianismo en busca de su estilo».

Atanasio, un influyente obispo de Alejandría emitió una orden en el año 367 en la que enumeraba 27 textos, entre ellos los cuatro Evangelios actuales, como los únicos libros del Nuevo Testamento que podían considerarse sagrados. Dicha lista se mantiene hasta nuestros días.
Seguidores de un cristianismo primitivo
Muchos de esos grupos eran gnósticos, seguidores de la misma línea del cristianismo primitivo recogido en el Evangelio de Judas.
«Gnosis significa “conocimiento” en griego –explica Meyer–. Los gnósticos creían en un principio supremo de bondad, entendida como una mente divina, más allá del universo físico.
El ser humano posee una chispa de ese poder divino, pero está aislado de la divinidad por el mundo material que le rodea». Para los gnósticos, un mundo defectuoso, obra de un creador inferior y no del Dios supremo.
Mientras que los cristianos como Ireneo sostenían que sólo Jesús, el hijo de Dios, era a la vez humano y divino, los gnósticos creían que la gente corriente podía estar conectada con Dios. La salvación se alcanzaba despertando la esencia divina del espíritu humano y conectándola con Dios.
Para eso se precisaba la guía de un maestro, y tal era, según los gnósticos, la función de Cristo. Aquellos que interiorizaban su mensaje podían ser tan divinos como el propio Cristo.
De ahí la hostilidad de Ireneo. «Esos grupos eran místicos –dice Meyer–. Los místicos siempre han desatado las iras de la religión institucionalizada. Oyen la voz de Dios en su interior y no necesitan sacerdotes intermediarios».
Ireneo comenzó su libro al regresar de un viaje y encontrarse a sus fieles soliviantados por un predicador gnóstico llamado Marcos, que animaba a sus iniciados a demostrar su contacto directo con la divinidad mediante profecías.

El Evangelio de Judas. El documento fue descubierto a fines del siglo XX, pero luego pasó muchos años vagando entre traficantes de antigüedades.
Hasta hace pocas décadas, tales doctrinas se conocían básicamente a través de las críticas hechas por líderes ortodoxos como Ireneo. Pero en 1945, cerca de la localidad egipcia de Nag Hammadi, unos campesinos hallaron dentro de una tinaja de barro un conjunto de textos gnósticos que llevaban siglos perdidos.
Entre ellos había más de una docena de versiones inéditas de las enseñanzas de Cristo, incluidos los Evangelios de Tomás y de Felipe, y el Evangelio de la Verdad. Ahora tenemos el Evangelio de Judas.
En el pasado, algunas de estas versiones pudieron haber tenido mayor circulación que los cuatro Evangelios más conocidos. «La mayoría de los manuscritos o fragmentos del siglo II que hemos hallado son copia de otros libros cristianos», afirma Bart Ehrman, profesor de estudios religiosos de la Universidad de Carolina del Norte.
Una faceta del cristianismo primitivo oculta desde hace tiempo está emergiendo.
La idea de que existan «evangelios» que contradigan a los cuatro canónicos del Nuevo Testamento resulta muy inquietante para algunos, como pude comprobar cuando comí con Meyer en un restaurante de Washington, D.C. «Es apasionante –exclamó–. El manuscrito explica por qué Jesús distinguió a Judas como el mejor de sus discípulos. Los otros no lo entendieron».
El restaurante se había vaciado y estábamos solos, perdidos en el siglo II, cuando el maître le entregó dubitativamente una nota a Meyer. El texto rezaba: «Dios habló a través de un libro». Al parecer, alguien sentado cerca de nuestra mesa había interpretado que Meyer ponía en tela de juicio que la Biblia fuera la palabra de Dios.

Según los textos aceptados por la Iglesia, Judas Iscariote besó a Jesucristo para señalar a quién debían detener y juzgar. Así lo plasmó
De hecho, no está claro si los autores de los evangelios –ni siquiera los de los cuatro más conocidos– presenciaron los sucesos que narran. Craig Evans, estudioso bíblico del Acadia Divinity College, de confesión evangélica, opina que los Evangelios canónicos acabaron por eclipsar a los otros. «Los primeros grupos de cristianos por lo general eran pobres.
Sólo tenían medios para encargar la copia de unos pocos libros, de modo que sus miembros dirían “yo quiero el Evangelio del apóstol Juan”, y así sucesivamente –argumenta–. Los Evangelios canónicos son los que ellos mismos consideraban más auténticos». O quizá las alternativas fueron sencillamente derrotadas en la batalla del pensamiento cristiano.
El Evangelio de Judas es un vívido reflejo de la lucha librada hace mucho tiempo entre los gnósticos y la Iglesia jerárquica. Ya al inicio del texto, Jesús se ríe de sus discípulos por rezar a «vuestro dios», refiriéndose al dios demiurgo que creó el mundo.
Compara a sus discípulos con un sacerdote del templo (casi con certeza una referencia a la ortodoxia de la Iglesia), a quien tilda de «maestro de falsedades» y acusa de «sembrar árboles infructíferos, en mi nombre, de manera vergonzosa». Exhorta a los discípulos a mirarlo y comprender quién es él realmente, pero ellos vuelven la vista.
El pasaje clave viene cuando Jesús le dice a Judas: «Tú sacrificarás el cuerpo en el que vivo». Esto significa, en pocas palabras, que Judas va a matar a Jesús y que así le hará un favor. «El hombre en el que vive no es Jesús en absoluto –dice Meyer–. Por fin podrá deshacerse de su cuerpo, de su parte material, liberando así al Cristo verdadero, al ser divino que existe en su interior».

Esta pintura del danés Carl Heinrich Bloch muestra como, según cuenta la Biblia, un ángel consoló a Jesús antes de su arresto en Getsemaní.
El hecho de que la tarea le sea confiada a Judas es un signo de su estatus especial. «Levanta los ojos y mira la nube con luz en su interior y las estrellas que la rodean –le insta Jesús–. La estrella que indica el camino es tu estrella».
Al final, Judas tiene una revelación e ingresa en una «nube luminosa». La gente en la tierra oye una voz que sale de la nube, aunque puede que nunca sepamos lo que dice, a causa de un desgarro en el papiro.
El evangelio termina bruscamente, con una breve nota en la que se cuenta que Judas «recibió algo de dinero» y entregó a Jesús a los soldados que habían ido a arrestarlo.
Para Craig Evans, este relato es una invención sin sentido escrita hace mucho tiempo. «No hay nada en el Evangelio de Judas que nos diga algo históricamente verosímil», afirma.
Pero otros estudiosos lo consideran una nueva e importante aportación al estudio del pensamiento de los primeros cristianos. «Esto cambia la historia del cristianismo en sus inicios –asegura Elaine Pagels, catedrática de religión en la Universidad de Princeton–. Nosotros no buscamos en los Evangelios información histórica, sino los fundamentos de la fe cristiana».
«Es un hallazgo muy importante –conviene Bart Ehrman–. Muchos se sentirán molestos».

No se puede saber exactamente cuantos libros y documentos se perdieron a lo largo de cientos de años mientras la Biblia cobraba forma, pero sí se sabe que algunos de ellos fueron ocultados. Por ejemplo, los libros hallados en Nag Hammadi fueron escondidos dentro de una gran tinaja de aproximadamente un metro de altura. La Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale retuvo el documento durante cinco meses, pero finalmente no lo adquirió, sobre todo por las dudas sobre su procedencia.
Un texto que tumbaría a un cura
El padre Ruwais Antony es uno de ellos. Desde hace 27 años el venerable monje vive en el monasterio de San Antonio, un refugio aislado en el desierto oriental de Egipto.
En una visita al lugar le pregunté qué la parecía la idea de que Judas hubiese entregado a Jesús actuando a petición suya, y que por lo tanto fuese un hombre bueno. Ruwais se sintió tan turbado ante esa idea que casi perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la puerta.
Después, sacudió la cabeza con disgusto, murmurando: «Nada recomendable».
Antes, el padre Ruwais me había llevado a la iglesia de los Apóstoles.
Bajo nuestros pies se hallaban las celdas originales, sepultadas durante mucho tiempo y excavadas recientemente. Aquellas celdas habían sido construidas por el mismísimo San Antonio cuando fundó la comunidad a principios del siglo IV.
Pocos años después de aquel acontecimiento, un escriba anónimo cogió su cálamo de junco y una hoja de papiro y empezó a copiar: «Crónica secreta…».
El amanuense no pudo estar muy lejos, ya que el área donde supuestamente fue hallado el códice se encuentra a 65 kilómetros al oeste. Puede que hasta fuera un monje, pues se sabe de algunos monjes que veneraban los textos gnósticos y los conservaban en sus bibliotecas.
Sin embargo, a finales del siglo IV no era muy prudente poseer ese tipo de libros. En el año 313, el emperador Constantino había legalizado el cristianismo, pero su tolerancia sólo incluía a la Iglesia organizada, sobre la cual hizo llover riquezas y privilegios, por no mencionar las exenciones de impuestos. Los herejes, cristianos que no aceptaban las doctrinas oficiales, no contaban con ningún apoyo, eran penalizados y finalmente se les prohibió que siguieran reuniéndose.
Ireneo ya había señalado los cuatro Evangelios de San Mateo, San Lucas, San Marcos y San Juan como los únicos que los cristianos debían leer, y su lista acabó por convertirse en política oficial de la Iglesia.
En el año 367, Atanasio, influyente obispo de Alejandría y gran admirador de Ireneo, emitió una orden que debía ser acatada por todos los cristianos de Egipto en la que enumeraba 27 textos, entre ellos los cuatro Evangelios actuales, como los únicos libros del Nuevo Testamento que podían considerarse sagrados. La lista se mantiene hasta hoy.

No podemos saber cuántos libros se perdieron mientras la Biblia cobraba forma, pero sabemos que algunos fueron ocultados.
Los libros hallados en Nag Hammadi fueron escondidos en el interior de una sólida tinaja, alta hasta la cintura, tal vez por monjes del cercano monasterio de San Pacomio.
Uno de ellos habría podido esconder el Evangelio de Judas, que apareció junto con otros tres textos gnósticos.
Los documentos sobrevivieron durante siglos de guerras y catástrofes.
Nadie los leyó hasta mayo de 1983, cuando Stephen Emmel, que realizaba en Roma su trabajo de posgrado, recibió la llamada de un colega pidiéndole que viajara a Suiza para analizar unos documentos coptos que una misteriosa fuente había puesto en venta.
En Ginebra, Emmel y otros dos expertos fueron conducidos hasta la habitación de un hotel donde se reunieron con otros dos hombres: un egipcio que no hablaba inglés y un griego que hacía de intérprete.
«Nos concedieron una media hora para estudiar el contenido de lo que resultaron ser tres cajas de zapatos, en cuyo interior había unos papiros en-vueltos en papel de periódico –recuerda Emmel–. No nos permitieron hacer fotografías ni tomar notas».
El papiro estaba empezando a desintegrarse, por lo que no se atrevió a tocarlo con las manos. Arrodillado junto a la cama, levantó cautelosamente algunas hojas con unas pinzas y entrevió el nombre de Judas. Supuso erróneamente que sería una referencia a Judas Tadeo, otro de los apóstoles, pero aun así comprendió que estaba ante una obra totalmente inédita y de gran importancia.
Uno de los colegas de Emmel pasó al cuarto de baño para negociar un trato. Emmel no estaba autorizado a ofrecer más de 50.000 dólares (42.000 euros de hoy), pero los traficantes pedían 3 millones (2,5 millones de euros), ni un centavo menos. «Era impensable pagar tanto dinero», dice Emmel, hoy profesor en la Universidad de Münster, Alemania.
Emmel recuerda con pesar el «hermoso» papiro y lamenta lo mucho que se ha deteriorado desde entonces. Mientras las dos partes de la negociación almorzaban, él se escabulló y anotó frenéticamente todo lo que pudo recordar. Ésa fue la última vez que un estudioso vio el documento en 17 años.
Según los actuales propietarios del Evangelio de Judas, el egipcio de aquel hotel de Ginebra era un comerciante de antigüedades de El Cairo llamado Hanna que había comprado el manuscrito a un traficante local, que a su vez se ganaba la vida localizando piezas de ese tipo.
No se sabe exactamente cómo ni dónde encontró la colección el traficante. Ahora está muerto, y sus familiares del distrito de Maghagha, a 150 kilómetros al sur de El Cairo, son extrañamente reticentes a revelar el sitio del hallazgo.
Poco después de que Hanna adquiriera el manuscrito y antes de poder sacarlo del país, toda su mercancía fue objeto de un robo. Según la versión de Hanna, los objetos robados fueron sacados ilegalmente del país y acabaron en manos de otro anticuario. Posteriormente, Hanna logró recuperar parte del botín, incluido el evangelio.
En el pasado, pocos se habrían preguntado cómo salió de su país de origen una valiosa antigüedad. Pero hoy, los países ricos en patrimonio tienen una actitud más proteccionista: prohíben la propiedad privada de piezas antiguas y controlan rigurosamente su exportación.

Los compradores respetables, como son los museos, intentan asegurarse de que la procedencia de una pieza sea legítima, estableciendo que no ha sido robada ni exportada ilegalmente.
A principios de los años ochenta, cuando se produjo el robo de la colección de Hanna, ya era ilegal en Egipto poseer antigüedades sin registrar o exportarlas sin permiso oficial. No están claros los efectos de esas leyes sobre el códice, como tampoco lo está su procedencia.
Aun así, Hanna estaba decidido a sacarle el mayor beneficio posible. Los expertos en Ginebra le confirmaron que era valioso, de modo que el comerciante viajó a Nueva York en busca de un comprador con dinero de verdad.
La incursión no dio los frutos esperados, por lo que el egipcio regresó a El Cairo. Pero antes de partir de Nueva York alquiló una caja de caudales en una sucursal del Citibank en Hicksville, Long Island, donde depositó el códice y otros papiros antiguos. Allí permanecieron, intactos y enmoheciendo, mientras Hanna hacía varias tentativas de venta. El precio siempre era demasiado alto.
Finalmente, en abril de 2000, cerró un trato. La compradora fue Frieda Nussberger-Tchacos, una griega nacida en Egipto que triunfó en el negocio de antigüedades tras cursar estudios de egiptología en París. Ella no está dispuesta a revelar lo que pagó, pero admite que la rumoreada cifra de 300.000 dólares (250.000 euros de hoy) «no es la correcta, pero se le acerca».
Pensando que la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale podía estar interesada, dejó su mercancía en manos de uno de los expertos de la biblioteca, el profesor Robert Babcock.
Al cabo de unos días, cuando salía de Manhattan para coger un avión de regreso a su casa de Zurich, el profesor la llamó al móvil. Sus noticias eran explosivas, pero lo que mejor recuerda Frieda Tchacos es su exaltación: «Me decía: “Es un material increíble; creo que se trata del Evangelio de Judas Iscariote”, pero yo sólo oía la emoción que vibraba en su voz».
Únicamente más tarde, durante las largas horas de vuelo a través del Atlántico, Tchacos comenzó a asimilar que verdaderamente era la propietaria del legendario Evangelio de Judas.
Los griegos creen en el destino, o moira, y durante los meses siguientes Frieda Tchacos comenzó a sentir que su moira se había entrelazado de un modo fatídico con Judas, «como una maldición». La Biblioteca Beinecke retuvo el documento durante cinco meses, pero al final declinó comprarlo, pese al entusiasmo del profesor Babcock, sobre todo por abrigar dudas acerca de su procedencia.

Así pues, Tchacos renunció a Yale y a otras prestigiosas universidades y decidió poner rumbo a Akron, Ohio, para entrevistarse con Bruce Ferrini, un ex cantante de ópera dedicado a la venta de manuscritos antiguos.
Si el rechazo de Yale había sido descorazonador para la anticuaria, el viaje a Akron resultó ser una auténtica pesadilla. «Mi vuelo desde el aeropuerto Kennedy fue cancelado y tuve que viajar desde LaGuardia en una avioneta. Tenía el material cuidadosamente guardado en cajas negras, pero no me dejaron subirlo conmigo a la cabina».
Judas viajó a Ohio en la bodega. A cambio del manuscrito de Judas y otros documentos, Ferrini entregó a Tchacos un contrato de compraventa con una de sus empresas llamada Nemo, y dos cheques posdatados de 1,25 millones de dólares (un millón de euros) cada uno.
Ferrini no ha respondido a las numerosas llamadas telefónicas realizadas por National Geographic para conocer su versión de los hechos, pero algunas personas que vieron el manuscrito de Judas cuando estaba en su poder aseguran que cambió el orden de las páginas.
«Quería que pareciera más completo», señala el experto en copto Gregor Wurst, que está ayudando a restaurarlo. Se estaban desprendiendo más fragmentos.
Tchacos empezó a dudar del trato a los pocos días de volver a casa. Su recelo aumentó cuando un amigo llamado Mario Roberty le recordó que nemo significa en latín «nadie».
Roberty, un ingenioso abogado suizo, conoce el mundo de los anticuarios y dirige una fundación dedicada al arte antiguo. Según dice, quedó «fascinado» por la historia de Tchacos y se ofreció gustoso a ayudarla a recuperar el manuscrito de Judas.
Los sustanciosos talones de Ferrini vencían a comienzos de 2001. Para presionarlo a devolver el códice, Roberty se alió con un crack del sector de las antigüedades, un ex marchante llamado Michel van Rijn que dirige desde Londres un influyente portal web desde el cual fustiga sin compasión a sus numerosos enemigos en el mundo de los anticuarios.
Informado por Roberty, Van Rijn reveló la noticia de la existencia del evangelio y añadió que se encontraba «en las garras del comerciante de manuscritos Bruce P. Ferrini», quien estaba atravesando «graves problemas financieros». Después, con absoluta crudeza, advertía a los posibles compradores: «Si lo compran, si lo tocan… ¡se las verán con la justicia!».

Cuevas en el norte de El Minya (Egipto) , la zona donde fueron hallados los manuscritos.
Recuperación del códice de Judas.
Para Roberty, reclutar a Van Rijn «fue decisivo». En febrero de 2001, Tchacos recuperó el códice de Judas y lo llevó a Suiza, donde cinco meses más tarde se reunió con Kasser.
En ese momento, declara Tchacos, Judas pasó de ser una maldición a una bendición. Mientras Kasser comenzaba a descifrar laboriosamente el significado de los fragmentos del códice, Roberty ideó una ingeniosa solución al problema de la procedencia: vender los derechos de difusión y traducción del material, prometiendo a la vez el retorno del documento original a Egipto. La fundación de Roberty, que actualmente controla el manuscrito, ha firmado un acuerdo con National Geographic Society.
Liberada de las preocupaciones de marketing, Tchacos ha empezado a hablar un poco como los místicos. «Todo está predestinado –murmura–. Yo estaba predestinada por Judas a rehabilitar su nombre».
A orillas del lago Ginebra, en la planta de arriba de un edificio anónimo, un especialista deposita con sumo esmero un diminuto fragmento del papiro en el lugar que le corresponde, y parte de una antigua frase se recupera.
Judas, renacido, está a punto de salir a la luz.
El judío errante, el mito de la eterna culpabilidad

El punto de partida de la historia se encuentra en el Evangelio de Juan, en el que se menciona a ciertos personajes que al presenciar el suplicio de Jesús le negaron la ayuda o le mostraron desprecio. Esta litografía ilustra el episodio dedicado a este personaje en la obra de José Coroleu Las supersticiones de la humanidad, editada en 1881.
La figura del eterno caminante aparece en numerosas leyendas. En las grandes religiones se trata de individuos condenados a un perpetuo vagar por haber cometido una blasfemia o haber desobedecido a Dios, como es el caso en el judaísmo de Caín, de Pindola en el budismo o de al-Sameri en el Islam. El cristianismo, por su parte, creó la leyenda del «judío errante».
El punto de partida de la historia se encuentra en el Evangelio de Juan, en el que se menciona a ciertos personajes que al presenciar el suplicio de Jesús le negaron la ayuda o le mostraron desprecio. En otro pasaje también se alude a Malco, criado del sumo sacerdote de Jerusalén, que participó en la detención del Mesías en el huerto de los Olivos.
A partir de estas referencias, en torno a 1228 el benedictino inglés Mateo París escribió una primera versión de la leyenda. Su protagonista era Cartáfilo, un portero del pretorio romano que debía encargarse de ejecutar la sentencia de muerte de Jesús.
Cuando éste cayó en su camino al Gólgota, Cartáfilo lo golpeó, conminándole cruelmente a levantarse y seguir. Jesús le miró severamente y le advirtió que él caminaría a la crucifixión, pero que Cartáfilo caminaría sin descanso hasta el día del Juicio Final. Tras la muerte de Jesús, Cartáfilo, conmovido, se convirtió al cristianismo, tomó el nombre de José y se lanzó a un eterno vagar.

En el siglo XIX aún se publicaban coplas y hojas volantes con grabados del judío errante que contaban su historia. En esta de la izquierda, el judío explicaba: «Tengo 1.800 años; tenía doce cuando nació Jesucristo […] Cielos, qué penosa es mi ronda. Doy la vuelta al mundo por quinta vez; todos van muriendo, y yo sigo con vida». Luego confiesa el pecado que cometió al maltratar a Cristo en la Cruz.
Mensaje antisemita
Desde el siglo XIII, otros relatos semejantes se propagaron por Italia, aunque cambiando el nombre del condenado, que a veces se llamaba Buttadeus, otras Juan de Espera en Dios o bien Giovanni Servo di Dio. Eran personajes de gran diversidad social y no se caracterizaban por su condición hebrea.
En cambio, a partir del siglo XVI la leyenda insistió en presentar al personaje errante como un judío. Sin duda, esta nueva identidad estuvo vinculada al surgimiento del antijudaísmo de masas. Los judíos fueron considerados como causantes de las desgracias sin fin durante las crisis de hambre y epidemias del siglo XIV.
La desconfianza y sospecha condujeron a la aparición sucesiva de los guetos en las grandes ciudades italianas de Venecia y Roma, mientras que los judíos eran expulsados u obligados a la conversión forzosa en la mayoría de reinos europeos, entre ellos España, en 1492.
Paralelamente, se desarrolló la práctica de los viacrucis o caminos de la Cruz, en la que los fieles revivían con máximo patetismo la muerte de Cristo, de la que se culpaba justamente a los judíos. Fue así como tomó forma una leyenda del judío errante de carácter abiertamente antisemita.
El mismo adjetivo de «errante», usual desde finales del siglo XVII, subrayaba el paralelismo entre el protagonista de la leyenda y la experiencia de los judíos de la época, condenados a trasladarse de un país a otro.
Apariciones
Durante el siglo XVI empezó a hablarse de un personaje llamado Ahasvero que podía aparecer en cualquier lugar y momento, y que era en realidad un judío que había sobrevivido desde la época de Jesucristo. Los escasos viajeros europeos que se aventuraban por esos años en Palestina y Jerusalén hallaban siempre de un modo u otro al misterioso testigo de la Pasión.
En su peregrinaje a la ciudad santa, el noble veneciano Carlo Soranzo explicaba cómo fue abordado por un turco en las callejuelas de Jerusalén. El turco, por una módica suma, se ofreció a conducirle en secreto ante un prisionero extravagante.
Se trataba de un individuo alto, con armadura, confinado en una habitación tras gruesas puertas de hierro. Había sido condenado a estar allí, sin comida ni bebida, hasta el Juicio Final. Pasaba los días caminando sin tregua de un cabo a otro del recinto, gimiendo y golpeándose el pecho. Era el judío errante.
En Europa se sucedieron las apariciones de este personaje. En 1604 fue reconocido en Francia por dos jóvenes gascones.
Se trataba de un zapatero, cuya leyenda se acompañó de un cuarteto célebre que presuntamente recitaba el viajero: «Cuando yo contemplo el universo, / creo que Dios me hace servir de ejemplo, / para testimoniar su muerte y pasión, / en la espera de la Resurrección». En 1774 hubo una nueva aparición ante dos burgueses de Brabante, a los que se presentó como Isaac Laquedem.

Un pasaje del evangelio de Mateo pudo servir también de inspiración para la leyenda. En él Cristo declara: «Hay algunos de los que están aquí que no probarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino». Sobre estas líneas, ilustración del poema Ahasvérus, de Edgar Quinet (1833).
El judío en la ficción
La aparición más resonante y multitudinaria se produjo en Hamburgo en 1542, si damos crédito al testimonio de Paul von Eitzen (1521-1598), obispo de Schleswig. Von Eitzen ya se había mostrado interesado por estos fenómenos escatológicos; por ejemplo, había compuesto una obra sobre el viaje de Cristo a los infiernos durante los tres días de su muerte.
En su relato sobre la aparición de 1542, destacó que Ahasvero fue visto por centenares de personas y comunicó sombríos detalles sobre los padecimientos de Jesús y las iniquidades cometidas por Judas Iscariote.
Un texto lo presentaba así: «Escuchaba el sermón con una devoción extraordinaria, con una atención insólita que sólo interrumpía cuando el predicador nombraba a Jesucristo. Entonces este personaje se inclinaba, se golpeaba el pecho y suspiraba con fuerza […] Era un hombre taciturno y reservado, de conversación piadosa, pero que no hablaba si no se le dirigía la palabra.
Empleaba siempre la lengua del país en el que se encontraba, comía y bebía poco y jamás se le vio reír. Si se le ofrecía dinero, no tomaba sino dos o tres sueldos que entregaba de inmediato a los pobres. Mucha gente de diversos países fue a Hamburgo para verlo, y se expresaron diversas opiniones. La más común era que a todos les parecía tener un aire familiar, como de un conocido de antaño».
En el siglo XIX, el mito cobró nueva vida gracias al éxito alcanzado en Francia por la novela de Eugène Sue El judío errante (1845), que imaginaba que este personaje vivía condenado a transmitir el cólera durante sus interminables viajes a lo largo de los siglos.
Añadía una intriga de su cosecha: una familia francesa descendiente de la hermana del judío errante se vio obligada a emigrar de Francia a finales del siglo XVII a causa de su religión protestante. Antes, confiaron su riqueza a un judío y se dieron cita para recuperarla 150 años después, pero debían enfrentarse a una conspiración de los jesuitas que ansiaban hacerse con las riquezas.
Este folletín ofrecía una imagen favorable de los judíos, pero fue plagiado y adaptado en muchos relatos y monografías posteriores que en cambio tomaron un sesgo antisemita. Partes del libro se incorporaron al libelo Los protocolos de los sabios de Sión (1902), en el que el discurso anticlerical se transformaba en un alegato racista contra los judíos y alentaba los pogromos en la Europa oriental.

Vista de Hamburgo. Grabado de Civitates Orbis Terrarum. Frans Hogenberg. Siglo XVI. Biblioteca Nacional, Madrid. La aparición más resonante y multitudinaria del judío herrante se produjo en Hamburgo en 1542, si damos crédito al testimonio de Paul von Eitzen (1521-1598), obispo de Schleswig. En su relato sobre la aparición de 1542, destacó que Ahasvero fue visto por centenares de personas y comunicó sombríos detalles sobre los padecimientos de Jesús.
Tras los pasos de los apóstoles: los viajes de una nueva fe
Alrededor del retablo flotan nubes pintadas en un cielo azul. Pequeñas estatuas ocupan los nichos iluminados con una resplandeciente luz cerúlea. Una mujer vestida con sari azul y el pelo cubierto por un velo morado está arrodillada sobre una alfombra, inmóvil, con los codos pegados al cuerpo y las manos levantadas.
En una iglesia contigua, más grande y más nueva, el pálido fragmento de un hueso no mayor que la uña de un pulgar reposa en un relicario de oro. Una etiqueta identifica la reliquia como perteneciente a santo Tomás. Dice la tradición que en este lugar el apóstol fundó la primera iglesia cristiana de la India, en el año 52 d.C.
En Parur y otros lugares de Kerala, las fachadas y los interiores de las iglesias están decorados con pinturas o esculturas de animales exóticos, plantas trepadoras y figuras míticas. Elefantes, jabalíes, pavos reales, ranas y leones que parecen dragones marcan la atmósfera recargada y claramente no occidental de estos templos cristianos.
Por todas partes se ven iconos de santo Tomás, la Virgen María, Jesús y san Jorge pintados con brillantes colores. Incluso los hindúes rezan a san Jorge, el vencedor del dragón, convencidos de que puede proteger a sus hijos de las cobras.
Los cristianos de Kerala, como los de otros lugares de Asia, África y América Latina, han hecho suya la fe, incorporándole elementos del arte y la arquitectura tradicionales, y símbolos de su propio medio natural.
Así, una estatua que represente a la Virgen flanqueada por dos elefantes a la sombra de una pérgola de hojas de palma parece perfectamente integrada en un paisaje de palmeras del sur de la India.
Tomás, el que necesitaba ver para creer, fue uno de los doce apóstoles, los discípulos más devotos de Cristo a quienes el Mesías envió a difundir la nueva fe por el mundo tras su crucifixión.
Los otros fueron Pedro, Andrés, Santiago el Mayor, Santiago el Menor, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tadeo, Simón y Matías, que reemplazó a Judas Iscariote, el discípulo traidor.
Con el tiempo, los términos «apóstol» y «apostólico» (derivados del griego apostolos, «enviado») se aplicaron también a otros que predicaron la doctrina de Jesús. En el caso de Pablo, él mismo adoptó el título de apóstol cuando Cristo se le apareció y le encomendó la misión espiritual de difundir el cristianismo.
De María Magdalena se dice que fue la apóstol de los apóstoles por ser quien anunció a los doce la resurrección. Aunque solo dos de los cuatro evangelistas (Mateo y Juan) figuraban entre los doce apóstoles originales, Marcos y Lucas también se consideran apóstoles por haber escrito dos evangelios del Nuevo Testamento.

Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, Israel. El sacerdote franciscano Fergus Clarke contempla la tumba de Cristo en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. El interior vacío de la tumba evoca el mensaje de los apóstoles: Jesús se levantó de entre los muertos.
Los años posteriores a la crucifixión
En los primeros años después de la crucifixión, el cristianismo no era más que el germen de una nueva religión, sin una liturgia desarrollada, un método de culto ni un nombre; sus primeros seguidores lo llamaban simplemente «el camino».
Era considerado como una doctrina sectaria más del judaísmo. Pedro fue el primer adalid del movimiento; en los Hechos de los Apóstoles se habla de sus conversiones en masa y sus milagros, como sanar a los cojos y resucitar a los muertos.
En sus primeros tiempos, el movimiento era demasiado insignificante para convertirse en blanco de una persecución a gran escala por parte del poder, y los cristianos, como acabaron llamándose, tenían más fricciones con las sectas judías vecinas que con el Imperio romano.
El primer mártir de la fe, según se narra en los Hechos de los Apóstoles, fue san Esteban, el líder de los siete diáconos ordenados por los apóstoles para atender las quejas de los judíos helenistas (los que hablaban griego pese a vivir en Jerusalén) que protestaban porque en la distribución de las ayudas los judíos hebreos recibían un trato preferente.
Esteban suscitó las iras de la comunidad judía porque siempre ganaba las discusiones y nadie podía enfrentarse a su sabiduría.
Acusado ante el Sanedrín de blasfemia hacia el año 35 con falsos testigos que aseguraban haberlo oído decir que Jesús destruiría el Templo de Jerusalén y acabaría con las leyes de Moisés, la asamblea lo consideró culpable y fue lapidado a las afueras de Jerusalén mientras él oraba por sus verdugos.
Un joven llamado Saulo, que posteriormente pasaría a llamarse Pablo tras su célebre conversión en el camino a Damasco, observó complacido la ejecución de Esteban mientras custodiaba las capas de quienes lo apedreaban.

El muro oeste es todo lo que queda del segundo templo de Jerusalén, destruido por los romanos en el año 70 d.C. Es un lugar sagrado para los judíos y también para muchos cristianos. Los peregrinos dejan a menudo plegarias escritas a mano, que colocan entre los resquicios de la piedra.
En el año 44 el rey Herodes Agripa I encarceló y decapitó a Santiago el Mayor, el primero de los apóstoles en morir. En 64, cuando el gran incendio de Roma destruyó 10 de los 14 barrios de la ciudad, el emperador Nerón, acusado por sus detractores de ser el incendiario, culpó de la catástrofe al movimiento cristiano en expansión y mandó a decenas de fieles a la muerte en su circo privado.
El historiador Tácito escribió: «Una multitud fue condenada, no tanto por el crimen del incendio como por creerla culpable de general aborrecimiento a la especie humana. […] A unos los cubrían con pellejos de fieras para que los despedazaran los perros; a otros los crucificaban, y a otros les prendían fuego». Episodios sangrientos como este se repitieron esporádicamente durante los dos siglos posteriores.
Según la tradición, once de los doce apóstoles padecieron martirio. Pedro, Andrés y Felipe fueron crucificados; Santiago el Mayor y Tadeo murieron a punta de espada; Santiago el Menor fue golpeado hasta morir mientras rezaba por el alma de sus atacantes; Bartolomé fue despellejado vivo y crucificado; Tomás y Mateo fueron alanceados; Matías fue lapidado hasta la muerte, y Simón fue crucificado, o cortado por la mitad según otras fuentes.
Juan, el único superviviente de los doce, tuvo probablemente una muerte apacible, quizás en Éfeso, en torno al año 100.
El monje benedictino e historiador Columba Stewart, de la abadía de San Juan en Minnesota, dice que en los primeros tiempos del cristianismo, «la estructura organizativa, la gran institución de la iglesia (representada para los católicos actuales por el Vaticano y su compleja jerarquía), no existía. Había un grupo apostólico de seguidores de las enseñanzas de Jesús y había esfuerzos misioneros, primero en Jerusalén y luego en Antioquía y en Roma, pero no un poder centralizado. Solo un grupo minúsculo, vulnerable, pobre y a veces perseguido de gente entusiasta».

Iryna Lebedeva, que aquí aparece de rodillas delante de la iglesia de las Bienaventuranzas, viajó desde Ucrania para rendir culto en la colina que domina el mar de Galilea, donde se cree que Jesús pronunció su sermón de la montaña. Su mensaje enalteció a los que parecían más débiles a los ojos del mundo: los pobres, los buscadores de la verdad, los inocentes y los pacificadores.
Los apóstoles fueron los pioneros del movimiento, y difundieron el mensaje por las rutas comerciales del mundo antiguo dejando a su paso pequeñas comunidades cristianas. «Estudiar las vidas de los apóstoles –me dijo Stewart– se parece un poco a lo que hemos hecho con el Hubble: acercarnos lo más posible a las primeras galaxias. Ese fue el Big Bang del cristianismo, cuando los apóstoles salieron de Jerusalén y se diseminaron por el mundo conocido.»
Tomás fue hacia el este, a través de lo que hoy es Siria e Irán, para continuar, creen los historiadores, hacia el sur de la India. Llegó más lejos aún que el infatigable Pablo, cuyos viajes abarcaron gran parte del Mediterráneo. Tomás es el apóstol que mejor representa el impulso de viajar para predicar la nueva fe.
Marcos, el evangelista, también difundió la palabra de Cristo y llevó su mensaje a Egipto, donde fundó la iglesia copta. Pero para algunos católicos, Marcos representa sobre todo al santo como símbolo político, poderosamente vinculado con la identidad de Venecia.
Si Tomás es el símbolo del misionero y Marcos es un pilar político, María Magdalena es el paradigma de la santa mística, asociada a los conceptos de gracia e intercesión divina. Denostada en el pasado por su reputación de prostituta reformada, y venerada hoy por millones de fieles en todo el mundo, fue una figura muy significativa en el círculo más próximo a Jesús.

Todos los viernes, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, los católicos rememoran las últimas horas de Cristo con un vía crucis, una procesión que recorre las estaciones de la cruz, a lo largo de la Vía dolorosa. En estos tiempos la ruta pasa por calles bulliciosas, por lo que el fraile franciscano rené peter Walke lleva un altavoz.
Aunque una tradición sostiene que se retiró a Éfeso y allí murió, otros creen que viajó desde Oriente Próximo hasta el sur de Francia, donde se le rinde culto desde hace siglos.
Pero establecer con certeza científica que María Magdalena viajó a la Provenza o que Tomás murió en la India es prácticamente imposible. Los análisis científicos de las reliquias siempre resultan inadecuados, ya que por lo general solo confirman el sexo y el período histórico a los que pertenecen los huesos.
Los avances en el ámbito de los análisis y la arqueología, junto con el descubrimiento de nuevos manuscritos, seguirán ampliando nuestro conocimiento histórico de los santos, pero gran parte de los indicios continuarán siendo poco concluyentes.
¿Cómo comprender entonces a aquellos individuos si el alcance de la ciencia es limitado? Igual que con la mayoría de los primeros cristianos, debemos remitirnos en gran medida a la leyenda y los relatos históricos, y reconocer el poder que esas figuras míticas ejercen aún hoy, 2.000 años después de su muerte.

Los apóstoles sufrieron castigos, a menudo feroces, por diseminar sus creencias. Santiago el Mayor fue decapitado por orden del rey Herodes agripa I, y a Santiago el Menor probablemente lo mataron a golpes. Ambos son recordados en la catedral armenia de Santiago en Jerusalén, donde una pequeña capilla marca el lugar donde supuestamente recibió sepultura la cabeza de Santiago el Mayor.
El gran misionero
Muchos historiadores creen que Tomás arribó a la costa de Kerala, a un lugar poblado de palmeras que actualmente se llama Cranganore. Una tradición oral dice que fundó siete iglesias en Kerala y que 20 años después padeció martirio al otro lado del país, en Mylapore, hoy un barrio de Chennai.
Se dice que en la iglesia de Palayur, en la ciudad de Guruvayur (estado de Kerala), Tomás levantó la primera cruz de la India y obró uno de sus primeros milagros: al encontrarse con un grupo de brahmanes que arrojaban agua al cielo como parte de un ritual, les preguntó por qué volvía a caer el agua al suelo si su deidad la recibía con agrado.
«Mi dios aceptaría la ofrenda», dijo él. Entonces roció una buena cantidad, y las gotas se quedaron flotando en el aire en forma de relucientes florecillas blancas. La mayor parte del público se convirtió de inmediato; el resto huyó.
Mis guías en Kerala fueron Columba Stewart e Ignatius Payyappilly, un sacerdote de Kochi cuya relación con Tomás es muy personal. Él y su madre estuvieron a punto de morir durante el parto, pero ella y su abuela rezaron fervientemente al santo y se salvaron.
Stewart es el director ejecutivo del Museo y Biblioteca de Manuscritos Hill, perteneciente a su abadía, que conserva manuscritos religiosos de todo el mundo desde 1965. Payyappilly y su pequeño grupo de colaboradores iniciaron en Kerala la labor de digitalizar y preservar miles de hojas de palma inscritas y otros manuscritos.
La suya es una carrera contra un clima húmedo, que destruye los manuscritos si no se cuidan adecuadamente. Desde 2006 el equipo ha acumulado 12 terabytes de información digitalizada: un millón de imágenes de manuscritos.
El documento más antiguo en su poder, una colección de leyes eclesiásticas, data de 1291. Estos documentos extraordinarios son importantes para los cristianos tomasinos, una rama de la tradición cristiana primitiva, pues los vinculan con el fundador de su fe.

Muchos de los casi 3,5 millones de turistas llegados a Israel en 2010 visitaron lugares vinculados a la vida de Jesucristo, como el mar de Galilea. Sus orillas, según dicen los Evangelios, vieron como Jesús encontró a los cuatro pescadores –Pedro, Andrés, Santiago el Mayor y Juan– que se convertirían en los primeros discípulos y en el núcleo de los doce apóstoles.
En la India, Tomás es venerado como un misionero valeroso. En Occidente, representa al creyente que se debate con la incertidumbre.
«La clásica imagen de Tomás es la del hombre que duda –dice Stewart–. Eso es un poco inexacto, porque no fue tanto que dudara de la resurrección, como que necesitaba un encuentro personal con Jesús para que la resurrección fuera real. Por lo tanto, podemos considerarlo más bien pragmático, o una persona con inclinaciones forenses. Era tan experimental que necesitó tocar las heridas de las manos y del costado de Cristo. Y esa experiencia le dio la motivación que necesitaba para hacer cosas asombrosas.»
El momento de incredulidad de Tomás ha resultado ser un arma de doble filo en la historia del pensamiento cristiano. Por un lado, algunos teólogos se apresuran a señalar que su duda es una respuesta humana lógica, pues refleja la incertidumbre, si no el profundo escepticismo, que sienten millones de personas en materias metafísicas.
¿Cómo podemos saber? Para algunos, el hecho de que Tomás cuestionara a Cristo resucitado, le tocara las heridas, y solo entonces creyera, fortalece su fe posterior.
Por otro lado, el hecho de ser el único de los apóstoles que se debate con su propia duda es considerado por otros como un fracaso espiritual, como la necesidad de saber algo que simplemente no se puede conocer de forma empírica, pues en eso precisamente consiste la fe.
En el Evangelio según san Juan, 20:29, el mismo Jesús lo reprende, diciéndole: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».
A pesar de su escepticismo, Tomás continúa siendo el vínculo directo entre sus conversos de Kerala y la historia cristiana fundacional en las costas del Mediterráneo, en la otra punta del mundo conocido del siglo I.
A diferencia de los posteriores grupos cristianos de Asia, que fueron convertidos por misioneros, los cristianos tomasinos creen que su iglesia fue fundada por uno de los seguidores más próximos de Cristo, y ese aspecto es fundamental para su identidad espiritual. «Son una iglesia apostólica –dice Stewart–, y ese es el mejor sello de legitimación posible para un grupo cristiano.»

Desde la Edad Media el Camino de Santiago, que recorre todo el norte de España, lleva a los peregrinos a la supuesta tumba de Santiago el Mayor, en la ciudad de Santiago de Compostela. El año pasado lo hicieron unos 200.000. Algunos coleccionan sellos en los «pasaportes» expedidos por la Iglesia, que acreditan la distancia recorrida. Para otros, la prueba de su viaje es su propia transformación espiritual.
El alma de Venecia
Marcos, el evangelista, está asociado de manera indeleble con el orgullo de una ciudad. Ninguna figura histórica tiene un vínculo más claro con Venecia que su santo patrono. La plaza que lleva su nombre está en el corazón de Venecia, y su basílica es el centro de su antigua fe.
El símbolo de Marcos, el león alado con una pata sobre el Evangelio abierto, es tan omnipresente en Venecia como las góndolas.
A partir del siglo IX, «Viva San Marco!» fue el grito de guerra de los venecianos, y las leyendas del santo se entrelazan con la historia más antigua de la República Veneciana. La tradición dice, sin embargo, que Marcos murió martirizado en Alejandría, en Egipto.
¿Cómo adquirió, pues, tal importancia en una ciudad-estado occidental?
En el delicado equilibrio político de la Italia del siglo IX, una joven potencia destinada a la grandeza no solo debía tener legitimidad militar, sino también divina. A Venecia no le bastaba el santo patrono de tercera categoría que tenía, san Teodoro.
Necesitaba un titán entre los santos. Así nació una maniobra maestra de la política secreta, sin rival en la historia medieval. En el año 828, presumiblemente por orden del dux, dos mercaderes venecianos de nombres Bono da Malamocco y Rustico da Torcello robaron los restos de san Marcos de su tumba en Alejandría.
De vuelta al barco, los ladrones guardaron los restos del santo en una cesta y los cubrieron con trozos de carne de cerdo, prohibida en el islam. Cuando los inspectores del puerto vieron el contenido de la cesta, exclamaron «¡Kanzir, kanzir!» («cerdo» en árabe) y ordenaron a los mercaderes que siguieran su camino.
Cuenta la leyenda que en el viaje de regreso se levantó una gran tempestad cerca de las costas de Grecia, pero san Marcos, cuyos restos estaban amarrados al palo mayor, aquietó la tormenta y salvó la nave.
Aunque embellecido por la leyenda, el osado robo de las reliquias del evangelista dio a la joven república un estatus espiritual comparable, en la cristiandad del mundo latino, a la que tenía Roma con san Pedro. Ese extraordinario golpe de efecto puso en marcha una serie de victorias que hicieron de Venecia una superpotencia.

Se dice que el pequeño hueso custodiado en este relicario de vidrio es un fragmento del antebrazo del apóstol Tomás. Se conserva en Cranganore, en el estado indio de Kerala, cerca de donde se cree que Tomás llegó a la India para difundir el mensaje de Cristo.
Desde los primeros días de la República, «san Marcos fue la bandera de Venecia», me dijo Gherardo Ortalli, medievalista de la Universidad de Venecia y uno de los principales expertos en la figura de san Marcos.
«No creo que haya otros ejemplos de santos tan importantes desde el punto de vista político. Allí donde Venecia dejó su huella, encontramos el león de san Marcos: en Grecia, Creta, Chipre, Alejandría… En la vieja moneda de oro veneciana, el ducato, aparece san Marcos entregando al dux la bandera de Venecia.»
¿Y las reliquias del santo? ¿Son realmente suyos los restos que se conservan en el sarcófago de la basílica de San Marcos de Venecia? ¿Qué hay del cráneo de Alejandría que, según la iglesia copta, pertenece al santo?
¿Y de la reliquia, posiblemente el fragmento de un hueso, supuestamente de san Marcos, entregada por el Vaticano a Egipto en 1968 como disculpa por el robo del siglo IX? ¿Son auténticas algunas de esas reliquias, incluido el diminuto trozo de hueso de la iglesia de Kerala atribuido a santo Tomás?
«No importa si los huesos eran auténticos o no –dijo Ortalli–, porque en la Edad Media la mentalidad era muy diferente. Podía haber 50 dedos de un santo. Eso no era un problema.»

La basílica de San Marcos de Venecia está dedicada al autor del segundo de los Evangelios. Se cree que murió en Egipto y que en 828 sus restos fueron robados de una iglesia de Alejandría por mercaderes venecianos. Durante largo tiempo permanecieron en esta cripta de mármol, pero hoy se guardan en una tumba más ornamentada en la planta principal de la iglesia.
Pero para los científicos, para los no creyentes, para muchos creyentes y quizá para el escéptico santo Tomás, 50 dedos de un mismo santo son un problema. Incluso la Iglesia católica acude a los expertos para analizar, datar y conservar las reliquias que tiene en su poder.
Residente en Génova, Ezio Fulcheri, patólogo y católico devoto, ha estudiado y preservado los restos de muchos santos, entre ellos los de Juan de la Cruz y Clara de Asís. «Cuando hallamos una reliquia que no es auténtica, lo reconocemos –me dijo Fulcheri–. La Iglesia no quiere que se veneren reliquias falsas.»
¿Pero qué pasa con las reliquias de san Marcos que aún no han sido analizadas? Estudiosos, científicos y miembros del clero católico han pedido, sin éxito, que se sometieran a análisis científicos los restos del sarcófago de san Marcos.
Es evidente que la Iglesia tiene muy poco que ganar y mucho que perder con el análisis de unos huesos de tal importancia.
Giorgio Filippi, un arqueólogo contratado por el Vaticano, me dijo que se había opuesto al análisis y datación de las reliquias de san Pablo en Roma, anunciados por el Papa en 2009. «Si el sarcófago hubiera estado vacío o si hubiéramos encontrado dos hombres o una mujer, ¿cuál habría sido la hipótesis? ¿Para qué hay que abrir la tumba de san Pablo? Yo no quise estar presente durante esa operación.»
La investigación subsiguiente permitió recuperar, a través de un orificio de un dedo de anchura perforado en el sarcófago, un fragmento óseo del tamaño de una lenteja, granos de incienso rojo, un trozo de tela morada con lentejuelas doradas, y jirones de otra tela azul.
Análisis de laboratorio independientes de la Iglesia revelaron que las piezas databan del siglo I o II. La datación del siglo I significa que los huesos podrían ser de san Pablo.
Mientras la ciencia no avance hasta el punto de poder revelar detalles más precisos, como que se trataba de un hombre calvo, de baja estatura y procedente de Tarso (el supuesto lugar de nacimiento de Pablo, en la costa de Turquía), es poco probable que podamos acercarnos mucho más a la verdad.Huesos aparte, pregunté a Ortalli si los venecianos rezan a san Marcos, su santo patrono.
«Es mejor rezarle a la Virgen o a Jesús –me respondió–. San Marcos es más complicado. Fuera de la basílica, es difícil encontrar un lugar donde ponerle una vela. Su figura es muy importante y tiene un enorme simbolismo, pero la gente no le pone velas.»
En la Iglesia católica y en la ortodoxa es habitual que los fieles enciendan cirios y los coloquen delante de las imágenes de su devoción para acompañar sus oraciones a los santos. «Como veneciano –prosiguió Ortalli–, san Marcos es parte de mi identidad. Es algo que llevamos en los huesos: tenemos dos pies, y también tenemos a san Marcos. Venecia fue construida con un alma, en cuyo centro se encuentra san Marcos.»
Cuando la República de Venecia finalmente se disolvió, vencida por Napoleón Bonaparte, el grito de dolor y rebeldía que resonó por las calles no fue «Viva la libertà» ni «Viva la repubblica», sino «Viva San Marco».

Se trata de un cráneo que se atribuyó a María Magdalena cuando fue descubierto en el siglo XIII. Los franceses le fabricaron un relicario de oro, que evoca un luminoso espectro de la mujer descrita por la Biblia como una de las seguidoras más fieles de Cristo. la reliquia se conserva en la basílica de Saint-Maximin-la-Sainte-Baume.
La mística apasionada
Al este de Aix-en-Provence, en la pared de un vasto macizo boscoso que domina una altiplanicie, se encuentra la gruta de la Sainte-Baume. Allí, según una tradición católica, pasó los últimos 30 años de su vida María Magdalena.
Desde el aparcamiento, un empinado camino por el bosque conduce hasta la gruta y el pequeño monasterio adyacente. El día que visité la cueva, una mañana despejada de junio, el interior estaba mucho más fresco que el exterior.
Un altar de piedra resplandecía a la luz de las velas en el centro de la gruta, y en las esquinas, irregulares, había estatuas de María Magdalena. Dos reliquias de la santa, un mechón de pelo y el supuesto extremo de una tibia, estaban expuestas en un relicario dorado.
Cuando posteriormente hablé con Candida Moss, profesora de Nuevo Testamento y orígenes del cristianismo en la Universidad de Notre Dame, en Indiana, y particularmente interesada en los protomártires, le pregunté si se han hecho estudios psicológicos sobre las reliquias para saber cuál es la razón de que supuestos huesos de santos sean para los creyentes símbolos tan poderosos.
«Se han estudiado como parte del proceso de duelo por la muerte de alguien –dijo–. Cuando murió mi madre, nos preguntaron si queríamos conservar un mechón de su pelo, y todos aceptamos. Por eso creo que cualquiera que alguna vez haya llorado a alguien comprenderá el porqué de ese interés por los objetos asociados con el ser querido. Y todavía más en las pequeñas comunidades cristianas.»
Me senté durante la misa en uno de los últimos bancos de la gruta de la Sainte-Baume, junto a un puñado de peregrinos y un nutrido grupo de escolares franceses que se cruzaban de brazos para resistir el frío. Después, los sacerdotes Thomas Michelet y François Le Hégaret dirigieron la oración de vísperas.
Cerca de mí estaba Angela Rinaldi, una antigua peregrina y residente en la zona desde 2001. Llegó al lugar por primera vez en compañía del que entonces era su pareja, un moderno chamán atraído por la reputación que la Sainte-Baume tenía entre los practicantes del culto New Age.
Según la tradición local, la cueva fue antaño un santuario donde se practicaban ritos paganos de la fertilidad, y todavía es un centro de peregrinaje para las personas interesadas en la espiritualidad femenina.
Al final, Rinaldi abandonó sus creencias en la New Age y regresó a la fe católica de su infancia, y la peregrina se quedó para ayudar en la pequeña librería del monasterio.
Le pregunté si su percepción de María Magdalena había cambiado durante su estancia en la Sainte-Baume. «Al principio me comparaba mucho con ella –dijo–. Antes mi vida era una búsqueda constante de algo diferente, de otra cosa. Búsqueda de un amor más grande, no solo del amor de otra persona sino de un amor que únicamente puede proceder, creo, de una dimensión espiritual.»
Y prosiguió: «Hay una especie de fuerza en todas partes en este bosque, no solo en la cueva. No tiene nada que ver con la representación que los Evangelios hacen de María Magdalena. Es como una energía que te levanta». Hizo una pausa. «No sé cómo explicarlo –dijo, riendo–. El silencio de la cueva está lleno de vida.»

Según una leyenda medieval, María Magdalena pasó sus últimos años en Francia, rezando y haciendo penitencia en la gruta de la Sainte-Baume. Las monjas del cercano convento dominico, que ven en la santa un ejemplo a seguir, sacan en procesión la reliquia de un hueso que se dice pertenece a sus restos.
La gruta está al cuidado de la orden de los dominicos desde 1295. Ese día yo había comido con Michelet y Le Hégaret en el antiguo refectorio del monasterio, de una sencillez bellísima.
A través de sus ventanas de vidrios emplomados, desde la altitud a la que está el monasterio sobre la pared rocosa del macizo, podían verse intermitentemente kilómetros de bosque y llanura cuando las pausas de la niebla lo permitían.
«Después de la Virgen María –dijo el padre Michelet–, María Magdalena es la mujer más importante del Nuevo Testamento. Y sin embargo los cristianos hablamos muy poco de ella. Es una pena, porque muchos se pueden sentir identificados con esta mujer, que fue una pecadora pero fue elegida por Cristo como primer testigo de su resurrección. No eligió a un apóstol, ni a la Virgen, sino a María Magdalena. ¿Por qué? Quizá porque fue la primera en pedir perdón. Todavía no había llegado la hora de Pedro –dijo, refiriéndose al ascenso de Pedro como obrador de milagros y fundador de la Iglesia católica–. Era la hora de María Magdalena.»
La importancia de ese momento en el Nuevo Testamento, cuando María Magdalena fue testigo de Cristo resucitado, ha sido debatida durante siglos. En el Evangelio según san Juan (Juan 20:1-18) se cuenta que tres días después de la muerte de Cristo, María Magdalena entró en el sepulcro «cuando todavía estaba oscuro» y vio que la piedra que lo cubría había sido «quitada del sepulcro».
Entonces corrió a buscar a los discípulos, que fueron con ella y vieron que la tumba estaba vacía. «Los discípulos, entonces, volvieron a casa. Estaba María junto al sepulcro fuera llorando.» Se quedó, como se había quedado al pie de la cruz.
Cuando volvió a mirar al interior de la tumba, vio dos ángeles en el lugar donde antes yacía el cuerpo de Cristo. «Mujer, ¿por qué lloras?», le preguntaron. Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Entonces, cuenta el Evangelio, se le apareció Cristo resucitado.
Su tenacidad debió serle de gran ayuda, si es verdad que pasó treinta años en esa cueva fría y húmeda de la Provenza. «Esto se conoce como un lugar de penitencia –dijo Le Hégaret–. En invierno es austero. Poca gente sube hasta la cueva. El camino se hiela durante semanas. Los monjes de la Provenza dicen que en la Sainte-Baume o te vuelves loco o te vuelves santo.»
Con Christian Vacquié, el cuidador del bosque del macizo de la Sainte-Baume, visité una cueva más pequeña que contenía restos de neandertales de 150.000 años de antigüedad. Desde fuera, esta cueva y otras cercanas tienen una forma que recuerda el órgano reproductor femenino, lo que ha hecho pensar que en épocas prehistóricas eran centros del culto a la fertilidad.
Protegido por el Estado y apreciado por su rica biodiversidad, este bosque singular ha sido considerado desde hace mucho tiempo como un lugar sagrado. «Una vez, uno de los sacerdotes de la gruta me dijo que él era el mayordomo de María Magdalena, y yo, su jardinero», me contó Vacquié con una sonrisa.
Las creencias populares siguen vinculando el bosque y las cuevas a la fecundidad, y las mujeres acuden desde hace milenios a rezar para tener hijos. Incluso hoy, algunas mujeres se frotan el vientre contra las estatuas de María Magdalena mientras rezan. Estas prácticas no son del agrado de la Iglesia, según me contó Le Hégaret, pero es difícil erradicarlas.
Sobre las paredes de la gruta hay notas y placas que expresan agradecimiento en muchos idiomas. «Gracias, santa María Magdalena, por sanar a mi hija», leo en una de ellas, escrita en francés y fechada en octubre de 1860. Otra dice simplemente: «Merci pour Marion».

La última cena de Leonardo da Vinci, pintura mural que desde 1498 adorna una pared del refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie en Milán, invita a los observadores a contemplar la reacción de cada uno de los doce apóstoles en el momento en que Jesús predijo que uno de ellos lo traicionaría.
Los dominicos regentan un albergue en la llanura, al pie del macizo: la Hôtellerie de la Sainte-Baume, que acoge a peregrinos, estudiantes, investigadores y otros viajeros. Allí hablé con Marie-Ollivier Guillou, novicio dominico y ex marino, que sirvió cuatro años como sacerdote en diversos submarinos franceses antes de ser transferido a este lugar de la Provenza hace dos años.
«Para mí, María Magdalena es la santa del amor –afirmó–. Fue una mujer muy valiente. Estuvo entre los pocos que se quedaron durante la crucifixión. Casi todos los demás huyeron para salvarse, pero María Magdalena se quedó al pie de la cruz, dispuesta a morir por Cristo. En este sentido es el modelo de la vida religiosa.»
Hacia el final de mi estancia en la Sainte-Baume volví a la gruta y subí la corta escalera que conduce al lecho de piedra donde la leyenda dice que durmió María Magdalena; es el único lugar de la cueva que se mantiene seco.
El último de los visitantes ya se había ido, y la niebla entraba por la puerta abierta. De pie en la penumbra, estiré una mano a través de la reja y la apoyé en la piedra. La gruta estaba sumida en un silencio absoluto, salvo por el ocasional goteo de la fuente, el mismo manantial de agua fresca del que quizá bebió la santa.
Cuando le sugerí a Thomas Michelet que tal vez María Magdalena nunca había venido a la Provenza, él me contestó sin alterarse: «Hubo un sacerdote que vivió en esta cueva durante decenios. Decía que aunque era imposible saber si María Magdalena realmente vivió aquí en el siglo I, esa certidumbre era poco importante, porque ella está aquí ahora».
Las reliquias: fe y negocio en la edad media

Relicario de Tomás Becket, asesinado en 1170 por unos lacayos del rey inglés Enrique II y canonizado en 1173. Sus restos se guardan en este relicario, de la catedral de Santa María, en Agnani.
El culto de las reliquias ha sido uno de los elementos más característicos y llamativos del cristianismo desde sus orígenes. Las reliquias se definen como los restos de los mártires o los santos, ya sean corporales –como los huesos, el cabello o incluso tejido orgánico– u objetos asociados con el santo en cuestión y su martirio.
Se guardaban en recipientes especiales, los relicarios, y se colocaban en las iglesias –bajo el altar o en una capilla– para que los fieles los veneraran en el día de cada santo y participaran de la santidad y gracia ligadas a esos restos.
El culto a las reliquias se popularizó inmensamente durante la Edad Media; las gentes esperaban de ellas efectos casi mágicos y no dudaban en peregrinar cientos de kilómetros para alcanzar las más preciadas, las de los apóstoles Pedro y Pablo y otros incontables santos que había en Roma, o la de Santiago en Compostela.
Esta práctica religiosa evolucionó a lo largo del tiempo, como muestra una conocida anécdota de fines del siglo VI. La emperatriz Constantina, hija del emperador Tiberio II y esposa del también emperador Mauricio, pidió al papa Gregorio Magno que le enviase la cabeza o alguna otra parte del cuerpo del apóstol san Pablo para colocarla en la capilla que estaba construyendo en su palacio de Constantinopla.
Pedazos de esqueleto
En su respuesta, el papa le ofreció limaduras de las cadenas que había llevado el mismo san Pablo en su cautiverio y le explicó así la negativa a entregarle la cabeza: «Conozca, mi más serena señora, que la costumbre de los romanos no es, ante las reliquias de los santos, tocar su cuerpo, sino poner un brandeum [una prenda] en una caja cercana al sagrado cuerpo del santo».
El episodio ilustra la idea de que en la Cristiandad occidental, en los primeros siglos de la Edad Media, los sepulcros de los santos no solían ser violados, al contrario de lo que ocurría en Bizancio.
Sin embargo, la realidad contradecía las palabras de Gregorio: cuerpos enteros, y también pedazos de ellos, circulaban por doquier, junto con objetos diversos que en algún momento habían estado en contacto con Jesucristo, la Virgen, los apóstoles u otros santos.

(Lanza de Viena expuesta en el Museo Schatzkammer.)
Paños introducidos en sepulcros, ropas, instrumentos de martirio y tierra del Coliseo –lugar donde se había dado muerte a muchos mártires– salían de Roma en manos de emisarios, peregrinos y mercaderes.
El propio Gregorio Magno había regalado al monarca visigodo Recaredo el cáliz de la Última Cena, hallado en la tumba de san Lorenzo.
En la Alta Edad Media, las catacumbas romanas dieron abundante material a los coleccionistas de reliquias.
En el siglo IX, el diácono Deusdona creó una asociación destinada a su venta y comenzó a exportarlas fuera de Italia. El mercado fue creciendo, pero la materia prima comenzó a escasear.
Así, si al principio el interés se centraba en objetos relacionados con Cristo, los apóstoles o los mártires, luego se extendió a los restos de otros santos, obispos, abades e incluso de reyes y aristócratas que habían mostrado en vida alguna relación con la causa religiosa.
En ocasiones el tráfico se aceleraba.
Durante la cuarta cruzada, el expolio de los templos de Constantinopla procuró, según decía Roberto de Clarí en 1204, entre otras cosas, «dos fragmentos de la Vera Cruz, tan gruesos como la pierna de un hombre y tan largos como una media toesa.
Y se encontró también el hierro de la lanza con la que fue herido el costado de Nuestro Señor y los dos clavos con que clavaron sus manos y sus pies. Y se encontró también la túnica que había llevado y de la que fue despojado cuando lo llevaron al Calvario.
Y se encontró también la corona bendita con la que fue coronado, que era de juncos marinos, tan puntiagudos como hierros de leznas. Y se encontró también el vestido de Nuestra Señora y la cabeza de monseñor san Juan Bautista, y tantas otras reliquias que no podría describirlas».

Lanza Sagrada de Echmiadzin, Armenia.
El mercado de las reliquias
Existía un auténtico ránking de reliquias en función de su valor. Las más apreciadas eran las relacionadas con la vida de Cristo, las reliquias de los apóstoles y los restos de los santos más venerados. Los cuerpos enteros, las cabezas, los brazos, las tibias y los órganos vitales tenían más importancia que otros restos humanos, y su antigüedad incrementaba su valor.
Los lugares con menos santos, y con menos poder económico o político, contaban con objetos de menor relevancia. Con huesos, dientes, pieles, astillas y retales se consagraban altares, se encabezaban procesiones y se elaboraban relicarios. Los clérigos los compraban, incentivados por decretos conciliares en los que se instaba a poseer reliquias para consagrar con ellas los altares.
Los laicos también las adquirían, para tenerlas en sus casas, llevarlas en sus bolsas o colgarlas del cuello. Se entendía que las reliquias ponían en contacto con la divinidad y a muchas se les atribuían poderes sanatorios, e incluso milagrosos.
La demanda incentivó el comercio; muchas reliquias pasaban de un lugar a otro, algunas se fragmentaban para atender todas las peticiones, otras se duplicaban, esto es, se falsificaban.
Así se explica que de la más importante de las reliquias de la Cristiandad, la Vera Cruz o lignum crucis –hallada por Elena, madre de Constantino, y siglos más tarde portada por los templarios en las batallas–, se venerasen tantos fragmentos que, según se dice, con ellos podrían haberse compuesto varias cruces.

El Lignum Crucis (literalmente, madera de la cruz) es una reliquia del cristianismo que se refiere al madero usado por los romanos para crucificar a Jesús de Nazaret.
Otros santos distribuían por sí mismos sus restos, sin necesidad de portadores. Una imaginativa leyenda cuenta cómo en Arlés, al sur de Francia, se conservaba una columna de mármol muy alta, construida justo detrás de una iglesia y teñida de púrpura: era la sangre de san Ginés, un actor convertido al cristianismo en el siglo III al que la «chusma infiel» ató a la columna y degolló.
La historia añadía que, «tras ser degollado, el santo en persona tomó su propia cabeza en las manos y la arrojó al Ródano, y su cuerpo fue transportado por el río hasta la basílica de san Honorato, en la que yace con todos los honores. Su cabeza, en cambio, flotando por el Ródano y el mar, llegó guiada por los ángeles a la ciudad española de Cartagena, donde en la actualidad descansa gloriosamente y obra numerosos milagros».
¿Dos cabezas del Bautista?

Cabeza de Juan Bautista (Fue llevada a Roma desde Grecia por un grupo de monjes en el año 1169)
Para evitar los frecuentes fraudes que ideaban los mercaderes era posible poner a prueba las reliquias: si no obraban un milagro se consideraba que eran falsas. Además, debían ser aceptadas como tales por la Iglesia, pues de lo contrario venerarlas se castigaba con el Purgatorio.
Sin embargo, había reliquias improbables, como el prepucio de Jesucristo, la leche de la Virgen o el cordón umbilical de la misma María, por ejemplo, o bien una pluma del Espíritu Santo, que se conserva en Oviedo, las monedas por las que se vendió Judas, distribuidas en diversos lugares, o el suspiro de san José, que se custodiaba en Blois y hoy se guarda en el Vaticano.
Estos y otros objetos creaban polémicas a menudo. Guiberto de Nogent, un escéptico monje benedictino que vivió entre los siglos XII y XIII, creía imposible que el diente conservado en Saint-Medard fuese de Cristo, pues era dogma de fe que su cuerpo había resucitado; y señalaba el absurdo de que hubiese dos cabezas de san Juan Bautista, una en Saint-Jean-d’Angely y otra en Constantinopla, obviando o ignorando que, en realidad, había varias.
nuestras charlas nocturnas.
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