Jesucristo… (1º parte)…

Basílica de la natividad.
National Geographic(Abel G.M./A.Piñero) — Aparte de Año Nuevo, la festividad más celebrada del mundo probablemente es el 25 de diciembre, día del nacimiento de Jesús de Nazaret, el mesías cristiano: más de dos mil millones de personas la festejan con regocijo.
Sin embargo, de entre todos los hechos relacionados con el cristianismo esta festividad es la que goza de menos fundamentos rigurosamente históricos.
La historicidad de esta fiesta se apoya únicamente en dos de los cuatro evangelios canónicos, los admitidos por la Iglesia. Se trata del conjunto de textos que forman el llamado «Evangelio de la infancia», integrado por los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas, que fueron compuestos entre los años 85 y 90.
El más antiguo de los cuatro evangelios canónicos, el de Marcos, escrito entre 71 y 75, no dice ni una palabra sobre este tema, probablemente porque quien lo redactó no sabía nada seguro al respecto. Y el último que se compuso, el evangelio de Juan, escrito hacia el año 100, lo omite quizá voluntariamente, pues el nacimiento de Jesús no interesa en absoluto a su autor, cuya atención se centra en Jesús como encarnación de la Palabra o Sabiduría divina.
También hablan del nacimiento del mesías los evangelios apócrifos, no reconocidos por la Iglesia, en particular el Protoevangelio de Santiago (escrito hacia el año 150) y el Evangelio del Pseudo Mateo (cuyo texto data del siglo VI, pero incluye leyendas de en torno al año 200).
Hay extractos sobre el alumbramiento del mesías en apócrifos tardíos, de los siglos IX-X, que utilizan leyendas anteriores: el Libro sobre el nacimiento de Jesús, el Libro sobre la natividad de María y el Libro sobre la infancia del Salvador.
Pero estas obras están muy alejadas cronológicamente de los hechos que narran, y sus autores se dejaron llevar continuamente por su fantasía e imaginación.

«La adoración de Cristo niño». Sandro Botticelli dio este nombre al óleo del que aquí vemos un detalle. A la izquierda, al fondo, representó la huida a Egipto. Hacia 1500. Museo de Bellas Artes, Houston.
Una infancia prodigiosa
Las iglesias cristianas han elaborado una historia de la concepción y nacimiento del mesías entrelazando sobre todo las narraciones de Mateo y Lucas. La representación más vívida de este relato mixto se plasma en los populares «belenes» o «pesebres». Desde la Edad Media, sus imágenes pusieron a disposición de un público cristiano analfabeto el núcleo más interesante de estos dos evangelios.
Nunca faltan en ellos el nacimiento de Jesús en una cueva, en la que siempre están el buey y el asno o la mula, y tampoco la adoración de los pastores, el malvado Herodes y los tres reyes magos, con sus nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar (muy tardíos, pues se fijaron en torno al siglo V).
Sólo faltan la matanza de los inocentes ordenada por el monarca judío y la huida a Egipto de la familia de Jesús para escapar de la masacre.
En realidad, los relatos de Mateo y Lucas son tan diferentes entre sí que parecen relatar el nacimiento de personajes distintos: es como si estuvieran contando los orígenes no del mismo héroe, sino de dos. Las fuentes de ambos son muy diferentes y a menudo contradictorias: las genealogías, los hechos y las circunstancias narrados en uno y otro son imposibles de casar entre sí. Mateo habla de los magos, del malvado Herodes, del episodio de los inocentes y de la huida a Egipto, cosas que ignora Lucas.
Éste, a su vez, cuenta otras, como la visita de María a su pariente Isabel (madre de Juan el Bautista) o la adoración de los pastores, de las que nada sabe Mateo.
Es muy probable que los datos ofrecidos en estos relatos de la infancia empezaran a recogerse muchos años después de la muerte de Jesús, acaecida en el año 30 o en el 33, cuando ya no vivía nadie, o casi nadie, que pudiera confirmar si tales noticias sobre su nacimiento e infancia eran reales o imaginarias.
Este proceso no es extraño, pues lo mismo ocurrió con la inmensa mayoría de los personajes importantes de la Antigüedad judía y grecorromana, como Moisés, Pitágoras, Platón, el emperador Augusto e incluso Alejandro Magno.
Una vez muertos, se recopilaron «historias» de sus prodigiosos nacimientos y peripecias infantiles, cuando nada seguro se sabía de ellos. Con Jesús sucedió lo mismo: cuando, además de su trascendencia teológica (como mesías y salvador, sentado a la derecha del Padre y juez de vivos y muertos), se consideró extraordinaria su vida en este mundo, creció el deseo de saber algo de su nacimiento e infancia, pues de su vida pública se sabía lo suficiente.

Melchor señala la estrella que ha guiado a los magos a Belén. Rijksmuseum, Ámsterdam.
Mateo y Lucas, un enigma
Se puede afirmar que los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas fueron añadidos cuando ya se habían compuesto los dos evangelios. Hay una sólida razón para sostenerlo: en el resto de ambos evangelios, los personajes principales no parecen tener ni la menor idea de lo que ha ocurrido anteriormente, es decir, no saben nada de la infancia de Jesús.
María, su madre, no muestra el menor conocimiento de que el nacimiento de su hijo hubiera sido portentoso, virginal; de que ya desde muy pequeño Jesús, de doce años, sabía que «debía ocuparse de las cosas de su Padre».
También ignora que Jesús había sido declarado mesías desde su concepción misma («el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios», le anuncia el ángel Gabriel a María en Lucas 1, 35) y que estaba destinado a grandes empresas en Israel; más bien pensaba, como su familia, que estaba fuera de sí, como cuenta Marcos (3, 20).
Dos razones pudieron llevar a Mateo y Lucas (o, más plausiblemente, a otros autores, ya entrado el siglo II) a añadir estos capítulos. La primera, que quienes los escribieron habían caído en la cuenta de que el primer evangelista, Marcos (a quien copian en parte), había producido una «biografía» imperfecta de Jesús, ya que faltaban los primeros pasos del héroe en este mundo.
La segunda, indicar que Jesús, como otros grandes personajes de la Antigüedad, tuvo una infancia prodigiosa, más trascendental incluso que la de los héroes paganos, dioses o semidioses.

Realización de un censo romano en el relieve de Domicio Ahenobarbo, procedente del Campo de Marte, en Roma. Siglo I a.C. Museo del Louvre, París.
¿Nacido en Belén o en Nazaret?
Según dice el evangelista Mateo, «nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes» (2, 1). Según Lucas, «subió José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén […], y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron [a María] los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito» (2, 4-7).
Pero los otros dos evangelistas, Marcos y Juan, presuponen o dan a entender que el nacimiento de Jesús ocurrió en Nazaret, en la región de Galilea. Era una tradición bien asentada, pues a Jesús jamás se le llamaba «Jesús de Belén», sino «de Nazaret».
El evangelio de Juan muestra que algunos dudaban de que Jesús fuera el mesías porque no había nacido en Belén: «¿No dice la Escritura que el Cristo [es decir, el ungido o Mesías] vendrá de la descendencia de David y de la ciudad de Belén?» (7, 41).
Este último texto apunta que, tanto entre los cristianos como entre sus enemigos, había una pugna entre dos tradiciones que hacían provenir al mesías de Belén o de Nazaret.
Parece más verosímil pensar que la realidad se encuentra en la tradición del evangelio de Marcos: «Salió de allí y vino a su patria», es decir, a Nazaret (6, 1). Y también en el evangelio de Juan, cuando el apostol Felipe le dice a Natanael (el futuro apóstol Bartolomé): «Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas; es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret», y Natanael le contesta: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?» (1, 45-46).
En este mismo evangelio, cuando Jesús acude a Jerusalén en la fiesta del sukkot o de las cabañas y los guardias no lo detienen creyéndole un profeta, los fariseos le dicen a uno de ellos: «Indaga y verás que de Galilea no ha salido ningún profeta» (7, 52).
Lo más probable es que Jesús naciera en Nazaret, un pueblo oscuro y desconocido. Sólo pasados los años, cuando se creyó que era el mesías, se compuso la historia de su nacimiento en Belén para que se cumplieran las profecías, sobre todo la de Miqueas: «Y tú, Belén de Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá quien señoreará a Israel, cuyos orígenes serán de antiguo» (5, 2).
De ahí que Mateo haga vivir a los padres de Jesús en Belén, mientras que Lucas los presenta morando en Nazaret y trasladándose a Belén porque un censo romano obligaría a José a empadronarse allí, donde había nacido.

Según una tradición, José no halló alojamiento en Belén y por esta razón María alumbró a Jesús a las afueras de dicha localidad. Ilustración por James Tissot para La vida de Cristo. Hacia 1886-1894.
¿En que año nació Jesus?
¿Jesús nació en el año 1 de nuestra era? Posiblemente no. Esta fecha sería un error del monje Dionisio el Exiguo, que vivió en el siglo VI. Por entonces se fechaban los años según la llamada «era de Diocleciano», desde el comienzo del reinado de este emperador, que había perseguido a los cristianos.
Por ello, Dionisio pensó que había que modificar la manera como los cristianos numeraban los años, y decidió tomar como «año 1» la fecha del nacimiento de Jesús.
Según los evangelios de Mateo y Lucas, Jesús había nacido en tiempos de Herodes, y Dionisio determinó que este rey había muerto en el año 753 a.u.c., ab urbe condita, es decir, desde la fundación de Roma, un hecho que constituía la referencia universal para el cómputo del tiempo en Occidente.
Según Dionisio, Jesús habría nacido en los últimos días de aquel año, de manera que el día 1 de enero del año 754 a.u.c. sería el primero de la era cristiana, esto es, del año 1 d.C. o después de Cristo. Sin embargo, sabemos que Herodes murió en el año 750 a.u.c.
Si a esta fecha le añadimos uno o dos años (los que se dice que Jesús vivió en Belén antes de la matanza de los inocentes), tenemos que Jesús nació en 748 0 749 a.u.c., es decir, cinco o seis años antes de la fecha calculada por Dionisio. Así pues, Jesús habría nacido en el año 6 o en el 5 a.C.
También puede que Dionisio no estuviera equivocado, sino que hubiera escogido una fecha simbólica aproximada. En la Antigüedad, al número 7 se le concedía un gran valor simbólico, así como al número 27. Como múltiplo del 3 y del 9, el 27 desempeñó en la Antigüedad un papel importante en la explicación de la formación del universo desde una obra de Platón, el Timeo.
El 27, además, era fundamental en la proporción de los edificios sagrados y públicos de la arquitectura romana. Así, el número 7(00) + 27 + 27 = 754 era mucho más significativo que el 748 o el 749 para designar el cambio más importante en la historia del mundo, la venida de Jesús.
Es probable, pues, que Dionisio tomara la decisión, en contra de la cronología, de hacer coincidir su nacimiento con el número sagrado más cercano. En cuanto al día en que nació Cristo, los evangelistas no dicen nada. No sería invierno, pues el evangelio de Lucas dice que los pastores guardaban sus rebaños al aire libre.
El 25 de diciembre es arbitrario, como reconoce la propia Iglesia, que escogió esa fecha para contrarrestar la fiesta pagana del Sol Invicto. ¿Superpuso la Iglesia el nacimiento de Jesús al del dios Mitra, nacido también el día 25? Esta suposición es insegura, porque no hay un solo texto de la Antigüedad que afirme que Mitra naciera ese día.

«La estrella se detiene sobre Belén». Ilustración por William Ladd Taylor para la Biblia de los niños, de Charles Scribner. 1922.
¿Acudieron a Belén tres reyes magos?
Mateo cuenta en 2, 1-12 cómo «unos magos» adoran a Jesús y le ofrecen dones, pero todo lo que sabemos de ellos se reduce a este relato. Otros detalles son expansiones posteriores, fantasiosas, de los evangelios apócrifos; por ejemplo, que los magos eran reyes y que eran tres.
La palabra «magos» tenía dos significados: que practicaban la magia negra o blanca, o bien que eran sacerdotes del zoroastrismo, la religión de Persia, y a la vez estudiosos de los astros y de su repercusión en los humanos, la astrología.
Los magos preguntan por «el rey de los judíos que ha nacido»; con ello, Mateo afirma que Jesús es el rey verdadero del mundo y no el emperador romano. Aunque este evangelista no habla de Jesús como Hijo de Dios, sino sólo indirectamente al señalar que los magos «se postraron y lo adoraron», los lectores de su evangelio ya han leído en un pasaje anterior que su concepción fue obra del Espíritu Santo.
Los magos, dice Mateo, «venían del Oriente», y si eran «magos», procederían de Persia. Otros estudiosos han pensado que eran magos de Arabia, pues ofrecen a Jesús «dones de oro, incienso y mirra», y el oro y el incienso eran los regalos que, según profetizó Isaías (60, 6), traerían los pueblos de esa región a Jerusalén como regalo al rey y alabanza a Dios.
Con todo, la historicidad del relato de los magos es nula y la Iglesia misma lo reconoce. El texto de Mateo está plagado de inverosimilitudes intrínsecas: una estrella de Oriente que aparece sobre Jerusalén y gira al sur hacia Belén, donde se detiene, habría constituido un fenómeno sin paralelo en la historia astronómica; sin embargo, las crónicas de entonces no la registraron.
El modo en que se comporta el astuto Herodes es increíble: no hace ningún intento por seguir a los magos que pretenden adorar a un rey opositor, y su policía es incapaz de descubrir a qué niño han visitado tres grandes magos en una pequeña localidad.
El relato de los magos no se puede conciliar con el evangelio de Lucas, donde quienes adoran a Jesús son pastores y no se mencionan la intervención de Herodes, la matanza de los inocentes ni la huida de la familia de Jesús a Egipto, los otros episodios que relata Mateo.
El mensaje teológico de este evangelista es claro: Jesús nace en la ciudad de David para que se cumplan las profecías referidas al rey-mesías, es decir, al salvador no sólo de Israel, sino de todo el mundo.
Es un rey tan importante que su nacimiento es anunciado por una estrella, y Dios revela este hecho a gentes no judías: los magos representan a todos los gentiles que creerán en la predicación sobre Jesús como salvador.

«Adoración de los magos». Gaspar ofrece oro en una taza de porcelana; Baltasar, una copa de ágata llena de mirra, y Melchor, un incensario. Andrea Mantegna. 1495-1505. Museo J. Paul Getty.
¿Mató Herodes a recién nacidos?
Cuenta Mateo que el rey Herodes, informado por los magos del nacimiento de un rival, mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén, para suprimir aquella amenaza. Hay quien sostiene que la historia sucedió como la narra Mateo y encaja con la crueldad de Herodes.
Sabemos, por ejemplo, que viéndose el rey a punto de morir ordenó a su hermana Salomé que reuniera en el anfiteatro de Jericó a trescientas personas de las familias más ilustres del país y las acribillaran a flechazos: «Así, cuando yo muera, el país llorará de verdad, porque tendrán también de qué lamentarse», dijo.
Sin embargo, la mayoría de los comentaristas, incluidos los católicos, sostienen que la narración de Mateo es pura fantasía, una tradición popular cristiana, o mejor una «historia teológica» compuesta por Mateo o por algún desconocido basándose en textos del Antiguo Testamento aplicados simbólicamente a Jesús.
La matanza de inocentes se enmarca en el relato de los magos de Oriente, que es absolutamente legendario. Además, en las narraciones posteriores de la vida pública de Jesús no encontramos rastro alguno de un acontecimiento tan extraordinario.
Por otra parte, este relato y la huida a Egipto que emprenden José y María con Jesús, después de que un ángel les diga que Herodes quiere matar al niño, no casan en absoluto con lo que afirma Lucas, quien dice que, poco después del nacimiento de Jesús, su familia regresó a Nazaret sin el menor incidente: «Así que cuando cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor [la presentación del niño Jesús en el templo de Jerusalén y la purificación de María], volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret» (2, 39).
Este episodio es ignorado en la detallada narración de los últimos días de Herodes que el historiador judeorromano Flavio Josefo hace en sus Antigüedades de los judíos. De muy pocos personajes de la Antigüedad grecorromana tenemos un relato tan minucioso del final de un rey, y si ese suceso hubiese ocurrido en realidad, el historiador lo habría recogido con absoluta seguridad en su historia.
La tradición sobre el número de muertos de la matanza varía. La más seria habla de unos veinte niños, calculando que Belén tendría unos mil habitantes por aquella época. En el siglo II, Justino Mártir, en su Diálogo con Trifón, no menciona ninguna cifra. Sin embargo, la liturgia bizantina de la Iglesia ortodoxa habla de 14.000, y ciertos santorales de la Iglesia siria antigua mencionan 64.000.

Herodes el Grande. Relieve tallado en mármol y policromado. Lado norte del cerramiento del coro de Notre Dame de París. Siglo XIII.
La huida a Egipto y el regreso a Israel
Los estudiosos suelen sostener que la historia de los magos acababa con la matanza de los inocentes, y que Mateo añadió como epílogo la historia de la huida de la Sagrada Familia a Egipto.
Según el evangelista, cuando murió Herodes, un ángel dijo a José que volviera a Israel con su familia, «pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, [José] tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliese el oráculo de los profetas: “Será llamado Nazareo”» (2, 21-23).
En realidad, este último término no deriva de Nazaret; seguramente Mateo, para evocar la misión divina de Jesús, utilizó dos palabras de tono mesiánico: nazir / nazoreo, que significa «consagrado» o «santificado para Dios», como lo fueron Sansón y Juan Bautista; y néser, «vástago» o «retoño», de David, según la profecía de Isaías: «Saldrá un renuevo del tocón de Jesé [padre de David] y de su raíz brotará un vástago» (11, 1).
Los creyentes dicen que todo el episodio de la huida a Egipto debe entenderse como algo que realmente ocurrió, y también como un símbolo.
El retorno de la Sagrada Familia a Israel habría sido predicho por el regreso de los judíos de su exilio en Babilonia: allí los había enviado el rey Nabucodonosor II en 589 a.C., cuando arrasó Jerusalén, y allí permanecieron hasta que el rey persa Ciro les permitió volver a su tierra en 500 a.C.
Mientras que con la adoración de los magos Mateo había simbolizado la aceptación del mensaje de Jesús por los paganos, la matanza ordenada por el rey Herodes simbolizaba claramente el rechazo por parte de las autoridades judías de la revelación divina que aporta Jesús.
Esta historia sería, además, un adelanto de la historia de la pasión. Del mismo modo que Dios libró a su hijo de la muerte llevándoselo a Egipto, y trayéndolo otra vez a Israel, años más tarde las autoridades judías y los habitantes de Jerusalén intentaron acabar con Jesús crucificándolo, pero no fueron capaces de destruirlo, porque resucitó: Dios había librado a su Hijo no permitiendo que su vida acabara en el sepulcro.
Según Mateo, la estancia de Jesús en Egipto tuvo lugar cuando era muy niño. Por tanto, carece de todo fundamento histórico la tradición judía que, forjada a partir del Talmud (los comentarios de los rabinos de los siglos V-VII sobre los textos bíblicos), afirmaba que Jesús había aprendido en Egipto artes mágicas, se había tatuado sortilegios… y había ejercido como mago durante su vida pública, engañando al pueblo.

«La huida a Egipto». El pintor italiano Jacopo Bassano recreó en este óleo el episodio relatado por Mateo. Siglo XVI. Museo Cívico, Bassano del Grappa.
En qué año nació jesús según la historia
Mucho se ha escrito sobre Jesús de Nazaret y la verosimilitud de su vida e incluso de su propia existencia. Aunque hoy en día es ampliamente aceptado que dicho personaje fue real -independientemente de su aspecto místico-, los datos que nos llegan sobre él son a menudo contradictorios e interpretados con una finalidad religiosa; pero a través de un examen y una criba de aquellos que son pura invención intencionada, podemos deducir algunas cosas como, por ejemplo, la fecha de su nacimiento.
Las fuentes principales que tenemos sobre el nacimiento de Jesús son los Evangelios y estos nos ofrecen dos datos incompatibles. Por un lado, los evangelistas Mateo y Lucas fechan su nacimiento “en los días de Herodes el grande”.
Este fue rey vasallo de Roma entre los años 37 y 4 a.C. -fechas que sí sabemos con exactitud por los registros romanos- y, según los evangelios, reinó todavía uno o dos años en vida de Jesús, que por lo tanto habría nacido el año 5 o 6 a.C..
Sin embargo, el mismo Lucas señala que en el año de su nacimiento, el emperador Augusto ordenó realizar un censo de la población, del cual se encargó el gobernador de Siria, Publio Sulpicio Quirino.
Pero el historiador Flavio Josefo sitúa este censo 37 años después de la batalla de Actium -que enfrentó a Octavio, el futuro Augusto, contra Marco Antonio y Cleopatra-, es decir, en el año 6 o 7 d.C..
Además, aunque Judea fuera un reino vasallo, seguía siendo gobernado por una dinastía autónoma y los súbditos pagaban sus tributos a su rey, no al emperador romano: sólo cuando se convirtió efectivamente en provincia romana en el 6 d.C. habría tenido sentido realizar tal censo.

Por lo tanto, entre los dos anclajes cronológicos que se dan para el nacimiento de Jesús, hay como mínimo una diferencia de diez años.
Ateniéndonos al registro de Flavio Josefo y a las repetidas menciones al rey Herodes, es más seguro tomar como referencia válida la que señala el nacimiento en vida de este rey y, por lo tanto, situarlo alrededor del año 6 a.C..
La fecha incorrectamente considerada como año 1 fue establecida -ya fuera por accidente o intencionadamente- en el siglo VI por un monje bizantino llamado Dionisio el Exiguo, quien diseñó un nuevo sistema de datación de los años para separar la era pagana de la cristiana: el Anno Domini -“año del Señor”, es decir, del nacimiento de Jesús-, en sustitución de la datación romana ad Urbe condita -“desde la fundación de la ciudad”, es decir, de Roma.
Si el año de nacimiento de Jesús cuenta al menos con algunas referencias, no se puede decir lo mismo del día. El 25 de diciembre, la fecha elegida para celebrar su natalicio, es con toda seguridad una elección intencional, ya que ni siquiera las fuentes religiosas primarias mencionan tal día.
De hecho, en los primeros tiempos del cristianismo, la celebración de la natividad de Jesús -la Navidad- ni siquiera fue importante. La primera referencia al 25 de diciembre data de la época del emperador Constantino, quien legalizó la práctica del cristianismo.
Sólo a partir de entonces el proselitismo de esta religión estuvo permitido y, con esto, surgió la preocupación por la conversión de la población pagana: es por ese motivo que mucha de la tradición cristiana está elaborada para ser fácilmente interpretada y aceptada por un público de cultura grecorromana.
El 25 de diciembre ya era la fecha convencional cuando Dionisio el Exiguo elaboró su datación. La elección de este día se debía a que era la fiesta del Sol Invicto, un dios oriental que había sido elevado a culto oficial del Imperio por parte del emperador Aureliano a finales del siglo III. A partir del reinado de Constantino y especialmente de Teodosio -quien hizo del cristianismo la religión oficial- los esfuerzos de evangelización implicaron la superposición de las celebraciones cristianas a las paganas para facilitar la conversión.
También con este fin se identificaron muchos aspectos del cristianismo y del propio Jesús con los dioses antiguos: la elección del Sol Invicto servía como metáfora de que Jesús era el nuevo “sol” que había venido a iluminar el mundo.

En el siglo XVII, Georges de la Tour pintó «La adoración de los pastores», un episodio que se relata en el evangelio de Lucas. Museo del Louvre, París.
Los evangelios de la infancia de jesús
I. Diferencias
lucas ignora el relato de Mateo sobre la adoración de los magos, la matanza de inocentes por Herodes y la huida de la familia de Jesús a Egipto.
Por su parte, Mateo desconoce lo que cuenta Lucas sobre la concepción y el anuncio del nacimiento del Bautista, la visita de María (futura madre de Jesús) a Isabel (embarazada del Bautista), los cantos del Magnificat y el Benedictus, la visita de los pastores, la presentación de Jesús en el Templo y las profecías de Simeón y Ana en ese momento.
Según Lucas, José y María viven en Nazaret y van a Belén para censarse; Mateo no habla de una venida a Belén, ya que José y María viven allí.
II. Ecos del pasado
Diversas escenas reelaboran historias del Antiguo Testamento. Así, en Mateo, el intento de Herodes de acabar con Jesús y la matanza de los inocentes se corresponden con el relato, en el Éxodo, del faraón que quiso matar a Moisés niño y a los hijos de los israelitas.
También en Mateo, el sueño de José, padre de Jesús, y la marcha a Egipto son semejantes a la historia del patriarca José en el Génesis, que recibe revelaciones divinas en un sueño y debe ir a Egipto.
En Lucas, la descripción de Zacarías e Isabel, padres del Bautista, proviene de la descripción de Abraham y Sara en el Antiguo Testamento.

La presentación en el templo. Por giovanni bellini. Temple sobre tabla. hacia 1470-1480. Pinacoteca Querini-stampalia, Venecia.
III. Prodigios
Esta reelaboración del pasado contaba con muchos precedentes. Una vez que pasados los años se conocía la grandeza de un personaje, se confeccionaba a base de tradiciones más o menos fiables, o incluso de leyendas, una historia de su nacimiento en la que se ponían de relieve las circunstancias prodigiosas, maravillosas, divinas…de tal nacimiento.
Así ocurrió con el rey persa Ciro el Grande (cuya historia narra Heródoto), con Alejandro Magno (según cuenta Plutarco) o con el filósofo, predicador ambulante y taumaturgo Apolonio de Tiana (relatada por Filóstrato).
Evangelios apócrifos, la otra vida de jesucristo
La historia del cristianismo y el relato bíblico ha sido motivo de discusión durante cientos de años. La Iglesia defiende la actual Biblia como el libro esencial del catolicismo, pero existen otros documentos, como el famoso Evangelio de Judas, que contradice esta versión oficial de los hechos y pone en el punto de mira la veracidad histórica de lo relatado y confirmado.
Pablo de Tarso no perteneció al círculo inicial de los doce apóstoles de Jesús de Nazaret, pero sus escritos constituyen la base de la mayor parte de la fe cristiana. Para él, lo verdaderamente importante en la vida de Jesús fue su muerte y resurrección.
Sin embargo, algunos seguidores de Pablo, como los evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan, le enmendaron la plana: consideraban que la vida de Cristo también tenía importancia, y por ello compusieron sus evangelios.
Pero con el paso del tiempo estas «vidas de Jesús» se quedaron muy cortas en detalles para los lectores, ávidos de saber más sobre el Mesías.
Los autores de los evangelios apócrifos intentaron llenar con sus historias los huecos que dejaban los cuatro evangelios aceptados por la Iglesia. Por ello abundan en datos sobre la vida oculta de Jesús y transmiten detalles de sucesos recogidos por los evangelistas. Por ejemplo, es en los apócrifos donde se dice que los Magos de Oriente eran reyes y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar.

«Llegada de los magos a Belén». Óleo por el pintor francés Octave Penguilly L’Haridon. Hacia 1864. Museo de Bellas Artes, Reims.
La desconocida historia de la Verónica
Algo parecido sucede con la Verónica, la mujer que enjugó con un lienzo el rostro de Cristo mientras caminaba hacia la cruz.
Su historia y su nombre sólo aparecen en el evangelio de Lucas: «Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron!».
Pero este pasaje supo a poco a la piedad cristiana, que lo transformó en la historia siguiente, recogida en el apócrifo Muerte de Pablo: «Cuando mi Señor se iba por ahí predicando, y yo carecía de su presencia muy a pesar mío, quise que me pintaran su imagen, para que, mientras me veía privada de su presencia, me diese al menos consuelo su figura. Y cuando llevaba el lienzo al pintor para que me la pintara, mi Señor me salió al paso y me preguntó a dónde iba. Cuando le expliqué la causa de mi marcha, me pidió el lienzo y me lo devolvió señalado con la imagen de su venerable faz. Por consiguiente, si alguien mira con devoción su aspecto, obtendrá el beneficio de su curación». De hecho, «Verónica» es un vocablo grecolatino: vero icono, que significa «verdadera imagen» de Jesús.

La crucifixión apócrifa de Jesucristo
En el episodio de la crucifixión de Jesús, los apócrifos también rellenan las lagunas de los evangelios canónicos.
Según estos últimos, a la izquierda y a la derecha de Jesús fueron crucificados dos bandoleros, que es como los romanos llamaban a los sediciosos que se oponían a su poder. El Evangelio de Nicodemo nos proporciona los nombres de estos bandidos.
Allí se refiere que el prefecto romano Poncio Pilato, tras oír que los judíos desean la muerte de Jesús, decreta su muerte: «Tu raza te ha rechazado como rey. Por eso, he decidido que en primer lugar seas azotado según la costumbre de los reyes piadosos, y luego seas colgado en la cruz en el jardín donde fuiste apresado; y que los dos malhechores Dimas y Gestas sean crucificados juntamente contigo».
Uno de los episodios que más llaman la atención en la pasión de Jesús sólo aparece en el Evangelio de Juan: la lanzada de un soldado romano al costado de Jesús para hacer que su muerte acaeciera de manera segura. En este texto, el soldado es un personaje anónimo, pero el Evangelio de Nicodemo y una presunta Carta de Pilato a Herodes Antipas nos revelan su nombre, Longino, y su cargo, centurión.
Jesús en los infiernos
Entre la muerte y resurrección de Jesús hay un oscuro episodio, que no aparece en los evangelios, pero sí en un par de breves alusiones de un escrito canónico, la Primera epístola de Pedro (3,19; 4,6): el descenso de Jesús a los infiernos.
Este hecho se desarrolla en la segunda parte de un apócrifo, el Evangelio de Nicodemo.
Unos cuantos sacerdotes, un levita y un doctor de la Ley cuentan cómo en el retorno de Galilea –donde habían sido testigos de la ascensión de Jesús hasta Jerusalén– les salió al encuentro una gran muchedumbre de hombres vestidos de blanco, que resultaron ser los resucitados con Jesús.
Entre ellos reconocieron a dos que se llamaban Leucio y Carino, que les contaron los maravillosos acontecimientos tras la muerte del Maestro, entre ellos su visita a los infiernos.
El comienzo de la narración suena así: «Estábamos nosotros en el infierno en compañía de todos los que habían muerto desde el principio. Y a la medianoche amaneció en aquellas oscuridades como la luz del sol, y con su brillo fuimos todos iluminados y pudimos vernos unos a otros. Y al punto nuestro padre Abraham, los patriarcas y los profetas y todos a una se llenaron de regocijo y dijeron entre sí: “Esta luz proviene de un gran resplandor”. Entonces el profeta Isaías dijo: “Esta luz procede del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”».
Los antiguos patriarcas comenzaron a regocijarse de inmediato con la liberación que se les avecinaba, mientras que Satán prevenía a sus huestes a fin de que se prepararan para «recibir» a Jesús.
Satán mandó reforzar las puertas del infierno, pero al conjuro de una voz celestial «se hicieron añicos las puertas de bronce, los cerrojos de hierro quedaron reducidos a pedazos, y todos los difuntos encadenados se vieron libres de sus ligaduras, nosotros entre ellos». Entonces «penetró dentro el rey de la gloria en figura humana, y todos los antros oscuros del infierno fueron iluminados. Enseguida se puso a gritar el Infierno mismo: “¡Hemos sido vencidos!”».
Jesús tomó por la coronilla a Satanás y se lo entregó al mismo Infierno para que lo mantuviera a buen recaudo. Luego condujo a todos los patriarcas fuera del oscuro antro, comenzando por Adán y siguiendo por Henoc, Elías, Moisés, David, Jonás, Isaías y Jeremías, Juan Bautista…

La otra Iglesia
Así pues, los evangelios apócrifos satisfacían el interés de los primeros cristianos por la vida de su Maestro, alimentando su curiosidad con todo tipo de anécdotas que los escuetos evangelios canónicos no proporcionaban.
Pero esta diversidad de testimonios y relatos sobre la vida de Cristo reflejaba una realidad que ya debió de darse al poco de su muerte.
Así lo manifiesta el propio Evangelio de Lucas, que comienza con las palabras dirigidas por su redactor a un personaje llamado Teófilo: «Ya que muchos han intentado escribir la narración de los sucesos que se han cumplido entre nosotros, […] pareciome también a mí, después de haberme informado de todo exactamente desde su origen, escribírtelos por su orden, dignísimo Teófilo, a fin de que conozcas la verdad de lo que se te ha enseñado».
El texto, compuesto hacia los años 95-100, nos indica que circulaban múltiples tradiciones sobre la vida de Jesús cuando habían transcurrido unos setenta años de su muerte en la cruz, ya que el autor aspiraba a ofrecer «la verdad» respecto a lo mucho que se decía sobre la cuestión.
En tal sentido, los apócrifos sirven para contrastar datos o dichos de Jesús que ofrecen los evangelios aceptados por la Iglesia. Así, pueden hacer surgir dudas sobre la corrección de algunos pasajes canónicos.
Es sabida, por ejemplo, la divergencia en la tradición aceptada por la Iglesia sobre quién fue la primera persona a la que Jesús se apareció tras su muerte: según Pablo de Tarso, fue el apóstol Pedro; según los evangelios de Juan y Marcos, quien primero lo vio fue María Magdalena; según el evangelio de Lucas, fueron dos de los discípulos de Cristo, de camino al pueblo de Emaús; pero según el Evangelio de los hebreos, apócrifo, fue Santiago, hermano de Jesús.
Y en alguna ocasión los apócrifos pueden transmitirnos una sentencia de Jesús que probablemente sea verdadera, como el dicho número 83 del Evangelio de Tomás: «El que está cerca de mí está cerca del fuego. Y quien está lejos de mí está lejos del Reino».
Por otra parte, estos textos también permiten dibujar una imagen de la Iglesia primitiva diferente a la que terminó imponiéndose.
Así, tanto el Evangelio de María (redactado a mediados del siglo II, y que convierte a María Magdalena en la primera apóstol, enfrentada a Pedro, a la que Jesús encomienda difundir las enseñanzas secretas) como el Evangelio de Felipe (del siglo III) defienden la imagen de una comunidad de seguidores de Jesús en la que tenían mucha importancia las mujeres, que luego fueron perdiendo terreno por la evolución masculinista de la Iglesia.
Precisamente ahí reside la importancia de los apócrifos: en el hecho de que posibilitan nuevas aproximaciones a las dos fuentes de la fe católica: las Escrituras y la tradición.
Sin duda, el acercamiento al Jesús histórico debe hacerse a través de los documentos más cercanos a él en el tiempo: los evangelios canónicos. Pero sin olvidar los apócrifos, que desempeñan una función de contraste nada despreciable.
¿Quién escribió los evangelios?

Del Nuevo Testamento se venden de 25 a 30 millones de ejemplares al año, y la inmensa mayoría de los compradores los adquieren atraídos por las obras estrella de esa colección: los cuatro evangelios. Estos textos llevan los nombres de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, pero en realidad son anónimos. Recibieron esos nombres antes de la mitad del siglo II.
Corrió entonces la noticia de que Mateo y Juan eran dos de los doce apóstoles de Jesús, mientras que Marcos había sido acompañante de Pedro, y Lucas, de Pablo.
Ello suponía que los autores de los evangelios habían estado en contacto directo con Jesús, o bien habían tenido contacto indirecto con él (pero muy cercano), a través del apóstol más importante de los doce, Pedro, o a través de Pablo, que no fue discípulo de Jesús, pero se convirtió después de que éste se le apareciera en una visión.
Escritos en griego
Los evangelios no fueron escritos en arameo, la lengua materna de Jesús, sino en griego, sin excepción alguna.
Es probable que, tras la muerte de Jesús, algunos particulares o grupos de creyentes, sobre todo de Galilea y Jerusalén, transcribieran en arameo –y en simples hojas de papiro— sentencias y milagros del Maestro, quizá como notas utilizadas por los misioneros para extender la fe en un Mesías ciertamente ya muerto, pero que había resucitado, estaba sentado a la diestra de Dios y volvería pronto para juzgar al mundo.

El evangelio de Juan sitúa en este lugar de Jerusalén la curación del paralítico; es una de las pocas localizaciones de los evangelios atestiguadas por la arqueología.
Todo este material se tradujo al griego antes de que pasaran treinta años desde la muerte de su protagonista, que probablemente acaeció en abril del año 30. La traducción se debió al interés de otros seguidores de Jesús, también judíos, pero de la Diáspora (es decir, de fuera de Palestina), que pensaron que algunos paganos debían participar de la salvación traída por el Mesías según habían predicho los profetas, sobre todo Isaías: «Traerán a todos vuestros hermanos de todas las naciones, y los ofrecerán como un presente al Señor» (66, 20).
Los judíos de la Diáspora hablaban griego, la lengua de comercio y cultura del Mediterráneo oriental desde la época de Alejandro Magno.
Marcos, el primer evangelio
Es posible que a aquellas colecciones de dichos y hechos de Jesús –alguna de las cuales era relativamente grande, como la llamada Fuente Q–, se le añadiera pronto una breve historia de la pasión y muerte del Salvador, a la que se agregaron relatos de su resurrección y de apariciones.
Todo ello, sumado a la abundante tradición oral sobre Jesús, hizo posible que en la década de los años 70 viera la luz el primer evangelio, el de Marcos.

En el arco de Tito, en Roma, se ve a los legionarios con los despojos del Templo de Jerusalén, que destruyeron en el año 70.
Quizá se compuso en Roma, no sólo para hacer propaganda de la fe en el Mesías, sino para que los romanos distinguieran entre los «cristianos» y los judíos «corrientes», sucesores de quienes habían participado en la sangrienta revuelta de los años 66-70, que llevó a la destrucción del Templo de Jerusalén.
Marcos no se limitó a recoger las tradiciones que halló. Las puso bajo una luz nueva: la de la teología de Pablo, un seguidor de Jesús que no había conocido al Maestro.
La sombra de Pablo
La idea central del evangelio de Marcos es una interpretación de Pablo: Jesús es el salvador de toda la humanidad por su sacrificio en la cruz, noción que recogieron los evangelistas posteriores.

Pablo, que persigue a los cristianos, cae del caballo, cegado por Jesús. Vitral. Catedral de Santa Gúdula, en Bruselas.
Los evangelios, en efecto, se escribieron tras la muerte de Pablo y fuera de Palestina, en las áreas donde aquél predicó a los gentiles (los no judíos). Sabemos que los evangelios están influidos por la teología de Pablo porque participan de sus mismas ideas, distintas de las de otros seguidores de Jesús.
Estos últimos eran los judeocristianos de Jerusalén y Galilea que veían a Jesús como el profeta –humano, no divino– que, según las Escrituras, vendría como el Mesías que liberaría a Israel de sus enemigos sin excluir la guerra, pero ayudado por los ángeles; el que cumpliría las promesas de que Israel, como pueblo elegido, dominaría sobre el mundo; el que traería el reino de Dios primero en Israel y luego en el paraíso…
Por su parte, Pablo atribuía a Jesús una dignidad casi divina, superior a la de un profeta o mesías terreno; e interpretaba su muerte y resurrección como actos redentores que cambiaban la historia no sólo de Israel, sino de toda la humanidad.
Esa muerte era un sacrificio voluntario a Dios, decidido por la divinidad: la ofrenda de la vida del Mesías en la cruz redimía los pecados de los seres humanos.
Así, Marcos escribe: «El Hijo del hombre no vino a que le sirviesen, sino a servir, y a dar su vida por la redención de muchos» (10, 45). Éste es el sentido de las palabras que Marcos pone en boca de Jesús durante la Última Cena: «Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos» (14, 24).
El evangelio de Marcos tuvo mucho éxito y se expandió pronto entre comunidades de Asia Menor, Siria y Egipto.

Tríptico del calvario, pintado por Maarten van Heemskerck entre los años 1545 y 1550. Hermitage, San Petersburgo.
Mateo, el segundo evangelio
No habían pasado diez años cuando, en la década de los años 80
, nació el segundo evangelio, el de Mateo. Su autor, desconocido, sintió que había muchas cosas de Marcos que debía corregir o añadir, ya que poseía fuentes que éste no conocía.

Autor del segundo evangelio. Talla del siglo XV. Museo Metropolitano, Nueva York.
A pesar de ello, reprodujo con ciertas variaciones casi el 80 por ciento del texto de su antecesor, añadiéndole la colección de dichos de Jesús (la Fuente Q), e incorporando material propio y tradiciones conservadas en su grupo, que probablemente estaba radicado en Antioquía de Siria.
Su autor no es uno de los doce apóstoles. Si lo fuera, su lengua materna sería el arameo, pero cita la Biblia en su versión griega, no hebrea, y sus dos fuentes principales, Marcos y la Fuente Q, estaban en griego. Por tanto, parece claro que Mateo no fue uno de los apóstoles, sino un «escriba» judeocristiano de lengua griega, en la que compuso su evangelio.
En el evangelio de Mateo, Jesús aparece como el nuevo Moisés que explica –sobre todo en cinco grandes sermones– cómo se debe entender la ley divina; algo que podía hacer como Mesías que era.
Lucas, el tercer evangelio
Mateo se había atrevido a hacer una edición corregida y aumentada de un evangelio ya famoso. Muy pronto su ejemplo fue imitado por un individuo cuya identidad desconocemos y al que tradicionalmente llamamos Lucas.
Probablemente vivía en Éfeso, donde había varios grupos de seguidores de Jesús, tanto judíos como gentiles. Su obra fue el tercer evangelio, compuesto hacia el año 90. La mayoría de los estudiosos cree que Lucas, tras conocer el evangelio de Mateo, decidió no tomarlo como base, sino volver a emplear dos fuentes de su antecesor: el evangelio de Marcos y la Fuente Q.

Lucas narra la historia de la pecadora que unge los pies de Jesús y es perdonada por éste. Vitral. San Pedro de Dreux.
El exquisito griego que usa Lucas y su conocimiento de la Biblia griega indican que era un judío de la Diáspora (y, por tanto, helenizado) o bien un prosélito, un gentil convertido que llevaba años frecuentando la sinagoga.
Lucas estaba seguro de que su empresa merecía la pena, puesto que en el «Prólogo» a su evangelio afirma que había investigado todo lo concerniente a Jesús desde los orígenes, y que lo escribiría mejor que Marcos y Mateo, ya que aportaba datos de testigos oculares de lo acontecido con el Redentor.
Pretendía dar mayor solidez «a las enseñanzas recibidas» por los cristianos, aunque es dudoso que aporte materiales de primera mano.
El Jesús de Lucas es el más humano de los cuatro evangelios. Es un ser divino, «el Señor», pero ante todo es compasivo: pasa haciendo el bien y muestra un amor especial hacia los pecadores, los pobres, las mujeres y los discriminados.

Representación del evangelista en una cruz procesional italiana del siglo XIV.
Un hecho notable es que los evangelios de Lucas y su predecesor Mateo no comienzan hasta el tercer capítulo, porque los dos primeros –que suelen denominarse «evangelios de la infancia»– fueron añadidos más tarde, en una revisión que (según se desprende de las variantes entre manuscritos) se llevó a cabo a inicios del siglo II.
Que tales capítulos son adiciones posteriores se sabe con seguridad porque los personajes que aparecen en el resto de ambos evangelios ignoran por completo lo que se cuenta en esos dos primeros capítulos.
La imagen de Jesús y de su madre, así como las genealogías de Jesús y los conceptos teológicos son tan diferentes en los evangelios de la infancia de Mateo y Lucas que parecen estar hablando de dos Jesús distintos.
En conjunto, y dejando a un lado la infancia de Jesús, los tres primeros evangelios muestran una estructura biográfica semejante, y en muchos momentos van siguiendo una misma línea.
Por eso se denominan sinópticos (del griego synopsis, «ver a la vez»), ya que se pueden presentar gráficamente en tres columnas paralelas que muestran acciones y dichos de Jesús semejantes, y que permiten ver las variantes, los añadidos y las omisiones que presentan entre sí.
Con ellos, como bloque, contrasta fuertemente el cuarto evangelio canónico, el de Juan.

Se cree que los evangelios de Lucas y Juan se compusieron en esta ciudad, un activo centro del cristianismo primitivo.
Juan, el cuarto evangelio
Sabemos que fue el último en componerse porque se percibe que conoce los anteriores, sobre todo el de Lucas, y porque su teología sobre Jesús como Mesías está mucho más desarrollada y en aspectos decisivos es radicalmente diferente.
Se cree que fue escrito hacia el año 100 en Éfeso. Es probable que sea obra de un grupo de autores del mismo talante que lo escribieron en varias fases.
Lo que es seguro es que el autor no fue el apóstol Juan, porque la idea de este evangelio sobre la naturaleza del Mesías es radicalmente diferente a la de los coetáneos de Jesús.
Según el evangelista Juan, el Logos, la Palabra o Verbo de Dios, que también es Dios (conceptos completamente desconocidos por el primer evangelista, Marcos), se encarna en un hombre, Jesús, y forma con él una persona única, divina, que existe desde toda la eternidad.
Esta divinización de Jesús sería inconcebible para una persona que hubiera convivido con él.

Anillo episcopal decorado con los símbolos de los cuatro evangelistas. bronce dorado. 1300-1500.
El Jesús del evangelio de Juan es muy distinto de los sinópticos. Para éstos, la predicación del Reino de Dios es el centro de la misión de Jesús; el Reino (el dominio de Dios sobre toda la tierra) empezará en Israel y sólo se salvarán quienes se hayan preparado por la penitencia y cumplan las leyes divinas.
Sin embargo, para Juan lo fundamental es presentar a Jesús como el Enviado venido del cielo, del Padre, el Revelador que desvela la clave de la salvación del ser humano y sube otra vez al lugar de donde vino. La preocupación de Juan es proclamar que el Jesús que ha aparecido sobre la tierra es el Hijo de Dios, encarnado en un ser humano.
Este Jesús es una especie de Profeta definitivo cuya misión es recordar a las gentes que él es el enviado de Dios, y ambos son una misma entidad. El que acepte su mensaje será también un hijo de Dios, y así se salvará.
Entre los sinópticos y el evangelio de Juan hay enormes diferencias en el modo de hablar de Jesús: en aquéllos muestra predilección por los dichos breves y cortantes, o por sentencias cortas y con ritmo, a menudo polémicas; en Juan, Jesús habla en parlamentos largos y solemnes. También hay grandes divergencias teológicas.
En Juan están ausentes temas teológicamente importantes de los sinópticos; faltan, por ejemplo, la mención explícita de la muerte en la cruz como acto de expiación por los pecados de todos los hombres, o la mención explícita de la eucaristía.

Según los sinópticos, Jesús fue sólo una vez a Jerusalén. Fresco por P. Lorenzetti. Basílica de San Francisco, en Asís. 1325-1330.
El marco cronológico y geográfico de la vida pública de Jesús también es distinto. Según los sinópticos, Jesús predica básicamente en Galilea y sólo una vez visita Jerusalén; su ministerio público dura un año. Según Juan, Jesús visita Jerusalén cuatro veces y allí asiste a tres Pascuas; su vida pública dura, por tanto, dos años y medio o tres.
Sólo un cierto número de incidentes de la vida pública del Jesús del cuarto evangelio tienen paralelos en los sinópticos. Los milagros de Jesús son pocos: si los sinópticos dan cuenta de unos 45, aquí sólo son siete y algunos –como la resurrección de Lázaro o la transformación de agua en vino durante las bodas de Caná– no aparecen en los sinópticos.
Por otra parte, los milagros no son señales del poder de Dios o de la venida inmediata de su Reino, como en los sinópticos, sino «signos» destinados a suscitar la fe en Jesús como Mesías y Revelador: «Manifestó Jesús su gloria y creyeron en él sus discípulos», se dice con motivo del milagro de Caná.

Jesús sube al Cielo en presencia de los apóstoles. Mosaico de San Marcos, en Venecia. Siglo XIII.
Estas diferencias se explican porque Juan escribe para corregir a los sinópticos y presentar una imagen de Jesús que cree más profunda, espiritual y verdadera. Para ello reelabora lo que conoce de Jesús.
El carácter simbólico y místico de este evangelio indica que sus autores no deseaban reproducir simplemente la tradición sobre Jesús que les había llegado, sino explicar quién pensaban que fue en realidad: el enviado celeste del Padre.
La divinización de Jesús, que Pablo había empezado, llega aquí al máximo; y máxima es la distancia entre este Jesús divino y el Jesús histórico.
Evangelios apócrifos y canónicos
Los cuatro evangelios canónicos son los admitidos como «oficiales» en las listas de libros sagrados que crearon las diversas Iglesias en la Antigüedad. Al parecer, la primera lista de libros del Nuevo Testamento se elaboró en Roma hacia el año 200.
No sabemos por qué se eligieron estos libros. Se han conservado unos 84 evangelios, puesto que muchos grupos cristianos elaboraron el suyo; los que no son canónicos reciben el nombre de apócrifos.
Se cree que se escogieron sólo cuatro por tres razones: porque se creía que sus autores eran apóstoles o habían estado en contacto directo con ellos, porque eran los más leídos en los oficios litúrgicos de los domingos en las iglesias principales (Roma, Alejandría, Éfeso, Antioquía) y porque su contenido se ajustaba a una cierta «regla de fe» común que se iba formando.
Hasta cinco mil manuscritos
No se conservan los originales de los evangelios, por lo que hay que recuperar su texto a partir de copias de copias. Del Nuevo Testamento se conservan unos 5.000 manuscritos fechados entre los años 200 y 1500; de ellos, más de la mitad incluyen texto de los evangelios.
Los más antiguos son papiros, unos 80. Hay 300 manuscritos de los siglos IV al VIII, y en ellos los evangelios ocupan la parte principal. Del siglo IX en adelante, hay 2.500 manuscritos, y más de 2.000 leccionarios litúrgicos evangélicos.
La tarea de sopesar sus variantes es ingente, pero se hace por medio de ordenadores que los clasifican por familias. Ello permite manejar un número de divergencias que llega hasta las 200.000.

Es el manuscrito más antiguo que se conserva de este Evangelio. Papiro. Siglo II. Biblioteca Bodmeriana, Cologny.
La confusión de los hombres
Los cristianos primitivos creían que el evangelio de Mateo lo escribió el apóstol llamado así. Pero resulta que en los evangelios este apóstol recibe dos nombres: Leví y Mateo.
El evangelio de Marcos describe cómo Jesús llama a Leví, hijo de Alfeo, cobrador de impuestos, para ser uno de los doce apóstoles; luego, Alfeo invita a Jesús a un banquete.
El evangelio de Mateo describe la misma escena, pero aquí Leví se llama Mateo; y en las listas de los doce apóstoles, este mismo evangelista lo vuelve a llamar Mateo.
También se creía que el apóstol Juan compuso el evangelio de este nombre. Y se lo confundía con otros dos personajes: con Juan, autor del Apocalipsis, y con un tercer Juan llamado el Anciano y autor de dos textos bíblicos: las cartas Segunda y Tercera de Juan.

Este mosaico con la representación del autor del cuarto evangelio está en la basílica de San Marcos, en Venecia. Siglos XII-XIV.
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