Las historias reales de espías y no solo de películas de James Bond (Parte 1)…

En todos los rincones del planeta, los pueblos han necesitado estar siempre preparados contra cualquier amenaza externa a su supervivencia o su liderazgo. Preservar los dominios propios frente al expansionismo de los vecinos o, al contrario, averiguar los puntos débiles de los reinos colindantes para subyugarlos.
Existen referencias documentadas del recurso al espionaje desde la Antigüedad, con babilonios, egipcios, griegos y romanos intentando obtener datos valiosos sobre la cantidad o los movimientos de tropas de sus rivales o sobre los entresijos de la administración.
Con el tiempo, los avances tecnológicos han ido sofisticando y ampliando las posibilidades de captación de información hasta extremos que hoy superan a menudo nuestra imaginación. Sin embargo, los satélites y la inteligencia artificial nunca arrinconarán las dotes de un buen espía para jugar con las flaquezas humanas.
Los espías de la antigua Roma

Los investigadores y estudiosos de hoy en día consideran la posibilidad de que el sistema de información y espionaje romano, se debían a la influencia de Aníbal y de Oriente. Persia y Cartago contaban con un centralizado y organizado sistema de información.
Las fuentes parecen señalar que el ejército romano se valió de diferentes medios de información para obtener ventajas en el campo de batalla.
Los romanos eran muy prácticos, le daban mucha importancia a la información.
En época republicana para los generales la información era un elemento muy importante dentro de las operaciones militares.
Autores como Polibio, Dionisio de Halicarnaso y Tito Livio, recogen en diferentes partes de sus obras, que los generales romanos, contaban con diferentes efectivos para recopilar información, ya desde muy antiguo desde el año 482 a.C.
Las fuentes son escasas y poco precisas, únicamente se mencionan elementos del mismo ejército realizando esta labor de recopilación e información del enemigo.
Espiar y confundir al enemigo era moralmente reprobable pero práctico y recomendado.
No existe ninguna palabra que designe este servicio. Al principio se utilizaron términos militares como explorator y speculator. Las principales misiones de estos militares en época republicana era observar al enemigo y explorar el terreno. Cuando se enviaban espías a las embajadas se les denominó emissarius. Y en el alto imperio se les llamó speculator, vestigator o agens- agentis.

Explorator.
Eran jinetes cuya función era seguir al enemigo desde la distancia y pasar información a los suyos.
Según César eran capaces de seguir rastros y de escoger puntos débiles hacer caer en emboscadas al enemigo y así obtener ventajas.
Eran parte importante ya que conocían el camino y escogían las mejores rutas para que pudieran desplazarse el grueso de las tropas. Patrullaban también por las fronteras y detectaban cualquier foco de hostilidad hacia Roma.
Speculatores.
En un principio estos jinetes eran mensajeros llevaban documentos y cartas importantes. Después se les asignaron misiones más delicadas como llevar mensajes traspasando las líneas enemigas. Eran hombres de total confianza y muy leales.
Los senadores más importantes contaban con su propia red de espías formada por clientes fisgones y libertos.
Cicerón vigiló estrechamente a Catilina mediante su red de espías, pero también estaba bien informado de la situación en las provincias.
Cicerón se quejaba de que sus cartas eran frecuentemente interceptadas:
«No puedo encontrar un mensajero leal», le escribió a su amigo Ático. «Son muy pocos los que son capaces de llevar una carta sin caer en la tentación de leerla».
César gracias a las infraestructuras militares tuvo a su disposición una verdadera red de espías, correos y agentes. Durante su campaña en las Galias, empleó tropas auxiliares destinadas a labores de exploración y patrulla.
En sus commentarii, abunda información sobre efectivos destinados a recopilar información para el buen desarrollo de su campaña contra los galos y durante la guerra civil contra Pompeyo.
La obra de César presenta más de una treintena de alusiones relacionadas con la inteligencia militar.
Salustio también nos da abundantes alusiones al espionaje y exploración para averiguar las intenciones y los movimientos del enemigo.

Nada más llegar al poder Augusto deseaba crear una red de comunicaciones más estable y con más garantías.
Una de las primeras necesidades del nuevo gobernante, fue crear una red física completa y centralizada para que circulara la información, para ello estableció la Vehiculatio, pasando a ser más tarde la Cursus Publicus.
Gracias a la creciente red de calzadas pudo crear este servicio estatal de mensajería por lo que se pasó de un sistema privado de mensajería a uno estatal.
Para proteger al Princeps se recurrió a espías e informadores, ya que estaba muy presente el asesinato de César.
Con Augusto el establecimiento de bases legionarias y auxiliares permanentes, hicieron innecesarias unidades específicas de espionaje e información. Los propios establecimientos militares hacían dicha función.
En época imperial sigue habiendo speculatores, aunque con funciones muy variadas, algunos seguían con labores de espionaje y otros con tareas que nada tiene que ver con labores de inteligencia. Se pueden encontrar speculatores sirviendo como guardia montada personal del emperador.
Beneficiarii.
Eran oficiales al servicio de los gobernadores y de otros mandos del ejército romano, fueron distribuidos a lo largo de las provincias, mediante una red de enclaves denominados Stationes, que al igual que los beneficiarii, las funciones de estos enclaves fueron muy variadas. Su ubicación en las fronteras y campamentos y la relación de los beneficiarii con expeculatores y frumentarii y sus funciones como correos y emisarios, bien pudiera ser que algunos de ellos y algunas stationes desempeñaran funciones de inteligencia.
Frumentarii.
Eran soldados procedentes de las filas legionarias, aunque no está muy claro su origen. Los primeros testimonios de ellos en el principado, los sitúa como correos o emisarios de los gobernadores provinciales con Roma. Tanto los frumentarii como los speculatores fueron empleados como mensajeros por los emperadores en todo el siglo I.
Ya a partir del siglo II son los frumentarii los que las fuentes citan como mensajeros., y se convierten de facto en una especie de inteligencia militar.
Las fuentes asocian a los frumentarii, con labores de seguridad interna del Imperio.

Epitafio de L. Valerius Reburrinus, frumentarius de la Legio VII Gemina destacado en Tarraco en época del emperador Septimio Severo.
La creación de los frumentarii, algunas fuentas la atribuyen a Domiciano y otras a Trajano. Estos militares asumieron tareas que anteriormente realizaban los pretorianos. Adriano utilizo a un frumentarii para espiar a un amigo senador.
Muchos emperadores emplearon esta fuente de información para recopilar rumores y posibles intrigas, nada que ver con la inteligencia militar. Estas labores y la mala fama por el exceso de autoridad, hicieron que los frumentarii fueran muy detestados por la población.
Diocleciano disolvió este cuerpo, hueco que fue llenado por los agentes in rebus, cuerpo cuya primera misión era el correo, aunque no eran un cuerpo militar se apropiaron de las funciones de sus antecesores. Llegaron a tener también muy mala fama superando la de los frumentarii.
Cervantes y Quevedo, espías en el Siglo de Oro

El llamado Siglo de Oro español, a caballo entre el XVI y el XVII, fue un época llena de insidias y conspiraciones en la corte de Felipe II, y, sobre todo, en la de Felipe III. No en vano, él crea la figura del valido, que podía actuar en diversas ocasiones en nombre del monarca.
Sin duda eso multiplica las posibilidades de ataques y conjuras, así como las de corrupción, en una época en la que diplomacia y espionaje iban tanto o más de la mano que en la actualidad.
Dos de los más brillantes escritores del siglo que nos ocupa fueron también engranajes, a veces esenciales, en el espionaje del reino. Cervantes y Quevedo, además de situar a España en lo más alto de la literatura del momento, ejercieron de espías para su corte.
En el caso del autor del Quijote, podríamos sospechar que los paréntesis oscuros de su biografía, aquéllos de los que apenas sabemos nada, obedecen a misiones encargadas por Felipe II. Argel, Lisboa, Orán e Italia, fueron lugares que visitó en sus misiones militares y políticas.

De la de Orán, realizada inmediatamente después de su cautiverio de cinco años en Argel, se sabe que logró información muy valiosa que entregó al rey en Cartagena, tras una peligrosa travesía.
Sus datos fueron determinantes para acabar con el almirante turco Uluch Alí, invencible hasta entonces.
De Quevedo, todos sabemos que fue borracho tabernario, pendenciero y bastante miserable; y que escribía, según decían incluso quienes esto pensaban, como los ángeles.
Pero lo que no saben todos es que ese hombre también fue un enorme intrigante que espió para su protector, el gran duque de Osuna, y para la Corona, entonces ya en manos de Felipe III.
El acontecimiento más sorprendente de todos es cuando participó como espía en la Conjuración de Venecia, justo cuando las relaciones entre España y Venecia, pese a alianzas puntuales, no pasaban por su mejor momento.
El control español de casi toda la península italiana ponía en aprietos a Venecia por la amenaza que representaba para la ciudad. Entonces, un complot de importantes nobles españoles busca acabar con el poder de la república veneciana.
El duque de Osuna trama infiltrar a un grupo de mercenarios en la ciudad para tomar los puntos estratégicos, pero son descubiertos. Todos los conspiradores, Quevedo entre ellos, corren un enorme peligro, porque son buscados por la autoridades para ajusticiarles.
Pero la audacia del escritor le saca de la ciudad disfrazado de mendigo y gracias a su dominio del dialecto veneciano y consigue salvar la vida.
Para desgracia, sin duda, de su más encarnizado enemigo, Luis de Góngora
Sir Richard Burton, el espía que tradujo el ‘Kama Sutra’

Sir Richard Francis Burton fue uno de los más importantes y afamados exploradores que dio el Imperio Británico en el Siglo XIX; a la altura de otros tan ilustres como David Livingston y Henry Morton Stanley.
Fue explorador, traductor (llegó a hablar 29 idiomas), antropólogo, agente secreto, militar, diplomático, escritor, etc… durante una vida que le encumbró en lo más alto de la fama, pero que también le acarreó innumerables críticas de la sociedad de su tiempo, pues se mostraba partidario de la emancipación sexual femenina, la poligamia y acabar con el comercio esclavista entre otras cosas; algo inaceptable para la sociedad victoriana.
Escribió numerosos libros, y tradujo otros tantos; especialmente destacados el “Kama Sutra”, “El jardín perfumado”, “Ananga Ranga” y “Las mil y una noches”.
Nació en Torquay (Inglaterra) el 19 de Marzo de 1821, estando predestinado por su familia para entrar a formar parte de la carrera eclesiástica, aunque pronto se rebela y se alista en la Compañía de las Indias Orientales.
Su primer destino fue la India, donde se mezcla de manera increíble con la población y aprende sus costumbres y lenguas, posteriormente se le encarga que recorra los límites del Mar Rojo y complete el mapa de la zona.
Aunque sus misiones más destacadas tendrán lugar en 1853 y 1858; pues en la primera de ellas visitará La meca y Medina (publicando un libro sobre esta experiencia), siendo el primer occidental que logra realizar tal hazaña sin ser descubierto; en la segunda trata de encontrar el nacimiento del río Nilo, lo que le lleva a un largo peregrinaje por África que no tendrá un buen final para él, pues cae enfermo y el hallazgo es completado por su compañero, que llega al Lago Victoria.

En 1863 funda la “Sociedad Antropológica de Londres” y en 1866 será nombrado caballero y realizará diversas actividades como cónsul británico en diferentes lugares.
Finalmente fallece en Trieste el 19 de Octubre de 1890, y su mujer quema cartas, documentos e incluso un boceto de libro que estaba acabando para que su imagen y su figura no fuese más criticada y denostada.
Fué enterrado en Londres.
Tánger, más espías que en la Casablanca de Bogart
Imponente, la blanca fachada del hotel El Minzah sigue enseñoreándose del corazón de Tánger. Su interior continúa decorado en un estilo oriental que, desde su inauguración en 1930, ha hecho las delicias de los viajeros ávidos de exotismo. Hay que forzar muy poco la imaginación para respirar en sus estancias el ambiente de intrigas y conspiraciones que se forjó en otros tiempos, en unos años en los que la ciudad norteafricana fue el tablero de un juego de espías que influyó en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial.
Como señala Leopoldo Ceballos, que pasó en Tánger su infancia y juventud y que rubrica una Historia de Tánger (Almuzara, 2009), “llegó a ser entre los años treinta y sesenta un centro destacado del espionaje internacional”. Y hoteles como El Minzah desempeñaban un papel clave.
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Cada grupo de espías tenía su propia base de operaciones en un hotel, que eran los principales focos de actividad social de la ciudad. En ellos se alojaban, se reunían e intentaban confraternizar con aquellos individuos que podían poseer información relevante. Desde El Minzah operaban los ingleses; los agentes alemanes se centraban en su legación y en el hotel Rif; mientras los franceses se movían entre el Continental y el Villa de Francia.
¿Por qué se convirtió la ciudad en un nido de espías? Parte de la respuesta radica en el hecho de que Tánger, además de estar ubicada estratégicamente como puerta de África y llave del estrecho de Gibraltar, gozó durante la primera mitad del siglo XX del estatuto de zona internacional.

mujeres jóvenes en una terraza de Tanger al final del siglo XIX
Ciudad de consulados
Ese terreno propicio para las intrigas comenzó de hecho a fraguarse ya en el último cuarto del siglo XVIII, cuando el sultán Mohamed III, el primer soberano del planeta que reconoció la independencia de EE.UU., decidió que la ciudad fuera la capital diplomática de Marruecos, forzando a todos los cónsules a instalarse allí.
El hecho de que Marruecos, un reino empobrecido y débil, despertase los apetitos de ocupación de países como Francia, España o Gran Bretaña, había convertido ya Tánger en un hervidero de espías en pos de información. Se afanaban, sobre todo, en conocer los acuerdos comerciales o financieros –esencialmente, préstamos– que esos países alcanzaban con el sultán, así como detalles de las ambiciones de conquista de las potencias rivales. Todo ello en el reducido espacio de aquella ciudad, donde coincidían siete consulados (Francia, España, Portugal, Gran Bretaña, Alemania, EE.UU. e Italia), cada uno con inconfesables intereses e intenciones.
El 30 de marzo de 1912, el sultán fue obligado, bajo la amenaza de invadir el reino, a firmar lo acordado en la Conferencia de Algeciras en 1906, el acuerdo en virtud del cual Francia y España se repartían el país y Tánger se sometía a una administración participada por varios estados. Gracias a su estatuto internacional –rubricado en 1923 por los dos ocupantes de Marruecos más Gran Bretaña, Holanda, Bélgica, Suecia, Italia y Portugal, y en vigor a partir de 1925–, la ciudad y su hinterland dejaban de pertenecer al sultán y adquirían una naturaleza nunca vista.

Momento de la firma del tratado por el que se creaba el proctetorado español en 1912
El estatuto establecía que Tánger era una zona desmilitarizada bajo un régimen de neutralidad permanente. La ciudad tenía las más amplias atribuciones legislativas y administrativas. El sultán estaba representado por el Mendub, que ejercía la autoridad judicial y administrativa sobre los súbditos marroquíes.
Sobre el papel, el Mendub era el máximo poder en la urbe. En realidad no era así. El gobierno de esa ciudad-estado lo ejercía el Comité de Control, que estaba formado por los cónsules de las potencias signatarias del Acta de Algeciras, pero del que se excluyó al representante alemán y al austríaco tras la derrota de sus países en la Primera Guerra Mundial.
Era el Comité de Control el que elegía al administrador de la ciudad, que hasta 1940 fue siempre galo, prueba de la preponderancia de Francia en la gestión de Tánger, con la aquiescencia de Gran Bretaña y para desagrado de España.
La Asamblea Internacional actuaba como Parlamento. La integraban nueve representantes marroquíes (de los que seis eran musulmanes y tres eran judíos), cuatro franceses, cuatro españoles, tres británicos, tres italianos, tres estadounidenses, tres soviéticos (que nunca participaron en las sesiones), un belga, un holandés y un portugués.
Sus resoluciones debían ser refrendadas siempre por el Comité de Control, lo que no era fácil, pues cada cónsul velaba por los intereses de su nación, que solían ser opuestos a los de los otros.

(El museo de la Kasbah, una de las joyas del patrimonio de Tanger)
Los países acordaron un reparto de los cargos públicos de mayor relevancia.
Así, el jefe de obras públicas del Estado era francés, mientras que el de obras públicas municipales era español; la policía general la mandaban un belga, un holandés, un portugués o un sueco, pero la policía especial la lideraba un comandante español; el encargado de los servicios de higiene, trabajo y beneficencia era español; el encargado de servicios financieros era británico; y el de servicios judiciales, italiano.
Imán de emigrantes
El turbulento inicio del siglo XX no hizo sino incrementar el aura cosmopolita de Tánger, pues sería el destino de numerosos refugiados que escapaban de la Primera Guerra Mundial o de la Revolución Rusa . A polacos y rusos blancos (los opositores a la revolución) se unían los judíos que habían abandonado Marruecos a raíz de la guerra del Rif, que desde 1911 enfrentaba a tribus del norte con los ocupantes llegados de París y Madrid. Y a todos ellos se sumaba la importante población de españoles que intentaban huir de la miseria y el hambre.
Era la más numerosa de la ciudad, solo superada por los marroquíes. “Fue un refugio para hombres y mujeres de las más distintas tendencias políticas, morales e ideológicas, convirtiéndose en una ciudad multicultural en la que convivían individuos de ideas y creencias opuestas entre sí”, dice Ceballos. La ciudad, que era además paraíso fiscal, atrajo capitales y se convirtió en uno de los grandes centros del comercio internacional.
España da el paso

Vista aérea de Tanger en 1923
La época dorada del espionaje en Tánger, que ha sido recreada en best sellers como El tiempo entre costuras, se produjo durante la Segunda Guerra Mundial.
En aquel momento, la ciudad fue ocupada por las tropas franquistas, pues España consideraba que debía haberle correspondido en el reparto de Marruecos.
El propio Franco, en una conversación telefónica previa con el embajador británico en Madrid, a principios de 1940, le hizo saber su convencimiento de que Tánger era geográficamente parte integrante de la zona española y no debía haber sido desgajada de ella.
Así, el 14 de junio de ese año, entre las siete y las nueve de la mañana, 4.000 soldados del ejército español, en su mayor parte tropas marroquíes, tomaron la ciudad. Francia, que hasta entonces ostentaba la posición preponderante en la gestión internacional de Tánger, no pudo responder, puesto que estaba a punto de ser invadida por la Alemania nazi. De hecho, ese mismo día, las tropas de la Wehrmacht, el ejército germano, ocuparon París.
Gran Bretaña, que, tras el ingreso de Italia en la contienda del lado de Hitler, quería evitar a toda costa el de España, prefirió contemporizar con el régimen de Franco y aceptar esa nueva situación en Tánger. Pese a ello, el cónsul británico vio con preocupación el estilo muy “alemán” en que se desarrolló la entrada española en la ciudad, con desfiles militares por las calles. Según el argumento oficial para la ocupación, en un momento en el que Europa caía al abismo de la Segunda Guerra Mundial, era necesario garantizar el orden.
Las nuevas autoridades quisieron tranquilizar a los representantes europeos. En una misiva, el entonces alto comisario, el teniente coronel Carlos Asensio, justificó la maniobra asegurando que España lo había llevado a cabo en previsión de graves altercados entre los nacionales de las distintas potencias europeas residentes en la ciudad. En el mensaje, Asensio se comprometía a mantener la neutralidad de la urbe durante el conflicto.
En este punto, Tánger se erigió en el centro del espionaje del Mediterráneo occidental. Allí estaba en juego la posibilidad de que España se lanzara a conquistar el territorio del Protectorado francés; allí se intrigaba para saber si el régimen de Franco se iba a sumar a las potencias del Eje; y desde allí intentaban los alemanes determinar el movimiento de barcos a través del estrecho de Gibraltar.
Tras la ocupación española, la ciudad devino un enclave abiertamente germanófilo. Para empezar, las autoridades españolas permitieron a Alemania tener de nuevo una delegación en Tánger y le cedieron la residencia del Mendub, la misma sede que había tenido antes de la Primera Guerra Mundial. La devolución se llevó a cabo en marzo de 1941 con gran solemnidad, incluyendo el saludo nazi de un batallón de 40 soldados marroquíes de las tropas españolas adiestrados para ello.
Hitler envió como cónsul a Herbert Nöhring, un exaltado nazi. Tanto que, pese a la germanofilia de las autoridades españolas, el comportamiento autoritario y despreciativo del diplomático les generó una profunda irritación y dio lugar a una gran tirantez en las relaciones.
Todo por los barcos
El consulado alemán en Tánger fue el núcleo del espionaje del Tercer Reich en el norte de África. Le seguía el consulado en Tetuán. En esas legaciones, la mayoría del personal lo integraban agentes. También eran espías los responsables de las compañías alemanas que operaban en la zona, como la Sociedad Hispano-Marroquí de Transportes (HISMA) o la empresa Renschhausen, que aprovechaban sus delegaciones en Rabat, Larache y Casablanca para recabar informaciones sensibles.

Una de las puertas de entrada a La Medina
Los alemanes tenían a sueldo a numerosos funcionarios españoles de Tánger para que les proporcionaran cualquier información relevante. Pero una de las principales misiones de los espías germanos era controlar y avisar del paso de barcos aliados por el Estrecho. Tal era la obsesión por monitorizar esos movimientos que había puntos de vigilancia con agentes apostados las 24 horas del día.
Los españoles incluso autorizaron a los alemanes la construcción de puestos de observación fortificados. En numerosas viviendas de la ciudad se instalaron radares para detectar la posición de los barcos aliados.
La actividad de los espías nazis era tan evidente que el cónsul británico elevó una protesta por lo que consideraba una violación de la neutralidad de Tánger, que Franco se había comprometido a mantener. Para guardar las apariencias, las autoridades españolas realizaron algunos registros que, como es de suponer, resultaron infructuosos.
Para el espionaje aliado, además de para vigilar la actividad de los agentes alemanes, Tánger sirvió como la plataforma desde la que facilitar información clave para la Operación Torch, que es como se bautizó el desembarco angloestadounidense en las costas del Protectorado francés de Marruecos y en Argelia.
Los espías se afanaban en determinar si los cerca de sesenta mil soldados que estaban desplegados en el Protectorado francés, y que obedecían al régimen de Vichy (la Francia colaboradora de la Alemania nazi), serían receptivos a una liberación aliada o si presentarían batalla.
Misión panfletaria
En paralelo, en la ciudad se vivía una auténtica guerra de propaganda. Tánger se llenó de propagandistas alemanes e italianos entregados a informar de las bondades de sus regímenes y de los éxitos de sus ejércitos. Desde el consulado alemán en Tánger se contrataba a centenares de niños para que introdujeran panfletos nazis por debajo de las puertas.
Se estaba trabajando para seducir a la población marroquí, a la que los alemanes querían convencer de que una victoria alemana supondría una garantía para la independencia del país. De hecho, las principales formaciones nacionalistas de la época recibieron, desde Tánger, grandes sumas de dinero de los germanos.

Vista de la bahia de Tanger al amanecer
Por su parte, los británicos, cuya oficina de propaganda para todo Marruecos estaba, cómo no, en Tánger, intentaban persuadir a los locales de que el discurso racista de los nazis no se dirigía solo hacia los judíos, sino también hacia los musulmanes. Alemanes y británicos llegaron a editar un boletín semanal en árabe.
Las autoridades españolas no eran parciales en esa contienda propagandística. Los censores franquistas mutilaban sin piedad y retrasaban todo lo posible la salida del Tangier Gazette, el diario británico de la urbe. En cambio, el diario italiano (La Vedetta di Tangeri), el francés (La Dépêche Marocaine) y el español (España), abiertamente germanófilos, podían circular sin traba alguna.
La tensión llegó a su punto culminante en Tánger en febrero de 1942, cuando una bomba colocada entre valijas pertenecientes a la legación británica estalló en el puerto, matando a 11 personas y dejando un balance de 40 heridos. La autoría nunca se aclaró, aunque las autoridades españolas culparon de inmediato a los británicos, asegurando que la bomba había sido enviada desde Gibraltar. Se desencadenaron entonces varios días de disturbios y ataques a los intereses británicos en la ciudad.

Juan Luis Beigbeder(dcha) jura como ministro de exteriores ante Franco en 1939
Atracción fatal
Las intrigas en Tánger dieron para mucho.
Fue uno de los escenarios donde los británicos intentaron atraerse a las autoridades franquistas.
La intención era garantizar la neutralidad de la ciudad en caso de desembarco en el norte de África.
Los aliados pensaban que, si este se producía, Alemania podía empujar a España a entrar en la guerra o tal vez forzarla a un ataque contra Gibraltar que cerrara el Estrecho.
Uno de los objetivos de esa campaña de seducción fue Juan Luis Beigbeder, quien fuera alto comisario en Marruecos y posteriormente ministro de Exteriores de Franco. Aparece vinculada a Beigbeder la figura de Rosalinda Powell Fox, a quien podría bautizarse como la Mata Hari de Tánger. Se sostiene que el propio Winston Churchill dijo de esta espía británica: “La guerra podía haber tenido otro rumbo de no ser por Rosalinda”.
La agente fue enviada a Tánger por Gran Bretaña aprovechando su amistad con Beigbeder, a quien conoció en 1936, durante los Juegos Olímpicos de Berlín, cuando era agregado militar en la embajada de España. Beigbeder acababa de ser nombrado alto comisario del Protectorado español. “Me tomé como tarea personal hacer que Juan Luis viera el punto de vista de Inglaterra en la contienda”, escribió.
El español se enamoró de Powell Fox, que llegó a vivir en su casa en Tetuán. Aprovechaba que Beigbeder llevaba documentos al domicilio y que no tenía reparos en comentar con ella los asuntos más reservados. Los británicos comenzaron a disponer de una vía directa para conocer informaciones de carácter confidencial.
Rosalinda era una mujer de acción. Al principio de la guerra tuvo conocimiento por Beigbeder de que Francia acumulaba tropas en la zona de su protectorado fronteriza con el controlado por España, para invadirlo en caso de que Franco entrara en la contienda del lado de Alemania. La espía no dudó en tomar un vehículo para recorrer el área. Acabó detenida por los franceses, que al final la dejaron ir.
Su actividad continúa cuando Beigbeder es nombrado ministro de Exteriores de Franco. A instancias de su amada, el español mantiene una estrecha relación con el embajador británico. Este, a través de él, se entera de que Ramón Serrano Suñer, ministro de la Gobernación, ha sido invitado a Berlín para participar en un cóctel dado por Hitler para celebrar la victoria sobre Inglaterra. La Alemania nazi no había atacado aún a Gran Bretaña, lo que convertía aquel cóctel en la certificación de los planes del Führer.

General Luis Orgaz (dcha) como capitán general de Cataluña, cargo previo al de alto comisario en Marruecos, éste recibe a H. Himmler en el aeropuerto del Prat en octubre de 1940
El 17 de octubre de 1940, Beigbeder fue cesado como ministro de Exteriores –le sustituiría Serrano Suñer– y puesto bajo arresto domiciliario. Antes, no obstante, pudo avisar a Rosalinda Powell Fox de que figuraba en la lista negra de la Gestapo en España,y le ordenó trasladarse a Portugal, donde la británica se refugió.
Otro de los blancos de aquellas intrigas fue el general Luis Orgaz, nombrado alto comisario en mayo de 1941. El Foreign Office, el Ministerio de Exteriores británico, llegó a creer que Orgaz, partidario de una restauración monárquica en España, “podía decidir actuar por su cuenta y capitanear un movimiento de resistencia antialemán en este lado del Estrecho”. Sin embargo,Orgaz se dejaba querer tanto por los alemanes como por los aliados.
Al final, como señala el historiador Ángel Viñas a partir de documentos británicos desclasificados, Orgaz recibió de Londres importantes sumas de dinero a cambio de una doble promesa: por una parte, garantizar que haría todo lo posible para evitar que las tropas españolas en Marruecos se enfrentaran a los aliados en caso de desembarco; y, por otra, impedir, incluso mediante las armas, que las fuerzas alemanas pasaran por territorio español para atacar a británicos o estadounidenses.
En 1944, con la derrota del Tercer Reich ya en perspectiva, los españoles se vieron obligados a cerrar el consulado alemán en Tánger. De hecho, Madrid terminaría retirando a su ejército de la ciudad ante el avance aliado, con lo que se restableció en ella su régimen internacional.
Acabada la guerra, Tánger continuó siendo un nido de espías, aunque por motivos muy distintos. Lo que interesaba ahora era conocer los movimientos de los partidos nacionalistas, que reclamaban la salida de Francia y España de territorio marroquí y que tenían su base de operaciones en Tánger.
Finalmente, en 1960, cuatro años después de que el país recuperara su independencia, la ciudad quedó bajo soberanía marroquí. Rabat liquidó toda traza de estatus especial y, con ello, dejó caer el telón sobre un escenario que tan dado había sido a las conspiraciones.
Espías nazis en América
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Desfile en Nueva York (1939), de la German American Bund, asociación estadounidense a favor de la Alemania nazi.
El ataque japonés a Pearl Harbor, realizado por sorpresa el 7 de diciembre de 1941, marcó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Y por partida doble. Dos días después de que el presidente Roosevelt declarara la guerra a Japón, Hitler hacía otro tanto con Estados Unidos. Aunque el Pacto Tripartito suscrito con Italia y Japón no obligaba a Alemania a ese gesto de apoyo, Hitler tenía razones para solidarizarse.
Enfrascado en la campaña rusa, el líder alemán pensó que Japón podía contribuir a la derrota de Gran Bretaña y, al mismo tiempo, mantener ocupado a Estados Unidos, que a fin de cuentas prestaba ayuda a británicos y soviéticos. Muchos miembros de los altos círculos del Tercer Reich consideraron que la decisión era precipitada. No se les escapaba que, aun cuando los norteamericanos no representaran un peligro militar inminente, la capacidad de su industria podía resultar decisiva en una contienda de larga duración.

Momento del ataque al Pearl Harbor
Pero pocos se atrevieron a advertir al Führer. Cuando lo hacían, sus temores eran rechazados con el argumento de que una sociedad como la estadounidense, racialmente mezclada y mediatizada por los judíos, era decadente por naturaleza. Semejante respuesta enmascaraba un total desconocimiento de la realidad del país, al que Hitler tan solo se había aproximado a través del cine y los relatos de Karl May, un escritor de novelas de aventuras que describía una sociedad llena de indios y vaqueros.
En todo caso, sí había en Alemania quien había tenido en cuenta la amenaza estadounidense. Como cualquier otro servicio de inteligencia, el Abwehr, el organismo militar alemán de espionaje y contraespionaje, tenía agentes en Norteamérica a principios de los años treinta. Solían ser agregados militares de la embajada alemana y algunos agentes dormidos, es decir, personas que desarrollaban sus actividades cotidianas durante años a la espera de que se les encomendara una misión.
No eran muchos, y tampoco llevaban a cabo otras acciones que las tradicionales de información. En los esquemas del alto mando alemán, Estados Unidos no aparecía como un enemigo potencial. Esta postura cambiaría tras el nombramiento de Wilhelm Canaris como jefe del Abwehr en 1935. Al futuro almirante le interesaban las innovaciones tecnológicas en materia aeronáutica y la capacidad de la industria estadounidense, por lo que decidió ampliar su red de agentes en el país.
A la vista de la escasa eficacia del contraespionaje americano, la operación no planteaba demasiadas dificultades. Estados Unidos carecía de un servicio de inteligencia único. Las funciones de seguridad eran llevadas a la vez y sin coordinar por el FBI, el Ejército y la Armada, que además chocaban con el entramado policial de los estados de la Unión, siempre celosos de sus competencias.
Canaris contaba con la amplia colonia de origen alemán, de la que surgieron organizaciones de cariz nacionalsocialista como la German American Bund. Pero la negativa a colaborar de muchos alemanes, fieles a su país de acogida, le obligó a captar a quienes se hallaban a caballo entre ambos estados. El capitán de corbeta Erich Pfeiffer se encargó de entrevistar a posibles candidatos que llegaban a los puertos alemanes.

Un miembro del abhwehr en el departamento de comunicaciones
Reclutados por mil motivos (patrióticos, ideológicos, económicos o aventureros), los futuros agentes eran enviados a las escuelas del Abwehr, donde recibían formación en criptografía y fotografía. Después regresaban a sus lugares de origen y, amparados en sus ocupaciones habituales, llevaban a cabo su nueva labor. Debían obtener información sobre las bases de las Fuerzas Armadas, sus astilleros y arsenales y los nuevos modelos de armamento.
Las redes del Abwehr
Los agentes llegaban a Estados Unidos por el puerto de Nueva York. Además de concentrar la mayor parte de las líneas marítimas procedentes de Europa, la ciudad albergaba a medio millón de habitantes de origen alemán, en su mayor parte en el distrito de Yorkville, en Manhattan. Esa bolsa germana ofrecía una importante cobertura y apoyo emocional a los agentes.
Pese a la imagen del espía duro y solitario que ha popularizado la ficción, no era fácil llevar una doble vida. Hubo quien actuó por su cuenta, como Emil Koedel. Auxiliado por su hija adoptiva, envió información desde 1936 hasta su detención en octubre de 1944. Pero no era lo habitual. La estructura en Estados Unidos estaba formada por redes de una veintena de agentes que, siguiendo las normas del espionaje, se organizaban a su vez en pequeñas células.
Antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, la mayor fue la Lonkowski-Griebl (llamada así por los nombres de sus jefes), que operaba en los estados del este. Desde 1927, Wilhelm Lonkowski vivía en Hoboken (Nueva Jersey) con la falsa identidad de William Schneider, un respetable ingeniero aeronáutico que compaginaba su trabajo en la Ireland Aicraft Corporation con el de corresponsal para una revista de aviación. La tapadera era perfecta: podía visitar libremente las principales industrias del sector sin levantar sospechas.
Obtuvo información de primera mano y la envió a Alemania. Hasta que uno de sus correos fue pillado in fraganti con un paquete de planos y fotografías de los últimos modelos de aeronaves. Lonkowski fue advertido a tiempo y logró huir a Alemania, pero ya no pudo regresar a Estados Unidos. La organización quedó en manos de Ignatz Theodor Griebl, un ginecólogo asentado en Manhattan y responsable hasta entonces de los correos que llevaban el material al Reich.
En aquellos tiempos no había otra manera de transmitir la información, sobre todo si el material era voluminoso. Los correos solían ser individuos fiables que trabajaban de forma desinteresada. Ocupaban puestos de escasa relevancia en las compañías navieras que cubrían las rutas intercontinentales, sobre todo la alemana Norddeutscher Lloyd Line. Griebl, un nacionalsocialista convencido que había ofrecido sus servicios al mismísimo Goebbels, desarrolló con eficacia su labor.

El presidente Roosevelt en un acto celebrado pocos días después de la firma de la ley Cash and Carry
Pero le sucedió lo mismo que a su predecesor. El arresto en 1938 de Günther Rumisch, antiguo sargento del ejército norteamericano, condujo a la detención de otros tres agentes de un total de 18. Fue el final de la red Lonkowski-Griebl.
Escenario de guerra
A raíz del estallido de la Segunda Guerra Mundial, la opinión pública y el gobierno de Estados Unidos fueron abandonando su aislacionismo militante y acabaron mostrando abiertamente su apoyo a los aliados. El país seguía siendo neutral, pero disposiciones tan favorables a Gran Bretaña y Francia como la ley Cash and Carry, que permitía a los aliados comprar tantas armas norteamericanas como pudieran pagar, dejaban bien claro de qué lado estaba.
Este flujo comercial conllevó algunos cambios en el modo de operar del Abwehr. A sus tareas habituales se sumaba ahora la de averiguar las rutas y la composición de los convoyes aliados, así como el material que transportaban. El desbaratamiento de la red Lonkowski-Griebl había puesto de manifiesto que Estados Unidos era víctima del espionaje alemán. Y ahora que Alemania estaba en guerra, los servicios de seguridad estadounidenses siguieron con más atención los movimientos de los ciudadanos alemanes.
El tráfico naval entre los dos países se hallaba paralizado, y los barcos de otras banderas que recalaban en puertos alemanes pasaban a ser sospechosos para los británicos, que incluso les perseguían. Al Abwehr no le quedó más remedio que incorporar en sus redes a personas de otras nacionalidades y recurrir a otras vías para hacer llegar la información a Alemania.
El servicio de inteligencia equipó a sus agentes con emisoras de onda corta, mientras que para los envíos se utilizaron los buques neutrales con destino a la península ibérica y los clíper de la aerolínea Pan Am que unían Nueva York con América del Sur y Lisboa. A partir de 1940 se añadió México, donde empezaron a operar nuevas redes.
Un infiltrado determinante
La principal red de espionaje estaba a cargo del mayor Nikolaus Ritter, responsable de la sección aérea del Abwehr en Hamburgo. Fue enviado a Nueva York para esclarecer un envío anónimo de parte de los planos de un visor de bombardeo desarrollado por Carl T. Norden. Una vez allí estableció contacto con Hermann Lang, un proyectista que le suministró el material suficiente para reconstruir el visor y que como único premio fue recibido por Goering en persona.

El mayor Nikolaus Ritter. Bundesarchiv Bild
Ritter se encargó de establecer un nuevo equipo especializado en temas aeronáuticos.
Poco después se incorporó a este el que sería uno de sus principales agentes, Frederick J. Duquesne.
Sudafricano de origen bóer, Duquesne ya colaboró con los alemanes en tareas parecidas durante la Primera Guerra Mundial.
Utilizaba como fuente de información y tapadera a la atractiva y bien relacionada modelo Lilly Barbara Stein.
La nueva red no tardó en extenderse por casi todo Estados Unidos y actuó de forma paralela a otra establecida por Kurt Frederick Ludwig.
Ritter contactó también con William Georg Debowski, que trabajaba como mecánico con el nombre falso de William G. Sebold.
Una vez reclutado, fue enviado a Alemania para su instrucción. De regreso a principios de 1940 abrió una oficina en Nueva York, donde recogía los informes que podían transmitirse por radio o enviarse por carta recurriendo a la tinta invisible o la microfotografía.
Pero lo que ni Ritter ni el Abwehr sabían era que Sebold trabajaba como doble agente para el FBI ya antes de su viaje a Alemania. Esta vez, los servicios de contraespionaje norteamericanos fueron pacientes. Mediante un equipo de filmación escondido tras un espejo, grabaron a todos los agentes que pasaban por la oficina de Sebold para entregarle informes.
Tras un año de seguimiento, la red fue desmantelada el 29 de mayo de 1941 con la detención de 33 agentes. Fue uno de los mayores golpes que sufrió el Abwehr. Y llegó en el peor momento, cuando intentaba mantenerse al margen de la centralización de los servicios de seguridad alemanes en uno solo: el Servicio Central de Seguridad del Reich, o RSHA, creado por Himmler.

William Donovan, director de la OSS
Con la entrada de Estados Unidos en la guerra, los agentes alemanes vieron cada vez más limitada su libertad de movimientos. Aunque, a diferencia de los ciudadanos de origen japonés, los alemanes no fueron internados en campos de concentración, seguían siendo sospechosos, y, como tales, eran investigados. Los servicios de inteligencia norteamericanos habían dado un salto de gigante tras la creación de la OSS (Office of Strategic Services), antecesora de la CIA.
Su director, William Donovan, coordinó con su homólogo del FBI, John Edgar Hoover, el papel que ambos organismos debían desempeñar en la lucha contra el Eje. Pero también la posición alemana cambió. Además de las labores de información, se asumió la ejecución de sabotajes. Mientras los submarinos alemanes hundían petroleros y buques de carga frente a las costas estadounidenses, los agentes del Abwehr planificaban operaciones contra los centros neurálgicos del país.
Cadena de fracasos
En junio de 1942 debía desarrollarse la Operación Pastorius. Dos grupos de agentes trasladados en submarinos desembarcaron, uno en Long Island y otro en Florida, con recursos suficientes para permanecer más de dos años en el país. Su objetivo era la destrucción de las centrales hidroeléctricas de la isla Magra y la exclusa principal del río Ohio. Pero la deserción de uno de sus responsables, George J. Dasch, dio al traste con la operación.
Posteriormente se llevaron a cabo otras operaciones parecidas, pero también acabaron en fracaso. Una de las más notorias fue la protagonizada a finales de 1944 por el estadounidense William C. Colepaugh y el alemán Erich Gimpel. Fueron enviados por el RSHA, que asumió las funciones del Abwehr tras la detención de Canaris, acusado de participar en el complot del 20 de julio de 1944 para asesinar a Hitler.
Hasta el final de la contienda, el FBI arrestó a unos 4.000 sospechosos de espionaje, de los que solo 94 fueron condenados. En general, la actuación del Abwehr en Estados Unidos arrojó unos resultados mediocres. Ni las informaciones obtenidas ni los sabotajes fueron realmente importantes. Otra cosa es que los medios de comunicación, sobre todo el cine, magnificaran el peligro que los agentes alemanes representaban para el país. Era una forma de evitar que la población civil, lejos del fragor del combate, se relajara.
nuestras charlas nocturnas.
Fuentes: La Vanguardia(A.Baquero)/Gladiatrix en la Arena(M.Bofill)/laprovincia.es(M.Ruiz)/Aula Fácil/
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