De fugas y escapatorias (1º Parte) …

(Centro de Stalag Luft III (abreviatura de Kriegsgefangenen Lager der Luftwaffe 3)
Hablar de los campos de concentración ideados por los nazis es hablar de una época oscura y de un tiempo que solo implicaba muerte y dolor.
Sin embargo, cuando se hace referencia a ellos también se recuerda a algunos reos que, en contra de todo pronóstico, protagonizaron varios intentos de fuga que tenían como objetivo escapar de aquellos lugares dirigidos por diablos con esvásticas.
Uno de los más disparatados fue el que se llevó a cabo en el centro de Stalag Luft III (abreviatura de Kriegsgefangenen Lager der Luftwaffe 3), en el que lograron huir tres reos frente a las mismas narices de los soldados de Adolf Hitler tras excavar un túnel de 102 metros.
Aunque esta historia es ampliamente conocida gracias a la película « La gran evasión» que utilizó los sucesos acaecidos en este campo como base para su guión.
Paul Royle fue uno de los militares que logró escapar con vida de aquel lugar y que, en los días siguientes, fue capturado de nuevo por los alemanes. En 2015 a sus 101 años, ha falleció sabiendo que fue uno de los pocos que logró poner en jaque al Tercer Reich.
Un campo para aviadores

(Esta maqueta muestra el aspecto que tenía el campo de prisioneros de Stalag Luft III donde tuvo lugar el intento de fuga.)
Para hallar el origen del Stalag Luft III es necesario viajar hasta la ciudad de Zagan (ubicada en la actualidad al suroeste de Polonia). Y es que, fue en esa región ubicada a menos de 200 kilómetros de Berlín donde la Luftwaffe (la fuerza aérea germana) instauró en mayo de 1942 un campo de concentración en el que recluir a los aviadores británicos y estadounidenses capturados
Este lugar fue llamado Kriegsgefangenen Lager der Luftwaffe 3 y formaba parte de un total de seis complejos similares, varios de ellos ideados para albergar a los reos de una nacionalidad determinada.
Lo cierto es que para la ciudad no fue una sorpresa que los nazis levantaran aquel campo de concentración en la zona, pues ya habían visto pasar decenas de ejércitos por la zona. Así lo atestigua el memorial dedicado a estos campos (el « Muzeum obozów jenieckich żagań»), donde se señala que, ya en el año 1813, en la zona murieron decenas de soldados de Napoleón Bonaparte. Lo mismo sucedió en la Primera Guerra Mundial, donde la zona vivó una de las épocas más negras de su historia.
Con todo, hubo que esperar hasta 1942 para que se edificara en esta ciudad uno de los campos de concentración más «seguros» de la contienda. Y es que, escarmentados como estaban los nazis de que los presos trataran de escapar de sus centros de reclusión, decidieron idear un lugar del que fuera imposible huir.
Para ello tomaron varias medidas entre las que destacaron elevar los barracones varios centímetros por encima de la tierra (lo que impedía que se construyeran túneles sin que ellos se percatasen) e instalar varios micrófonos sismográficos en los alrededores para evitar que se excavase sin su consentimiento. Por descontado, los guardias vigilarían como águilas a los reos para no tener disgustos innecesarios.
El plan para huir

(Roger Bushell)
No obstante, con lo que los alemanes no contaban era con el ingenio de unos presos deseosos de ser libres.
A su vez, tampoco tuvieron en cuenta que habían introducido en aquella cárcel a un maestro de las fugas, el soldado británico Roger Bushell, quien contaba con un extenso currículum en lo que a salir por piernas de una prisión se refiere.
Este militar, así como otros tantos, formaron un «comité de huidas» (algo muy británico) y pusieron sus cabezas a barruntar un plan que les permitiese escapar de Stalag Luft III.
La bombilla se les encendió en 1943, cuando «Big X» (nombre en clave de este militar) decidió que lo mejor sería excavar tres túneles (llamados «Tom», «Dick» y «Harry») a través de los que escaparían 250 de los reos.
Tras seleccionar cuidadosamente los lugares en los que serían emplazados los túneles para no que no fueran descubiertos, comenzó la «obra».
«El primero de estos túneles saldría de la chimenea; el segundo, de debajo de los lavabos; y el tercero, de debajo de la base de una estufa. […]
Había que aprovechar las únicas construcciones de ladrillo que llegaban hasta el suelo para usarlas como entradas para los túneles», explica el historiador, escritor y periodista Jesús Hernández en su obra «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial».
Una vez tomada la decisión, se determinó que los corredores estarían ubicados 10 metros bajo el suelo para evitar las molestas vibraciones de los vehículos alemanes, las cuales podrían hacer que se viniesen abajo.
La construcción empezó de forma sencilla, pero pronto se empezaron a acumular los problemas. El primero de ellos fue la posibilidad de que los túneles se derrumbaran. Para solucionarlo, los presos apuntalaron las paredes con maderas de sus camastros, tablones de los barracones (que no fueran muy visibles) y hasta regaderas.
El segundo sobrevino cuando los reos se percataron de que las galerías carecían de ventilación. En este caso su ingenio fue todavía mayor, pues idearon una serie de sistemas de respiración basado en latas viejas y pequeños recovecos de respiración en los propios corredores.
No obstante, todavía les quedaba por superar la mayor de las dificultades. «Repentinamente surgió otro problema. ¿Qué hacer con la tierra extraída? Al principio, se fue almacenando bajo el tejado, pero llegó un momento en el que temieron que pudiera hundirse, así que había que buscar una solución definitiva. […]
Los prisioneros idearon unas bolsas de tela disimuladas a lo largo del pantalón, las llenaban de tierra y, una vez fuera del barracón, las abrían dejándolas caer sobre los zapatos», añade Hernández. La tarea fue árdua, pero un perfecto trabajo de coordinación entre más de 250 personas hizo que el plan saliera a la perfección.
Una masacre que supo a victoria
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(Kommandant Friedrich Wilhelm von Lindeiner-Wildau , Kommandant de Stalag Luft III.)
En esas andaban los presos (excavando a toda la velocidad que podían) mientras los nazis, que tontos no eran, buscaban y buscaban el túnel que sospechaban que había en el campo, pero que no lograban hallar.
Al final, la suerte quiso que se toparan con uno de los corredores («Tom») casi por casualidad.
Por suerte, no se imaginaban que había otros dos. Los prisioneros, por su parte, decidieron apostar todo a una carta y empezaron a trabajar únicamente en «Harry», dejando a «Dick» como un almacén de tierra.
Después de meses de trabajo, el «comité de fugas» dio por finalizado el túnel en marzo de 1944.
El resultado era increíble: un corredor de 102 metros de largo que incluía carretas elaboradas con material robado del campo, luz eléctrica y varios respiraderos.
La fuga se llevó a cabo el 24 de marzo a las diez y media de la noche. Aquel día, los primeros afortunados se introdujeron en el túnel con esperanzas de hallar su libertad al otro lado.
Tan solo debían excavar hacia arriba en el extremo de la galería para encontrar la salida del campo y huir hacia un bosque cercano.
Todo parecía ir sobre ruedas cuando, al abrir la tierra, los prisioneros vieron que se habían quedado cortos al elaborar el corredor, pues todavía faltaban unos metros para llegar al abrigo de los árboles.
Desde allí eran presa fácil, pero ya no podían volver atrás.
Así pues, durante horas los reos se arrastraron por el corredor rezando para que los guardias no se percataran de la ingente cantidad de gente que se estaba marchando frente a sus narices.

(Bram van der Stok)
Así hasta las cinco de la mañana, momento en que sonaron las alarmas y los germanos pusieron el campo de concentración patas arriba hasta hallar el corredor.
El pánico cundió entonces entre los reclusos, que reaccionaron de difeerntes formas.
Los que ya estaban fuera corrieron al bosque.
Otros trataron de introducirse sin éxito en el corredor y, finalmente, algunos regresaron al centro por miedo a las represalias.
«De los prisioneros que habían logrado llegar al bosque, 11 se entregaron de inmediato.
Los responsables del campo se quedaron estupefactos cuando vieron que faltaban 76 internos», completa el experto español.
A la mañana siguiente, cuando los oficiales germanos se enteraron de lo sucedido, se montaron partidas de búsqueda.
Así lograron capturar a 73, de los cuales fusilaron a 50. Tan solo lograron escapar tres: Per Bergland, Jens Müller (ambos noruegos) y Bram van der Stok (holandés). Sin embargo, la Historia les recuerda hoy por su hazaña.
Royle, el triste protagonista de este agosto de 2015, logró escapar con aquel grupo de 76 personas, pero fue capturado posteriormente y trasladado de nuevo a Stalag Luft III.

(Jens Müller)
La suerte quiso, sin embargo, que no fuese fusilado, por lo que pudo conocer al escritor Paul Brickhill, autor del libro que sirvió como guión para «La Gran Evasión».
En los siguientes cinco años, el piloto fue considerado prisionero de guerra, condición que mantuvo hasta que fue liberado y pudo regresar a Australia. Era el penúltimo superviviente de este sangriento intento de fuga.
Bertram James
«Querida Helena: me encantó recibir tu carta el otro día y saber que estás bien. Por favor, ofrece mis felicitaciones a Edward por su matrimonio. No tengo la oportunidad de hacer lo mismo dadas las circunstancias». Con estas emotivas palabras, Bertram James, héroe de la Real Fuerza Áerea británica (RAF) en la Segunda Guerra Mundial, quiso extender la enhorabuena por la boda a uno de sus mejores amigos, a la vez que bromeaba sobre la imposibilidad de hacer lo mismo que él.
La misiva, fechada el 30 de agosto de 1942 en pleno conflicto, fue escrita en Stalag Luft III, un campo de prisioneros dirigido por la Luftwaffe situado en un bosque en las cercanías de la ciudad de Sagan, en Baja Silesia, a unos 160 kilómetros de Berlín.
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(Misiva, fechada el 30 de agosto de 1942 en pleno conflicto, fue escrita en Stalag Luft III, un campo de prisioneros dirigido por la Luftwaffe)
Allí, los militares de la defensa británica contra los nazis eran retenidos y sometidos a trabajos forzados, entre los que se encontraba James. 77 años después de su cautiverio, salió a la luz esta emotiva carta escrita por uno de los supervivientes a la debacle que supuso la Segunda Guerra Mundial.
Bertram James nació en la India, pero fue educado en el prestigioso The King`s School, en Canterbury. Sus amigos le llamaban Jimmy y sus aventuras comenzaron en 1940, cuando ingresó como oficial piloto estacionado de la RAF en Suffolk.
Por aquel entonces los nazis dominaban todo Europa occidental: los Países Bajos estaban llenos de enemigos y Francia estaba dividida. Los planes de Hitler apuntaban a las islas británicas, y el general Sir Winston Churchill ideaba la defensa.

(Bertram James)
La primera prueba de fuego que tuvo que pasar el joven Jimmy fue el derribo de un bombardero Wellington en el que iba subido, acaecida el 5 de junio de 1940.
Pronto, fue capturado y llevado a un campo de prisioneros en Barth, Alemania.
Los meses pasaban y este «miserable y pequeño agujero», como él lo describe según recoge ‘The Independent’, se fue llenando de tropas aliadas al intensificarse las maniobras militares en el continente.
Esto le sirvió a James para probar suerte con una primera fuga, que no tuvo éxito.
Para castigarlo, los nazis le trasladaron a Stalag Luft III, un lugar específicamente edificado para albergar a los presos de las tropas aéreas contrarias a los nazis, diseñado por el mismísimo Hermann Göering, una de las cabezas del Partido.
A su llegada en 1943, el plan ya estaba trazado.
El líder del escuadrón de la RAF Roger Bashel, concibió el plan como una auténtica fuga masiva que tendría lugar la noche del 24 de marzo de 1944.
«Todos los que se encuentran aquí en esta sala viven un tiempo de prestado», dijo en uno de los discursos al resto de soldados presos, recogido por ‘Pegasus Archive’. «¡Todos deberíamos tener el derecho de morir! Se cavarán tres largos túneles: Tom, Dick y Harry. ¡Uno de ellos será el que nos ayude a escapar!».
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La noche de la fuga fue, según informa el diario británico anteriormente citado, la más fría de los últimos 30 años con temperaturas bajo cero. James y su compañero, el oficial Sotirios Skantzikas, se disfrazaron de trabajadores yugoslavos para poder desplazarse una vez estuvieran fuera.
Conocidos como «el grupo de los más duros», se deslizaron por el túnel Harry construido en el asiento número 13 del teatro del campamento. Llegaron a la estación de Hirschberg West con la esperanza de coger un tren, pero la Gestapo les capturó antes de que pudieran hacerlo.
James fue llevado al campo de concentración de Sachsenhausen, en Brandeburgo. Por aquel entonces no sabía la magnitud del desastre que ocasionarían los nazis en toda Europa. Una vez allí, se sorprendió de la violencia empleada con los prisioneros, en su mayoría judíos, y el exterminio que les aguardaba en las cámaras de gas o las ejecuciones aleatorias.
En más de una ocasión nuestro héroe estuvo a punto de ser uno de los ajusticiados, pero tuvo suerte y finalmente consiguió salvarse.

La idea de los túneles volvió a materializarse.
Acompañado de otros cuatro compañeros, el 23 de septiembre de 1944 logró volver a escapar de las garras nazis utilizando cuchillos para cavar un túnel de más de 110 metros de largo.
Pero de nuevo le volverían a capturar pasadas varias semanas y llevado de nuevo a Sachsenhausen para ser puesto en régimen de confinamiento solitario.
Allí se sucedieron las torturas de los guardias, los simulacros de ejecución y, por supuesto, no recibieron nada de comida.
A medida que el ejército de la Unión Soviética avanzaba sobre el territorio europeo, los prisioneros fueron trasladados hacia el sur de Alemania.
Tras un tortuoso recorrido por los campos de concentración de Dachau y Flossenburg, James y otros soldados fueron liberados por los partisanos y las tropas del ejército de Estados Unidos en mayo de 1945.
El protocolo de Auschwitz: el audaz escape que reveló al mundo los horrores del campo de exterminio (y el dilema moral que provocó)

(Rudolf Vrba y Alfred Wetzler estuvieron escondidos tres días cerca del cerco perimetral electrificado del campo de exterminio.)
En abril de 1944, con el desenlace de la Segunda Guerra Mundial pendiendo de un hilo, dos prisioneros yacían ocultos cerca de la valla perimetral de Auschwitz.
Era casi imposible escapar de ese campo de exterminio. Muchos lo habían intentado pero habían sido atrapados, torturados y asesinados.
Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, sin embargo, evitaron ser detectados por las SS nazis ocultándose entre unos troncos, en un lugar que habían rodeado con tabaco empapado en gasolina para evitar que los perros los olfatearan.
Estuvieron ahí tres días, hasta que los guardias se cansaron de buscarlos, y el 10 de abril de 1944, se escaparon para advertirle al mundo que el centro de Auschwitz-Birkenau era una máquina de matar.
Su testimonio del exterminio masivo de judíos europeos conduciría a uno de dilemas morales más difíciles del siglo XX.
Gran secreto
Vrba y Wetzler lograron atravesar la Polonia ocupada por los nazis hasta llegar a la ciudad eslovaca de Zilina.
Eslovaquia, el país donde ambos habían nacido, estaba alineado con la Alemania nazi y fue el primero en deportar voluntariamente a sus judíos.
Vrba y Wetzler estaban desesperados por completar la misión para la que se habían preparando por tanto tiempo, buscando y aprendiéndose de memoria la mayor cantidad de información detallada sobre el campo de exterminio y lo que allí ocurría.
Hasta entonces, nadie tenía una descripción convincente o clara de lo que estaba sucediendo en Auschwitz. El exterminio de los judíos se había llevado a cabo en gran secreto.

(Lo que sucedía en el complejo de exterminio no estaba claro, aunque siempre hubo rumores.)
Cuando se pusieron en contacto con el Consejo Judío en Zilina para ofrecer un informe detallado como testigos oculares, fueron tratados con precaución.
Los líderes de la organización llevaron los libros en los que habían registrado los nombres y fechas de deportación de los judíos de Eslovaquia.
Pregunta tras pregunta, respuesta tras respuesta, el mito de que se los habían llevado a campos de reasentamiento se fue desmoronando y se fueron dando cuenta de que lo que esos libros contenían era un registro de muertos.
Oskar Krasnansky, de la resistencia judía, fue enviado a entrevistarlos.
Se presentó e inmediatamente les preguntó: «¿Cómo sé que no son fantasías y que no estoy desperdiciando mi tiempo?».
Vrba le mostró su antebrazo y Wetzler, su pecho.

(La identificación de los prisioneros en los campos de concentración nazi se hizo sobre todo con números, que inicialmente estaban marcados en sus uniformes, pero luego fueron tatuados en la piel.)
Estaban marcados con los números 44070 y 29162, respectivamente.
- Krasnansky no entendió.
- Krasnansky: ¿Por qué estás tatuado en tu brazo y tú, en tu pecho?
- Wetzler: Los tatuajes en el pecho eran impresos con gran brutalidad. Mucha gente se desmayaba.
- Krasnansky: ¿Es por eso que comenzaron a tatuar a las personas en sus brazos?
- Wetzler: No, lo hicieron porque con los tatuajes en el pecho se desvanecían demasiado rápido.
- Krasnansky: Deben contarme todo. Cada detalle que conozcan sobre Auschwitz-Birkenau.
Desde ese momento, cada uno debió dar su testimonio individualmente, para comprobar que era cierto, y someterse a un riguroso interrogatorio sobre sus revelaciones.
Inimaginable
Es muy fácil para nosotros hoy en día cerrar los ojos e imaginar un campo de exterminio nazi. Hemos visto fotos, películas, documentales. Algunos incluso han visitado alguno de esos lugares.
Pero es realmente difícil reconstruir cuán caótica había sido la información hasta entonces.

(Hace 75 años, nadie imaginaba lo qué le ocurría tras esas puertas. Hoy en día, esa frase alemana «Arbeit macht frei» (‘El trabajo libera’) que aparecía en las entradas de varios campos de concentración y de exterminio nazi nos es familiar.)
Auschwitz no era un nombre familiar a principios de 1944.
La gente sabía que los judíos estaban siendo llevados a Polonia. La resistencia polaca había logrado conseguir alguna información sobre el campo, pero, en general, era fragmentada y a veces, hasta contradictoria.
El interrogatorio de Vrba y Wetzler fue meticulosamente registrado, como en un tribunal de justicia.
La profesionalidad con la que Krasnansky lo manejó refleja que sabía que la información que estaba obteniendo era decisiva.
De hecho, la entrevista se realizó con la idea de presentar cargos legales, por lo que se requerían hechos.
- Krasnansky: ¿Cómo escapaste?
- Vrba: Nos metimos en el bosque y caminábamos solo de noche.
- Krasnansky: ¿Cuánto tiempo estuviste en Auschwitz?
- Vrba: Llegué el 30 de junio de 1942.
- Krasnansky: Hemos escuchado rumores de que a los judíos los matan en masa con unas máquinas de gas y por electrocución.
- Vrba: El alambre del perímetro está electrificado. Hay cámaras de gas.
- Krasnansky: Siga
- Vrba: Cuatro cámaras de gas con crematorios para incinerar. El primer crematorio se inauguró en marzo de 1943, cuando importantes invitados de Berlín llegaron para ver la nueva instalación. Ese día pudieron ver a 8.000 judíos de Cracovia siendo gaseados y quemados. Quedaron muy satisfechos con el resultado.
- Krasnansky: ¿Cómo sabes todo esto?
- Vrba: Trabajé como registrador en la sección Birkenau del campo. Mis tareas diarias incluían registrar a los que habían sobrevivido el viaje en tren y que, a su llegada a Auschwitz, no habían sido seleccionados para el gas.
También obtuve información sobre el funcionamiento preciso de las cámaras de gas y los crematorios, de uno de los Sonderkommando.
- Krasnansky: ¿Sonderkommando?
- Vrba: Ustedes realmente no saben nada, ¡¿cierto?!
Los prisioneros en Auschwitz-Birkenau que más sabían de lo que ocurría en las cámaras de gas y los crematorios eran los miembros del llamado Sonderkommando (comandos especiales).
Usualmente eran judíos obligados bajo amenaza de muerte por las SS a asistir en la eliminación de los restos de las víctimas de las cámaras de gas.

(Campo de concentración de Auschwitz: vista de Birkenau / Sección B. Foto tomada por guardia o SS.)
Auschwitz era un lugar enorme, que se fue desarrollando con el tiempo y de diferentes maneras.
El primer campamento, Auschwitz I, fue abierto en 1940. Más tarde, agregaron Birkenau, a pocos kilómetros de distancia, que es donde estaban las cámaras de gas y el crematorio.
La información que dieron Vrba y Wetzler sobre el diseño del campo, la mecánica del exterminio en masa e incluso los nombres de los prisioneros individuales fue sorprendentemente precisa.
- Vrba: A finales de enero, un gran convoy de judíos franceses y holandeses llegó a Auschwitz. Pero solo una pequeña proporción de ellos llegó al campo.
- Krasnansky: ¿Qué pasó con el resto de ellos?
- Vrba: Fueron directamente de los trenes a las cámaras de gas.
- Krasnansky: ¿Viste estas selecciones tú mismo?
- Vrba: Sí. Pertenecía a un comando de trabajo que me llevó a un lugar llamado «la rampa», donde entraban los trenes, a veces uno al día, a veces cinco, a veces durante toda la noche.
Mi trabajo consistía en ocuparme de los bienes personales de los judíos que habían sido seleccionados para el gas y recoger los cadáveres de los vagones de ganado en los que los transportaban. Mujeres, niños, ancianos, personas que consideraban no aptas, eran enviadas directamente a las cámaras de gas. Los más aptos eran separados y los dejaban vivos para que trabajaran.
- Krasnansky: ¿Cuántos?
- Vrba: Variaba. Un pequeño porcentaje, alrededor de 5% de las mujeres y 10% de los hombres [se salvaba de las cámaras de gas].
- Krasnansky: ¿Todo eso se hacía a la fuerza?
- Vrba: A veces, pero generalmente no. Quiero enfatizar que la gente que llegaba no tenía idea de dónde estaban. Se bajaban del tren sin saber lo que les había sucedido a quienes habían llegado unas horas antes.
- Krasnansky: ¿Cómo lidiaban las SS con estas llegadas?
- Vrba: Ya te dije. Eran enviados al gas en Birkenau. Algunos de los grupos estaban asustados y desorientados. Otros, casi aliviados, dependiendo de cómo los recibían las SS.
A veces podían ser duros, usar garrotes, perros, muchos gritos. Otras veces los recibían diciendo: «¡Qué bueno que llegaron! Lamentamos que no haya sido demasiado cómodo. Las cosas cambiarán ahora».

(Una foto tomada por los nazis en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, muestra una carga de prisioneros destinados al campo de concentración de Auschwitz. Se muestran mientras hacen fila después de llegar a la estación de ferrocarril de Auschwitz.)
«Lo que está por venir»
Vrba y Wetzler estaban describiendo con detalles un genocidio.
Le estaban rogando a la gente que creyera algo que era increíble.
El testimonio tuvo un clímax horrible: el nuevo plan de los nazis para Auschwitz-Birkenau.
- Vrba: Se están preparando para el exterminio de los judíos húngaros.
- Krasnansky: ¿Como sabes eso?
- Vrba: Por eso construyeron los nuevos crematorios y ampliaron la rampa.
- Krasnansky: ¿Cómo sabes que la intención es matar a los judíos húngaros?
- Vrba: Las SS. Ellos hablan.
- Krasnansky: ¿Contigo?
- Vrba: No, yo soy basura. Hablan entre ellos. Los escuché más de una vez.
- Krasnansky: ¿Estás seguro de haber escuchado esto? Tengo que preguntar. ¿Estas seguro?
- Vrba: Lo escuché más de una vez. Es por eso que sabía que tenía que escapar. Para advertirle a la gente de lo que está por venir.
Hungría era el hogar de una de las poblaciones judías más grandes de Europa, que comprendía alrededor de 750.000-800.000 personas.
Habían sido sometidas a leyes antijudías, el antisemitismo era generalizado entre la población y miles de húngaros judíos murieron después de verse obligados a servir en batallones laborales en el frente oriental de la guerra.
Sin embargo, el gobierno húngaro había resistido las demandas nazis de entregar a su población judía, por lo que se mantuvo en gran parte intacta.
Pero en marzo de 1944 las tropas alemanas invadieron el país.
El mensaje urgente de Vrba y Wetzler querían darle a los judíos en Hungría era que no se dejaran engañar por las promesas de los nazis,
«Casi un millón de húngaros van a morir -enfatizó Vrba-. Auschwitz está listo para su llegada. ¡Hay que informar de inmediato!».
El horror escrito a mano
Vrba y Wetzler sabían que necesitaban convencer al mundo de que lo que habían vivido realmente estaba sucediendo.
Fue su idea escribir un informe que pudiera distribuirse y mostrarse como evidencia.
Querían incluir todas las pruebas posibles, incluyendo dibujos.

(Uno de los bocetos hechos por Vrba y Wetzler, mostrando la ubicación aproximada de Auschwitz-Birkenau, sus cámaras de gas y crematorio.)
Su desgarrador testimonio se convirtió en un informe detallado escrito sin asomo de emoción: las cifras y descripciones eran más que suficientes para retratar el horror.
El informe Vrba-Wetzler, también conocido como el Protocolo de Auschwitz, fue escrito originalmente a mano y en eslovaco.
Krasnansky lo pasó a máquina y lo tradujo simultáneamente al alemán. Sobre esa versión se basó la traducción al inglés.
Los nazis habían mantenido su programa de exterminio como un secreto muy bien guardado, para evitar la resistencia y la interrupción de los trenes.
Pero ya no era secreto.
Gracias al documento, los activistas judíos en Eslovaquia se enteraron de los planes de los nazis para los judíos húngaros.
Pero había que lograr que llegara más lejos, y eso no era fácil.
Lo último que Alemania quería era que se divulgara esa información.

(Dibujo del crematorio, incluido en el informe Vrba-Wetzler.)
El 27 de abril de 1944, la advertencia de Vrba se hizo realidad: los primeros 4.000 judíos fueron enviados en tren desde Hungría a Auschwitz.
En la primera semana de mayo de 1944, el Protocolo llegó a manos de Michael Weissmandl, quien trabajaba en secreto para la resistencia judía en la capital eslovaca.
Weissmandl empezó a enviar el informe a todas partes que se le ocurrían: a la Agencia Judía en Jerusalén, a Londres, con suerte a Estados Unidos.
En los frentes de guerra
En la primavera de 1944, el mundo tenía poco conocimiento de lo que les estaba sucediendo a los judíos de Hungría.
La atención estaba concentrada en otro lado: la guerra había alcanzado una coyuntura crítica.
Estados Unidos y Reino Unido estaban enfocados en los preparativos para el Día D, de los cuales dependía el resultado total de la guerra.
Estados Unidos estaba en medio de un esfuerzo hercúleo luchando la guerra del Pacífico. Sabían que a medida que se acercaran a Japón, todo sería cada vez más difícil, porque los japoneses eran luchadores terriblemente feroces.
Al otro lado de Europa, el ejército soviético en ese momento estaba trabajando a todo vapor. Stalin básicamente destruyó todo el ejército alemán en algunas de las batallas más grandes de la historia moderna.
El gran problema moral
Mientras que los Aliados se centraban en el frente de batalla, el Protocolo ganó impulso.
El rabino Weissmandl logró enviarlo y agregó una dramática posdata, con la que convirtió la cuestión de qué hacer con el campo de exterminio en uno de los grandes problemas morales del siglo XX.
Solicitaba vehementemente que las fuerzas aéreas aliadas bombardearan Auschwitz. No fue el único pero sí el primero en hacerlo.

¿Arriesgarse a matar presos inocentes para salvar a otros del mismo destino?
La transmisión de Weissmandl llegó la Junta de Refugiados de Guerra en la neutral Suiza.
La Junta de Refugiados de Guerra fue establecida por Roosevelt a principios de 1944, y era la única organización del mundo que tenía la tarea específica de rescatar judíos.
La solicitud asombraba porque lo que estaban pidiendo era que bombardearan un lugar donde su propia gente estaba prisionera.
No obstante, más voces en Eslovaquia y Hungría empezaron a exhortar que se bombardearan secciones vitales de las líneas ferroviarias.
También instaban a que los campos de Auschwitz y Birkenau, especialmente las cámaras de gas y los crematorios -reconocibles por sus altas chimeneas- fueran bombardeados desde el aire.
La lógica era que para detener la matanza, había que destruir el instrumento con el que se realizaba.
Pero eso implicaba bombardear a civiles a los que los debían rescatar.
Era un salto moral hacia lo desconocido.
Suiza estaba completamente rodeada por territorio nazi, así que la Junta de Refugiados solo pudo enviar un resumen del Protocolo con la petición de bombardear Auschwitz a su oficina en Washington, y un cable diciendo: «Tan pronto como pueda, recibirán todo».
Misión: exterminar humanos
Mientras tanto, Auschwitz-Birkenau alcanzó su frenético clímax.

(Imagen sin fecha tomada en secreto por la Organización de Resistencia clandestina en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau que muestra cómo los prisioneros eran obligados a incinerar los cadáveres afuera cuando se sobrecargaron los crematorios.)
Antes del verano de 1944, Auschwitz no era el más letal de los 6 campos de exterminio nazis.
Los nazis habían matado a más judíos en Treblinka -entre 750.000 y 900.000 en los 17 meses de su operación-, y en Belzec, donde 600.000 fueron asesinados en menos de 10 meses.
En 1943 los nazis cerraron ambos campos. Su misión, el exterminio de los judíos polacos, se había completado.
Pero durante el verano de 1944, Auschwitz superó a los otros campos de exterminio: nunca antes tantos humanos habían sido asesinados tan rápidamente como en el período comprendido entre mayo y julio de 1944.
437.402 judíos fueron enviados principalmente a Birkenau en 147 trenes en 54 días: un promedio de 2,7 trenes por día, con 2.975 judíos por tren.
Primer Ministro de Reino Unido 1940 – 1945
El Protocolo se estancó en Estados Unidos, pero en Reino Unido, el Secretario de Relaciones Exteriores Anthony Eden y el primer ministro Winston Churchill estaba a favor, en principio, de bombardear Auschwitz con el objetivo de dislocar la maquinaria de aniquilación y salvar del exterminio a los 300.000 judíos húngaros que quedaban.
Sin embargo, los británicos nunca llevaron a cabo el bombardeo.
Atacar un campo de concentración lleno de civiles inocentes e injustamente encarcelados no solo planteaba un dilema moral para los aliados.
Había diversos puntos de vista, uno de los cuales hacía eco a lo que decía un memorando interno del Departamento de Guerra de EE.UU.:
«Debemos tener en cuenta constantemente que el alivio más efectivo que se puede dar a las víctimas de la persecución del enemigo es asegurar la rápida derrota de (las Potencias del) Eje«.
Otra opinión era que la misión de bombardeo requeriría de una desviación inaceptable de recursos, como escribió en agosto de 1944 el subsecretario de guerra John J. McCloy, en respuesta a la pregunta de la Junta de Refugiados de Guerra de si era posible bombardear Auschwitz:
«Después de un estudio, se hizo evidente que tal operación podría ejecutarse solo mediante la desviación de un considerable apoyo aéreo esencial para el éxito de nuestras fuerzas ahora involucradas en operaciones decisivas en otros lugares y, en cualquier caso, tendría una eficacia tan dudosa que no justificaría el uso de nuestros recursos.
«Ha habido una opinión considerable en el sentido de que tal esfuerzo, incluso si fuera posible, podría provocar una acción aún más vengativa por parte de los alemanes«.
El debate era genuino entre los que insistían en salvar a los vivos y los que imploraban que se evitara la eliminación de todo un pueblo; entre los que querían seguir con la ofensiva contra Alemania sin desviaciones pues el destino del mundo estaba en juego y los que querían que se demostrara con el bombardeo que, para ese mismo mundo, lo que estaba sucediendo en Auschwitz era inaceptable.
Y entre las voces, a menudo se detectaba el antisemitismo que tanto permeaba las decisiones de la época.
Al final…
A pesar de que el plan de atacar el campo de exterminio fue descartado finalmente, el 13 de septiembre de 1944, los Aliados bombardearon Auschwitz-Birkenau.
Unas 2.000 bombas llovieron sobre el lugar.
Decenas de prisioneros murieron, cientos más resultaron heridos.
Sin embargo, no fue intencional.
El objetivo era la fábrica de aceite sintético IG Farben que estaba a menos de 8 kilómetros al este de Birkenau.
Auschwitz nunca fue una prioridad.

Trabajadores esclavos en sus literas en el campo de concentración después de la liberación el 16 de abril de 1945. En esta foto está Elie Wiesel, futuro ganador del Premio Nobel de la Paz, en la segunda fila de literas, séptimo desde la izquierda, junto a la viga vertical.
Elie Wiesel, autor y premio Nobel de la Paz, estaba en ese momento encarcelado en Buna-Monowitz (Auschwitz III), el campo de trabajos forzados de Auschwitz, y sobre ese bombardeo escribió:
«Ya no teníamos miedo a la muerte; en cualquier caso, no a esa muerte. Cada bomba nos llenó de alegría y nos dio una nueva confianza en la vida «.
La historia completa
En abril de 1944, Vrba y Wetzler habían escapado de Auschwitz para advertirle al mundo sobre el exterminio de los judíos húngaros.
Para septiembre, todavía no se había hecho nada.
El ejército estadounidense liberó Suiza a fines de septiembre, y la Junta de Refugiados de Guerra finalmente pudo enviar el Protocolo completo a la oficina de Washington.
John Pehle, el director, lo recibió en noviembre y lo que leyó lo estremeció hasta la médula.
Esto era Auschwitz. Un lugar donde sucedían cosas terribles.
Las desafortunadas víctimas eran llevadas al pasillo, donde se les pedía que se desnudaran.
Cada persona recibía una toalla y un pequeño trozo de jabón, entregados por dos hombres vestidos con batas blancas. Luego se apiñaban en las cámaras de gas en números que solo dejaban espacio para estar de pie.
Cuando ya estaban todos adentro, cerraban la pesada puerta.
Había una breve pausa.
Después, hombres de las SS con máscaras de gas subían al techo, abrían las portezuelas y sacudían una preparación en forma de polvo de latas con la etiqueta «Zyklon, para uso contra alimañas», fabricado por una empresa de Hamburgo.
Esa mezcla de cianuro se convierte en gas a ciertas temperaturas.
Después de tres minutos… todos en la cámara estaban muertos.
(Extracto del informe Vrba-Wetzler)

(Prisioneros asesinados en las cámaras de gas de Auschwitz. Polonia. Fotografía. 1944)
Pehle no pudo obligar al Departamento de Guerra a actuar. Así que filtró la versión completa del Protocolo a los periódicos, con una carta de presentación.
«Tan repugnantes y diabólicas son las atrocidades alemanas que a las mentes de las personas civilizadas les resulta difícil creer que realmente hayan tenido lugar».
«Hicimos muy poco y lo hicimos demasiado tarde».
Fue noticia de primera plana en todo el país.
El día que se divulgó esa información al pueblo estadounidense, los nazis destruyeron las cámaras de gas. Fue un intento de destruir la evidencia, pero no funcionó.
Dos meses después, el 27 de enero de 1945, Auschwitz fue liberado por el Ejército Rojo.
Los soldados soviéticos que entraron en el campo comprendieron que lo que vieron era horrible más allá de cualquier descripción posible.
nuestras charlas nocturnas.
Fuentes: abc(M.P.Villatoro)/ACV(E.Zamorano)/BBC/
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