¿Qué es la consciencia? ¿Cómo la crea el cerebro?…

Investigación y ciencia(I.M.Bernal)/Psicoadapta/Psicología y Mente(E.E.Coaching/A.Torres) — Imagine por un momento que puede usted penetrar en un televisor en funcionamiento para conocer lo que está ocurriendo en su interior. No creo que le haya pasado por la cabeza que allí dentro encontraría imágenes, colores y sonidos, como los que puede ver en la pantalla de ese televisor.
Lo que hallaría serían miríadas de pequeñas e ininteligibles corrientes eléctricas que van y vienen entre los componentes de múltiples circuitos electrónicos.
Esas micro-corrientes codifican la información que el televisor ha recibido por la antena de modo similar a como los puntos y rayas del código morse codifican los mensajes en el antiguo telégrafo. Cuando han procesado la información, los circuitos electrónicos del televisor convierten el resultado de su trabajo en las imágenes y sonidos que aparecen en su pantalla.
La consciencia, ese estado de la mente que nos permite darnos cuenta de nuestra propia existencia, de la del resto del mundo y de las cosas que pasan, es algo muy similar, pues no es otra cosa que el inteligible resultado del procesamiento de información que tiene lugar en el interior del cerebro.
Es algo así como una pantalla mental donde el cerebro presenta continuamente la información que necesitamos conocer en cada momento para guiar el comportamiento. Pero eso no significa que todo lo que procesa el cerebro acabe produciendo un resultado consciente, pues hay mucho trabajo cerebral del que nunca nos enteramos.
La consciencia es un estado mental muy especial, íntimo y personal, pues sólo podemos sentir la propia consciencia y nunca la de los otros. Es decir, no hay manera de penetrar en la mente de otra persona como lo hacemos en la propia gracias a la consciencia.
Más aún, no hay actualmente ningún medio científico que nos permita asegurar plenamente que las demás personas con las que convivimos son también seres conscientes como nosotros mismos, pues podrían ser sofisticados y perfectos zombis que se comportaran de modo idéntico a los seres conscientes, y ni nos enteraríamos.

Quien aquí escribe podría ser uno de esos zombis, es decir un ser inconsciente tan perfecto que fuera capaz de comportarse de modo idéntico a un ser consciente.
Usted, no lo notaría. Tampoco quien escribe puede estar seguro de que usted, lector, no sea otro de esos zombis, con capacidad extraordinaria para leer y comportarse como una persona consciente.
En breve, mi consciencia es mía, y sólo mía. La suya, sólo suya.
Siempre ha resultado complicado definir el concepto de conciencia (o consciencia: provienen del mismo origen latino conscientia, “con conocimiento”).
La ciencia no tiene medios para estudiar algo que carece de materia o de cualquier tipo de fuerza o energía medible.
La idea evolucionó con el desarrollo de la psicología y la neurofisiología en paralelo con la filosofía.
Ésta insistió en el aspecto subjetivo, mientras que las otras dos disciplinas se fijaban en el comportamiento o en propiedades fisiológicas.
Cada área de estudio ofrece sus definiciones arbitrarias según su campo de investigación.
El problema fácil y difícil de la conciencia
El filósofo australiano David J. Chalmers (1966) diferencia entre los problemas fáciles (considerar la conciencia como una capacidad mental más, que incluye la focalización de la atención, la integración de nueva información, etc.) y el problema difícil (cómo la conexión física entre neuronas mediante impulsos eléctricos puede producir la experiencia subjetiva que llamamos conciencia).
Pero básicamente la conciencia se podría explicar como el entendimiento o conocimiento que un ser vivo tiene de sí mismo (de su propia existencia) y de su capacidad para actuar sobre su entorno. Es lo que sentimos al tener contacto con nuestra realidad, y está nutrida por nuestro sistema de creencias adquirido en la cultura que nos ha tocado vivir.
La conciencia es un estado mental sólo accesible por el propio sujeto, que le permite analizar cómo se percibe a sí mismo como ser autónomo, interactuando con los estímulos externos que le rodean a través de sus sentidos, para después poder reflexionar e interpretar esos estímulos relacionándolos con su memoria y construir su realidad.

El continuo de la conciencia
La conciencia anida dentro de un continuum entre inconsciencia y diversos niveles de conciencia, dependiendo del grado de inactividad o actividad neuronal del cerebro (el coma constituye el nivel mínimo, la pérdida total de conciencia). El estado de vigilia equivale a la conciencia misma (la autoconciencia), en contraposición al estado fisiológico del sueño.
La conciencia garantiza un proceso continuo de información y adaptación entre nuestro yo subjetivo, nuestro sistema nervioso y nuestro entorno perceptivo.
Además suele diferenciarse entre conciencia sensorial o primaria (seguramente habitual en el mundo animal) y conciencia de nivel superior o metacognición (ser conscientes de nuestra conciencia), que se cree única en la raza humana. Es necesario un cierto nivel de conciencia para poder experimentar sentimientos.
Pero sigue siendo una incógnita para la ciencia cómo surge la conciencia a partir de un órgano físico, el cerebro, compuesto de células activadas mediante impulsos eléctricos que crean recuerdos vívidos, pensamientos abstractos o sentimientos tan variados y confusos como el amor, la ira o la tristeza. Cómo construye imágenes mentales, acumula recuerdos, crea emociones o clasifica la realidad.
Teorías sobre la conciencia
Hay múltiples teorías sobre la conciencia, a menudo basadas en parte en otras teorías que las precedieron. Algunos ejemplos son:
El filósofo estadounidense William James (1842-1910) la definía como una función evolutiva que salvaguardaba una secuencia de experiencias concretas conscientes. Es la capacidad de grabar en nuestra memoria lo que estamos viviendo en una secuencia temporal para poder prever el futuro.
El filósofo austriaco Karl Popper (1902-1994) creía que la conciencia emergió con el lenguaje por la necesidad de comunicarse unos con otros. Es la última herramienta del proceso de evolución del Homo sapiens que le incita a ser consciente de sí mismo.
El neurobiólogo estadounidense Gerald Edelman (1929-2014) plantea que la conciencia brota como consecuencia de la interacción entre grandes grupos de neuronas que se coordinan entre sí en el cerebro, manteniendo conexiones continuas con el cuerpo y el ambiente. La conciencia nace cuando el cerebro se da cuenta de sí mismo.
Distingue entre conciencia primaria, construida de experiencias vividas en el presente e interpretadas según las categorizaciones (conceptos que creamos de nuestras experiencias y que asignamos con palabras) hechas por el individuo: es un “presente recordado”; y conciencia superior, que se basa en la emergencia del lenguaje en el ser humano que nos permite relatar subjetivamente nuestra vida pasada. Una parte importante de lo que somos es producto de nuestro diálogo interior.
Para el neurólogo portugués Antonio Damasio (1944) la conciencia es un proceso gradual que se asocia con una secuencia de tres tipos de yoes que conforman nuestra identidad:
1- el Proto-Yo:
es una secuencia temporal inconsciente y coherente de pautas neuronales que simbolizan el estado de nuestro cuerpo momento a momento. Es lo que permite distinguirnos del medio exterior (facultad propia de la mayor parte de seres vivos).
2- El Yo central:
somos conocedores de este yo, puede activarse ante cualquier elemento natural y va experimentando pequeños cambios a lo largo de su vida. Solo experimenta el presente separando nuestro yo como entidad propia frente a otras cosas externas que nos afectan.
3- El Yo autobiográfico:
es la memoria autobiográfica, compuesta por memorias implícitas de las experiencias vividas en el pasado y también de la previsión de un futuro incierto. Esta memoria nos proporciona la conciencia de un “yo enriquecido” por los archivos de nuestra experiencia vital.

Para el físico teórico estadounidense Michio Kaku (1947) la conciencia es fruto de la evolución, que podría estar alojada en la corteza prefrontal y que se activa cuando tomamos una decisión, por lo que para comprenderla hay que estudiar el cerebro y cómo se comporta en el espacio-tiempo. Según Kaku nuestra conciencia es la suma de nuestro conocimiento y nuestras emociones que han evolucionado durante milenios.
El filósofo sueco Peter Gardenfors (1949) ve en el lenguaje el último estadio en el proceso que lleva a la conciencia humana. Piensa que primero estuvieron las sensaciones, luego la atención, las emociones, la memoria, los pensamientos, la planificación, el yo, el libre albedrío y, finalmente, el lenguaje. Los pensamientos son representaciones internas del mundo, lo que permite a los animales que los tienen separarse del mundo inmediato, pudiendo crear más de un curso posible de acción.
El neurocientífico estadounidense Joseph LeDoux (1949) cita a varios científicos que definen la conciencia como el saber lo que hay en nuestra “memoria de trabajo”, memoria que contiene representaciones mentales en forma de episodios que se manifiesta en el momento presente. Para darnos cuenta de algo, ese algo debe estar representado mentalmente y después relacionarse con la representación mental del yo que lo experimenta. Otras teorías parecidas identifican la conciencia con la fijación de la atención.
La neuróloga irlandesa Suzanne O’Sullivan concibe la conciencia como una totalidad compuesta por diversos estados: la atención, la percepción y la memoria. Es la habilidad de elegir selectivamente nuestra experiencia mental. La atención selecciona algo, y después la percepción lo identifica subjetivamente según nuestras creencias alojadas en nuestra memoria.
Desarrollo de la conciencia

La conciencia podría iniciarse cuando abrimos los ojos por primera vez y nos encontramos frente a nuestro entorno, a nuestro mundo, y experimentamos lo personal (nuestro yo) y lo exterior (el ambiente) como dos naturalezas distintas que se afectan mutuamente.
Después, poco a poco, iríamos penetrando en nuestra propia experiencia cuando alcanzamos a diferenciar lo imaginario de lo real en nuestra representación mental.
Mediante nuestra vigilia, nuestro estado de alerta vigilante, vamos seleccionando diversos estímulos ambientales que, a través de la atención, serán almacenados en nuestra memoria. Así va desarrollándose nuestra conciencia: atesorando nuestro pasado, percibiendo nuestro presente asistido por nuestras emociones y, gradualmente, construyendo nuestra propia identidad.
La conciencia nos permite crear metáforas, concebir posibilidades, expandir nuestra existencia. Nuestra representación simbólica de la realidad nos habilita para extraer conclusiones y elaborar nuevos conocimientos a partir de los que ya tenemos.
La conciencia existe en nuestra voz interior que nos hace preguntarnos de dónde venimos, por qué estamos aquí y qué futuro podemos crear. Permite que demos un significado a nuestras emociones y nos anima a comprendernos para alcanzar la felicidad.
Hay que añadir que no tenemos una consciencia separada para los sonidos, otra para las imágenes, otra para los olores, otra para las emociones, etc, pues todas ellas van juntas e integradas en la percepción consciente y única de cada momento.
Eso sí, tenemos una enorme capacidad para cambiar los contenidos de la consciencia (lo que los filósofos llaman qualia) a gran velocidad y siempre que voluntariamente lo deseemos. Así, casi instantáneamente podemos cambiar de pensamiento, dejar, por ejemplo, de pensar en lo que estamos haciendo y pasar a imaginar que nos estamos bañando en una playa paradisíaca.
Además, todo eso ocurre en continuidad, como en una película mental, pues la consciencia no la sentimos como una sucesión discontinua de imágenes o pensamientos, sino como percepciones que ocurren secuencialmente una tras otra sin apagones intermedios.
Una de las características más especiales de la consciencia humana es la de ser consciente de ella misma, es decir, no sólo somos conscientes, sino que además somos conscientes de que somos conscientes y podemos pensar en nuestros propios pensamientos.

Pensar que pensamos, por así decirlo.
A eso lo llamamos metaconsciencia o autoconsciencia, una capacidad que no sabemos si la tienen también otras especies animales.
La metaconsciencia potencia extraordinariamente nuestra capacidad consciente haciendo que podamos razonar en profundidad para conocernos mejor, resolver problemas y tomar decisiones.
El pensar en nuestro propio pensamiento puede también potenciar nuestras emociones y sentimientos haciéndolos más intensos y poderosos para controlar nuestra conducta.
Entre todas las percepciones conscientes que tenemos destaca la que nos permite sentir nuestra propia existencia y, con ella, la de que nuestra mente es algo inseparable de nuestro cuerpo, pues la sentimos como encerrada en él, desplazándose con él adonde quiera que va.
Esa ubicación de la mente en los límites físicos del propio cuerpo es una poderosa percepción que también crea nuestro cerebro y ahora sabemos que alterarla es mucho más fácil de lo que pudiéramos creer dada su aparente solidez.
Como han demostrado investigadores del Instituto Karolinska de Estocolmo, basta con desincronizar entre ellos algunos de nuestros sentidos, particularmente la vista y el tacto, para que podamos sentir de modo muy vivo y realista que nuestra mente abandona nuestro cuerpo, se separa de él.
Por otro lado, en la manera que tenemos de sentir nuestro cuerpo hay algo aparentemente misterioso. Es un hecho científicamente comprobado que las sensaciones y percepciones las genera el cerebro, pero no las sentimos en él, sino en la parte del cuerpo que es estimulada.
De ese modo, si nos tocan en una mano sentimos el tacto en esa mano y si lo hacen en la cara lo sentimos en la cara, pero lo cierto es que son las partes de la corteza cerebral que reciben la información de las manos y la cara las que originan esas sensaciones conscientes.
Ello lo demuestra el síndrome clínico conocido como «elmiembro fantasma», que ocurre en pacientes a los que se le ha amputado un brazo o una pierna y durante algún tiempo siguen manifestando tener sensaciones de tacto o dolor en el miembro del que carecen.

Gracias a la consciencia pensamos, valoramos las cosas, resolvemos problemas, y tomamos decisiones. La consciencia aporta mucha flexibilidad al comportamiento humano, mucha ventaja sobre lo que, alternativamente, pudiera aportar el más sofisticado robot.
La gran pregunta, no obstante, es cómo el cerebro hace posible la consciencia. Tradicionalmente se ha considerado que el tálamo, una región del centro del cerebro relacionada con el procesamiento de información sensorial (visual, auditiva y táctil), es la estructura más importante para hacer posible la consciencia.
Se pensaba así porque las personas que sufren daño en esa parte del cerebro pueden perder la consciencia o una parte de ella.
¿Qué es la consciencia emocional?
El concepto de conciencia emocional no es fácil de explicar en una sola línea, ya que hace referencia al componente más complejo de la mente humana: las emociones.
Sin embargo, resumiendo, puede ser entendido como el estado en el que se llega a comprender los patrones de activación emocional de modo que en vez de asistir pasivamente a su experimentación en primera persona, podemos hacer que trabajen en nuestro favor, dependiendo de los objetivos de desarrollo personal que nos hayamos propuesto.
Así, la consciencia emocional tiene que ver con un conjunto de habilidades que pueden ser aplicadas en el día a día, tanto para uno mismo como individuo como en los fenómenos grupales a través del liderazgo. A su vez, llegar a progresar en el dominio de estas competencias no tiene que ver exactamente con aprender conocimientos teóricos, sino con aplicar nuevas dinámicas y nuevos planteamientos a nuestras maneras de relacionarnos con el entorno y con nuestros propios procesos mentales.
En definitiva, la consciencia emocional surge como consecuencia de un aprendizaje vivencial.

Ejemplos sobre cómo desarrollarla
A continuación encontrarás varias pautas generales que dan una idea del tipo de actividades y hábitos relacionados con el desarrollo de la consciencia emocional.
1. El cuestionamiento de los propios motivos
Mucho de lo que hacemos o pensamos no se fundamenta en los motivos y las finalidades que solemos tener en mente cuando nos toca justificar lo que hacemos. Esta idea, que popularizó Sigmund Freud pero que ya había sido comentada por otros antes que él y que en las últimas décadas ha sido validada por numerosos estudios de la línea de investigación de la racionalidad limitada, tiene implicaciones a la hora de relacionarnos con nuestras emociones. Porque muchas veces creamos coartadas morales que ocultan lo que de verdad nos hace sentir mal o bien por algo.
Así pues, detenerse a analizar qué mecanismos psicológicos están realmente detrás de muchas de nuestras actitudes resulta liberador, porque nos permite actual sobre la raíz de algunas predisposiciones que nos crean problemas en el día a día.
2. Aprovechar el entorno para regular las emociones
Las personas no son islas; lo que hacen y piensan depende de lo que ocurre a su alrededor. Por eso, podemos modificar el entorno para entrar en estados emocionales que nos ayuden a alcanzar nuestros objetivos.
3. Distanciarse de la propia perspectiva
Aunque resulte paradójico, adoptar una perspectiva distanciada puede ayudarnos a comprender mejor lo que sentimos. El hecho de estar totalmente involucrados en una emoción no tiene por qué llevarnos a conocer mejor lo que ocurre; de hecho, nos puede llegar a cegar.
4. Acudir a cursos
Es posible entrenar la consciencia emocional apoyándonos en cursos que contienen los contenidos dirigidos específicamente a entrenar las competencias vinculadas a esta faceta psicológica.
La Escuela Europea de Coaching, por ejemplo, ofrece un programa formativo especializado, dirigido especialmente a psicólogos y coaches. Entre sus objetivos figuran la tarea de reconocer y gestionar las emociones involucradas en la cotidianidad del día a día, comprender los procesos biológicos tras ellos, y utilizar el potencial de nuestra capacidad para modular estados emocionales en nosotros o en otras personas que necesiten ayuda en este aspecto.
5. Aprender a controlar los tiempos
Hay momentos en los que es mejor aplazar ciertas decisiones, dependiendo de cómo nos sintamos. Saber hacer esto sin que se convierta en procrastinación es algo que puede ser muy útil para llegar al mejor de los resultados posibles en aquellos proyectos que nos fijamos.
La consciencia sigue funcionando tras la muerte clínica, según un estudio

Alguno de los medios de comunicación generalistas difundieron la noticia de que un grupo de científicos habían descubierto que la consciencia de las personas puede seguir funcionando hasta 3 minutos después de morir.
Es decir, que en algunos casos la gente está al tanto de lo que ocurre a su alrededor varios segundos después de que se produzca la muerte, y que se ha llegado a esta conclusión a través del estudio de muchos casos en los que personas reanimadas son capaces de recordar lo que les ocurrió en «su tránsito hacia la muerte». Sin embargo, los resultados que de verdad se obtuvieron en este estudio son algo distintos.
El concepto de lo que es la muerte no es tan simple como puede parecer. Existe la muerte clínica, en la que el corazón y los pulmones dejan de funcionar, y la muerte real, en la que las lesiones producidas en los órganos vitales (y, especialmente, en el cerebro) imposibilitan la recuperación y desencadenan el inicio de la degradación de todas las células del cuerpo.
Eso significa que lo que muchas veces llamamos ‘muerte’ es en realidad un proceso reversible, y lo es por motivos que no tienen nada que ver con fuerzas misteriosas que actúan desde el más allá sino por factores perfectamente abordables por la ciencia.
Es por eso que un equipo de investigadores de la University of Southhampton se propusieron averiguar lo que ocurre con nuestra consciencia en ese espacio que queda entre la muerte clínica y la real, y han llegado a la conclusión de que en gran parte de los casos esta puede seguir funcionando cuando el corazón ha dejado de latir.
El artículo que escribieron se hizo público hace casi un año a través de la revista Resuscitation.
¿En qué consistió el estudio?
El equipo de investigadores estudió 2.600 casos de pacientes de 15 hospitales de Reino Unido, Australia y los Estados Unidos para investigar diferentes casos de experiencias cercanas a la muerte. Los resultados mostraron que un 39% de los pacientes capaces de someterse a entrevistas estructuradas dijeron conservar una sensación de haber estado conscientes durante la muerte clínica, a pesar de no poder recordar cosas concretas.
Por otro lado, un 2% de estos pacientes afirmaron recordar aspectos concretos de lo que ocurría a su alrededor durante la muerte clínica, o bien describieron experiencias de ver cosas desde un punto de vista distinto al que correspondería la colocación de su cuerpo (Out of Body Experiences).
¿Real o alucinación?
Las Out of Body Experiences y las sensaciones de percepción visual en experiencias al límite de la muerte son atribuidas a alucinaciones por parte de la comunidad científica y, desde luego, es difícil saber si las personas que dicen haber mantenido algún tipo de consciencia mienten o hablan desde el engaño de haber experimentado alucinaciones.
El hecho de que muchos no recuerden aspectos concretos de lo que les ocurrió al borde de la muerte puede significar que esta sensación engañosa es producto de su recuperación tras el paro cardíaco y que por lo tanto la memoria les ha fallado rellenando un espacio «vacío» de consciencia, pero también podría deberse a que han estado al tanto de muchas cosas de las que ocurrían pero los recuerdos concretos han desaparecido por efecto de la medicación o los procesos orgánicos relacionados con la recuperación.

Un caso contrastado de consciencia tras la muerte clínica
Sin embargo, en al menos uno de los casos sí se ha podido comprobar que sus recuerdos concretos corresponden con lo que ha pasado en la realidad.
En este estudio hay un caso validado de paciente que mantiene la consciencia conectada al exterior, ya que se le hizo una prueba con estímulos sonoros después del paro cardíaco y por lo tanto se ha podido comparar estos marcadores objetivos con la información que dio.
Esto es destacable, ya que se considera que la consciencia se desconecta de la realidad antes o justo después de que el corazón se detenga, y sin embargo en este caso no se cumplió esta norma, ya que es un ejemplo de experiencia consciente no basada en alucinaciones.
Resumiendo
Los resultados de este estudio no nos dicen nada sobre el más allá ni sobre un plano diferente de existencia.
Que algunas personas se mantengan conscientes tras la muerte clínica no significa ni que se haya demostrado que hay vida después de la muerte ni que la consciencia sea independiente de lo que pasa en nuestro cuerpo.
Simplemente nos indica que el cerebro y otros órganos vitales trabajan con tiempos distintos en las experiencias al borde de la muerte, y que es posible que después del paro cardíaco nuestra percepción de la realidad sigua funcionando al menos en parte.
Lo cual, bien pensado, no es una idea demasiado agradable.
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